Cuando Roma ha desentrañado todos los misterios del bolígrafo, que implican romperlo hasta hacerlo pedazos y hacer un desastre con la tinta, se da cuenta de que ya no está dentro de la casa, ni en brazos del chico que habla latín o parecido. Salta al suelo, de brazos de Germania.

—¿No quieres más a Deutschland?

—Quid?

—Te has ido con él... ¿Sabes quién eres?

—Sic —responde y se va a las flores, levantándose la camisa y poniéndose a mear en ellas.

Germania no le hace mucho caso porque esto le parece muy normal. Romita se llena todo de tinta azul de arriba abajo, porque tiene las manos manchadas.

—¿Por qué me has traído aquí fuera? Quiero saber si Doislan va a venir a mi casa conmigo.

—Deutschland es novio de Italien.

—Ya no, me ha dado un beso de amor. Ahora me quiere a mí.

—Y... —vacila un poco y se sonroja—, si yo...

Romita le mira.

—Eres más... Es... —suspira—, ¿por qué te gusta tanto Deutschland?

El romano entrecierra los ojos mirándole y sonríe un poquito.

—Sólo pregunto —se sonroja más—. Pareces elegirle a él.

—Porque se parece a ti —suelta el muy manipulador. Germania parpadea.

—¿Y por qué le eliges a él entonces?

—A ti no te entiendo —se encoge de hombros—. Dices cosas raras y no me enseñas nada. Él me va a enseñar a hacer un rayo y seré como Júpiter.

—Tú eres... De mis tiempos —explica—. Eres lo ÚNICO de mis tiempos.

—Ves? Hablas como yo pero no sé de qué me hablas.

—Puedo contarte una historia —propone. El morenito levanta las cejas interesado ahora.

—¿Cuál?

—La tuya y la mía.

—Yo no te conozco.

—Es una historia en la que me conoces... Cuando seas mayor —explica tomándole de la cintura.

—¡Cuando sea mayor seré un gran explorador y lo sabré hacer todo! —exclama dejándose, que ya es raro.

—Vas a ser... Un imperio muy grande, el más grande y poderoso

—¿Y? —sonríe.

—Y un día vas a querer ser más grande e intentarás hacerte con parte de mis tierras, ahí es como nos conoceremos.

—Te estoy conociendo ahora.

—Eso veo... Pero no paso así en esta historia —le mira—. Te vas a convertir en el más molesto de todos y yo trataré de que me dejes en paz, pero no vas a hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque... —vacila nerviosito—, creo que voy a gustarte un poco.

—¿T-Tú a mí? —vacila porque esa no se la esperaba.

—¿Por qué te parece imposible? —levanta las cejas más sonrojado

—Porque... —se sonroja un poco y niega con la cabeza.

—Aja? —frunce el ceño.

—Porque a mí...

—A ti...?

Romita le mira y se lo piensa unos instantes.

—No, creo que no es imposible —gran sonrisa. Germania frunce más el ceño y el pequeño le mira desconsoladito.

—Claro que no es imposible.

Romita sonríe más y se acurruca un poco. Germania levanta las manos un poquito sin saber bien que hacer antes de darle unas palmaditas en la espalda y pensar que cosas hace Roma con sus hijos que puedan llegar a gustarle a él. ¡Él colgaba a Prusia de cabeza! y hablaba con Suiza y hasta a Austria le gusta.

Romita acaba por frotar la cara contra su pecho como un gato y el germano le toca un poco el pelo, con cuidado, mirándole con atención.

—¿Qué sabes de la gente del norte?

—Cosas... ¿no me vas a contar tu historia? —saca un poco la cabeza y le mira.

—Ja, sólo me preguntaba si... —sonríe levemente—. En mi historia hay dos reinos. Uno al norte, un reino fuerte grande e imponente y uno al sur... Desorganizado, bebedor y... Más o menos fuerte, que eres tú.

Roma frunce el ceño.

—Vaaaale, bastante fuerte —admite.

—¡Yo no soy bebedor y desordenado!

—Ah, no? ¿Eres ordenado? —sigue sonriendo.

—Sic! —le empuja un poco con las manos.

—Eh! Eh! No te enfades —no le permite separarle demasiado—. Dos reinos igual de fuertes.

—Jum... —se cruza de brazos.

