Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.

Secuela de The Turns Of Life.

Beteado por Elvimar Yamarthee.

Playlist.

(1) Joshua Radin – Amy's song


Estaba arrodillada en el suelo alfombrado con esa maldita carta que me había entristecido nada más ni nada menos que a las cuatro de la mañana.

—¿Por qué me sucede esto a mí? — me pregunté en voz baja, yendo a la habitación.

Me tiré en la cama y lloré en la almohada. Solo quería tener a Edward conmigo, o simplemente a alguien importante que me diese tranquilidad, que me hiciese sentir segura.

En la mañana, John me despertó una hora antes del horario al que debía cumplir.

—Creí que se me haría tarde. — reí bebiendo un café en el comedor del hotel.

—Si no te despertaba, sí iba a ser tarde. — me sonrió — Tienes los ojos hinchados, ¿lloraste?

—¿Yo? No, no. — le respondí.

—Si hay algo, dímelo. Somos amigos.

—John, gracias. Te diré si algo me sucede.

Con muchos nervios me puse firme frente al museo de arte. John estaba detrás de todo el gentío, tomando fotos con su cámara profesional, mirándome de reojo cuando le contaba a las personas acerca de la estructura del increíble museo. Sabía todo, estaba segura de cada palabra que decía, estaba bien preparada y todo gracias a mis años de estudio y esfuerzo.

—Este maravilloso museo — señalé con mi mano, mirando a cada persona de la multitud. Casi todos eran adultos de unos más de cuarenta años y muy pocos jóvenes. — fue fundado en mil ochocientos noventa y tres. Su primer presidente fue George Armour. Es uno de los museos más famoso e importante de nuestro país. Otro muy interesante es el Museo de Bellas Artes de Boston.

Mirar a John me hacía perder los nervios que tenía. Quizás porque de alguna forma me daba tranquilidad y confianza, tal vez ya era mi amigo. Me sonreía, me hacía gestos y no podía evitar sonreírle y mirar hacia el suelo.

—Estuviste muy bien. — John me abrazó y reí entusiasmada.

—Lo sé, lo sé. Estaba muy nerviosa, no puedo creerlo.

—Isabella, te veías muy segura. Tenemos exactamente una hora para celebrar.

—Vayamos a comer algo, estoy muriéndome de hamb... — me quedé muda al verlo. Ryan había pasado por la espalda de John y me había asesinado con la mirada.

—¿Qué pasa? —me preguntó, tomándome por los hombros — Isabella, respóndeme.

—Vámonos de aquí. — le dije sin aliento. Tomé su mano y me metí en el primer bar que vi.

Me senté y pedí agua. Tenía la garganta seca, apenas podía hablar, estaba muy asustada. No sabía qué era capaz de hacerme ese maldito loco que quería arruinar mi vida.

—Isabella, dime qué está pasando. —insistió John y lloré, cubriéndome el rostro con ambas manos.

—No puedo decirte. — sollocé muy asustada.

—No llores, Isabella, no. — se puso de pie y me abrazó — ¿Por qué lloras?

—Tengo miedo. — dejé que me abrazara fuerte, después de todo era mi amigo.

—¿A qué le temes? ¿Por qué te pones así? — debía inventar algo, no podía decirle que mi ex novio quería vengarse o, incluso peor, asesinarme.

—Tengo miedo a fracasar, no quiero que esto me salga mal.

—Nada va a salir mal. Haces muy bien tu trabajo, Isabella. Tienes todo mi apoyo. De todas las mujeres con las que he trabajado, jamás vi desenvolverse tan bien a alguna como lo haces tú. — volvió a sentarse.

—Gracias. Mejor olvidemos este horrible y vergonzoso momento. — reí secando mis lágrimas y mirando alrededor.

Debía ignorar a Ryan y a sus estúpidas amenazas, pero se hacía difícil cuando recordaba que estaba cerca de mí. Realmente me asustaba y, para colmo, mi novio estaba lejos, demasiado lejos como para entenderme y protegerme.

