Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.
Secuela de The Turns Of Life.
Beteado por Elvimar Yamarthee.
Playlist:
(1) Jason Walker - Echo
—Todo va a estar bien, cariño —Esme acarició mi cabello, mientras estaba en la sala de espera.
—Si algo le sucediera...
—Tengamos fe.
Toda la tarde de aquel domingo estuvimos en la Clínica Central de Boston. Mi madre no despertaba y, por más medicamentos que le colocasen junto con el suero, no había resultados. El humo dañó gran parte de sus pulmones, según el primer informe médico.
Alice se acercó con Jasper en la noche. Carlisle también estuvo presente con Emmett. No me pude comunicar con mi novio, pero Jas me dijo que él trataría de localizarlo y ponerlo al tanto de la situación. A quien realmente necesitaba era a él.
Mi suegro y mi cuñado se hicieron cargo de mi abuelo durante un buen rato. Les pedí por favor que lo mantuviesen apartado de todo problema. No quería que sufriese de ningún disgusto, era viejo y no podía recibir malas noticias a su edad. Me prometieron que se quedarían con él toda la noche mientras yo permanecía en la clínica con Esme. Mi mejor amiga debía descansar, así que le agradecí por estar aunque sea unas horas con Jasper. Era una linda demostración de preocupación y afecto. Después de todo, sabía que Alice apreciaba a mi madre. Obviamente tenía algo de rencor guardado, pero no era momento ni de rencores y mucho menos de odio.
—Señorita Swan —el doctor salió de la habitación y me habló. Esme y yo nos pusimos de pie—, Reneé quiere verla.
—Claro —asentí—. ¿Quieres entrar?
—No, cariño. Te espero aquí —mi suegra me besó la mejilla.
A paso veloz me adentré en la habitación y, al verla, casi me desmayo. Tenía el rostro quemado y los brazos heridos. No era demasiado impresionante, pero sí me resultaba doloroso verla así.
—Hija... —murmuró y me acerqué.
—No hables, mamá —toqué su mano. Estaba helada.
—Lo siento —balbuceó.
—No debes disculparte —le respondí—, solo quiero que te mejores rápido para que podamos hablar.
—Quiero que le avises a tu padre y a Phil.
Su pareja que debía estar en Arizona, pensé. Me comuniqué con él y le dije la situación de mi madre. Mi padrastro me prometió que llegaría lo antes posible. Por último, llamé a Charlie. Sí, me costó un poco, pero no era momento para ponerme pretenciosa. Solo fue un desganado intercambio de palabras por mi parte. "Reneé está internada y está grave".
—Muy bien, Isabella —una enfermera se dirigió hacia mí—, puedes irte y descansar. Si algo malo sucede durante la madrugada, te llamaremos.
—Bien —respondí—, por favor, no olviden llamarme. Estaré al pendiente de mi móvil.
Esme me alcanzó hasta mi casa y allí se retiró con Carlisle y Emmett. Les agradecí de antemano, mi abuelo ya estaba en cama y no quise despertarlo. Quería hablar con Edward, pero Jas no me había dicho nada. Habíamos quedado en que si él se comunicaba con mi novio, me lo diría y así podría yo hablar con Ed, pero no tenía novedades.
Solo cargaba con un terrible cansancio físico y emocional que me agotaba y hasta me dejó sin ánimos de darme una ducha. Tan solo quería meterme en cama y descansar al menos cinco horas seguidas, pero era imposible con tantos problemas.
Mi madre internada, con el treinta por ciento de su cuerpo herido, quemado, chamuscado. Mi padre llegaría en la mañana y tendría que verle la cara. Me alegraba solo la llegada de Phil, con él me llevaba de maravilla y nunca había recibido un mal trato de su parte. Era humilde, carismático, cariñoso y, más que eso, tenía siempre su oído dispuesto para mí. Hacía tiempo que no lo veía, pero tenía claro que nada había cambiado porque él ni siquiera asistió a mi boda aquella vez. Phil no quiso meterse y jamás estuvo de acuerdo con aquella estúpida maniobra de mis padres. Estaba dolida, pero no era el momento correcto para recordar cosas malas.
