Hola a todos!
Hey! Muchas gracias por sus palabras, por sus comentarios que me activan la inspiración y seguir escribiendo con ganas, en verdad... Muchas Gracias!
Bueno, hemos llegado a nuevo mes, la llegada de Ron tendrá sus consecuencias y reacciones por lo que podrán suponer. No quiero revelarles ni adelantarles nada, sólo les digo esto: Acomódense, relájense, y prepárense porque se viene intenso!
Un beso para todos y de nuevo gracias por seguir en sintonía... BUEN VIAJE!
-¿Cuándo mierda tendré una respuesta clara?- estalló Harry ante un sorprendido medimago.
-Por favor, mantenga la calma…- le pidió el internista mientras que varios de los presentes se acercaban a la discusión. El señor Weasley fue uno de los primeros en llegar a un lado del moreno para tranquilizarlo y evitar que perdiera los estribos en cualquier minuto.
-¡No mantendré la calma hasta que me dejen entrar a verla!
-Harry, escucha…- inició Arthur con voz queda, mostrándose muy preocupado por la violencia que veía en el ojiverde. Sin embargo, el aludido no quiso oírlo empujando al medimago frente a ellos y poder entrar por esas puertas desesperantes. Varios empleados de St. Mungo intentaron detenerlo como también el señor Weasley ayudado por Ron y George. Harry se debatía con furia contra esas manos estorbosas, deseando ver a su castaña porfiadamente, pero para su frustración fue superado por la fuerza de muchos. Luna y Ginny cubrían sus bocas, sobrecogidas y absortas ante su comportamiento. Era de esperarse, las últimas horas las había pasado inmóvil como un vegetal hasta que por fin explotó sin poder contenerse por más tiempo.
-¿¡Por qué no me dejan entrar!? ¿¡Algo terrible ha sucedido!?- exigió el joven arrastrado de regreso a la sala de espera. Su pelirrojo amigo lo sostuvo con firmeza por los brazos intentando entorpecer sus intenciones. Debía dejar trabajar a los sanadores y su forma de actuar no ayudaba en nada. Harry buscó su mirada como un niño desolado- ¡Ron, por favor, diles que necesito ver a Hermione! ¡Necesito decirle que la amo!
V. Junio (Cuatro meses antes) – El frío se apodera de Grimmauld Place
Parte I
Ian McAlister miraba a ese Auror de cabello oscuro hablando con su abogada con miradas intensas. Algo le decía que se conocían más allá que sólo por trabajo y por su despliegue de sagacidad, entendió por qué era el Jefe del Cuartel. Harry intercambiaba opiniones con una distraída Hermione que si bien estaba en cuerpo dentro de esa oficina, no lo parecía en alma. La abogada divagaba por distancias inciertas, pensando tantas cosas a la vez que muchas de sus ideas colisionaban entre sí. No podía sacarse de la cabeza esa luz azul que significaba embarazo irremediablemente. Ese hechizo era certero, a diferencia de las mujeres muggles que debían orinar en una barra y constatar con el médico tratante, las brujas conocían el mágico procedimiento sabiendo de antemano que era infalible. Por otra parte, la castaña se encontraba sumergida en el recuerdo de la noche anterior: La llegada de Ron y el abrazo entrañable que le había dado. Después de tres meses de haberse ausentado, al parecer el pelirrojo quería retomar una relación que para ella ya era simplemente inexistente. Al soltarla, Hermione retrocedió un par de pasos sin entender aquel arrebato tan cariñoso. Dirigió su mirada hacia Harry pero éste bajó la vista evadiendo el contacto de sus ojos. La muchacha experimentó una confusa amargura que le pronosticaba que algo malo se veía venir.
Ron contó con entusiasmo las semanas vividas en Luxemburgo, relató los partidos ganados y el segundo lugar que tan orgullosamente ostentaba Inglaterra. Les enseñó la medalla que lo acreditaba y algunas fotografías del equipo seleccionado. Harry y Hermione fingían interés cuando ninguno de los dos estaba con sus cinco sentidos puestos en esa sala.
-¿Cómo han estado ustedes? ¿Qué tal la convivencia?- esa pregunta fue una bomba nuclear. La primera reacción del ojiverde fue reventar en una carcajada descomunal pero se reprimió. La castaña miró hacia otro lado, apretando sus labios de manera muy angustiante. Las noches de pasión compartidas con Harry entraron como una estampida a su memoria y le ardió la piel.
