Death tenía el sueño liviano.
Siempre había sido de esa manera.
Quizás porque las peores cosas ocurren de noche… la muerte de su madre, el asesinato de su padre, la llegada del que sería su maestro en el santuario por algunos años… eso había trastornado su sueño.
Nunca soñaba.
Simplemente descansaba su cuerpo, en constante estado de alerta. Una razón que explicaría su inagotable mal genio. Pero por ello pudo sentir a Afrodita removerse en sus brazos cada minuto, preso de una angustia terrible.
También lo veía levantarse de vez en cuando para cerciorarse que las ventanas siguieran abiertas y así no dañar a Death Mask
Pero este no le decía nada, pues notaba como el muchacho de cabellos celestes hacia todo aquello con cuidado de no despertarlo y le daba pena interrumpirlo en sus sigilosos movimientos, además estaba admirando cada centímetro de ese cuerpo, iluminado por la luz de las estrellas y una luna juguetona.
Una imagen sensual, casi como un sueño. Además todas aquellas preocupaciones le enternecían el alma, y a la vez demostraban lo asustado que estaba el más bello de todos los hombres.
Su angustia no le había dejado dormir bien, y unas ojeras mellaban su bello rostro, provocando que resaltaran sus ojos.
Death se preguntaba si había algo que hiciera que se viera mal. Y pronto se convenció que hasta las malas caras se veían adorables en él.
Por lo mismo una vez que el joven se levanto por enésima vez a revisar la ventana, que seguía abierta como en las veces anteriores, cambio rápidamente el vaso de agua del costado de la cama por un poco de infusión hecha por Aldebarán. La estaba trayendo en el bolsillo de su pantalón desde el marzo fatídico, por si el joven volvía a sufrir aquellos terribles dolores.
Lamentablemente para él, Afrodita no tomo del líquido esa ves, y luego de levantarse por una cuarta vez mas decidió llevar sus delicados labios al recipiente, cayendo en una suave inconsciencia que le permitiría descansar.
Ya eran las 7 de la mañana y Death simplemente se vistió, beso esos cabellos rebeldes que cubrían la frente del sueco y reviso la ventana. Sabía que estaba abierta, pero no podía evitar sentir temor. Pero no por él. El moriría gustoso en esos brazos. Sentía temor pues sabía que si algo le pasaba, Afrodita jamás se perdonaría. Y no quería que el sufriera nunca más. Bajo sigilosamente a su casa, a buscar un par de camisas, poleras, pantalones ropa interior y algunas botellas de buen vino, y volvió a los aposentos del pisciano. No iba a dejarlo solo, ni ahora ni nunca.
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Camus miraba pasearse en la alcoba al bicho más sexy del planeta desnudo, y con una copa de vino en sus manos.
Estaba histérico, pero Camus disfrutaba de la visión.
El cuerpo de Milo acariciado por sus cabellos, sus uñas rojas (y letales) su rostro preocupado. Aun así era la visión más perfecta a su juicio.
Milo paro su caminata para verlo. Camus por su parte semi-acostado en su cama, desnudo, contemplándolo con una mirada glaciar, que el sabia, en el fondo era de puro deseo.
Enarco una ceja y sonrió-
-te vas a quedar toda la mañana tirado en la cama mirándome…
-si tú te quedas toda la mañana caminando como un poseído… creo que sí.
Milo suspiró y se acurruco en los brazos tibios del francés.
-me preocupa Dita. –Ahora fue el turno del francés de enarcar una ceja divertido
-no te pongas celoso amor, pero es mi mejor amigo y no quiero que sufra injustificadamente. Creo que podría ir a verlo, a pesar de lo que dijo el patriarca…
Camus beso los sedosos cabellos azules y murmuro algo.
-que dices…
-que primero nos tenemos que bañar, ¿o pretendes ir todo sudado a ver a Afrodita?
Milo tomo con amor eso labios.
Amaba a Camus, y cada vez que el actuaba de forma impulsiva, el iba y lo calmaba, le señalaba lo que debían hacer… lo ama, era su complemento y su suplemento. Era lo que el sol es a la luna. Sin Camus en su vida….la mirada de Milo se volvía opaca y triste. Lo necesitaba más que a nada en el mundo. Se bañaron en medio de caricias abrazos, besos, gemidos, jadeos y altas temperaturas. La visita a Afrodita quedaría postergada un par de horas por lo menos.