Eran apenas las tres y media de la madrugada cuando mi móvil sonó. Número desconocido, demonios.
—Señorita Swan, su madre tuvo una desmejora.
—En cinco minutos estaré ahí.
Me vestí con lo primero que encontré y, sin hacer mucho ruido, saqué el coche del garaje. Pensé en mandarle un mensaje de texto a Esme, pero preferí no hacerlo. Ella había estado conmigo todo el día anterior y no merecía que yo la molestase nuevamente.
Entré a su habitación y Reneé estaba durmiendo. Al menos eso creí hasta que el médico que la atendía se acercó.
—Soy Bruce —me tendió su mano y la cogí—, el doctor que llevará el asunto de su madre.
—Mi nombre es Isabella.
—Nos conocemos, pero tú seguramente no me recuerdas —fruncí el ceño extrañada. Yo no lo conocía—. Soy muy buen amigo de Edward. Te atendí a ti después del accidente. Conmigo te realizaste chequeos, análisis... ¿En serio no tienes idea de quién soy?
—Bueno... —alcé mis cejas— es información que debo procesar —reí—, conoce a mi novio y me ayudó en aquel momento —asintió—. ¿Qué es lo que tiene mi madre? ¿Podrá ayudarla a ella también?
Se quedó callado unos segundos y me invitó a sentarme junto a la cama de mi madre.
—Está en coma, señorita... —Oh, no.
—No puede ser —sollocé.
—Si ella sigue dormida, podría despertar algún día y perder alguno de sus sentidos u aprendizajes.
—Está queriendo decir que si despierta o no... Debemos depender del tiempo tal y como pasó conmigo.
—Exactamente —tocó mi mano—. Quiero que se quede tranquila, ayudaré a su madre y si usted me necesita nuevamente, también. Soy muy amigo de su novio y como estuve una vez para él, también lo haré con usted.
—Quiero que haga todo lo que esté a su alcance, pero hágalo ya.
Me acerqué a mi madre y tomé su mano.
—Por favor, mamá —lloré con la cabeza agachada—. No me dejes.
La puerta se abrió y era Phil. Me levanté rápidamente y lo abracé. Necesitaba contención y era él quien estaba ahí. La única persona que en ese instante se encontraba cerca para ayudarme y abrazarme.
—Qué grande estás —me aferró a sus brazos y olfateé su camisa.
—Hace tanto tiempo que no te veo, Phil —alcé la cabeza y me sonrió—. Te eché mucho de menos —volví a abrazarlo.
—Y yo a ti, princesita —volteó hacia la cama de mi madre y me soltó—, ¿qué es lo que pasó? —se acercó y se quedó sin habla.
—Te contaré —nos sentamos y le eché el cuento después de que Bruce salió de la habitación—. Ella vino a disculparse y paró en mi viejo departamento hasta que me decidí a hablar con ella. Fue tarde porque, al ir, el piso se estaba quemando de todos lados y aquí está. —Algo así fue lo que le conté a Phil. Resumido, claro. No quería abrumarlo con detalles. Él amaba a mi madre, era su esposa y verla en ese estado no habrá sido nada simple para él ni para mí.
—Isabella, me duele demasiado lo que estás contándome —me dijo tristemente Phil y sonreí.
—Ya lo olvidé, solo quiero que mi madre se ponga mejor para poder pedirle disculpas como ella se lo merece.
—Y estará contenta —se sentó a su lado.
Pasé todo el resto de la madrugada en la sala de espera, aguardando una sola cosa: que mi madre despertara… pero no fue así. Al saberlo decidí regresar a mi casa a darme una ducha y atender a mi abuelo. No le estaba prestando demasiada atención por los asuntos de mi madre, no porque no quisiese.
—¿Quieres café puro? —le pregunté y asintió— ¿Cómo dormiste?
—Bien, estoy realmente descansado. Creo que llamaré a Carlisle para que salgamos a dar una vuelta.
—¿A Carlisle? —lo miré con una sonrisa.
—Sí, es muy amable. Lo considero mi familia, Isa.
—No lo sé, abuelo, quizás él tenga cosas que hacer...
—Con llamarlo no pierdo nada —me guiñó el ojo y bebió café.