-Bien, todo ha resultado bien- dijo ella escuetamente, notando que al mirar a su cómplice, éste se ruborizó sin querer responder.
El cambio en Harry fue evidente. La aflicción gobernó el corazón de Hermione sospechando lo que su mejor amigo estaba pensando… de seguro debía estar sintiéndose una basura al tener a Ron a su lado, denominándose un amigo desleal al acostarse con su ex a las pocas semanas de compartir un mismo techo. Podía entender eso, pero… ¿Por qué la hacía sentirse culpable? ¿Por qué esa frialdad al mirarla? ¿Acaso toda la deliciosa intimidad que habían creado habría de terminar a partir de ese momento?
Ron se excusó para irse a casa. Mostraba oscuras ojeras bajo los ojos y el cansancio lo había superado. Se colgó el bolso al hombro, se despidió del moreno y luego se acercó a Hermione con una mirada dulce. La muchacha esperaba que lo hiciera, lo aprendió a conocer tan bien que ni siquiera le sorprendió su petición en voz baja: "Necesito conversar contigo", dijo el recién llegado y ella se encogió de hombros… no tenían nada de qué conversar pero sabía que insistiría. Harry, al ver ese breve intercambio de palabras, tragó saliva ácida apartando su atención de ellos. Después de unos minutos, de nuevo quedaron solos en esa mansión que de un instante a otro se había vuelto mucho más grande. Al volver a la cama, la joven lo hizo sola. Harry se despidió de ella en el umbral de la puerta de su alcoba y caminó hacia la propia sin mirar atrás. Eso le estancó la noticia que debía darle en medio de la garganta…
-¿Señorita Granger?- le habló el joven Ian devolviéndola a la realidad- ¿Está usted bien?
-Sí… estoy bien- respondió Hermione rápidamente, notando que sus ojos estaban anegados por las lágrimas. Una constante sensibilidad se había apoderado de su pecho sintiéndolo en carne viva todo el tiempo. Harry la observaba desde su asiento a un costado pero no le dijo nada. Carraspeó.
-Sobre la silla en la fotografía…- dijo el ojiverde tratando de seguir con la línea de la reunión- Tengo una teoría que puede ser muy reveladora para este caso- tanto el joven McAlister como Hermione miraron a Harry con interés. Éste continuó- Hace algunos años, vi con mis propios ojos a un mago convertido en sofá como mecanismo de defensa. Su nombre era Horace Slughorn. Si la silla no era parte de tus pertenencias y aparece en la fotografía para luego no estar por ninguna parte…
-… puede ser que esa silla no sea una silla realmente, sino que el verdadero culpable- completó la castaña comprendiendo muy bien la deducción de su mejor amigo. Harry asintió queriendo sonreír ante la constante conexión, pero se contuvo bajo la incrédula mirada de Ian.
-¿Piensa que puede ser alguien convertido en un objeto?
-Lo he visto y créeme, es muy posible que el responsable haya estado bajo nuestras narices sin darnos cuenta- comunicó el Auror, poniéndose de pie- Alguien se aprovechó de su capacidad para culparte a ti y tal vez volver ahora que no hay obstáculos para robar tu cámara.
-¿Cree en mi inocencia?- Harry no esperaba tal pregunta por lo que tardó en responderla.
-Si la señorita Granger cree en ti, para mí es suficiente- dijo consiguiendo que la aludida lo mirara con las mejillas arreboladas. Harry supo que había sonado muy condescendiente por lo que enderezó su postura y paseó por el despacho para evitar mirar a Hermione- Esta investigación la llevo a cabo porque no me gustan las injusticias. Pronto volverás a casa, chico.
-Gracias, señor Potter…
-Llámame Harry.
Aquella reunión fue como mantenerse dentro de un cuarto sin oxigeno para el muchacho de la cicatriz. Estar cerca de Hermione se había vuelto muy difícil ahora que Ron había regresado. No esperaba que esa actitud manejara sus acciones, sabía que entre sus amigos ya no había nada que los atara, habían terminado pero la voz profunda de su lealtad le decía que estaba jugando con fuego. El pelirrojo aún amaba a Hermione, él lo sabía, desgraciadamente Ron se lo había dicho en sus cartas y lamentó el día en que alojó a la muchacha en la mansión… no, eso no era cierto… vivir con ella había sido lo mejor que le había pasado nunca y lo volvería hacer, sin embargo, no podía evitar alejarse, no podía permitir que todo ese juego excitante siguiera adelante. Había prometido cuidar de la castaña y eso era lo que debía hacer… nada más.
