Los personajes pertenecen a Meyer. La historia es producto de mi imaginación.

Secuela de The Turns Of Life.

Beteado por Elvimar Yamarthee.


—¡Lo odio! Maldito hijo de perra —maldije con ganas de llorar.

—Relájate, nena. En unos minutos estaré llegando, espérame ahí.

—Edward, si veo a Ryan juro que lo mato.

—Tranquila, va a pagar lo que le hizo a tu madre.

Estaba sentada en el café cercano al cuartel de policías. Me habían mostrado el vídeo y Ryan había sido el causante del incendio, yo lo había visto. La policía lo buscó, pero está desaparecido, lo habían denominado como "a la fuga". Quería que lo encontrasen y lo hiciesen pagar por su maldad, no tenía derecho a meterse con mi madre. ¿Por qué no me lastimaba a mí si el rollo lo traía conmigo?

—Te juro que lo odio, lo odio —sollocé en el hombro de Ed.

—No llores, pagará lo que está haciéndote.

—Pero no puedo entenderlo, ¿por qué se empeñó en arruinarme la vida?

—Porque no estás con él, por eso.

—Tendrá que aprender a vivir con eso —le respondí.

Faltaba menos de un día para mi cumpleaños. Alice quería darme una sorpresa, pero la fiesta era en mi casa, por lo tanto, yo sabía que no me sorprenderían. Lo que me tenía algo distraída y triste era saber que Ryan había sido capaz de provocar el incendio de mi madre. Era un cretino, ¿no le bastaba con hacerme la vida imposible a mí? Bueno, de hecho hacía tiempo que no me acosaba. Si lo hacía, aprovecharía yo mi oportunidad de decirle todo en la cara.

—Alice llamó para decirme que quiere comenzar los festejos hoy a la medianoche. Quiere ir a una discoteca —me dijo Edward, acariciando mi cabello en el sofá de nuestra casa.

—No estoy de ánimos —le contesté desanimada.

—Vamos, nena... Cumples veinticinco años.

—Lo sé, pero no quiero salir. Estoy cansada.

—Ve y recuéstate un rato, quizás más tarde te den ganas. Anímate —besó mi frente.

—Es buena idea, me daré una ducha y dormiré un poco.

—Yo por el momento iré hasta el bar, necesito hablar con Phil. Cuando regrese espero que tengas ganas de salir.

—Cuídate, veré si me animo un poco.

Se fue y entré a ducharme. Me relajé, sentí frío y salí rápidamente. Me tomé una aspirina para el dolor de cabeza y sonó mi móvil justo cuando estaba por meterme a la cama.

—Bella, ¿cómo has estado?

—Hola, Paul. Pues muy bien, ¿tú? —hice una mala cara y me tapé hasta la cabeza.

—Sé que mañana es tu cumpleaños. Tu amiga Alice me invitó a tu casa.

—¿Vendrás?

—Claro que sí, eres como mi hermana —me respondió. No quería que viniese porque a Ed no le caía muy bien. De todos modos, ya estaba invitado y asistiría.

—Te esperaré con los brazos abiertos.

—Bella, tú y yo tenemos una charla pendiente.

—Paul, no comiences con esas tonterías.

—Solo bromeo, mañana nos vemos.

—Hasta pronto —corté la llamada.

Acabé por dejar el móvil en la mesa de noche y dormirme. Estaba cansada emocional, corporal y mentalmente. Ni siquiera tenía ánimos de celebrar mi cumpleaños, no veía motivo para festejar. Sería un grave problema porque Raphael se enfrentaría a mi padre. Le diría todo lo que pensaba por no haberle contado nunca de las cosas que me hicieron pasar, por no haberlo invitado a la boda y por hacerlo de menos. No quería que hubiese ningún altercado, no necesitaba más drama del que ya tenía.

Estaba a unos días de responderle a mi jefe qué haría. Ni siquiera había comentado el tema con mi novio. Era una tonta, debí habérselo dicho aquella misma noche. Me torturé todo este tiempo. Quizás estaba equivocada al pensar constantemente en lo que él diría. Tal vez debía tomar mis propias decisiones, pero no podía aunque quisiese. Se me hacía imposible. Su opinión era lo más importante para mí.