Estaba tan exhausta que me dormí en el sofá. Extrañaba mucho a Edward. Hacía días que no platicaba con él y eso no era lo peor. No le había contado nada de mi madre. No recuerdo qué tan cansada estaba, pero me sentí mejor al despertar. Alguien golpeó mi puerta, era Alice. Estaba preocupada, pasó a preguntarme cómo seguía mi madre.
—Ella está en coma, solo tenemos que esperar su despertar —suspiré, bebiendo agua.
—Eso es malo, Bells —se frotó la barriga.
—Es muy malo y me siento culpable.
—No te sientas mal, tú esta vez no hiciste nada y no tuviste nada que ver.
—Pero ella estaba en mi departamento...
—¿No has averiguado el motivo del incendio? —me preguntó y la miré atenta.
—No, ¿debería?
—Sí, Bella. Seguramente en el cuartel de policías tengan el caso de tu piso.
—No tengo idea, no sé qué hacer.
—Será mejor que vayamos juntas y que preguntemos allí si saben algo.
Llegamos a la policía local y allí preguntamos si sabían algo. Nos dijeron que el informe lo tenían en el cuartel de bomberos, pero que allí había una copia.
Comencé a leer línea por línea y todo indicaba que el fuego había sido provocado por un masculino que los vecinos vieron entrar a las diez de la mañana y salió cerca del mediodía, cuando comenzó a propagarse el fuego. Mi madre no pudo forzar la puerta y de saltar por la ventana ni hablemos, el piso estaba demasiado alto.
Quizás estaba paranoica porque pensé en Ryan. Solo él podía ser capaz de hacer algo así, pero ¿lo haría? Esa era la duda y estaba segura de que si se comprobaba que él había sido... lo mataría. Meterse conmigo no era nada, a mí me valía madre, pero involucrar a mi familia en un asunto 'ex marital', por así decirlo, no estaba bien. Era un enfermo, un demente que no tenía otra cosa que hacer.
No me adelantaría a los hechos, dejaría que la justicia se encargase de averiguar quién había sido el cretino y, al saberlo, haría lo que tenía que hacer. Obtener resultados y descripciones del tipo que provocó el incendio tomaría largos días y podían llegar a ser meses, pero no había apuro. Todo a su tiempo y recibiría su merecido.
Dejé a Alice en su casa y, al regresar a la mía, llamé a Edward. Necesitaba hablar con él. Y, como todas las veces, no respondió. Insistí cada hora hasta la tarde que fui al hospital a ver a mi madre.
—¿Sigue igual? —le pregunté a Phil y tristemente asintió.
Cuando fui por un café de la máquina expendedora lo vi. Estaba sentado, apoyando los codos en sus rodillas. Casi que se me olvidaba su rostro, pero volver a verlo después de tanto tiempo me estremeció. Alzó la cabeza y sus ojos se clavaron en los míos.
—Isabella —se puso de pie y a paso veloz quiso abrazarme. Retrocedí.
—Charlie —le dije, dándole un sorbo al dulce café.
—Hija, te he echado tanto de menos —tocó mi mano y me aparté.
—Menos mal que te veo. Necesitaba algo amargo para pasar este dulce café.
—No seas tan dura conmigo. No estamos en un momento muy bueno, hija...
—No soy dura, ¿qué tonterías dices? —reí burlista—. Ni siquiera me apetece dirigirte la palabra —me acerqué a él—, papá —separé esta última palabra en sílabas y, dándole la espalda, me metí en la habitación de mi madre pavoneándome.
Allí seguía con esos tubos conectados a ese enorme aparato. Solo quería tomarla, subirla en mi coche y llevarla a la playa a dar una vuelta en lancha. Ella amaba eso. También le gustaba la manzana verde sin cáscara, los pasteles con crema vegetal, zumo de uvas para el desayuno y almorzar frente a la colina que atravesaba su vista en Arizona. Detalles que solo su hija sabía.
Cuando mi móvil sonó, di un respingo y a paso veloz respondí.
—Isabella —era John—, ¿cómo estás?
—Hola, estoy bien, gracias.
—Lamento molestarte, pero debemos viajar mañana mismo a Florida.
