Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.
Secuela de The Turns Of Life.
Beteado por Elvimar Yamarthee.
—¡Mamá! —Emmett abrazó a Esme y ella lo regañó por gritarle cerca de su oído—. No seas tan amargada.
—Deja a tu madre tranquila y ve con los muchachos a pescar —le sonreí.
—Bien, entiendo que se aproxima una charla solo de chicas.
Estábamos sentadas junto al fuego que mi abuelo había encendido unas horas atrás. Estaba fresco y era de noche. Las carpas se movían un poco debido al viento, pero nada fuera de lo normal.
—Alice, estás barriguda —Esme acarició su cabello y con Rosalie sonreímos.
—Trato de comer lo justo y necesario. Todo me da náuseas.
—Los mareos comenzarán a atosigarte más seguido —acotó Rosalie y todas la miramos—. Lo he visto en un programa de mujeres, no es que lo sepa por experiencia propia —sonrió nerviosa.
—Espero que algún día puedas darnos un nieto —mi suegra y, también suya, acarició su mano.
—Señora, es algo complicado. Ya sabe cómo son las cosas. Raquel podría intervenir y no quiero problemas.
—Hace años que estás junto a mi hijo. Llevan casi un año de casados y no digo que sea mucho, pero sería lindo. No quiero que se apresuren, pero quiero un nieto —Esme esbozó una media sonrisa—. ¿Se entiende?
—Claro que se entiende —le respondí—. Por mi parte, creo que es demasiado pronto. Lo que Ed dijo la otra noche fue sorpresivo para todos. No quiere decir que estemos buscando un hijo, solo quiso decir que no le molestaría tener uno en un... futuro.
—Ya había comenzado a tejer los escarpines —bromeó Alice y nos echamos a reír.
La ardilla estaba más divertida y ansiosa que de costumbre. Quería viajar a todos lados, pero Jasper estaba paranoico con la criatura que ni siquiera había nacido y no quería que ella se trasladase a ningún sitio. Por otro lado, la pequeña Sharon no pudo ir con nosotros al lago. Raquel quiso que se quedase con ella todo el fin de semana, algo egoísta de su parte, pero la entendía. Había invitado a Paul y no pudo asistir tampoco. Tenía asuntos que resolver con su esposa que estaba de visita en Boston. Debíamos reunirnos a cenar junto con mi novio, los cuatro juntos, pero no disponía por el momento de tiempo. Tal vez la semana entrante sí podría. Con John estábamos programando un viaje remoto a Nueva York, al parecer, había bastantes turistas europeos y se recaudaría buena moneda.
Los varones llegaron del lago en la madrugada. Todas ya estábamos dormidas en las carpas. Alice y yo en una, Esme con Rosalie más cerca del fuego y los varones también en dos grupos. Edward, Jasper y mi abuelo en una de las carpas y Carlisle con Emmett en otra.
Cuando salió el sol, nosotras obviamente fuimos las primeras en levantarnos. Ellos habían llegado tarde y pescaron grandes ejemplares. Los devolvieron al lago, no los comerían y tampoco los matarían. El lago era enorme, estaba conectado a un arroyo muy bonito que tenía una cascada. En la tarde, fuimos a recorrer esa zona con mi novio. Íbamos tomados de la mano, tonteando, disfrutando el poder estar solos después de tanto tiempo. Mis viajes repentinos, la llegada de mi abuelo, de la cual no me quejaba; las festividades navideñas, la mudanza, el ir y venir de compras y demás... Estaba agotándome. Quería estar cien por ciento disponible y atenta a Edward, pero se me hacía imposible. Tenía miles de asuntos en la cabeza y, por suerte, él lo entendía.
—Hace frío aquí —murmuré, sentándome en una roca. Estábamos a unos metros de la cascada y las gotas frías llegaban a nuestros rostros.
—Ven —me acogió en sus brazos y olfateé su pecho.
—Tienes la nariz colorada, cariño.
