Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.

Secuela de The Turns Of Life.

Beteado por Elvimar Yamarthee.

Playlist.

(1) Au revoir simone - The lucky one.


(1) Botas navideñas en la chimenea encendida frente a los costosos sofás, la llama ardiente de las velas aromatizadas en la mesa ratona, acompañadas con las galletas con forma de Santa Claus que Esme terminaba de hornear hacía apenas unos minutos. El alto pino decorado como es de tradición con bolas y cintas en color rojo, verde y dorado. Luces blancas tenues que parpadeaban lentamente y se reflejaban en el rostro de cada uno de los que rodeábamos la mesa.

Esme con un vestido claro que le quedaba pintado de pies a cabeza estaba sentada bebiendo té de manzanillas junto a su amado Carlisle, quien llevaba pantalones de vestir claros y un saco de lana con rombos en color verde.

Sharon pasando la navidad con nosotros. Así era el día veinticuatro de diciembre. Para el treinta y uno estaría con Raquel. Podría solo venir a saludar a sus abuelos y padre después de las doce de la noche. Rosalie estaba preciosa con un vestido color crema y puntitos más oscuritos que resaltaban. Emmett vestía casual, muy parecido a mi novio con pantalones vaqueros y un sweater.

Y ahí estaba yo, con mi vestido gris corto, observando detenidamente a cada uno de ellos, apreciando y sintiéndome agradecida de poder estar rodeada de tan asombrosas personas como ellos, con corazones inmensos, que poseían un espacio -diminuto- para mí.

Me bastaba saber que contaba con cada uno de ellos, que los tenía conmigo, que después de todo, eran mi familia ahora. No tenía nada más, ni tíos, ni tías, ni primos, ni abuelos. Solo a la familia de mi novio que me acogía, que me abría las puertas de par en par. Querían que me quedase... para siempre.

—Isabella, sírvete una galleta —Carlisle me tendió la floreada bandeja.

—Muchas gracias —le sonreí, tomando una.

La pequeña Sharon corría de un lado a otro, ansiosa porque diera la medianoche y pudiese abrir los obsequios que "Santa Claus había colocado bajo el árbol de navidad". Ya habíamos cenado y solo aguardábamos a que diesen las doce en el reloj de pared.

—Cariño, ¿vienes un minuto conmigo? —Edward se puso de pie y le tomé la mano.

—Lo siento, ya regreso —murmuré, siguiéndolo.

Salimos al patio trasero frente a la piscina. Hacía frío, pero no demasiado. Emmett me había prestado una chaqueta, mis piernas sí estaban algo tensas y coloradas por el repentino cambio de clima. Dentro estaba acogedor gracias a la chimenea y fuera algo fresco por la nevada de un día anterior.

—¿Qué sucede? —le pregunté, tomando sus manos.

—Quiero besarte, pero delante de mis padres no puedo —me tomó por la cintura y me acercó a su cuerpo.

Nos besamos, nos abrazamos y nos dijimos lo mucho que nos amábamos. Realmente era feliz, con él, con todo lo que nos estaba pasando. Yo de licencia en el trabajo por las festividades navideñas y él cantando en algunos bares. Lo genial es que era bien remunerado y lo que ganaba lo invertía en el bar. Hacía remodelaciones, compraba más muebles, saldaba las deudas y le quedaba para gastos propios. Aparte de eso, recibía dinero por su título como nutricionista. No ejercía, pero de todos modos recibía un dinero mensual. Todo iba de maravilla. Con John y los últimos viajes había recaudado bastante dinero y me asombraba lo bien que me pagaban. Ayudaba a Edward con los gastos de la casa y me quedaba para darme uno que otro lujo. El alimento balanceado para mi perrita Lola y uno que otro juguetito para que se entretuviese en mi ausencia. La verdad era que no le daba mucho interés, pero no porque no quisiese, sino porque no disponía de tiempo. Ahora sí, pero en días anteriores no.

—Te amo tanto, nena —plantó un casto beso en mi frente y sonreí—. Estoy enamorado de ti.

