Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.
Secuela de The Turns Of Life.
Beteado por Elvimar Yamarthee.
—Me la pasé muy bien estos días —me dijo cuando llegamos a casa.
—Yo también, cariño. Lamentablemente debemos regresar a la rutina, pero espero que pronto podamos viajar nuevamente.
Al entrar tuvimos que ponerle ganas y acomodar la ropa que habíamos llevado a Hawaii. Era demasiada (la mía). Como lo vi cansado por el vuelo, acomodé sus prendas también.
Hablé con mi madre y me dijo que me extrañaba, que le gustaría estar conmigo, pero que no quería dejar su casa en Arizona sola demasiado tiempo. Pronto me visitaría para mi cumpleaños que sería en unos días. No estaba nada entusiasmada como solía suceder en años anteriores, simplemente era un año más, común y corriente.
—Solo quería avisarte que ya estoy en Boston nuevamente —le dije a mi jefe por teléfono—- Lo pasé muy bien, pero es hora de regresar a la rutina.
—Muy bien, Isabella, me alegra saber que has disfrutado. Por el momento tenemos un viaje a España la semana entrante —¿España?
—¿Europa? ¿Otro continente? ¡Increíble! —me emocionaba la idea. pero también me aterraba.
—Sí, será algo inolvidable. Espero que puedas viajar.
—Haré todo lo posible —le respondí.
—Sé que el viernes es tu cumpleaños número veinticinco.
—Seguramente Edward te lo dijo.
—Sí, espero que si haces algún festejo, me invites.
—No lo creo, pero si organizo algo... No dudes en venir.
—Excelente, Isabella. Nos vemos pronto.
—Adiós.
Cuando anocheció, tome un té de tilo y me metí a la cama, estaba algo congestionada y fastidiosa. Es más, cuando Edward quiso abrazarme antes de dormir, le dije que no quería tenerlo cerca, no hacía falta contagiarlo y mucho menos pasarle la fiebre. Mi cara era un desastre y mi pelo un poco más, estaba vestida como indigente pero estaba cómoda.
—¿Cómo amaneciste? —me preguntó mi novio en la mañana y ni siquiera pude abrir los ojos—. Nena, ¿te sientes bien?
—No...
—¿Puedes abrir los ojos?
—No...
—Tienes conjuntivitis.
—Demonios —maldije. Estaba sentada en la cama con mis ojos pegados por las lagañas.
—Pondré a entibiar un té y lo pasaré por tus ojos con un algodón.
—Gracias, cariño.
Permanecí unos minutos allí sentada hasta que sentí que se acercó.
—¿Dolerá?
—Bella, es té tibio. Esto hará que se te despeguen los ojos.
—Bien, pero hazlo con cuidado.
Apoyó el algodón húmedo y lo esparció por todo mi ojo izquierdo. Al terminar, lo hizo con el otro. De a poco y sin mucho esfuerzo, pude abrirlos y verlo un poco nubloso. Me levanté y al verme en el espejo, quise llorar. Tenía mis ojos demasiado colorados y todo por esa maldita infección. No ardía, no dolía, solo molestaba y picaba.
—Gracias —toqué su mano.
—De nada, preciosa —me besó.
—Es una vergüenza para mí que estés haciendo esto. Es un asco.
—Nada contigo me da asco —acarició mi mejilla.
—Espero que pienses igual toda la vida —reí.
—¿A qué te refieres?
—A que cuando tenga sesenta años vas a tener que cojerme, en cualquier circunstancia.
—¡Isabella! —me retó y reí—, ve a ducharte, ¿puedes sola?
—Sí, cariño, muchas gracias.
—Cuando termines, si tienes ganas, iremos a visitar a mis padres.
—Suena agradable.
Tardé un poco en asearme ya que estaba exhausta sin ninguna razón. Al salir, me vestí con un sweater suave, unos jeans y zapatillas. Decidí llevar a Lola, hacía mucho que no la sacaba de paseo ya que no tenía tiempo libre. Cuando salía de viaje y Edward no estaba, Esme la alimentaba o se la llevaba a su casa.
