Hola a todos!!

Gracias por sus comentarios, chicos... realmente han sido muy halagadores y me motivan a seguir adelante. Me alegro mucho que esta historia les esté agradando y descuiden que se viene intensa en cada mes que pasa.

Espero que este episodio les guste como los anteriores, no adelanto nada así que los dejo con la lectura... BUEN VIAJE!! :D

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Ron seguía apoyado en la pared con los brazos cruzados fuertemente contra el pecho. Tenía la expresión endurecida como busto de piedra y se obligó a mirar a Harry una vez más a los ojos. Ambos muchachos intercambiaron miradas abatidas, estaban agotados y apaleados por la incertidumbre de no saber lo que estaba ocurriendo del otro lado de las puertas. Harry reparó que el pelirrojo aún tenía el pómulo algo morado a causa de la fuerte pelea que habían tenido poco antes… ni siquiera quería recordarlo, pero el breve corte en su propio labio cumplió bien la tarea de evocar ese instante: "¡Confié en ti!", le había gritado Ron a la cara y aquello logró apretar más su caja torácica si era posible. Sin embargo, cuando ignoró el emparedado que Luna le había llevado reacomodándose en su asiento, su mejor amigo caminó hasta su encuentro sentándose a su lado.

-¿Cómo estás?- le preguntó en voz baja. Harry reparó que todos los que estaban en esa sala de espera, los miraban sutilmente, como si esperasen un nuevo enfrentamiento.

-¿Cómo crees que estoy?- le respondió con voz rasgada. Ron asintió demostrando comprensión.

-Tranquilo… - lo confortó atreviéndose a palmotear su espalda desmañadamente. Harry lo agradeció en silencio- Hermione estará bien, ya verás… ambas lo estarán…

IV. Mayo (cinco meses antes) – Una luz positiva

La luz matinal rayaba la cortina como un reflejo celestial, un despertador natural. Harry frunció el ceño al sentir el saludo del sol en sus ojos. Al abrirlos, vio frente a él una imagen que lo reconfortó mucho más que la calidez de esa mañana. Hermione seguía durmiendo y tan bella como siempre.

Delicadamente acarició su mejilla con la punta de sus dedos leyendo sus facciones con el tacto. Sonrió al darse cuenta que habían cambiado de mes y cumplían ya tres meses de convivencia. No podía recordar cómo era vivir solo en esa gran casa en Grimmauld Place. Se alegró de tenerla allí, de estar compartiendo con ella esa cama tibia, haciendo de esa gélida mansión un hogar. Besó su frente deslizando sus labios hasta cada uno de sus párpados cerrados. La observó bien esperando que su malestar de la noche anterior hubiese pasado por completo. Se había preocupado mucho al verla tan débil.

-Me pones nerviosa- dijo Hermione demostrando que no estaba durmiendo. Harry se ruborizó.

-¿Cómo te sientes?

-Ya estoy bien, no tienes por qué preocuparte…

-Siempre lo haré.

Fue ella quien acarició su mejilla esa vez. Lo hizo tan suavemente que el moreno cerró sus ojos y disfrutó del contacto con cada poro de su piel. Realmente era alucinante cuando la castaña lo tocaba. No quería que ese segundo terminara jamás. Se besaron, con timidez y cuidado… fue un beso distinto, un beso revelador. Se abrazaron más fuertemente bajo las sábanas sintiendo el calor de sus cuerpos como un refugio. Harry la besó por el fino camino de su mandíbula sintiendo que se estremecía entre sus brazos. Hermione estaba entregada a las caricias del ojiverde como una esclava. Él tenía una forma especial de hacerla sentir mujer. Poco a poco, el joven la desvistió prenda por prenda, ella siguiendo su pausado ritmo hizo lo mismo, añorando sentir aquel roce que tanto extrañaba y por el cual estaba perdiendo la cabeza. Sus labios volvieron a encontrarse, el juego entre ellos alentaba al deseo pero los movimientos eran pacientes… temerosos.

Harry comprendió que le escocía la piel cada vez que la tocaba. Quería tener más de ella, sentía que nunca obtendría suficiente a pesar de tenerla allí, sometida a sus manos exploradoras. Desnuda sobre ese colchón era más que un paraíso para él y supo que- lamentablemente para el trío de amigos- la amaba. Al sacar esa conclusión, lo más lógico era detener lo que estaban haciendo, las palabras escritas por Ron en esas cartas recibidas, desfilaban por la habitación provocándole que el peso de la culpa lo aplastara más todavía. ¿Qué diría su camarada si se enteraba de lo que estaba pasando entre él y su ex?... Hermione reparó que el muchacho esbozaba en sus gestos algo de vacilación por lo que, sin darle tiempo de pensar o arrepentirse, lo acercó más a ella invitándolo a cobijarse en su regazo.