Al salir de la oficina de retención, Hermione le agradeció al moreno su voto de confianza. Sabía que podía contar con él para desentrañar los misterios del caso y como un movimiento reflejo, tomó una de sus manos cariñosamente. Harry quedó descolocado. Su estómago se removió inquieto mirando en todas direcciones preguntándose si alguien los estaba observando. La muchacha frunció el ceño al verlo tan perturbado. Le preguntó qué ocurría pero al igual que ella cuando tocaban el tema de la salud, le contestó un "Nada" que no sonó convincente bajo ningún concepto. Las ganas de llorar otra vez ahorcaron a Hermione.
-Necesito decirte algo- habló ella con el tono tembloroso. Harry la miró por primera vez desde que se había levantado de su cama la noche anterior para atender la maldita llamada. Ese color marrón le robaba el espíritu, tenía tal efecto lacerante que le cortaba el aliento y no pasó por alto que se veía tan hermosa como todas las mañanas. No poder besarla le secó la boca.
-¡Vaya, vaya… pero si son los compañeros de casa, Harry y Hermione!- exclamó la molesta voz de Mafalda Weasley al otro extremo del pasillo. Al verla caminar hacia ellos, el moreno soltó la mano de su amiga como si ésta quemara la suya. La castaña apretó sus dientes de rabia- ¿Cómo va la salud, colega? Potter me contó que estabas mal del estómago.
-Estoy bien, gracias- respondió la aludida de manera incisiva- ¿Te molestaría dejarnos solos? Estamos en medio de una charla importante- Mafalda enarcó una de sus cejas y sonrió al saber que estaba interrumpiendo lo que parecía una escena de tortolos. Agudizó su irónica expresión.
-Así veo, querida… pero vine a decirte que el juez nos necesita a ambas y sabes bien que no podemos hacerlo esperar- Hermione soltó una risa agotada al darse cuenta que el destino estaba jugando con ella como un depredador con su presa… ¡Maldita arpía!, pensó para sus adentros… ¡Qué talento tenía esa mujer para sacarla de sus casillas!
Sin poder negarse, la joven se despidió de Harry tratando con todas sus fuerzas de no mostrarse importunada ni ansiosa. Quiso darle un abrazo de esos que eran capaces de unir los corazones y sincronizar los latidos… lo extrañaba sin saber por qué. El moreno vio en su rostro una desilusión que pudo sentir en sí mismo, verla alejarse fue como un ejemplo visual de lo que estaba pasando y suspiró trabajosamente. No contaba con que el sentimiento de culpa lo hiciera su esclavo de manera tan violenta.
Harry abandonó el Ministerio para poder respirar. Le hacía falta un momento de introspección para poder entenderse, para poder hallar en su interior el valor, la determinación de la que estaba viéndose desprovisto. Amaba a Hermione pero lamentablemente también a Ron, él sufriría mucho si se llegaba a enterar de lo que había pasado entre ellos desde marzo en adelante. No, no podía ni imaginar lo que pasaría con su amistad de años. El trío se iría al carajo. "Has sido un gran apoyo durante estas duras semanas, amigo… trata de recordarle a Hermione que la sigo amando a pesar de todo"… ahí estaban otra vez esas malditas palabras… ¿Por qué no podía sólo obviarlas y continuar conviviendo felizmente con aquella fantástica mujer?… "Porque le perteneció a Ron primero", dijo una voz muy parecida a la propia y Harry sacudió la cabeza creyendo que perdería la cordura.
Sus pasos erráticos lo llevaron hasta Las Tres Escobas para beber un trago. Como siempre, el local mágico estaba abarrotado de gente y humo que rondaba sobre sus cabezas. Tras la barra estaba la inalterable Madame Rosmerta, quien limpiaba el mesón a la espera de un nuevo cliente. Harry se ubicó en uno de los taburetes y pidió un whisky de fuego a media voz. La mujer accedió llevando la copa sin demora. El moreno sintió cómo el calor del licor se propagaba por todo su cuello y lengua al beber de él. Saboreó un par de veces más agradeciendo ese instante de distracción luego de sentir la mente atochada de estúpidos remordimientos. Terminó su trago dejando el vaso sobre la barra con más fuerza de la necesaria. Aquello atrajo la atención de algunos clientes cercanos pero no le importó.
