-Fly me to the moon
let me play among the stars
let me see what spring is like
on a-jupiter and mars
in other words, hold my hand
in other words, baby, kiss me
La afinada y ronca voz inundaba la fría y gran casa del 12º caballero dorado.
No era común ver al cruel y despiadado, al sádico y terrible caballero de cáncer, cocinando con un delantal blanco, gorrito de chef, sonrisa de idiota y cantando una canción romántica, sacada que algún especial de Frank Sinatra, pero el amor hacia cosas imposibles.
Muy imposibles.
Mientras el cangrejo tarareaba el resto de su repertorio, picaba con maestría los tomates, pimentones y olivos, para hacer unos deliciosos tallarines con salsa napolitana. No se jactaría, pero el secreto de sus deliciosas pastas, es que el mismo las amasaba y cortaba.
Si leyó bien. EL cangrejito estaba tan feliz que se había dado el trabajo de amasar toda la mañana, ensuciar sus manos con harina, agua, huevo y sal, para hacer el almuerzo mas delicioso de todos, para animar a cierto pececillo que llevaba sus buenos días encerrado en la habitación.
Y era preocupante ver como la angustia ahogaba a uno de los seres más alegres del santuario. Y Masky no dejaría que su bello tesoro se hundiera en una depresión, que transformaba su otrora sonrisa en muecas de dolor y desolación.
Horas de agotador trabajo, y el plato magistral estaba listo, sobre el mantel finamente decorado, y un par de velas encendidas, le lanzaban tímidos haces de luces que jugaban con las copas de vino llenas hasta la mitad.
Y cualquiera diría que aquella tarde el mundo se había vuelto loco. Porque Afrodita, huraño comía gruñendo en señal de aprobación al tiempo que un desenfadado Cáncer trataba por todos los medios y sin desanimarse, provocar aunque fuera una ligera sonrisa en los labios de su interlocutor.
Pero como si no notara el esfuerzo sobrehumano que hacia el italiano, Afrodita se limitaba a mirar su plato, y comer. Sumergido en una ráfaga de confusos y tristes pensamientos.
Inesperadamente, el pez miro al cangrejo, y pregunto a quema ropa, que estaba dispuesto ha hacer para ayudarlo con su problema.
El de cáncer, tomado por sorpresa, bebió un poco del vino, y contesto:
-Por ti, estaría eternamente besando tu sombra, aunque no pudiera tocarte, aunque tus labios estuvieran vedados, cada segundo de mi vida, suspiraría en tus cabellos. Por ti esperaría que la muerte me arrastrara a lo más profundo, y antes de morir pediría un beso, para acabar con la agonía, y respirar en tu boca, exhalando en un suspiro todo mi amor, deseándote que seas feliz.
Dita, que llevaba días irritable, tratando por todos los demonios de encontrar una solución, al parecer se sintió ofendido por las palabras del italiano.
- es decir, no harías nada… eres un idiota.
Agradeció la comida con una sonrisa cargada de ironía y se dirigió a su cuarto. El portazo que se escucho fue suficiente para que el joven moreno supiera que no era conveniente acercarse, bajo el riesgo de ser fulminado por alguna rosa blanca, o el nuevo invento venenoso del pescado.
Tomo, resignado los platos y se dirigió lentamente a la cocina. Jamás reconocería que la razón para que no se hubiera vuelto loco, al menos más de lo que estaba, era esa parte del hogar donde la gente solía preparar sus alimentos. Y en ese momento necesitaba con urgencia preparar alguna clase de torta de mil hojas, mínimo.
XXXXXXXX
Afrodita se encontraba tendido en su cama. Miraba el techo, que al parecer se había vuelto lo más interesante del mundo. Y bajo su óptica lo era. Aquellas paredes habían sido testigos de los desvelos, amores, muertes y desilusiones de sus predecesores.
Cuanto habría dado con tal que esas paredes le dijeran lo que sabían. Hubiera dado su vida. Y esas ideas atraían al pececillo a esas aguas profundas que los piscis no suelen revolver muy seguido.