—Yo también lo estoy, cariño —acaricié su mejilla.

—Tengo una sorpresa para ti.

—¿Qué es? —le pregunté.

Sacó de su bolsillo un papel. Era de una inmobiliaria, nos permitía escoger una casa de un barrio privado cercano a su casa.

—¡Oh, Dios mío! —estaba emocionada. Eso quería decir que tendríamos nuestro propio nidito de amor. De los dos, no solo de él.

—Mañana mismo podemos ir a ver las viviendas.

—Estoy tan contenta —lo abracé—. Tengo mucho dinero ahorrado, Edward. Me pone feliz saber que no viviré contigo en un lugar que es solo tuyo.

—Mi casa siempre fue nuestra. Con la venta de esa propiedad, tendremos suficiente para la compra de la nueva.

—Yo quiero aportar dinero… Y lo haré —le dije con autoridad y asintió.

—No me gusta la idea, pero, si quieres, no hay problema.

Cuando los fuegos artificiales estallaron en el cielo, supimos que era medianoche y que nos acogía la nochebuena. Mi primera navidad con Edward, con una familia diferente pero mejor que la mía. Me querían y ni siquiera teníamos el mismo linaje de sangre. Con los que sí compartía la misma sangre no me hablaba, ni siquiera me querían.

Me sentí agradecida por décima vez en la noche, por estar rodeada de gente buena y que me apreciaba y por tener a un hombre tan perfecto como Edward, mi novio. El único que me enamoró dos veces, el que hizo lo imposible para tenerme junto a él. A quien jamás me gustaría perder…

—Feliz navidad —alcé mi cabeza y lo besé—. Te amo.

—Feliz navidad para ti también, nena. No sé qué haría sin ti.

—Será mejor que entremos a saludar a los demás —dije tomando su mano.

Dentro todos estaban saludándose y abrazándose. Esme lagrimeaba en los brazos de Emmett mientras Sharon corría a buscar una tijera para abrir su obsequio. Carlisle estaba riendo con Rosalie y nosotros acabábamos de entrar.

Saludé a todos con un 'feliz navidad' y un reconfortante abrazo para cada uno de ellos. Sharon me pedía ayuda con su regalo ya que no había hallado la tijera. Nos sentamos en el suelo alfombrado y al abrirlo, casi se muere de la emoción.

—¡Es justo lo que quería! —saltó con la caja de su nueva cámara de fotos Nikon en sus manos.

—Santa leyó muy bien tu carta, hija —Emmett acarició su cabello y la ayudó con el artilugio.

Había regalos para todos. A Esme le obsequiamos una tetera con sus respectivas tazas y platos. Quedó fascinada. Ella me regaló un par de zapatos y una pulsera con diamantitos pequeños. A Carlisle le dimos un descorchador y una corbata. Para Emmett una camisa elegida por mi novio y para Rosalie un llavero colgante con su inicial.

—Y ahora, Sharon, debes abrir lo que Santa Claus dejó en nuestra casa —Edward me abrazó por la cintura y sonreí.

Emocionada y ansiosa abrió su regalo. Era un anillo muy peculiar. Tenía una piedra 'mágica', le decía yo. Cambiaba de color según el estado de ánimo de la persona que cargase el pequeño cilindro. Traía un librito que explicaba el significado de cada color. Sharon ya lo tenía puesto y estaba de color verde, que significa felicidad. Era algo tan encantador que en la tienda me compré uno para mí también. Me había encantado. Realmente no sabía que regalarle a la pequeña. Ella tenía de todo, la consentían demasiado y no era fácil obsequiarle algo que no tuviese ya.

Mi móvil sonó y me alejé de todos para responder. Era Alice. La ardilla no había pasado nochebuena con nosotros, estaba en la casa de los padres de Jas.

—Feliz navidad, amiga —me dijo y sonreí al oírla tan emocionada.

—Ardillita, igualmente. Me hubiese gustado tenerte aquí.

—A mí también me hubiese gustado que estuviésemos juntas.

