Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.

Secuela de The Turns Of Life.

Beteado por Elvimar Yamarthee.


—¿Qué pasa contigo? — lo seguí hasta la habitación.

—Bella, yo no soy un tipo celoso, pero que hayas ido a la casa de ese hombre, sin avisarme...

—Lo siento, cariño. Debí avisarte, lo siento. Qué estúpida fui.

—No eres estúpida. Quiero que me avises ese tipo de cosas. Si te pasaba algo, ¿cómo iba a encontrarte? Ni siquiera sabía dónde estabas.

—Perdón, no sé qué decirte. — tomé su mano.

—No puedo enojarme contigo, solo...

—Avisaré la próxima vez, ¿sí?

—Eso espero. No me preocupes. — besó mi frente.

Lo que menos quería era preocupar a Edward. Trataría de avisarle cada movimiento o al menos eso intentaría.

En la mañana, le preparé el desayuno a Edward. Hacía mucho tiempo que no lo despertaba con el desayuno en la cama. Él estaba cansado, demasiado últimamente. El bar lo tenía atareado, preocupado porque estaba atrasado con algunos pagos y no quería recibir ayuda de nadie.

—¿Podemos ir al bar? — le pregunté, mientras bebía café.

—Nena, hay demasiados problemas. Mejor no.

—No me importa. Tus problemas son los míos.

—Como sé que no dejarás de insistir, vamos a ir. — me besó.

Y así fue que nos dirigimos al bar. En su coche, claro, porque Don Presumido no quería caminar. 'Demasiado sexo debilita mis piernas' fue su excusa. Estaba atrasado con algunos pagos, la luz, por ejemplo. El bar no daba demasiados ingresos.

—¿Cómo estás, mi hermano? — saludó a Phil.

—Muy bien. Hola, Bella. — me dio un beso en la mejilla.

—Hey, tanto tiempo. — le sonreí, recorriendo el lugar.

Ese bar necesitaba unos retoques y yo me encargaría de eso. Ir en busca de materiales para decorar había sido una buena idea. La navidad se acercaba y adornar con esa temática era lo mejor que podía hacer. Luces de todos colores, guirnaldas, más luces, un Santa Claus gigante que cargaba cerveza, eso me parecía súper gracioso porque le quitaba el protagonismo a Phil, pero podría encargarse de servir otras cosas.

Había quedado de maravilla. Con un poco de ayuda de Edward y Phil, el bar estaba colorido, lleno de vida.

—Nena, no sé cómo agradecerte. — me tomó por la cintura y me besó.

—Edward, no tienes que hacerlo. Hago esto porque te amo y quiero que estés contento con tu lugar y todo.

—Lo sé, te amo tanto...

Mi móvil interrumpió la charla, era una llamada.

—Es mi jefe...

—Atiende, Bella. — me besó la frente.

Me dirigí a un lugar tranquilo del bar.

—¿Isabella? — me preguntó.

—Sí. ¿Qué pasa?

—Quiero disculparme por lo del otro día...

—Ya lo olvidé. — reí.

—Bueno...

—Precisamente, ¿qué necesitas? Estoy algo ocupada.

—En unas horas debemos partir a México. — ¿Tan pronto? Quería pasar más tiempo con Edward.

—¿Ya? — le pregunté. Observando a Edward platicar con Phil.

—Sí. Isabella, yo te dije cómo era esto. Viajes inesperados, sin horarios programados...

—Lo sé, lo tengo claro. Solo es que me tengo que acostumbrar.

—Espero que pronto lo hagas. Es un largo viaje, será mejor que partamos lo antes posible.

—Bien, ¿a qué hora...?

—Descuida, dame una dirección y te recogeré en dos horas.

—Es muy poco tiempo, John. Hay cosas que debo preparar y...

—Será mejor que te apresures. — me respondió tajante.

¿Por qué él me hablaba así? Nunca me había tratado de esa manera. Lo que me preocupaba era Edward, debía decirle que tenía que irme para México en solo dos horas. Tenía que preparar mi maleta, debía hacer un montón de cosas. Así era el trabajo.

Bella — 16.40 hs.

Alice, necesito ayuda.

Alice — 16.43 hs.

Dime, pide lo que quieras.

Bella — 16.44 hs.

Necesito que vayas a la casa de Edward y que prepares mi maleta. En menos de dos horas partiré hacia México con John y no llegaré a tiempo. Estoy en el bar.

Alice — 16.45 hs.