-¿Harry?- el ojiverde volteó al oír su nombre y entre las mesas vio a Ron y Ginny compartiendo unas cervezas de manteca. Lamentó no haber llevado la capa de invisibilidad en ese momento. No deseaba la compañía de nadie, mucho menos la de él. Tuvo que ensayar una sonrisa ruda que más que eso rozaba a mueca extraña. Abandonó la barra y se sentó con ellos obedeciendo a su invitación.
Como sospechaba, Ron seguía emocionado por su viaje. Habría de contar todo lo sucedido desde su arribo hasta su regreso, todas las jugadas y las ofertas de clubes que le habían llovido luego de su magistral desempeño en los tres aros. Harry quiso mantenerse atento pero pronto perdió el interés recordando a Hermione… ¿Se habrá dado cuenta del vacío que estaba abriendo entre los dos sin querer? ¿Logrará comprenderlo o lo odiará absolutamente por eso? Mientras que el joven estaba en esa batalla de preguntas sin respuesta, Ginny lo observaba reparando en su deserción de la plática, Harry no estaba allí y dio cuenta de la vaga seriedad que residía en su ceño. Algo había cambiado en él. Ron seguía hablando y gesticulando sin percatarse que sus oyentes en realidad no lo estaban escuchando. Tanto era su entusiasmo que sólo deseaba retomar lo que había dejado en Londres, comenzar a vivir intensamente y corregir los errores que había cometido… en esa parte de su discurso, Harry cayó en picada de vuelta a la conversación y cambió su aire de ensueño por otro mucho más pendiente. Sobre todo porque cierto nombre taladró sus sienes.
-¿Crees que tenga posibilidad de volver con Hermione?- soltó el pelirrojo de repente. Esa pregunta iba dirigida al moreno, quien resopló mostrándose dubitativo.
-No lo sé… pregúntale a ella.
-Pero con el tiempo que ha pasado… ¿Ha preguntado por mí? ¿Crees que me ha extrañado?- Harry no quería mantener esa conversación, le hacía daño, la agudeza de esos cuestionamientos le cortaba los pulmones y le restaba el aliento… ¿Es que acaso tenía pintado en el rostro su eterna tolerancia? No quería recordar los días en que Hermione lloraba por los rincones la separación que había vivido, lo duro que fue empacar para luego desempacar en un lugar que no era el propio, decorar una habitación prestada y comenzar a vivir con alguien que no era su novio. Había sido un proceso de sanación demasiado complejo como para explicarlo.
-Es un tema que deberás hablarlo con ella- insistió Harry notando que su voz salió de su boca como si hubiese escupido veneno. Ron asintió.
-Tienes razón…- dijo, sorbiendo de su cerveza para reunir fuerzas- Le pediré que regrese, la extraño- después de haber arrojado esa granada sin seguro, el pelirrojo se puso de pie para despedirse, debía volver al club para sus próximos entrenamientos. Dejó dinero sobre la mesa, palmoteó la espalda de Harry y salió del local dejando a su hermana y mejor amigo con rostros pensativos. Ginny no tardó en romper con la pausa, algo le decía que su instinto femenino no estaba errado al querer hacerle en una sola pregunta.
-Pasó algo entre tú y Hermione durante estos meses, ¿verdad?- y totalmente desarmado, Harry no pudo más que guardar silencio pidiendo otra ronda de whisky a la ocupada Madame Rosmerta...
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Sangre, llanto, miedo, gritos… el temblor que se apoderaba de cada una de sus extremidades la hacía caer al suelo tratando de levantarse, de mantenerse serena. No obstante, el abandono de las energías le azotaba el cuerpo sabiendo que debía salir de allí, que corría peligro. El dolor en su vientre la partía en dos, se abrazaba a sí misma con fuerza tratando de retener lo que no quería perder en aquel torrente de sangre oscura.
