Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.

Secuela de The Turns Of Life.

Beteado por Elvimar Yamarthee.

Playlist:

(1) Lana del rey – Tv in black and white


Me despedí rápidamente de John y le agradecí por todo.

—¡No puedo creer que seas tú! — exclamé y corrí como pude hacia Paul Wood, mi mejor amigo de la infancia.

—Bella. — abrió sus brazos y lo abracé. — Tanto tiempo sin vernos.

—Es... raro encontrarte por aquí. — le sonreí. — Luces igual que en la preparatoria. — reí.

—Tú igual, ¿llegas de viaje? — me preguntó Paul.

—Sí, bueno... Olvidé avisar de mi regreso.

—Te llevaré. — tomó mi maleta y fuimos hasta su coche.

¿Quién iba a creer que me encontraría a mi mejor amigo en el aeropuerto? Tanto tiempo sin verlo, tanto tiempo que no sabía de él. Había sido mi mejor amigo casi toda mi adolescencia, hasta que me mudé y eso complicó todo. Dejamos de hablarnos personalmente y comenzamos a hacerlo telefónicamente. Las llamadas nos salían cada vez más caras y se nos hizo imposible mantener el contacto.

—¿Estás casada? — me preguntó y reí.

—¿No recuerdas que siempre decíamos que casarse era de torpes?

—Pero Bella, era solo un decir. — me sonrió.

—Sí, lo sé. Estoy bromeando. No estoy casada pero tengo novio.

—Vaya... — murmuró.

—Sí, ¿y tú? — le pregunté.

—Mi esposa está en Chicago. — ¿Había dicho... esposa?

—¿Y qué te trae por estos lados? — no entendía qué hacía en Boston.

—Asuntos de trabajo. Ella llegará pronto, no me gusta tenerla lejos, ya sabes...

—Y cuéntame un poco más de ti, ¿de qué trabajas?

—Soy fotógrafo. — vaya, ¿todos ahora elegían ser fotógrafos?

—Qué bueno. Verás, yo soy guía turística.

—¿En serio, Bella? Eso es genial. Es uno de los trabajos mejor pagados.

—Sí, eso dicen. Acabo de empezar hace unas semanas, no veo mucho fruto todavía. — reí. — Es aquí. — señalé la casa de Edward.

—Bien. — aparcó. — ¿Volveremos a vernos?

—Claro que sí, Paul. Envíame un mensaje y hagamos algo más tarde o mañana. Cuando prefieras. — intercambiamos números.

Nos despedimos y me adentré en la casa. Edward se sorprendió al verme entrar.

—Nena. — se puso de pie y me abrazó.

—Lo siento por no avisarte que volvía.

—¿Qué le pasó a tu pie? Isabella, demonios.

—Perdón. Debí decirte, soy una tonta.

—Claro que debiste decirme. Y sí, eres una tonta.

—Edward, te extrañé. — lo abracé.

—Yo también, pero ahora estoy algo cabreado como para corresponderte.

Salió de la habitación y se fue a su cuarto. Me había dejado completamente sola y entendía su enojo, pero estaba con una jodida bota ortopédica de mierda que me impedía moverme con facilidad y él que no me prestaba ni la más mínima atención. Joder.

—Hola, Al. Quería avisarte que ya estoy en casa y que cargo una maldita bota que me inmoviliza el pie.

—Bells, ¿qué es lo que te pasó? — rió.

—Me torcí el pie en México. Edward ahora me ignora y se enojó porque no le avisé.

—Eres una tonta, debiste avisarle, Bella. Tendrías que haberlo llamado.

—No me regañes tú también. — me senté en el sofá.

—Lo hago porque él tiene toda la razón.

—Sí, sí, ya sé. Ya le pedí disculpas, pero él tiene que entender que cargo con una bota que es sumamente molesta.

—Ve y habla con él. Explícale cómo te sientes, tengan sexo y duerman.

—Buen consejo, Al. Nos hablamos luego.

Me despedí de ella y corté la llamada. Me quité un poco de ropa y me quedé torpemente en lencería. Vamos, tú puedes. Me animé.

—Cariño, ¿podemos hablar? — entré y estaba boca hacia bajo en la cama. No volteó a verme. — Por favor, escúchame. — insistí.