—Oh, no —bufé, pensando solamente en mi madre.
—¿Qué sucede?
—Es que estoy atravesando un problema familiar y...
—Entonces, ¿no puedes?
—Déjame ver qué puedo hacer y te respondo en unas horas, por favor, dame chance.
—Tienes hasta las ocho de la noche, Isabella.
Era una terrible situación. Mi madre al despertar... Mi rostro era lo que debía ver primero y, si me iba, no sería así. Maldito trabajo, maldito el momento en que mi apartamento antiguo se quemó. El dinero del viaje a Florida me hacía falta y alguien tenía que quedarse con mi madre. Charlie y Phil estaban allí, pero necesitaba a alguna mujer.
—Sé que tiene sus cosas para hacer, señora, pero realmente necesito que...
—Bella, no tengo problema con eso —me respondió Esme—. Me quedaré con tu madre el tiempo que sea necesario y me turnaré con Rosalie.
—Es que ni ella ni usted tienen que hacerlo... Me da mucha pena esto.
—Ya basta, ve a tu casa y prepara todas las cosas para partir a Florida. Yo me encargo de tu madre y de tu abuelo.
—Se lo agradezco mucho, en serio.
—No es nada, preciosa. Edward me llamó hoy en la mañana —me dijo y me sorprendí. Yo llevaba varios días sin saber de él—. Dijo que tenía problemas para comunicarse contigo, su móvil no sé qué tiene.
—Está bien, eso es lo bueno.
—Sí, mañana en la tarde estará llegando.
—Y yo no estaré aquí —me puse triste de tan solo pensarlo.
—Entenderá.
Preparé mis maletas rápidamente y, antes de irme a dormir, me despedí de mi madre. Le rogué a todos los santos que ella despertase pronto y entendiese el motivo de mi partida, si es que al despertar yo no estaba a su lado. Me dormí profundamente y en la mañana John me recogió en su coche.
Le conté todo el drama de mi madre y se arrepintió de decirme del viaje. Le dije que estaba bien, que no tenía problema, no quería que se sintiese culpable por absolutamente nada. Por un lado, estaba tranquila. Esme se estaba encargando de mi madre y, conociéndola, sabía que no la descuidaría ni un segundo.
—En la noche te daré la guía para mañana —me dijo en el ascensor.
—De acuerdo, por el momento solo quiero darme una ducha y zambullirme en pasteles —sonreí.
—La habitación es muy completa y tiene dos camas matrimoniales, por suerte. También esta incluye servicio al cuarto.
—¡Fantástico! —celebré, acomodando mi maleta en el amplio closet que John me cedió por tener más ropa que él.
Después de aquel baño caliente, ordené un Lemon Pie y un té de manzanillas. Hacía frío, jamás había visitado Florida en vísperas de invierno. Era un hermoso estado y eso era solo el atardecer que podía ver desde mi ventana. En la noche, todo iluminado... Madre santa. Estábamos en el centro y era obvio, las calles se llenaban de personas a cualquier hora y momento.
—¿No quieres un poco? —le pregunté a mi jefe que estaba ordenando unos papeles en su cama.
—No, Isabella, te agradezco —me sonrió, poniéndose de pie y acercándose—. ¿Puedo? —me preguntó y con mis mejillas infladas de pastel, asentí.
—Gracias —sonreí, cuando me quitó las migas de mi comisura.
—No es nada, tenías algo de hambre.
—¿Algo? —fruncí el ceño—, con esto de mi madre, mi organismo ya no es lo mismo con la comida.
—Lo supuse, te tomé algunas fotos en el viaje y mientras hablabas con la recepcionista... Espero que eso no te moleste.
—En absoluto —le respondí—, de hecho, hay algo que me gustaría saber...
—Dime.
—El día de tu cumpleaños, entré en tu cuarto y te pido disculpas por eso.
—No es problema. En la mañana, encontré a dos mejores amigos varones teniendo sexo.
—Qué horror —contesté—. Vi que tienes una habitación a la par, repleta de fotos pero déjame decirte que no pude ver con claridad el rostro de la mujer.