Almorzamos una comida rápida y salimos hacia el Shedd Aquarium. La misma rutina, hablar sobre las mil quinientas especies que se podían hallar en el acuario, la capacidad que podía ocupar cada animal… Me encantaba mi trabajo, me gustaba poder compartir todo lo que sabía con otras personas. Las estaba guiando, eso era genial.

John fotografiaba todo. Me tomaba algunas fotos sorpresa y yo le hacía mala cara.

Alice me había dicho que podría ejercitar mis piernas y así estaba siendo. Caminar y caminar estaba sacando músculos en mis piernas. El sol estaba dejándome más colorado el rostro. Nos había tocado buen clima, poco viento y calor.

—¿Lo llevas bien? — me preguntó.

—De maravilla. — reí acalorada.

—¿Tienes calor?

—Un poco.

—Algo de agua helada te vendrá bien. — me empapó con su botella.

—¡John! — pegué un saltito — Doy asco. — bufé, acomodando mi camisa mojada.

—No, te ves mejor así. — rió y blanquee mis ojos.

En la noche, salimos a recorrer las calles de Chicago. Íbamos charlando muy relajados, comiendo algodón de azúcar. Estaba encontrando en John un cierto refugio, él era muy bueno conmigo. Llevábamos pocos días en la ciudad del viento, pero teníamos mucho tiempo juntos. Estar en todo momento con una sola persona lograba lo que estaba creciendo entre John y yo: una linda amistad.

—¿Hablaste con tu novio hoy? — me preguntó y negué, comiendo algodón — Deberías llamarlo, quizás está preocupado.

—Sí, tal vez...

—¿No quieres hablar con él?

—Sí quiero, pero no deseo molestarlo.

—Isabella, no es molestarlo, es decirle que estás bien, que no tiene que preocuparse por nada.

—Está bien. — asentí.

Tomé mi móvil y llamé a Edward.

—Nena, pensé que ya te habías olvidado de mí.

—Necesito, realmente... necesito que me folles.

—Bella... — rió — Pronto regresarás y te daré tu merecido por haberme dejado solo.

—No me digas eso, solo quiero tenerte aquí conmigo.

—Yo también, preciosa. Solo restan un par de días y volveremos a vernos. ¿Cómo te la estás pasando allí?

—Bien, justamente ahora salí a caminar con John. Tuvimos un día agotador, anduvimos demasiado.

—¿Él... se porta bien contigo?

—No tienes que preocuparte por eso, Edward. Es muy bueno conmigo, tranquilo.

—Me alegra. Si se quiere sobrepasar...

—Basta, es una buena persona. — reí.

—Está bien, nena, me voy a dormir. Te extraño demasiado, espero verte pronto.

—Yo también te extraño, no me gusta tenerte lejos, pero, bueno... es mi trabajo.

—Lo sé, y te apoyo. Te amo.

—Adiós, yo también. — colgué.

Regresamos al hotel y descansamos. El día había sido agotador para ambos, caminar y caminar durante horas era cansador realmente.

Me puse mi pijama y me metí a la cama. Me sentía culpable porque mi pobre amigo John dormía en un sofá, incómodo, y yo bueno...

—Disculpa. — me acerqué al sofá y me miró.

—Creí que estabas durmiendo. — se levantó. Vestía sólo un pantalón de estos de una tela cómoda para dormir.

—No, bueno... — ¿por qué me ponía nerviosa? Quizás el simple hecho de estar frente a un hombre con poca ropa me alteraba y más si no era Edward.

—¿Pasa algo?

—No. Quería decirte si quieres dormir en la cama y yo podría dormir aquí. Podríamos intercambiar por hoy y así dormirás más cómodo, John.

—Gracias, Isabella, pero estoy bien, no necesito la cama. Ve a descansar.