Y paulatinamente las ideas más tristes y oscuras nublaban aquella cálida mirada, y el bello pisciano, el dulce pez de agua templada, se escondía entre las tormentosas ideas, dejando al descubierto a los sádicos y terribles peces de las profundidades.
Una vorágine de temor y de locura comenzó a invadirlo.
Sentía como si el cuarto de un momento a otro se volviera tinieblas, y un frio penetrante le calaba hasta la medula. Voces parecían llenar el aire, lamentos y gemidos. Y no supo en qué momento, las ideas se mezclaban con la realidad.
Tampoco se dio cuenta cuando las garras espectrales de otros caballeros dorados le recorrían el cuerpo, atrayéndole a sus fauces voraces.
Solo vio cuando cientos de almas sin cuerpos se agolpaban para contemplar el brillo de su cosmos, que debía enceguecerlos y perderlos.
Contemplo ensimismado el Yomotsu, y sonrió. Los recuerdos de sus antepasados tenían razón.
En ese mundo no había defectos. No había veneno en sus venas. Soltó una carcajada llena de tristeza, amargura e ira.
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- Afro…. Contesta…. Ábreme la puerta… Milo y Camus quieren saludarte-
Death Mask golpeaba suavemente la puerta del cuarto de Afrodita, mientras las vistas ya nombradas esperaban.
Pero no había respuesta.
-quizás esta descansado- murmuro Camus, más que nada para tranquilizar a cierto crustáceo que parecía estar alterado por no recibir respuesta.
-si quizás tienes razón. A lo mejor está durmiendo. Hoy no estaba muy animado.- completo. Milo, como quien es dueño, se fue a instalar en el recibidor, y se dejo envolver por los mullidos cojines de un sillón azul oscuro, y sonrió, mientras que distraídamente pedía una taza de café.
Hace días no veía a su amigo, y en su cabeza dura se había instalado la idea de no moverse de ahí hasta que este diera señales de vida.
El hogareño cangrejo, fue en busca del café y unas tajadas de torta. A juicio del hielo con patas, la más deliciosa que hubiera probado. El bicho rastrero gruño declarando que debía probar un trozo más grande para estar seguro de ello.
Death sonreía, demasiado nervioso para comer.
Tenía un mal presentimiento.
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Afrodita se dejaba deslumbrar por lo lúgubre y horrible que era la entrada al infierno.
Que hacia ahí no tenía la más mínima idea.
Los torbellinos de emociones a veces se apoderaban de su conciencia, pero al parecer los malos pensamientos habían ido más allá de su límite. Muchas veces su maestro le había contado que la mayoría de los caballeros de piscis terminaban locos, suicidándose o bien dejándose matar.
El siempre había aborrecido esa clase de ideas, pero al parecer, los instintos podían más de lo que el mismo pensaba.
Caminaba sin rumbo, sin atreverse a pensar en Death.
No quería mancillar el recuerdo del ser amado. Pero no podía evitarlo. Como estaría el cangrejo cuando viera lo que había hecho.
Cerró los ojos, y una lagrima cayo, dejando una marca húmeda en su mejilla. Pobre Michelangelo.
Había conocido en esos días lo delicado que era en el fondo, lo solitario y necesitado de afecto y él había abiertos las puertas de ese corazón, para mancillarlo con el dolor de la muerte, una vez más.
Había sido egoísta, estúpido y por sobre todo, había dañado al que más amaba en el mundo. Las lágrimas no tardaron en hacerse incontrolables, y gritos desgarradores de dolor y rabia escaparon de su garganta, al caer en cuenta del error irreversible que le había llevado hasta ese lugar.
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Camus, Milo y Death estaban charlando animadamente.
Hace días el cangrejo y el bicho consiguieron una pseudo relación de paz, que tácitamente sabían duraría solo hasta que el pescado estuviera nuevamente bien.
Por la sanidad mental de ambos, pues en realidad poco podían ocultar que simplemente no había feeling entre ellos.
Y pasaban las horas, lentas, los tres esperando ver aparecer tras la puerta la silueta inconfundible del muchacho de cabellos aguamarina, con su sonrisa de siempre, con la broma a flor de labios, para iluminar con su presencia la oscura casa.
Pero no ocurría, y los tres, aunque no lo dijeran, comenzaban a preocuparse.