Harry besó tiernamente el espacio entre sus senos y subió beso a beso hasta su mentón. Se miraron el uno al otro sin decirse una palabra, simplemente no existía mejor lenguaje que el silencio. El joven se acomodó sobre ella sintiendo los latidos propios contra los de Hermione como dos sonoros tambores. El peso de su cuerpo era el complemento exacto, el complemento perfecto que la muchacha esperaba desde siempre y gimió cuando lo tuvo entre sus piernas. Hicieron el amor como dos viejos amantes sabiendo las extensiones del otro de memoria… leyéndose la mente y todavía maravillándose. Harry mordía esos labios delineados de manera acompasada, se observaban a los ojos en cada fricción entrelazándose, descubriéndose de nuevo. Olvidaron al mundo fuera de esa habitación, fuera de ese cuarto que había tomado un significado esencial para ellos. La castaña cerró sus ojos recibiéndolo ansiosa, abriéndose, dilatándose para él… nunca había experimentado el sexo de forma tan íntima, lenta y excitante a la vez. Arañó su espalda al vibrar con la parsimonia con la que él la penetraba y ahogó un suspiro cuando sintió que Harry se entregaba al éxtasis junto con ella. No aceleró sus embestidas, no quiso romper ese compás cadencioso bajo ningún concepto. Hermione no lo apresuró, no quería acabar nunca, estaba embelesada por la gracia de su textura dentro de su húmeda cavidad y le apretó la cintura con sus muslos. El ojiverde cayó rendido, jadeando y temblando a su lado. Ella, con la fuerza que aún le restaba, lo fundió en un abrazo de esos que sólo la satisfacción del amor consumido y secreto era capaz de brindar.

Si había algo que Harry sabía cómo cocinar perfectamente era un delicioso desayuno. Al vivir los primeros años de su vida con muggles, más aún con unos que prácticamente querían matarlo de hambre y le ordenaban como si fuera una sirvienta, el moreno aprendió varias recetas que ponía en práctica cada vez que tenía la oportunidad. Esa mañana en particular se sentía muy festivo. Estaba contento, dichoso, con una sonrisa permanente que no se mostraba en sus labios pero sí en la expresión de sus ojos. Parecía un niño horneando galletas de navidad.

Rodeado por las alacenas de la cocina, Harry recolectaba los ingredientes para ese pan de arándanos con calabaza que quería prepararle a Hermione. No le tomaría más de quince minutos, era una de sus especialidades, tiempo suficiente mientras que ella se duchaba en la segunda planta. Estaba concentrado mezclando el azúcar, el aceite y el huevo dentro de un gran bol entre sus manos, seguro de que quedaría exquisito como un manjar de los dioses. Batió el contenido junto con el puré de calabaza maravillándose con el aroma que comenzaba a emanar. De pronto, el picoteo de una lechuza en su ventana interrumpió sus labores. Harry la miró perdiendo un poco la alegría que adornaba su rostro. Tuvo la sospecha sobre quién podría ser el remitente de aquella nueva carta y el estómago se le contrajo. El ave insistía en que la dejara entrar, picando otra vez el cristal y el muchacho no tuvo otra opción que permitirle el ingreso. La lechuza dejó el sobre y voló por la cocina para salir hacia el exterior nuevamente. Sí… era justo quién pensaba: "Ron Weasley"- decía la solapa en su letra desgarbada. Harry suspiró recordando que en pocos días su pelirrojo amigo estaría de vuelta en Inglaterra desde ese Mundial de Quidditch el cual ni sabía quién lo había ganado. Tomó la carta entre sus dedos mirándola con rechazo. No quiso abrirla, no quiso leer su típico: Cuida de Hermione… dile que la extraño… por lo tanto, sin siquiera abrirla, impetuosamente la arrugó y tiró a la basura con un dejo de malestar en el centro de su pecho.

-¿Qué tiras?- preguntó la joven castaña secando su cabello recién lavado.

-Nada… un mensaje de la oficina- dijo él instantáneamente. Se volteó y siguió batiendo la espesa mezcla dentro del cuenco.

-¿Qué estás preparando?

-Algo que espero que te guste… Pan de arándanos con calabaza- Hermione le sonrió, tomando asiento en la larga mesa.

-¿Quieres ganar algún concurso de cocina disputado entre los dos?

