Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.
Secuela de The Turns Of Life.
Beteado por Elvimar Yamarthee.
Playlist:
(1). Raign - Don't let me go.
—Doctor, dígame, ¿qué tengo? —insistí, nerviosa.
—No es nada, señorita. Solo bromeo. Cuídese, tiene algo sin digerir en el estómago —hizo una pausa—, es solo eso. Tómese un laxante.
Idiota, no había sido gracioso, pero, después de todo, estaba bien. Yo creía que era algo mucho más grave. Lo que me tenía mal en ese momento era que Edward se había tomado muy en serio mis comentarios y quizás al regresar me dejaría. Era un hecho, la relación se deterioraba, pero no por culpa de nosotros, sino por culpa del tiempo y la distancia.
—Amiga, no estés mal —Alice me acarició el cabello, mi cabeza estaba en su falda y mi cuerpo en el sofá.
—Es que lo extraño y que se haya ido enojado conmigo... Me odio.
—Él te ama, Bella. Una pelea no significa nada para Edward.
—¿Y si al regresar quiere separarse? —me cubrí el rostro.
—¿Qué sientes por él? —me preguntó ella y cerré mis ojos.
—Cada vez que lo veo, se me acelera el corazón. Se me debilitan las piernas, como un acto reflejo, me armo de valor y al tenerlo cerca me derrito. Siento que sin él, si no fuese por él, yo no estaría aquí —suspiré—. Lo necesito conmigo siempre y para siempre, a mi lado, tomado de mi mano, acariciando mi cabello así puedo dormirme. Verlo cada mañana despertar en mis brazos, reposando su cabeza en mi pecho y ahí estoy yo, feliz de estar a su lado. Sintiéndome afortunada de ser yo la que lo tiene entero, la que puede verlo desnudo a diario. Son mis manos las que lo recorren de pies a cabeza. Agradecida de ser lo último que ve en la noche y de ser lo primero que observa al abrir los ojos en la mañana —abrí mis ojos—. Podría estar el resto de mi vida diciéndote lo que siento por Edward y lo mucho que lo amo.
Ella sonrió tontamente y alzó la vista para no dejar que brotasen las lágrimas. Cada palabra había sido fabricada en el fondo de mi corazón.
—Bells, tiene que estar agradecido de tenerte en su vida —murmuró y me senté—. Eres una joya, una muy especial y adorable —me abrazó y sonreí en su hombro.
—No sé qué haría sin ti, Al —observé su barriga—. Sin ustedes, lo siento.
—Somos tres ahora —rió.
—Serás una gran madre, Alice.
—Eso espero y me propongo —se mordió el labio.
Cenamos pastas, vimos una película triste de amor y nos dormimos en la sala, en las bolsas de dormir que habíamos colocado en el suelo alfombrado. En la mañana necesitaba hablar con mi novio, pero fue inútil llamarlo porque no respondió. Quizás estaría ocupado y yo lo molestaba, menuda estúpida.
—Mi amigo Paul me dijo que vendría a cenar con su esposa esta noche —le dije a Alice, sirviéndole café con leche.
—Es ella muy bonita —se untó una tostada con manteca.
—Sí, parece modelo.
—¿Te cae bien? —me preguntó.
—Ya hablamos de esto la otra noche. Ella es la pareja de mi mejor amigo...
—Y eso de alguna forma u otra te da celos.
—Sí, es probable —me senté—. Pero celos de mejor amiga, no es otra cosa.
—Te entiendo, solía sucederme cuando tenía, no lo sé, diez años.
—Alice, no seas tan dura.
—No soy dura, presiento que sientes algo más por Paul —tomó mi mano y me miró fijamente—. Te conozco como si fueras mi hija.
Me quedé callada unos segundos y analicé la situación. No estaba segura, pero en la noche, cuando Paul viniese a casa, lo comprobaría.
—No sé qué decirte. Amo a Edward, no tengo ojos para nadie más. ¿Acaso es muy difícil entender eso?