Después de descansar unas horas, mi novio me despertó e insistió para que saliésemos a la discoteca. No tenía ganas, pero verlo entusiasmado me hacía sonreír y era suficiente. Me vestí muy sencilla con un pantalón negro y una camisa a cuadros, zapatillas, maquillaje suave y mi cabello en una coleta. Edward se vistió con un sweater y pantalones vaqueros. Nos veíamos semiformales. Éramos un complemento perfecto.

—¡Te ves fabulosa! —Alice me tomó de la mano y me hizo girar.

—Gracias —le sonreí.

—No querías venir, ¿verdad?

—La verdad es que no. Estoy cansada y quería quedarme en casa.

—Amiga, los muchachos ahora traerán algunos tragos y te pondrás a tono, relájate. Yo no puedo beber, pero agua está bien.

—Quizás un poco de alcohol me venga como anillo al dedo —reí.

Mi novio me trajo mi trago favorito y lo besé en modo de agradecimiento. La música era tranquila, al menos lo sería hasta las dos de la mañana. A esa hora cambiaban la música por una más movida. No sentía la necesidad de moverme, solo bebía y besaba a Edward. Menuda tonta. A cada segundo que pasaba sentía que era el momento de contarle acerca del viaje a España. Era un riesgo para nuestra relación. No nos veríamos durante un mes, ¡un mes! Qué locura, me había acostumbrado a él y de tan solo pensar en tenerlo lejos... me entristecía. Debía quedarme, no había otra solución favorable para ninguno de nosotros.

—¿Hablaste con él? —me preguntó Alice en el baño de damas y negué con mi cabeza—. Bella, debiste habérselo dicho hace días.

—Lo sé, lo sé —cubrí mi rostro con ambas manos—, pero no puedo. Entiéndeme.

—Te entiendo, pero debes abrir tu boca ya.

—Alice, no creo que este sea un buen momento...

—¡Ya son las doce! —la ardilla como pudo me abrazo— Feliz cumpleaños, mejor amiga, hermana.

—Gracias, Al —era la medianoche, era mi día.

Cuando nos reunimos con los muchachos, me saludaron y Edward especialmente me abrazó muy romántico. Me susurró al oído que me daría un gran paquete y comprendí que hablaba del paquete bajo...

—Eres un asqueroso —le sonreí con timidez.

—¿Vas a negarme que te gusta?

—Cierra la boca —me ruboricé.

Tenía que divertirme, no podía no celebrar el comienzo de mi gran día. Cumplía veinticinco años, era joven, tenía un novio adorable, un trabajo que amaba y una familia que apreciaba.

—¡Esos chupitos son para Bella! —exclamó Alice, sacudiendo su barriga.

—¡Quédate quieta! —Jasper la abrazó y ella se serenó.

—Lo siento, lo siento —respondió.

Edward y yo salimos a tomar aire fresco. El calor que sentía era muy fuerte y mis manos sudaban. No me sentía mal, solo llevaba mucho tiempo sin beber y se me notaba en la cara.

—¿Te sientes bien? —me preguntó y asentí con una sonrisa—, tienes el rostro pálido.

—Yo soy pálida de costumbre.

— Te contaré un secreto —me tomó por la cintura—, no tengo ahora deseo más fuerte que el de follarte duro, como a ti te gusta, en cualquier hotel cercano —Dios mío, ese tono tan lascivo me erizó cada pelo de mi cuerpo.

—Vamos ya —le dije con una pícara sonrisa.

Nos despedimos de Alice y Jasper, estaban contentos porque nos divertimos un buen rato. Además, ellos también se irían. Mi mejor amiga estaba agotada y quería descansar para en la tarde ordenar mi casa y decorarla.

Al llegar al hotel transitorio, Edward pidió la habitación más costosa. Una cama muy espaciosa, un jacuzzi y luces rojas a preferencia que uno podía encender si así lo desease.

—No aguanto un segundo más —me tiró al colchón y caí de frente.

