Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.
Secuela de The Turns Of Life.
Beteado por Elvimar Yamarthee.
Playlist
(1). Lana del rey - Pawn shop blues
—¡Caíste!
Me gritó y desperté alarmada.
—Edward, ¿qué haces aquí?
—Feliz día de los inocentes, preciosa —me abrazó y quise asesinarlo.
—¡Hijo de perra! —pegué un brinco y le pegué una bofetada.
—¡Lo siento! —rió, sobando su mejilla.
—¿Crees que puedes jugar conmigo cuando quieras? —le pregunté con total seriedad.
—Sé que fue una broma pesada, pero sabes como soy yo... Me gusta bromear.
—¿Adivina que? —le pregunté—. Ahora soy yo la que está cortando contigo.
—¿Qué? —frunció el ceño y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Como oíste, vete ya.
—Pero... —dejó caer el ramo de rosas que tenía en su mano.
—¡Vete!
Me miró triste y dio media vuelta, antes de que pudiese salir de la habitación...
—Cretino, feliz día de los inocentes —lo abracé y me besó.
—Caí, creí que en serio...
—No vuelvas a bromear así conmigo, por favor.
—Te amo, hermosa. Jamás te dejaría y menos que menos... Nunca te pediría un tiempo. Eres tú la mujer que yo quiero.
—Edward... Sentí algo horrible, casi muero.
—Perdón, perdón.
—Nunca más juegues así conmigo.
—No lo haré nunca más —besó mi frente y sonreí.
Lo odié por un buen rato. Sabía que era incapaz de hacerme algo así, sabía que me amaba y que jamás me dejaría, ahora sí lo sabía y estaba segura. Él sí era capaz de amarme incondicionalmente. Edward estaría siempre a mi lado.
—Amiga, te lo juro, casi me muero. Una broma muy fuerte por el día de los inocentes —le conté a Alice por teléfono.
—Creo que si Jas me hacía algo así... Sacaba a mis dos panecillos del horno de una sola pujada.
—¡Alice! —reí tentada—. Debo dejarte, voy de salida hacia el hospital.
—¿Irás con Ed?
—Como se debe.
Al entrar y verla despierta se me iluminaron los ojos y el corazón. La abracé y me pidió disculpas.
—Soy yo la que debe disculparse, lo siento —besé su frente.
—Hija, perdón por todo.
—Ya basta, mamá, no tienes nada de que disculparte.
—¿Cuando me iré de aquí?
—Pronto, en unos dos días.
—Tu suegra me cuidó muy bien.
—Esme es muy atenta, ya regreso.
Salí del cuarto y vi a Esme discutiendo con Edward.
—¿Sucede algo? —les pregunté y Esme me miró.
—Nada, este muchacho no quiere saludar a tu madre. Es un mal aprendido.
—Después de todo lo que nos hizo esa mujer... Bella, tú... ¿cómo puedes dirigirle la palabra?
—Es mi madre, perdonarla es mi decisión.
—Tiene razón, hijo, pero no tienes que ser rencoroso con la pobre mujer.
—No podría siquiera mirarla, me da asco como persona. Sufrí tanto por su culpa, ¿acaso no lo entienden?
—Cariño, sí te entiendo —acaricié su mejilla—, no te pido que la abraces y beses como si la quisieses, solo háblale y será suficiente.
—Ni eso podría hacer, nena —se fue caminando por el pasillo hasta perderse tras la puerta de salida.
Nos miramos y ninguna de nosotras fue tras él.
—¿Y Phil? —le pregunté a Esme.
—Está en la planta de abajo. Tu padre se fue esta mañana.
—Maldito, ni siquiera pudo quedarse a ver qué sucedía con mi madre.
—Reneé quiere recomponerse lo antes posible y viajar a Arizona. Dice que extraña mucho y que, a pesar de que sabe que contigo las cosas están bien, quiere irse.
—Y la dejaré ir. Sé que es lo que le hace bien y conmigo está todo en orden. No me permitiría tener una mala relación con ella, no después de esto tan horrible que nos pasó. Gracias, Esme —la abracé.
—No es nada, princesa. Siempre estaré para ti —acarició mi cabello y esbocé una media sonrisa.
Hablé con Edward en la noche y lo entendí completamente. Sabía que estaba dolido y no era justo de mi parte juzgarlo y mucho menos hacerle tontos planteos. Yo no podía hacer eso, no después de todo lo que sufrió para poder estar conmigo.