—Esa puerta siempre está cerrada. Ahora, déjame decirte que nadie debería entrar a mi cuarto. Son cosas privadas.
—¿Es alguna ex novia?
—No, es mi musa. Es quien a diario me inspira y quien al despertar me gusta ver por lo hermosa que es.
—Definitivamente estás enamorado de esa mujer.
—No es lo mismo amor que obsesión.
—Entonces... ¡eres un loco!
—No, yo lo llamaría... Triste hombre, perverso y descortés por no decirle a su amiga Isabella quién está en aquellas fotos.
—No te obligare a que me digas, pero me quedó la duda.
—Que te quede, porque no voy a decirte nada.
—Maldito y perverso John.
—Curiosa y bella Isabella.
Llevé ropa fresca y cómoda: shorts y camisas informales, playeras/remeras y, por supuesto, trajes de baño, pareos y sandalias. Menos mal, porque al otro día el calor fue demasiado. Bien, isla Key West, Orlando y Miami.
—Hoy en día, este acogedor lugar, con su característico sabor tropical, es una próspera comunidad de artistas y un destino popular entre los turistas –dije observando a los niños que me miraban atentos.
–Es genial –murmuró uno de ellos.
–Es asombroso y la atracción más maravillosa es... La puesta de sol. Nos reuniremos una hora antes de la puesta en el Muelle Mallory Square.
Y así fue. Increíble ver a esos artistas callejeros mientras que el sol tropical se ocultaba tras el horizonte. John tomaba fotos y me puse contenta por él, tendría unas tomas asombrosas.
Bien, después del atardecer, deberíamos seguir por Miami. Realmente nos habíamos saltado Orlando porque la gente estaba cansada de caminar y de trasladarse, así que al día siguiente realizaríamos el recorrido completo. Estábamos en Miami, era hora nocturna y por lo tanto tampoco pudimos recorrer en barco lo que teníamos planeado. Desgraciadamente, sería al otro día que podríamos realizar todo completo.
–Estoy exhausta y no hicimos casi nada –reí, recostándome en el sofá de la habitación.
–¿Qué cenaremos?
–Realmente no tengo hambre, John. Te agradezco.
–Bien, saldré a cenar con una amiga y nos vemos mañana bien temprano para empezar por Orlando.
–¿Una amiga...?
–Sí, amiga.
–Bien –le respondí, volteando a verlo–, te ves muy bien.
–Gracias –me guiñó el ojo y se fue.
Me dormí sin hablar con Edward. Las cosas estaban mal, él ya no me llamaba con frecuencia y eso, lamentablemente, me hacía dudar de todo. No sabía si yo le seguía importando como antes, si ya no quería estar conmigo... Realmente no tenía idea. Solo una charla nos vendría bien, pero él estaba demasiado ocupado y yo también. Si mi novio se cansaba de mí, no me parecería extraño.
–Hola, Esme. No sabes cuánto me alegra oír tu voz –sonreí, colocándome mis sandalias.
–Tu madre está bien, sigue en coma, pero... No te preocupes, ella va a despertar pronto. Tu abuelo regresó a Washington.
–Me siento muy culpable por todo. ¿Por qué se fue?
–Tenía algunos asuntos que resolver. Cariño, nada de lo que está pasando es tu culpa –me respondió–. Estuve charlando con tu padre, pues es el único que me da charla. Phil, tu padrastro, está metido entre la habitación de tu madre y la máquina expendedora de bebidas.
–Phil no es muy sociable, pero es un buen hombre y mi padre… usted sabe que no tengo nada bueno para decir de él.
–Sí, lo sé, pero déjame decirte que está muy arrepentido y quiere disculparse.
–Que no gaste saliva, no lo escucharé.
–Eres dueña de hacer lo que quieras. Si tengo alguna nueva noticia, te llamaré.
–Gracias, Esme. Hasta pronto.
John llevaba su camisa de la noche anterior manchada con lápiz labial. Ni siquiera se había despertado y se estaba haciendo hora del recorrido por Orlando.
–Despierta John, ¡menudo ejemplo de jefe eres!
–Relájate –se desperezó y bufé.
–Ya basta, me iré sola.