—En un instante saldremos a la discoteca con Jasper, ¿por qué no nos encontramos allí?

—No lo sé, hablaré con Edward.

—Vamos, no sean amargados.

—Ya te avisaré enseguida.

Hablé con mi novio un rato y le propuse ir a la disco.

—Podríamos pasarla bien con los chicos —lo abracé por detrás.

—Mañana debemos levantarnos temprano para ver las casas, nena.

—¿Eso es un no?

—Es un ''hagamos lo que tú quieras''.

—Vayamos a casa. Está lindo para que estemos juntos, abrazados y calentitos.

—Esa idea me fascina.

Encendió la chimenea y a la luz del fuego, hicimos el amor. Nuestros cuerpos sudados, unidos. Edward sobre mi cuerpo, besando cada centímetro, logrando ponerme tensa y débil a la vez. Debilitando mis piernas con cada estocada, dejándome plena y satisfecha.

No estaba indefensa, pero así me sentía cuando me tomaba las manos y las colocaba en mi espalda al penetrarme por detrás. Bombeaba y al oír su irregular respiración en mi nuca me estremecía. Volteaba un poco mi cabeza que estaba hundida en el sofá y por el rabillo de mi ojo trataba de ver su rostro. Sus pectorales brillosos a causa del sudor, de la transpiración.

Tomó mi cintura y me colocó en cuatro. Me penetró tan duró que acabé en cuestión de segundos. Tenía mi trasero en su rostro, a pocos centímetros. Con una de sus manos acarició mi clítoris rápidamente y, al ver que mi cuerpo se debilitaba, dejó de hacerlo. Las sensaciones se multiplicaban y los orgasmos estaban dejándome sensible, algo sensacional.

Me tomó de la coleta que llevaba y, al bombear un poco más, acabó. Jadeó detrás de mí, murmuró mi nombre y me hice una extraña pregunta.

—Cariño —le dije mirándolo, estábamos acostados ya—. ¿A ti te gusta lo que hacemos?

—Claro que sí, nena —acarició mi mejilla.

—¿Te excitaría otra mujer?

—Jamás. De hecho, no se me pararía el pene si estuviese con otra.

—¿Lo dices en serio?

—Nena, voy a contarte algo.

Y ahí me echó la historia con Diana. Bueno, una parte. Las veces que tuvieron sexo, a él le costaron horrores. Él se había olvidado de mí, pero no del cuerpo y las facciones. Le era extraño estar dentro de una mujer con la cual no había vivido casi nada. Extrañaba hacerlo conmigo y por eso con ella no se le paraba fácilmente.

—Eso quiere decir que necesitas mi cuerpo para satisfacer tus necesidades —le sonreí con picardía.

—Exactamente, aunque tengo una ágil mano derecha.

—Edward, no. No creo que sea necesario que estés haciendo esas cosas cuando me tienes a mí.

—Solo bromeaba, pero te confieso que hay noches en las que me siento solo y necesito que me echen una mano. Cuando estás lejos, Isabella.

—Yo también necesito eso, cariño, pero no se me cruza por la cabeza tocarme.

—A mí sí, pero jamás te engañaría con mi mano. Jamás.

Bueno, estaba claro que nos necesitábamos en todos los sentidos y aspectos, no tan solo sentimentalmente, sino sexualmente también. Era grandioso porque no podría tener sexo con otra que no fuese yo. A mí me sucedía lo mismo, no me imaginaba teniendo relaciones con otro hombre que no fuese él. De solo imaginarme con otro, me estremecía para mal. Yo a Edward lo conocía de pies a cabeza, ¿quién me aseguraba a mí que todos los hombres eran iguales de higiénicos como él? Siempre afeitado allí abajo, bañado, limpio, al igual que yo. A él tampoco nadie le aseguraba que todas las mujeres fuesen como yo en ese lado. Quizás le abría las piernas a una y salía un mono de esa selva. Nadie nos aseguraba nada.