—Mi madre mañana temprano se regresará a Arizona y debo despedirla, ¿vendrás conmigo?
—Lo siento, nena. Prefiero quedarme.
—Está bien, es tu decisión y la respeto —lo besé y me di media vuelta.
En la mañana, recogí a mi madre y a Phil en el hospital con el auto de mi novio. Se mostraron agradecidos conmigo en todo momento y no había forma de hacerles entender que la que estaba agradecida era yo.
—Espero verte pronto, mamá —la abracé—. Me gustaría que te quedases más tiempo.
—También me gustaría quedarme, pero creo que volveré pronto.
—No te preocupes por nada, conmigo todo está bien. Solo... nos debemos una charla.
—Sí, Chispita, una larga charla.
—Te quiero —besé su mejilla.
—Yo también, cariño. Me mantendré en contacto contigo y con Esme.
—Veo que se hicieron muy charlatanas.
—Es muy buena —me miró—, como su hijo.
Le sonreí y me despedí de Phil. Fue algo breve la despedida porque estaban algo ansiosos por llegar a Arizona. No los entendía, de veras. Yo viajaba todo el tiempo y no extrañaba Boston, solo a Edward y familia, pero no la ciudad en sí.
—Esperemos que tengan un buen viaje —me dijo mi novio, cambiando de canal en la televisión.
—Sí, eso espero. Aún tengo que ir al cuartel de policías a ver si averiguaron algo.
—¿Están investigando quién pudo ser?
—Sí, pero debo llamar o ir para obtener un informe detallado.
—¿Qué ha pasado con tus estudios médicos? ¿Se puso en contacto contigo el doctor que te atendió?
—Sí. Olvidé contarte. Él dijo que solo tenía una indigestión o algo así. Nada grave —me acurruqué en sus brazos.
—¿No tienes alguna sospecha de quién pudo provocar el incendio?
—De hecho, sí. Ryan es el único que me da vueltas en la cabeza.
—Ese hijo de perra... No volvió a molestarte, ¿verdad? —lo miré y recordé que no le había contado de aquella vez que me llevó al hotel y tuve que escaparme.
—Uhm... No, cariño —toqué su mejilla—. En el hospital, el otro día... Conocí a Bruce.
—Bruce, ¡qué amigo! Lo tengo olvidado, debería cenar con él o algo.
—Sí, yo no lo recordaba, pero me dijo que es muy buen amigo tuyo y que estuvo contigo en aquel momento difícil.
—Así es, es una gran persona.
—Podrías invitarlo a cenar pronto —le dije y asintió.
—Podría ser. Me gustaría, pero debo hacerme un lugar en mi agenda.
—¡Oh, el niño ocupado!
—Nena, ya sabes cómo es esto. Me encanta lo que me está pasando, tocar con la banda, beneficios, conciertos —pensó un segundo— pequeños, pero conciertos.
—Amor mío, por algo se empieza.
—Créeme que me encantaría que me acompañases a todos lados.
—Y entiende que a mí también me gustaría hacerlo. ¿Quién sabe? Quizás y en alguna oportunidad pueda ir contigo.
—Me fascinaría —se abalanzó sobre mí y me besó dulcemente.
Enredé mis piernas en su cintura y, sosteniéndose con sus manos al lado de mi cabeza, comenzó a rozarme allí abajo. El bulto de su pantalón comenzaba a notarse y la fina tela de mis pantalones cortos se humedecía y calentaba. Demonios, hacía tiempo que no lo sentía así, casi había olvidado la sensación tan placentera que él generaba en todo mi cuerpo.
Me besó el cuello y cada una de mis orejas logrando estremecer mis senos y el resto de mi cuerpo.
—Te extrañé —le dije en un suspiro, llevando mi mano hacia su pantalón.
—Y yo a ti, preciosa. No imaginas cuánto —me quitó la blusa y besó mis pechos.
Parecía que lo estaba amamantando, succionaba de mis pezones como un ternero que no veía a su madre hacía meses. Esa ágil lengua me acechaba otra vez y agradecía que lo hiciera, necesitaba sentirlo, necesitaba... Su calor.
Sin dejar de besarme, introdujo un dedo en mi vagina.
—No seas dulce conmigo, sé duro ahora —tomé su rostro—, no tengas piedad.
—Sus deseos son órdenes, señorita.