—Cariño...

—Quédate quieta.

De a tirones me quitó el vestido y me dejó en lencería. Como un desesperado desabrochó mi sostén y bajó mi fina tanga. Me hizo levantar un poco mi trasero y comenzó a lamerme por detrás.

—Oh... —jadeé, enterrando mi rostro en la almohada

Esa maldita lengua que me hacía el mejor sexo oral, esos rápidos y entrenados dedos que metía y sacaba de mi interior con tanta agilidad. Lamía mi ano y además de sentir placer, sentía vergüenza. Yo era muy higiénica, pero no podía controlar la higiene de ese sector en todo momento. ¿Olía bien mi...?

—Cariño... —quise darme la vuelta y me sostuvo de las caderas fuertemente.

—Quieta —manoseó mis pechos con su mano libre sin dejar de masturbarme con la otra—, hueles tan bien.

¡Uff! Me había quitado la gran duda de los "olores".

Se quitó rápidamente los pantalones y su ropa interior, quedó desnudo completamente, pero no pude verlo, solo lo sentía en mi espalda. Al tener mi trasero húmedo, deslizó su miembro por entre mis nalgas una y otra vez. Lo sentía por mi ano y me estremecía.

—Quiero que hagamos eso... —jadeó en mi nuca, tocando con su dedo mi ano.

—Edward... No.

—Sí —me gritó, pero no me quejé. En ese estado de mandón y ebrio me calentaba aún más.

Colocó su pene allí, empujó un poco y lo aparté.

—Basta —me di la vuelta.

—Nena, por favor...

—No, no es el momento. Y no estoy lista.

Él se quitó de sobre mi espalda y se recostó a mi lado. Tan solo volteó y durmió hasta el otro día. Quizás estaba enojado, pero no me importaba. Las cosas no podían ser de ese modo, al menos por el momento no serían así. Eso dolía, realmente el sexo anal era doloroso. Bueno, al menos la gente decía eso. Si no lo comprobaba, jamás lo sabría.

En la mañana todo fue muy extraño. Edward estaba de buen humor y me llevó el desayuno a la cama. Mi favorito: waffles con zarzamora.

Lo miré y lucía precioso con su cabello despeinado. Caí en la realidad de que no deberíamos acostumbrarnos a nadie, pero era inevitable. Arriesgarnos a sufrir era nuestra decisión. Yo estaba atada a él, era mi costumbre.

—Quiero disculparme por mi estúpida actitud anoche, no debí presionarte —tocó mi mano.

—No me sentí presionada, quiero esperar. Tú no tienes la culpa de absolutamente nada.

—De todos modos, lo siento —me besó la frente—. Feliz cumpleaños.

—Gracias —lo besé.

Devoré ese riquísimo desayuno, me vestí y nos fuimos a nuestra casa. Me sorprendí claramente al ver estacionados unos tres vehículos en mi entrada.

Dentro de nuestro hogar estaba mi familia.

—¡Isa! —mi abuelo me estrujó en sus brazos— Feliz cumpleaños, preciosa —me besó las mejillas.

—Te eché mucho de menos —musité en su hombro.

—Yo también, pequeña. Aquí tengo tu obsequio.

Me tendió una bonita bolsa rosa y dentro había un perfume de princesas con forma de manzana. ¡Oh, Dios!

—Lo usaba cuando era chiquita —sonreí sorprendida.

—Sé que aún te gusta y que es difícil conseguirlo.

—No pudiste elegir un mejor regalo que este. Gracias, abuelo. Lo cuidaré como oro.

Y a un costado estaba mi madre, con los ojos llenos de lágrimas y un paquete en sus manos.

—Bella —me abrazó—, felices veinticinco años.

—Gracias, mamá.

—Te traje algo que espero te guste.

—No hacía falta.

Era una suave manta con mi nombre. Era rosa pálido con mi nombre en negro, muy bonita y delicada. Me imaginaba cubriéndome con ella en mis viajes.

—Te agradezco, ¿y Phil? —le pregunté.

—No pudo venir, pero te manda muchos besos.

—Me hubiese gustado que viniese.