—Solo estoy dándote mi humilde y tonta opinión, Bella.
—Es bienvenida. Todo lo que me dices tú me importa.
Estuvimos toda la tarde tonteando, tomando helado y cuando bajó el sol salimos a hacer las compras para la cena. Prepararía carne horneada con patatas y alguna que otra ensalada. Alice estaba antojada de rabas, también debería freír algunas. De postre, ensalada de frutas con helado de vainilla y salsa de chocolate. Un menú digno de un restaurante cinco estrellas.
Me vestí con unas calzas negras, una sudadera blanca y un saco gris. En los pies me coloqué unos zapatos rojos que combinaban con el carmín de mis labios. Alice usó un atuendo sencillo y un poco de maquillaje. Desde que se había enterado de su embarazo, la ropa era lo que menos le importaba. Solo quería recostarse a tomar té y frotarse su barriga que a diario crecía.
Cuando Paul y su esposa llegaron, los recibí con una sonrisa, haciéndolos sentir cómodos. Jane me sonreía y yo no entendía por qué. Al parecer quería caerme bien, pero lo que no comprendía ella era que ya me caía bien. No recordaba porqué en la fiesta de John la había mirado mal, yo inicié con el pie izquierdo y este era el momento justo para remediar las cosas con la esposa de mi mejor amigo.
—Siéntense —los invitó Alice y a gusto se ubicaron en la amplia mesa.
—¿Y Edward? —me preguntó Paul.
—Él salió de viaje a Chicago.
—¿Asuntos del trabajo? —me preguntó Jane.
—Como les había contado, él canta y toca distintos instrumentos, hará una gira con su banda y, bueno... debido a eso los viajes.
—Debes extrañarlo mucho —me dijo la pelirroja y miré a Alice.
—Sí. Bueno, estamos acostumbrados a los viajes.
—Claro, tú eres guía turística.
Serví con ayuda de la ardilla la cena. Todo estaba prolijo y ordenado. La casa se mantenía acogedora gracias a la chimenea, el invierno estaba finalizando, pero los días frescos se mantenían. Alice se devoró el pescado en cinco minutos. Les contó que estaba esperando mellizos y ellos sonrieron entusiasmados. ¿Por qué todos reaccionaban así?
—¿Ustedes no quieren hijos? —le preguntó Alice y Paul me miró.
—Hace cuatro años que estamos casados y es una idea que siempre dio vueltas en nuestras cabezas —respondió ella, tomando su mano—, pero aún no nos animamos. Queremos, realmente queremos, ¿verdad?
—Sí, un hijo sería lo mejor que podría pasarnos —contestó Paul.
—Con permiso, buscaré hielo —me levanté.
¿Qué estaba pasando conmigo? Ni siquiera la bebida estaba caliente como para ponerle hielo. Había sido una excusa torpe para no seguir escuchando lo que hablaban. Quizás estaba algo molesta pero no entendía el porqué.
—¿Todo en orden? —Paul me sorprendió y volteé.
—Sí, mi gaseosa está caliente —seguí quitando los cubitos de la cubetera.
—Esa es una mentira tonta —me dio la vuelta y le sonreí.
—No es una mentira, Paul —me di la vuelta nuevamente.
—La realidad es que estoy casado y eso te da rabia, ¿no es así?
—Paul —lo miré—, nuestras vidas tomaron caminos diferentes, tú lo dijiste. No me digas que ahora quieres estar conmigo —reí.
—¿Y qué pasa si te digo eso? —se me acercó, estábamos demasiado pegados.
Iba a besarme, supe que esas eran sus intenciones cuando me tomó de la cintura y me miró.
—Si tú me dices eso —me acerqué a sus labios. Podía sentir su respiración—, te digo que amo a Edward y que jamás estaría con alguien que no fuese él —lo aparté.
—Pero...
—Será mejor que te apresures, amigo. Se te enfría el pavo —salí con el hielo, pavoneándome.