XXX
Cuando despertó, y sintió la fría cama, lo primero que pensó fue que Death Mask había muerto por su culpa. Su corazón se agito y sus músculos se tensaron, sus lagrimas caían desesperadas, cuando la parte consciente de su cerebro le recordó que si así fuera, el cadáver estaría allí.
Una vez la calma regreso, la segunda idea fue que el susodicho Italiano se había marchado, para siempre, como era su derecho, pues no era su intención mantenerlo atado a un ser que podría matarlo sin siquiera levantar un dedo.
Sus ojos se volvieron a llenar de lagrimas. Estaría condenado a la eterna soledad, viviendo el recuerdo de la noche ms hermosa que hubiera vivido alguna vez en manos del hombre que siempre le había robado segundos de sus pensamientos.
Aunque no se lo quisiera reconocer.
Un sentimiento de soledad e incertidumbre nublo su corazón, resignado, y sin poder odiar al cangrejo. Pero el estrepitoso sonido de platos cayendo y un par de maldiciones en italiano lo devolvieron a la bella realidad que vivía. Death no se había marchado.
Tomo una camisa que la noche anterior había quedado olvidada, se puso unos bóxer color azul marino y corrió a la cocina.
Era la escena del crimen perfecto. Death limpiaba lo que había sido un desayuno, con jugo, panqueques, fruta, café y leche. Dita sonrió mientras lo ayudaba.
A un costado estaba una hermosa bandeja de madera que él no ocupaba, pues estaba desfondada.
Pero como era linda la usaba de adorno.
Mask ignorándolo, había tratado de llevarle el desayuno a la cama, y la bandeja había hecho de las suyas.
Una vez limpiaron todo, el joven moreno se deshacía en disculpas y Dita le beso en la mejilla.
-Todo está bien, son solo platos. -Se sirvieron un desayuno ligero, y Dita bostezando trato de ir a vestirse, pero su sobreprotector crustáceo lo envío derecho a dormir. Recordaba la inquieta velada y no quería que el sueco se estresara más.
Le prometió una y mil veces que no se separaría de su lado, y le cometo que había llevado parte de su ropa, con lo que el joven del lunar sonrió besando las manos del italiano
Este deshaciéndose a su pesar de la caricia, le mostro una roca que coloco en el ventanal para evitar que se cerrara "por accidente" la gran puerta corredera de la habitación. Dita se sonrojo al notar que su amado si lo había sentido en su inquieta noche y el moreno simplemente le sonrió. Una sonrisa que Afrodita comprendía era solo para él. El guardián de la IV casa, jamás sonreía, a no ser que fuera una mueca cruel antes de matar a alguien. Afrodita estaba conociendo al muchacho tas la máscara de la muerte.
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Milo subía los escalones de tres en tres, y Camus lo seguía a cierta distancia, resignado.
Llegaron al templo de Piscis, y Milo lo esperaba, golpeando con su pie impaciente el suelo, y tamborileando con sus largos dedos en uno de los pilares.
-que te demoras, aguatero…- le recrimino con una bella sonrisa- llevo mil años esperándote.
Camus paso a su lado fingiendo indiferencia pero agarro con mano ágil el trasero del bicho y entraron a los aposentos del Guardián de la XII casa.
Una voz ronca y algo enojada los obligo a bajar la voz.
Su sorpresa fue mayor cuando el que los recibió fue el mismo Death Mask, luciendo su cabello empapado por la ducha que se había dado hace algunos minutos. Su rostro parecía enojado, pero Camus, excelente observador, noto una sombra de preocupación.
-Guarden silencio, Afrodita está descansando, par de imprudentes- hablaba en un tono bajísimo, como si temiera despertar joven que descansaba plácidamente en las hitaciones del final de la casa.
-que haces aquí, cangrejo asqueroso.- Para NADIE era un secreto que Milo y Death Mask, no eran lo más cercano al termino amigos. Es más, estaban más afines a la definición de enemigos mortales.