-Eso no tendría ningún sentido porque ya lo tengo ganado…- ese comentario burlesco de Harry causó que los ojos de la aludida se empequeñecieran de puro desafío. El ojiverde soltó una carcajada- ¿Puedes alcanzarme la canela y la nuez moscada que están allí, por favor?- la joven miró hacia donde indicaba Harry y tomó ambas vasijas para entregárselas. Sin embargo, el perfume de aquellos dos ingredientes combinados produjo que la boca de Hermione se llenara de saliva y un asco le revolviera las entrañas. No pudo aguantarlo más, sin pensarlo soltó los pocillos torpemente para correr escaleras arriba directo al baño. Éstos, al caer al suelo, se rompieron en mil pedazos y el moreno se asustó. Dejó el cuenco a un lado para seguirla al segundo piso.

Doblada en dos, Hermione vomitaba en el interior del retrete flectando las rodillas en cada arcada. Harry, al acercarse, le apartó el cabello con ambas manos sin poder entender esa reacción tan repentina. Aquello lo sumó a su débil estado de la noche anterior en Las Tres Escobas y comprendió que estaba enferma, quizás más grave de lo que pensaba. La muchacha, por otra parte, no dejaba de experimentar una nausea insistente, como si tuviese el olor impregnado en su nariz respingada. Una vez que pudo calmarse, se sentó en el piso respirando profundo. Estaba pálida como la cera y húmeda de sudor. Harry tomó una de las toallas que colgaban del gancho, mojándola en agua fría. Con delicadeza la posó sobre su frente y mejillas sin dejar de mirarla preocupado.

-Deberás ir a St. Mungo- le dijo en voz baja- Avisaré en el Departamento que no irás a trabajar hoy.

-No, estoy bien… debe ser algo que comí y me revuelve el estómago- el muchacho la miró ceñudo.

-Hermione, te llevaré yo mismo si no me haces caso- esa amenaza acompañada con la firmeza de su tono logró intimidarla. Asintió sin alternativa, desganada.

-De acuerdo, lo haré.

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-Creo que es un trato de lo más justo- dijo Mafalda Weasley bajo un aire altivo y soberbio. Hermione resopló con enfado removiendo los documentos sobre el escritorio de su despacho. Miró a la otra abogada de manera ceñuda.

-¿Ni siquiera le proporcionarás el beneficio de la duda?- preguntó a dientes apretados- Mi cliente es inocente. No permitiré que vaya a prisión por cuatro años para luego salir sólo los fines de semana.

-Es lo más humanitario que puedo ofrecerte- replicó la joven, agudizando su mirada- Ya conoces la inexistente indulgencia de los duendes cuando se viola su seguridad. Se sienten ofendidos, sobre todo por nosotros los magos. Te arriesgas demasiado si pretendes alegar inocencia.

-Abriré este caso y comenzaremos a investigar- zanjó Hermione. Mafalda curvó una de sus delineadas cejas.

-¿Comenzaremos? ¿Quiénes?

-Harry y yo- dijo la castaña sin pensar. Fue más un reflejo que una respuesta tácita. Su corazón latió con más fuerza al nombrarlo y desvió la mirada a una de las ventanas. No quiso escribir en sus gestos alguna relación inapropiada entre su mejor amigo y ella.

Luego de ese momento en el baño de la mansión, Hermione no hizo caso inmediato a la orden de Harry de ir St. Mungo y averiguar sobre su salud. Tenía en su mente problemas mayores como la de sacar a Ian McAlister de la prisión preventiva, saber qué sucedió realmente en esa cámara de Gringotts y limpiar su nombre. Era su responsabilidad. Sin embargo, tenía la ligera sospecha de lo que estaba ocurriendo con ella. No quería admitir su teoría pero no había otra razón por la de esos malestares. Después de todo, algo muy importante se había ausentado en el mes de abril atrasando los días en el calendario. Su somnolencia no pasó desapercibida por Mafalda. La prima Weasley la observaba intrigada notando que tenía ligeras ojeras alrededor de sus ojos marrones, como si la embargara el letargo de una persona agotadísima. Aquello generó en su mente insípida mil y una razones poco inocentes. ¿Tendría algo que ver su convivencia con ese chico Potter? Torció sus delgados labios en una sonrisa perversa.

Hermione no aceptó el trato propuesto por Mafalda. Estaba dispuesta a luchar contra ella, sacar a relucir sus aptitudes y vencerla en el estrado en vez de dejarse apabullar por el miedo o la prudencia. No era la primera vez que se enfrentaban, conocía su táctica, conocía su nivel de inteligencia. Si no hubiese sido una Slytherin insufrible, de seguro hubiesen sido muy buenas amigas en Hogwarts, pero lamentablemente no fue así teniendo que acostumbrarse a competir con ella todo el tiempo.