En la mañana, bien temprano, fuimos en busca de una nueva casa para nosotros y para nuestro futuro. En la primera, nada me gustó. Era gigantesca y la vendedora una engreída. La segunda tenía tres habitaciones, demasiado grande para nosotros dos. La tercera, muy pequeña y en la sala había una gran mancha de humedad en el muro.

—Edward, son todas horribles —bufé, conduciendo a la siguiente.

—Nena, solo vimos tres.

—Sí, pero perdimos toda la mañana en esto y nada bueno.

Admitía que era algo impaciente, pero el hecho de estar conduciendo el auto de Edward por primera vez me ponía nerviosa y tensa. Él disimuladamente me miraba y observaba que todo fuese en orden. No quería abolladuras en su vehículo.

Entramos en la cuarta casa y la primera impresión fue buena. Una sala pequeña pero lujosa.

—¿Cuántas personas pueden vivir aquí? —le pregunté al vendedor.

—Nosotros éramos cuatro —me respondió.

—¿Usted y su familia se mudarán a otra?

—No, mi familia murió.

—Oh, lo siento —aparté mi mirada, algo incómoda.

—Tiene dos habitaciones —me mostró un poco más.

Una habitación tenía cama matrimonial, realmente una habitación de ensueño. El baño era más amplio que el de Edward. Perdón, que nuestro baño. La cocina me encantaba y ni hablar del balcón bajo que daba al fondo de la casa. Un patio fabuloso. Sobraba una habitación simple. Después de todo, era una casa enorme. Esa podría ser para alguna visita.

—No lo sé, nena. Es muy grande —murmuró Edward, mirando al vendedor que estaba al otro lado de la sala.

—Pero solo nos sobra un cuarto.

—Y es demasiado —rió.

—Este hombre no tiene familia —lo observé y se me llenaron los ojos de lágrimas.

Algo era cierto. Yo no quería la casa por los lujos que tenía, ni por las habitaciones. Quería simplemente comprarla por el señor. Se veía triste. Yo quería ayudarlo de alguna manera y, si estaba vendiendo su casa, por algo era.

—Está bien, ya es nuestra —Edward me besó y sonreí.

Teníamos nuestra propia casa. Espaciosa pero no era problema. Para las ocho de la noche, ya estábamos haciendo la mudanza. Elegimos ese horario porque nos convenía a todos y digo todos porque toda la familia estuvo en la mudanza. Claro que sí. Dándonos una mano, acomodando las cosas y... demás.

Rosalie estaba con Esme preparando la habitación y el baño. Alfombras, lámparas, sábanas nuevas y limpias. Carlisle y Emmett atornillando algunas cosas en la cocina, acomodando la mesa con sus sillas y los sillones junto a la mesa ratona. Jasper con Alice en el patio trasero colocando unas lámparas y Sharon investigando su cámara de fotos en el sofá. Alice lo hacía todo con cuidado, pues su barriga comenzaba a hacerse notar y todos la protegíamos.

—¡Emmett, trae esa silla! —le exclamó Edward.

—Ya te ayudo, hermano.

Querían colocar unas cortinas nuevas que había comprado en una tienda cercana. Eran bellísimas, todo lo era. Estaba algo cansada así que me senté en el sofá y Esme me acompañó.

—Preciosa, está quedando todo hermoso —me tomó la mano.

—Sí, gracias por la ayuda —le sonreí.

—No es nada, con Carlisle entendemos que somos lo único que tienes y te queremos como a la hija que no tenemos —me ruboricé.

—Gracias, en serio. Los aprecio mucho.

—Hay algo que me pregunto a diario, linda —abrí mis ojos, incitándola a que me preguntase—. ¿No tienes más familia que tus padres?

De hecho, sí había alguien. Mi abuelo. Con él no me veía hacía años, pero no porque hubiese una mala relación. La distancia era el problema. El padre de Charlie era a quien yo más había amado en toda mi existencia. Ni siquiera sabía si estaba con vida. Sonaba idiota, pero era cierto.

—Mi abuelo Raphael.

—¿No te hablas con él?