De un momento a otro, los sentidos de cáncer y escorpio se agudizaron, inconscientemente, preparados para el peligro.
Había algo en el aire que presagiaba muerte. Pero no sabían que era.
Hasta que Camus, mientras terminaba de sacar el raspado del manjar que quedaba en la bandeja donde una hora antes el italiano llevara la torta "que había comprado en una tienda secreta" sonrió.
-que delicioso aroma aflores tropicales ¿Algún nuevo perfume de Dita?
Y solo eso basto para recordar la noche del 10 de marzo. La sangre de Dita tenía ese olor. Escorpio y Cáncer se miraron aterrados.
Ambos se pararon, y sin darle explicaciones al acuariano le obligaron a ayudarlos a derrumbar las puertas de las habitaciones del joven de ojos celestes.
Obviamente al tratarse literalmente de un fuerte diseñado para las batallas no era tarea fácil.
Pero los amigos y un enamorado hacen maravillas.
Y ahí se encontrarnos con el cuerpo del más bello de los 88 caballeros, tirado sobre la cama, con el cabello desparramado, y una rosa, ahora roja, en el pecho. Death cayó de rodillas, a la vez que Milo se hundía en los brazos de un helado Camus.
XXXX
-¿Por qué lloras niño?- la voz ronca saco a Afrodita de su llanto.
Era la misma voz que en su cosmos decía ser la proyección de los recuerdos de Albafica, y alzó la mirada esperanzado.
Frente a él, estaban los ya conocidos Albafica y Manigoldo. Pero eran distintos a lo que sus recuerdos proyectaban.
No había palabras para describir la locura y diversión que se escondían tras la sonrisa salvaje del ex caballero de cáncer, como un bufón que ha perdido el humor y solo le divierte la sangre, que le miraba como a una especie de estatua en alguna exhibición de museo.
Tampoco para describir la elegancia y fría belleza de Albafica, escapado de algún mural renacentista.
Dita por primera vez se sintió feo, frente a aquella aparición a la cual solo le faltaban las alas para ser comparado con algún arcángel.
-no llores niño- esta vez Manigoldo le hablaba, al tiempo que extendía cordial una de sus manos, para ayudarle a pararse. Dita agradeció, pero negó con su cabeza
- no puedo dejar de llorar. Hice una estupidez, de las que no tienen solución. Y ahora estoy lejos de la persona que más amo.
- es bueno escuchar eso- murmuro Manigoldo, mientras contemplaba de soslayo la altiva figura de Albafica que no parecía inmutarse lo más mínimo. Es más, parecía molesto.
-¿Por qué lo hiciste? ¿Qué te llevo a desentrañar esa técnica que erradique de nuestro sistema de ataques?- Alba miraba a Afrodita, iracundo, pero sin dejar traslucir nada mas allá. Sus labios contraídos en una mueca, y sus cejas fruncidas no arruinaban aquella belleza.
-no…. No lo sé. Solo me sentía incompleto. Sentía que algo me llamaba a investigar. Si hubiera sabido cuales eran las consecuencias, te aseguro no habría hecho nada de eso. Es solo que de verdad no se…
- no seas tan estricto con el chico- Mani apoyo su mano en el hombro del peli celeste, y sonrió, con ese rastro de locura que llegaba a ser embriagante- no lo culpes por algo que es innato a su naturaleza. Deberías estar orgulloso de su poder. Porque en vez de castigarlo, no le damos una mano con su problema. Así, terminamos con el ciclo maldito. Alguna vez, que tenga un final feliz…
-no merezco su ayuda. ¿Qué saco con aprender, cuando por temor abandone mi vida, y al ser que más he amado? ¿Qué consuelo hay en mi corazón, sabiendo la cura, cuando ya no tiene sentido? Más me habría valido morir en sus manos, que ese acto cobarde y repugnante que he cometido…
Manigoldo comenzó a reír como un psicópata.
-¿de verdad crees que estas aquí porque tu lo hiciste? Que no se te olvide pequeño, que cáncer es el guardián del Yomotsu, y como él es el único ser vivo que puede entrar al mundo de los muertos, yo hago estando acá… puedo hacer algo parecido…
Afrodita los miró sin comprender.