La joven Weasley se mostró agraviada pero no cedió el rastro de burla en la línea de sus labios. Se puso de pie, recogió los documentos con gracia y los guardó en su portafolio para luego caminar hacia la salida de la oficina. Podía adivinarse muy bien que no estaba cediendo por derrota, sino que sólo era el primer round de lo que parecían ser varios más. No obstante, antes de llegar a la puerta dio media vuelta y la miró retadoramente.

-¿Sabes cuándo llega mi primo de Luxemburgo?- Hermione no supo si esa pregunta era capciosa o simplemente una real curiosidad suya. Aunque, viniendo de la irritable Mafalda, lo más posible resultaba ser la primera opción.

-No lo sé… cuando acabe el Mundial, supongo.

-Se nota que no has escuchado ni leído noticias, querida- añadió tomando el picaporte- el Mundial terminó hace un par de días. De seguro Ronnie ya debe estar por volver- y con ello, salió del despacho dejando a la aludida sumergida en una mezcla de confusas sensaciones.

Del otro lado de la puerta, Mafalda caminó por el largo corredor central hasta que en la esquina el mismísimo Harry Potter se dirigía al Departamento de Aplicación de la Ley Mágica por la ruta contraria. Al encontrarse cara a cara, detuvieron sus pasos evitando estrellarse el uno con el otro. La muchacha lo recorrió con la mirada reparando en la preocupación que el ojiverde esbozaba en su rostro. Sin embargo, la observarlo con más detalle, pudo notar que mostraba el mismo cansancio que su castaña colega… ¿Es que acaso no estaban durmiendo bien o sencillamente no estaban durmiendo?

-Hola Mafalda, ¿estabas con Hermione?

-Así es. Asuntos de trabajo… ¿Qué haces por este Departamento?

-Vine para saber cómo está- contestó el joven Auror, perfilando todavía más su preocupado ceño- Esta mañana no se encontraba muy bien, creo que puede tener una infección estomacal.

-¿Infección? Lamento oír eso- comentó la chica al tiempo que la suspicacia se expandía por su mirada. Harry no se dio cuenta del cambio en la expresión de sus ojos. Se despidió, giró sobre sus talones y recorrió rápidamente el resto del trayecto hasta la oficina de su mejor amiga.

Al estar frente a la puerta donde se leía el nombre de la castaña, Harry no pudo evitar el temblor de sus rodillas. Siempre le sucedía con ella cuando sabía que estaba por verla otra vez. Cómo habían cambiado las cosas entre ambos. Parecía ser que con sólo tenerla frente a él su pulso se disparaba por los cielos y su presión aumentaba al punto de sofocarse en el caldo de su sangre. Tuvo miedo de que algo peligroso sucediera con ella, que estuviese más grave de lo que pensaba y detuvo sus movimientos buscando su valor perdido. Si algo le pasaba a Hermione, no podría soportarlo. Abrió la puerta torpemente para mirar en el interior con cierta timidez. Allí estaba, hermosa y profesional, sumergida en la lectura de uno de sus eternos libros apilados en las repisas. Harry tragó saliva y entró lentamente como si se tratara del despacho de Dumbledore y él estuviese castigado. Sonrió ante ese pensamiento.

Hermione se enderezó en su asiento al segundo de verlo. Se odió al sentir que sus mejillas se arrebolaban como una chiquilla frente al más popular de la escuela. Cerró el texto entre sus manos y atendió su mirada esmeralda con mucho esfuerzo. Sabía que la razón de su visita era confirmar si había ido a St. Mungo como le había dicho, por lo que ante esa certeza tuvo que mentir o de lo contrario se lo reprocharía eternamente.

-Todo está en orden- actuó ella poniéndose de pie- Yo tenía razón, sólo fue algo que comí.

-¿En verdad? Estaba muy preocupado por ti- la joven agradeció sonriéndole de manera seductora. Aquello sería la perdición del moreno, de eso estuvo seguro.

-Necesito que me ayudes en la investigación del caso McAlister- le pidió de pronto. Ese cambio de tema desestabilizó a Harry. La miró alzando sus cejas comprendiendo que hablaba muy en serio.

