LYNNE

El sol de la mañana me despierta sin compasión. Ojalá no lo hiciera. Ojalá no lo hiciera nunca más. Ruedo sobre la cama y me siento al borde, despejándome rápidamente. Si no lo hago, ese bruto subirá y me dará una paliza de las buenas. La impotencia me inunda, la impotencia de no poder hacer nada por evitar que haga lo que quiera conmigo, de dejar que sus palabras me afecten. De no poder evitar que controle mi vida. Me paso una mano por la cara, tengo que salir de aquí ya.

Me arreglo y me visto para recibir a Johanna, una mujer que se ocupa de proporcionarme la educación mínima que necesito. La casa de acogida de la que me sacó Kenan se asegura cada dos meses que yo tenga los mínimos necesarios y ellos mandaron a Johanna después de que Kenan insistiera en que prefería que fuera educada en casa, pero ninguno de ellos sabe lo que realmente pasa dentro de estas paredes. Cada día me extraña más que Johanna no se lo imagine, también es posible que Kenan le pague un plus por callar.

Pasamos cuatro horas estudiando matemáticas, idiomas y ciencias, entre otras. En estos momentos puedo ser quien quiera, puedo imaginarme fuera de esta casa y descubrir el mundo que conozco gracias a los libros… por mí misma. Sé que algún día podré hacerlo. Algún día saldré de aquí y recorreré el mundo como siempre he querido y trabajaré como exportadora aunque… todavía no sé cómo. Lo que sí tengo claro es que no esperaré a ser mayor de edad para huir de aquí, no pienso aguantar más.

"Fuera no eres nadie. No tienes estudios, ni familia ni dinero. No vales nada".

Intento acallar su voz centrándome en lo que me explica Johanna. No quiero que deje de hablar porque cuando deje de hablar, la clase habrá acabado y yo volveré a estar sola y encerrada con ese bruto. Cuando lo inevitable llega, quiero gritarle a Johanna que no se vaya, o que me lleve con ella, pero el miedo me paraliza. Kenan la despide y cierra la puerta tras él. Me clava los ojos con una expresión que no sé descifrar. Temo que se dirija hacia mí, que decida jugar conmigo un día más. Pero no, solo sonríe.

—Hoy tengo comida con la empresa y luego trabajo. Volveré para la cena, la espero hecha.

Antes de que pueda decir nada, se larga. Suelto todo el aire que tengo retenido en los pulmones y me froto los brazos. Miro el reloj. Las doce y media.

Subo a mi habitación y me cambio, poniéndome algo más cómodo para moverme con facilidad. Espero a que haya pasado el tiempo suficiente para que Kenan no me vea y me escapo, intentando dejar la puerta bien cerrada a mi espalda.

Me deslizo por las calles sin apenas ser vista, ya estoy acostumbrada. Me escondo entre las personas cuando llegamos a una avenida, Kenan podría estar por ahí. Al final llego a mi destino y llamo cuatro veces a la puerta mirando alrededor, inquieta. La puerta se abre de golpe y una mano se aferra a mi muñeca y me mete dentro de la casa. La puerta se cierra a mi espalda con rapidez. Cuando miro hacia la persona que me ha cogido, los ojos de Adrian me devuelven la mirada, sorprendido.

—¿Qué haces aquí, Lynne? ¿Qué pasa con Kenan? Como se entere que no estás en casa, no…

—Adrian, tranquilo. Se ha ido a comer y luego trabaja. No me va a pasar nada. Y si vuelve y no me ve —añado viendo su expresión— le diré que he ido a comprar o lo que sea. Aunque no lo parezca, puedo salir de casa.

Él me mira durante unos segundos, serio, pero al final suspira y se gira para ir al salón, como hacíamos siempre.

La casa de Adrian es pequeña, al fin y al cabo vive solo y no necesita mucho más. Nada más cumplir los 18 se fue de la casa de acogida y con el dinero que por fin pudo heredar de sus padres, se compró la casa. Ahora está trabajando en un restaurante, pero los martes no trabaja. Yo le conocí en la casa de acogida, de pequeña, antes de que Kenan se encaprichara conmigo cuando tenía catorce años.

Saco esos pensamientos de mi cabeza y me dejo caer al lado de Adrian. Tenemos toda la tarde para ver la tele o hacer lo que queramos. En estos momentos son los únicos en los que me siento libre, me siento yo. Además, Adrian es la única persona que puede tocarme sin que rehúya su tacto, el único hombre que no me causa repulsión después de todo lo que he vivido con Kenan. Y aun así, no puedo relajarme del todo con él. Hay días en que no puedo ni verlo, ni siquiera a él. Hay días que todo es dolor, suciedad, miseria. Hoy no es uno de esos días, no me molesta que nuestras piernas se rocen al estar sentados uno al lado del otro. No me molesta que esté tan cerca. Sé que Adrian nunca haría nada para dañarme.

Después de haber pedido comida china y engullirla sin pudor, después de haber pasado dos horas hablando, él se remueve y me mira, incómodo de repente. Parece que quiere decirme algo pero no le salen las palabras.

