Actualización (revisión de ortografía): 9 de Julio del 2005

N/A: Hola! Por fin os subo el primer capitulo de este fic. Tenía muchísimas ganas de escribirlo. Cada vez me gusta más el personaje de Bellatrix! Así que aki estoy! Weno, creo que os diré lo tipiko que decimos siempre los autores, no? Espero que os guste, dejarme reviews (muxos muxos reviews) contándome que os parece y eso. Me he propuesto que con mis fics de Bellatrix cambies la opinión de odio profundo que mucha gente siente hacia ella (todo el mundo sabe porque… ¬¬) xq, en fin, creo que es un personaje muy interesante. Espero que cuando acabéis este fic, que por cierto, tendrá 45 capítulos, hayáis cambiado esa opinión Ese es mi reto! Y para conseguirlo cuanto antes, empezad a leer ya plis! J. Distte

¡R&R!

Fecha del primer capitulo expuesto: Semana Santa del 2004.

CAPÍTULO I

LA FAMILIA ES LO PRIMERO

Antes de que los primeros rayos de sol entraran por la ventana, que ya tenía las cortinas corridas, la muchacha que ocupaba la habitación ya se había despertado.

Salió por la puerta con paso calmado, recogiéndose el pelo en una coleta hecha apresuradamente, de modo que dejaba caer los mechones de pelo liso con libertad por su rostro.

Bellatrix, releyendo por milésima vez el pergamino que había recibido el día anterior, dirigió sus pasos inconscientemente hasta la cocina, donde tomaría el desayuno, aunque no estaba especialmente hambrienta. A su pesar, seguía dando vueltas en la cabeza al sueño que había tenido y que la había mantenido en vela gran parte de la noche.

Recordaba vívidamente todo lo ocurrido ese día. Y, por supuesto, todo lo que había acontecido después. Recordaba el motivo y la pelea que había supuesto la separación con su mejor amigo, además de su primo. En otro tiempo, hubiera jurado ante el mismo Wizengamot que esa relación perduraría para siempre. Se sentía como una tonta al ver que se había equivocado.

Al entrar en la cocina –que ella esperaba encontrar vacía por la hora que era– descubrió que, al parecer, había algo que a su primo tampoco le dejaba dormir. Las ojeras debajo de sus llameantes ojos azules declaraban a voz en grito que no había pegado ojo.

La entrada de Bellatrix en la cocina no perturbó a Sirius más de lo que asombró a ésta esa aparente muestra de indiferencia. El chico siguió dando vueltas con una cucharilla de plata a la leche que contenía su tazón, cansinamente, sin ningún asomo de querer bebérsela.

Bellatrix alcanzó una taza de un armario cercano y se sentó al lado de su primo, mirándolo con atención. Al final, en vista de que Sirius no diría ni haría nada, preguntó, con malicia e incitación en el tono de voz:

- ¿No me vas a saludar?

La única respuesta que obtuvo de él fue un gruñido y un movimiento de incomodidad en la silla, que, rápidamente, fue ocultado por una máscara impenetrable.

- Por lo menos podrías mirarme a los ojos –susurró, llevándose la taza a la boca y mojándose apenas los labios-. ¿O tampoco te atreves a hacer eso?

La silla cayó al suelo al levantarse Sirius de ésta con precipitación. La mesa se desplazó violentamente por el empujón del muchacho y Bellatrix sintió el líquido oscuro y caliente resbalar por sus manos, que sujetaban todavía con firmeza la taza, pero no movió ni un músculo.

Escuchó sus pasos firmes salir de la sala y perderse por las escaleras que subían al primer piso.

Al levantar la vista, Bellatrix vio que la taza de Sirius había caído al suelo y se había hecho añicos, derramando todo su contenido.

Con asco, aunque no precisamente por la taza, musitó entre dientes, casi escupiendo la palabra.

- Cobarde.

Y se quedó allí quieta, de pie, sin mirar a ninguna parte. Sólo pensando. ¿Por qué le había salido aquella palabra? Cobarde. Conocía demasiado bien a Sirius para saber que precisamente la cobardía no era lo que le impedía hablar con ella. ¿Entonces por qué? Prefería que le gritara a la cara todo lo que pensaba de ella, todo el aborrecimiento, el odio que sentía por ella, antes que ese silencio, esa fría indiferencia. ¿Es qué no se daba cuenta de que ese maldito silencio era lo que más la torturaba? Ver que pasaba a su lado sin ni siquiera mirarla, y ya ni decir hablarla. Ver que cuando ella entraba en una habitación, él salía, sin cruzar una mirada. ¡Lo odiaba! Y eso era lo que mas furiosa le ponía. ¿Por qué tenía que importarle tanto lo que él pensase? Y por amor de Dios ¿qué era lo que pensaba?