La joven sudaba helado derrumbada en el suelo, observada por una mirada insidiosa y altiva que no hacía nada por ayudarla. Estaba aterrada de morir en ese lugar y se retorcía escuchando gruñidos que rebotaban por doquier. El llanto la invadió sintiendo cada vez más frío, más ganas de rendirse, más deseos de dormir para siempre. De pronto, el fulgor de una llama rutilante la hizo cerrar sus ojos. El calor la calcinaría, de eso estuvo segura, y no había nada que pudiera hacer al respecto…
-Despierta, Hermione… - le dijo Harry tratando de calmarla. La muchacha salió del pozo sin fondo de los sueños espantosos y de un brinco quedó sentada en medio de la cama. El sudor que mojaba su cuello se deslizó por su espalda jadeando entre una mezcla de alivio y exaltación. Nuevamente esa terrible imagen le estorbaba en su descanso.- ¿Estás bien?- preguntó el moreno apartándole algunos mechones húmedos del rostro. Agradeció tenerlo allí al igual que las otras noches.
-Estoy bien, gracias por estar aquí- murmuró ella volviendo a apoyar su cabeza en la almohada.
-Descuida, sólo fue una pesadilla… estaré en mi habitación si necesitas algo- esa información tardó en ser procesada por la castaña, quien al escucharlo frunció el ceño sin creerle. ¿Qué quería decir con eso? ¿No se quedaría con ella para velarle el sueño como antes? Eso le detuvo el corazón y volvió a incorporarse. Al verlo caminar hacia la puerta supo que hablaba en serio. ¿Por qué se comportaba de esa manera tan glacial? Ya era hora de saber qué estaba pasando.
-Harry…- lo llamó provocando que el aludido detuviera sus pasos y girara sobre sus talones para mirarla a distancia. Ella sintió que estaban separados por largos kilómetros- ¿Hice algo malo para que actúes así?
-Por supuesto que no, tú no tienes culpa de nada.
-¿Entonces? ¿Qué está sucediendo?- Harry llevó sus manos a la cintura buscando las palabras precisas en todo su extenso vocabulario. Hermione lo esperó como una sedienta su ración de agua.
-Creo que es mejor volver a nuestra antigua relación y mantener ciertos límites de convivencia- dijo el joven creyendo que era otra persona la que hablaba por él.
No quería estar diciendo eso, no quería estar en esa asquerosa situación de "romper" con su mejor amiga un modo de vida que amó desde el principio. Nunca había vivido así con nadie antes y podía decir con certeza que era una experiencia maravillosa, más aún hacerle el amor entre esas sábanas blancas, rozando, sudando, gimiendo. Sin embargo, la imagen de Ron no dejaba su cabeza en paz. El recuerdo del trío de amigos soplaba su nuca como un vendaval y no sabía qué otra cosa hacer.
Hermione no respondió. Tuvo miedo que al hacerlo rompiera a llorar como una idiota gracias a la hipersensibilidad que desequilibraba su autocontrol. Sus emociones estaban a flor de piel, su valor esta viéndose mermado y sólo quería retroceder el tiempo en donde ambos cenaban juntos y luego compartían el sueño durmiendo en una misma cama, tan unidos como si compartieran además un mismo cuerpo… añoraba ese tiempo en el que verdaderamente había sido feliz. Ahora, con Harry de pie al otro lado de la alcoba, sentía que era un enemigo concentrado en acabar con sus defensas. En su interior, la semilla de un nuevo amor estaba creciendo y al recordarlo, el ardor del nudo en su garganta le impidió respirar bien. Su orgullo fue en su ayuda aconsejándole al oído que se tragara sus lágrimas. Elevó un poco su barbilla mostrándose falsamente impávida.
-¿Por qué me pides eso?- fue lo único que pudo preguntarle. El aludido no deseaba alargar esa plática terrible, sólo quería hacer lo que pensaba correcto en ese momento y dejar de hablar. La llegada de Ron lo había tomado por sorpresa, no tenía un plan, no tenía una decisión de la cual asirse… sólo sabía que no quería herirlo con aquella relación inapropiada; una relación que ocultaban dos de las personas que más confianza le daban. Harry creyó que debía sacrificarse aún sintiendo los trozos de su corazón desprendidos como collar roto. Se obligó a contestar.
-Porque Ron está decidido a recuperarte… y es mi mejor amigo, no puedo hacerle esto.
-Pero yo no quiero volver con él, ¿mi opinión no cuenta en este asunto?- esa forma argumentativa de ser siempre conseguía dejarlo sin municiones para contraatacar. Harry suspiró.