–A ningún lado irá sola, señorita Isabella –me ordenó y lo miré–. Soy su jefe y le pido por favor que me espere en el vestíbulo.
–De acuerdo –asentí.
Él salía a divertirse con mujeres y yo debía obedecer sus órdenes. Qué estupidez. No envidiaba salir de fiesta y embriagarme ni... Bueno, a decir verdad, me apetecía la idea de salir una noche con amigas y emborracharme hasta el punto de no reconocer nada, pero no, eso no hacían las señoritas.
–Orlando es una ciudad increíble –dije con seguridad–, tenemos el famoso parque de Disney, pero lamento decirles que este no será precisamente el lugar que visitaremos –los niños me miraron con mala cara y les sonreí–. El parque estará siempre ahí para cuando quieran visitarlo.
La tristeza me invadió al ver una parejita de novios en la multitud. Ellos se veían tan enamorados, tan unidos, tan... locamente perdidos el uno por el otro. Y ahí estaba yo, lejos de mi amor, el amor de mi vida. Distanciados, superando nuestros enojos y peleas a pesar de todo. Bien sabía yo que las cosas estaban mal, muy mal. Él no me veía como solía hacerlo. Quizás yo ya no le importaba y era duro, pero quizás sería así. Nada me aseguraba que seguía enamorado de mí, nada me dejaba saber que me extrañaba tanto como yo a él.
–¿Qué pasa, Isabella? –me preguntó mi jefe mientras descansábamos.
–No es nada –le contesté, observando mis nudillos.
—Estás triste, puedo notarlo. Quisiera saber por qué.
—Las cosas no están bien con Edward y lo extraño.
—Él se fue de gira o a ver algo con la banda, ¿verdad?
–Sí.
–Vi las noticias, se lo veía muy feliz —de todas formas, tenía su sonrisa guardada en mis recuerdos.
–Así es él, siempre está feliz cuando hace lo que le gusta.
–Isabella, te aconsejo que dejes de pensar en él. No te ayuda en la jornada laboral. Debes estar abrumada todo el tiempo con él, cuando debes enfocarte en el viaje y distraerte.
—Lo siento, mejoraré en mi trabajo, pero, si pienso en Edward o no, no influye como tú crees.
—Quizás esté equivocado, quizás.
—Tal vez sí, no lo sé.
Mi móvil sonó en ese momento, era Esme. Mi madre había despertado. La felicidad me dejó continuar con el resto de los días y ansiosa estuve hasta ese viernes en la mañana que aterrizamos en Boston.
No veía la hora de que el taxi me dejase en mi casa y verlo, abrazarlo, tenerlo nuevamente a mi lado. También quería ir al hospital para ver a mi madre que preguntaba por mí.
(1) Bajé y me adentré con mi pesada maleta. Solo Lola movió su cola al verme y saltó sobre mis piernas. La alcé como pude, sosteniendo la valija y la acaricié unos segundos. El aroma a vainillas que había en la sala me resultó extraño pero agradable.
—Esa maleta se ve pesada —escuché su voz en mi espalda y sonreí sin voltear.
—Lo es —respondí, dejándola en el suelo.
Me di la vuelta y me miró fijamente.
—¿Qué tal el viaje? —me preguntó, plantando un beso en mi mejilla. Lo miré incrédula hasta que se sentó en el sofá.
—Bien... Divertido —dejé de mirarlo y me serví un refresco.
—Tienes el cabello más claro.
—Puede ser, tú estás más... lindo —me senté a su lado y estire mis piernas por sobre su regazo.
—Antes de que alarguemos este hecho incómodo, debemos hablar.
—¿De qué quieres hablar? —le pregunté, haciéndome la tonta. Sabía exactamente de qué quería conversar.
—La discusión que tuvimos antes de mi viaje.
—Ah... Sí. Cariño, ya lo olvidé todo —tomé su mano y me miró.
—Cuando llegué a Chicago, pensé en todo lo que nos está pasando —tomó mi otra mano y me perdí en su mirada—. Te amo con mi vida entera, ¿lo sabes?
—Claro que lo sé, Edward. Te amo también.
—Jamás haría algo para lastimarte y es por eso mismo que llegué a una conclusión.
—¿Qué conclusión?