—A ti se te nota más, Bella.
—Claro que no. Soy algo más morenita que tú.
—Y más bonita también —besó castamente mi frente y le sonreí.
Sentí curiosidad en aquel momento. Quería saber cosas de cuando nos 'conocimos', por así decirlo. La verdad era que nos conocimos en la escuela y, bueno, nos volvimos a encontrar en la adultez.
—¿Qué pensaste de mí cuando nos reencontramos aquella vez? —le pregunté.
—No lo recuerdo, nena. Fue hace muchísimo tiempo.
—Vamos, Edward. Algo tienes que recordar —insistí.
—Recuerdo que le dabas a la lengua y no parabas de hablar.
—¿Pensabas en ponerte de novio conmigo?
—La verdad es que, entre tanto palabrerío, aquella noche te observé y me dije "no sería mala idea tener una novia como ella" —frunció sus labios—. Mira tú a dónde llegamos.
—Demasiado lejos.
—¿Qué pensaste tú?
—Quise estrecharte en mis brazos, pero pensarías que era un loca. Me volví a enamorar como en la escuela, Edward. No necesitaste decir ni una palabra para conquistarme.
—Oh, nena. Yo quedé flechado también. Tenía miedo de cagar la pequeña relación que nos unía en aquel principio. Sabía que si daba un paso en falso, tú dejarías de hablarme.
—Realmente haría eso. No me hubiese gustado que me usases una noche y te olvidases de mí. Tú me conoces bien, sabes al fin como soy.
—Lo tengo más que claro. Siento haberte lastimado, si es que alguna vez lo hice —tomó mi barbilla—. Y prometo no lastimarte, jamás.
—No guardo rencores —arrugué mi nariz—. ¿Juntos?
—Juntos —me respondió y me besó—. Siempre.
No tenía de qué quejarme. Un hombre que me amaba, una casa propia en la cual vivir junto a él y salud. Mi abuelo que no veía hacía años, estaba junto a mí nuevamente. Edward me observaba atento y los recuerdos volvían a invadirme.
*FLASHBACK*
Los caballos estaban recién bañados y ya metidos en sus corrales. Cabalgar durante toda la mañana había agotado mis piernas y espalda. Mi abuelo me ayudó a bajar de Grida, mi yegua. Era pequeña, pero lo suficientemente grande para mi peso, además, con siete años no pesaba demasiado. Mi abuela Carmen estaba preparando el almuerzo en la casa al final de la hacienda.
—Te juego una carrera —Raphael me palmeó y corrió.
La vitalidad que yo tenía era insuperable. Le gané y bromeó conmigo, diciendo que después de comer me daría la revancha y me rebasaría. El aroma a pastel de papas en la cocina nos hizo sonreír como tontos, pues la comida de mi abuela era lo más rico que había en el mundo para mí.
—Vamos, Isa. Siéntate y come todo lo que te he servido —mi abuela se sentó a mi lado.
—Si como toda la comida, ¿qué me gano?
—Un juguete —me susurró.
—Nada de juguetes, Isabel tiene muchos.
—Pero abuelo...
—Es broma, pequeña. Te compraremos todo lo que quieras.
¿Cuál era la palabra? Oh, sí. Consentida. Mis abuelos me daban todo lo que pedía, mis padres eran lo contrario. Me regalaban cosas, sí, pero no lo que quería.
Después de almorzar, dormí la siesta con mi abuelo, como solíamos hacer a diario. No me cansaba de repetirle lo mucho que lo quería y no me hartaba de abrazarlo y treparme en su cuello.
Raphael me enseñó a andar en bicicleta sin rueditas auxiliares. Mi abuela, a mi corta edad, me enseñó sus recetas preferidas: tarta de cerezas en almíbar, pastel de papas y esa rica carne horneada que tan deliciosa le quedaba.
Cuando el sol cayó y se hizo notar en la estancia el atardecer, nos sentamos en el porche con mis abuelos. Estaba en la falda de Raphael, cuando dijo esas palabras que jamás olvidaría.