—No sé qué fue de su vida.

—Deberías llamarlo. Quiero que lo hagas —Esme estaba entusiasmada con alguien que jamás se me hubiera ocurrido. Mi abuelo.

Estuvo insistiendo durante casi media hora. Me obligó a meterme en la habitación y marcar su número. Conseguido de internet, claro. No tenía su número en mi agenda. Quizás estaba llamando a otro Raphael Swan, no lo supe hasta que contestó.

—¿Es usted Raphael Swan? —pregunté con voz temerosa.

—Él habla, ¿quién es? —supe que era él. Mi abuelo, su voz no cambiaba. Me emocioné y un fuerte dolor en mi estómago me dejó sin habla —. ¿Aló?

—Abuelo... —musité.

—¿Isabel? —así me decía él.

—Sí, abuelo, sí —sollocé—. Soy yo, abuelo.

—Oh, santo Dios —estaba llorando, se le oía en la voz—. Hace tanto que no te veo, pequeñita. ¿Cómo está mi nieta?

—Es cierto, hace años no te veo —sequé mis lágrimas y me pegué al celular—. Estoy bien, ahora más que nunca, extrañándote.

Prometió viajar desde Washington a Boston. En un par de días estaría llegando. Quise ir yo, ya que él es anciano y obviamente no puede hacer largos traslados, pero no quiso. Él quería viajar y venir a verme como correspondía. Cuando finalicé la llamada Esme estaba que saltaba en una pata. Les contamos a los demás y se pusieron felices por mí. Después de todo, ya no estaba tan sola. Tenía a mi abuelo, mi viejito...

Cerré mis ojos un momento y pareció que el tiempo voló frente a mis ojos. Quizás era que estaba ansiosa por verlo, por besarlo, por abrazarlo.

—Edward, ¿la habitación de visitas tiene todo prolijo? —le pregunté a mi novio, corriendo de un lado hacia otro, dándole el alimento a Lola.

—Sí, nena. Tienes que relajarte. Estamos instalados en nuestra nueva casa, que por cierto es maravillosa, y tú estás toda atolondrada.

—En unos minutos llegará mi abuelo, Ed. Es... muy importante para mí —lo abracé y caímos al sofá—. No imaginas lo feliz y emocionada que estoy. Si tú supieras la adoración que le tengo y ahora que sé que está bien de salud... Quiero disfrutarlo como nunca antes.

—Y estoy contento por ti. Quiero que seas feliz y que estés con quienes te hacen bien.

Cuando oí que un auto aparcó frente a la nueva vivienda, comencé a sudar de los nervios. Lo vi bajar del taxi y se me llenaron los ojos de lágrimas. Tenía sesenta y cinco años, pero aparentaba cincuenta. No usaba bastón, ni esas boinas que suelen usar los ancianos. Vestía pantalones vaqueros y una camisa color crema metida hacia dentro del pantalón, zapatos muy elegantes color marrón y un pañuelo en su cuello.

Abrí la puerta y, al verme, apuró el paso. Casi que corrí hasta él y lo abracé tan fuerte que sentí como el aire se agotaba en mis pulmones. Me llené de su olor tan peculiar. Aroma a anciano y a jabón de glicerina.

—Mi nieta hermosa —sentí cómo olfateó mi cabello y sonreí entre lágrimas.

—Te eché tanto de menos —avanzamos por la pequeña escalera y subimos dos escalones hasta la casa.

Le presenté a mi novio y le cayó muy bien. Edward era muy carismático, intercambiaron un par de palabras y se sentaron a charlar acerca de la pesca. A mi abuelo le gustaba pasar su tiempo pescando, era un anciano jubilado como policía, qué más daba. Mientras batía el café, mi móvil sonó. Esme me llamó para preguntarme si todo iba en orden y claramente le dije que sí. Compartió mi felicidad y prometió visitarnos pronto en nuestra nueva casa.

—Abuelo, ¿sabes algo de mis padres? —di algunas vueltas hasta poder preguntarle eso. Al fin y al cabo, me animé.