—¿Cómo han estado? —Carlisle nos recibió.
—Muy bien, ya le echaba de menos —le dije, soltando a Lola en el suelo.
—Yo también, Bella. Toma asiento —me invitó.
Sharon llegó corriendo y se metió entre mis brazos, hacía tiempo que no la veía. Carlisle y Edward pasaron al despacho, tenían que hablar.
—¡Bella! —me abrazó.
—Pequeña, te extrañé tanto.
—Mamá dijo que irías a visitarnos, pero no fue así.
—No tuve tiempo, viajé con tu tío a Hawaii y antes de eso a Florida.
—Yo quiero ser como tú cuando crezca.
—Deberás estudiar mucho y comer verduras.
—¿Y dulces?
—No muchos.
—¿Ustedes se aman mucho?
—Demasiado. ¿Se nota?
—Claro que sí, yo quiero que tengan un bebé, que se casen, que vuelvan a tener otro hijo...
—¿Tanto? —reí.
—Sí, espero que pronto me den un primito. Lo consentiría y, si es niña, le regalaría todas mis muñecas.
—¿Estás dispuesta a darle tus juguetes?
—Por supuesto, ya estoy grande para esas cosas.
—¡Vaaaya! —casi lloro de la risa. Era muy buena con las palabras.
Esme entró por la puerta principal y Lola saltó sobre ella, estaba inquieta, también jugaba con la mascota de la familia.
—¿Cómo están mujercitas? —nos saludó.
—Muy bien, ¿y usted?
—Estaba en casa de una amiga —se acercó—, ¿te pasó algo en la vista? Tienes los ojos colorados.
—Bueno, es la primera que se da cuenta. Tengo conjuntivitis, según Ed.
—Tengo unas gotitas que te ayudarán —se metió en la cocina y la esperé junto a Sharon en el sofá.
A los segundos, ella regresó y me las colocó en los ojos. Sentí una relajación inmediata y un enfriamiento muy agradable. La molestia desapareció por un rato. Debía colocármelas cada seis horas.
Cuando Edward quiso que nos fuéramos, tomé a mi cachorra y regresamos a casa. Alice en la tarde me visitó para ver cómo estaba junto con Jasper.
—¿Les apetece café? —preguntó mi novio.
—Suena bien —respondió Al y yo asentí.
—Iré a comprar unas masitas dulces o algo para acompañarlo —acotó Jasper.
—Voy contigo —Edward me lanzó una mirada rápida—, ya regresamos.
Mientras mi mejor amiga batía el café, no le quité la vista de su barriga, estaba gigantesca, a punto de explotar en cualquier momento.
—He visto cómo observas a Edward —me dijo y la miré—. Estás muy enamorada de él, ¿verdad?
—Claro que sí —reí—, sé que soy muy obvia... Pero lo amo tanto.
—Sé que es tu vida entera... Antes de conocerlo, tú...
—Antes de conocerlo, no tenía nada, me sentía sola, triste —proseguí—. No le veía sentido a permanecer en Boston, sentía que mi vida no estaba aquí, como yo había elegido. Veía a esas parejas tan enamoradas y lloraba cada noche al saber que yo no tenía algo y que jamás lo conseguiría. Me afligía, me autocriticaba, me acomplejaba día tras día al observarme en el espejo... No me valoraba —Alice me miró atenta y crucé mis piernas—, odiaba mi vida. Y cuando lo vi aquella noche, me paralice y pensé que quizás en ese instante podía comenzar algo hermoso en mi vida, una nueva etapa, una historia que cambiaría mi modo de ver las cosas y, con Edward, pude apreciar los pequeños detalles que logran momentos, las actitudes que pasaba por alto comenzaron a significar algo.