Qué vergüenza sentía, mis mejillas ardían. A él no parecía molestarle el hecho de estar con poca ropa frente a mí, pero en mí generaba algo extraño, me hacía pensar que no estaba bien. De todos modos, él no había hecho nada malo, solo era yo con mis retorcidos pensamientos. John no era un hombre feo, al contrario, pero no podía verlo como algo más porque mi corazón estaba ocupado por Edward. Para siempre. Podía decir que John tenía un cuerpo de escándalo, tenía un lindo físico marcado pero era solo decir.

Días más tarde...

—Quiero agradecerte por todo, John. Me gustó compartir este viaje contigo y conocerte. — le di un abrazo cuando ya estuvimos en el aeropuerto.

—Lo mismo digo, Isabella. Mañana en la tarde te espero en mi oficina, recibirás tu paga. ¿Necesitas que te alcance hasta tu casa?

—No, gracias. Edward está esperándome escaleras abajo.

—Bien, nos vemos pronto. — me besó la mejilla.

A paso veloz bajé las escaleras y allí estaba él. Esperándome con una bolsa de regalo.

—Edward. — dejé las maletas y lo abracé fuerte — Te extrañe tanto.

—Y yo a ti, nena. — me besó en los labios, metiendo su lengua hasta mi garganta — Esto es para ti. — me tendió la bolsa.

La abrí y dentro tenía un conjunto de lencería erótica color bordo.

—Si me visto con esto, ¿qué vas a hacerme? — le pregunté con picardía.

—Voy a follarte, Bella. Duro, como a ti te gusta.

—No veo la hora de llegar a tu casa y... — me mordí el labio inferior.

—Bella, no es mi casa, es nuestra casa. — me tomó por la cintura.

—¿Nuestra? — me emocioné.

—Sí. — besó castamente mi frente.

Al llegar y acomodar mi ropa y demás artilugios, llamé a Alice. Ella estaba contenta y quería verme. Le dije que podíamos vernos en la noche, que por el momento quería descansar, realmente el vuelo me tenía agotada.

Lo que me traía pensando era la carta de Ryan, ¿debía decirle a Edward? No lo sabía, lo preocuparía y no quería abrumarlo con estupideces.

—Ese trasero es todo mío. — Edward tocó mi nalga derecha y reí.

—Todo es tuyo. — estábamos frente a frente, ambos acostados.

Lo besé y enredé mis largas piernas en las suyas. Lo tomé por el rostro, comencé a entrelazar mi lengua con la suya. Con mi mano desocupada, toqué su pene por encima de sus calzoncillos. Su pene estaba erecto, demasiado...

—Te extrañe. — Murmuré en su boca.

—Y yo a ti, preciosa. — me quitó la sudadera.

Tenía puesto el conjunto que me había regalado, según él, lo calentaba demasiado. Mientras nos besábamos, llevó su mano izquierda hacia mi vagina e introdujo un dedo. La sensación me hizo dar un respingo, abrí un poco más mis piernas para que no fuese incómodo para él.

—Qué húmeda estás, nena. — siguió besándome.

Se colocó encima de mi cuerpo y beso mis pechos por encima del sostén. Era una tela tan fina y delicada que me hacía estremecer con solo rozar su nariz por mis pezones. Bajó por mi barriga y deslizó su mandíbula por mi sexo. Quitó las bragas, separó un poco mis labios vaginales y comenzó a chupar. Oh, Dios santo, esa sensación, esa agilidad que tenía en su jodida lengua y en sus malditos dedos que bombeaba cada vez más rápido. Tomé su cabello entre mis dedos y marqué el ritmo, lo conduje exactamente hacia mi clítoris. Jadee y tomé con mi otra mano las sábanas. No pude soportar mucho más, el orgasmo me sacudió. Ese sudor frío me recorrió de pies a cabeza, hizo que mis piernas temblasen y se debilitasen por un segundo. Todo eso generaba Edward en mí, solo él podía hacerme estremecer de tal manera.