Bellatrix escuchaba los continuos y sonoros latidos de su corazón en los oídos, retumbando. Sentía el típico agarrotamiento del estómago antes de un ataque de furia.

¡Al infierno con él! Que se pudriera en sus entrañas. ¡A ella no le importaba! Porque lo odiaba, lo odiaba…

Vanas palabras que no conseguían convencerla. Tal vez fuera verdad en cierto modo, tal vez si que lo odiaba un poco… pero no como ella quería.

Agarró la taza medio vacía que todavía seguía en la mesa y, en un arrebato de furia incontrolada, la lanzó contra la pared. Los añicos que quedaron de la taza cayeron al suelo con estrépito.

El ruido pareció despertarla del trance en el que había estado. Parpadeó repetidas veces, mirando fijamente la mancha que había aparecido en la pared. Se sentía tan sola. Sentía el alma vacía.

- ¡Kreacher, ven a limpiar este maldito estropicio!

Y con paso airado salió de la cocina, dispuesta a encerrarse en su habitación el resto de la mañana. Tenía que poner algo de orden en su cabeza.

Se cruzó con el feo elfo doméstico por el pasillo que hizo una ligera reverencia.

- ¿Deseaba algo, señorita?

- Cállate –masculló entre dientes.

Minutos después, al encontrarse sola en su habitación, toda la frustración e ira que había sentido se desvanecieron por completo, dando paso a una fría determinación.

Los acontecimientos de aquella mañana se agolparon en su cabeza. Las escenas pasaban una y otra vez por su mente, sin detenerse.

Sabía que Sirius se había ido de la casa, o bien a dar vueltas sin rumbo fijo o con Potter, y que no lo volvería a ver hasta la hora de la cena. O tal vez incluso se quedaba a dormir en casa de su amigo. Llevaba así todo el verano, entrando y saliendo sin decir nada, y Bellatrix dudaba mucho que justo al final de las vacaciones cambiara esa costumbre. En cualquier caso, no debía preocuparse por eso. Sabía que él odiaba a toda la familia y que intentaría pasar el máximo tiempo posible alejado de la casa que, a decir verdad, ella tampoco llamaba hogar.

Desde que podía recordar había vivido en aquella lúgubre casa que concordaba perfectamente con la personalidad de los dueños. La madre de Sirius, esa mujer tan hermosa, pero tan mentirosa, cruel y traicionera. Esa a la que Sirius odiaba, y a la que ella admiraba por su fortaleza y voluntad. También estaba su padre, al que muy pocas veces había visto, siempre entre sombras y en mitad de la noche. Estaba siempre fuera, aparentemente por negocios, y no había intercambiado ni con Bellatrix ni con los demás dos palabras seguidas. Envuelto en ese halo de misterio, Bellatrix evitaba pensar en él.

Pero sus pensamientos volvieron a la razón por la cual vivía allí. La verdad es que no lo sabía con exactitud. A veces había preguntado, pero las respuestas habían sido tan vagas que había desistido. Según decía la madre de Sirius, sus padres viajaban mucho, y no podían atenderla como era debido. Así que ellos la habían acogido, y en vista del poco afecto que demostraban hacia todo, Bellatrix suponía que una buena suma de dinero los había convencido. Sus hermanas, Narcissa y Andrómeda, habían corrido la misma suerte, yendo a parar a casas de amigos o familiares. Hacía bastante tiempo que no las veía, ya que la única ocasión en la que se reunían era por Navidad. No se podía decir que mantuvieran una relación muy fraternal. En fin, que el resultado de todo esto era que no sentía ningún aprecio ni por sus padres –a los que no había visto en años– ni por los de Sirius. Al parecer, en algo sí que coincidía con su primo: ninguno de los dos tenía familia.

De todas maneras, dentro de dos días abandonaría esa casa y todo lo que la rodeaba para irse a Durmstrang. El pergamino que había estado leyendo –y que recordó haberse dejado en la cocina– era la carta de admisión y los materiales que necesitaría. Había recibido la carta el 30 de Agosto, el día de su cumpleaños. Y, sinceramente, estaba impaciente por largarse de allí.

Lo que mas le dolía –aunque no quisiese admitirlo– era que estaría alejada de Sirius un curso entero. Por mucho que él la odiase y que se fuese de casa todos los días para no estar cerca de ella, lo cierto era que nunca habían estado mucho tiempo separados. Tenía por seguro que no se verían en Navidad, ya que él no vendría voluntariamente a la casa teniendo un lugar como Hogwarts para vivir.

