ARTHMAEL
Sin duda, la noche fue tal cual había previsto. O eso creo. Una cuarta parte de la noche la recuerdo con dificultad y las otras dos partes directamente no las recuerdo, pero despertar con buena compañía en la cama es una buena señal, sin duda. Me levanto con una sonrisa y me visto en silencio, intentando no despertar a la belleza rubia que está desnuda en mi cama. Está boca abajo y con la cara girada así que no puedo ver quién es. Me encojo de hombros, no importa en verdad. La dejo descansando, sin duda estará cansada después del ajetreo que debimos tener anoche, y salgo de la habitación camino al salón.
Nada puede estropearme el día. Aunque las vacaciones se han acabado, la vuelta a clase ha sido sublime, con una fiesta por todo lo alto, y, además, ahora puedo volver a disfrutar de mis amigos sin molestos aparatos electrónicos de por medio.
Bajo las escaleras con rapidez y entro en el comedor con una gran sonrisa, que se desvanece al ver a mi padre sentado al lado de un hombre que no conozco. Tendrá unos pocos años más que yo, tres a lo sumo. No puede ser un directivo ni nada relacionado con negocios, y menos con esas pintas. Una coleta baja recoge su largo pelo castaño, aunque más que recoger, adorna, porque lleva unos cuantos mechones sueltos a los lados de la cara. Sus ojos grises, iguales a los que tenemos mi padre y yo se clavan en mí, con una mezcla de diversión y preocupación. Además… tengo que reconocer que no es feo. Sin duda, es el traje que le favorece.
No me inspira confianza, alguien así solo puede traer malas noticias.
—Vaya, Arthmael, ya te has levantado.
Contesto a mi padre con un seco sí y me acerco a la mesa, sentándome a su lado y frente al visitante. Frunzo el ceño, mirándole. Viéndolo de cerca me da más mala espina. Margaret me deja el desayuno en la mesa pero yo no le hago caso.
—Sí, y parece que aquí pasa algo. ¿Puedo enterarme, al menos?
—Arthmael, este es Jacques.
Menudo nombre. Jacques. Espero que no juegue al ajedrez, sin duda tiene un nombre digno de algunas burlas. Él estira el brazo y lo coloca frente a mí, esperando que le estreche la mano. Yo le miro con los ojos entrecerrados y, sin mover mis brazos, me giro a mi padre.
—Felicidades, he quedado con los chicos para comer. ¿Quieres añadir algo más?
Mi padre me mira como si hubiera dicho algo que no debía. Yo simplemente me meto un trozo de tortita en la boca.
—Hijo, Jacques es tu hermano. Bueno, tu hermanastro —corrige antes de que yo pueda añadir nada más.
Yo me atraganto con la tortita y casi la escupo sobre el plato. Consigo tragar, y después de beber un trago de zumo, me giro alarmado hacia mi padre.
—¡¿Qué?!
Pero no él no parece tan afectado como yo. ¿Cómo se le ocurre decir algo así y quedarse tan tranquilo?
Mi hermanastro.
¿Eso significa que mi padre tuvo…? Me vuelvo a atragantar y tengo que separarme de la mesa y encogerme sobre mí mismo para no ahogarme. Cuando me enderezo, veo a Jacques mirándome con preocupación y el ceño fruncido.
—¿De dónde ha salido este? ¿Y cuándo…?
Sacudo la cabeza intentando asimilar la información. Mi padre sigue con su semblante serio aunque me mira reprobatoriamente por mis palabras. Se recoloca en la silla y lanza una rápida mirada a Jacques antes de hablarme.
—La madre de Jacques falleció hace poco y ha venido a reclamar su puesto como heredero de la empresa. Además, ahora vivirá aquí así que compórtate. Le quedan dos años para finalizar sus estudios universitarios y cuando pase, comenzará a trabajar en la empresa, preparándose para ser el futuro dueño y directivo.
Yo alzo una ceja sin creérmelo. Hay algo detrás de esto. No solo tengo un hermano bastardo fruto de una noche de segura borrachera de mi padre sino que quiere quitarme el futuro, quiere apropiarse del puesto con el que he estado soñado toda mi vida y por el que estoy luchando y trabajando.
Ni hablar.
—A ver si me queda claro: ¿le vas a dar mi puesto a un bastardo?
La mirada de mi padre ya es cansada. Dedica una profunda mirada a su hijo mayor y se levanta de la mesa.
—Él es mayor y también mi hijo. Es su puesto si él lo reclama. Y no hay más que hablar —añade al verme abrir la boca.
Yo también me levanto, antes de que salga de la sala, y le llamo.
—Los trabajadores me quieren a mí, es a mí a quién conocen.
—En verdad, eso no es cierto —el melenas interviene por primera vez en la conversación. Yo alzo una ceja al oírle—. Hace unos años que mi familia ayuda a Silfos* con todo lo que puede. La plantilla sabe quién soy y no dudo que me quieren como futuro directivo.