—¿De tus padres? —frunció el ceño—. ¿No están viviendo por aquí?

—No, abuelo. Primero, ellos están separados y segundo, hace meses largos que no los veo.

—¿Y por qué, Isabel?

—Es una historia realmente larga.

—Tengo tiempo de sobra. Vine a quedarme un buen tiempo —rió divertido y con Edward nos reímos.

Podría tenerlo conmigo toda la vida. Jamás me cansaría de verlo a diario, de abrazarlo, de cuidarlo y sabía que a mi novio no le molestaba en absoluto. Con tal de verme contenta, hacía lo que fuese y esa era una de las razones por la cual lo amaba con mi vida entera.

Pasé horas contándole a mi abuelo lo que había sucedido con mis padres, con el accidente y con Ryan. Edward también aprovechó para contarle todo lo que hizo por mí. Raphael estaba asombrado y a la vez disgustado por no haber sabido nada de eso. Se quejó de que no lo invité a mi boda y le expliqué hasta que entendió que yo sí quise, pero mis padres no me dejaron. Ellos manejaron mi vida como se les pegó la gana durante medio año. Confesé que había sido un golpe muy duro para mí, algo insoportable que temía no aguantar.

—Isabel, no puedo creer lo que estás diciéndome —estaba sentado frente a mí, a su lado mi novio.

—Es todo cierto, abuelo. Jamás quisieron que supieses de eso porque temían a la realidad. Tú ibas a defenderme y ellos serían los perjudicados.

—¿Charlie fue capaz de hacerle eso a su hija? No recuerdo haberlo educado así. Estoy decepcionado de él.

—Espero que tú jamás me dejes sola, abue —me levanté y le di un fuerte abrazo.

Ya no tenía por qué quejarme. Estaba con un familiar que amaba y todo gracias a Esme, una mujer muy buena y atenta que desde un principio se portó excelente conmigo.

Cuando la noche cayó, organizamos una cena para darle estreno a nuestra nueva y fabulosa casa. Nuevamente, la familia estaba reunida. Los Cullen le dieron a mi abuelo Raphael una acogida bienvenida. Le contaron demasiadas cosas y lo trataron como a un rey mientras que con Alice preparábamos las ensaladas en la cocina.

—En una semana tengo la primera ecografía —me contó la ardilla, entusiasmada.

—¿Puedo ir contigo?

—Claro que sí, por eso estoy diciéndotelo.

—Estoy feliz, Al. Tener a mi abuelo aquí es lo mejor que pudo pasarme —me abrazó y sonreí en su hombro—. Lo extrañe tanto.

—¿Cómo no se te ocurrió antes?

—No lo sé, mis padres me habían hecho creer que estaba muerto.

—Son unos cretinos, Bells. Me agrada la idea de que no tengas relación con ellos. Sé que es terrible para ti, pero por un lado te hicieron un favor. Son unos hijos de...

—Ya lo entendí. Ya quedó claro y pienso que tienes razón, pero por favor no digas esas cosas, siguen siendo mis padres.

—Es verdad, aunque creo que deberías considerar comenzar a pensar en ti y no en los demás. Es un humilde consejo —salió moviendo su trasero de la estancia y me quedé anonadada.

¿Acaso eso no estaba haciendo? Creí que comprar una casa, pasar tiempo con mi familia y prestarle tiempo de más a mi abuelo era pensar en mi bienestar. Al parecer, para Alice no era así. O simplemente no estaba haciendo lo correcto. No le dije más nada y opté por pensar que era la histeria del embarazo.

—Quiero darles las gracias a todos por la ayuda que nos brindaron con el acomodo y mudanza en la nueva casa —Edward se puso de pie y todos lo miraron—. Bella y yo estamos contentos.

—Demasiado contenta estoy, ¿acaso no me ven? —reí, tomando la mano de mi abuelo a mi lado—. Mi abuelo fue y es una persona esencial en mi vida.

—Eres lo único que me queda, Isabel —murmuró Raphael. A Esme le brotaban las lágrimas, era muy sensible.