—La próxima será, hija.

Esme estaba allí con Sharon, mi pequeña. Llevaba días sin verla y creía verla cada vez más grande. Ambas me saludaron cariñosamente y me dieron obsequios. La niña me regaló una pulserita muy especial con un colgante en forma de paloma. Mi suegra me dio un juego de tazas y platitos para el té muy elegantes, para la casa.

—Estoy muy agradecida con todos —sonreí.

Pero faltaba John. Mi jefe apareció con un vestido en su mano. Me lo tendió y quedé maravillada. Era hermoso, realmente encantador.

—¡Feliz cumpleaños a mi guía favorita! —me besó la mejilla y sonreí con felicidad.

—Gracias, John.

Todos estaban ahí por mí. Me habían llevado obsequios y mi felicidad era inexplicable. Me sentía querida por cada uno de ellos y el cariño era mutuo. Cada uno de ellos era esencial en mi vida.

Todos almorzamos algo rápido porque querían empezar con los preparativos. En la habitación de visitas había tres camas acomodadas muy bien. Allí descansaron mi abuelo y mi madre, estaban agotados por el viaje. Al parecer, habían resuelto sus diferencias y estaba todo en orden. Mi jefe se fue y prometió regresar en la noche. Alice, Esme, Sharon y Edward estuvieron ordenando todo durante la siesta que me obligaron a dormir y me exigieron ponerme bella para la noche.

Descanse plácidamente porque sabía que, al despertar, todos mis seres queridos estarían en la sala de mi casa. Esperándome a mí, para mí.

Me tomó una hora prepararme. No sabía qué usar. ¿Vestido? ¿Polera?, pero me decidí al cabo de unos minutos. Me coloqué una blusa negra sencilla, pantalones de jean y zapatos; pelo alocado y sin peinar; un poco de maquillaje tranquilo. Nada más ni nada menos que eso. No quería usar vestido.

Oía muchos murmullos, nadie venía a verme y yo no sabía si salir o no de la habitación. Edward entró y me dijo que me veía encantadora, él lucía un traje azul muy mono.

—Todos están esperándote ahí fuera —me besó la frente y sonreí.

—¿Quiénes son todos? —le pregunté.

—Los invitados de Alice.

—Allá vamos —entusiasma salí y me gritaron ¡sorpresa!

Mi madre, mi abuelo, Alice con su panzota, Jasper, Emmett, Rosalie, Sharon, Esme, Carlisle, Bruce con su hija Stella, mi jefe, Paul con su esposa, Phil que había dejado el bar por aquella noche, todos estaban allí.

Cada uno de ellos me saludó amistosamente, deseándome felicidades y haciéndome saber que me querían. Mi madre me miraba emocionada y no pude evitar ir a darle un fuerte abrazo. Necesitaba recuperar el tiempo perdido y no había mejor manera que esa. Tenerla cerca me completaba.

—Feliz cumpleaños —Paul me abrazó y sonreí.

—Me alegra tenerlos aquí —toqué la mano de Jane.

—Es un placer acompañarte en un día tan especial como este —me respondió ella con sutileza.

Edward estaba en el sofá comiendo unos bocadillos y conversando con Stella. Lo miré y me guiñó el ojo. Carlisle me saludó y me dijo lo mucho que me quería.

—Adoro tu presencia en nuestras vidas —acarició mi cabello.

—Gracias por todo —le respondí.

Observé a mi madre platicando con mi suegra y como tonta abrí mis ojos sorprendida. Se llevaban bien y eso me ponía más que feliz. Emmett conversaba con John mientras que Rosalie llevaba a la pequeña Sharon al cuarto de baño. Phil servía tragos mientras Alice le daba sutiles órdenes. Jasper por otro lado hablaba con mi abuelo de pesca.

Sirvieron vino espumante y era la hora de que yo propusiese un brindis.

—Quiero agradecerles a cada uno de ustedes por estar aquí —alcé mi copa—, especialmente a Edward —lo busqué con la mirada pero... no lo vi.

—Debe estar en el baño —me dijo Esme y esbocé una media sonrisa.