Mi padre asiente, dándole la razón y me dedica unas últimas palabras antes de irse:
—Está decidido, Arthmael. Hay que pensar en lo mejor para la empresa y no lo mejor para ti. Si no estás de acuerdo, puedes montar tu propia empresa.
...
—¡Pero yo no quiero otra empresa! Joder, yo quiero dirigir Silfos. Tiene que haber alguna forma de quitar al bastardo de en medio.
Estamos en un Burger comiendo, bueno, ellos comen mientras yo les cuento lo que ha pasado esta misma mañana con mi padre.
Todavía no me lo creo.
—¿Y por qué no haces que los trabajadores estén felices contigo o ayudas a la empresa de otras formas? —sugiere Clarence justo antes de darle un pequeño mordisco a su hamburguesa.
Yo le miro, sorprendido. Si tiene buenas ideas y todo. Aunque me molesta de sobremanera que no se me haya ocurrido a mí. Doy un sorbo al refresco mientras medito la idea.
Sí, sí podría hacerlo. Seguro que ayudar a unos cuantos trabajadores no es tan difícil. Iré a hablar con ellos a ver qué quieren, qué necesitan. Les solucionaré todos sus problemas, eso haré. Seré como un héroe para ellos.
Arthmael, el héroe.
No suena mal para poner en el anuario de final de curso.
—Arthmael, ¿sigues vivo? —Fausto sacude una mano delante de mí, lo que provoca que le mire con cara de pocos amigos.
—Sí, y ya he decidido cómo voy a recuperar mi empresa.
Les dedico una sonrisa de oreja a oreja.
...
El horario de este curso es incluso peor que el del año pasado y eso ya es un logro que el director se puede echar a los hombros. O quien sea que haga estas cosas. Entramos en la primera clase en la que tenemos clase y nos sentamos en un pupitre del medio, yo entre mis dos amigos. Clarence siempre quiere sentarse en primera fila y nosotros al final, donde podemos entretenernos en otros asuntos sin que nos molesten, pero para mantenernos unidos decidimos sentarnos en el centro. Cada año doy gracias porque los pupitres sean de tres y no de dos, aunque no me importaría compartir asiento con alguna belleza.
Mientras esperamos, admiro los cambios que han sufrido las bellezas de nuestra clase en este largo verano, sin duda ha habido claras mejoras, se nota que Arabetta ha estado haciendo ejercicio. En mi escrutinio descubro que muchas miradas van dirigidas a Fausto. Él está sacando las cosas de su mochila ajeno a las miradas que recibe por parte de más de una. Sonrío, divertido. Si fuera otra persona, me molestaría que unas pocas muchachas le miraran a él en vez de a mí, como el resto de la clase, pero siendo Fausto no puedo molestarme. Me alegra, incluso, lo que me parece hasta extraño. Pero es el inocente Fausto, y espero que este año sea cuando espabile.
—Oye, esta noche vamos a ir algunos al Polaris, ¿os apuntáis?
Clarence y Fausto se giran a la vez para mirarme. El primero con el ceño fruncido y el segundo con una expresión completamente neutra, aunque yo sé todos los sentimientos contradictorios que se revuelven dentro.
—Arthmael… Mañana hay clase y si sales no habrá nadie que te levante hasta pasadas las doce, tienes que aprender a beber.
Suelto un bufido. Gracias por la sinceridad. Ten amigos para esto. Miro a Fausto, esperando que al menos él me acompañe. Justo en el momento en que va a responder, entra el profesor y comienza con la clase.
Evito el tema del bar en el descanso, pensándolo durante la clase he caído en la conclusión que Fausto prefiere no salir entre semana pero se sentiría responsable si se lo pidiera, así que evito hacerlo. Parece que hasta se me han ido las ganas de salir. Recuerdo que esto me daría una oportunidad para admirar a las bellezas de cursos inferiores. Igual no se me han ido del todo.
Estoy tumbado sobre los asientos de las mesas de exterior que hay en el jardín del instituto, con el antebrazo apoyado sobre mis ojos para no deslumbrarme con el sol. Oigo la conversación que están teniendo mis amigos pero no presto mucha atención. De repente, algo pasa por mi mente. Me incorporo de un salto y miro a Fausto, alarmado.
—¡¿Cuándo son las pruebas para el equipo de esgrima?!
Él me mira extrañado, seguramente pensando que yo lo sabría, al fin y al cabo, he sido el capitán durante tres años, solo que este año no he podido hablar todavía con el entrenador.
—No lo sé, suponía que tú lo sabías.
Maldigo lo suficientemente algo como para que me oigan unos de la mesa de al lado y me levanto corriendo, cogiendo mi mochila y colgándomela al hombro.
—Genial, luego nos vemos.
Mis amigos murmuran una despedida, todavía un poco turbados y yo me marcho corriendo al despacho del entrenador, rezando no perderme por culpa de mi mala orientación después de tres meses sin pisar este suelo.
* Silfos: nombre de la empresa.