—El reino del sur era listo y quería expandirse... de hecho, había ganado mucho territorio en no tanto tiempo... —sigue esperando que esta parte le haga más ilusión.

—¿Cómo?

—El reino del sur era... un gran conquistador.

Romita se mueve en sus brazos para incorporarse un poco.

—¡Pero cómo? ¿Cuáles territorios?

—Desde donde se mete el sol... hasta dónde está mi casa y hacia el norte... hasta mi casa.

Roma levanta las cejas impresionado porque eso es como... todo el mundo, aunque no tiene ni idea de dónde está su casa.

—Ese reino del sur es grande y poderoso, Rom. Podrás con todos... menos conmigo.

—¿Por qué no contigo?

—Porque yo soy listo y grande y fuerte también.

El pequeño se cruza de brazos y entrecierra los ojos.

—Sí, esa misma cara es la que vas a hacer —sonríe de lado.

—¿Y entonces qué?

—Entonces el reino del sur intentará una y otra vez invadir al poderoso reino del norte.

—¡Pero no me dices cómo! —protesta.

—De... todas las maneras po... —carraspea pensando que este niño es muy pequeño—. Ehm... ¿has oído hablar del abrazo especial?

—Non...

—Es... eso que hacen los... —se sonroja más aún, ni crean que no está sonrojado. Aprieta los ojos sin poder creer que esté hablando de ESTO con Roma... la persona que le enseñó a hacerlo—, ¿eso que hacen los adultos en la intimidad?

—¿Te refieres al sexo? —inclina la cabeza. Levantamiento de cejas hasta la estratósfera, hasta tos le da al sajón—. ¿No? Entonces no sé... ¿los besos? —se lo piensa—. No sé de ningún abrazo especial...

—Nein, nein... gott... ¿¡sabes del sexo?!

—¿Tú no? —levanta las cejas ahora. Se sonroja más porque él no sabía cuándo era ya un... joven, ¡y este niño!

—¡Pero eres muy pequeño!

—Pero muy listo —sonríe orgulloso.

—¡Pero como vas a saber del sexo a esta edad!

Roma parpadea y le mira sin saber qué está mal.

—Pues es muy fácil, ¿por qué no?

—¿Q-Qué es lo que... Sabes? Nein, espera.

Romita se ríe del agobio que lleva el germano.

—¡No te burles de mi desde este tamaño! —protesta apretando los ojos.

—Pues es que te da vergüenza y estás todo de color rojoooo —se incorpora un poco para pincharle la mejilla con el dedo.

—¡No me da vergüenza! ¡Y no estoy rojo! —tsundere tsundere, chillido. El pequeño levanta las cejas encontrando esto muy divertido.

—¡Pero si te estoy viendo!

—¡No es verdaaad! Estoy normal, sólo tú eres... Eres…

Roma sonríe esperando a que le diga, ilusionado.

—Molesto —protesta en ese tono de siempre tsunderetsundere y el chiquillo parpadea y se le borra un poco la sonrisa porque eso no es tan bonito y aun es pequeño y no entiende del todo el asunto.

Germania le mira y vacila porque esto no funciona así habitualmente, evidentemente Roma no se cree nunca esas declaraciones. Se sonroja aún más si es posible solo con la idea de tener que decirle la verdad porque es pequeño.

—¿Entonces por qué tienes sexo conmigo? —pregunta.

—Waaaas?! —porodindelcielocomosabequetengosexoconELsisolohablabamosdesexoengeneralnojuntos!

—Sexo, ¿por qué lo haces conmigo si soy tan molesto? —insiste.

—Y-yo-yo... yo no... yo... yo no dije... q-que... —balbucea tremendamente nervioso

—Has dicho que así es como intentaba conquistarte... —explica y luego se lo piensa un segundo—. ¿El sexo sirve para eso?

—Espera, espera... —va demasiado rápido este niño de acuerdo a Germania, realmente no querría decirle que sí. Vacila mirándole unos instantes incómodos sin saber qué hacer con él, separándole un poco para mirarle a la cara.

Romita sonríe.

—Qué le digo a... un niño... como tú... —susurra en alemán.

—¡Eso es que sí! ¡No lo había pensado! ¡Tengo que pedirle a Helena que me enseñe a hacerlo bien!

—Vas a aprender a hacerlo muy bien... —susurra acercándole a él y abrazándole un poco—, vas a traerles locos a todos y voy a odiarte por ello.