Yo me encargo, Bells. Cuando llegues tendrás todo listo.

Bien, problema resuelto. Mi mejor amiga alistaría mis cosas. Un asunto menos del que preocuparse.

—¿Todo está en orden, nena? Te veo algo tensa. — Edward se acercó a mí y masajeó mis hombros.

—Sí... bueno...

—¿Qué sucede?

—Tengo que irme, otra vez...

—¿Hablas en serio? — me preguntó.

—Sí, cariño. Lo siento. John me llamó para decirme que...

—No interesa. Ve, haz lo que tengas que hacer. No me des explicaciones, te entiendo mejor que nadie. Si ya tienes que irte, será mejor que nos apresuremos. — besó mi frente.

—La idea de dejarte y tenerte lejos me resulta terrible. No quiero que los viajes repentinos y la distancia interfieran en nuestra rela...

—Bella, no. Nada cambiará. ¿Qué clase de novio sería si no te apoyase? Uno muy malo, a mi parecer.

—Eres tan hermoso. — lo abracé.

Tratamos de llegar lo más rápido posible. Por suerte mis cosas estaban alistadas, todo gracias a Alice. Le debía una. Me di una ducha y me puse a pensar en que estaríamos en México con John. No me importaba él, solo me entusiasmaba conocer ese increíble país. No tenía idea de cuántas horas de vuelo serían, pero no importaba. Lo bueno era que iba a trabajar y a ganarme el dinero suficiente para ayudar a Edward con las cuentas y quizás para darme uno que otro gustito.

—Nena, voy a extrañarte. Cuídate mucho. — Edward me besó y salí ante la insistente bocina de John.

Él me saludó y cargó mis maletas en la cajuela. Me subí, él y Edward se saludaron de lejos con la mano.

—¿Cómo estás? — me preguntó, conduciendo.

—Bien.

—No te veo muy animada.

—Sí, es solo que... me cuesta mucho dejar a Edward.

—¿Quieres quedarte? Yo te expliqué cómo serían las cosas, Isabella...

—Lo sé, lo sé. Ya es tarde para cambiar de decisión.

—¿Te arrepientes?

—No del todo.

—Sé que es difícil dejar a tu novio, lo sé, pero serán unos días.

—John, no te preocupes. Pondré lo mejor de mí, después de todo, el trabajo es el trabajo.

El vuelo fue largo y cansado. De todos modos, me envié mensajes con Edward todo el tiempo. No podía estar sin él, sin saber qué estaba haciendo. Simplemente no podía. Podía sonar agobiante, pero no era así. Era mi necesidad de saber que él se encontraba bien y que me extrañaba tanto como yo a él.

—Bien, supongo que no tienes idea de dónde estamos. — rió John, mientras subíamos por el ascensor del lujoso hotel.

—Para ser sincera, no. He visto que estamos frente a arena blanca, será playa...

—Exactamente estamos en la ciudad de Playa del Carmen.

—Vaya... — me asombré. Una ciudad increíblemente hermosa.

—Lo sé. Fantástico.

Bajamos y nos hospedamos en la habitación, esta vez con dos camas matrimoniales. Tome la que tenía vista a la playa, un paisaje de ensueño. Llamé a Edward para contarle cómo era todo y se puso contento. Dijo que pronto viajaríamos juntos por todos los rincones del mundo, que conmigo quería viajar y compartirlo todo.

—Bien, Isabella. Deberíamos ir a la playa. — John se apareció en mi cuarto con el torso desnudo y una bermuda de baño.

—Yo... no... — no sabía qué decir. Era extraño para mí estar frente a alguien con poca ropa que no fuese Edward.

—¿Tienes traje de baño? — me preguntó y asentí. — Vamos, no tengas vergüenza. Somos amigos.

Era verdad. Si todo iba a darme vergüenza, no funcionaría la relación de amigos. ¿Por qué a veces se comportaba como mi mandón jefe y otra simplemente era atento como un mejor amigo? De eso se trataba, ¿eh? Claro, debía respetar las cosas como mi jefe.

La blanca arena que se metía entre los dedos de mis pies, la cálida brisa que daba con mis mejillas y que secaba mis finos labios; un clima lindísimo, la tranquilidad, la gente que tomaba sol y los pícaros que le frotaban bronceador a las mujeres con un trasero de película.

—El turquesa de las aguas caribeñas se combina de perfecta manera con el verdor perenne de la selva. — dije asombrada.