Era un libro abierto, cubierto con un suave terciopelo negro que brillaba si le daba la luz del sol. Mis páginas estaban escritas en letra cursiva y, en ocasiones, en capítulos... No se entendía absolutamente nada. La tristeza era transmitida en cada línea, la agonía que recorría mi cuerpo, el dolor de aquel tiempo en que no lo tuve en mis brazos, todo estaba claro. Hacía hincapié en él en cada página, en su cabello, en su voz, en su mano tomando la mía, en nuestros cuerpos desnudos, testigos de días, tardes y noches inolvidables. No era una historia bonita, de hecho, era una muy triste y cruel que contenía detalles y palabras que la hacían lucir adorable.
—¿En qué piensas? —le pregunté.
—En las vueltas que dieron nuestras vidas, amiga —murmuró, sentándose a mi lado y tomándome ambas manos—. Tenemos hombres que nos aman en cuerpo y alma, que darían lo que sea por vernos felices. ¿Acaso no es lo que siempre quisimos?
—Siempre quise eso, pero que conste, no es todo lo que siempre quise yo.
—Sé que no —me respondió—, pero debes admitir que sin el apoyo de Edward no hubieses logrado mucho.
—Es cierto, él fue mi cable a tierra en más de una ocasión.
Él llegó con Jasper a los minutos, el café estaba servido y lo dulce ya estaba en unas bandejas de aluminio. Mi novio me notó extraña y me preguntó si me sucedía algo, pero no era nada, estaba nostálgica.
—Se te fue la mano con el azúcar —dijo Jas, mirando a Alice.
—Lo siento, ando muy dulce —se disculpó.
—¿Para cuándo tienes fecha, Al? —preguntó Edward—. Te ves panzona.
—El tercer día del mes que viene. Me siento algo dolorida a veces.
—Es casi imposible que descansemos juntos.
—Es verdad, últimamente Jasper duerme en el sofá —dijo con picardía.
No me imaginaba algo así con Edward. No lo sé, lo veía como una posibilidad lejana que quería que sucediera rápido. No me gustaba la idea de apresurar las cosas, pero... Quería todo con él. Formar una familia, casarme y envejecer a su lado sin dudas.
—Fue agradable estar con ellos, los extrañaba —me dijo Ed, mientras ordenábamos la cocina.
—Yo también —le respondí distraída.
—¿Te sucede algo?
—No.
Me tomó por detrás y me acercó a su cuerpo, deslizó su rostro entre mi cabello y sonreí.
—Sé que quieres lo que tiene Alice —murmuró y sin voltear le pregunté.
—¿De qué hablas?
—Quieres que formemos una familia. Yo también añoro eso.
—¿De verdad? —me di la vuelta.
—Sí, quiero disfrutarte y que estemos juntos todo el tiempo. Dejaré de darle prioridad a mi trabajo por ti.
—No quiero que hagas eso, cariño —acaricié su mejilla—. Todo a su tiempo.
—Será todo a su tiempo —besó mi mejilla.
Quería comérmelo a besos, era indispensable y lo amaba. Él demostraba a cada segundo que también yo le importaba, me mantenía alegre saber que al menos él... Jamás me dejaría sola.
Antes de irme a la cama, John me llamó.
—¿Cómo está la mejor guía de Bon Voyage? —me preguntó animado y sonreí.
—En perfecto estado.
—Me agrada saber eso. Tengo una propuesta para ti —me dijo—. Me gustaría que charlemos en persona. ¿Podría ir hasta tu casa? Claro, si no te parece un horario inapropiado —observé el reloj de pared y daban las diez y media de la noche, no era tan tarde.
—No, en absoluto. Ven sin ningún problema.
—Llegaré en unos minutos, adiós.
Le comuniqué a Edward que vendría John a hablar conmigo asuntos de trabajo. Mi novio estaba más dormido que despierto. Le hice unos masajes hasta que oí el coche de mi jefe fuera.
—Regreso enseguida —besé su espalda y recibí a John.
Me dio un fuerte abrazo, lo extrañaba. Me sonrió y prosiguió a ponerse en el sofá, junto a la chimenea. Hacía algo de frío.