—¿De veras? —ilusionado. Germania suspira.

—Vas a ser mejor de lo que crees, mejor de lo que todos quisiéramos y va a costar mucho trabajo sobrevivir a tu alrededor.

El pequeño sonríe hinchándose un poco.

—¡Ah! ¡Y por eso te gusto y todos me quieren!

—¡No me gustas! —otra vez tsundere, muy nervioso con esta conversación—, y ya podrías... ir por otro camino y elegir a alguien —protesta pensando que en realidad, eso no funcionará y no hay otra opción más allá que las cosas como han pasado o las cosas como le convendrían a él, que sería con Roma débil y el yendo a conquistarle... todo lo que pasa en un espacio y tiempo ajeno a lo que pasa ahora que no sabe ni cuando es ni cómo llegaron a estos tiempos. Por una vez se plantea que el mundo sin Roma es un lugar bastante extraño.

—Pero... tú has dicho... —corasónpartío' Los ojos azules le miran fijamente de reojo, con el ceño fruncidito y sonrojado además.

—Siempre digo que no me gustas, aun cuando... en algún supuesto caso... pudieras... quizás... gustarme un poco.

—Antes has dicho que sí te gustaba.

El mayor le mira con su cara de palo otra vez.

—Y has dicho que tendré sexo contigoooo y lo haré muy bieeeeen —canturrea.

—Me g... —se detiene y levanta las cejas, y se sonroja más aún, apretando los ojos—. Rooom! No he dicho que... no vas a... ugh ¡No vamos a tener sexo! —otra vez ese chillido

Vacila un instante mordiéndose el labio y sonrojándose un poquito... le escala por encima. Germania levanta una ceja y le deja escalar.

—¿A dónde vas?

Romita se le acerca y le da un beso en los labios como a Alemania. Germania abre los ojos, levanta las cejas y le mira, él sí sin tener idea de cómo reaccionar y como no se mueve el pequeño entreabre un poquito los labios, cerrando los ojos.

Algo, muy lejos en el subconsciente de Germania le dice que esto no está PARA NADA bien... y es una completa locura incorrecta y malmalmalmal. Aun así, sigue PETRIFICADO sin quitarle.

El pequeño romano se aguanta con fuerza tomándole el labio para abrírselos sin mucha habilidad. Germania cierra los ojos y hace un solo movimiento fluido y rápido, entreabriendo los labios, capturando los del romano por un instante en un beso de VERDAD, como el que le daría a Roma de adulto (sin lengua .), antes de echar la cabeza atrás, separándose y abriendo los ojos otra vez con expresión indescifrable. Germania... acabas de besar a un NIÑO.

Roma parpadea y SONRÍE.

—P.. ah... pwhahdin... —balbucea intentando decir "Por Odin"

—¡Me has besado!

—N-Nein —balbuceo nerviosohistéricolocoperdido

—¡Sic! ¡Estaba yo poniendo los labios así y tú has hecho así y me has dado un beso de amor de verdad! —tan emocionado.

—Nein! Yo... Tú estabas... Y yo... Nein —teeeenso.

—Iiiiiih! —chilla muy contento dando saltitos sin escucharle mucho.

—Rom! ¡Deja de decirlo! ¡Yo no te bese, eres un NIÑO!

—¡Sí lo has hecho! ¡Tengo que contarle a Helena! —se lleva las manos a los labios, súper feliz.

—Helena va a estar maravillada —aprieta los ojos

—Eh?

—Rom, estas pequeñito deja de pensar en besos. ¡No debiste besarme!

—¿Por qué no? ¡Si te gusto y te gustan mis besos!

—¡Pero eres pequeñito! Cuando crezcas... Será otra cosa.

—Y qué que sea pequeñito, no lo soy tanto, mira ¡y ya sé dar besos!

—No sabes dar... —se calla, porque lo sabe tanto que consiguió que se lo devolviera.

Romita se ríe.

—¿Ves? Así es como pasaremos toda la vida —se queja pellizcándose el puente de la nariz.

—¡Me gusta!

—Claro que te gusta, lo haces a propósito.

—¡Lo hago porque me gusta! —se ríe—. Pero... —vacila un instante y se sonroja un poco.

Le mira suponiendo que lo que piensa es que le gusta también Alemania... y Italia... y Helena.