Una rivalidad desde siempre. Sin explicación, simplemente no se llevaban para nada bien.
Camus trato de interponerse, pero un empujón algo brusco por parte de Death lo saco de en medio.
-¿Cangrejo asqueroso? Es que acaso no te has mirado al espejo, bicho rastrero y traicionero… la pregunta es ¡que diablos haces tu aquí?
Camus trato nuevamente de interponerse, pero esta vez Milo lo aparto del que en segundos seria un campo de batallas, por mil días si nadie intervenía.
-Yo vengo a ver a mi amigo, me preocupo por él, y ahora más que antes al ver la clase de monstruo que se esconde entre los pilares.
-¿que tú te preocupas por él?- las palabras del Italiano se asemejaban al siseo de una cobra venenosa- si tú no te has dignado siquiera a venir a verlo, ni siquiera le has preguntado cómo se siente.
Camus por tercera vez se puso al medio y con sus manos sello las bocas de ambos animales.
-escúchenme bien los dos- El tomo frio y molesto del acuariano tuvo la virtud de relajar a los jóvenes
- Todos estamos aquí por la misma razón. Nos interesa Dita, a si que por favor, cálmense, guárdense las paleas para otro momento.
Cuando las cosas se calmaron un poco, Camus miro a Death Mask, quien se había sonrojado de vergüenza por su comportamiento .Algo que llamo la atención del Francés que jamás había visto al cangrejo arrepentirse de nada. Y eso que en sus vidas había hecho cosas que simplemente eran para avergonzar al más digno adorador de Satán.
-¿Como esta Afrodita?- la pregunta, obvia y formulada con ese tono neutro y frio que Camus manejaba tan bien tuvo la virtud de actuar como bálsamo para Death Mask. Movió su cabeza abatido sonrió con tristeza.
-tiene miedo, aunque no lo diga, lo puedo notar. Teme en cualquier momento matar a quien se le acerque, teme estar solo con alguien en la misma habitación si no hay ventilación, se priva de cocinar, pensando que si, sin querer una gota de su sangre cae en el plato, pueda matar a quien tenga la mala fortuna de sentarse en su mesa. Es desalentador, pero de a poco debe superarlo.
Milo, en un intento de mejorar la situación, pues el tono apesumbrado del cangrejo le había removido algunas fibras de su corazón pregunto con un tono de ternura dirigiéndose directamente al cangrejo.
-algo se debe poder hacer- a la vez que le dedicaba una sonrisa amable al canceriano.
-si, algo se me ocurrirá, pero ahora obligue a Dita a descansar. Anoche durmió muy mal…- la mirada picara de Milo y el tenue carmín de las mejillas del acuariano dieron a entender a Death que había metido las patas hasta el fondo- digo… desde mi habitación lo sentí caminar y levantarse hasta muy en la madrugada- trato de excusarse con una mentira blanca.
Pero Camus no era idiota. Y si la respuesta satisfizo al Bicho, no así la francés quien enarco una ceja y notando que estaba de mas, empujo a su amado, a la vez que se despedía y le guiñaba un ojo cómplice al caneriano que se puso del color de las más bellas rosas del jardín de Dita.
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Se encontraba soñando, era obvio, pues "nuevamente" estaba en su jardín. Pero "otra vez" eran otras las plantas.
A su lado un hombre alto de cabellos celestes con tonos grises y bastante hermoso. Y la figura que le sonreía abrazada a una versión más fina de Death Mask no era parte de su realidad habitual.
Ambos hombres lo miraban, con unas sonrisas adornando sus rostros alegres. Muy distintos al primer sueño que había tenido con ellos.
- a mí ya me conoces, aunque dudo que te acuerdes, estabas al borde de la muerte la primera vez. Soy Albafica de Piscis- hablo por fin el antiguo señor de la armadura del pez.
Luego, inclinándose en el pecho del otro, prosiguió
- El es Manigoldo, Antiguo caballero de cáncer.
Dita los miro un poco renuente y juro jamás volver a acostarse con el estomago lleno. Le estaba provocando los delirios más extraños del mundo.
Manigoldo, como adivinando sus pensamientos se acerco y tocándole la frente con un dedo, medio en broma y medio en serio, le advertía que no eran pesadillas, que ellos eran parte de SU pasado.