—¿Qué es esa propuesta interesante? —le pregunté, sentándome a la par—. ¿Quieres algo de beber?
—Un té estaría bien.
—Un té, fantástico —me puse de pie para poner agua a calentar.
Por suerte, el living estaba acogedor y la cocina encendida ayudaba al ambiente. Prefería mil veces el frío, el calor era asqueroso. Con un abrigo estaba feliz, sin embargo, en el verano, podía mojarme las veces necesarias, pero siempre volvería a sudar.
—Podrías adelantarme algo de esa propuesta... Me tienes intrigada.
—Cuando te sientes, te contaré —me respondió—. Estuve con Sharon hoy, ella te manda saludos.
—Mi pequeña. Justamente hoy estuve con ella en la mañana.
—Te extraña —sonrió—, quizás unas horas para ella sea demasiado tiempo.
—Tal vez —le di su té y me senté a la par—. Tiene dos de azúcar.
—Muy bien —dio un sorbo—. Ahora que mi garganta está cálida puedo comentarte un poco lo que me está dando vueltas en la cabeza.
Alcé mis cejas intrigada.
—Soy toda oídos.
—Me ofrecieron —me miró—, mejor dicho, nos ofrecieron a ti y a mí, ya que somos un equipo...
—Al punto, John, escúpelo.
—Ir a España durante un mes —fruncí el ceño pero sabe solo Dios porque me estremecí de tal manera. Era una mezcla de miedo y de entusiasmo, pero no sabía si era más miedo que otra cosa.
—¿España...? —murmuré.
—Sí, otro continente totalmente distinto. Conocer ciudades, aventuras, experiencias, otra cultura totalmente distinta —oírlo hablar con tantas ganas me hacía sonreír.
—Suena muy bien, de veras...
—Sé que necesitas pensarlo y procesarlo, es un mes lejos, no ha de ser nada simple para ti.
—John, debería pensarlo exactamente un mes —le respondí.
—Lamentablemente no disponemos de ese tiempo, verás, estamos a día martes, el domingo debo tener una respuesta y, créeme —tomó mis manos—, me encantaría que tu respuesta fuese positiva.
—John —miré hacia el suelo—, déjame pensarlo. Es algo demasiado complicado.
—Tienes cinco días, aprovéchalos —se puso de pie—. Gracias por el té, mantenme al tanto de lo que decidas —me besó la mejilla, se abrochó la chaqueta y se fue.
Di unas cuantas vueltas en la sala, nerviosa, pensando en qué debía hacer. Necesitaba comentarlo con Edward, su opinión era mi decisión. Jugué algunos juegos aburridos en mi ordenador portátil y, cuando comencé a bostezar, colmada de pensamientos y cansada, me fui a dormir.
Lo complicado se me dio en la mañana, al despertar y ver a Edward dormir tan tranquilo, abrazado a mi cuerpo, reposando su cabeza en mi pecho.
—¿Cómo aguantaría sin ti un mes? —acaricié su cabello—, tan lejos...
Se movió y temí que me hubiese oído, pero supe que no fue así cuando lanzó un ronquido. Me levanté, me di una ducha caliente para sacarme la pereza del cuerpo y le dejé una nota en la mesa de noche.
"Salí a tomar un café con Alice, recógeme a las once en la cafetería R&K.
Te ama, Bella."
—¿Cuándo piensas decírselo, Bella? —me preguntó mi mejor amiga y miré por la ventana del café. La gente llevaba paraguas porque una leve llovizna se largaba.
—No lo sé, lo antes posible. Creo que él también necesita analizarlo, pero... Tengo miedo de decírselo —bebí café—, sé que me apoyará, pero por otro lado sé cómo va a sentirse y sé que le afectará demasiado la decisión que yo vaya a tomar.
—¿Y si te quedas?
—Pensará que por su culpa no hago lo que quiero y, si me voy, también se torturará creyendo que me voy lejos y que él debería ir conmigo.
—Nena —tocó mi mano—, es tan difícil tu situación.