Subió por mis caderas, plantando besos por toda la zona. Me besó y pude sentir el sabor a mi vagina en mi boca. Sí, podía resultar asqueroso o como quieran decirle, pero de eso se trataba el sexo, no todo podía ser perfecto. Hacer el amor incluye hacerlo a lo guarro también, al menos esa era mi opinión. No siempre, claro. No chuparía el pene de Edward si no estaba depilado o al menos con poco vello púbico.

—Hazme el amor, pero házmelo ya. — le pedí entre jadeos.

—Bien. — rió, colocándose en mi entrada.

Se adentró despacio, haciéndome sentir su miembro recorrer las estrechas paredes de mi vagina. Lo tomé por su cintura y marqué el rápido ritmo de las estocadas. Mis cortos gemidos retumbaban en la habitación. Por suerte, había perdido todo tipo de vergüenza con Edward. Me sentía de maravilla con él, junto a él.

—Más, más. — le ordené, en su boca.

—Me encanta cuando nos corremos ju-juntos. — jadeo en mi lóbulo.

Besó mi oreja y todo mi cuello, demonios, esa sensación... Un escalofrío increíble me sacudió por segunda vez en la noche. Los vellos de todo mi cuerpo se erizaron, Edward sabía lo que hacía conmigo, sabía realmente lo que hacía conmigo.

—Nena... — se recostó a mi lado, apoyándose en su codo — No imaginas lo mucho que te extrañé.

—Y yo a ti, cariño. — besé su barbilla. Esa peculiar barba de unos días...

—No veía la hora de tenerte piel a piel. — murmuró.

Cuando el sol entró por la ventana y pegó de lleno en mis ojos, me desperté. Enredada a Edward, sintiendo su barriga rozar con la mía, completándome en todo sentido.

La imagen de un corazón, no es solo nuestro corazón, no es lo que tenemos en nuestro pecho. Un corazón, de esos que enviamos por WhatsApp, son dos corazones unidos. Así me veía con él, así de unida. Yo estaba en sus manos, tenía mi vida rendida a sus pies. En un segundo podía desplomarme, él tenía el poder para destrozarme por completo. Yo le había dado todo ese poder, pero no me importaba. Arriesgaba todo por Edward. Lo amaba tanto que no pensaría en las consecuencias o, simplemente, sabía que no me lastimaría.

Almorzamos juntos, pasamos casi toda la tarde juntos, y digo casi porque tuve que ir a recibir mi paga.

—Bien. Quinientos dólares, Isabella. — John me tendió un sobre y abrí mis ojos sorprendida.

—Es... demasiado.

—Es lo que vale tu trabajo. — me sonrió y reí con timidez.

—Bueno, muchísimas gracias.

—No debes agradecerme, tú te lo ganaste.

—Bueno, sí. — le sonreí.

—Debo decirte que pronto iremos a México.

—Solo para saber, ¿cuándo es pronto? ¿Un mes?

—No, Isabella. — rió — Dos o tres días.

—Vaya... — me asombré. La idea de dejar a Edward otra vez no me gustaba.

—Espero que no te arrepientas de este trabajo. Nosotros contamos contigo.

—Sí, lo sé. No voy a defraudarlos. — el trabajo era el trabajo.

—Bien, ¿te gustaría acompañarme hasta mi casa? Hay algo que me gustaría darte.

—Bueno, está bien. — asentí. Después de todo, éramos sólo amigos.

La casa de John Henson, mi jefe, estaba solo a dos calles de las oficinas centrales de 'Bon Voyage', la empresa de viajes. Caminamos y hablamos de asuntos del trabajo.

Su casa era muy linda por fuera, realmente lo era.

—Ven, mi casa es tu casa. — bromeó.

—No quiero ser aguafiestas, John, pero debo irme pronto. Mi novio está esperándome en un café cercano y...

—Isabella, te robaré solo unos minutos. — buscó algo en un mueble. Sacó una bolsa con un moño. ¿Qué sería? — Es para ti.