—Espero que siempre estés a mi lado, abuelo, y que nada nos separe nuevamente. Ahora que te tengo, no dejaré que te vayas.

Brindamos y así inauguramos la nueva vivienda. Sharon no pudo asistir, ella debía pasar el día con Raquel. Me hubiese gustado que la pequeña conociese a mi abuelo, pero no fue así. Ya tendríamos oportunidad.

—¿Por qué no bebes vino? —le preguntó Raphael a Alice y ella le sonrió.

—Está embarazada —le respondí yo.

—¡Oh! Cielos santo. Qué bendición —la miró emocionado—. Isa, ¿cuándo tendrás un hijo?

¡Menuda pregunta! Quería asesinar a mi abuelo, pero a la vez quería exprimirlo y llenarlo de besos. No habíamos hablado de eso con Edward y, para ser sincera, no era algo que estuviese en mis planes. Un hijo pondría de cabeza nuestras vidas y por el momento ninguno de los dos quería eso. Al menos por mi parte...

—Abuelo... —murmuré incómoda.

—Pronto, señor Raphael —Edward dijo eso y casi me atraganto con una aceituna.

Todos nos miraron estupefactos menos Esme y Carlisle que se sonreían emocionados. Edward no había dicho que yo estaba embarazada, pero había dado a entender que no le molestaría en absoluto que fuese así.

No pude esperar a que todos se fueran para preguntarle.

—Cariño, ¿vienes un segundo? —lo llamé entrando a la habitación.

Cuando entró, lo miré con ganas de abrazarlo, pero a la vez necesitaba hablar con él.

—¿Podrías decirme qué fue eso? —me senté en la cama y se sentó a mi lado.

—Nena —tomó mi mano—, me gustaría que tengamos un hijo —¿QUÉ? Dios mío. ¡Edward quería tener un hijo conmigo y me lo había dicho!

—A mí me encantaría también, pero no creo que sea el momento —agaché mi cabeza.

—No dije que quiero tenerlo ya —alzó mi rostro—. Podemos esperar, quiero que disfrutes de tu trabajo un poco más. Sé que ya van unos meses, pero me gustaría que te enfoques solo en eso.

—Y en ti, quiero enfocarme en cada viaje y en ti por sobre todas las cosas —lo besé.

En silencio, cuando todos se fueron y mi abuelo se fue a dormir, hicimos el amor. La cama golpeaba un poco la mesa de noche y movía el cajón. Reíamos, porque después de todo, Raphael no tenía un buen oído.

En la mañana, después de desayunar con mi abuelo y Edward, salimos a recorrer las calles de Boston. Mientras se metían en la tienda de pescadores, me encontré a Paul.

—¡Bella! —me abrazó.

—Hey, Paul. ¿Qué hay? —le pregunté, acomodando las bolsas de las compras en mi brazo.

—Tanto tiempo sin vernos, ¿de compras?

—Sí, algunas cosas para la nueva casa.

—¿Casa nueva? ¿Puedo visitarte?

—Sí, claro que sí. Cuando gustes.

Me despedí rápidamente de él. Edward y mi abuelo venían en camino hacia mí. Habían comprado algunas cañas de pescar, anzuelos, carnada y un par de cosas más.

—Mañana mismo iremos de pesca —canturreó Raphael, muy contento.

—¿Ah sí? ¿Quiénes iremos? —le pregunté divertida.

—Iremos en familia —sonrió entusiasmado.

Él no estaba hablando de nosotros tres simplemente. Hablaba de toda la familia. Me gustaba verlo y tenerlo junto a mí, después de tanto tiempo debía aprovecharlo. De a poco, la pequeña familia se iba agrandando. La llegada de mi abuelo fue genial, los Cullen lo recibieron con los brazos abiertos y todos se encariñaron con mi querido Raphael. Y eso no era todo, se seguiría agrandando la familia con la llegada del nuevo bebé, hijo o hija de mi mejor amiga, Alice.


Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.

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