Y esa era otra pregunta que le rondaba por la cabeza. ¿Por qué sus padres habían decidido mandarla a Durmstrang teniendo Hogwarts mucho más cerca? Bellatrix suponía que era por el asunto de la limpieza de Sangre, ya que Durmstrang, a lo largo de los siglos, solo había admitido alumnos de Sangre Limpia. Pero entonces ¿por qué, conociendo a la familia Black, y sabiendo que ésta era una de las familias más antiguas y puras en cuanto a la limpieza de Sangre, no enviaba la señora Black a sus hijos a Durmstrang? Sirius iría a Hogwarts, eso estaba claro. Y Bellatrix suponía que Regulus, hermano de Sirius y dos años menor que éste, también lo haría cuando le llegase el turno.

Bellatrix se repitió mentalmente que tenía olvidarse de todo eso, que ya nada importaba excepto que iría a comprar sus materiales y que empezaría una vida nueva, más emocionante y en nada parecida a la que vivía a diario y que la tenía ya hastiada.

Unos toques con nudillos huesudos en la puerta despertaron a Bellatrix de su meditación. Miró fijamente a la puerta, que se abrió con lentitud. Por el hueco abierto apareció una cabeza grande y verde, con dos grandes ojos saltones que miraban asustados a la muchacha.

Bellatrix supo que el elfo todavía tenía miedo por su respuesta de antes. Ya había experimentado más de una vez la furia de la joven y sabía que si ésta decidía pegarlo, él no podría abrir la boca.

- El ama manda llamarla. Dice que baje, que es urgente.

En cuanto hubo entregado el mensaje, salió prácticamente corriendo. Bellatrix se sonrió y se levantó. Sacudió un poco el pie, que se le había quedado dormido. Y, de pronto, como si antes no hubiera sido consciente, se dio cuenta del calor que hacía en la habitación. Abrió la ventana de par en par y la dejo así, sin preocuparse por cerrarla una vez hubo salido de la habitación. Si llovía ya le echaría la culpa a Kreacher por haberse dejado la ventana abierta.

Bajó la escalera mientras se soltaba el pelo, que ya le pasaba los hombros. Apresuró el paso al oír gritos. Una vez en el hall, comprobó que eran de su tía, que sin saludarla, siguió dando instrucciones.

- Kreacher, baja el tapiz de la familia. Lo necesitamos para Bellatrix –luego se giró hacia ésta, como si reparara por primera vez en su presencia-. ¿Tienes la lista de materiales? Nos vamos ahora mismo.

- Está en la cocina.

- Tráela también, Kreacher. ¡Y date prisa!

Cansada de los alaridos de su tía, Bellatrix salió de la casa dando un portazo. Se detuvo un momento, hasta que sus ojos se acostumbraron a la cegadora luz del sol. Luego bajó las escalerillas que conducían a la entrada y se sentó en el último escalón.

No lograba comprender como Kreacher podía adorar a la señora Black de esa manera. Obedecía todo –como, por otra parte, corresponde a cualquier elfo doméstico–, pero lo hacía con complacencia, con orgullo de que su ama lo necesitara tanto. Bellatrix también admiraba a su tía, pero a veces se cansaba de ella, y simplemente se iba. Podía llegar a ser muy fastidiosa.

Se oyó una especie de rugido en el interior y la mujer, vestida con elegancia, salió de la casa, visiblemente enfadada. Bellatrix no sentía ningún interés en hablar con ella en ese momento –seguía dándole vueltas a lo que había pensado en la habitación–, pero no pudo evadirse cuando su tía se dirigió directamente a ella.

- ¿Dónde se ha metido tu primo?

- No voy vigilando sus pasos.

Bellatrix contestó con una indiferencia y una altivez que enfadaron sobremanera a su tía.

- ¡Mírame cuando te hablo, niña estúpida! –gritó cogiendo por el brazo a Bellatrix y zarandeándola. Ésta, que empezaba a enfadarse, se soltó, retrocediendo y mirando con desprecio a su tía.

- No me toques –susurró con voz peligrosa, aunque sabía que nada podía hacer contra una maga plenamente cualificada.

La mujer se quedó parada, mirando con ojos desorbitados por el enfado a la muchacha que tenía delante, como si la viera por primera vez.

Bellatrix sentía como la respiración se le aceleraba por momentos e, incapaz de controlarse, estalló.

- ¡Tú deberías saber dónde está! Para algo es tu hijo.

Nunca antes había hablado de esa manera a un adulto, y menos a un familiar suyo. Ni siquiera estaba enfadada con ella –excepto por haberla cogido del brazo-, pero necesitaba descargar su frustración en alguien.

- ¡Ese maldito crío nunca ha sido hijo mío! –se defendió ella, alzando la voz también.