Les di algunos cubitos a las chicas y me senté a seguir cenando. Me había salido delicioso el menú, realmente muy rico. Jane era muy coqueta y todo, pero yo la vi cuando se chupó los dedos al probar una de las rabas.
—Es la hora del postre —sonrió Alice, sirviéndoles la ensalada de frutas.
—John, ¿quieres helado? —le pregunté y me miró.
—Sí, Bella, por favor —me sonrió.
El postre también, otra delicia más. Ellos estaban muy cómodos, así los noté en toda la noche. Jane hablaba con más soltura y nos contaba qué tan maravilloso era diseñar vestidos para las famosas. Nos mostró algunos bocetos que traía en su cartera y con Alice nos quedamos encantadas, eran asombrosos. Le encargamos algunos modelitos por si acaso, quizás para alguna reunión familiar o fiesta. Ella nos dio su número y por ahí nos diría cuando nos alcanzaría la vestimenta.
—Fue... realmente un placer —tomé las manos de Jane— que hayan podido venir.
—El placer fue nuestro de haber venido y que nos hayas ofrecido tan buena atención —me sonrió.
—No es nada —solté sus manos—. Adiós, Paul. Espero que pronto puedas regresar con tu esposa.
—Gracias, amiga —me besó la mejilla y me dijo al oído—. No sé a qué estás jugando, pero lo averiguaré.
Deslizó su lengua por mi oreja y lo empujé. Le puse mi mejor mala cara hasta que se fueron. Alice se dio cuenta de mi mal humor y, mientras ordenábamos todo para irnos a dormir, me preguntó.
—¿Por qué esa cara?
—¿No viste lo que hizo? —blanqueé mis ojos y rió.
—Definitivamente es él quien trae algo contigo. Noté que no le das nada de importancia hasta que te levantaste.
—Me molesté como una tonta cuando comenzaron a hablar de los hijos. No sé por qué lo hice.
—Tienes que dejarle en claro que no buscas nada más que amistad —se recostó en la cama.
—Se lo dije, él solo bromea —me hice una coleta y me acosté también.
—Esperemos —murmuró entre un bostezo—. Hasta mañana, amiga —se acercó y besó mi frente.
—Descansa —le respondí.
(1) En la mañana, al despertar, supe que algo no andaba bien cuando escuché esos gritos en la cocina. En MI cocina estaba ella. Vestía unos pantalones de jean y un saco beige, con zapatos a juego y un bolso de cuero también. No era la misma que había visto en Arizona por última vez. Había cambiado demasiado o simplemente era yo que hacía tiempo no la veía.
—Señora —le decía Alice—, tiene que irse.
—Necesito verla —insistía Reneé.
—¿Qué haces tú aquí? —le pregunté, apartando a mi amiga.
—Hija, quiero que hablemos —se acercó y retrocedí—. Solo estoy pidiendo que me escuches, solo eso.
—Habla ahora —le dije, sentándome en el sofá. Ella se sentó frente a mí. Alice estaba a mi lado.
—¿Tengo tu atención?
—No, no la tienes. Solo estás teniendo una parte de mi atención, una muy mínima, una insignificante parte de mí atención —le respondí—. Si eso te basta, puedes hablar. De lo contrario, ya sabes dónde está la puerta —crucé mis piernas y me miró atenta.
Alice me tomaba la mano y yo irradiaba ira pura. No veía la hora de tenerla frente a mí para cantarle las cuarenta y decirle que había sido la peor madre de todas. Ahora no debía perder el tiempo. La dejaría hablar y la escucharía, luego sería mi turno.