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Shion trataba de instaurar el orden entre los tres jóvenes que habían encontrado a su amigo, muerto y hacer entrar la paz a su mismo corazón.
Algo no calzaba en la historia y le daba una chispa de esperanza que más bien parecía la estrella más lejana en una noche obscura.
Y es que él conocía a Afrodita desde pequeño, lo había visto entrenar y sabia que él no sucumbiría al camino fácil.
Pero ahí estaba la prueba, irrefutable. El cuerpo, aun tibio y la rosa llena de sangre. Y solo ahí se percato de un detalle.
Un pequeño detalle, que hubiera pasado desapercibido para cualquiera, pero no para el patriarca. Él lo sabía todo, los conocía a todos, y gracias al cielo, había conocido también a los indicados.
Afrodita en sus entrenamientos y sus ataques usaba Rosas del tipo Hibrido de Te, la rosa común, pero de las más bellas y grandes. Brillantes y llenas de vida. Ahora la rosa de su pecho… era una rosa antigua, simple, elegante pero opaca, una rosa de las llamadas Alba.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo, y creyó entender. Cada caballero de piscis tiene su marca distintiva.
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No lo vez- decía Albafica, mientras Dita trataba de entender la verdad caminando de un lado a otro- tuve que hacerlo. La única cura es sacar el veneno de tu cuerpo. Ahora, que sabes que puedes crearlo, podrás realizar rosas con veneno a tu antojo. Pero la primera vez que lo hiciste no comprendías el poder, su potencial y contaminaste tu cuerpo el templo de todo caballero y por eso debía quitarte toda la sangre, limpiar la vasija que contenía tu alma.
Dita los miraba, mientras lagrimas caían.
-tú me mataste… pero ¿cómo? Estas muerto… y yo lo perdí todo por tu culpa…
-no, no, no- esta vez Mani lo miraba riéndose. – Si te hubieras suicidado, estarías en el infierno. Pero como Alba con ayuda de un portal que cree al mundo de los vivos te lanzo la rosa, estás muerto por causa de tercero, ya sabes un homicidio. A sí que ahora debes esperar.
-¿esperar que cosa?- Afrodita estaba derrotado, desesperanzado y triste. Todo se había acabado, y el solo recuerdo de una bella noche le alegraría la eternidad.
-que el amor de tu vida, haga la última jugada.
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Death miraba a Shion, quien trataba de hacerle comprender al italiano que solo él podía traer nuevamente el alma de su amante, desde el infierno. Pero parecía que el impacto había sido terrible.
Era como si el joven moreno no pudiera entenderlo. Le miraba con ojos vacios, opacos por la tristeza.
-No va a reaccionar.- Dohko sentado en un extremo miraba con pena el cuerpo bello de piscis, mientras en un acto reflejo, acariciaba los largos cabellos azulados.
-no seas tan negativo- murmuró molesto Shion- pareces un cuervo, con tu mal agüero, que no es necesario en este momento.
-no lo soy, es solo que reconozco esa mirada. Yo estaba así de perdido cuando tú moriste. Y lo entiendo. Y sé que es terrible, pues de él depende que Dita vuelva. Pero un corazón herido por la tristeza, es muy difícil de despertar. Es como tratar de descongelar al bloque mas helado del polo.
Shion miró lleno de amor a su chinito, que se había sonrojado con sus declaraciones.
Milo, un poco menos delicado y más desesperado, opto por darle un fuerte golpe en la cabeza al cangrejo, que tuvo la virtud de traerlo a la realidad, al menos, una parte de él, pero no lo suficiente para hacerlo estallar de rabia, como lo habría hecho momentos antes de entrar a esa habitación.
-Death- Shion miró al italiano- debes ir al Yomotsu. Afrodita esta allí. Solo tú puedes traerlo.
-no. No puedo. El se mató, está en el infierno, más allá de la entrada…
-sabes que Dita no es un cobarde- le respondió Shion- esta rosa no es de él. Lo mató otro caballero de piscis. Debes ir por él.