Hermione le explicó sus deducciones, le mostró las fotografías de la cámara, las declaraciones de los duendes y del acusado, los argumentos de Mafalda y el trato que ella quería conseguir para no llevar a cabo un juicio, según su convicción, innecesario. El ojiverde escuchó y leyó todo con sumo cuidado. Una vez más se sorprendió de la organización de la muchacha. Todo se hallaba separado por fechas, por actores, por acontecimientos y alfabetizado con etiquetas coloridas. Se había puesto manos a la obra con toda seriedad luego de despreocuparse un poco de su trabajo en los difíciles días del rompimiento con Ron. Ahora, estaba haciendo una labor perfecta, demostrando que era una mujer muy fuerte y competente. Harry se sintió orgulloso. Al mirarla directamente a los ojos no pudo negarse a ayudarla. La luz de esa conocida mirada lo desarmaba de un sólo pestañeo deseando que no tuviese tal poder sobre él… pero ya era demasiado tarde.

Dejó los papeles sobre la mesa del escritorio y llevó una de sus manos a la mejilla de Hermione. Ella cerró sus ojos por dos segundos debido al contacto tibio de su palma suave. "Siempre estaré contigo para apoyarte", le susurró Harry cerca del oído rozándole el lóbulo con sus labios. La castaña creyó que los huesos abandonaban su cuerpo para dejarla maleable y vulnerable al tacto. El recuerdo de las noches compartidas a lo largo de tres meses de convivencia consiguió hacerla temblar. Nunca había vivido esa clase de intensidad en tan poco tiempo. Nunca creyó que existiese ese tipo de deseo, de pasión entre ellos y comprendió que no había vivido nada parecido con nadie. Nuevamente estaba en medio de una excitante aventura junto a Harry Potter.

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Sin perder mucho tiempo, ambos se dirigieron al Banco de Gringotts para comenzar las investigaciones que hacían perder la calma a la joven abogada. Ella necesitaba reunir información de forma rápida, no soportaba la idea de que Ian McAlister estuviese privado de su libertad por un crimen que no había cometido. Debía darse prisa. El movimiento dentro del banco era el mismo de todos los días, los duendes se mostraban eficientes, sumergidos en sus quehaceres y funcionando como una maquinaria bien aceitada. Los clientes entraban y salían satisfechos mientras que por el pasillo del vestíbulo, Hermione caminaba a paso presuroso con Harry a su lado. Al llegar al recibidor principal, la muchacha no tardó en exigir visitar la cámara procesada para nuevas pesquisas ahora en compañía del Auror en Jefe del Ministerio. El duende al oírla no pudo negarse. Como si hubiese olido lo peor, arrugó su larga nariz y les entregó la llave a regañadientes. De nuevo, uno de los empleados tuvo que llevarlos hasta las entrañas del inmueble iluminando la caverna con el faro entre sus cortos brazos. Moreno y castaña abordaron el carro sobre los rieles sintiendo el tirón que dio inicio al viaje subterráneo. Atravesaron el largo pasillo rocoso ignorando las demás cámaras antes de llegar a la requerida. El sonido hueco que aumentaba a medida que se internaban más y más, siempre generaba en Hermione un desasosiego que la volvía claustrofóbica. Imaginarse atrapada al interior de ese escenario no era una idea muy alentadora.

Harry estaba acorralado por la curiosidad. Su amiga le había dicho que fijara su atención en la silla antigua que estaba en la imagen pero que misteriosamente había desaparecido. Según el duende guía, quien no entendía por qué debía responder las mismas preguntas otra vez, nadie había sacado ni ingresado nada después de la detención del joven McAlister, todo estaba debidamente bajo control; pero aquellas palabras no dejaron tranquilos a los dos jóvenes intercambiando miradas cómplices al descender del carro. Al estar dentro de la cámara de seguridad, Harry recorrió cada rincón con la atención digna de un cazador. De pronto, un recuerdo se le vino a la mente y volteó hacia su mejor amiga. Había emparejado la imagen de la silla con el recuerdo de un cierto sofá tiempo atrás. Ella, al verlo reaccionar de esa manera, supo al instante que algo importante había deducido. Sin embargo, no pudieron hablar entre ellos porque el gruñido estridente de un animal cercano los hizo brincar. El sonido retumbó por las paredes cavernosas y el duende cubrió sus oídos.

-¡Descuiden! ¡Se trata del dragón que cuida las cámaras!- gritó por sobre el ruido- ¡Seguramente están alimentándolo!

-¿¡Podemos hablar con quien esté a cargo de él!?- preguntó Harry esperando que el eco disminuyera su intensidad. El duende lo miró intrigado. El Auror insistió- Nos gustaría saber si vio algo extraño el día del asalto.