—Bella, creí que estaba haciendo lo correcto al apartarte de Edward —sus lágrimas comenzaban a brotar y, por alguna razón, no me entristecía en lo más mínimo—, tarde comprendí que era un buen muchacho y que era a quien tú querías. Tarde me di cuenta de que Ryan no era quien yo creía. No hablo en lugar de tu padre porque no sé qué es lo que piensa. Hace tiempo que no lo veo y no me apetece tampoco. Si yo hice lo que hice, fue porque él estuvo a mi lado incentivándome. Diciéndome que ese cretino que estaba en el altar aquella vez era lo mejor para ti. Cuando, en realidad, te perjudicaba —respiró profundo—. De solo imaginar a ese hijo de puta poniendo un dedo sobre tu delicado cuerpo… —sollozó, rompiendo en llanto completamente— Lo siento —se arrodilló frente a mí, me tomó ambas manos y la miré sin expresión alguna—, te pido perdón si te fallé como madre y si fui una mierda. Me arrepiento, me gustaría poder volver el tiempo hacia atrás y no cometer tales errores. Sé que te arruiné la vida y sé que no me comporté como debía. Tenía que ayudarte a llevar la pérdida de memoria y lo que menos hice fue eso, lo sé, pero ahora soy solo una madre arrepentida que te pide a ti, hija... Te pido compasión.
Mi mejor amiga estaba mirándola con el rostro tenso, muy enojada. Ni a ella ni a mí nos habían conmocionado las palabras de Reneé. Era la verdad y no me dolía en absoluto.
—¿Viniste creyendo que voy a perdonarte? —le pregunté, frunciendo el ceño.
—Sí, Bella...
—Creíste mal, muy mal —me puse de pie y la miré desde más arriba—. Lo que tú hiciste no es lo que una madre con todas las letras haría. Me lastimaste, me decepcionaste siendo para mí la mejor mujer del mundo, en algún momento eso fuiste para mí. Y ahora eres solo un pedazo inmundo de mierda que pide perdón cuando lo que hizo no tiene perdón. No mereces mi atención, no mereces estar en mi casa, no mereces hablarme. Tendrías que haberte ido de mi vida para siempre. ¿Acaso piensas que verte me ha gustado? ¿Crees siquiera que me alegra volver a verte? Me da miedo saber que estás cerca de mí —me seque las lágrimas y tomé aire—. Hoy te digo que no estoy preparada para perdonarte semejante error. Pero mañana, tal vez mañana si regresas, quiera charlar contigo, madre. Y te llamo así porque, después de todo, sigues siendo mi madre. Es lamentable, pero es la realidad.
Alice se levantó y se fue al patio trasero, dejándome a solas con Reneé.
—Estás siendo muy dura conmigo, hija. Vine a disculparme, ya te he dicho que lo siento mucho. No sé qué más decirte. Lo que pasó es parte del pasado y no puedo volver el tiempo hacia...
—¿Tienes idea lo mucho que sufrí yo? ¿Acaso imaginas la cantidad de lágrimas que derramé por noche al lado de aquel cretino? —la miré fijamente—. No entenderías jamás las veces que la tristeza me debilitaba y me dejaba sin habla.
—Lo siento —quiso abrazarme y me alejé.
—Será mejor que te vayas —le contesté, abriéndole la puerta de entrada.
—Por si te arrepientes, estoy parando en tu antiguo departamento —salió sin decir más.
—Quizás me arrepienta o quizás no, ¿cómo saberlo?
—Adiós, Bella.
Se fue de mi casa y, al cerrar la puerta, me eché a llorar en el sofá. Extrañaba a mi madre, pero no me sentía lista para perdonarla. Alice me acogió y me dijo que todo estaría bien. Y, en el fondo, sabía que todo estaría mal.
—Ella quiere que la perdone, pero estoy dolida —sollocé.
—Ya basta, Bella. Olvida que tu madre vino. ¿Por qué no sales a dar una vuelta con Paul?
—Paul quiere cojerme.
—No quiere eso, Bella —rió—. Sal con él, vamos.
Me animé y mi mejor amigo me recogió en su coche a las seis en la tarde. No me sentía incomoda porque todo era risas. Sabía que estaba algo bajoneada y no me sentía muy bien.
—Vamos a mi casa, podremos refrescarnos en la piscina —sonaba bien, después de todo, era mi mejor amigo.
—Está bien —suspiré.
Al llegar, me comentó que Jane se había regresado a Chicago. Él tenía su propia casa de vacaciones en Boston, ahí paraban cada vez que venían.