—Excelente descripción. — John se sentó encima de su toalla. Hice lo mismo a su lado.

—Ya tengo el recorrido que realizaré mañana a primera hora. — le conté.

—Muy bien, Isabella. A diferencia de la guía de Chicago, la que te di es mucho más corta. Sí hay cosas para hacer aquí, pero no tanto como en la ciudad del viento. Será poco y podremos disfrutar quizás un poquito más de la estadía.

—Bien, jamás había visitado un lugar tan lindo como este. A Edward le encanta la playa. — murmuré.

—Es un lugar vacacional realmente atractivo. La última vez que vine, estaba con mi sobrina Sharon. — me contó.

—Mi sobrina también se llama Sharon. — abrí los ojos asombrada.

—¿En serio? No creo que hablemos de la misma. Es hija de mi hermana, Raquel. — ¡¿Qué?!

—No puede ser. — le dije asombrada.

—¿Qué sucede? — me preguntó sin entender.

—El hermano de Edward tiene una hija llamada Sharon, con su ex pareja, Raquel.

—Tu cuñado... ¿Se llama Emmett?

—Sí. — asentí. — Definitivamente hablamos de la misma familia.

—Qué coincidencia. Eso no nos convierte en parientes, ¿no?

—Yo creería que no. De todas formas, mi cuñado es tu cuñado.

Las vueltas de la vida, vaya... Menuda coincidencia. Raquel Henson sería entonces hermana de mi jefe. No la conocía, pero, por las cosas que le había hecho a Emmett, ya me caía mal, me parecía mala. Todo lo contrario a John, él era bueno, amable, cortés. No tenía interés alguno en conocerla, jamás. Por cierto, ¿tendrían genes parecidos? Él era un tipo lindo, quizás Raquel sería igual, solo que en mujer.

Me encontraba sentada sobre mi toalla con estampado de palmeras, un regalo de la boda, enterrando mis blanquecinos pies en la peculiar y clara arena. Me recosté un poco hacia atrás, apoyada en mis codos, apreciando semejante paraíso. Ese cielo sin nubes que lo estropearan, un sol radiante que comenzaba a generar picazón en mi rostro. Estaba quemándome, mis mejillas quedarían un poco más coloradas.

—Tengo algo de hambre. — me dijo John.

—Yo también. — murmuré, sin mirarlo.

—¿Estás durmiéndote?

—No... John. — volteé.

—Vamos a almorzar, así leemos juntos la guía para mañana.

—Está bien. — levanté mi trasero y me coloqué mi pareo.

Caminamos por la arena caliente y comencé a trotar porque quemaba mis pies. Llegamos al hotel y fuimos al restaurante de la planta baja. Pedimos una ensalada tranquila y carne asada.

—Moría de hambre. — dijo John metiéndose verdura en la boca.

—Yo también. — reí al verle un trocito de lechuga en la barbilla.

—¿De qué te ríes? — me preguntó serio.

—¿Puedo hacer algo? — le pregunté y asintió.

Tomé una servilleta y con mi mano le quité la verdura. Rió y se me quedó mirando unos segundos, apoyando sus codos en la mesa y su rostro en sus manos entrelazadas.

—¿Por qué estás mirándome así? — le pregunté. Si había algo que me ponía nerviosa, era eso, que me mirasen, que perdiesen su mirada con la mía. Justamente lo que John estaba haciendo.

—Porque tienes unos lindos ojos. — me sonrió y me ruboricé como una tonta.

—John...

—Isabella, no pretendo nada. ¿Está bien? — frunció el ceño. — Sé que somos amigos y solo eso. También sé que tienes a tu novio, y deberías saber que no pretendo más que ser tu amigo. Si lo que piensas es que diciéndote que tienes unos ojos preciosos, quiero llegar a algo, estás equivocada. — bebió vino y no podía hablar. Menos mal lo dijo, eso había estado creyendo hasta ese momento. Pero, bueno, me quedaría tranquila por ese lado.

—No sé qué decir. En ningún momento pensé que querías algo más conmigo. — mentí.

—No importa, Isabella. Olvidemos este episodio y revisemos la guía. — sacó de su bolsillo un papel.

Bien, comenzaría por la "Quinta Avenida", practicaría con las personas buceo, súper divertido y, para terminar, el Festival Local. Sería un recorrido corto pero entretenido.

—Bien, es genial. — le dije a John releyendo la guía.

—Serán tres días.

—No hay ningún problema. — lo miré. — ¿Me disculpas? Debo hacer una llamada.