—En fin, gracias por absolutamente todo.

Brindamos, reímos y salí de la sala. Busqué a mi novio, pero no lo encontré en el baño, ni en nuestra habitación, ni en la cocina.

—¿Todo... en orden? —estaba muy relajado tocando su guitarra con Stella en su sala personal.

—Nena —se puso de pie—, ¿cómo te la estás pasando? —me tomó por la cintura.

—Bien, ¿podemos hablar en privado? —miré sutilmente a Stella.

—Los dejo tranquilos —me sonrió y salió de la habitación.

—Edward, no estuviste en el brindis —le dije con un tono triste.

—Lo siento, nena. ¿Quieres que volvamos a brindar?

—No, déjalo.

Volví a la reunión y todos estaban muy divertidos conversando y riendo. Charlé con mi mejor amiga y me recordó el asunto de España. No lo había siquiera comentado con mi novio y no me animaba aún.

—Bella, debiste decírselo hace ya rato.

—No me regañes, no es fácil.

—Espero que puedas hacerlo lo antes posible, no sería bueno que se entere por otro lado.

—¿Se lo dirías?

—No, yo no.

Tenía que abrir mi maldita boca de una vez. No podía seguir ocultándole a Edward una de las decisiones más difíciles de mi vida. Se enteraría por otra boca y yo estaría frita.

—Hija, ven —mi madre tomó mi mano y me llevó a mi cuarto.

—¿Qué ocurre?

—Quiero darte una carta que me mandó tu padre para ti. Lamenta mucho no poder estar aquí.

—No quiero leerla —me aparté.

—Deberías —la tendió sobre la cama y salió.

Charlie no estaba presente y creía que podía solucionar todo con una puta carta.

"Querida hija:

Cuando leas esta carta pues, será muy tarde. Una importante oferta de trabajo se me presentó en el exterior. Mudarme a Colombia no es algo simple para mí, pero, por mi futuro y por el tuyo, es lo mejor. Y sí, digo por el tuyo porque es hora de que sepas que hay una cuenta bancaria a mi nombre y tú tienes una extensión de ella. Hay mucho dinero en esa cuenta, fruto de mi esfuerzo. Quiero que cuentes con ese dinero, es todo tuyo. Pídele los datos a tu madre, ella te ayudará en lo que pueda y desde aquí prometo llamarte.

Lamento haberte defraudado como padre, siempre quise lo mejor para ti, pero tarde comprendí que lo mejor es ese muchacho que tienes a tu lado. Ojala pronto podamos reencontrarnos y tener esa larga charla pendiente que nos debemos.

Feliz cumpleaños, pequeña. Te quiere y piensa, Charlie."

No podía ser cierto. ¡Mi padre se mudaría muy lejos! Solo quería abrazarlo y pedirle perdón. ¿Una cuenta bancaria? Eso sí era interesante. No me interesaba el dinero, solo saber que tenía capital en una cuenta bancaria me dejaba tranquila porque sabía que, si necesitaba viajar a Colombia para verlo, podía hacerlo. Me daba vueltas en mi cabeza esa repentina decisión que mi padre tomó. Dejó todo de lado por su trabajo y por su futuro. ¿Eso debía hacer yo respecto a Europa? Quizás sí, quizás no. Jamás sabría si había sido lo correcto si no lo hacía. Y, de no hacerlo, me arrepentiría eternamente.

—Cariño, ¿podemos hablar? —tomé a Edward del brazo y lo llevé hacia la cocina.

—Claro que sí nena.

—Verás, hay algo que...

—¡Bella! —Sharon se trepó en mis brazos.

—¡Hey! —la abracé.

—Hablamos luego, preciosa —Edward se alejó y vi estropeada mi oportunidad de decirle acerca del viaje.

Charlé con mi sobrina un momento. Realmente estaba distraída y no dejaba de observar a mi novio que conversaba con Stella. Él ni siquiera miraba a mi madre. Ellos tenían una mala relación y era evidente. Reneé no era el problema, de hecho, ella quiso arreglar el asunto en más de una oportunidad, pero Edward estaba negado completamente.