Me coloqué en cuatro patas y sentí algo de vergüenza al saber que estaba expuesta a su rostro. Me besó la vagina por detrás y, como un acto reflejo, gemí por la sensación. Acomodé mi cadera y abrí un poco más mis piernas, otra vez, dos dedos enteros. Los introducía con demasiada fuera y era así como a mí me gustaba, fuerte.
—Ah... —jadeé, frunciendo el ceño de tanto placer—, más...
Me embistió con sus dedos largos y sentí una presión en mi pecho. Qué bien lo hacía.
—Edward, hazme el amor —gemí.
—Me encantaría, pero deberías saludar a mi pene.
—Con gusto —reí.
Me di la vuelta y comencé a chuparlo cuando lo puso en mi cara. Estaba tan duro que asustaba, semejante miembro... Lo deslizaba por entre mis pechos y yo lo aprisionaba, lo observa fijamente a los ojos y los mantenía cerrados, estaba agitado.
—Nena, date la vuelta —me volví a poner en cuatro patas y, en un abrir y cerrar de ojos, me embistió.
—¡Agh! —gemí, debilitándoseme los codos que dejaron mi rostro enterrado en el suave almohadón.
Lo hacía rápido, ¿acaso no se cansaba? Movía mi trasero hacia el lado de su cuerpo para sentirlo más adentro, completándome. La unión de nuestros cuerpos sonaba en toda la sala y el sudor de su frente, de su rostro, se deslizaba sobre mi espalda sudada. Me mordía el hombro y con sus manos tomaba mis pechos. La velocidad con la que lo hacía me estaba dejando sin aliento. Él estaba en forma y eso se notaba claramente.
Se detuvo un segundo para bajar la adrenalina y no acabar aún, quería seguir y eso era evidente. Estaba tan caliente que creí que me haría sexo anal. De hecho... ¿por qué masajeaba esa zona con su pulgar mientras lo hacíamos? Yo no estaba lista para eso... Un momento.
—¿Qué estás haciendo? —me volteé un poco.
—Shhh... —me cayó y presionó mi ano.
—Cariño, no... —le quité su mano de allí y siguió penetrándome fuerte.
No estaba preparada para entregar el único orificio sano que tenía. Bueno, el único orificio sexual, ¿verdad? Mi vagina y mi boca no eran vírgenes, pero mi ano sí y quería conservarlo de esa manera. Había muchos mitos respecto a eso. "El trasero se te cae y queda horrible, podrías tener hemorroides, sangrado, quizás no puedas defecar durante días..."
Yo no sabía si algo de eso era cierto, pero no lo averiguaría tampoco. Quería sentarme y, si entregaba mi ano, quizás no pudiese hacerlo nunca más. Sí, era algo exagerado, pero no podía estar segura de si era cierto o no, al menos no hasta que probase si eso era tan placentero como decían.
—Nena... —se corrió en mi vagina.
Sentí cómo me llenó, después de tanto tiempo su caliente esencia me completó.
—Extrañaba esto —le dije y me miró.
—Yo también preciosa, siento haberte tocado allí...
—No lo hagas otra vez, cariño —acaricié su mejilla—, me incomoda.
—Es que estaba muy caliente y me dejé llevar. Perdón.
En la noche, Jasper y Alice vinieron a cenar, hacía tiempo que no nos visitaban y hacía tiempo que no estábamos los dos en casa para recibir visitas.
—¡Qué barriga tan grande tienes! —Edward se sorprendió al verla y la abrazó.
—Qué desorientado estás —le sonrió ella y él se apartó incómodo.
Saludó a Jasper y salieron al patio trasero mientras nosotras colocábamos los utensilios en la mesa. Habíamos ordenado comida china, llegaría en cuestión de minutos.
—No recordaba tu barriga tan grande... —le dije sentándome en el sofá.
—Es que son dos y crecen demasiado rápido —rió, observando la barriga.
—Parece que te has tragado una sandía —bromeé.
—Estoy a unos meses de parir y me comen las ansias —me dijo nerviosa.
—¿Cuántos exactamente?
—Cuatro.
—¡Amiga! El tiempo pasa volando, no puedo creerlo.
—Estás tan ocupada que ni me tienes en cuenta.
—Al, no digas eso. Sabes que me importa, debes entender que lo que pasó con mi madre y el resto de las cosas... me afectaron en todo.
—Lo sé y te entiendo —me abrazó.
Cuando la comida llegó, nos sentamos y disfrutamos del arroz integral y el sushi recién preparado. Alice comía poco porque estaba algo picante y no tenía permitido ingerir ese tipo de alimentación.