—Claro. — asintió.

Tenía que hablar con Edward y contarle cómo iba todo por México.

—Sí, la playa es hermosa. — me senté cerca de la piscina del hotel.

—Nena, me pone feliz que puedas conocer todos esos lugares.

—Y a mí me pone feliz escuchar tu voz. Ya te extraño demasiado y no ha pasado ni un día.

—Bella, yo también te extraño. Debes aguantar, es tu trabajo y más que nada debes cuidarlo.

—Eso hago. Trato de no cometer ni un mínimo error.

—Quiero hacerte el amor. — me dijo y respiré profundo.

—No me lo digas otra vez. — pasé mi mano por mi rostro, suspirando su nombre.

—Tengo una idea. Ve a tu habitación ya.

—Edward, no es buena idea. — reí.

—Tienes razón. — rió.

—Debo colgar, dejé a mi jefe solo y... — volteé y John venía apuntándome con su cámara.

—Bien, nena. Te amo. — me dijo y colgué.

Me puse de pie, me quité el pareo y me tiré en la piscina.

—¿Necesitas que pose para las fotos? — le pregunté, acomodándome el cabello.

—No, Isabella. Así está bien. — se sentó y me tomó una foto.

—Ya basta, no quiero fotos. — nadé por debajo del agua.

Cuando llegué a la otra punta de la piscina, John estaba detrás de mí. Con su cámara, debajo del agua... ¡Un momento! ¿Esa cámara no se rompe en el agua?

—John, ¿puede mojarse? — le pregunté señalando el aparato.

—Sí, Isabella. Es sumergible. ¿No es genial?

—Sí, lo es. — sonreí nadando.

—Tienes un hermoso cuerpo, Bella. — me dijo y lo miré incomoda.

—Gracias, John. Tu cuerpo también es... lindo. — le dije amablemente. Observando con atención esos pectorales marcados.

—¿Podrías sumergirte así te tomo una foto? — me preguntó.

—Está bien, solo una.

Nadé al otro extremo y me choqué por debajo del agua con alguien. Salí, abrí los ojos y lo vi. Ese rostro me atemorizó y lo único que pude hacer fue nadar hacia el otro lado, salir de la piscina e irme corriendo hacia la habitación. Ryan estaba ahí, en la piscina. Me había penetrado con esa mirada, se había metido en mi pecho con tan solo mirarme. Hizo que me diese miedo.

Corrí rápido por las escaleras, corrí como nunca había corrido, la adrenalina que sentía en mi cuerpo era demasiada. Tenía miedo y sentía que corría por mi vida. Entré y cerré con llave la puerta. Me encerré en el cuarto de baño, llené la tina y me metí allí. Comencé a llorar. No pude detenerme.

—¿Por qué? — me pregunté. — ¿No puede dejarme tranquila?

Estaba aterrorizada. Ryan me mataría. Donde yo estaba, él también. Me seguía, seguía cada estúpido paso que hacía. Primero Brasil, continuó en Chicago y ahora lo tenía en México. ¡México! ¿Hasta dónde más me perseguiría? ¿Acaso no iba a darse por vencido? Cretino.

—Isabella. ¡Abre la puerta! — era John.

La habitación estaba bajo llave, no quería preocuparlo. Salí rápidamente y abrí la puerta envuelta en una toalla.

—Isabella. — al verme se quedó estático. — Estabas...

—Sí. Estaba bañándome. — di media vuelta y me metí al cuarto de baño nuevamente.

Me cambié y una vez arreglada salí para hablar con John.

—¿Vas a decirme qué está pasando? — me preguntó.

—Nada está pasando.

—Saliste corriendo como loca cuando viste a ese tipo. ¿Quién era él?

—John, quiero que respetes mi vida privada. Sé que tenemos una buena relación laboral y hasta de amistad quizás, pero no más que eso. No voy a contarte las cosas de mi pasado ni mucho menos. Respeta mi intimidad. — le dije saliendo de la habitación.

—Isabella, un momento. — me tomó por el brazo y lo miré. — Quiero saber si tienes algún problema, quiero ayudarte y estar para ti en cualq...

—John, lo siento. No puedo contarte más de mí de lo que ya sabes. Discúlpame. Si quieres enojarte, pues hazlo, pero no me sentiré culpable porque tú tampoco me cuentas todo de ti.

—¿Qué quieres saber de mí? Pregúntame y te responderé lo que sea.