—¿Qué tal todo? —Paul se acercó a mí con su esposa.

—De maravilla, les agradezco que hayan podido venir.

—Nos alegra compartir contigo este día tan especial —Jane tocó mi mano y sonreí.

—Quiero aprovechar que tienes un momento para contarte algo —me dijo Paul y alcé mis cejas distraída, mirando a mi novio.

—Jane está embarazada —volvió a decirme y estupefacta lo miré.

—¿Disculpa?

—Estamos esperando un bebé —acotó ella.

Sentí un fuerte dolor en mi estómago, ¿qué había sido eso?

—¿En serio? —no me salían las palabras—, los felicito. Disculpen un momento —los dejé solos y me metí al cuarto de baño.

Me senté en el retrete y apoye los codos en mis piernas. Tomé mi rostro con ambas manos y comencé a llorar desconsoladamente. Estaba sensible, no sabía qué me pasaba, pero necesitaba descargar mi angustia. Me encontraba abrumada por todo. Europa, el embarazo de mi mejor amiga, mi padre en otro país y ahora mi mejor amigo estaba esperando un hijo con su esposa. De alguna manera extraña, aquella noticia no me dio alegría, me entristeció y sin motivo alguno.

Me puse de pie, arreglé mis fachas y salí con mi mejor cara.

—Bella —Phil me sorprendió.

—¿Cómo has estado? Tanto tiempo sin verte —le di un amistoso abrazo.

—Yo muy bien, se te extraña en el bar. Espero pronto puedas visitarme y darme una manita con los retoques.

—Me encantaría.

—Quiero desearte un feliz cumpleaños. Sé muy bien lo que pasaste con mi amigo Ed y quiero que sepas que te deseo una buena y plena vida, te la mereces de muchas formas.

—Te lo agradezco mucho, de verdad —esbocé una media sonrisa y él me palmeó el hombro.

—No voy a retenerte más, disfruta de tu noche.

El pastel estaba sobre la amplia mesa y las veinticinco velas encendidas iluminaban mi rostro en la oscuridad. Todos aplaudían y entonaban el canto de feliz cumpleaños para mí. Mi novio estaba sonriéndome y, gracias a él, perdía los nervios y temores. Mi abuelo silbaba y cantaba exageradamente para lograr que las carcajadas de todos se oyesen. Sharon sostenía mi mano, jugaba con mi pulgar cuando me ayudó a apagar la llama de las velas. Era preciosa.

Carlisle cortó el pastel con ayuda de Esme y mi madre sirvió las porciones. Era de vainilla y tenía duraznos con crema. Delicioso. Me encantaban los pasteles que hacía mi madre, no perdía su toque culinario. Me hubiese gustado que mi padre estuviese allí, pero seguramente estaba en Colombia, trabajando, esforzándose por mí. Me odiaba por haberlo juzgado sin razón, él no merecía mis malos tratos. Por suerte, Charlie no estaba enfadado conmigo.

—¿Festejarás con mi hermano? —me preguntó Emmett y reí.

—No seas atrevido.

—¿Soplarás su vela?

—¡Ya basta!

—¿Acaso mi desubicado marido está molestándote? —me preguntó Rose.

—Sí —respondí haciendo una mueca de niñita y abrazándola.

—Él necesita un correctivo.

—Espero que pronto me lo des —él le guiñó el ojo y sentí que mi presencia estaba de más.

—Son los dos iguales —reí yéndome.

Mi novio estaba muy entretenido con su padre y Jasper cuando lo vi. Me alegraba verlo contento, me gustaba saber que su familia lo quería tanto como yo.

—Tienes suerte —Stella se sentó a mi lado y la miré.

—¿Disculpa?

—Edward —lo señaló con su mirada—, tuviste suerte con él.

—¿Ah, sí? ¿Por qué lo dices?

—Es apuesto, músico, te ama, vive para ti.

—La verdad es que sí, tuve suerte —me encogí de hombros, presumiendo a mi hombre.

—Deberías cuidarlo bien, no vaya a ser cosa que te lo roben.

—¿Cómo dijiste?