Me lo tendió y con una sonrisa la abrí. Era un ordenador portátil, de estos grandes, que tienen un montón de chiches. Era color blanco, con una manzanita, la marca era Apple.

—John, no puedo aceptarlo... — volví a guardarlo y a tendérselo.

—No. Isabella. Es para que estés al tanto de todo, es un objeto de trabajo. No te lo estoy regalando porque yo quiera. — Vaya, creí que era un lindo gesto hasta que dijo eso.

—Pues bien, gracias. — le respondí tajante y me lo quedé.

—¿Necesitas que te enseñe a utiliza...?

—No. Edward va a encargarse de eso. Tengo que irme, nos vemos pronto.

Di media vuelta y salí de su casa. Encaminé hacia un café cercano en donde me estaba esperando mi novio. ¿Qué había sido todo eso? Había histeriqueado a John sin necesidad. Qué idiota, había reaccionado como una jodida adolescente. Quizás porque su respuesta no me había agradado, solo eso.

—¿Qué hay en la bolsa? — me preguntó Edward.

—Uhm, hay un ordenador portátil. — trague un poco de té.

—¿Y...?

—John me lo regaló, o mejor dicho, el trabajo.

—Qué bueno, ¿sabes utilizarla?

—No, cariño. Vas a tener que ayudarme con eso. — reí avergonzada de no ser una adicta a la tecnología.

—Prometo ayudarte, aunque Alice creo que es una mejor opción. — bromeó.

—Es verdad, recordé que tenía que verme con ella. — miré la hora en mi móvil.

—Ya está anocheciendo, será mejor que te lleve a la casa de Jasper.

—¿Ella está ahí?

—Viven juntos, al igual que nosotros. Seguramente está ahí.

Edward me llevó hasta la casa de Jasper, donde se suponía que estaría Alice.

Así fue, ella estaba ahí, esperándonos con la cena casi lista. Había preparado sushi, o al menos eso nos hizo creer, hasta que vimos las cajas de la tienda de comidas chinas.

—Bells, te extrañé tanto. — Alice me dio uno de esos abrazos dulce que solo ella sabía dar.

—Yo también, amiga.

—Dicen que en Chicago hay varias tiendas de ropa baratas.

—Sí, bueno... no tuve mucho tiempo para ver ropa, nena. Anduve por ahí dirigiendo a muchas personas, como sabrás.

—Bells, no seas presumida. — dijo ella y ambas nos echamos a reír.

Compartimos la cena los cuatro. Hacía tiempo que no veía a Jasper, él estaba realmente cambiado, pero para bien, obvio. El trabajo ya no lo tenía tan abrumado, según él.

—Bueno, con Alice, estamos planeando algo. — dijo Jasper, con una sonrisa de oreja a oreja tomando la mano de la ardilla.

—¿Qué será? — preguntó Edward.

—Lo diré yo. — Alice me miró y le sonreí sin entender — Vamos a formar una familia.

—¡Vaya! — exclamé animada. De solo imaginar a Alice embarazada, me ponía contenta y no podía explicar lo que sentía.

—Así que hoy empezaremos a buscar... — murmuró Jasper.

—Un hijo es una bendición. Busquen uno, dos o tres. — reí.

—Bella, cierra la boca. Todo a su tiempo. — me calló Jasper y nos reímos todos.

La noche recién caía, aprovechamos para salir a dar una vuelta por el luminoso centro de Boston. Esos altos edificios, esas amplias calles, todo muy parecido a Chicago.

—Entonces, ya no podré ayudarte a usar ese ordenador. — me dijo Alice. Los muchachos iban caminando más adelante.

—No te preocupes, le pediré ayuda a Edward con eso.

—¿Qué tal John? ¿Es bueno? Cuéntame cómo te ha tratado en el viaje.

—Él es muy bueno y atento.

—Bella, está soltero. Ten cuidado con eso, no olvides que tú tienes a Ed...