Me senté en sus nalgas y masajee su espalda. Levanté la sudadera que llevaba y lo acaricié con suma dulzura hasta que volteó.

—¿Qué quieres, Bella? — ahora estaba sentada en su sexo.

—Primero, quiero que me hables bien. Segundo, quiero hacerte el amor aunque tenga el pie roto.

—No, eso no va a pasar. — trató de apartarse.

—Por Dios, ten piedad de mí. Mi jodido pie está mal y tú me ignoras. — me moví sensualmente.

—No hagas eso. — trató de apartarme y me resistí.

—¿Te molesta? — lo besé y pasé mis senos por su rostro.

—Estás calentándome.

—Eso suena tan... excitante. — le dije lascivamente deslizándome por su torso.

Lo convencí de quitarse la sudadera. Besé todo su pecho, dejando besos mojados en cada lado. Se estremecía y se movía débilmente debajo de mi cuerpo.

—Ya... basta. — me apartó y lo miré con incredulidad.

—Si es lo que quieres. — me levanté de la cama.

Iba de salida cuando me tomó por detrás y besó mi cuello. Ahora la que se estremecía era yo. Estaba apoyándome su bulto en mi trasero, podía sentirlo en medio de mis nalgas. Carajo, mi juego sexual estaba en contra. Me había salido mal.

—Ya basta, ahora soy yo... — jadeé, cuando tocó mis pechos. — la que no quiere nada.

—No puedes resistirte a esto. — tomó mi mano y la llevó a su pene.

—Realmente... ¿crees que no puedo? — volteé y bajé la bragueta de su pantalón.

—Por lo que veo... no estás controlándote demasiado.

—Cierra la boca. — le dije arrodillándome frente a él.

Saqué su pene y lo lamí por los costados, lo baboseé todo, así como a él le gustaba y lo ponía. Con una mano lo masturbaba y con la otra apretaba sus testículos. Dios mío. Me encantaba la textura de toda esa zona, de todo su sexo en general. Tan suave, tan afeitado. Tenerlo tan adentro generaba arcadas en mí, temía vomitarle su polla.

—Espera. — dejé de masturbarlo y me puse de pie. — Hagamos algo.

—Bien, recuéstate boca hacia abajo, pero antes quítate la lencería. — ordenó y asentí con picardía.

Dios mío, estaba matándome. Comenzó a besarme las piernas, lo que me generaba cosquillas, mordisqueó mis nalgas. Ay santa madre, estaba lamiéndome por detrás. No, no, no. Estaba lamiendo mi...

—No... — jadeé apartándolo con mi mano.

—Vamos, nena... solo un poco. — insistió.

—Eso aún no. — reí.

—Como prefieras.

Siguió besándome la espalda hasta llegar a mi cuello por detrás. Qué sensación más placentera. Sentía su respiración en mi lóbulo, en mi oreja. Lamió toda esa zona y yo estaba retorciéndome debajo de su cuerpo. Me volteó. Deslizaba su nariz por mis senos, respiraba y chupaba mis pezones. Esa lengua tan ágil. La movía rápidamente y me estremecía. No podía evitar retorcerme y estirar los dedos de mis pies.

—Hazme el amor, pero ya. — le ordené.

—Como usted diga. — rió perverso.

Me penetró sin muchos rodeos. Coloqué mis manos en sus redondeadas y perfectas nalgas para marcar el ritmo. Rápido. Nada de lento ni despacio. A mí me gustaba rápido, duro, así debía ser conmigo. El placer aumentaba cada vez que me penetraba fuerte. Sentía su miembro casi en el pecho.

—Más. — le supliqué sintiendo cómo las gotas de sudor de su frente caían en mi barriga.

—Ven tú hacia arriba. — salió de mí y se recostó.

Me senté en su pene. Comencé a bombear y a mover mis caderas hacia arriba y hacia abajo rápidamente. Puse mi rostro junto al suyo. Podía oírlo respirar irregularmente en mi oreja. Lo mismo hacía yo. Mordisqueaba su cuello y se estremecía.

—No me hagas marcas. — se quejó y le mordí los labios.

—Yo hago lo que quiero con lo que es mío. — metí mi lengua hasta su garganta. Bueno, no tanto, pero casi.

Me moví un poco más y cuando supe que estaba por acabar, contraje mi vagina. Eso les gustaba a los hombres, a mí hombre. Lo volvía loco. No había nada mejor para un pene que una vagina estrecha.