-De acuerdo- accedió el pequeño y Hermione siguió a su mejor amigo hacia la salida de la cámara esperando el minuto oportuno para preguntarle qué había sacado en limpio hasta entonces, pero el duende caminaba delante de ellos alumbrando sus pasos pendiente a cualquier cosa que se dijera en su presencia.

Al rodear la cámara, unas escaleras de piedra descendían en forma de caracol hacia la oscuridad. Hermione sintió un escalofrío apegándose más a Harry. El eco producido por sus zapatos en el suelo duro, tronaba con fuerza espantando la serenidad en sus latidos. El aire que subía desde esa parte de las profundidades, sopló en sus rostros notando que olía ligeramente a azufre. La temperatura cambió de un segundo a otro, sintiendo el calor penetrar sus ropas y el sudor salpicar sus frentes. Estaban cada vez más cerca de la bestia agradeciendo sin palabras que estuviesen alimentándola y no matándola de hambre.

Cuando terminaron de bajar por las escaleras, el espacio proporcionado para el dragón era increíble. El sitio no era como Harry y Hermione lo recordaban. Hacía algunos años, ellos y Ron habían escapado montados sobre el que cuidaba en ese momento las cámaras de alta seguridad. Era un dragón ciego el de entonces y liberado por el trío después de lograr su cometido: salir ilesos del banco de los magos. Ahora, frente a sus ojos, un hermoso animal de escamas tornasol, resoplaba por su nariz el humo gris que invadía sus pulmones. Los chicos tosieron y con sumo cuidado se acercaron hacia el tipo delgado que guardaba los elementos de su trabajo. Vestía un overol grueso de color azul, guantes largos y antiparras oscuras como protección. Al ver a los visitantes, el mago se quitó las gafas y los miró con extrañeza, era lógico que no acostumbrara a ser visitado en esa parte del banco.

-¿En qué puedo ayudarlos?- preguntó el tipo limpiando su frente.

-Ellos son la abogada Hermione Granger y el Jefe de Aurores Harry Potter- informó el duende dejando el faro en el suelo- Vienen a hacer unas preguntas sobre el caso McAlister- al oír todo aquello, el hombre no se mostró sorprendido. Harry se acercó educadamente.

-Mucho gusto, señor…

-Greenwood, Athos Greenwood- saludó estrechando la mano estirada del moreno. Hermione lo observaba en su extraña indumentaria y notó que tenía algunas cicatrices de quemaduras en su rostro y cuello. El trabajo de alimentador de dragones no debía de ser una tarea sencilla.

-¿Hace cuánto que trabaja para el banco, señor Greenwood?- preguntó la castaña tratando de no marearse con el fuerte aroma a azufre. El dragón estaba demasiado ocupado lamiendo sus pezuñas.

-Hace más o menos dos años- dijo el aludido- ¿Usted es la defensora del ladrón?

-Preferiría que lo llamase por su nombre: Ian McAlister- el mago alzó sus cejas y reconoció su agravio con un asentimiento de cabeza.

-¿Recuerda que haya sucedido algo extraño el día del arresto de aquel chico?- intervino Harry. Greenwood negó luego de haber meditado la pregunta unos segundos.

-Bueno, no hay mucho que pudiese ver desde aquí como podrán suponer- esa respuesta era bastante obvia. Los jóvenes pasearon su vista por todo el lugar y comprendieron que era complicado saber lo que pasaba escaleras arriba.

Mientras Harry conversaba con el empleado, Hermione caminó por la cantera mirando al dragón en toda su magnitud. Era un ejemplar precioso a pesar de lo feroz y letal que se veía. Pudo comprender muy bien a lo que se refería Hagrid cuando se maravillaba con alguna criatura mágica de ese tipo. La joven pensó en la dura batalla que se le venía encima en contra de esa insufrible de Mafalda. Esa mujer era capaz de ser muy retorcida cuando deseaba conseguir algo. Recordó los casos en los que se vieron las caras ante la Asamblea, ellos sabían muy bien qué esperar de cada una siendo sus juicios sesiones apasionantes de argumentos. Esas brujas eran realmente muy inteligentes. Durante una fracción de segundo, un fuerte mareo la distrajo de sus pensamientos. El aroma denso dentro de esa caverna la asqueó y cerró sus ojos un momento para retomar el control perdido, pero antes de volver a abrir los ojos todo habría de pasar muy rápido.

