Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.
Secuela de The Turns Of Life.
Beteado por Elvimar Yamarthee.
Playlist:
(1) Joshua Radin — Everything'll be alright.
—Iré al hospital —me dijo Edward.
—Voy contigo.
—Creí que estabas agotada —eso había dicho yo, pero no tenía derecho a juzgarme por eso. Ya habría tiempo para cenar. La cuestión de Sharon era más importante.
—Iré contigo y punto —me miró con rabia, como si intentara decirme algo.
Tomó las llaves de su auto y le seguí por detrás como pude, con un pie cojo.
Cuando nos adentramos en el Medical Center of Boston la escena fue desgarradora. Esme llorando en los brazos de Carlisle y Emmett abrazado, sollozando en el hombro de Rosalie.
—¿Qué sucede? —Edward se acercó rápidamente a su hermano y este le abrazó sin decirle una palabra.
Me acerqué a Rosalie que me saludó algo distraída. Esme se preocupó por mi pie pero no demasiado, en cambio, Carlisle se interesó por cómo me lo había doblado tan estúpidamente.
—Espero que sane pronto —me sonrió tristemente Esme.
—¿Qué tiene la niña? —le pregunté muy preocupada.
—No sabemos nada —alzó la mirada hacia Edward para evitar que las lágrimas saliesen—. Comenzó ésta mañana con un fuerte dolor estomacal y la trajimos para aquí de volada. Nos dijeron que debían internarla porque algo grave estaba sucediendo dentro de su abdomen.
—¿No hay nadie allí dentro con ella?
—Su madre —Raquel, pensé.
—Pobrecita —me limité a contestar. Me senté apartada de los demás. Estaba triste, Sharon era la única niñita que había en mi vida.
Miraba al suelo con la mente en blanco, envuelta en pensamientos negativos. Tantas peleas sin motivo que tenía con Edward y mi pobre chiquilla estaba en una jodida camilla, quién sabría cómo.
—Nena, ¿estás bien? —Edward se acercó y me eché en sus brazos.
—Lo siento mucho —le dije entre sollozos, muy arrepentida. Acarició mi cabello.
—No es nada, preciosa. Tranquila, ¿sí? Ya olvidé todo.
—Tú lo hiciste, pero yo no. Quiero que dejemos de pelear —lo abracé.
—Está bien por mí.
Aclarado el asunto, una enfermera salió de internaciones y se dirigió rápidamente hacia Emmett. Todos la rodeamos para poder escuchar las noticias.
—Por suerte, Sharon ya salió de terapia intensiva —abracé contenta a Edward.
—¿Podemos verla? —preguntó Rosalie.
—¡Claro que no! —una voz femenina desconocida me sorprendió por detrás, dirigiéndose exclusivamente a Rosalie—. Tú, maldita perra. Por tu culpa, mi hija está así —esa era Raquel Henson. Alta, delgada, un parecido increíble a Sharon.
Carlisle apartó a Rosalie cuando Raquel le quiso plantar una bofetada. Emmett sostuvo a su ex esposa y se la llevó a una sala aparte.
—¿Estás bien? —me acerqué a Rosalie.
—No —me abrazó y sollozó en mi hombro.
—Tranquila, nena —acaricié su rubio y sedoso cabello.
Edward estaba con su hermano y Raquel ayudándolo a tranquilizarla. Estaba totalmente fuera de quicio, con ganas de pegarle o simplemente desquitarse por lo que estaba sufriendo su hija.
—Bella —Edward me llamó desde la otra sala—, ¿puedes venir un segundo?
—Ya regreso —le dije a Rosalie, dejándola en brazos de Esme.
En la otra sala estaba Raquel, sentada en el sofá muy apartada de Emmett que trataba de abrazarla.
—Nena, Sharon quiere verte —me dijo mi novio y sonreí tontamente.
—¿En serio? —le pregunté entusiasmada y Raquel me respondió.
—Así es —se puso de pie—. Mi hija por alguna razón insiste en verte, Bella.