—Te extrañé tanto. — murmuró en mi boca y reí.

—Extrañé tanto esto. — me recosté a su lado.

—Sé que es así. No estoy rindiendo demasiado porque estoy algo agotado últimamente, lo siento.

—Edward, no me interesa. El trabajo que tú haces en la cama puedo hacerlo yo de vez en cuando. ¿Por qué estás cansado?

—He estado bastante activo en el bar y estoy pensando en dejarlo. — ¿Qué?

—¿De qué hablas? —le pregunté, sentándome en la cama.

—Bella, tengo un título como nutricionista. No es lo que quiero. No quiero estar sentado detrás de un escritorio, aconsejando a personas bajas en peso. No porque sea egoísta. Es que... –suspiró– No quiero estar haciendo algo con lo que no soy feliz.

—¿Y el bar?

—Me gusta estar allí. Realmente disfruto los momentos que paso ahí. —suspiró.

—¿Entonces? —insistí— ¿Por qué estás tan confundido?

—No lo sé, —lo pensó— creo que quiero enfocarme en la música.

—Eso es genial. Tienes mi apoyo —lo besé—.

—Empezaré a tocar el piano más seguido en el bar —me miró atento—. No voy a dejar a Phil sin trabajo. Por ese lado podría empezar.

—Claro que sí, cariño.

Me agradaba la idea de que Edward hiciese lo que quería. No dependía de mí ni de nadie para tomar sus decisiones. Yo jamás le juzgaría. No podía. No puedes juzgar a alguien que es tu debilidad.

Pasamos toda la tarde platicando del viaje, de John y le conté de Paul. Él se sorprendió. Claro, le parecía extraño que un simple mejor amigo de mi adolescencia se haya ofrecido a traerme a casa y por supuesto que se puso algo celoso. Me reclamó que él era mi novio y que él debía ser quien me recogiera en todos lados.

(1) Cuando caía la noche, recibí una llamada de Paul. Él me proponía recogerme en su Audi y llevarme a cenar por ahí, como amigos, claro.

—Si no quieres que vaya, solo dímelo —le dije a Edward.

—Nena, tienes que ponerte al día con tu mejor amigo. Ve.

—Está bien. Te lo agradezco —lo abracé como agradecimiento.

—No tienes que darme las gracias —me miró—. Ni siquiera tienes que pedirme permiso. Me conformo con tan solo un aviso.

—Bien, iré a alistarme —lo besé.

Me vestí sencilla, con un jean, una sudadera y zapatillas. Quería usar vestido, pero, pensándolo bien, después refrescaría y no andaría cargando un abrigo.

A eso de las ocho Paul me recogió en su vehículo.

—No sabía qué vestir —reí algo avergonzada por mi atuendo tan poco formal en comparación con el traje sin arrugas que él llevaba.

—No te dije a dónde te llevaría —me miró—. ¿Cómo ibas a saber qué atuendo usar?

—Sí, es cierto.

—¿Tu novio no se ha puesto celoso?

—Para nada. Edward es liberal, hasta cierto punto, por supuesto.

—Entiendo. Aquí es. —estacionó su coche y bajamos frente a un restaurante.

Todo era muy rústico. El tapiz era marrón con detalles de flores de loto en color amarillo y la cerámica era un sueño, toda color crema con romboides.

—Qué bello lugar —lo seguí hasta el piso de arriba donde se ubicaba nuestra mesa—. No lo conocía.

—Aquí conocí a mi esposa —se sentó y pidió una botella del vino espumante más caro que tuviesen.

—¿Es ella bonita?

—Tengo en mi móvil una foto en la que estamos juntos —sacó su móvil y me la enseñó.

Ella se veía muy bien. Parecía una de esas mujeres sacadas de una revista de moda, de esas que puedes encontrar en el despacho de tu dentista.

—Es muy hermosa, Paul —le dije con sinceridad—. Te sacaste la lotería.

—¿Por qué lo dices?

—Ella es linda y tú no —reí vilmente.

—Maldita —me palmeó la mano.

—Es broma. Hacen una hermosa pareja. ¿Es ella famosa o algo? —me entró la curiosidad.

—Sí. ¿Cómo lo supiste?

—Bueno, ese vestido es de lo más caro que puede haber. ¿En qué trabaja?