Hermione no supo cuánto se había acercado al dragón gracias al mareo que la desequilibró totalmente. Los pasos vacilantes que la llevaron a traspasar el límite entre el animal y ella, fueron advertidos por Harry casi de inmediato. El dragón al ver que una deliciosa víctima estaba tan cerca de sus garras, se incorporó rápidamente y batió su enorme cola espinosa para golpearla. Lo hubiese conseguido de no ser por el moreno, quien sin importarle nada, corrió hasta donde estaba su amiga y la quitó del trayecto azotando sólo el piso desnudo. Harry cayó al suelo con Hermione entre sus brazos viendo que el dragón se disponía a exhalar fuego por su hocico. Instintivamente protegió a la muchacha con su cuerpo, sabía que sería rostizado como pollo sin escapatoria, pero el mismo Greenwood desvió la potente llama con su varita hacia un lugar en el que no hiciese daño alguno. Harry aprovechó aquello para salir del peligro y llevarse a la castaña fuera de allí, no tendrían la misma suerte dos veces. Después de estar a una distancia prudente, los jóvenes volvieron a subir las escaleras hacia las cámaras, agradeciendo la fresca brisa que les dio la bienvenida. Hermione aún temblaba de pies a cabeza.

-¿Qué fue eso? ¿Por qué te acercaste tanto al dragón?- le preguntó el muchacho sin poder ocultar su enfado.

-No tuve la intención de hacerlo …

-¡Casi te mata! ¿Qué pretendías probar?

-Nada, yo sólo…

-¡No vuelvas a hacer eso! ¿me oíste?- la regañó Harry cogiendo su rostro firmemente entre las manos. Hermione asintió callando la verdadera razón de su descuido.

Tres largas semanas habían pasado. Veintiún días de espera en los que Hermione temía recibir una respuesta que estaba segura de saber muy bien. Gracias a la testarudez que la destacaba, no quiso ir a St. Mungo debido a sus malestares y se quedó en casa en cambio, revisando los datos obtenidos por Harry. Luego de aquella visita a las cámaras del banco, el moreno le contó sobre lo conversado con el alimentador de dragones. Como bien sospechaban, él mago no tenía idea de nada pero sí apostaba en la culpabilidad del muchacho como muchos también lo hacían. Eso molestó a la muchacha, quien apenas saboreó la cena cocinada por el ojiverde.

Hacía varias noches que Harry notaba que casi no tocaba su plato y se preocupó todavía más por ella. Se había cansado de preguntarle si estaba bien, porque como era de esperarse ella contestaba con la mejor de las respuestas, sabía que lo hacía para evitarle malos ratos; pero ya durante las madrugadas, cuando el insomnio se apoderaba de ellos, Harry se acostaba a su lado como siempre aunque sabía que la joven no conciliaba el sueño. No habían vuelto a tener sexo, pero no por falta de deseo, sino que por la extraña sensación de que algo había cambiado. El moreno la extrañaba, acariciaba su rostro al abrazarla bajo las sábanas, estaba sumido en la incertidumbre aún mostrándose confiado. Se fiaba que tarde o temprano Hermione le diría lo que estaba ocurriendo.

-¿Confías en mí?- le había preguntado una noche.

-Claro que sí- dijo la castaña, acurrucándose más contra él.

Sabía que su mejor amigo estaba tan intranquilo como ella pero no pudo evitar guardar silencio ante sus sospechas. Después de cenar, la joven no pudo negarse ante lo inevitable. Fingiendo normalidad absoluta, se puso de pie, dejó la servilleta sobre la mesa y se despidió de Harry con un beso en su cicatriz, "Me voy a la cama, estoy agotada", le había dicho y subió a la segunda planta encerrándose en el baño.

Había ciertos hechizos importantes que tenían estrecha relación con quien los emitían. Los conocedores de la materia sabían muy bien cómo emplearlos y Hermione, con varita en mano, gozaba del conocimiento necesario para realizarlo. Se miró al espejo unos segundos tratando de reconocerse tras ese velo de aprensión que cubría su rostro. Decidida, respiró profundo. Con movimientos pausados, subió su camiseta para luego bajar un poco la pretina de sus pantalones y dejar su vientre al descubierto. Apuntó un poco más abajo del ombligo y rezó el hechizo adecuado con su voz cantarina. Una luz blanca invadió la región provocando una suave sensación de calidez sobre su piel. Hermione, atenta al resplandor, esperó unos segundos hasta que de pronto, la luz cambió del tono blanquecino a uno azulado que aumentó hasta llenar el cuarto de baño. La mano de la joven tembló y soltó la varita que al caer interrumpió su brillo. Hermione se apoyó en el lavamanos tratando de no caer de la sorpresa. Volvió a mirarse en el espejo notando que no podía convencerse de su reciente confirmación… "Estás embarazada", se dijo en voz baja y a pesar de saberlo no podía creerse. Había sido como si esas palabras las hubiese dicho alguien más, una persona desconocida. No supo cómo reaccionar, primero la invadió el desconcierto, luego el miedo… hasta que sin saber cómo sobrellevar esa noticia, la voz de Harry al otro lado de la puerta la hizo saltar.