—Es un placer conocerte —le dije amablemente. Trataba de ponerme en lugar de Rosalie pero también en la madre de Sharon. No debía ser fácil ninguna de las dos situaciones.
—Lo siento —me tendió su mano—. Entre tanto disturbio olvidé presentarme. Soy Raquel, madre de Sharon.
—El parecido es increíble —le sonreí. Edward y ella sonrieron también.
—Acompáñame, mi hija es algo impaciente —me tomó de la mano y antes de salir de la habitación le regalé una mirada a Edward.
Nos metimos de corrida en la habitación V.I.P de Sharon. La niña dio un respingo al verme pero no pudo moverse demasiado.
—Tranquila, tranquila —me acerqué y la abracé—. ¿Cómo estás? Te eché de menos.
—Yo también, Bella —me besó la mejilla y me apretujó.
—No sabía que se llevaban tan bien —Raquel nos miró con una expresión sincera desde el sofá.
—De hecho, somos como mejores amigas —le respondió Sharon.
—Bella, puedes visitarnos cuando quieras —me dijo y sonreí.
—Sería divertido, no lo sé.
—Más tardar en unas horas a Sharon le darán el alta.
—¡Sí! Por favor, di que sí —Sharon me sacudió de a tirones.
—Bien, bien.
—Pero hija, recuerda que tendrás que hacer reposo.
—¿Qué es lo que tenía? —pregunté intrigada.
—Una indigestión de dulces. Al parecer, su segunda mamasita no la cuida como debería. Quiere cumplir el rol de segunda madre y ni siquiera eso sabe hacer bien —estaba hablando de Rosalie. La miré incómoda y comprendió entonces que yo tenía cierto aprecio por la loca rubia—. Lo siento, mil disculpas.
—Mamá, yo quiero a Rosalie —Sharon la miró con tristeza.
—Lo siento, por ambas. Entiendan que esta situación no es nada fácil para mí.
—No lo es para ninguno de nosotros. Todos queremos a Sharon —acaricié el cabello de la niña.
—Lo sé. Iré a checar un papeleo para que podamos retirarnos lo antes posible —asentí al oír las palabras de Raquel.
Me quedé unos minutos con Sharon. Ella me confesó que la culpa no había sido de Rosalie, sino de ella, que se había comido todos los dulces de Halloween a escondidas de su madre. Por lo tanto, la que cumplía mal el rol de madre no era Rosalie.
La noche transcurrió bastante bien después de ese episodio. Al amanecer pude regresar a casa con Edward y, después de hacer el amor, nos dormimos.
Había sido una hermosa reconciliación. Nos disculpamos en todo momento por habernos tratado mal y por esas simples discusiones sin importancia. No me gustaba estar así con nadie y mucho menos con Edward. Él era todo para mí y, cuando alguien es todo para ti, no puedes estar enojada por mucho tiempo con esa persona. Al menos, en mi postura, no podía.
—¿Crees que estará bien? —le pregunté a Edward, refiriéndome a Rosalie.
La noche había sido terrible para ella. Emmett trataba de calmarla en todo momento, pero ella se echaba la culpa de todo lo que estaba sucediendo con la niña. Para colmo, Raquel se le plantaba a decirle que ella era la única culpable y que, aparte de eso, se había empeñado en destruir la familia de ellos.
—Yo creo que sí. Es una gran mujer, sabe lidiar con este tipo de situaciones. No es la primera vez que tiene un encontronazo con Raquel.
—Debí imaginarlo. De otro modo, le hubiese plantado una cachetada.
—Rosalie no es así. Es tranquila, pero no tanto.
—Como toda mujer. Somos como un alacrán: nos tocan o molestan y atacamos.
—De pura curiosidad, ¿qué pasa si tocamos vuestra cola?
—No sé las demás, pero, si me la tocas tú, pues no me quejo —me abalancé sobre él y le besé.
Hicimos el amor sobre la puta encimera. Al carajo la tetera de aluminio, los cubiertos y una taza que habíamos utilizado para el desayuno. Las tostadas con mermelada se habían pegado en mi trasero, por lo tanto, me tuve que dar una ducha rápida antes de ir a visitar a Sharon con Edward.