—Pequeña —acarició mi claro cabello—, tu abuela y yo te queremos demasiado. Eres nuestra princesita.
—Yo los quiero más —le respondí, con mi fina voz en aquel entonces.
—Aunque estés lejos de nosotros y nos visites de vez en cuando, todo sigue igual —la realidad era que vivía lejos de la estancia de mis abuelos. No los veía seguido, pero casi había sido criada por ellos.
—Te quiero, abuelito.
—Siempre estaremos para ti.
Con el correr de los años, mi abuelo se mudó a Washington solo. Mi abuela falleció cuando yo tenía catorce años. Jamás me olvidaré de su funeral: mi abuelo destrozado, llorándola como si un trozo de su vida hubiese sido arrancado de su lado, porque así era. Todos sufrimos, pero nadie estuvo tan mal por años como lo hizo mi abuelo.
*FIN DEL FLASHBACK*
—Nena, ¿estás bien? —Edward me abrazó al ver que mis ojos se llenaban de lágrimas.
—Es solo que pienso en que mi abuelo regresará a Washington... No quiero tenerlo lejos otra vez.
—Bella, tienes que aceptar la realidad. Él está lejos.
—Edward, no me digas así —me puse de pie—. ¿No ves que estoy sensible? Me muero por tener a Raphael cerca y lo peor es que vive lejos de mí, a muchos kilómetros. Maldita distancia...
—Ya basta. ¿Por qué no le propones que se quede más tiempo aquí? Quizás acceda.
—¿Qué haría yo? Si tengo que viajar a Nueva York.
—Encontraremos alguna solución —me abrazó y sonreí.
Me daba ánimos, pero no tantos. No encontraríamos ninguna solución y esa era la realidad. Él vivía lejos y yo también.
Cuando regresamos a nuestra casa, me sentí realizada. Los días en el lago habían sido fabulosos y relajantes para todos. Estábamos agotados física y mentalmente. Esme comenzaría a trabajar con Carlisle en la oficina ya que él se sentía medio enfermo y necesitaba ayuda. Estar detrás de un escritorio, revisando a las personas, era lo que no quería hacer mi novio, pero era lo que hacía su padre. Por otro lado, los demás regresarían a sus obligaciones en sus oficinas. Edward viajaría también a Los Ángeles, ahí tenía una entrevista con algunos músicos. Quería tener su propia banda y él solo no podía. Me ofrecí a acompañarlo, pero el viaje a Nueva York se daría en un día.
—Hoy nos veremos por última vez, hasta que regresemos, yo de mi viaje y tú de buscar los músicos —estábamos sentados en el sofá. Mi abuelo se había ido hacía unas horas y prometió volver en cuestión de días. Dijo que regresaría porque me quería y siempre había sido su motor.
—Deberíamos aprovechar bien esta noche, ¿no te parece?
Se me abalanzó y comenzó a toquetearme sobre la fina musculosa. Besó mi cuello, mi oreja y un escalofrío me recorrió de punta a punta. Llevé mi mano a su pene y lo toqueteé por encima de su pantalón de pijama. Se puso duro y metí mi mano. Me encantaba tocar su pene, la textura me ponía loca. Me encantaba.
Me alzó y me llevó a la habitación. Estaba en nuestra cama, en lencería, mientras él buscaba algo en su mesa de noche. Mis pezones estaban duros y él lo sabía. Vertió sirope de chocolate en ellos y casi me corro con tan solo sentirlo cerca de mis pechos. Lamió hasta dejarme sin respiración, hasta oírme jadear y retorcerme debajo de su cuerpo.
—Ah, ah —gimotee, cerrando mis piernas por la sensación tan placentera.