—Edward, hace mucho tiempo que no te veo —le sonrió Al.
—Llegué hace unos días de Chicago, con la banda estuvimos a más no poder. Demasiados conciertos y el mejor fue el que hicimos a beneficio de un hospital.
—Suena fantástico, se oye ocupado. Imagino que lo estabas porque no tuviste tiempo de responder ni una llamada de Bella —la miré y lo miré a él.
—Eso no es asunto tuyo —le dijo Jasper, sonriéndole.
—Tienes razón, pero pobre Bells. Estaba triste por lo sucedido con su madre y él no fue capaz de devolverle ni una sola llamada.
Se notaba que Alice estaba cabreada y con ganas de discutir, pero ni Edward ni yo le seguimos la corriente. Ambos entendíamos que debía ser por el embarazo, ella no tenía maldad y esos comentarios no eran malintencionados.
—Mi móvil es una porquería, por eso no pude comunicarme —le respondió Ed.
—Si tú lo dices —ella bebió agua.
Jasper y yo nos mirábamos algo incómodos por la situación que estábamos presenciando. Entendía a Alice y me gustaba que me defendiese y que se preocupase por mí, pero Ed estaba triste y se le notaba en la cara.
—Los avances de la empresa son muy notorios —le contó Jas a mi novio.
—Eso es muy bueno, en el bar según Phil todo va viento en popa y me alegra.
—¿Recibes una parte?
—Sí, dividimos todo.
—Eso es bueno, el dinero pueden usarlo para lo que quieran y con esto de la mudanza les viene muy bien.
—La realidad es que sí —le respondí—, en mi trabajo todo está genial y me pagan correctamente, por suerte.
—Ese empleo es algo increíble, Bella. Debes cuidarlo y conservarlo por sobre todas las cosas —me dijo Jas—, ese es tu futuro y nadie ni nada debe estar por sobre eso.
Miré a Edward y apartó la mirada.
—Voy a contarte algo —me dijo nuevamente—. Hace unos años tenía una novia que no quería que pasara tanto tiempo en mis oficinas y quería el tiempo libre todo para ella. Tarde comprendí que las cosas no eran así. Es mi futuro y yo seré quien lo construya, claro que sí, pero sin limitaciones.
—Yo en nada te limité —asintió Alice y sonreí.
—Llevamos casi cuatro años juntos y ahora que vienen esas dos preciosuras, sé que elegí bien —dijo él y se me llenaron los ojos de lágrimas. Era cierto. No parecían cuatro años, pero así era la realidad. La historia de Edward y yo había comenzado hacía cuatro largos y duros años llenos de amor y experiencias.
—Te amo tanto —le sonrió Al y se levantó a besarlo.
—No vayan a ponerse mimosos aquí —rió Edward.
—No lo haremos —le respondió Jas.
Ellos se fueron como a la medianoche, Al debía levantarse temprano e ir al juzgado de menores. Tenía un caso grande entre manos, cobraría un buen dineral y eso no era lo mejor: quería invertirlo todo en los nuevos bebés.
—Cariño, quiero que olvides lo que dijo Alice, ella estaba bromeando —acaricié su mejilla. Ya estábamos acostados.
—Lo decía muy en serio, la conozco tan bien como tú, créeme.
—Es mi mejor amiga, entiéndela. Su embarazo la tiene loca —lo besé.
—Quiero que nos vayamos de viaje tú y yo.
—¿Ah, sí? ¿Y a dónde quieres ir?
—No lo sé, lejos de todo esto.
—Hace tiempo que no estamos solos lejos. La última vez fue en Brasil.
—Por eso mismo, nena. ¿Qué tal Hawaii? —me propuso y sonreí.
—Se aproxima el calor y eso suena bien. Déjame hablar mañana con mi jefe y veré si puedo sacar algunos días libres.
—Nena, realmente quiero que hagamos este pequeño viaje. Necesito tiempo a solas contigo y tiene que ser lejos.
—¿Y por qué lejos?
—Porque estar lejos de todo contigo me hace sentir bien —me abrazó.
En la mañana me comuniqué con John y no tuvo ningún problema con darme una semana libre. Justamente no había viajes organizados para aquella fecha y fue genial porque pudimos concretar el viaje a Hawaii.