—Si estoy contigo... ¿qué pasa con Helena? Ella me enseñó a dar los besos y no se los ha enseñado a nadie más.

Germania le mira y frunce un poco el ceño, porque... esta parte es compleja.

—¿Está ella con nosotros en tú historia o es que ella no existe?

—Sí existe. Existe ella y existen otras personas que, como Deutschland, van a gustarte mucho —murmura—. Van a gustarte todos.

—A mí no me gustan todos —niega con la cabeza.

—Pues van a gustarte... —insiste—. Todos. Y todos, TODOS van a quererte y van a querer estar contigo y a todos nos —ejem— les va a enfadar que a ti te gusten todos los demás.

Roma parpadea y le mira fijamente absorbiendo eso. Sonríe.

—Pero a mí no me gustan los demás, me gustas tú.

—Sí, no creas que no te conozco. Eso mismo le dirás a Helena y a Deutschland y a Egipto y a absolutamente todo el mundo —asegura.

El pequeño se sonroja, un poco atrapado. Germania inclina un poco la cabeza y le mira fijamente antes de fruncir un poco el ceño y suspirar, negando con la cabeza para sí. Ya debía haber aprendido la lección, no tenía caso intentar retenerle o hacerle suyo... Roma era así desde que era un crío, era absurdo esperar que las cosas fueran diferentes. Le baja de sus brazos poniéndole en el suelo un poco abrumado.

—Pero... ¿quién será especial entonces? —pregunta mirando hacia arriba.

—Vas a adquirir la habilidad de hacer sentir especial a todo el mundo —responde poniéndole una mano en la mejilla pensando en las veces que le ha dicho que es ÉL el especial.

—Non, non, para mí. ¿Quién va a ser especial? ¡Todos no pueden! Mi corazón explotaría.

La tentación de decir "yo" es... enorme. Le mira con sus grandes ojos miel, curioso. Germania entrecierra los ojos.

—Yo creo... que tú lo sabes. Tú siempre sabes esas cosas.

—¡Yo no sé quiénes son todos, casi no te conozco a ti! —salta—. Además... —se queda callado y aparta la mirada pensando que si él les hace sentir especiales a todos, el germano creerá ser él y no puede saber si no es así.

—¿Además?

Él le mira y niega volviendo a sonreír.

—¡Todos van a quererme! ¡Eso es muy bueno! ¡Siempre le digo a Helena que lo haré!

Germania se humedece los labios y suspira mirando a la puerta... ¿no será que pueden llegar los demás y llevarse a esta versión de Roma que está TAN feliz por esas cosas que tanto le complican y le fastidian a él?

—Ja, todos van a quererte —asegura a regañadientes.

—¡Y seré el más bueno en el sexo! Siempre veo a los perros hacerlo en la calle y he visto a Helena desnuda muchas veces —se sonroja un poquito—. Y es muy bonita, pero no quiere explicarme aun, aunque yo sé que la gente se da besos en el pene...

—Was?! —ok, hemos recuperado la atención de Germania, sonrojándolo un montón.

—En el pene —le mira y levanta la manita con clara de intención de ponerla sobre el lugar exacto de Germania, que da un saltito.

—¡Sí sé qué es el pene!

Sonríe de esa forma peligrosa que hacen a Germania dar un pasito atrás.

—Espera... —cae de repente en la cuenta y le mira de arriba abajo.

—Was?

—¿Tú eres un... niño o una niña? —entrecierra los ojos.

—Was? ¡Claro que soy niño!

—Oh! ¡Helena me ha contado de eso pero sí que no sé cómo se hace! —se le acerca y se le abraza de la pierna—. ¿Me enseñas?

—¡¿Te enseño qué?! No voy a enseñarte mi... —se detiene—. Rom!

El romano le escala por encima.

—Nein, nein... tú eres pequeño para estas coas deberías estar pensando en espadas y como matar un... oso.

—¿Qué es un oso?

—Un animal grande y peludo.

—Ah, ¡yo puedo matar a uno!

—¿Puedes?

—¿Tú no? —sonríe.

—Ja, claro que puedo —le mira agradecido del cambio de tema.

—¡Pero no me estás respondiendo a mis preguntas!

—¿Cuáles preguntas? Te dije que si podía matar al oso y que era un animal grande y peludo.

—No eso, quiero que me expliques como tienen sexo dos niños.