Durante un buen rato estuve contándole todo el rollo de mi madre y lo de la pérdida de memoria. Se asombró y me dio un abrazo reconfortante. Lo necesitaba. Se mostró atento conmigo todo el tiempo, intentando distraerme y haciéndome reír.
—Te agradezco mucho —le sonreí, bebiendo un poco de refresco.
—No es nada, Bella. Eres mi mejor amiga y siempre querré verte bien —me sonrió.
—Lo mismo digo.
Misteriosamente, las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Me sentía triste, acongojada, mal.
—Lo siento —me cubrí el rostro y quise levantarme del sofá.
—Ven aquí —me tomó del brazo y me aferró a su cuerpo.
—No quise...
—No tienes que disculparte conmigo —me miró—. Yo siempre te entenderé.
Nos sentamos nuevamente en el sofá y me quedé reposada en su pecho mientras acariciaba mi cabello dulcemente. Cerré mis ojos y, al parecer, me quedé dormida. O, mejor dicho, nos quedamos dormidos.
Al despertar, la estancia estaba a oscuras, solo la luz de la luna que entraba por la ventana nos iluminaba. Estábamos abrazados los dos, entrelazando desde las piernas hasta los dedos de nuestras manos. Me resultó incómodo por medio segundo y decidí moverme y levantarme.
—Paul —toqué su mejilla—. Despierta.
No me dio importancia. Se acomodó bien y siguió durmiendo. Era de noche y comenzaba a tener algo de hambre. Abrí su heladera y estaba llena de cosas ricas. Encendí las hornillas de la cocina que, por cierto, se encontraba impecable, e hice unos huevos revueltos. Además, recalenté un poco de pescado frito que había allí. Algo de condimentos y a la mesa. Se despertó por el aroma, según dijo.
—Esto sabe riquísimo —relamió su labio inferior mientras se metía pan en la boca.
—Lo hice con mucho cariño —le respondí.
—Ni siquiera Jane cocina tan bien —murmuró y me miró—. Tu mano en la cocina no cambió. Recuerdo, de hecho —pensó un segundo—, cuando me invitabas a tu casa y me cocinabas.
—Recuerdo eso...
—¿También te acuerdas de nuestro primer beso? —me preguntó y me ruboricé como una tonta.
—Sí, lo recuerdo. Fuiste mi primer beso —carraspeé mi garganta—. Aún siento la vergüenza de aquel momento.
—Yo estaba feliz —sonrió—, estaba enamorado de ti. ¿Qué mejor que besarte? Sentía que lo nuestro era correspondido hasta que te mudaste.
—Sí, eso fue el problema.
—De no ser así, si no te hubiese mudado, ahora estaríamos casados y con hijos.
—Paul... —murmuré nerviosa— eso es pasado.
—¿Te hubiese gustado tener una vida a mi lado? —me preguntó.
—En aquel momento, sí, pero ahora estoy segura de lo que tengo y quiero para el resto de mi vida.
—Es bueno que tengas en claro lo que quieres. Yo sé muy bien lo que quiero.
Seguimos cenando. Después de esa serie de preguntas incómodas quise irme, pero él me dijo que podía quedarme un rato más, que él se encargaría de llevarme a mi casa.
El agua de la piscina estaba tibia, hermosa. Me senté en la escalerilla y balanceé mis pies, asimilando la calidez. Paul quiso prestarme un traje de baño de Jane, pero me negué a utilizarlo. Solo me metí con mis bermudas de jean y mi vieja sudadera negra. Me refresqué un poco más cuando el agua se puso más fresca. Mi mejor amigo me salpicaba agua y yo me enojaba.
—Ya basta —me quejé.
—Me gusta hacerte enojar —siguió salpicándome.
—Hablo en serio —me alejé y, desde la otra punta de la piscina, lo asesiné con la mirada.
—Vamos, enfurécete.
Así me decía cuando éramos adolescentes. Lograba irritarme hasta que me sacaba de quicio y me obligaba a abofetearlo, pero no sucedería esta vez.