Alquilamos una habitación en un hotel frente a la costa, era hermosa y muy caribeña. Conocía esas playas, pero hacía tiempo que no visitaba el lugar. Esas bermudas tan ajustadas que usaba Edward me encantaban y lo mejor no era eso, combinaba con mi traje de baño y el pareo que colgaba en mi cintura.
—Ese blanquecino trasero es mío —mi novio me palmeó la nalga derecha y me paré en seco.
—Edward, hay gente que nos puede estar viendo —lo reté.
—¿Cómo dijiste? —se me colocó en frente y se me acercó.
—No vuelvas a tocarme el trasero —seguí caminando y antes de entrar en el hotel...
—Niña, a mí no me hablas así —me alzó y grité.
—¡Basta! —estaba girando y con una mano me hacía cosquillas—, cariño, cariño, puedes tocarme todo lo que quieras.
—Eso mismo quería oír —me bajó y me besó.
—Eres hermoso.
Almorzamos unas hamburguesas y después de eso dormimos la siesta. El ventilador de techo y esa cálida brisa que entraba por la ventana, la hermosa vista que teníamos desde la cama, mi cuerpo apegado al de Edward...
—¿No es genial que hayamos podido escapar un tiempo de la rutina? —me preguntó.
—Sí, necesitaba esto —jugué con el vello de su pecho.
—Te extrañé tanto en Chicago.
—Yo en Boston me quedé súper triste.
—Sabía que debía tratarte bien por teléfono, pero estaba cabreado por la discusión.
—No quise decir aquella estupidez, Edward —toqué su mejilla—. No me agrada la idea de estar lejos de ti por nada del mundo. Después de todo lo que pasamos juntos, eres mi sostén y el único que modifica mi humor con tan solo una palabra.
—Nena, me alegra saber eso, realmente quiero ser el que cambie tu humor y el que te saque sonrisas en tus días tristes. Creo que eso hago...
—Y no solo eso, cambias mi manera de ver las cosas para que haga lo correcto y te agradezco eso. No sé qué haría sin ti —lo abracé dulcemente.
Después de hacer el amor, de sentir a flor de piel su respiración, nos dormimos. Casi estaba anocheciendo cuando despertamos enredados en las sábanas. Se oían las olas del mar, se escuchaba cómo rompían contra la blanquecina arena que Edward comparaba con mi piel.
—Nena, será mejor que nos levantemos y vayamos a cenar —acarició mi cabello y sonreí.
—Un ratito más... —le pedí, desperezándome.
—Eso estás diciendo hace una hora —rió.
—Bien, me ducharé y nos iremos a comer por ahí —pegué un salto y me metí al cuarto de baño.
Llené la tina con agua caliente y dejé que se me relajara cada músculo. Enjuagué mi cabello, enjaboné mis axilas, mi sexo, mi trasero... en fin, cada sector. No quería que Edward oliese mi piel y olfatease bacalao.
(1) Me vestí con un delicado vestido veraniego y unos zapatos taco alto en color negro, eran un regalo de la boda. Salí de la habitación y allí estaba parado esperándome con su traje azul y ese calzado italiano que me encantaba.
—Te ves hermosa —me tomó por la cintura y me besó la frente.
—Eso mismo digo yo —le sonreí, acomodando el cuello de su blanca camisa.
—Esta noche es estrellada y especial —me miró y alce la mirada.
—¿Por qué lo es?
—Nena, cada noche que pasamos juntos es especial.
Salimos de la habitación y nos dirigimos a un fino restaurante que costeaba la playa.
Pedimos la cena y un vino espumante para comenzar con la fabulosa velada, según mi novio. Sonreía y se me iluminaban los ojos, era tan hermoso... Se veía lindo con su rostro bronceado. En cambio yo estaba roja como un tomate. El sol generaba ese asqueroso color en mí, lo odiaba. A él le encantaba y a mí todo lo contrario.
—¿Recuerdas el día que nos reencontramos en aquel bar? —me preguntó y esbocé una media sonrisa.
—Jamás podría olvidar aquella noche, cariño —le respondí—, al otro día... si mal no recuerdo, me hiciste el amor.
—¿Así fue? —frunció el ceño—, creí que habían pasado más días.
—La verdad es que con certeza no recuerdo, pero fue una suerte que el destino nos uniese.
—Isabella —tomó mis manos y se estiró un poco por sobre la mesa—, te convertiste en mi vida entera —musitó. Se me inundaron los ojos y no pude evitar encoger mis piernas por debajo de la cena.