Sin dejar de lamerme los senos, me masturbó con sus dos dedos ágiles. Oh, demonios. Lo hacía cada vez más rápido, más lento, más rápido. Por Dios, estaba matándome y lo sabía. Al experimentar tantas sensaciones, no pude seguir masturbándolo. Se quitó toda la ropa, ya estábamos ambos desnudos. Se sentó en mi barriga y quedando suspendido sobre mi cuerpo, llevó su pene a mis senos. Lo colocó en medio y presionó mis pechos contra su erección. Se movía hacia arriba y hacia abajo rápidamente. Sus jadeos de a poco se podían oír y eso me gustaba. Saber que lo disfrutaba era lo mejor.
—Hazme el amor, ya —le supliqué.
—Esto acaba de comenzar —me sonrió y me ruboricé. Estaba toda desprolija, desaliñada, mi pelo enmarañado y sin embargo me decía que era la mujer más hermosa del mundo.
Se levantó y cuando vi lo que tenía en sus manos, mi corazón comenzó a latir sin frenos. Traía una mariposa y de ella colgaba un mando.
—¿Qué...?
—Nena, deja de hablar.
—Lo siento.
La colocó en mi vagina, entre mis labios bajos y esa puta cosa comenzó a vibrar. ¡Por un demonio! Presionó dos botones y temblé por tanto placer. Cerraba mis piernas y él se colocó delante para que no las cerrase. Soltó el mando y mientras esa mariposa vibraba en mi clítoris, besuqueó mi abdomen, mi boca, todo mi cuerpo, plantando mordiscones por todos lados, dejándome nuevamente flojita como una pluma.
—Edward, detente —jadeé, sin poder soportar tanto deseo y placer.
—Quiero que recuerdes de quién eres tú —jadeó, besándome el cuello.
—Soy tuya, completamente... Dios mío —gemí—, tuya.
—¿Te gusta esto? —pasó su pene por sobre mis labios vaginales, aprovechando que la mariposa se encontraba por dentro.
—No... No aguanto —sentía cómo las gotas de sudor se deslizaban por mi frente. Hundía mi cabeza en la almohada y él me sonreía porque sabía que era mi debilidad.
Le gustaba tenerme expuesta exclusiva y propiamente para él. Abierta de piernas, suplicándole que me hiciese el amor, murmurando su nombre entre tanta lujuria. Mi cabello hecho un asco, mis mejillas tintadas del color del fuego, mi vagina palpitando como mi corazón. Me era imposible controlar mis manos. Necesitaba tocarlo, esos pectorales...
Quitó con cuidado la mariposa y me penetró sin rodeos. ¡Eso quería! Sentirlo dentro, moverse rápido, embistiendo mi estrecha vagina con fuerza, presionando cada pared, haciéndome suya por incontable vez.
—Voy a co-correrme —gemí, rasguñando su espalda.
—Me falta poco —jadeó, arrodillándose frente a mis piernas abiertas.
Para ayudarlo, tomé sus nalgas y logré que lo hiciese más rápido. Demonios, eso... Oh.
—¡Más! —le ordené, cerrando mis ojos.
Colocó sus manos en mis pechos y solo tomándose de ahí, me embistió con más rapidez. Sin hablar, solo gimoteando como una puta de película, acabé. La unión de nuestros cuerpos retumbaba en todo el cuarto, pero, cuando Edward acabó, se oyó más. Sus jadeos, su respiración irregular. Me llenó con su esencia y, cuando estuvo satisfecho, salió de mi interior.
Ambos exhaustos, agotados, nos dormimos. En la mañana del otro día, partí hacia Nueva York con John. El viaje no era tan largo, pero sí cansador.
Nos hospedamos en el Hotel Sofitel New York, un maravilloso lugar. Siempre pendientes de que no nos faltase nada, servicio excelente, calidad impresionante, habitaciones perfectas. Como la nuestra, que tenía dos cuartos, cada uno con cama matrimonial, un baño compartido lujoso por demás, una barra a mitad de la sala y el increíble balcón que daba al Central Park, lugar en el cual comenzaría el recorrido.