- No hace falta que discutáis más. Ya he llegado.

Una voz nueva, fría y calmada interrumpió la conversación. Bellatrix y su tía se quedaron calladas, mirando fijamente a Sirius, que acababa de llegar y devolvía la mirada con absoluta indiferencia.

Bellatrix ni siquiera se acordaba de lo que habían estado discutiendo. Pero al ver la vena del cuello de la señora Black, que latía aceleradamente, supo que lo que iba a pasar a continuación no iba a ser bueno.

Y en efecto, así fue. La señora Black se acercó con paso ligero y confiado hasta ponerse delante de su hijo. Acto seguido, levantó una mano y le dio tal bofetada que lo tiró al suelo.

Al ver a Sirius caer al suelo, Bellatrix soltó un grito, llevándose la mano a la boca, pero no se movió del sitio. Estaba paralizaba. Sólo pudo ver como Sirius miraba con desprecio a su madre, sin hacer ni una sola mueca de dolor. Escupió un poco de sangre al suelo y con el odio inyectado en los ojos, dijo con voz clara.

- Tienes razón. Yo nunca he sido tu hijo.

La señora Black, con la barbilla bien alta, entró en casa, no sin antes murmurar un peligroso "moveos".

Bellatrix miró a Sirius, que se intentaba levantar con dificultad. Tenía el labio partido y pequeñas gotas de sangre resbalaban por su barbilla, manchándole la túnica.

Sus ojos coincidieron, y era tal la furia que despedían los ojos de su primo, que Bellatrix no pudo aguantar su mirada. Bajó la cabeza y entró en la casa, dejando a Sirius tirado en el césped. Éste, al verse solo, se derrumbó. Sus ojos azules se inundaron de confusión.

¿Por qué había gritado Bellatrix?

OoOoOoOoOoOoO

Al decir en voz alta el nombre del Callejón Diagon, Bellatrix notó la conocida sensación de celeridad e incomodidad que sentía cada vez que usaba la Red de Chimeneas.

Cayó de pie, y, después de limpiarse un poco el polvo de su túnica, miró a su alrededor. La calle principal estaba concurrida, como era lógico sabiendo que el colegio empezaría en dos días. Los alumnos hacían las compras de última hora que Bellatrix siempre había odiado, y que ahora ella se veía obligada a hacer.

- Vamos, Bellatrix –ordenó su tía con una voz que no admitía replica, después de ver que Sirius había salido también de la chimenea–. Aquí tienes la lista de materiales.

Bellatrix cogió el pergamino que le tendía su tía y, después de echarle un vistazo rápido para recordar lo que tenía que comprar, lo guardo en un bolsillo de su túnica.

- ¿Puedes darme el dinero?

La pregunta de Sirius detuvo a su madre en seco. Se giró despacio y se quedó mirándolo fijamente, considerando su propuesta

- Prefiero comprar solo –añadió con resolución, sin bajar ni un solo momento la vista.

Sin decir palabra, la señora Black le tendió una bolsita de cuero. Parecía que ella había decidido también que no quería verlo.

- Gracias –murmuró Sirius despectivamente, y, con una breve mirada de odio a ambas, se marchó en dirección a la tienda de Quidditch, donde, pensó Bellatrix, se encontraría seguro con Potter.

- Este mocoso… Regulus nunca se ha comportado así –farfulló la señora Black. Bellatrix la miró, acostumbrada ya a estas comparaciones, y, al sentirse observada, la mujer echó a andar hacia la tienda de Ollivander.

Bellatrix había pensado frecuentemente que era ridículo comparar a Sirius con su hermano, puesto que no se parecían en nada. Era cierto que éste era más pequeño, pero Sirius siempre había tenido las ideas claras. Lástima que esas ideas estuvieran equivocadas. Esa afición que había empezado a demostrar Sirius por hacer amistad con los muggles y Sangres Sucia era, desde el punto de vista de Bellatrix, humillante para un Black. Y su tía también pensaba así. El caso es que, a pesar de eso, Sirius tenía una gran inteligencia. Por el contrario, Regulus era un crío sin neuronas que sólo se dedicaba a imitar a su madre y hacer lo que ésta le dijera, y claro, ella lo adoraba.

Se detuvieron ante una tienda pequeña y oscura, con un cartel sobre la puerta que proclamaba el nombre del local: Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.

Al entrar, Bellatrix sintió el ambiente antiguo que reinaba allí. Aspiró un poco de polvo y estornudó, rompiendo el casi sagrado silencio. De pronto, detrás de una estantería apareció un hombre enjuto, de ojos saltones y pálidos, que las saludó con voz afable.