Hacía tiempo que mi novio no iba a la casa de Raquel y ahora tenía que llevarme de visita a mí. No me apetecía estar con ella porque hablaba mal de Rosalie y algo era cierto, yo apreciaba a mi cuñada. Lo que no sabía era cómo reaccionaría ella al enterarse de que estuve de visita en casa de su 'enemiga', por así decirlo. Ciertamente no encontraba la palabra indicada.
—Edward, ¿café? —le ofreció Raquel y él asintió muy a gusto.
—Yo solo quiero agua —sonreí.
—Está bien, chicos.
—¿Sharon está en su habitación? —preguntó él.
—Así es. Puedes subir si quieres.
—Con permiso, Bella, ¿vienes?
—Subiré en un minuto — solté su mano. Realmente me apetecía conocer un poco más a Raquel. Después de todo, no me parecía tan mala persona como creía.
Pasamos un buen rato platicando de su empleo como editora de revistas. Era algo maravilloso, según ella, claro. Le conté también que tenía el placer de trabajar junto a su hermano. De antemano se sorprendió y casi se pone a brincar de la emoción.
—Eso es increíble. ¿Has visto que no somos para nada parecidos?
—Ni en lo más mínimo — me eché a reír.
—Es muy bueno y le encanta el trabajo, de eso puedes estar segura.
—Sí, noté eso. Es muy dedicado a lo que hace y a lo que le gusta.
—Podríamos cenar todos juntos algún día —propuso y lo pensé.
—No creo que sea buena idea que tengamos tanto contacto. Verás, yo estoy aquí por la niña, porque la quiero demasiado. Si Rosalie se entera de que tenemos una relación de amistad o algo así...
—No sabes cómo puede reaccionar esa perra, ya lo entiendo.
—Por favor, no uses esas palabras. No olvides que estás hablando de mi cuñada —la defendí porque la quería.
—No olvides que esa desgraciada destruyó mi familia. Mi preciada familia que con tanto esfuerzo cuidé desde un principio y de la cual ella se quiso apropiar así porque sí. Se quedó con el amor de mi vida, Bella. ¿Entiendes eso? —y ahí lo comprendí absolutamente todo. Estaba sola. Esa mujer no tenía nada ni a nadie más que a su hija en puro crecimiento y a un hermano ausente por tanto trabajo—. ¿Qué harías si alguna perra te roba a Edward? ¿De qué manera reaccionarías?
—Igual que tú, creo.
—Exacto. Ella se quedó con el padre de mi hija. ¿Quieres saber qué recibí a cambio? Criar sola a una pequeña, aún yo siendo una novata. Emmett solo me daba el dinero para mantenerla y la visitaba de vez en cuando. Pero, gracias a Dios, cuando creció Sharon, él se hizo cargo un poco más. Maduró, comprendió de una vez que era su niña después de todo y que mostrarse desinteresado no cambiaría nada —estaba dolida, quebrada. Simplemente se estaba despachando con todo.
—Raquel...
—No, Bella. No quiero darte pena ni mucho menos. Solo quiero explicarte y hacerte ver cómo son realmente las cosas. Obviamente que ahora no sirve de nada y no cambiarán las cosas. Ella es una cretina y se quedó con una parte de mi vida —¿Eso era Emmett para ella? Era un trozo de su vida. ¡Vaya! Demasiado para una mujer. ¿Cómo podía vivir ella a diario recordándolo? Comenzaba a sentir pena y dolor por Raquel.
—Creo que no me importaría visitarte más seguido. Puede que después de todo tengamos algo en común —murmuré, observándola mientras se enjugaba las lágrimas.
—¿Qué podríamos tener tú y yo en común? —me preguntó como si lo que había dicho hubiese sido una locura, pero no lo era—. Dime, ¿qué podría unirnos? —el dolor. Levantarnos a diario y vernos rodeadas de mierda, de una vida totalmente desmoronada, me hubiese gustado decirle.