—Edward...
—Todo este tiempo que llevo a tu lado, me sirvió para darme cuenta de que sí hay cosas valiosas en la vida. Tú eres una de ellas y el diamante más preciado que tengo.
—Eres tan dulce —murmuré, casi sin habla.
—No merezco una mujer como tú —me soltó las manos y lo miré estupefacta—, pero te tengo. Y nadie, escúchame bien —acarició mi mejilla—, nadie te apartará de mí.
—¿Juntos? —le pregunté.
—Toda la vida, si me lo permite nuestro superior.
A los minutos, de su traje sacó un libro o algo parecido. ¿Cómo le cabía algo así allí dentro? Seguramente lo venía sosteniendo, pensé.
Lo abrí y... No podía ser cierto. Era nuestro antiguo álbum de fotos, el que juntos habíamos llenado aquella tarde en mi departamento.
—Edward... —musité— aún lo tienes.
—Lo tenemos, ambos. ¿Lo habías olvidado?
—Lo siento, pero sí —di vuelta la página y me encontré con aquellas capturas.
Estábamos abrazados, mirándonos fijamente en casa de sus padres y vestíamos muy bien. ¡El cumpleaños de Emmett! Lo recordé al instante. Sharon estaba en mis brazos en la foto de al lado. Princesa, estaba sonriendo y me observaba con atención en el momento en el cual el flash se disparó.
Y... ¿esa imagen qué era? Yo estaba durmiendo en un sofá de cuero y él en mi falda, descansando también. No recordaba esa captura, ni siquiera sabía en qué lugar sería porque Esme no tenía aquel sillón de cuero negro. De todos modos, era una encantadora imagen. Cada una de las fotos que conformaban el álbum me llegaba al corazón y me traía recuerdos hermosísimos.
Lo amaba con toda mi vida. Quería un abrazo más de él, uno que me apretase fuerte y no me soltase jamás. Una mirada más, de esas que me dejaban inevitablemente sin aire, sin habla.
En mi camino por el mundo, siempre creí en mis sueños. Miré hacia el futuro, hacia todo lo que deseaba llegar a ser. No me dejé desalentar cuando me hablaban de la mala suerte; no me dejé vencer por los errores: aprendí de ellos. Me perdoné, perdoné a los demás y seguí adelante. Los problemas no me molestaron ni me desanimaron. Los enfrenté como un desafío. Me hice fuerte con el coraje necesario para superar los obstáculos, aprendí cosas, aprendí algo nuevo cada día. Me interesé por los que me rodeaban y en lo que podía aprender de ellos. De hecho, aprendí cosas buenas y malas, pero todo me sirvió. No me busqué jamás en los rostros de los demás, no quise jamás encontrarme en la aprobación de los otros. En lo que respecta a quien soy y a quien seré, la respuesta siempre estuvo en mí. Creí en mi misma, seguí a mi corazón y a mis sueños, fui fuerte. Fue inevitable que cometiese errores, igual que todo el mundo, pero, mientras fui fiel a la fuerza que se esconde en mi corazón, no me equivoqué.
Nunca renuncié a mis sueños ni a él, siempre supe que estaba allí, esperándome. Desde el comienzo supe que allí estaría sosteniendo mi mano en cada momento. Lo estuvo en lo bueno y en lo malo, jamás me faltó, ahí presente estuvo, prestándome un beso, su hombro para llorar y su oído para mis penas oír. En todo sentido y en todo ámbito lo tuve. Aquella vez el destino nos alejó... Fue duro y doloroso, pero ambos lo superamos y eso no es lo mejor: habíamos ganado. Estábamos juntos después de todo, aquella mala suerte era parte del pasado y los dolores también. Cada esfuerzo que hacía a diario para poder recordar, cada lucha que enfrentaba a diario con los demás... Por Edward, nada había sido en vano. No estaba absolutamente arrepentida de nada, cada paso que había dado no había sido a ciegas. Yo tenía todo muy claro y las dudas no eran de mi entorno.
—Bella, quiero que sepas que estos últimos años a tu lado fueron lo mejor de mi vida.
Esas hermosas palabras... Estaban saliendo de su boca y nada más ni nada menos que para mí. La tímida y callada niña que de a pasos pequeños y silenciosos se convirtió en mujer, sin llamar la atención, pero obteniendo la necesaria como para hacerse notar y lo más importante... Ser feliz con el hombre de sus sueños. Edward.
Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.
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