- Mmm… otro miembro de la casa Black por lo que veo. Acaba de estar aquí tu primo. 34 centímetros de largo, de arce. Una varita rebelde… pero poderosa, muy poderosa si se la maneja bien.

Mientras un metro volador le tomaba medidas, Bellatrix escuchaba boquiabierta al excéntrico anciano que seguía hablando sobre las varitas de muchos de los miembros de su familia, algunos de hacia decenas de años. ¿Recordaba este hombre cada varita que había vendido?

- Sí, pequeña.

La boca de Bellatrix se abrió un poco más, pero, al darse cuenta, la cerró de inmediato. Giró la cabeza para mirar a su tía y descubrió sorprendida que se había ido, dejándola sola. No le preocupó y se olvidó con rapidez de ella. En cambio, no pudo olvidar la sensación de que el anciano le acababa de contestar a una pregunta que ella se había estado haciendo en la mente. ¡En la mente! Y la experiencia no le había gustado nada. Se dio cuenta de que si podía leer eso, podría también leer más cosas.

- Prueba ésta –murmuró tendiéndole con una sonrisa benevolente una de las muchas varitas que había.

Bellatrix sintió un remolino que el estómago que no se había esperado, y sonrió vacilante.

- Hum… hacia mucho que no encontraba a la primera la varita correspondiente. Y es una buena varita, no lo dudes. 26 centímetros y medio, flexible y con un núcleo de polvo de escamas de dragón. La madera es de ébano, por eso coge ese extraño color grisáceo en la capa superior.

- Ya.

Bellatrix dio la varita a Ollivander para que la guardara en su caja y se la cobrara. Salió minutos después con una bolsa negra donde llevaba la varita y una serie de abrillantadores para el mantenimiento de ésta.

En el concurrido callejón la esperaba su tía con varias bolsas que, según le contó después, contenían todos los útiles que necesitaría en Durmstrang, como plumas, tinta, guantes protectores o la balanza.

- Iremos primero a por las túnicas y luego irás tú sola a por los libros. Yo te esperaré en la entrada al callejón Knockturn.

Bellatrix, que seguía a su tía escuchándola atentamente, se detuvo en seco.

- ¿Voy a entrar en el callejón?

- Por supuesto. ¿Qué te creías? –dijo desdeñosamente. Luego se paró también y miró a Bellatrix con esos ojos marrones salpicados de motitas verdosas-. ¿O no quieres entrar?

- No… digo, sí, claro que quiero entrar.

- Entonces ¿para qué preguntas? –añadió entrando en la tienda de Madame Malkin, de donde, media hora más tarde, salían cargadas de bolsas que la señora Black se apresuró a empequeñecer.

- Pesaban demasiado –apuntó–. Ahora tengo que hacer cosas. Ve a comprar los libros y luego nos vemos. Y si ves a Sirius dile que tiene que venir.

Bellatrix suspiró. Aunque encontrara a Sirius, cosa poco probable entre tanto gentío, dudaba que él quisiera acompañarla a un callejón dedicado enteramente a las Artes Oscuras.

Apartando esos pensamientos, entró en Flourish y Blotts. Al ver a todos los dependientes ocupados, se dedicó a dar vueltas por la tienda, mirando sin interés los libros que llegaban hasta el techo. Vio varios títulos que llamaron su atención, pero cuando iba a coger uno de ellos para echarle un ojo, uno de los dependientes se le acercó.

- ¿Querías algo, pequeña?

Bellatrix tragó saliva, intentando controlarse. ¿Por qué todo el mundo se empeñaba en llamarla "pequeña"? Dirigió una breve sonrisa obligada al hombre que la miraba con paciencia y sacó la lista del bolsillo, que ya estaba bastante arrugada.

- Necesito Hechizos y encantamientos para principiantes, de Glaspell Thavirat; Estudio de las plantas y sus usos, de Cyril Lasszlo; Nivel elemental de transformación, de Hedera Litzka y…

- Un momento, pequeña –interrumpió el hombre, que corría de un lado para otro de la tienda buscando los libros-. ¿Puedes repetirme el último libro?

-Nivel elemental de transformación.

- Perfecto. Aquí tienes. ¿Alguno más?

- Sí. Guía completa de las Artes Oscuras, de Catriona Meyrink.

- Hum… así que empiezas en Durmstrang ¿eh? –dijo el hombre.

- Sí. ¿Pasa algo? –preguntó Bellatrix, observando con atención al dependiente.

- No, no...

Pero la expresión de amabilidad había desaparecido del rostro del hombre. Bellatrix dedujo que se había encontrado con una de esas personas que aborrecían las Artes Oscuras.

- ¿Alguno más?