—Bien, Central Park, Rockefeller Center y Times Square. ¿Lo tienes? —me preguntó mi jefe, mientras cruzábamos al parque.
—Claro que sí. Observa y aprende —le guiñe el ojo y se echó a reír.
Había varias personas ancianas adineradas. Con solo verlas una vez, te dabas cuenta de que no eran americanas. Eran europeas y engreídas, se notaba muy bien. Buscaban algún error para criticar, pero yo no me equivocaba a la hora de trabajar.
—Este parque urbano público tiene forma rectangular y es uno de los más grandes del mundo. Gran parte del parque parece natural, contiene varios lagos artificiales, dos pistas de patinaje sobre hielo y áreas de hierba usadas para diversas actividades deportivas —observé a John y me tomó una foto sorpresiva.
Durante una hora la gente pudo conocer el lugar y tomarse fotos. Yo por mi parte preferí sentarme a descansar. Mis piernas por alguna razón estaban débiles y, cuando llegó la hora del almuerzo, sentí náuseas. Últimamente todo lo que comía me caía como una bomba. Vomitaba a diario y me sentía terriblemente mal. No se lo había dicho a nadie porque, bueno, prefería no contar ese tipo de cosas.
—Isabella, estás algo pálida —John acarició mi mejilla y esbocé una media sonrisa.
—Sí, de hecho, no me siento muy bien.
—¿Quieres ir al hotel?
—No. Terminaré con la jornada de hoy y, si mañana sigo sintiendo este malestar, regresaré a Boston.
—Como tú prefieras —asintió—. Solo te aconsejo que te quedes. Ganaremos bien, Bella.
Ese era un buen punto. Con todo el asunto de la nueva casa y gastos aparte, necesitaba el dinero. No me venía nada mal, se acercaba el cumpleaños de mi jefe y estaba organizando una gran fiesta. Debía comprarme ropa y el regalo. Yo sabía que a él no le importaba demasiado, pero a mí sí. Era mi amigo y lo quería mucho.
—El Rockfeller Center es un complejo de diecinueve edificios comerciales —íbamos de entrada con la multitud—. En esta zona se encuentran algunas de las boutiques más lujosas de Nueva York.
—¿Hay teatros aquí? —me preguntó un señor de la multitud.
—Sí, hay varios con gran reputación. Aunque, en mi opinión, el mejor es el Radio City Music Hall.
Al tener un minuto libre, llamé a Edward para contarle que me sentía algo mal.
—Nena, ¿por qué no vas a un médico?
—Pensaba regresar y hacerme revisar allí.
—Bien, toma el primer vuelo de la mañana.
—Edward, no lo sé. Creo que me quedaré.
—No estás bien, Bella. Tienes que ver a un médico.
—Ganaré mucho dinero si me quedo. Son muchísimos turistas, me voy a quedar.
—¿Es por el dinero? —me preguntó.
—Lo necesitamos.
—¿Hablas en serio? Isabella, no lo necesitamos. Tenemos todo lo que queremos.
—Tienes tu dinero, yo quiero el mío para mis gastos.
—Como tú prefieras, te apoyo.
—Bien, cariño. Te llamaré pronto. Te amo y te extraño.
—Adiós, Bella.
Se acercaba la noche, era la hora del Times Square. No había nada que decirle a la multitud, sobraban las palabras. La intersección de Manhattan, situada en la esquina de la avenida Broadway y la Séptima Avenida.
—Esto es... increíble —le dije a John, hipnotizada con los letreros luminosos de neón.
—No hay una palabra que describa este paraíso. Nuestro día está terminado.
—¿Acaso no acaba de comenzar?
Tomé su mano y corrí entre las personas. Era maravilloso, un lugar asombroso que merecía ser disfrutado de la mejor manera. Cenamos en un restaurante lujoso, muy adornado y rústico.
—Cenar aquí nos saldrá caro —murmuré, cuando el mozo se acercaba.
—Isabella, con todo lo que ganamos hoy...
—¿Hablas en serio? —le pregunté.