—Lo que oíste.

—Deberías saber que lo defenderé con mis garras de quien sea. Él es mío —sonreí falsamente.

—Vaaaaya —acotó la rubia y fruncí el ceño.

—Si sabes de alguna arpía —toqué su mano—, me avisas.

—Claro...

Me levanté y la dejé sola. Era una muchacha con una lengua filosa. No la encontraba hiriente, no a ella.

Observaba a Edward y pensaba en el cambio que nuestras vidas habían tenido. A veces, notaba poco interés de su parte. No era el mismo que me enamoró, pero sin embargo, lo seguía amando. Me resultaba interesante ver que la única que a veces demostraba interés era yo, era duro. No me detenía a pensar en esto porque me ponía triste. Y caía en la realidad, era normal, las relaciones se deterioran, las personas se aburren y llegan a hacer cosas por obligación, no porque lo sientan. No imaginaba a mi novio de tal manera, aunque pensándolo así, todos éramos iguales.

John se acercó a mí y era obvio lo que iba a preguntarme.

—¿Pensaste sobre Europa?

—Estoy pensando día a día...

—Te quedan pocos para seguir pensando. Creí que hoy me darías tu respuesta definitiva.

—Bueno... —miré a Edward.

—No se lo has dicho, ¿verdad?

—Aún no.

—¿Quieres que yo lo haga por ti?

—No, John, gracias.

Me senté en el sofá y ahí me quedé hasta que se disolvió el gentío. Todos se despidieron y admito que estaba algo agotada. Abrir regalos, comer, beber. Estaba llena y lo único que quería hacer era dormir.

—¿Cómo te la has pasado, pequeña? —me preguntó mi abuelo.

—Muy bien, gracias por todo.

—Me alegro mucho —esbozó una media sonrisa—. Iré a dormir, estoy algo cansado.

—Ve tranquilo.

Mi madre se despidió de mí y acompañó a mi abuelo. Ellos habían estado todo el día ayudando con los preparativos de la fiesta y entendía su cansancio. Edward se sentó a mi lado y me abrazó.

—Lo bueno de que estemos finalmente solos es que dormiremos calentitos.

—Sí —lo besé.

—¿Algo malo sucede?

—Hay algo de lo que he querido hablar contigo hace días.

—¿Por qué no lo hiciste? —acomodó mi cabello.

—Lo intenté, pero no pude. Ahora creo que es el momento.

—Pues dime.

Llené de aire mis pulmones y no pude evitar que se me llenasen los ojos de lágrimas al escupir cada palabra. Un mes, lejos, trabajo, futuro, España, distancia.

—Eso... Bueno, es algo...

Estaba tartamudeando de los nervios, lo notaba.

—Cariño —toqué su mejilla—, si no quieres que lo haga...

—Jamás podría decirte que rechaces esa oportunidad, es el chance de tu vida.

—Pero no estoy segura, no quiero estar tanto tiempo lejos de ti.

—Es hora de que me dejes de lado a mí —me tomó el rostro con sus dos manos—, es hora de que comiences a pensar en ti, en tu felicidad, en lo que tú deseas.

Era perfecto.

—Edward, te voy a extrañar. Un mes es demasiado tiempo —las lágrimas se deslizaron por mis mejillas—, no creo que pueda tolerarlo.

—Podrás, claro que vas a poder. Es por ti, si tú quieres, lo lograrás. Cuando regreses, nada habrá cambiado. Seguiré amándote de la misma manera y te esperaré ansioso.

—Te amo tanto —lo abracé—, no sé qué haría sin ti. Eres mi sostén.

—Quiero que hagas lo que tú quieras, no quiero que estés dependiendo de mí. Te apoyaré siempre y te entenderé día a día.

Alice tenía razón al decirme que había elegido bien, él sí que era adorable. Solo restaba armar mis maletas, despedirme de todos y viajar a España. Tendría una vida nueva durante un mes. Solo estaría con mi jefe, lejos de todos.


Espero que les haya gustado. Y como siempre, su opinión es importante para mí.

Gracias por leer. No olviden dejar su review.