El sonido ensordecedor –e inconfundible– del vidrio estrellándose contra el suelo le hizo volverse con violencia. Se permitió una mueca de fastidio ante la sonrisa nerviosa de Sousuke.
—Perdón, yo–
—Déjalo.
—Haru, lo siento–
—Déjalo. –Insistió, sin embargo, demasiado contrariado consigo mismo incluso–. Desempaco yo, tú ve... a... saludar a los vecinos.
Yamazaki suspira y él, Nanase, se tensa.
El más alto obedece, siempre obedece. Toma las llaves del auto y juega con ellas en sus manos. Luce nervioso, o furioso.
—Haru, lo siento–
—Lo sé, –le interrumpe, otra vez–. También sé que necesitas un poco de aire, vamos. –Agrega, dejando el periódico sobre el mueble más cercano; extiende los brazos.
Y Sousuke entiende, no siempre entiende.
Cierra sus ojos aqua (verdes, azules, ahora no importa) y corre hasta los brazos extendidos de Haruka, rodeándole la cintura con sus propios brazos y enterrando su cara entre el hombro ajeno.
Siempre el lado izquierdo. Rara vez el lado derecho.
Nanase responde con eficacia, repartiendo caricias sobre ese corto cabello de su novio, repitiendo palabras de apoyo y de amor.
Es cuando el menor comienza a llorar que Haruka entra en pánico y afianza el abrazo, arrepentido de sus ansias de correrlo del lugar segundos atrás.
Le susurra otro «lo siento tanto» antes de aguantarse las ganas de llorar también.
Es difícil hacerle entender al hijo único, al campeón, al orgullo, al hijo modelo, a todos y cada uno de los dulces y vergonzosos apodos que Sousuke pudo tener que, efectivamente, sus padres habían pasado a mejor vida. Rin se desplomó cuando tuvo que dar la noticia, Makoto corriendo en su auxilio, Haruka haciendo lo propio con Sousuke.
Todo pasó tan rápido, eso es lo que dice la gente confundida.
Alguien en el funeral se atrevió a decir que los señores Yamazaki tuvieron suerte, que pudieron dejar esta vida de forma dolorosa. «Quedarse dormidos no fue tan malo». Y a Sousuke tuvieron que sujetarlo alrededor de veinte personas, porque su puño en la cara del tipo, o tipa, tampoco iba a ser tan malo.
Las lágrimas van terminando, los sollozos disminuyen y la respiración se acelera. Haruka teme que Sousuke tenga un ataque de pánico ahora, precisamente, porque sabe que él mismo podría tener uno. El menor se tranquiliza poco a poco, aliviando al mayor.
Yamazaki se separa unos centímetros, limpiándose el agua de la cara con sus manos. Nanase sin perderlo de vista, continúa sujetándole de los cabellos.
—¿Mejor? –Pregunta, su voz ronca.
Sousuke suelta una risita.
—Mejor, –responde con un hilo de voz. Levanta la mirada y le sonríe a Haruka, sincero, aunque triste.
Los ojos azules asienten, consigo mismos, y después examinan al ser frente a ellos.
Las ojeras, los kilos perdidos, los labios partidos, esa mueca de incertidumbre, la respiración errática.
Las pesadillas, los llantos, los gritos. El insomnio, la irritabilidad, la calentura, la frialdad.
Sousuke en los últimos meses, después de la muerte indolora y suertuda de sus padres.
El lamento de no haber tenido la oportunidad de decirles en años lo mucho que los amaba. Haruka está seguro que no, que oportunidades hubo muchas, que Sousuke sólo fue necio. Siempre es necio.
No se lo dirá, sin embargo. Decírselo sólo agravará los tormentos de su novio, así que no. No por su boca, al menos.
—¿Aún tengo que ir a saludar a los vecinos? –Cuestiona Sousuke, esa sonrisa burlona, sorprendentemente sin ser forzada, le devuelve a Haruka una seguridad que perdió hace tiempo.
—Por Dios, no. –Le responde, aceptándolo entre sus brazos de nuevo, ahogando un jadeo entre los labios ajenos.
Tenían que salir adelante, superarlo y continuar. Es lo que la gente fuerte hace.
Vender la casa de los padres de Sousuke es el segundo paso.
El primero, es encontrar la camiseta de Sousuke entre tantas cajas. Culpa de Haruka, él la lanzó, sólo para tener libre esa espalda y arañar esos músculos aún visibles.