—Nada. Fue solo un decir.
—Ya me parecía —se levantó a encender las luces, la noche comenzaba a hacerse notar en la estancia.
—Con permiso. Subiré a ver a la niña.
—Adelante.
Pasamos un buen rato charlando de muñecas con Sharon. De dulces también y prometió no comerse demasiados por día, solo algunos, advirtió.
Al regresar a casa con Edward, le planteé mis dudas. Después de esa charla con Raquel, miles de preguntas me surgieron.
—¿Cómo es posible que Rosalie haya sido capaz de destruir su familia?
—Isabella, no seas tan ingenua —rió, revolcándose exageradamente en el sofá.
—¿Cuál es la gracia? Tú no oíste a esa mujer —lo miré estupefacta—. Está destrozada, cariño.
—Ella no hizo las cosas bien con mi hermano, por algo él se fue con Ros.
—¿De qué estás hablando?
—Hablo de que mi hermano tuvo sus dudas acerca de esa pequeña —vaaaaya. Después de todo, Raquel no era una señora de casa como aparentaba.
—Estás queriéndome decir que ella... ¿no le era fiel?
—Que yo sepa, Rosalie se ha portado muy bien con mi hermano.
—Ya lo entiendo.
—Por eso, Isabella. Por Dios, no seas así. Tienes el corazón blando y tiendes a creerte todo, pero las cosas a veces tienen que saberse a fondo para saber si creer o no —acomodó un mechón de mi cabello y sonreí tristemente. Después de todo, lo que decía era cierto.
—Es mi forma de ser y no creo que saber esto cambie mi manera de ver a Raquel como una mujer triste y solitaria que está sola con su pequeña en la vida.
—No quiero que cambies tu forma de nada. Solo... no seas tan ingenua, preciosa —se abalanzó sobre mí.
Me besó apasionadamente e hicimos el amor. Últimamente esa era la única manera de no pelearnos. Era triste, pero era una realidad.
Al otro día me quedé absolutamente sola ya que Edward tenía unos asuntos que resolver en el bar. Alice me visitó a media mañana porque también estaba aburrida en su casa.
—Lo bueno es que la niña está bien —bebió gaseosa.
—Sí. Realmente estaba muy preocupada. Es muy pequeña para estar en terapia intensiva.
—Lo es, pero es también lo suficientemente mayorcita como para darse cuenta que comer muchos dulces no le hará bien.
—No podría juzgarla jamás como tú —me eché a reír.
Notaba extraña a Alice. Había algo oculto, algo que no se animaba a decirme. Estaba abrumada y se le notaba.
—Vamos, escúpelo —tomé su mano y se hizo la desentendida—. No viniste solo por aburrimiento.
—La verdad es que no —bajó la mirada.
—¿Qué tienes? —la abracé.
—Es solo que extraño tanto la amistad que teníamos —sollozó en mi hombro y sonreí, agradecida de tener una amiga como ella. Era mi hermana.
—Ay, ardilla, no seas tonta —la tomé por los hombros y la miré—. Seguimos siendo igual de unidas que siempre, pero hay una realidad que nos acecha —alzó sus finas cejas—. Estamos creciendo y con el crecimiento vienen cambios.
—Odio esos cambios —se enjugó las lágrimas y sonreí.
—¿Acaso no lo ves? Eres una increíble abogada y yo una excelentísima guía turística. Estamos emprendiendo distintos caminos como personas y planeamos día a día nuestro futuro.
—Eso lo sé, pero no quiero que dejemos de frecuentarnos por este maldito crecimiento.
—No lo haremos. Al menos, de mi parte, siempre querré reunirme contigo a platicar —la abracé.
—Y ahora que estoy embarazada... —¡¿QUÉ?!
—¡Oh, Dios mío! —pegué un brinco y empecé a correr por todos lados—. ¡Seré tía! No puedo creerlo —me paré en seco y me quedé observando su barriga—. Ven aquí —la estreché en mis brazos.
—Estoy tan... asustada.