También se fijo en que ya no la llamaba "pequeña", lo que constituía un adelanto. Bellatrix sonrió ampliamente y terminó la lista que tenía entre las manos.

- Una historia de la magia, de Bathilda Bagshot; Autodefensa: manual de protección personal, de Geraldine Ariosto –ante la mención de este libro, el hombre sonrió un poquito con suficiencia– y Manejo de los ingredientes para pociones, nivel básico, de Aidan Dale-Green.

- ¿Es todo?

- Sí.

Sin intercambiar muchas palabras más con el dependiente, Bellatrix pagó y salió de la tienda para reunirse con su tía.

Al salir al callejón, Bellatrix vio al lado de una señora vestida de verde lima a su primo, que charlaba animadamente con James. La muchacha entró en un conflicto interno. Por una parte, podría ignorarlo, pero, por la otra, tenía curiosidad en saber cómo iba a reaccionar Sirius cuando le dijera que su madre le obligaba a entrar en el callejón Knockturn. Además, tenía algo de interés en conocer a ese Potter.

Decidida, fue hacia ellos y les sonrió con malicia.

- ¿Interrumpo?

Sirius se dio la vuelta, encontrándose cara a cara con Bellatrix. Ésta notó la mirada de James puesta en ella.

- Tienes que venir –Sirius levantó una ceja, incrédulo–. Vamos al callejón Knockturn.

Bellatrix, atenta, vio la momentánea mirada que intercambiaron los dos amigos, cuyos rostros se habían ensombrecido. La muchacha sonrió arrogante a James un momento, para luego posar la vista sobre su primo. ¿Se atrevería a desobedecer una orden directa de su madre?

- Dile que no pienso ir.

Las comisuras de los labios de Bellatrix se elevaron un poco, formando una sutil sonrisa.

- No creo que se ponga muy contenta.

- Ya se le pasará –comentó como si le quitara importancia.

Bellatrix observó como Sirius se pasaba la lengua por la herida del labio, donde ya se había formando una pequeña costra.

- Como quieras –murmuró dándoles la espalda y perdiéndose entre la multitud.

OoOoOoOoOoOoO

Callejón Knockturn

Bellatrix releyó por tercera vez el cartel que colgaba suspendido encima de su cabeza y un hormigueo de excitación le recorrió todo el cuerpo.

- No tenemos todo el día, Bellatrix.

Pero Bella no hizo caso a su tía. No se pensaba perder ni el más mínimo detalle de la estrecha y sucia calle que recorría. De inmediato se veía por qué era peligrosa. Además de los escaparates, en los que había objetos como cabezas reducidas, las personas parecían todas viejas y decrépitas, vestidas con harapos. Rostros arrugados, con esos ojos desorbitados en los que se distinguían los matices de la locura y la maldad.

Se detuvieron enfrente de una tienda que recordaba un poco a Ollivander por su pequeñez y antigüedad. Encima de la puerta había un cartel, en el que difícilmente se podía leer el nombre del establecimiento: Stamma.

- ¿Y Sirius?

La señora Black agarró a Bella por el hombro para que ésta le mirara a los ojos.

- No quiso venir –respondió Bellatrix, encogiéndose de hombros en un gesto de indiferencia. Luego se escurrió de los larguiruchos dedos de su tía y entró en la tienda.

Detrás de un mostrador de madera ya rallada por el uso había un enfermizo dependiente, que no pasaría del 1,60 de altura. Éste clavó la mirada en Bellatrix como si la taladrara.

- Buenos días –saludó secamente.

Bellatrix, un poco avergonzada por la intimidante presencia del hombre, observó la tienda con atención. De las paredes colgaban enormes pergaminos que representaban los árboles genealógicos de varias familias de Sangre Limpia, algunas de ellas antiquísimas. Bellatrix creyó reconocer algunos de los apellidos que aparecían, pero no tuvo tiempo para fijarse bien ya que escuchó el sonido de los tacones de su tía repiquetear sobre el desgastado suelo. Se giró al escuchar la gutural voz del dependiente.

- Otro Black que va para Durmstrang...

El dependiente carraspeó un par de veces y cogió el tapiz que le tendía la señora Black. Lo desenrolló con sumo cuidado y lo ojeó, volviendo a enrollarlo.

- He copiado tantas veces este tapiz que me puedo remontar siglos -comentó. Luego miró con fijeza a la señora Black-. ¿Para cuándo lo necesita?

- Para mañana.

- Hum... mañana... Mañana es demasiado pronto –aseguró con vehemencia, pero la tía de Bellatrix no se echó atrás.

- Para mañana. Ponga un precio.