-Pero no tenemos conexión alguna- murmuro Dita
Albafica se hecho a reír. Una carcajada que ningún ser vivo alguna vez le había escuchado. Y es que en vida, no había nada por que hacerlo.
-tu y el cangrejo travieso encontraron una forma de estar juntos. Ya sabes, íntimamente- Las mejillas de Dita se podían ver hasta en la china. Una sensación de vergüenza le invadió. Luego mirando a los dos caballeros, una duda asalto su cabeza.
-como lo saben…. ¿Nos estaban espiando?- ante la idea de que un par de espectros los habían visto en la noche, una sensación de pánico le atravesó el corazón.
Sin embargo Manigoldo se sentó a su lado.
-no es necesario haberlos visto. Basta con sentir sus cosmos, relajados, cálidos. Adema entre nosotros hay una conexión muy fuerte- Albafica se había sentado en las piernas del cangrejo.
-veras- prosiguió el de piscis- nosotros nos… amábamos, pero jamás tuve el valor de decirlo..
-y yo me consideraba indigno del caballero más hermoso de mi época- complemento Manigoldo, por lo que Albafica beso sus labios, y persiguió.
-Pero me arme de valor, pues tenía un extraño presentimiento, le dije que lo amaba pero que no podría ni siquiera besarlo jamás. Y ambos juramos buscar una solución. Solo es que el tiempo nos jugó en contra. Ese mismo día, horas después, me sacrifique para resguardarlo…- Las manos entrelazadas de los santos, mostraban una afecto inconmensurable.
-Como es que ustedes… se pueden besar aquí- Afrodita pregunto con desesperación más que con curiosidad. El deseo de estar con su amor, más unidos que nunca le corroída las entrañas.
-Los espectros… no tenemos defectos. No hay dolor, no hay sufrimiento… simplemente podemos alcanzar la paz. Y mi paz está en los brazos de Manigoldo. Y la tuya en los de ese muchacho que te cuida tanto.
Afrodita se sonrojó.
-Veras- continuo Alba- los cancerianos son hoscos, huraños, mal genios, antipáticos, insoportables..-
-hey- le interrumpió un mosqueado Manigoldo. Albafica le sonrío.
-pero, eso es para el mundo. Yo conozco lo que ocultan bajo esa pesada coraza. Déjate querer muchacho, y busca una solución.
-y no puedes ayudarme- Afrodita miraba a sus interlocutores con sus grandes ojos Calipso, sus largas pestañas y un puchero adornando sus suaves y carnoso labios.
Manigoldo, entre risas le decía a Albafica que el nuevo caballero de piscis era mucho más lindo que él, lo que le valió un golpe juguetón.
Los espectros parecían ignorarlo.
-Oigan, ¡ayúdenme!- reclamo nuevamente el sueco.
-Lo siento muchacho. Nosotros solo somos una proyección de nuestros cosmos en el tuyo. Veras, las fuerzas del cosmos son muy poderosas. No solo están en todo lo que vive, sino también en lo que vivió. Tu y yo, tal como Manigoldo y el chiquillo actual de cáncer, compartimos recuerdos, ataques y características. Yo no soy más que los sentimientos del Albafica original. Si quieres saber algo más, quizás deberías tratar de encontrarlo y preguntarle… o estudiar por tu cuenta, pues ya te dije, yo no recuerdo que idea alocada ingenie para estar junto este cangrejito.
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Afrodita se sentó en la cama. Comprendía lo que "su recuerdo" le trataba de decir. El solo lo podía guiar, pues era un reflejo de los sentimientos y recuerdos del otrora poseedor de esa armadura, pero era un dibujo siempre, un boceto de quien había sido ese Albafica de Piscis. Pero era imposible ubicar al verdadero Albafica.
Llevaba más de doscientos años muerto. Y los muertos no hablan, ni siquiera sabía dónde estaba enterrado. Unas lágrimas caían por sus mejillas. Ahora tenía la seguridad que jamás lograría nada, a menos que a él se le ocurriera algo. Y por muy imaginativo que fuera, en esos momentos sentía su cerebro seco. Cerró los ojos en un gesto de impotencia