—Alice, Dios santo. ¡Estás embarazada! No hay motivo para estar asustada. Hay que celebrar pero a lo grande —le sonreí entusiasmada. Me miraba sin expresión alguna y sin motivo, rompió en llanto—. No, no, no. Tranquila, nena. Todo estará bien.
—Arruiné mi vida —dijo y me alejé enfurecida.
—¡Cierra la boca! Estás actuando como una idiota. Un hijo es una bendición. Cerrarás la boca y festejaremos esta repentina pero increíble noticia.
—Jasper actuó igual que tú, pero yo no tengo entusiasmo alguno. Soy joven, tengo un trabajo fabuloso y presiento que me arruinaré la vida.
—¿Crees eso? ¿Qué cree tu madre? ¿Y tu padre? ¿Has pensado en ellos?
—Sí, lo hice y saqué esas conjeturas.
—¡Conjeturas un demonio! Ellos te apoyarán, Al. Recuerdo cuando decían que cuando estuvieses graduada de la universidad querrían un nieto. ¿Y adivina qué? Estás graduada, con un trabajo 'fabuloso' y un niño en tu vientre —se le empañaron los ojos—. O niña, no sabemos aún.
—Bells, tú lo tomas con tanta calma... —se cubrió el rostro con ambas manos.
—Tienes que tranquilizarte. Ponerte así de nada va a ayudarte.
—Es verdad. Será mejor que me calme y tomarlo con la mejor cara —ella lo decía así, pero yo veía que estaba feliz y contenta. Solo quería mostrarse abrumada de puro nervio.
Un niño en nuestras vidas, en la de ella y Jasper especialmente, sería algo maravilloso. Los uniría como a una familia de tres. Mis padres y yo éramos tres. Y, de pronto, la nostalgia me invadió y entristeció. No tenía madre, ni padre, ni a ningún familiar. Solo a Edward, solo a él.
Momentos después, Alice regresó contenta a su casa y preferí dormirme. No esperé a Edward porque estaba realmente agotada y el asunto de Sharon no me tenía despreocupada. Pensaba en Raquel, en lo difícil que habría de ser su vida, en Rosalie y su día a día, mortificándose por la ex esposa de su ahora marido y, por último, estaba Alice y esa criatura que llevaba en su vientre. Tenía miles de asuntos en la cabeza, además de la jodida bota ortopédica que me impedía trabajar y regresar a mis obligaciones. Ya me aburría con cada día que pasaba sin viajar.
Oí que se recostó a mi lado, pero preferí mantener mis ojos cerrados. No quería entretenerme, me apetecía dormir. Me abrazó y en la misma postura amanecimos.
Lo acompañé al bar y nos la pasamos programando lo que haríamos en la noche. Él quería hacer una presentación con el piano, pero no se animaba a hacerlo por segunda vez.
—¿Cuál ha sido la primera? —le pregunté, sin recordar.
—Ha sido con Diana.
—Ah —no sabía qué decir.
(1) Cuando la noche cayó, la propuesta era otra. Cantaría una canción y la acompañaría con su guitarra. Todos asistieron: Esme, Carlisle, Emmett, Rosalie, Alice y Jasper. Yo esperaba a que mi mejor amiga diese la noticia de su embarazo, pero no lo hizo. Aún estaba algo dudosa, pero Jasper para nada, todo lo contrario. Hasta bromeábamos en secreto.
—Qué linda estás, Bella —Esme tomó mi mano y me acercó hacia ella.
—Gracias. Me gusta tu vestido —la halagué.
—Todas están preciosas —añadió Carlisle.
Cuando Edward subió al escenario, todos aplaudimos emocionados. Era la primera vez que veía algo así en él. Estaba entusiasmado, nervioso y eso hacía que su mandíbula se mantuviera tensa.
Lo presentaron y casi cae al tropezarse. Todos rieron menos yo. No me hacía ninguna gracia que estuviese tan colmado de nervios. Se veía hermoso. Esa camiseta negra que se adhería a sus pectorales redondos, ¡demonios! Tenía ganas de abalanzarme sobre el público y besarlo, tocarlo, morderlo, hacerle el amor en el escenario. No creo que delante de sus padres y amigos, pero, podía pensármelo. Imaginaba a Esme observando esa escena y no, no...