—Ya cierra la boca —me hundí. Cuando estuve bajo el agua, me alzó y me hizo toser—, idiota.
—¿Cómo me llamaste? —me tomó por la cintura y sonreí.
—Idiota.
—Dímelo cerca de mi boca...
—Será mejor que me vaya —lo aparté y salí de la piscina.
No sabía cómo hacerle entender que yo no quería otra cosa. Él se me insinuaba todo el tiempo y eso comenzaba a molestarme e incomodarme.
Le pedí que me llevase a mi casa y sin rodeos lo hizo. Al llegar, me planteé seriamente la situación con Paul. Quizás dejaría de frecuentarlo un poco. Al parecer a él le importaba un comino su esposa, pero, a diferencia de su sentir, yo estaba enamorada de mi novio y jamás haría algo para lastimarlo.
Al llegar a mi casa, Alice estaba dormida en el sofá. Me había dicho que se iría, pero no fue así. No quise despertarla porque llamaría a mi novio por teléfono y si ella oía... No sería bueno.
—¿Cariño? —pregunté, al oír su adormecida voz del otro lado.
—¿Bella? —bostezó.
—Sí, sí. Soy yo —me hice una bolita, en la cama.
—¿Cómo estás, nena?
—Bien, algo triste, pero bien. ¿Tú?
—¿Por qué estás triste? Yo estaba descansando hasta que me sonó el móvil.
—Lo siento, mañana te llamo si prefieres.
—No digas así, hablemos.
—Bueno, mi madre vino a verme.
—¿Qué? ¿En serio?
—Sí, ella vino a disculparse —hice una pausa—, pero exactamente por eso no es por lo que estoy triste.
—¿Qué te tiene mal?
—Nuestra pelea —musité.
—Eso vamos a hablarlo cuando regrese, Bella. Bien sabes que las cosas no están de lo mejor como solían estarlo.
—Pero no quiero que peleemos y mucho menos que dejemos de estar juntos.
—No lo sé, hablaremos de eso luego —me respondió y me quedé callada—. Ayer dimos el recital a beneficio.
—Qué bueno, ¿recaudaron bien?
—Sí, de hecho, con eso pudimos renovar algunos aparatos viejos del hospital para los niños enfermos.
—Eso es genial, mi amor —sonreí muy contenta—. Espero que vuelvas rápido, ya te extraño.
—Sí... Yo también.
Ese "yo también" dudoso, extraño. Sería mejor cortar la llamada y hablar otro día.
—Me voy a dormir, adiós —le dije y me respondió.
—De acuerdo, hasta pronto —me cortó.
Quizás no era la relación lo que estaba mal. Tal vez serían sus sentimientos, ¿habrían cambiado para conmigo? De mi parte no era así. Lo amaba más que nunca y no sabía cómo sostener nuestra distante situación. Iba de mal en peor y todo por culpa de nuestras obligaciones. Él viajando y yo por el momento no, pero la semana entrante sí. Viajes remotos, sin fecha de regreso algunos y lejos, siempre lejos. ¿Acaso no podía volver a ser todo tan maravilloso como unos meses atrás? Que nos encontrábamos en Brasil, recuperando el tiempo perdido, disfrutándonos en todo sentido. Felices de estar juntos y sin preocupaciones.
En la mañana, mi abuelo llegó. Lo había olvidado, pero que estuviese en Boston, en mi casa, conmigo... Me alegró.
—Te extrañé tanto —me abrazó y sonreí.
—Yo también, abuelo.
Saludó a Alice y unos minutos después ella se fue a su casa en taxi. Jasper estaba trabajando y la ardilla necesitaba asearse. Los bebés comenzaban a patearle más seguido y eso la descomponía. ¿Qué mejor que estar cómoda en su casa?
—¿Cómo están las cosas en Washington? —le pregunté a Raphael, sirviéndole café.
—Lluvia, frío. Por lo menos aquí está cálido. Con tanta lluvia no se puede pescar bien.