—Diseña ropa para las famosas. Ahí puedes ver que estamos en un festival y, como su esposo, debo acompañarla.

—Claro que sí. Imagino que sus vidas deben ser agotadoras. Tú te la pasas viajando como fotógrafo y ella como diseñadora.

—Tenemos muy poco tiempo para nosotros, pero nada cambia en nuestra relación.

—Cada vez que viajo me entristece el saber que estaré lejos de Edward durante un tiempo.

—¿Y Edward es? —frunció el ceño—.

—Mi novio —bebí vino—. ¿Cómo se llama ella?

—Jane. Deberías conocerla, te agradaría al instante. Es muy sociable.

—Quizás deberíamos salir a cenar todos juntos cuando ella esté por estos lados.

—Suena bien. A ella no le gusta salir demasiado en Chicago porque, bueno, la gente la reconoce a la primera de cambio.

—Por suerte a nosotros no nos sucede eso —reí—.

—¿Cómo es Edward? —bebió vino.

—Él es... maravilloso —realmente no encontraba una palabra justa para describirlo. Él tenía miles de cosas y siempre se había portado bien conmigo.

—Me gustaría conocerlo —me miró con atención—. ¿Cuál es su profesión?

—Es algo complicada su situación. Ni yo lo sé.

—Entiendo. ¿Qué vas a ordenar? —me preguntó.

—Lo que tú prefieras —le respondí.

Ordenó pavo relleno y unas cebollas en almíbar. No cenaba algo tan delicioso a diario. Hacía tiempo que no salía a cenar ni con Edward ni con nadie. Con John tampoco cenaba demasiado, solo cuando había tiempo y recesos en los viajes.

—¿Qué le pasó a tu pie? —me preguntó Paul, comiendo pan.

—Me lo torcí —reí avergonzada—. Soy algo torpe. ¿Sabes? —lo miré— Hay cosas que no cambian.

—Como tu torpeza, lo sé —se burló.

—Cierra la boca. Todavía recuerdo el día en que caí por las escaleras del instituto —cubrí mi rostro sacudiendo la cabeza.

—¿Cómo iba a olvidarme de ese día? —Paul se echó a reír— Fue inolvidable.

—Sí —asentí comiendo.

—Bells, ¿recuerdas nuestro asunto pendiente? —me preguntó.

—Creo que sé de lo que hablas y admito que cuando te vi en el aeropuerto en lo que pensé... —aparté la mirada— fue en ese asunto.

—Cada uno hizo su vida, eso está claro. Por lo tanto, lo pendiente no podrá ser —estaba tenso. Y ese asunto tan importante era que nosotros habíamos planeado casarnos. Durante la adolescencia ese había sido nuestro plan y queríamos cumplirlo en la adultez. Obviamente ya no podría ser porque cada uno tenía su pareja y después de todo nos unía solo una mejor amistad que perduraba en los años que llevábamos sin vernos.

—Claro que no va a poder ser. ¿Qué pretendes? Somos mejores amigos que tomaron distintos caminos, ¿no crees?

—Así es —bebió vino—. Te sigo viendo como a mi hermana pequeña —palmeó mi mano y me ruboricé. Era bueno saber que le tenía nuevamente en mi vida. Eso quería decir que mi mejor amigo volvía a ser esa persona tan importante que necesitaba de tanto en tanto.

—Te eché de menos todo este tiempo. No se lo decía a nadie porque bueno... solo yo te conozco —reí.

—También te eché de menos, Bells.

Acarició mi mano y me miró. Sentí una extraña sensación, algo... inexplicable.

Mientras la noche caía, nuestros estómagos estaban más que satisfechos. Estábamos recorriendo las iluminadas calles cuando mi pie me dolió.

—Carajo —maldije.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—No creo que pueda seguir caminando —estaba avergonzada y colgada de su hombro.

—Te cargaré hasta mi coche.

—No —me solté de su agarre—. De ninguna manera.

—Ven aquí —me alzó en sus brazos. Nuestros rostros estaban muy cerca—. No seas terca.

Lo hizo. Me cargó hasta el vehículo. Me depositó con cuidado en el asiento y sentí que me desmayaba. Tenía demasiado sueño. Él condujo a una velocidad moderada a causa del alcohol que tenía su organismo, que no era mucho.