—Esa es la diferencia entre tú y yo, John. A mí no me interesa tu vida privada, lo que sé de ti me basta y es suficiente para la relación que tenemos.

¿Lo había tratado mal? No, de ninguna manera. Le había dicho lo que pensaba y lo que me traía dando vueltas en la cabeza. No había sido grosera, había sido realista. Era mi jefe, mi amigo también, pero hasta ahí, no más. No quería mantenerlo al tanto de mi pasado porque era un asco. ¿Qué debía decirle? Oye, John, perdí la memoria, me olvidé del amor de mi vida casándome con un cretino hijo de puta que ahora me persigue para matarme porque no estoy con él. ¿Eso debía contarle? No, claro que no. No le diría eso porque me avergonzaría tan solo con la frase "perdí la jodida memoria". No había sido mi culpa, menos la de Edward, pero era vergonzoso el hecho de haberlo dejado por Ryan. Estaba tan arrepentida, dolida conmigo misma, me odiaba por haber dejado a Edward tanto tiempo. Estaba cegada, atada.

Llamé a Alice y decidí contarle todo lo que Ryan había estado haciendo.

—Bells, ¿por qué no me lo dijiste antes?

—Estaba aterrorizada. Aún siento que esto que estoy haciendo es un error. No debí contarte nada, pero, por otro lado, no puedo seguir callándome. A alguien debía decirle sobre las amenazas.

—Bella, hiciste bien en decirme. Ya mismo voy al cuartel de policías y...

—¡No! — le grité. — No hagas nada, Alice. Soy yo la que recibe las amenazas y es mi decisión qué haré con esto. No tuya, ni de Edward, solo mía.

—Relájate. Cuando regreses lo vamos a charlar tranquilas. Por el momento, no te desesperes.

—Gracias, amiga. Nos vemos pronto. — colgué la llamada.

Estaba anocheciendo y yo seguía mi camino por la playa. Quedaba poca gente, el sol se ocultaba y empezaba a hacer frío. Mi móvil sonó en ese momento, era John.

—Isabella, estoy preocupado. ¿Dónde estás? — su voz tensa me hizo reír. — ¿De qué te ríes?

—John, estoy a una calle. — le corté.

Seguí caminando un poco más y allí estaba esperándome. Fuera del edificio, cruzado de brazos, mirando su reloj.

—John, te ves tenso. — le dije bromeando.

—Isabella, me preocupé demasiado.

—No veo el porqué. Soy adulta, sé lo que hago.

—Muy bien. — me miró fijamente. — Hoy iremos a una disco, ¿qué te parece?

—John, mañana temprano debemos ir a la guía y...

—Solo beberemos unas copas. — insistió.

—Te agradezco la invitación, pero no. Esta vez paso.

—Como prefieras. Yo voy de salida, mañana nos vemos. — me besó la mejilla y se fue.

Subí a la habitación y me dormí un buen par de horas. Estaba exhausta, realmente muy cansada. Aunque si dormía a deshora, no podría dormir bien en la noche y al otro día tendría el sueño cambiado y sería fatal. ¿Qué iba a hacer en toda la noche? Estaba sola, sin John con quien mayormente me entretenía. Solo tenía el ordenador portátil en la cama, conectado a su respectivo cargador. Le enviaría un mail a Edward, estaba aburrida y hablar con él me ayudaría con eso.

"Asunto: Te extraño.

Estoy sola en la habitación del hotel. Está de más decirte que el aburrimiento está matándome. Me gustaría que estuvieras aquí, de ese modo no me aburriría jamás. Espero puedas responderme, YA.

Te ama, Bella."

Bien, ya se lo había enviado. ¿Qué podía hacer? Oh sí, lo tenía. Salí al balcón y encendí un cigarro. Playa del Carmen frente a nuestro edificio. Qué belleza. Hacia el otro lado una avenida plenamente iluminada. Quería recorrer todo eso pero estaba sola y... ¡El ordenador! Había sonado, había hecho un sonido.

"Asunto: Mi cama.

También te extraño preciosa. Quiero tenerte aquí, conmigo. Y si estuviera ahí contigo, no te aburrirías ni un segundo. Ya sabes cómo calmaría yo ese jodido aburrimiento. Mi cama se siente vacía, fría. Le haces falta tú, tu desnudez, nuestro calor. Quiero hacerte el amor.

Edward."