—W-Was?! ¡Los niños no tienen... nein! ¡No te voy a explicar eso! —aprieta los ojos poniéndose en cuclillas y sentándose en el suelo al fin, porque creo que ha estado paseando con el niño todo el tiempo.

Roma, que había vuelto a escalarle hasta los hombros salta al suelo entre sus piernas.

—¿Y cómo voy a aprender si no?

—Cuando seas grande y... —inclina la cabeza —, en realidad no tengo idea de quien fue el primer hombre con el que...

—¿No fuiste tú? —inclina la cabeza. Germania se sonroja y se acuesta en el suelo, tapándose la cara con un brazo.

—No creo.

El niño se le sube encima y se le sienta sobre el pecho.

—¿Por qué no?

—Parecías saber bien lo que... —empieza a responder y luego nota qué carambas es lo que está respondiendo—. Rooom!

Romita sonríe.

—Pero quiero sabeeer —salta un poco.

—¿Qué quieres saber? Eres pequeño para saber esas cosas, ¡nunca les expliqué a mis hijos!

—¿Por qué no? —se estira sobre él con la cabecita en su pecho, buscándole el corazón.

—¡Porque no! Porque... no, no es algo que un niño deba saber —responde abrazándolo un poco instintivamente de la espalda como haría con cualquiera de sus vastaguitos.

—¿Por qué no? —sonríe cuando nota que le abraza.

—Porque son cosas de grandes, Rom... Ya te enterarás más tarde y créeme, luego vas a enseñarle a todo el mundo.

—¿Por qué?

—Porque va a gustarte hacerlo.

—Non, que por qué son cosas de grandes.

—Porque... es algo que tú no puedes hacer.

—¿Por qué no?

—Porque eres pequeñito, los niños pequeñitos aún no... Tienen sus partes completas para hacer eso que hacemos los grandes.

—¿Por qué?

—Porque haces muchas preguntas.

El romano levanta la cabeza y le mira.

—Entre más veces preguntes por qué, menos pronto podrás hacer el abrazo especial... sexo, como lo llames —sonríe un poco de lado y le mira de reojo. El romano frunce el ceño y consigue que suelte una risa de esas de Germania.

—¡Es mentira! —chilla.

—¿Por qué dices que lo es?

—Hago una cosa parecida… —se sonroja un poco— que da gustito.

—Quien te viera, Romita... toqueteándote cuando no levantas ni un palmo del suelo.

—Aaaah! —se hace bolita contra su cuello. Germania se ríe un poco abrazándole y acariciándole la espalda.

—Te saldrán pelos en las manos...

Se mira las manos dentro de su bolita. Germania sonríe con esto recordando a Prusia. Le despeina un poco.

—No me salen y entonces tu tendrías también —se va a mirar sus manos.

—Yo?! Yo no hago esas cosas —le muestra la palma de su mano.

—Haces peores, tienes sexo con... —de repente se detiene

—No ten... —se detiene al ver que se calla.

—¿Cómo sabes cómo seré de grande?

—Porque... —vacila—, yo... te conozco de grande.

—Pero no soy grande

—Lo eras.

—Lo seré

Germania suspira porque ni siquiera él lo entiende bien.

—Tú eras grande como yo la última vez que te vi.

—Eso no... Tiene sentido —niega con la cabeza.

—No lo tiene —le acaricia un poco la espalda, con bastante suavidad, más o menos como se la acariciaría a Austria—, y no sé cómo hacer que vuelvas a ser grande.

—Pues lo seré. Explícame el sexo.

El sajón levanta un poco la cabeza para mirarle.

—¿Qué me das a cambio? —pregunta sorprendentemente. Roma levanta las cejas.

—¿Besos? —sonrisa.

—Nein, no vas a darme besos —aprieta los ojos y recuesta la cabeza sobre el piso otra vez.

—¿Por qué no? —pregunta.

—Porque eres un niño, Rom.

—¿Y?

—Cuando seas un adulto te daré besos —asegura... y se sonroja.

El pequeño se le acerca y le da uno en el momento en que Prusia asoma por la puerta del jardín. Y Germania aprieta los ojos dejándole sin responder, un par de segundos antes de tomarle de los hombros y levantarle a todoo lo que dan sus brazos.

Prusia carraspea, Roma se ríe y Germania se mete tal susto que Roma se le cae encima.


Aaay, Germania... cuánta fuerza vas a necesitar para salir entero de esto...