—Realmente lo es —contesté.
—Solo quiero que recuerdes lo que Jas te dijo: haz lo que tú quieras. Siéntete realizada con tus propias decisiones.
—Necesito la opinión de Edward, haré lo que él me diga.
—¿Crees que eso esté bien? Digo, estaría genial que pienses por ti misma. Hazte el favor de hacer algo por ti, no por los demás.
—Si fuera tan simple… —musité.
Hicimos algunas compras para mi cumpleaños. Si iba a irme, sería el viernes mi despedida, según ella. Y, para ser sincera, no estaba segura de si quería hacer ese viaje o no. Solo sabía que, si iba, estaría triste por tener lejos a Edward y... si no iba, viviría arrepentida por no haber aprovechado tal oportunidad.
Algunas guirnaldas de colores, narices de payasos luminosas, sombreros extravagantes... todas en el carrito de compras de aquel negocio de cotillón.
—Amiga —detuve a Alice—, creo que es demasiado.
—¡Oh, no! Soy la principal y única organizadora de este maravilloso evento que por cierto será a lo grande, como te lo mere...
—Alice, en serio, quiero algo pequeño y familiar. No cumplo quince años.
—Bien, bien, eres toda una adulta. Un momento, ¿es eso una arruga? —tocó mi frente.
—Ya basta, paguemos estas cosas.
Cuando se hicieron las once de la mañana esperé a Edward en la puerta del café. Estaba fresco, por suerte llevaba un delicado abrigo. Él aparcó y se bajó del coche para plantarme un casto beso en la frente.
—Te busqué más temprano en mi cama para hacerte el amor y me encontré con una cartita.
—Lo siento, cariño. Alice quería hacer algunas compras y no tuve opción.
—¿Dónde está ella ahora?
—Pasó al baño del café, su vejiga está a punto de explotar.
—¿Podemos irnos? —me preguntó.
—Claro, ella debe encontrarse con otra amiga. no perdamos el tiempo, quiero que vayamos a casa.
—Planeaba almorzar en casa de Emmett, nos invitó.
—Suena agradable, vayamos, me está dando frío —lo abracé y subimos al coche.
Al llegar nos encontramos con Rosalie acomodando la sala y Emmett estaba terminando de hornear la carne y las papas. Me quedé conversando con Ros un rato, la invité a mi cumpleaños que, por cierto, con Alice no tenía vuelta atrás. Prometió estar con su esposo y aseguró que llevaría también unos bocadillos.
Una gran tormenta se desató fuera y la verdad que la cena fue algo tensa por los truenos y los relámpagos. Sufrimos uno que otro corte de luz y por eso la oscuridad repentina en la estancia. Emmett se mostró muy atento con nosotros, hacía días que no nos veíamos y realmente yo lo extrañaba. Esa perspicacia, esa alegría y ese buen humor que siempre tenía... Me ponía bien, me hacía reír y olvidar los problemas, al igual que mi novio. Eran bastantes parecidos en eso. Por su lado, Rosalie estaba algo callada, tenía mucho frío y era entendible. Su casa era enorme para ellos dos, pero muy bien ambientada. Tenía tantos muebles y esos colores tan hogareños lograban una estancia acogedora. Mi cuñada me preguntó por Alice y por los pequeños varoncitos que la ardilla cargaba. Le conté que estaba muy bien y que ella era la encargada de organizar mi fiesta de cumpleaños. A decir verdad, no quería ningún festejo, no me sentía con mi mejor humor, pero, según mi mejor amiga, mi madre estaría presente. No podía cancelar todo si sabía que ella viajaría por mi cumpleaños.
Cuando paró la lluvia, regresamos a nuestra casa. No pude decirle nada a Edward respecto al viaje de España. No me animaba, tenía miedo. Era una tonta porque debía confiar en mi novio, pero sabía que de una forma u otra él estaría mal.
—¿Sucede algo? —me preguntó en el camino.
—No, ¿por qué?
—Te noto extraña.