-aunque fuera verdad, su alma cruzo. Si yo no abrí el portal, su lama cayó dentro… no puedo hacer nada.
-¿y si yo te dijera que alguien abrió un portal del mas allá?...- Mask miró con una cara de asombro a Shion, que de no haber mediado un cadáver, habría causado la risa de los presentes.
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Dita se paseaba como león enjaulado. Por más que Manigoldo le repitiera hasta el cansancio que el tiempo transcurría distinto en la tierra que en el infierno, sentía temor.
Temor que nadie se diera cuenta de que él no era un suicida. Temor que Death no quisiera ir por él.
Tenía terror, a desaparecer como un recuerdo en el corazón del italiano y ser uno más en su cama.
Albafica, para animarlo, le propuso un combate, más que con fin entrenamiento, para que el muchacho canalizara y liberara todo el estrés y angustia que oprimía su pecho.
Y así estaban con los cuerpos sudorosos luego de horas de combates, en medio de un campo lleno de flores mortíferas, y un Manigoldo que hacia barra cuando se le antojaba a la vez que deshojaba las flores, cuando la imagen de cierto italiano se proyecto, entre ellos.
Afrodita dio un grito de alegría, que fue correspondido con una sonrisa llena de amor y esperanza.
Michelangelo lo abrazo y estrecho contra su pecho, como si temiera que la delicada figura de su amor fuera a desvanecerse, temía que fuera un sueño.
Afrodita le llenaba el rostro de tímidos besos, y acariciaba donde sus manos finas cayeran sobre el cuerpo robusto y tosco del canceriano. Perdidos en amorosas fraces y besos delicados, se miraban y vivian en su mundo especial.
Albafica y Manigoldo miraban, contentos, por que habían evitado un desenlace triste. Uno más de la lista. No estaban dispuestos a ver como siempre se condenaban a finales tan trágicos.
Suavemente el canceriano tomo la mano de Alba indicándole que era el fin.
Podrían por fin cruzar a los campos elíseos y descansar reunirse con sus compañeros, pues su misión estaba terminada y gritar su amor sabiendo que habían roto la maldición de las casas de agua. Por fin, nada los separaría. Tendrían eternidades para encontrarse y amarse, sin lagrimas de por medio.
00…00…00…00…00…00…00…00…00…00…00…00…00…
-Feliz cumpleaños, Afrodita…. Feliz cumpleaños a ti….- Death Mask, que prácticamente habitaba en la 12º casa, estaba de pie, al lado de la amplia cama que compartía cada noche con su amado.
Afrodita se removió, y sonriendo abrió sus ojos. Su amado cangrejo le traía una pequeña torta para dos personas, seguramente hecha con sus propias manos.
A diferencia de años anteriores, si habían logrado despertarlo con un saludo de cumpleaños.
Era increíble como la vida se les escapaba tan rápido. Un año, y parecían meses. Y es que los buenos momentos, las tardes de amor y locura y la sola compañía del otro, no les agotaban.
Es más. Según Shion, parecían un par de novios recién casados, irradiando amor y ternura a cada paso que daban. Y ambos se sentían halagados.
Desde que hubiera desaparecido el veneno del cuerpo de Afrodita, ambos jóvenes no descansaban ni un segundo, en demostrarse su amor. Casi como si temieran que todo fuera un sueño, y se fueran a despertar sin poder besarse otra vez.
Cosa que causaba la risa de sus compañeros, al nivel que Milo, un poco celoso que ya no fuera junto a Camus la pareja más fogosa del santuario, les había apodado los conejos.
Afrodita tomo la bandeja, y le indico a su Mascarita que se acostara a su lado, y comieran torta juntos, en la cama.
Estaba casi seguro que nadie lo iría a molestar temprano, pues todos en el santuario conocían al novio mal genio, mal educado, madrugador y temperamental que se gastaba. Bueno, todos menos el mismo Dita, que conocía que eso era una fachada y que en el fondo, estaba junto al chico más romántico y abnegado que el lugar conociera. Por eso beso los labios de su italiano, sin temor a envenenarlo. Repitiendo mil y una veces que le amaba, mientras se fundían en una cálida unión, que estaba destinada a seguir, más allá de la muerte.
FIN
