ADVERTENCIA: este capítulo contiene escenas de sexo explicito. Si no te gusta, no lo leas, no influye mayormente en la historia.

Afrodita besaba el cuello de su compañero lentamente, causando una serie de escalofríos incontrolables por parte de Mascara, quien no dejaba de murmurar palabras de amor, cariño y deseo puro.

Tumbo al más pequeño con delicadeza y reverencia, mientras con sus manos agiles y morenas lo desvestía mezclando en el intertanto caricias y besos.

Contemplo el cuerpo perfecto de Dita, que estaba debajo del suyo, completamente brillante y tibio, exudando sensualidad y picardía. Death sonrió.

-De verdad tu maestro no se equivoco al bautizarte como la diosa de la belleza- su mirada embobada y llena de amor recorría cada centímetro de esa piel alba, adornada con un par de lunares juguetones.

No había rastro de lujuria en esa mirada, cargada de deseo, era un acto de total amor y reverencias.

Afrodita en tanto, se levanto de la cama y desvistió a Death. Su piel morena, tostada por el sol e la toscana, lo llamaba insinuante. Era hermoso el contraste de sus colores, casi tan perfecto como el de la arena y las aguas del océano, que se acariciaban insinuantes y juguetonas por siempre. Odiaba estar en desventaja y rápidamente lo dejo desnudo, a su merced. Y allí ambos, en igualdad de condiciones, se maravillaban por sus cuerpos, que parecían amoldarse perfectos

-no me gustaría que en este momento, no nos llamáramos con nuestros nombres. Sería un poco falso

Death sonreía mientras acariciaba el rostro del sueco

- mis padres me pusieron Michelangelo

-¡como el pintor, arquitecto y escultor renacentista!. –Dita se acercó a él y sonreía como un niño- siempre me ha llamado la atención su obra… ahora sé que tienes alma de artista- se mofaba mientras recorría el cuerpo de su amado cangrejo depositando suaves besos y caricias traviesas

- de verdad pareces una pintura, tan perfecto…- Death no podía dejar de mirar extasiado esa maravilla. Dita totalmente ajeno por un instante a su maldición dejaba que sus cabellos aguamarina acariciaran su espalda y enmarcaran su rostro, sonrojado y excitado por las caricias suaves y delicadas del moreno, entrecerrando sus ojos azul mar, dejando que sus pestañas juguetonas los opacaran.

-¿sabes que a Michelangelo le llamaban el Divino? - murmuro entre suspiros el sueco

El joven moreno sonrió pícaro. Le estaba gustando recorrer cada milímetro de ese cuerpo.

-Bueno quizás deba denostarte por qué- contesto ronco por su propia excitación

Tomo la rosa que el sueco había aparecido, y comenzó a recorrer cada centímetro de su cuerpo con ese simple y sensual toque. Impedía con sus fuertes manos que el pececillo le devolviera las caricias. Disfrutaba torturándolo dulcemente, negándole el contacto que el más pequeño tanto ansiaba.

Esa rosa roja como la sangre y la pasión que encendía su cuerpo… que maravilla era contemplar el contraste de esa piel blanca como las eternas nieves de las tierras suecas y sonreía divertido consciente de que causaba millones de escalofríos placenteros en su camarada

- eres perfecto, y cruel- jadeo el santo de piscis, mientras intentaba por millonésima vez besar ese cuello largo y tostado, esos hombros fuertes y brazos poderosos, que lo tenían aprisionado bajo ese cuerpo cincelado.

-no tanto como tu, pareces tallado en mármol… - murmuraba el italiano mientras besaba el pecho de su pequeño, provocando escalofríos.

Le gustaba ver y sentir como el joven se revolcaba pidiendo más,.. más de sus besos… de sus caricias, deseoso de su toque firme y delicado… excitado, excitando a la vez a Michelangelo

-mi…. Mi nombre es… Soares (1)- murmuro.

El italiano sonrió.

-Tramposo, ese no es un nombre sueco- sonreía mientras observaba esos ojos brillantes.

-cierto, mi padre era portugués… - murmuro, y un grito escapo de su garganta cuando el italiano rozo con la rozo la punta de su miembro con la maliciosa flor.

- ¿te gusta?- El italiano disfrutaba, maravillado por la perfección que ante sus ojos aparecía esplendida.

Su maestro le había dicho que la belleza se encontraba en la imperfección de las cosas, y tenía razón.

El ser que entre sus caricias gemía y pedía más, no era bello ni hermoso. Esas palabras no describían ni la sombra de aquel hombre.

Era simplemente divino, un ángel.