-Compliqué todo, perdóname…
-¡No me pidas perdón por algo que hicimos juntos!- exclamó Hermione perdiendo un poco su fingido aplomo.
-Lo siento, no quiero hacerte daño. Sigamos siendo tan amigos como antes ¿está bien?- ese ingrata conclusión abofeteó a la castaña quien, con el impulso de su obstinación, se levantó de la cama y comenzó a vestirse apresuradamente. Harry frunció el ceño sin saber lo que estaba haciendo, dio un paso hacia ella preguntando cuáles eran sus intenciones.
-Me voy de aquí… no puedo vivir contigo fingiendo que nada pasó entre nosotros.
-Pero, Hermione… es muy tarde, no puedes irte- dijo el moreno experimentando un miedo congelante a través de sus venas. Verla empacando sus ropas, tirándolas de forma desordenada en la maleta, sería sin lugar a dudas el peor momento de su vida. Trató de detenerla pero la joven lo apartó de un empujón para así caminar hacia la puerta con largas zancadas. El ojiverde corrió tras ella escaleras abajo cogiéndola del brazo- ¡Hermione, no te vayas, por favor!
-¡Ya dijiste todo lo que tenías que decir!- bramó la muchacha liberándose de su opresión. Con el peso de su ropa mal empacada, descendió los últimos escalones hasta llegar al recibidor. Harry intentaba hacerla declinar en su decisión impetuosa no por lo avanzado de la noche sino por el abismo al que caería si no la tenía allí dentro de esas cuatro paredes. Hermione abrió la puerta para abandonar la mansión pero el chico volvió a cerrarla entorpeciendo su objetivo de salir por fin. Ambos se midieron con la mirada, desafiándose mutuamente a perpetuar el próximo movimiento… ¿En qué momento todo se había desmoronado?
-¿Por qué no puedes entender lo que trato de hacer?- preguntó Harry, sonando como violín mal afinado debido a la desesperación en su voz. La aludida negó con la cabeza demostrando que no sería fácil transar con ella. Con toda la frialdad de un ejército de Dementores, Hermione lo miró sin responderle todavía. Internamente, se debatía entre decirle la verdad o dejarlo plantado ahí, ignorante de la novedad en su vientre. Lo odiaba por no haberla escogido a ella y pensar siquiera en una amistad platónica luego de vivir por semanas de manera tan intensa. Eso era imposible, debía salir de esa casa. Los recuerdos cálidos de una vida en conjunto la empujaban hacia el exterior.
-No puedo seguir como si nada hubiese pasado porque… estoy esperando un hijo tuyo…- Harry pudo sentir el vértigo, el insondable vacío bajo sus pies. El piso que tan fielmente soportaba su peso había desaparecido y se encontró cayendo precipitadamente hacia lo desconocido. Quedó estático, de pie en el umbral de la puerta sin poder reaccionar ante aquella declaración lapidaria. Hermione se sintió peor que si lo hubiera negado, el silencio hermético que los dejó mudos y sordos fue total. La joven, aprovechando ese trance en el moreno, tomó el picaporte sin demora, abrió la puerta y salió de la mansión tras un portazo. Harry se obligó a moverse como un robot. Invadido por el miedo desorbitante, siguió a la castaña hasta las afueras pero el chasquido inmediato le indicó que había desaparecido. "¡Hermione, regresa!", gritó inútilmente para después entrar de nuevo y dejarse caer sentado en el piso.
Las tres noches siguientes fueron una verdadera tortura para Harry. El muchacho buscó por todas partes a Hermione sin hallarla. Cuando se dirigía a su oficina nunca estaba o siempre se hallaba inmersa en una reunión importante con el juez o con su cliente sin permiso de acceso. Visitó desde la cabaña de Hagrid hasta la casa de Neville sin poder dar con su paradero. La búsqueda lo hizo de manera sutil para que nadie se diera cuenta de lo sucedido pero la angustia en su rostro muchas veces lo delataba. Todo el mundo sabía que estaban viviendo juntos desde el rompimiento de la relación con Ron. Para nadie pasó desapercibido que la castaña dejara el apartamento que compartía con el pelirrojo para ir con todas sus maletas a Grimmauld Place amparada por el ojiverde. Unos lo comprendían como los señores Granger… otros lo desaprobaban como Molly Weasley.