—Isabella... —oí un murmullo pero no hice caso.

Quizás debí abrir mis ojos pero estaba abatida. Paul estaba cargándome.

—Soy Paul, amigo de Isabella.

—Mucho gusto. Soy Edward, su novio. Quizás deberías dármela y la cargo yo.

—No, está bien. ¿Dónde puedo depositarla?

—En el sofá estará bien.

—Bien. ¿Podrías decirle que me llame? Gracias.

—Sí, se lo diré.

—Hasta luego... Edward.

—Oye. ¿Está ebria?

—No, para nada. Se durmió en mi coche y no quise despertarla.

—Ah, ya veo.

—Adiós.

—Ha sido un placer, Paul.

Y ¡bam! Un fuerte portazo me hizo respingar pero no despertar.

—Creo que está desmayada. No lo sé. Tengo miedo de despertarla. No quiero tocarla —era Edward y estaba hablando por teléfono.

Me volteé y abrí un poco mis ojos. La sala estaba oscura y agradecía que fuese así. Un poco de luz solar acabaría conmigo en un minuto. Por alguna extraña razón me dolía la cabeza, como si alguien me hubiese golpeado fuertemente en la nuca. Quizás una ducha fría me ayudaría de mil maneras, pero ni siquiera me había desperezado.

—Nena, ¿estás bien? —Edward se me sentó al lado y pude oler el aroma de su piel.

—Sí, amor mío —tomé su mano y lo miré. Ya estaba bien despierta.

—Me he pegado un susto de muerte —acarició mi rostro.

—¿Por qué? —me senté en el sofá y le miré con atención.

—No lo sé —se puso de pie—. Empecemos por el hecho de que un extraño te cargó hasta este sofá.

—¡Lo siento! —quise abrazarlo y se alejó.

—Descuida. Lo único que sé es que se llama Paul. Pero no interesa, entró en nuestra casa.

—Es mi mejor amigo, Edward.

—¿Y? Ni siquiera lo conozco. Por poco no le pateé el trasero.

—¿Y por qué ibas a hacerlo? —ahora yo también estaba de pie

—Quise cargarte y no me lo permitió.

—Seguramente no quería despertar...

—¡Seguramente mis bolas! —estaba cabreado y ni siquiera entendía el motivo. Estaba gritándome.

—¿Qué sucede contigo?

—Isabella, eres mi novia y me preocupo por ti. Aparece este idiota con cara de mango y pretende...

—Ya basta —le di una bofetada—. No quiero oírte decir una palabra más de Paul. Respeta a mi amigo, ¿está bien? —arqueé una ceja. Él me observaba sin expresión alguna—. Es mi mejor amigo te guste o no.

Salí de la habitación y me metí al cuarto de baño antes de que pudiese decirme algo. Se estaba comportando como un idiota. Entendía su enojo pero hasta cierto punto. No podía hablar tan despectivamente de Paul sin siquiera conocerlo. Solo sabía su nombre. ¿Era suficiente como para juzgarlo? No, claro que no. ¿Cara de mango? ¿Eso había dicho? Edward, tan infantil e incapaz de decirle cara de pene.

Me metí en la tina y dejé que el agua fresca iluminara mi mañana. Estaba arrepentida de haberle abofeteado a Edward. Cuando salí del baño quise aclarar las cosas pero algo extraño sucedió. Él no estaba en casa.

—Edward —me fijé en nuestra recámara—. Cariño...

Había una nota sobre la mesita de noche.

"Salí a tomar aire fresco. Regreso en un rato.

Edward."

¿La había cagado? Por completo. Necesitaba hablar con Alice para contarle todo y descargar mi angustia.

—Pero no sé por qué reaccionó así. Al, es todo tan extraño. Quizás se molestó por otra cosa.

—Bells, tienes que tener en cuenta algo. No vayas a enojarte con lo que voy a decirte.

—Claro que no, tonta.

—Quizás tu ausencia tan repentina en casa le esté afectando y no sabe cómo decírtelo. Debe extrañar tenerte solo para él todo el tiempo.

—Alice, tiene que acostumbrarse. Ahora viajo como loca. Bueno, ahora que mi pie está así, no.

—Creo que lo más conveniente es que se sienten a hablar de esto. Pregúntale si está a gusto con esto de que viajes.