Se puso sobre él y comenzó a besar cada centímetro de su piel, beso sus cabellos con locura que poco a poco se volvía desesperación. Ese olor embriagante e intoxican te, que no le había abandonado desde ese fatídico día, parecía ser ahora mas potente. Nublaba sus sentidos, pero al italiano no le habría importado morir en ese instante.

Su cuerpo se volvía adicto a ese aroma, a esa suavidad y a los gemidos.

Cada uno de los sentidos humanos respondía al estimulo de tener ese cuerpo junto al suyo.

El sueco por su parte acariciaba el cabello del más moreno, gimiendo y besando su rostro. Pero cada vez que el italiano trataba de tomar sus labios, el sueco se negaba.

No había perdido tanto la conciencia como para olvidar que eso podría acabar con el cangrejo.

Y este lo sabía, y volvía al ataque de besos y caricias.

Comenzó a acariciar el miembro del muchacho de piel blanca, a la vez que lo volteaba y besaba su espalda, y con su mano libre acariciaba el cuello y dejando que sus dedos se enredaran en los turquesas y largos cabellos. Movia con agilidad su mano, consciente de los movimientos deseosos de su compañero. No paró hasta que el chico se vino en sus manos. Lo volteo, y beso la nariz y la frente pálida de Dita.

Este le indico el baño, para que se limpiara, y Death soltó una carcajada alegre, mientras lo llamaba adicto a la limpieza, a lo que el sueco contesto tirándole una almohada, mientras sutilmente sacaba la sabana mojada aun, y el italiano seguía riéndose mientras hacia lo que se le pedía. Sabía que en el fondo Piscis no era un maniático ni nada.

Mientras limpiaba la semilla del chico de sus manos, notó que su piel estaba un poco más roja de lo habitual. Afrodita era puro veneno. Sonrío al comprender que de verdad, moriría feliz entre esos brazos.

Se acostó junto al sueco y aprovechando que sus manos estaban frías por el agua y le recorrió la espalda.

Afrodita se incorporo y busco el miembro del canceriano y comenzó a besarlo, mientras inspeccionaba las reacciones del de cabellos azules.

Podía verlo retorcerse y gemir.

Una imagen perturbadoramente sensual.

No paro de hacer su trabajo, hasta que el italiano termino, mientras gemía el nombre de Dita.

Este se acerco y beso sus mejillas y sus manos

. Se tendió en la cama a la vez que le indicaba al italiano que hiciera lo mismo. Una vez lo tubo sobre él, iniciaron nuevamente las caricias desenfrenadas y llenas de sentimientos puros. Dita que no daba más del placer, gimió que tenía un condón en el velador, que si quería, lo podía usar.

El italiano salto de la cama indignado como si le hubieran volcado un balde de agua fria.

-¡esto Afrodita, no es sexo!- le dijo molesto, mientras el joven del lunar lo mirada un tanto sorprendido y un poco avergonzado- si quiero estar aquí en tus brazos, no quiero que un trozo de látex se interponga. Quiero fundirme en ti y que tu lo hagas conmigo, pero no por el placer carnal, si no por la necesidad que tengo de demostrarte cada instante que te amo, y que te necesito, así de simple, así de puro es el am… cariño que te tengo.

Afrodita sonriío y fingió no haber comprendido la magnitud de lo que el moreno le había gritado, y este a su vez rezaba a Hades que se lo llevara en ese instante, por lo que había confesado. Un fuerte carmín coloreaba esas mejillas y no era capaz de levantar su mirada.

Dita comprendiendo lo obligo a acostarse y se apoyo en su pecho.

Luego de pedirle disculpas por haber insinuado algo así, se deshizo en explicaciones, que rondaban mas menos en el temor de hacerle daño. Se quedaron en silencio sin ánimos de continuar. No era necesario, tenían todo el día… toda la vida para hacerlo. Afrodita se incorporo y distraídamente besó la punta de su nariz, se quedaron así un buen rato.

-sabes que quizás nunca habrá cura para esto- murmuro.

-lo sé- dijo Death- pero me basta con besarte cada noche, para que sepas todo lo que te quiero.

Afrodita sonrió

-también te amo cangrejo malvado- el canceriano se sonrojo al comprender que el sueco le había escuchado claramente hace un rato y sonrió, mientras besaba sus cabellos.

y ambos así abrazados dejaron que las horas pasaran, simplemente escuchando los latidos sincronizados de sus corazones y la paz que la tarde les daba.

(1)Soares— es un nombre que mi autor favorito Emilio Salgari uso para nombrar al hijo de uno de mis personajes favoritos, el tigre blanco, Yañez de Gomera