Para esta bruja era algo sospechoso que dos amigos del sexo opuesto vivieran juntos en una misma casa, con las alcobas unidas por un mismo pasillo, no lo consideraba algo bien visto. Sobre todo en esos dos, quienes siempre habían demostrado una confianza superior a la entendible. "Por favor, querida… son casi como hermanos", le había dicho Arthur un día sin poder calmar sus ansias. Desde que Hermione se había mudado en febrero a la antigua mansión Black que no dejaba a su hijo en paz. Afortunadamente, el viaje a Luxemburgo de Ron había declinado la frecuencia de su insistencia: "¿Piensas arrojar todo lo construido por la borda?", segura de que tarde o temprano volverían a estar juntos y se casarían como era el anhelo de toda madre. Aquellas palabras chocaban en los tímpanos de Harry sentado en la mesa Weasley, cenando con ellos… o mejor dicho, mendigando compañía en una nueva noche solitaria.
Era triste, se había acostumbrado a comer con su mejor amiga todos los días, se había acostumbrado a oler el exquisito aroma de la comida recién preparada por la joven, a ver la mesa puesta después de un día laboral, las copas relucientes y los cubiertos dispuestos… ahora, debía limosnear la calidez de hogar que una vez tuvo a granel y que al parecer había perdido para siempre. Todo eso lo extrañaba al punto de dolerle respirar. No quería que ese tema saliera en la plática, cuando le habían preguntado por Hermione, mintió entre dientes sobre su excesiva cantidad de trabajo y las horas eternas que pasaba en la oficina. No sabía qué estaba haciendo metido allí, le hacían más daño las preguntas ajenas que las propias pero demandaba conversación, distracción, de lo contrario la soledad lo terminaría desquiciando.
Como un lobo solitario, el ojiverde rondaba por la casona con los pies pesados. Las últimas palabras de la castaña antes de desaparecer se habían convertido en su estela: "No puedo seguir como si nada hubiese pasado porque… estoy esperando un hijo tuyo…", un hijo… un hijo con Hermione. Esa era la razón por la cual estaba tan descompuesta físicamente, los vómitos matutinos, las náuseas, los mareos, su palidez y cambios de humor… estaba muy claro y no lo había notado antes… ¿Cuándo pasó? Debió ser en abril, en el apasionado encuentro dentro del baño… no, no… en marzo, definitivamente en marzo, cuando la rodeó sintiendo su calor como los grados que faltaban a su propio cuerpo. Harry tuvo miedo. No tenía idea de cómo ser un padre, nunca había tenido más ejemplo que el señor Weasley y casi ni recordaba sus actitudes paternales frente a los pelirrojos. Deseó tener una vez más a Sirius a su lado, su padrino podría brindarle el apoyo que estaba necesitando. El golpe de la noticia lo había dejado sin apetito, por eso mismo, esa noche tuvo que salir de La Madriguera casi a tropezones a causa de los excesivos cuidados de Molly, quien le decía una y otra vez lo mal que se veía. Haber visitado a los padres de Ron y Ginny había sido una pésima idea.
De regreso en la mansión, Harry sintió el vacío del inmueble como hielo por su espalda. No quería estar allí, no quería vivir sin Hermione, quería verla esperándolo sonriente, compañera, llena de ideas para una nueva charla, una nueva receta para cocinar. El moreno pasó sus manos por su cabello desordenándolo aún más. Caminó por cada espacio persiguiendo los recuerdos, canalizando la acidez de su dolor para poder soportarlo, buscando una solución a su maldita lealtad a la amistad, esa virtud parecía un total defecto en esos momentos. Se llamó idiota, insensible, ciego… tomó uno de los jarrones de la entrada y lo lanzó contra la chimenea por último para hacer algo de ruido. Todo estaba muerto a su alrededor. Como un masoquista, subió las escaleras y entró en el cuarto que Hermione había usado. No había querido entrar desde que ella había partido tres noches atrás hallándolo todo diferente sin su presencia. Se veía gigantesco, desteñido y deprimente. Harry acarició las sábanas de la cama deshecha sintiendo que lágrimas sólidas descendían por sus mejillas mal afeitadas, creyó absolutamente convencido, que al caer generaban un ruido ensordecedor…
Hermione había llegado al apartamento de Luna Lovegood sin pensarlo dos veces. Después de la discusión con Harry, había Aparecido frente al edificio de su amiga con su vista enceguecida por el llanto. Aferrada a su maleta mal cerrada, golpeó la puerta principal para después dejarse caer a los brazos de una rubia somnolienta y desconcertada. "¿Hermione?", preguntó mientras sentía que la castaña sollozaba en su hombro sin descanso. A esas horas de la madruga no podían ser sino pésimas noticias. Sin embargo, Luna no era de las personas que atosigaban con preguntas inapropiadas, la recibió al interior de su sala, dejó su equipaje en el pasillo y preparó el cuarto de huéspedes para que durmiera sin incomodidades. A pesar de las atenciones, fue una noche tormentosa. De espaldas mirando el techo, la castaña se sentía como un barco a la deriva, sin dirección, sin timón, sin nada… trató de cortar su llanto pero no lo consiguió, nuevamente estaba en el punto de partida, abandonando un lugar para refugiarse en otro ¿qué demonios estaba pasando? Para su pesar, no se había largado sola, llevaba con ella el fruto de una intimidad deliciosa y desconocida, el resultado de las noches prohibidas con su mejor amigo que amaba hasta la agonía… ¡Maldita sea la amistad que forjaron alguna vez ellos tres! ¡Maldita sea la unión que los entrelazó al punto de poner en jaque su felicidad! ¡Maldita sea la multitud!