—No es nada, mi amor —toqué su mano y pensé en no distraerlo, la ruta estaba empapada.
—¿Qué necesitaba tu jefe la otra noche?
Me quedé callada unos segundos y me miró, no sabía si era el momento adecuado...
—Él quería charlar un rato conmigo —trague saliva—, nada importante.
—¿No hubiera sido mejor una llamada telefónica y ya?
—Edward, es mi amigo y es mi jefe.
—Solo bromeo —tocó mi mano y sonreí nerviosa—. Olvidé decirte, esta noche vendrá Bruce a cenar. Irá a casa con su hija.
—¿Tiene hijos? —le pregunté.
—Sí, tiene cuarenta años, Bella. También una hija de doce años, pero irá con la que tiene dieciocho.
—Está bien, ¿qué cocinaré?
—Nada, preciosa. Creo que traerá él la comida.
—De acuerdo. Me vestiré elegante.
—No hace falta, eres hermosa de todas formas.
Su amigo Bruce llegó a las nueve de la noche, ambos estábamos esperándolo en la puerta. Bajó de su costoso vehículo deportivo junto a su hija, muy bonita, por cierto. Tenía dieciocho años, pero realmente aparentaba más, tenía un cuerpo de modelo.
—Buenas noches —el doctor nos saludó a ambos con un beso.
—¿Cómo estás? —Edward lo abrazó.
—Tanto tiempo sin vernos, amigo —le respondió Bruce—, lo siento. Ella es mi hija, Stella.
—Hola —sonrió con timidez.
—Eres muy bonita —le dije tomándole la mano—. Vamos.
Edward y su amigo se quedaron charlando en el porche. Debían ponerse al día en todo y yo no estaría allí interrumpiéndolo.
—Cuéntame un poco de ti. ¿Estudias?
—Sí —me respondió la chica, sentándose en el sofá.
—Qué bueno, ¿a qué quieres dedicarte? —vuelvo a preguntarle, sentándome en el sofá frente a ella.
—Nutricionista.
—Edward tiene su título como nutricionista, pero no ejerce.
—¿Por qué no?
—Se dedica a otra cosa, dejaré que él lo cuente en la cena —le contesté con una sonrisa.
—Hablando de cena, no pudimos comprar nada de comer. Creí que podríamos encargar algo en algún restaurante.
—Sí, Stella, claro que podemos.
Cuando los varones entraron, le dije a Edward que si podía comprar algo de comer. Bruce estaba en el baño en ese momento, su hija acompañó a mi novio. Mientras tanto, coloqué los platos, los cubiertos, y las copas. Cuando Bruce salió del cuarto de baño, charlamos un momento y bebimos una copa de vino. Me contó que a su hija no le gustaba salir demasiado, que era bastante callada y reservada. En gran parte me recordó a mí, solo que ella tenía a su padre, yo no.
—¿Qué comeremos entonces? —preguntó Bruce, sentándose para comer.
—Conseguimos pastas —respondió Edward.
—Sí, claro que sí —dijo divertida Stella y la miré.
—Fue tan gracioso —rió Edward.
—¿De qué hablan? —pregunté yo.
—Nada interesante —me sonrió la mujercita.
—Bien, sin más preámbulos, comamos —acotó Bruce.
Hablamos de temas variados durante la cena. Edward conversó demasiado con Stella, le aconsejó sobre la carrera de nutricionista y ella con mucha atención lo observaba maravillada por las expresiones tan profesionales que utilizaba mi novio. Bruce y yo, por otro lado, hablábamos de mis viajes y de que el viernes era mi cumpleaños. Lo invité de antemano, no me molestaba si venía nuevamente con su hija, era muy simpática y oírla me entretenía. Me recordaba a Sharon, solo que con un par de años más. Era rubia, ojos grises, muy diferente a su padre. Quizás era más parecida a su difunta madre. El doctor me había contado un poco de su historia... Era algo triste.
—Cariño, cuéntales un poco lo que estás haciendo últimamente —toqué la mano de mi novio y sonrió entusiasmado.