—Me imagino.
—Hablé con tu padre —me dijo y abrí mis ojos sorprendida—. Sí, él me dijo que quería hablar contigo. Me pidió tu nueva dirección porque de alguna manera se enteró que nos vemos nuevamente.
—Espero que no se la hayas dado, abuelo...
—No, Isabel, no soy tan tonto —rió.
—Descuida, mi madre vino ayer en la mañana —lo miré—, seguramente va a decirle donde estoy y no tendré que soportarla solo a ella, sino que a él también.
—Es tu padre, hija.
—Lo sé, pero no se comportó como uno en aquel momento.
—No deja de ser tu padre —tocó mi mano—, deberías darle a los dos una oportunidad.
—¿Crees que se la merecen? —fruncí el ceño.
—No, pero todo padre y madre merece una segunda oportunidad si hizo algo mal. Nadie es perfecto, Isa.
—Ellos sabían que estaban haciéndolo mal y, sin embargo, les importé... nada —sin querer, las lágrimas se deslizaron por mis mejillas—. Estoy tan cansada de todo —sollocé y él se levantó a abrazarme—, parece que fui yo la que se comportó mal, así me siento a diario y me duele cargar con este peso todos los días.
—No, no, hija. No es así como tú dices. Tienes razón, es tu decisión darles una oportunidad o no. Olvida lo que dije —acarició mi cabello—. No soy quién para juzgarte, no estoy en tu lugar y, aunque quiera ponerme en tu posición, se me es difícil saber qué hacer.
—Si hice algo malo, pido disculpas, no tengo problema con eso —suspiré—, pero quiero que dejen de juzgarme y hacerme sentir así.
—Ya no llores...
Raphael me entendía, sí, pero hasta por ahí no más. Era difícil mi situación, yo lo tenía claro y por eso no quería abrumar a nadie con ella. Y allá iba yo, contra viento y marea, siempre la misma pelea. No sabía si valía la pena, pero tenía ganas de probar, si la suerte me acompañaría de una vez o si era... Un mito más. Después de todo, nuestra familia ya no era lo que solía ser. Jamás volvería a ser aquella niña en brazos de mi madre, tal vez mañana sería…
—Vamos, ánimo —Esme me palmeó y vacilé antes de bajar de su coche—, vamos, Bella. Es tu madre, tienes que estar feliz porque te decidiste a arreglar las cosas con ella.
—Pero tengo miedo —miré el cuarto piso del edificio, allí vivía antiguamente yo—, no sé si sea lo correcto...
—Bella, hazlo por los que te queremos.
—Pero... —observé mi vieja ventana y... ¿qué era eso?—. Eso es fuego —señalé con mi dedo y Esme dio un respingo.
—Está prendiéndose fuego, abajo, abajo —se bajó del coche y, de un brinco, hice lo mismo.
—Mi madre está ahí —dije casi sin aliento—. ¡Ayuda! —grité.
—¡Fuego! ¡Fuego! —Esme corrió a la recepción del edificio y avisó.
—¡Mi madre está ahí! —corrí rápido y subí las escaleras.
Esme quiso detenerme, pero la dejé atrás. La puerta estaba dura, imposible se me haría abrirla. Se escuchaban jadeos, gritos desesperados pero ahogados por el humo que comenzaba a salir por debajo de la puerta...
—Mi madre... —sollocé, cuando los bomberos intentaron forcejear la cerradura.
—Señorita, déjenos trabajar —un bombero me llevó hacia la planta baja.
El piso se estaba quemando y el corazón se salía de mi pecho. Esme trataba de calmarme en todo momento y cuando me desesperaba por subir me sostenía. Mis piernas se debilitaron cuando los vi bajando por las escaleras. Llevaban a mi madre en una de estas tablillas que utilizan los bomberos para cargar a los heridos. No pude ver con claridad qué tan quemado estaba su cuerpo, pero supe que era grave cuando un uniformado me hizo un gesto desalentador.
Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.
Gracias por leer. No olviden dejar su review.