—Lynne… Lo he estado pensando y… ¿no estaría bien que te fueras de esa horrible casa? Yo tengo aquí una habitación libre y tú llevas mucho tiempo queriendo irte. No… No soporto verte sufrir.

Desvío la mirada, inquieta. Sí, quiero escapar y vivir con Adrian sería un sueño pero… Kenan podría encontrarme. Podría hacerme daño y… hacerle daño a él también. Tengo que marcharme de la ciudad o aguantar un año más.

Pero no puedo aguantar un año más.

—No sé si puedo, Adrian. Me gustaría, claro que me gustaría pero… ¿Y si sale mal? ¿Y si me encuentra? Y tampoco es que realmente pueda… es mi tutor legal hasta que cumpla los dieciocho.

—Y para eso solo quedan unos meses.

—Me prometí a mí misma hace mucho tiempo que no dependería de nadie, nunca más. Tengo algunos ahorros, puedo intentar hacer algo pero no pienso dejar que trabajes para mantenerme.

—Muy bien, te buscaremos un trabajo provisional, pero, Lynne, por favor. Sal de ahí. Podrías hacerlo, podrías… ser libre.

Le miro fijamente, tentada por sus palabras. Podría serlo, podría ser dueña de mi vida. Podría ser libre. Aunque eso significara vivir con miedo. Él me ve abrir la boca y sabe que voy a volver a replicar, así que se adelanta.

—Si no arriesgas, no ganas, Lynne. Esa es la única verdad.

—También puedo perder mucho.

Adrian deja escapar un bufido y se aparta unos centímetros de mí.

—¿No te das cuenta, Lynne? ¡Te pones barreras a ti misma!

Yo me levanto de un salto, alarmada por el tono de su voz.

—No son barreras. Sabes que no. Solo quiero saber que estaré a salvo una vez que salga de esa casa. Solo quiero no tener miedo de que me encuentre, de que me arrastre de nuevo a ese infierno —las lágrimas me amenazan con salir y caer por mi cara, sin piedad—. ¡Tú no sabes lo que es!

Estoy temblando. No puedo, no puedo controlarlo. Adrian me mira con los ojos abiertos y no tarda nada en levantarse y abrazarme. No me importa. Ya nada importa. Dejo que me estreche entre sus brazos y dejo que las lágrimas caigan por mis mejillas.

—Aquí estarías a salvo. Él no me conoce, no sabe quién soy.

—¿Quieres que salga de una cárcel para ir a otra?

—Solo por unos meses, Lynne. Hasta tu cumpleaños —se separa de mí y pasa los dedos suavemente por mi cara, limpiando el rastro que han dejado las lágrimas —. Sé que podemos afrontar esto, juntos.

Asiento despacio, asumiendo sus palabras.

...

Me alegra descubrir que Kenan todavía no ha vuelto cuando llego a casa aunque no le quedará mucho. Tengo que darme prisa. Subo corriendo las escaleras y saco la bolsa a medio hacer que tengo debajo de la cama. Un día pensé en irme y comencé a hacerme la maleta pero acabé quedándome… Esta vez no será así. Lleno la bolsa de ropa, con el neceser y todo lo que tengo por la habitación, que no es mucho. Dos libros que conseguí que Johanna me regalase y poco más.

Cuando lo tengo todo bajo por las escaleras a toda prisa pero a mitad camino, oigo la llave y la puerta abrirse. Escondo la bolsa detrás de mí pero sé que Kenan la puede ver perfectamente.

—¿Qué es eso, florecilla? —me pregunta, cerrando la puerta suavemente.

No respondo. Él ya sabe perfectamente lo que es.

—Me voy, Kenan. Ya estoy cansada de vivir aquí, de hacer todo lo que tú quieres.

Él suelta una carcajada, es de lo más desagradable que he oído en mi vida.

—¿Crees que podrías irte? ¿Tan fácilmente? Y dime, ¿dónde vivirías? ¿De dónde sacarías un trabajo para alimentarte? No sabes hacer nada. No sabes nada. Solo sirves para estar aquí, cuidar la casa y darme una buena fiesta antes de dormir.

Lynne, no te creas sus palabras. Recuerda las de Adrian. Pero cada vez me cuesta más. Él se acerca a mí y me hace bajar lo que queda de escaleras de un tirón. La bolsa se cae al lado de la puerta de la cocina, donde me hace entrar. Sin darme tregua, comienza a manosearme, me agarra de la mandíbula y recorre mi cuello con su lengua. No lo soporto.

No lo soporto.

Me revuelvo pero él me agarra de los hombros y me pone de espaldas a él. Toca todo lo que puede, estruja y muerde. Cierro los ojos, intentando no pensar en lo mucho que duele.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, veo ante mí la solución a mis problemas. Con una rapidez que me sorprende, agarro un cuchillo y se lo clavo en la pierna. Kenan se separa y se mira la herida, furioso. Yo aprovecho para apuñalarle otra vez en el brazo y una última en el costado. Dejándolo así, salgo corriendo, cojo mi bolsa y huyo de esa infernal casa.