—Alice, lo sé. No hace falta que me estés diciendo estas cosas. Creo que mejor que nadie me conoces, sabes bien que jamás haría algo para lastimar a Edward. Jamás.

—Lo siento, Bells. Sé cómo eres, te conozco como a la palma de mi mano, pero es a él a quien no conozco y...

—Sé de lo que hablas. Él no hará nada que yo no lo deje hacer, Al. Sé hacerme respetar. Somos amigos.

—¿Amigos? Vaya, creí que era tu jefe.

—En el viaje a Chicago nos la pasamos bien juntos, llegamos a entablar una buena relación de amistad. Ni más ni menos que eso, ¿entiendes? Además, si quiero progresar, debo al menos llevarme bien con quien es mi jefe.

—Tienes toda la razón, tú sabes cómo llevar esto. No necesitas que nadie te esté diciendo qué hacer.

—Y dime, ¿cuándo tomaron la decisión de tener un hijo? — le pregunté, apretujando ansiosa su mano.

—La otra noche estábamos acostados y pensamos en que sería lindo casarnos y también tener un hijo y todo junto no puede ser. Preferimos tener antes un bebé y después casarnos. Me gustaría que cuando comience a caminar sea la criaturita quien lleve los anillos.

—Alice, estoy feliz por ti. — la abracé y seguimos caminando.

—¿Ustedes no quieren tener hijos? — me preguntó y miré a Edward, que volteaba a cada rato para mirarme y sonreírme.

—Bueno... no creo que este sea un buen momento. Quiero estar metida de lleno en mi trabajo. Tú llevas un tiempo trabajando y digamos que tener un bebé o quedar embarazada no va a modificarte nada, pero a mí sí.

—Sí, es verdad, pero quién dice y en unos meses o años...

—Nunca digas nunca. — le guiñe el ojo.

(1) Dimos algunas vueltas más y con Edward regresamos a nuestra casa. Estaba lloviendo, puedo recordarlo bien. Las gotas se deslizaban por la ventana, los truenos hacían retumbar cada rincón de la casa. Tenía frío, obligué a Edward a que encendiese la chimenea. Jamás olvidaría esa noche.

—Bella, ven aquí un segundo. — tomó mi mano y me llevó al sofá.

—¿Qué ocurre? — le pregunté.

—Cierra los ojos. — me dijo, tomando su guitarra.

Esa voz, esa maravillosa e increíble voz, esas notas que salían de su guitarra, su aliento que chocaba en mi boca. Cantaba para mí, pronunciaba cada palabra como si se le fuera la vida en cada una de ellas. No podía tener mis ojos cerrados ante semejante espectáculo. Un hombre tan hermoso como él, vistiendo un pantalón de pijama y su torso desnudo. Y después estaba yo, indefensa, preguntándome si era un sueño o si realmente este hombre de fantasía era mío.

Esos ojos únicos, párpados caídos, una nariz peculiar que podría reconocer en un mar de hombres, sus mejillas flacuchas, tintadas del color que más me gustaba en él. Su boca, las comisuras que tantas veces había besado, sus labios carnosos, coloraditos por mi labial. Y esa barbilla que me enloquecía. Por suerte, sus ojos estaban cerrados, podía apreciar cada sector de él sin vergüenza. Su cabello, fino, ese mechón que colgaba por su frente... madre santa. Tantos momentos que juntos habíamos pasado. Altibajos, desencuentros, reconciliaciones. Cada noche que había pasado triste, llorando por no poder tenerle. Ahí estábamos, juntos, a pesar de todo.

Quería vencer el miedo inmenso a morir y pasar mi vida entera junto a Edward. Recuperar el tiempo que había perdido. Nada valía, nada tenía si no tenía lo mejor: su compañía y su amor. Me sentía débil sin él.

