Disclaimer: El mundo de Owari no Seraph, su trama y personajes no me pertenecen; la idea original y las ilustraciones pertenecen a: Takaya Kagami, y Yamato Yamamoto.

Personajes: Fragmento número diez. Mikaela Hyakuya.

(Me gustaría aclarar; quise reflejar un Mikaela inestable, uno aún afectado por su reciente transformación y la pérdida de su familia. Por si acaso el drable parece algo salido de contexto)


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"No de nuevo"—lágrimas invisibles derramándose en el aire, sollozos ahogados susurrados en su oído, la sensación de dedos fríos deslizándose por su piel—.No son ellos—murmuró aún con los ojos perdidos en el suelo y con la espalda pegada a la esquina de la pared, tratando de mantenerse impasible, recordándose cada instante que aquello que lo acechaba desde las penumbras y lo intentaba atormentar con siluetas ensangrentadas (Bajas y delgadas) se alimentaba de su miedo, y de sus esperanzas rotas, y sus recuerdos vacíos, cubiertos de dolor y olor a muerte.

Mika, Mika, Mika...

Su nombre escapaba de los labios desconocidos y descarnados. Levantó la mirada, contorneada por oscuras ojeras, y entreabrió los labios cuando apenas pudo divisar el leve movimiento que escapó fugaz de su mirada; las noches se hacían eternas y los días pesados, el sueño y el cansancio hacían pesar sus articulaciones, y apenas era llevadero cuando la sangre fresca de Krul empapaba sus entrañas sedientas.

—Mika—una voz más solida se escuchó terriblemente más cercanas que el resto, y él, lejos de sentir miedo, sólo percibió una dormida rabia acrecentar en su interior. Porque el sueño eterno de sus hermanos era blasfemado por los seres que tomaban sus formas, y corrompían la esencia de lo que ellos fueron alguna vez. Sin embargo, sus fuerzas eran inútiles si trataba de suprimirlas contra energías que no estaban a su alcance, aquellas que trataban de jugar con sus sentimientos al hacer eco de los gritos desesperados de los niños tratando de respirar, de Akane pidiéndole el descanso, o de Taichi aferrándose a sus ropas.

No eran ellos, no eran ellos, no eran ellos. Porque sabía que de existir algún lugar mejor, ellos estarían en medio de luz y suave eternidad, y no aún vagando por ese mundo devastado, donde aún quedaban los que querían defender un orgullo pisoteado o imponer una nueva dictadura.

Y mientras hundía la cabeza en las rodillas, una sola lágrima traicionera se deslizó por su mejilla.

"Lo siento tanto"

Sollozó cuando su estado de negación se difuminó con la realidad, y no pudo continuar repitiéndose lo innegable. Y mientras su cordura iba cediendo al peso de disculpas y perdones por haber fallado tantas veces a ellos, los brazos delgados y fríos lo rodearon, y las respiraciones rozaron su cuello, y la sangre impregnada a aquellos endebles cuerpos manchó sus ropajes.

El agrietar de su alma hizo eco dentro de esas cuatro paredes.

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