—Claro que sí.
—No es que sea una interesada. Es solo que, con todo el rollo de la mudanza, gasté mucho de mi dinero ahorrado. Me gustaría tener ese dinero nuevamente en mi cuenta bancaria, ya sabes, por alguna emergencia.
—Isabella, no tienes que darme explicaciones. Te entiendo.
Esas hamburguesas grasosas que tenían ese sabor delicioso, tan distinto a Boston. Patatas fritas, engordaría unos kilos, pero me daba igual. Lo que no me daba igual era que, todo lo que comía, me hacía mal. Me caía la comida pesada y me daba náuseas.
Por ese puto motivo, nos regresamos al hotel. Por supuesto que no abandoné mi trabajo, soporté los cuatro días que faltaban y, al regresar a Boston, fui al médico. Obligada por Edward, quien se ofreció a acompañarme.
—Tengo algo de miedo —murmuré, esperando mi turno junto a mi novio.
—Nena, es solo un control. Vas a entrar y decirle tus síntomas.
Estaba nerviosa porque no sabía qué me diría el médico. Algo no estaba bien conmigo, era obvio porque me sentía mal, pero... ¿qué sería?
—Muy bien, señorita, recuéstese en la camilla —el doctor llenó unas fichas mientras me acostaba.
Me quité la blusa y oyó mis latidos con el estetoscopio. Me pidió que tosiera unas veces, me pidió también que me agachase un poco. El frío metal me hacía respingar porque yo era de tener cuerpo caliente y eso estaba helado.
—¿Cuáles son sus síntomas, señorita Isabella? —me senté mientras él se sentaba en su escritorio.
—Bueno, tengo náuseas, mareos, vómitos y todo lo que como me cae mal. También dolores estomacales fuertes.
Me miró atento y anotó todo. No me dijo ni una palabra. Solo me mandó a hacerme análisis de sangre y orina. Cuando tuviese los resultados en sus manos, me llamaría y me diría qué sería.
Junto con Edward que me acompañó en todo momento, me hice la extracción de sangre. Me daban miedo las inyecciones y los pinchazos, pero como una adulta responsable y derecha, sin enseñar mi lado ridículo, aguanté. Después, exageradamente gimotee un poco para hacer enojar a mi novio. Él se preocupaba y a mí se me ablandaba todo. Cuando llegamos a casa, me preparó un té de manzanillas y me acogió en el sofá.
—Espero que no sea nada grave —acarició mi cabello y sonreí.
—No es nada malo. El doctor no me dijo nada —bebí té—. De saber que había algo mal, me lo hubiese dicho.
—¿Cuándo va a llamarte?
—Mañana a primera hora tendrá los resultados y me dirá.
—Bien. Te llamó Alice.
—¿En serio? —me senté—. ¿Qué quería?
—Es hora de la ecografía...
—¡Oh! Sabremos si es una niña o un niño. Debo ducharme y alistarme para...
—Nena, no puedes ir.
—¿Qué? —fruncí el ceño.
—Es broma, te recogerá en media hora. Haz lo tuyo y, si te sientes mal, me llamas.
—Te amo —lo besé.
—Y yo a ti, cariño.
Estaba tan ansiosa que le pregunté a mi mejor amiga si podía conducir. Ella se frotaba la barriga en todo momento y fingía estar tranquila, pero yo, que la conocía como a la palma de mi mano, sabía que los nervios estaban comiéndola. Jasper ya estaba en la clínica, aguardando por nosotras dos. En cuestión de minutos llegamos, aparqué el vehículo y bajamos. La tomé del brazo y me adelanté hasta el consultorio en el cual ya estaba Jasper.
—Amiga, relájate —me sonrió Alice, sentándose en la camilla, inclinándose—. Estás más ansiosa que nosotros dos juntos.
—Sí, no sé por qué —reí, sentándome junto a Jasper.