Cantaba y me miraba. Estaba cantándome a mí, clavaba su mirada en la mía y me envolvía. Oh, Dios mío. Era perfecto. Su familia lo era. Según todos ellos, jamás le habían visto tan enamorado y perdido como conmigo.
—¿Crees que será para siempre? —oí que le preguntó en voz baja -pero lo suficientemente alta como para oírla- Esme a Carlisle.
—Espero que sí —le respondió él y volteé.
—No hay nadie más para mí que no sea vuestro hijo —los miré a ambos.
—Eres esencial en la vida de nuestro hijo. No nos gustaría que no estuvieses a su lado —qué dulce. Carlisle me estrechó en sus brazos y por un momento recordé a Charlie.
Mi padre. Le echaba mucho de menos. Llevaba tiempo sin verlo, sin abrazarlo, sin siquiera observarlo. Solo me quedaban recuerdos de él, como aquella tarde que fuimos de pesca o la noche que acampamos en el bosque y vimos un oso. También el Día de Acción de Gracias, la última festividad que había disfrutado con él. Recordaba todo y hacía un esfuerzo para recrear cada escena, cada abrazo, cada beso. Me hubiese gustado que ellos, mis padres, conociesen a los Cullen. Eran asombrosos, pero la realidad era que jamás sucedería. Por más que quisiese, ellos no regresarían a Boston. No buscarían a su hija. Estaban decepcionados, ¿pero qué tanto? Era vuestra hija, no una simple muchacha.
—¿Qué sucede, Bella? —Emmett palmeó mi hombro y me acerqué intuitivamente hacia su cuerpo. Estábamos uno al lado del otro—. Te noto algo distraída.
—Estoy pensando algunas cosas —murmuré, con mis ojos a punto de rebalsar en lágrimas.
—Deja de torturarte de una buena vez. No pienses en ello.
—Es imposible no recordarlos —él sabía perfectamente de lo que hablaba.
—Sé que es imposible, pero recuerda lo mal que se portaron contigo —lo recordaba en cada instante, lo hacía, pero no había motivo más que ese para culparlos. Se habían comportado mal, era cierto, pero eran mis padres, por Dios. Ellos creyeron que era lo mejor y se equivocaron respecto a eso. No había sido lo mejor, al contrario, había sido una metida de pata. Lo que me extrañaba era que ellos no se mostraron arrepentidos en ningún momento y me asustaba que mis padres se comportasen así conmigo.
—Es muy complicado para mí juzgar a mis padres.
—Sé cómo es. Ellos son todo para ti, aunque lleves tiempo sin verlos.
—Me dieron la vida. Todos los días quiero hablarles, llamarlos y disculparme, pero no soy yo la que tiene que hacerlo.
—Son ellos, Bella. Te mortificas a diario, creyendo que la que estuvo mal has sido tú, cuando es todo lo contrario.
—Emmett, no sé por qué lo hago. Me siento una estúpida —me abrazó cuando las lágrimas comenzaron a brotar.
—Mi hermano no va a dejar que nada te suceda, si es ese tu temor —me dijo en tono bajo para que nadie escuchase. Alcé mi cabeza y secó mis lágrimas—. Nuestra familia es unida, entre todos nos cuidamos. ¿Sabes una cosa? —arqueé una ceja y me sonrió—. Ahora tú eres de nuestra familia. Ninguno de nosotros dejará que algo malo te suceda.
—Te lo agradezco tanto...
Edward finalizó con su canción y bajó para reunirse con nosotros. Me abrazó, besó mi frente y me sentí protegida. Alice no se despegaba de Jas, al parecer, sus emociones estaban alteradas y cualquier palabrita errónea la hacía romper en llanto.
—Ese bebé va a enloquecerte antes de nacer —la abracé y rió.
