Disclaimer: El mundo de Owari no Seraph, su trama y personajes no me pertenecen; la idea original y las ilustraciones pertenecen a: Takaya Kagami, Daisuke Furuya y Yamato Yamamoto.
Notas de Autora: Creo que este escrito pega más como fragmento.
Personajes: Fragmento número ocho. Yoichi Saotome.
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Arco de Plata
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Los escombros polvorientos de la antigua ciudad de Japón, contrastaban con los tristes y opacos colores que matizaban el cielo, el frío y el casi imperceptible rocío que caía anunciaba una tormenta cercana. A pesar de las delgadas gotas de agua chocando contra sus mejillas, no podía reaccionar; sus manos temblorosas, la respiración agitada y los ojos abiertos con estupefacción al ver a Shinoa y Mitsuba en el suelo, y a Kimizuki y Yuichiro luchando con ferocidad, el coraje destilaba en su sólida expresión de las pupilas de ambos. Su corazón latía enloquecido presa del pánico, ninguno de sus músculos respondía, parecía haber sido fijado al suelo con gruesas barras de metal, sintió las lágrimas punzantes asomarse en las esquinas de sus ojos.
¿Porqué?, ¿Porqué no podía hacer nada?.
Todo se desvanecía frente a él, todos sus amigos... su familia, caía uno a uno, justo como aquel día.
—¡Yoichi!—el noble había posado su atención en él y tras esquivar los ataques de sus compañeros, se lanzó a atacarlo con excepcional rapidez—.¡Yoichi!—el rojo estalló frente a él, y un grito ahogado quedó atorado en su garganta, la piel suave fue salpicada por la sangre. Sintió un agujero en el estómago, y la impotencia adormecer sus sentidos.
"Tan inútil"
Uno de los recuerdos que se había adherido como el metal fundido y ardiente a la mente de Yoichi, fue el asesinato de su hermana, se sintió tan asustado cuando escuchó la carne ser desgarrada y el charco prohibido y granate derramarse frente a él, que creyó que en cualquier momento se desmayaría allí mismo, después, cuando los vampiros se marcharon sin advertir de su presencia, Yoichi estuvo observando con las retinas humedecidas de terror, el cuerpo destrozado de su hermana tirado en una esquina de la habitación. Fueron horas infernales contadas posiblemente en el más desgarrador lugar del abismo. El niño no se movió, ni cuando el cielo obscureció, ni cuando el ligero olor a putrefacción llegó a su nariz, solo estuvo allí... quieto debajo de la cama.
Por lo general, en situaciones críticas solía dudar, y ya más de una vez le habían salvado el pellejo. Como la vez en que en medio campo de batalla, luchando contra varios vampiros de nivel, se distrajo con uno de ellos y Kimizuki tuvo que empujarlo para evitar que el cuello le fuera rebanado de un tajo.
Su temperamento era suave, ante los segundos excesivamente comprometidos con la muerte o que en su defecto agrietaban su cordura, se transformaban en una reacción en cadena que en la mayoría de los casos terminaba con él ahogándose en lágrimas.
Aún era débil de mente, y esa debilidad y afabilidad terminarían por dejarlo solo... otra vez.
Otra vez, otra vez, otra vez.
Solitario, en medio de la obscuridad, el olor putrefacto de la muerte asfixiandolo, la sangre lamiendo la punta de sus dedos, los ojos redondos y opacos de su hermana observando desde la esquina de la habitación, el frío que envuelve el alma ante la soledad, los colmillos agudos expuestos con satisfacción.
Aturdido, retrocedió un paso. Kimizuki se tambaleaba frente a él con la ropa del brazo izquierdo empapado de sangre al intentar detener el ataque que iba dirigido hacia él, sin embargo, la hoja de la espada había terminado hundiéndose en su carne. No muy lejos de allí, Yuichiro cojeó con dificultada hacia el vampiro que se había descuidado mientras se entretenía mirando al soldado que casi pierde el brazo por intentar defender a un crío tembloroso, sin importarle el dolor Kimizuki se lanzó hacia el vampiro, empuñando sus armas con fuerza, a la vez que Yu se impulsaba hacia el enemigo, ambos intentaron matarlo a la vez, sin embargo, fue evitado con media vuelta perezosa y una patada. Ambos salieron disparados hacia un montón de escombros, y cuando impactaron contra ellos sin piedad, un montón rocas del tamaño de gotas salieron disparadas hacia todas direcciones, mientras una espesa nube de polvo se comenzaba a elevar por la fuerza del impacto; algunas pocas piedras chocaron contra las mejillas de Yoichi y parpadeando con dureza salió de su patético estado de inmovilidad.
Al observar como el chupasangre se dirigía a sus compañeros dispuesto a dar el golpe final produjo una pequeña chispa de si, la cual en una fracción de segundo se expandió y circuló por sus venas como lava ardiente; frunció el ceño con una desconocida determinación descubierta hasta ese momento, palpitando en cada una de sus células. No... él no estaría solo una vez más, porque él los protegería; dejaría de ser inútil, nadie más iba a morir frente a sus ojos, no mientras él estuviera en pie.
Yu entreabrió los párpados con algo de dificultad, al ver la amenaza que caminaba hacia ellos con una burlona mueca de satisfacción intentó incorporarse, pero un relámpago de dolor estalló en todo su cuerpo y se derrumbó junto a su aliado sin fuerzas, miró a unos metros a Asuramaru, era imposible que llegara a tiempo. Maldición. El vampiro corrió hacia ellos con rapidez.
—No te atrevas a tocarlos.
Se detuvo abruptamente y abrió los orbes sangrientos estupefactos cuando una poderosa flecha demoníaca pasó silbando a un lado de su mejilla. A pesar de que el contacto fue mínimo, la cantidad de energía que desprendía el ataque dejó una profunda herida en su rostro. Miró sorprendido como aquel endeble soldado se ponía de pie frente a los dos humanos que permanecían tendidos en el suelo.
Tanto Kimizuki como Yuichiro contuvieron el aliento perplejos al ver alzándose en gesto de defensa al arquero de su escuadrón, con un aura sólida que lo mantenía firme sobre la tierra, no clavado a ella; sin importar las heridas en su cuerpo o el miedo que lo paralizó en medio campo de batalla.
Con la sangre deslizándose por sus dedos. Yoichi empuñó el arco y flecha sintiendo la valentía quemar su alma, las marcas púrpuras se apoderaron del lateral de su rostro, y con una última suave exhalación, dejó que la flecha escapara de sus dedos.
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