Tomé su mano y comencé a pensar que, en cuestión de meses, la vida de ambos estaría patas para arriba, pero no para mal, si no para bien. Serían una familia. No era a temprana edad, de ninguna manera. Alice tenía veinticinco años, estaba bien para su edad y para la de Jasper también, que tenía veintisiete. Hablando de edades... Edward en meses cumpliría veintiséis y yo veinticinco, estábamos creciendo… juntos.
—Ahí puede verse un bultito... —nos indicó la obstetra, señalando el monitor frente a nosotros.
—¿Qué es? —Jasper se puso de pie, pensando que así sabría el sexo.
—Mejor toma asiento —rió la doctora—, tiene las piernitas cruzadas.
—¿Eso qué significa? —preguntó él.
—Significa que no dejará que veamos sus partes íntimas —le respondí, con cara larga.
—Exactamente —me sonrió la muchacha, dejando el aparato a un lado.
—¿Debo regresar otro día? —preguntó la ardilla.
—No hace falta —encendió las luces—. Camina un poco, bebe un jugo exprimido de naranjas y regresa. Quizás el cítrico logre que se mueva un poco.
—Está bien, regresaremos en un rato —sonreí.
Salimos a la calle y nos metimos en una cafetería. Allí pedimos un exprimido para Alice y agua con gas para Jasper y para mí.
—Estoy ansiosa —sonrió mi amiga—, pero no quieres moverte —tocó su barriga.
—Bella —Jasper me miró y alcé mis cejas—, ¿a qué edad te tuvieron tus padres?
—Bueno, mi madre tenía veinte y mi padre veintiún años. Temprana edad, se mudaron juntos y a mis ocho años se separaron.
—Entonces, no estamos tan mal —rió él.
—Claro que no lo están —bebí soda—. Un hijo debe ser bienvenido a cualquier edad y, si es a muy temprana, hay que ver qué se puede hacer.
No estaba diciendo que tener un hijo en la adolescencia estuviese bien, tampoco decía que estaba mal, pero, si no podían mantenerlo, otra solución debían buscar: darlo en adopción, que lo cuiden sus madres...
—Al comienzo, creí que sería un error, pero ¡oh! —Alice dio un respingo—. Acaba de moverse —sonrió embobada.
—¿Pero...? —le pregunté yo, para que terminase la frase.
—Pero ahora estoy contenta y no veo la hora de tenerla o tenerlo en mis brazos para darle amor.
Jasper se levantó y la besó. Eran un complemento completa e indudablemente perfecto. No había duda, estaban muy enamorados y lo sabía porque, para un hombre, tener un hijo y tomar esa decisión no era fácil. Debía estar seguro de que la mujer con la que tendría a su primogénito sería la mujer de su vida. ¿Acaso Alice lo era? Sí, todos apostábamos a ello.
Regresamos al consultorio y allí estaba esperándonos la obstetra, muy sonriente y ansiosa como todos nosotros. Edward me llamaba cada diez minutos para preguntarme si ya sabíamos el sexo de la criatura y yo le respondía que no, que había que esperar y que no permitía que viésemos sus partes íntimas.
—Bien, al parecer, ya no tiene cruzadas las piernitas —bromeó la doctora y pegué un saltito.
—¿Entonces? —Jasper se acercó al monitor y la doctora lo miró.
Un silencio atroz se apropió del consultorio, la doctora nos miraba con una sonrisa y Jasper estaba al borde del colapso.
—Mellizos, tenemos mellizos.
¡Oh, Dios santo! ¡No era un bebé! ¡Eran dos varoncitos!
—¡Alice! —la abracé y lloramos juntas.
—No puedo creerlo... —Jasper se cubría el rostro y también lloraba de felicidad.
—Doble bolsón de pañales, doble pack de biberones, dos cunas y podría estar todo un día diciendo que debes comprar todo doble —abracé a Jasper y sonrió.
No era una bendición, eran dos bendiciones. ¿La familia se estaba agrandando? Sí, de a gigantescos y encantadores pasos.
Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.
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