—Tengo mi propia banda y, bueno, estamos viajando y dando pequeños conciertos.
—¿En serio? —preguntó Bruce—. Eso sí que me da alegría.
—Me gustaría oír algunas canciones —le dijo Stella.
—No es problema, en mi estudio tengo un sencillo que puedo prestarte —le respondió Edward.
Antes de irse, ella lo acompañó a la sala de Edward. Conversé con Bruce en el porche, estábamos esperándolos hacía diez minutos y no venían.
—Lo siento, iré a buscarlos porque me estoy congelando.
Entré y vi a Edward tocando su guitarra y cantando una canción muy bonita. Stella lo filmaba con su celular de último modelo y, al verme, se puso de pie.
—Creí que solo buscarían el disco —les dije con un tono tranquilo, disimilando mi mal humor.
—Lo siento, nena —Edward dejó todo y me tomó por la cintura.
—Le enseñaré este vídeo a todas mis amigas. Amarán tu voz —sonrió entusiasmada la rubia.
—Será mejor que vayamos yendo, tu padre está esperando —murmuró mi novio.
Cuando se fueron, sin dirigirle la palabra a Edward, me metí en cama. Estaba algo malhumorada. Me congelé fuera esperándolos junto con Bruce como una idiota, estaba cabreada y podía ser una tontería, pero me había molestado. ¿Acaso tenía forma de planta? Pues no, no iba a estar como florero.
Pensé en contarle del viaje a España, pero no me pareció el momento justo. Él notó mi malhumor y no se me acercó por el resto de la noche.
En la mañana, me desperté y mi novio no estaba en casa. Aproveché para llamar a Alice y preguntarle qué debía hacer. Ella se enojó conmigo y me dijo que si no se lo había dicho, era una tonta. Estaba en lo cierto: yo era una idiota.
Lo llamé para saber dónde estaba y me dijo que debía comprar algunas cosas para la casa. Llamé a mi abuelo, hacía días que no hablaba con él, le echaba mucho de menos.
—Te extraño tanto —me dijo y se me inundaron los ojos—, ojalá puedas venir pronto tú para aquí.
—Abuelo, lo veo medio imposible. ¿Vendrás para mi cumpleaños?
—El viernes seré el primero en estar allí. Pensaba quedarme hasta el otro fin de semana.
No había decidido aún qué iba a hacer. Mi abuelo planeaba quedarse, pero ¿y si yo me iba? No estaría durante un mes, necesitaba pensar muy seriamente qué haría.
—Bueno... Sí, podríamos verlo, abuelo. Creo que tengo algunos asuntos de trabajo.
—De acuerdo, de todas formas el viernes estaré ahí.
—Y yo aquí te esperaré.
Colgué la llamada y me comuniqué con Reneé. Se sentía mucho mejor y dijo que vendría el viernes también para mi fiesta de cumpleaños. Mi padre quizás también estaría presente, quisiese o no, era mi padre y no podía rechazarlo ese día. Al parecer, todos estaríamos juntos. Me podía imaginar lo incómodo que sería ese día, pero Alice no cancelaría nada.
Antes de entrarme a duchar, recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Señorita Isabella?
—Ella habla.
—Le hablo de la central de policías, resolvimos el caso de su madre.
—¿En serio? —le pregunté asombrada.
—Sí, tenemos las descripciones del sujeto y nuestras cámaras de seguridad nos muestra al sospechoso.
—¿Podría ir ahora a ver quién es?
—Claro, la estaremos esperando.
Tenía muchos nervios, estaba a punto de saber quién había sido el cretino que había provocado el incendio de mi madre. Tenía algo de ira y un poco de miedo. Quizás sabía de quién se trataba, pero no me animaba a creerlo. ¿Era capaz? De cualquier forma, quería que ni novio me acompañase y no estaba. Tendría que ir sola y afrontar el hecho de conocer al desalmado que se metió conmigo y, no solo eso, con mi madre.
Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.
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