-¿Todo está bien?

-Sí, no te preocupes, ya salgo- dijo atropelladamente ordenando sus prendas.

Una vez afuera, la castaña se estrelló con la mirada inquisitiva del moreno sobre ella. Hermione trató con todas sus facultades de disimular que nada había sucedido. No se entendió por qué pero no estaba lista para decirle a Harry que estaba esperando un hijo suyo… ¿Qué pasaría entre ellos? Eran amigos, por el amor de Dios, habían cruzado un límite prohibido entre compañeros, entre dos personas que convivían armoniosamente… habían cometido el error de sumergirse de manera irresponsable en una intimidad peligrosa… ¿Qué diría Ron? ¿Qué dirían todos cuando se enteraran? Pero más importante aún: ¿Qué diría Harry?

-¿Necesitas algo?- le preguntó el joven acariciando su mentón.

-No, estoy bien, sólo deseo acostarme.

Harry asintió y con cariño la tomó de la mano para llevarla hasta su cuarto. Apartó las cobijas y la recostó para hacer lo mismo frente a ella. Se quedaron reposando sobre el colchón mirándose en silencio mientras que él acomodaba sus cabellos castaños sobre la almohada. El moreno se atrevió a romper la distancia y besó sus labios delicadamente. Hermione cerró sus ojos y se dejó besar por todo el contorno de su boca, sus mejillas, sus párpados, su nariz, el camino despejado de su cuello. La joven se abandonó a sus caricias olvidando por un momento lo que debía decirle. Harry, concentrado en disfrutarla como otras veces lo había hecho, llevó una de sus manos a la altura de sus senos y encerró uno despacio, masajeando rítmicamente conjunto al beso profundo que comenzaba a elevar la temperatura de ambos. Fue entonces, gracias a un destello de razón, que Hermione se detuvo y apartó un poco al joven para mirarlo a los ojos. Harry se enrojeció debido a la intensidad con que ella lo observaba. Parecía que algo quería decirle, algo importante… los labios de la castaña se abrieron y cerraron un par de veces mostrando vacilación ante la posibilidad de romper con el momento, pero al ojiverde no le importó que lo hiciera, siempre le interesó escuchar lo que ella tuviese que decir.

-¿Qué pasa?- pregunta simple pero complicada. Hermione se acomodó un poco para dejar salir su voz libremente.

-Harry… - comenzó la joven, intimidada por la atención adquirida- sé por qué me he sentido mal últimamente… yo…- Sin embargo, la voz de un tercero desde la sala los hizo salir de la plática tan bruscamente como a un sonámbulo del sueño.

-¿Hola, hay alguien en casa?- el llamado de Ron resonó por todas partes. Harry se puso de pie al instante, lívido como niño atrapado en una travesura. Salió del cuarto en el acto y bajó las escaleras rápidamente. Allí estaba en el recibidor, el pelirrojo Ron Weasley con un gran bolso colgado de su hombro. Harry lo observó reparando que había llegado recién de su viaje a Luxemburgo… se arrepintió de no haber leído la carta antes de botarla a la basura. El muchacho al ver al moreno, fue hasta su encuentro y lo encerró en un fraternal abrazo- ¡Qué gusto de verte, amigo!

-Vaya… Ron… ¿Qué haces aquí tan tarde?

-Te avisé en mi carta. No pude esperar hasta mañana para verlos, los extrañé mucho… ¿Dónde está Hermione?- junto con esa pregunta, la figura de la aludida apareció por las escaleras descendiendo peldaño a peldaño. Ron al verla quedó con la boca abierta y Harry se odió en el instante de notar su embeleso. Hermione por otro lado, comprendió que ver de nuevo a ese chico no causó en ella ninguna emoción más que de fastidio ante su interrupción, todo había cambiado entre ellos y quedó innegablemente demostrado en esos pocos segundos. Terminó de bajar al primer piso percatándose que Harry esquivó su mirada de forma cortante, sumamente incomodado. Eso le pinchó el estómago. No obstante, no tuvo tiempo de averiguar su fría reacción, porque sin esperarlo, el pelirrojo fue hasta ella y la abrazó por la cintura con la misma urgencia de un novio ausente y enamorado.