¿Por qué me sentía pequeñita frente a él? Lograba estremecerme, lograba cosas que ni siquiera sabía que existían. Debilitaba cada músculo de mi cuerpo con tan solo mirarme. ¡Era una locura! ¿Acaso yo generaría eso en él? ¡Imposible! Él había aparecido sin que yo lo buscase, realmente no esperaba encontrarlo ahí. Me había prestado todo lo que me faltaba.

Era mágico, esa era la palabra: 'mágico'. Todo fue como en un sueño. Para su amor, que era mi tesoro, tenía mi vida toda entera a sus pies. Un corazón que se moría por darle amor, eso tenía también. Para su amor no había despedidas, solo tenía eternidad.

Había una realidad, no era fácil amar sin sufrir. Realmente yo había padecido muchas cosas por estar junto a él. Engaños, mentiras, distancia. Jodida distancia...

—Te amo tanto. — dije en voz baja, para no interrumpirlo.

Abrió sus ojos pero no dejó de cantar. Clavó su mirada en mi boca, derramé una lágrima. No estaba triste, era de melancolía, felicidad, una mezcla de todo.

Él era simplemente todo lo que necesitaba. Me gustaba perderme en el laberinto de emociones que su cuerpo mío me ofrecía. Desde que lo vi, no he parado de soñar con él. En sus ojos libres me perdí y perdida en él todavía sigo.

Dejó de cantar cuando me vio llorando.

—Nena, creí que te gustaría la canción... — secó mis lágrimas y me abrazó.

—Estoy llorando de emoción, estoy feliz. Es solo eso. — lo miré — Prométeme que nunca más vamos a alejarnos de esa manera que tanto nos dolió.

—Isabella...

—No, solo... dímelo. Dime, promete que vas a estar conmigo hasta el final de mis días.

—Estaré contigo hasta que la vida me diga basta. No debes dudar de eso.

—Edward, no imaginas el miedo que tengo. — sollocé en su pecho — Temo a que me dejes y ahí sí estaré completamente sola. No tengo a nadie.

—No llores, no, por favor.

—Sin ti no soy nada y esto es lo peor que puede pasarme. No quiero mostrarme débil ante ti porque te estoy dando el poder de destruirme, Edward. Tienes en tus manos mi vida entera y jamás te lo dije porque ahora estoy segura. Eres el único que puede hacerme daño, eres el único que puede dejarme sin habla con tan solo mirarme. Eres... a quien nunca quisiera perder. Eso eres.

—No vas a perderme. Nunca. Siempre, escúchame bien, siempre estaremos juntos. No interesa qué tan lejos estés de mí. — tomó mi rostro entre sus manos — La distancia no es un obstáculo para mí.

Valía la pena. Él, simplemente... era el indicado. Me derretía de mil maneras frente a él.

Estuvimos abrazados un buen rato. Respirando la esencia de nuestras pieles, llenándonos los pulmones el uno del otro.

—Nena, ven que te voy a enseñar a usar este aparato. —me senté entre sus piernas y en las mías coloqué el ordenador.

—Es demasiado para mí... — reí mientras se iniciaba.

Al parecer ya tenía un correo electrónico armado. IsabellaSwan, algo raro y punto com. No entendía.

—Seguramente tu jefe armó tu correo. — me dijo Edward.

—Es posible.

—Tienes un mensaje en el buzón de entrada, debe ser de bienvenida.

—Leámoslo juntos. — me animé.

—Bien, está cargando y... abierto.

"Asunto: Disculpas.

Isabella. Siento mucho lo que pasó en mi casa. Me gustaría poder hablar contigo y explicarte mejor. Espero que te estés llevando bien con el artilugio.

Nos vemos pronto, John Henson."

Edward se levantó y me miró incrédulo.

—¿Qué sucede? — le pregunté.

—Eres increíble. — me dijo con un tono frío que logró entristecerme.

Estaba en problemas o al menos eso era lo que daba vueltas en mi cabeza. Estaba enojado, decepcionado, así se había mostrado conmigo. ¿Sería por el mail? No tenía idea.


Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.

Gracias por leer. No olviden dejar su review.