¡Qué dulce! De más estaba decir que yo también quería estar en su cama. Estar apegada a él, tocando esa espalda que me volvía loca, esa peculiar espalda y ese amplio torso. Me volvería loca si me lo seguía imaginando entre mis brazos y, si hacía un esfuerzo, sentía su perfume, su aroma en la habitación.

"Asunto: Las estrellas.

Por fin me doy cuenta de que no estamos tan separados. Si te asomas a tu ventana podrás ver una estrella más brillante que las demás. Yo también la veo. Después de todo estamos conectados. Me duele tenerte lejos, pero no será por mucho tiempo más. Estoy yéndome a dormir. Mañana nos hablamos, cariño."

Apagué el ordenador y me metí en la cama. Estaba comenzando a tener sueño. Después de todo sería un largo día lleno de aventura y me prestaría tiempo para conocer todo a fondo.

En la mañana, lo primero que vi fue a John en su cama. Todo despatarrado, con los zapatos puestos. ¿Estaría alcoholizado?

—John. — toqué su espalda. — Debes despertar. — insistí.

Él ni siquiera movió un dedo. Comencé a vestirme porque se estaba haciendo tarde y llegaría fuera de horario. Hacía calor, por lo tanto, me coloqué ropa cómoda y no tan abrigada. Pantalones cortos, sudadera y zapatillas. También puse la insignia de guía turística en mi pecho.

—¡John! Es hora de irnos. — lo empujé un poco. — Vamos. — me tiré encima de él y le di un fuerte empujón.

—¿Qué pasa? — me preguntó. Se dio la vuelta y caímos al suelo.

Estábamos frente a frente.

—Lo-lo siento. — me puse de pie.—¿Es hora de irnos?

—Sí, John. Tienes diez minutos para vestirte y quitarte esa resaca de encima.

Salí de la habitación algo rápido e incómoda por la situación de estar tan cerca de él. Era gracioso porque, después de todo, él era solo mi jefe y no había más que eso. Ambos lo teníamos claro.

Al cabo de unos minutos John salió de la habitación y nos dirigimos al parque acuático que estaba a unas calles. Allí hablaríamos con las personas del buceo.

—Como pueden ver, es un deporte y actividad que requiere fuerza en nuestras extremidades. Piernas y brazos. — me metí al agua con el instructor del establecimiento y juntos hicimos una demostración.

Me hundí y sentí un poco de vergüenza porque ese maldito traje de ajustaba en todo mi pecho.

—Hay personas que practican esta actividad en océanos y mares, es allí donde pueden correr el peligro de ser devorados por tiburones. — bromeé y todos rieron.

Cuando iba de salida del agua, me torcí torpe y estúpidamente el pie.

—¡Ahhh! — antes de chocar en el suelo, John me sostuvo en sus brazos.

—Te tengo. — me miró. — Regresaremos de inmediato al hotel, pero antes iremos a un hospital.

—No, yo quiero seguir haciendo mi trabajo. — murmuré adolorida.

—Claro que no. — negó.

Me llevó cargando hasta la clínica médica más cercana. Y allí lo peor. Me colocaron una bota ortopédica. ¡Debía tenerla puesta casi un mes! ¡Un mes! Carajo.

Por supuesto que el viaje a Playa del Carmen se cagó por completo.

—No quiero regresarme, John. — lloriqueé de camino al aeropuerto de Cancún.

—Lo siento, Isabella, pero no puedes trabajar así.

—Soy tan idiota, tan torpe, tan...

—Basta. Todo va a estar bien. — acarició mi mejilla y sonreí tímidamente.

Y así fue. Tuvimos que regresarnos. Ni siquiera había tenido tiempo para avisarle a Edward lo que me había pasado. Se preocuparía y no quería eso. Debería dejar que John me llevase hasta la casa de mi novio. Tampoco quería molestarlo a él, pero no quedaba otra opción.

—Lo siento demasiado. — me disculpé con John cuando íbamos por las escaleras eléctricas.

—Isabella, no me pidas disculpas. Son cosas que pasan. — ayudó con mi maleta.

—¿Necesitas que te lleve a tu casa? — me preguntó y miré hacia la salida del aeropuerto.

¿Era él? Nuestras miradas se encontraron y ambos esbozamos una media sonrisa de incredulidad. Tantos años sin verlo. John me hablaba y yo no podía quitar la vista de él. ¿Qué pasaría ahora? ¿Hablaríamos? ¿Llevaríamos a cabo nuestro asunto pendiente?


Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.

Gracias por leer. No olviden dejar su review.