—¿Y si me dice que no? —pregunté atemorizada.

—Verás qué hacer.

—No quiero perderlo por mi futuro.

—Son cosas que tendrás que afrontar, nena. Tarde o temprano.

—Lo sé —me acerqué a la puerta de la habitación—. Al, oigo algo en la cocina. Seguramente es él. Hablamos luego. Te mando un beso.

—Bien, mucha suerte —me dijo y colgué.

Salí ya vestida con mi ropa de andar en casa y ahí estaba él. De espaldas a mí, bebiendo jugo sentado en el sofá.

Me acerqué a la ventana y observé el radiante día que plasmaba fuera.

—Quiero discul... —quise decirle.

—No digas nada. Fui yo el que se equivocó.

—No, Edward. Quiero disculparme por la cachetada.

—Lo sé. Ha estado bien, demasiado bien para ser la primera bofetada que me plantas.

—Lo siento —reí avergonzada y lo abracé.

—Nena, no quiero que peleemos. ¿Está bien?

—Fue por tu culpa. No puedes hablar así de Paul sin siquiera conocerle.

—Y tú, discúlpame, pero no puedes defenderlo así. A mi parecer, lo conoces hace un día.

—Eso es lo que tú sabes, pero hay una historia detrás de eso. ¿Sí? Fue mi mejor amigo y lo es ahora.

—No tengo nada en contra de eso. Solo que...

—Edward, siento mucho haber salido ayer con él. ¿Está bien? ¿Era eso lo que querías escuchar? Pues ya está —me serví agua.

—No me malinterpretes, nena —se me acercó por detrás.

—Está claro que tus celos están floreciendo —me di la vuelta.

—Sí, puede que sí, pero no quiero que te disculpes por haber salido con ese tal Paul.

—Bien. ¿Algo más que quieras decirme?

—Te amo con mi vida entera.

—Y yo a ti. Con permiso —me dirigí hacia la habitación. No me gustaba comportarme tan distante con él. Y no sabía por qué lo hacía. Algunas cosas estaban cambiando.

En mi móvil tenía un mensaje de texto. Era John.

John — 12.39

¿Cómo estás de tu pie? Te pedí por favor que me dijeses cómo estabas con eso.

Bella — 12.41

Lo siento, John. Estoy bien, por suerte. Ayer me dolía un poco pero nada grave. Pronto estaré en tu oficina y podrás despedirme si quieres. Lol.

John — 12.45

¿Qué tonterías dices? No haría eso. Me alegra leerte y saber que estás bien. Pronto te visitaré, si no es molestia.

Bella — 12.47

Sería un placer. Te espero pronto.

Y seguido de ese intercambio de mensajes, recibí una llamada de Paul.

—¿Cómo amaneciste? —me preguntó y sonreí ante su dulce pregunta.

—Muy bien, gracias. ¿Y tú?

—También. Algo preocupado por ti.

—No tienes que preocuparte. Estoy bien.

—¿Te apetece almorzar por ahí? —me lo pensé. Me agradaba la idea pero las cosas con Edward no estaban muy bien.

—Tendré que rechazar esa propuesta.

—Vamos, no seas amargada. Será divertido. ¿Has visto cuán hermoso está el día?

—Sí... —murmuré.

—¿Acaso te aburriste anoche conmigo?

—No, al contrario. Me lo pasé muy bien contigo, Paul.

—¿Entonces?

—Bien, bien —él no dejaría de insistir, lo conocía como a la palma de mi mano—. ¿Dónde nos encontramos?

—Te recogeré en diez minutos, ¿te parece?

—De acuerdo.

Me vestí con un pantalón corto, una sudadera y zapatillas. Bueno, una sola zapatilla porque en el otro pie tenía una maldita bota ortopédica. Había un poco de sol así que también me puse una gorra.

—Saldré un rato —le avisé a Edward, que estaba leyendo el periódico.

—¿A dónde vas?

—Almuerzo con Paul.

—Suerte con eso.

—Gracias. Te veo luego —me acerqué y besé su frente.

Mi amigo llegó a los minutos en su flamante Audi. Fuimos a una cafetería cercana ya que él disponía de poco tiempo.

—Creo que cancelaré la sesión de fotos —me dijo observando su reloj de pulsera.

—Oh, no —me atraganté con un pedacillo de pan—. De ninguna manera. Yo en seguida debo irme así que...