—Cuenta con eso —me respondió y le sonreí—. Estuve pensándolo bien y creo que tienes razón. Llamé a mis padres para contárselo hace apenas unas horas y ya están en camino.
—¡Te lo dije! —exclamé y todos los cercanos me miraron. Me ruboricé.
—Cállate, harás que todos se enteren —murmuró.
—¿No piensas decirlo nunca?
—Recién van dos meses. Quería esperar a estar bien segura.
—Como tú prefieras, es la decisión de Jasper también.
—Lo sé. Él quiere esperar también.
—Entonces todo está... perfecto —me estiré.
Yo quería hacer una fiesta por Alice y su embarazo, pero como nadie sabía de esto, la reunión no tendría invitados. Me moría de intriga y ansiedad. Ya quería regalarle cosas y consentirla como a una hermana, pero recién iban dos meses de embarazo y los que faltaban...
El tiempo transcurrió, me quitaron mi bota y pude regresar al trabajo. Más viajes, más emprendimientos familiares con los Cullen, y más barriga para Alice. Dividía mi tiempo en obligaciones, novio, amistades y compras. Sí, con Ros y Al salíamos de compras casi todos los fines de semana. Cada una de nosotras disponía de dinero y, si necesitábamos algo de ropa, organizábamos todo rápidamente por nuestro grupo de WhatsApp. Se llamaba "On fire" y charlábamos de todo.
La familia ya sabía del embarazo de Alice, por lo tanto la cuidaban como a una joya. En todo ese tiempo Edward había progresado con el bar y se mostró mucho más interesado por la música. Tocó en distintos bares de la zona hasta llegar al escenario de un evento a beneficio. Todo lo recaudado sería para un hospital de niños con cáncer. Me encantaba acompañarlo y cuidar de ellos cada que tenía tiempo. Era una especie de estrella en la música, obviamente que nada grande, pero en la zona la gente comenzaba a reconocerlo por las calles.
—Creo que deberías salir con una bolsa en la cabeza —bromeé, después de que unas muchachas le pidieron una foto.
—Lo siento —se disculpó.
—No seas tonto. Me encanta verte feliz con lo que estás haciendo —tomé nuevamente su mano y seguimos caminando hacia casa.
—Me siento entusiasmado —me dijo feliz como un niño que acababa de recibir sus dulces en Halloween.
—A tus padres y a todos nos pone contentos. Lo triste es que si antes no teníamos tiempo para vernos por mi culpa, esta vez, la culpa será dividida —murmuré y sostuvo mi barbilla.
—Oh, nena. Nada va a cambiar.
Me entristecía saber que las cosas estaban cambiando de a poco. En un día yo debía viajar a Canadá y sería demasiada distancia. Había aceptado la invitación de John y ni siquiera estaba segura. Era trabajo y había un contrato de por medio, pero mis emociones estaban a flor de piel cuando estaba lejos.
Llegamos, hicimos el amor y nos dormimos hasta el otro día. Quizás aquella sería la última noche en la cual nuestros cuerpos se encontrasen hasta mi regreso.
Alguien golpeó la puerta y fue Edward quien se levantó a atender. La pereza estaba consumiéndome y preferí hacer novillos hasta empezar con el preparativo de la maleta y a empacar la ropa de invierno.
Entró a la habitación y me miró estupefacto con un papel en la mano.
—¿Qué sucede? —me senté y le miré impasible.
—¿Cuándo pensabas decirme de las amenazas que estás recibiendo de Ryan? —me arrojó la carta y podía notar su enojo. La ira le brotaba por los poros.
No sabía qué coño responderle. Estaba anonadada. No creí que Ryan fuese capaz de enviarme ese tipo de cosas a mi hogar. Sentía miedo, temor, pero no del maldito. Temía que Edward me dejase o algo de ese tipo. Me miraba insólito, como si yo hubiese asesinado a alguien y él hubiese encontrado el cadáver. Nuevamente me sentía estúpida. Tendría que habérselo dicho desde un principio, me dije una... una y otra vez.
Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.
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