- Tendré que pasarme toda la noche sin dormir... y mis viejas manos ya están tan cansadas, no son lo que eran...

Bellatrix escuchó perpleja los intentos que hacía el hombrecillo para sacar dinero. Se fijó también en sus manos, arrugadas, pero bien cuidadas, capaces de trabajar con meticulosidad.

- Diga un precio –repitió la señora Black, cortando la retahíla de pretextos que soltaba el viejo.

Para cuando salieron, ya habían fijado un precio que se alzaba un poco por encima de lo norma, pero Bellatrix tendría la reproducción del tapiz en pergamino para poder llevarlo a Durmstrang el día de inicio de curso.

- Te voy a comprar una lechuza. No quiero que pidas prestado nada.

- ¿Por? –preguntó Bellatrix sin atender mucho a lo que comentaba su tía.

- ¡Eres un Black! Por amor de Dios, Bellatrix, piensa un poco.

La señora Black aceleró el paso, dejando a Bellatrix a su espalda. A pesar de sus excentricidades, Bellatrix supo la razón de que el padre de Sirius la hubiera elegido por esposa, quitando lo obvio: la Sangre Limpia.

Aunque ahora la mujer le daba la espalda, Bellatrix recreó en su mente la cara de su tía, con esos ojos pardos enmarcados por largas pestañas. Los labios eran gruesos, y los llevaba siempre pintados de un rojo amarronado. Llevaba el pelo color caramelo en un natural recogido, que dejaba mechones de cabello ondulado sueltos. La túnica era de un color rojo sangre y se le ceñía un poco a la cintura, marcando su esbelta figura, que...

Una vieja a la que le faltaba un ojo le agarró del antebrazo. En su rostro se distinguía lo que parecía ser una sonrisa, con esa boca desdentada y labios resecos.

- Ven, preciosa.

Bellatrix tiró con fuerza y notó como su brazo quedaba libre. Sin pensárselo dos veces, salió corriendo hasta que llegó al lado de su tía.

- ¿Dónde estabas? Es peligroso que vayas sola.

La señora Black la reprendió, pero sin mirarla siquiera. Bellatrix sabía que no le daba mucha importancia al hecho de que se quedara sola.

- Entra y cuando encuentres una lechuza que te guste me avisas. Estaré aquí fuera. No soportó el olor –comentó con un gesto de desagrado.

Así que Bellatrix entró sola en la tienda y vio las claras diferencias que había con respecto a El Emporio de la Lechuza del callejón Diagon. Aquí los animales eran... Bellatrix pensó que solo había una palabra para describirlos: oscuros. Animales más grandes de lo normal, tuertos o con poderes insólitos.

En cuanto entró, se fijó en un enorme búho oscuro que estaba posado en una especie de palo que salía de la pared. Éste parecía mirarla fijamente con sus ojos claros, pero luego, con un escalofrío de excitación, Bellatrix descubrió que en realidad era ciego.

Se obligó a mirar a las demás lechuzas y búhos, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia el búho, que seguía con la cabeza girada hacia ella, como si la sintiera.

Cinco minutos después salió de la tienda y llamó a su tía, que entró, no sin antes respirar profundamente en el exterior.

- A ver, date prisa. ¿Cuál quieres?

- Ése –dijo Bellatrix en voz alta, señalando al enorme búho.

- ¿No prefieres ningún otro? –preguntó, un tanto dudosa al ver el tamaño del ave-. ¿No? Supongo que será cosa de genética. Mi marido también lo habría elegido... –comentó con fastidio-. Está bien. Págalo y salgamos de aquí... esto apesta.

- Gracias –murmuró Bellatrix, cogiendo el dinero y yendo hacia el mostrador.

OoOoOoO

Desafortunadamente para la señora Black, Bellatrix se negó en rotundo a empequeñecer al búho como habían hecho con las bolsas, y tuvo que andar al lado de la jaula –que llevaba Bellatrix– con el animal todo el rato.

- Tenía que comprar unas cosas, pero lo dejaré para otro día. No soporto a esa bestia ni un segundo más.

Bellatrix se sonrió y miro al búho, que iba encerrado en la jaula prácticamente sin moverse.

- Suelta a esa bestia y que vaya volando a casa. A ver si hace algo que no sea molestar.

Obedeciendo a su tía, Bella abrió la puerta de la jaula y dejó suelta al ave, que después de saltar al suelo extendió sus enormes alas y se elevó, desapareciendo por encima de los tejados.

- No sé si podrá llegar a casa. Con esos ojos...

- La encontrará –aseguró Bellatrix con firmeza.

- Prepárate. Tenemos que irnos ya –dijo, ignorando el comentario de su sobrina.