—Quería llevarte a un lugar —me hizo una mueca de tristeza y sonreí.

—Tienes obligaciones, Paul.

—No importa, me tardaré unos minutos en llegar a mis obligaciones.

Terminamos de comer. Había sido un rato realmente divertido. Por un momento me olvidé de los problemas que tenía con Edward y de nuestra discusión.

—Bells, tendrás que disculparme, pero no puedo demorarme. Tendré que ir a la sesión de fotos —tomó mi mano en modo de disculpa cuando íbamos de salida.

—No te preocupes, Paul. Ya habrá tiempo.

—Te llevaré a tu casa.

—Puedo irme caminan...

—De ninguna manera.

Me alcanzó hasta casa y ahí me ayudó a bajar con mucho cuidado. Temía que volviera a doblarme el pie sano.

Cuando me percaté de que ya estábamos frente a casa, vi el auto de mi jefe aparcado un poco más adelante.

—Espero que pronto volvamos a vernos —me besó la mejilla.

—No tengo ningún problema con eso —le sonreí.

—Bien, debo irme.

—Hasta luego —le saludé con mi mano hasta que desapareció al final de la calle.

Ahora debía entrar y encontrarme con John. Seguramente Edward le había entretenido. ¿Cuánto tiempo llevaría en casa?

—Ya estoy de vuelta —entré canturreando—. ¡John! —me hice la sorprendida.

—¿Cómo has estado? —se acercó y me besó la mejilla.

—Muy bien, de hecho ya casi puedo decir que esta bota está de más en mi pie —miré a Edward. Él estaba asesinándome con su mirada.

—Voy a dejarlos solos —se levantó y se metió en la habitación.

Invité un café a John mientras me ponía al tanto de los últimos movimientos en la empresa. Todo parecía fluir bien a pesar de mi ausencia. Claro que yo hacía falta, pero las cosas no parecían salirse de control.

—Pronto daré una fiesta en mi casa —me dijo y abrí mis ojos—. Edward ya me dio la palabra de que ambos irían. Será agradable.

—Suena bien.

—Sí. Suelo hacer reuniones a lo grande de vez en cuando.

—A mi mejor amiga le encantan las fiestas. De hecho, cuando éramos más novatas, nos la pasábamos de fiesta en fiesta.

—Puedes llevarla si gustas. Cuantos más seamos, mejor. Lleva a quienes quieras. No tengo problema con eso —pensé en Alice, Jasper, Rosalie, Emmett y... Paul. Podría decirle a Paul que nos acompañe.

—Bien. Estoy haciendo una lista mentalmente.

—Eso me asusta —se echó a reír y sonreí—. Bueno, Isabella. Me alegra verte bien.

—¿Ya te vas? —le pregunté.

—Sí, dispongo de poco tiempo —me miró—. Lo siento.

—Está bien. Espero que no perdamos el contacto.

—No, claro que no. Me daré una vuelta por aquí pronto.

Nos despedimos y quedé rendida en el sofá. Se habían pasado volando las horas de charlas con Paul y John. Ya casi estaba anocheciendo cuando Edward salió de la habitación.

—¿Qué tal todo? —me preguntó y sin mirarlo le respondí.

—Todo en orden —me limité a contestarle.

—¿Sucede algo?

—No.

—¿Qué te parece si salimos a cenar? —me propuso.

—Me encantaría, pero estoy demasiado cansada. Otro día, quizás —me miró sin expresión alguna.

Su móvil sonó y, sin apartar su mirada de la mía, respondió.

—Hermano, ¿todo en orden? —era Emmett. La cara de Edward adoptó una expresión poco común.

—¿Qué pasa? —le pregunté poniéndome de pie.

—Ya salgo para allá, hermano. Tranquilo —colgó y lo miré impasible.

—¿Qué pasa, Edward?

—Es Sharon.

—¿Está ella bien? —sentí una fuerte puntada en mi estómago.

—Está en terapia intensiva.

—¿Qué? —le pregunté casi sin aliento.

No podía ser cierto. Mi niña, tan pequeña. ¿Qué le había sucedido? ¿Por qué estaba en el hospital y tan grave? La preocupación aumentaba y algo me decía que las cosas no saldrían para nada bien.


Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.

Gracias por leer. No olviden dejar su review.