Tomó un mechón de mi cabello y lo metió tras mi oreja. Esbocé una media sonrisa y tomé su rostro entre mis manos, plantándole en su frente un casto beso de bienvenida.
—Mi intención no es lastimarte, de hecho, es algo que jamás haría.
—Ya dijiste eso —reí nerviosa.
—Necesito... —murmuró.
—Edward, estás asustándome —le dije, con miedo. Veía venirlo... Esas palabras saldrían de su boca y mi corazón se rompería en mil y un pedacitos.
—Necesito un tiempo para pensar.
—Cariño, piensa todo lo que quieras. No me molesta que pienses.
—No estás entendiéndome, Bella. Quiero que nos separemos.
¿Qué? No, por favor, no. Es un mal sueño, estás teniendo una horrible pesadilla, Bella. Despierta, abre los ojos... Mi corazón estaba destrozado como mi alma y todo mi ser. No era posible.
—¿De qué hablas? —lo miré desorientada, con los ojos inundados.
—Quiero que pienses lo que quieres y yo también deseo hacerlo.
—¡Yo sé bien lo que quiero! —me puse de pie—. ¿No quieres lastimarme? ¿Eso dijiste?
—Bella, tranquilízate —me tomó la mano y me alejé.
—Estás apuñalándome, Edward.
—No me digas eso, yo te amo...
—¿Por qué estás pidiéndome un tiempo? Si me amas, no necesitas ningún tiempo para pensar nada.
—Estoy confundido. No eres tú, soy yo.
—¿Hay otra? ¿Vas a dejarme por otra?
—No, nena, preciosa... Nadie está dejándote. Estoy pidiéndote un tiempo, solo eso. No quiero que dejemos de estar juntos.
—Es la misma mierda, siempre va a serlo —las lágrimas se deslizaban por mi mejilla y me quedaba sin aliento—. Yo soy una asquerosa persona y por eso estás dejándome. No dejo que seas feliz, quieres ser feliz al lado de otra persona y está bien, te entiendo. Estás vengándote por lo que te hice sin querer al perder la memoria, ¿de eso se trata? —temblando como una hoja agregué—. ¿De rencores, de odio, de eso se trata? Creí que me amabas y que me entenderías y no solo eso, pensé que me apoyarías en todo. Ya veo que no es así, es por mi trabajo, es porque no quieres...
—¡Ya basta! —me gritó y di un respingo—. Estás diciendo estupideces, Isabella, escúchate. No quiero vengarme, no te odio, no son rencores. Te amo y es por tu bien, es porque quiero que seas feliz sin limitaciones que estoy haciendo esto. No es por mi bien, no es para beneficiarme a mí, es por ti.
—¿Por mí? Esto no me beneficia en nada a mí, solo me deja caer.
—¿Caer?
—Exactamente —le respondí—, estás dejándome caer. Jamás creí que me dejarías este vacío en mi pecho.
—Esas estupideces que dices... No estoy dejándote.
—No son estupideces, es la verdad y lo sabes.
—Prefiero que te enfoques en tu trabajo y yo prefiero hacerlo también.
—¿Acaso no se pueden las dos cosas? Te amo, Edward, y ningún trabajo cambiará eso.
—Yo creo que tu trabajo y mi nueva experiencia nos está cambiando.
—Habla por ti, no sabes lo que me sucede.
—Lo siento, Bella —se puso de pie y tomó mis hombros.
—Por favor, Edward, no... —sollocé sin mover siquiera un pelo.
Plantó en mi frente un casto beso de despedida y salió con un bolso de 'nuestra' casa, dejándome un frío recuerdo. Después de mucho tiempo de felicidad y de acogedores brazos alrededor de mi diminuto cuerpo, me sentí sola, completamente sola. Maldito el momento en que decidí mudarme a Boston, maldito el momento en que creí que alguien me amaba incondicionalmente. ¿Cómo fui capaz de creer que él siempre estaría para mí? Ingenua, eso fui lamentablemente, una ingenua más que creyó que las cosas estarían bien para siempre. Me había acostumbrado a la cálida primavera con él y ahora... Tenía las consecuencias del frío invierno.
Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.
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