OoOoOoOoOoOoO

La medianoche se acercaba, y ése sería el último día que Bellatrix pasaría en la casa. Al día siguiente se levantaría pronto para empezar su primer curso en Durmstrang.

Levantó la vista de Hechizos y Encantamientos para principiantes –que llevaba leyendo desde hacia un par de horas- al oír el característico sonido del pico de una lechuza repiquetear en la ventana. Lo primero que le pasó por la mente es que se debía de haber equivocado, puesto que no había ninguna razón para que alguien le mandara un lechuza a esas horas de la noche.

Se acercó a la ventana y la abrió de par en par, intrigada por saber el contenido de la carta. Apenas reparó en el hermoso contraste que ofrecían las plumas de la lechuza –una mezcla de negro y rojizo–, que en cuanto Bellatrix tuvo la carta en la mano, se marchó volando por donde había venido.

No tenía remitente, pero sin embargo si tenía un sello impreso en la cera roja que cerraba el sobre.

¿El escudo de la casa Black?

Abrió con delicadeza el sobre, más curiosa que antes si es posible, y sacó el trozo de pergamino que había en el interior. La letra era curvada, elegante y fina. Solo había dos frases escritas, y ambas impresionaron mucho a Bellatrix.

Mañana empieza todo. No me decepciones.

Antares Black

Antares. Sin pretenderlo, pronunció el nombre el voz alta. Bellatrix recordaba muy bien ese nombre, sólo que al hombre que representaba ella lo había llamado "padre".

Después de tantos años sin saber absolutamente nada de él, sin tener noticias, ahora le llegaba esta carta. Tan seca y falta de sentimiento. "No me decepciones" decía. No me decepciones. ¿Cómo podía ese hombre decir eso? El hombre que la había dejado sola, sin preocuparse por ella, sin querer saber nada de ella... ¿Quién se había creído que era? Su padre desde luego que no.

Su puño se crispó, arrugando el trozo de pergamino. Luego abrió la mano y lo dejó caer al suelo.

Se tiró en la cama y pasó la hoja del libro, intentando concentrarse de nuevo, haciendo como si ese episodio de su vida nunca hubiera ocurrido.

...la muñeca se deberá mover primero circularmente, con un movimiento rápido que...

¿A qué se refería su padre con "todo empieza mañana"? Era extraño. ¿Se referiría al colegio? A ella no le parecía tan importante.

...el hechizo será pronunciado en voz alta y clara para que sea lo más eficaz...

¿Qué es lo que pretendía que ella hiciera? Solo tenía once años.

...se intentará que el objeto levite de forma controlada durante el máximo tiempo...

Tal vez se refiriera a los estudios. ¿O sería a los amigos? Puede que él pensara en las dos cosas. ¿Cómo podía saberlo?

...pueden surgir algunos problemas como que el objeto deseado no...

Mañana empieza todo. Mañana. ¿Pero qué es lo que iba a empezar?

N/A: Lo termine! Me ha llevado solo tres días Oo (increíble para mi). Espero que os haya gustado y eso. Me gustaría que me dejarais opiniones y eso, sabéis? Plis, reviews, reviews... Muxos! K pensáis de Bella? Es demasiado mayor? A menudo me tengo que recordar que solo tiene once años... Uf! Es difícil! Tenga clavada en la cabeza la idea de que es muy cruel y claro, se supone que a esa edad todavía no es cruel, sino que los años que van a venir son los que la van a hacer volverse así, pero weno... lo e exo mal del todo? (decir que no, plis).

Lo dixo al principio! Kedan 44 capítulos y el epilogo durante los que me tendréis que soportar. Mala suerte, xavales, no haber elegido mi historia . Todavía tengo bastantes dudas existenciales sobre el cap 2, como los nombres de las casas, algunos nombres de profes, clases, el transporte... vamos, cosas pequeñitas D , nada importante, asik que puede que tarde un pokito (lo k supone varias semanas en mi horario). Pero prometo subirlo lo mas pronto posible! Mientras tanto iré escribiendo el cap 3 de Haciendo Justicia... o eso se supone

Hem... y creo que haré un pokito de publi. Podéis ir a leer el fic EL JUEGO DE LA SOSPECHA? Es de mi amiga Minette Van Witch Lovette, que esta empezando y necesita reviews! (como yo, aunk yo llevo 1 año y piko escribiendo -)

Y creo que ya esta todo. Me esta ocupando mas la despedida que el capitulo entero ¬¬... Para el próximo capitulo, contestare a los reviews que me mandéis (prefiero tener la esperanza de que me llegara algún review, aunk sea alguno miserable y cortito). En fin, que me despedido pork veo que sino no acabo, jejje... D

Joanne Distte