Hermione le hizo prometer a Luna no revelar su estadía en el apartamento. No deseaba preguntas entrometidas ni lamentos innecesarios, mucho menos que lo supiera Harry. Por eso mismo, la vez que el moreno fue hasta la puerta de la rubia, ésta le dijo con su voz etérea que Hermione no se encontraba con ella ni la había visto. Mientras tanto, desde la puerta de la cocina, la castaña escuchaba atenta aquel personaje que con sus palabras debilitaba su decidida convicción. Comenzó a llorar ahogando sus sollozos.
-Si sabes algo, me avisas- le pidió el muchacho a Luna.
-Por supuesto, Harry… pero… ¿todo está bien entre ustedes?- el aludido negó con la cabeza incapaz de mentirle a una de las personas más nobles que había conocido.
-No, pero intento remediarlo- fue lo último que dijo antes de girar sobre sus talones y caminar fuera del edificio.
La castaña no quiso decirle a su amiga que estaba embarazada, no quería decirle a nadie todavía, sólo deseaba visitar un médico y conocer los detalles que obviamente ignoraba por ser primeriza. Esa mañana, Hermione se levantó temprano para dirigirse a la consulta del médico muggle que atendía a su madre. Era el único especialista en el cual confiaba y no dudó en reservar una hora con él. Cuando cruzó la puerta de su despacho, miles de fotografías de mujeres transparentes le hicieron perder el color del rostro. Los afiches de los bebés en su proceso mensual de crecimiento la ponían nerviosa tomando asiento frente al anciano con sus manos apretadas. La plática entre ella y el especialista se desencadenó sin problemas, hablaron de fechas, últimos periodos y primeros síntomas. La muchacha se trasladó hasta una camilla informe en donde, después de ser untada por un gel transparente por todo el vientre, el muggle deslizó un aparato para ver el progreso por pantalla. Hermione quedó embelesada por la imagen frente a ella. Una pequeña figura flotaba dentro de una burbuja protectora, el sonido del corazón invadió la sala resonando velozmente y la joven sonrió con lágrimas en los ojos.
-Felicidades, mamá…- le dijo el médico y aquel epíteto zumbó en su cabeza. La rabia hacia Harry había disminuido al extremo de añorar que estuviese allí, sujetando su mano, conociendo al hijo de ambos. El anciano la miró dulcemente y siguió con su examen- Cumplirás tres meses esta última semana. Todo se ve muy bien, no te preocupes por nada. Deberás controlarte mensualmente para ver la evolución, seguir la dieta que te recomendaré y sobre tu vida sexual, no hay ningún problema con que continúes con ella… cualquier molestia, me informas- ese último punto logró que Hermione se ruborizara. Recordar lo que era estar entre los brazos de Harry, esos encuentros incandescentes que la hacían temblar y gemir de placer, le estremecieron la piel consciente de extrañarlo como nunca. El contacto entre ellos se había vuelto necesario, incluso apremiante.
Después de la consulta, la muchacha caminó por las señoriales avenidas de Londres sintiéndose renovada. La primavera explotaba los brotes en cada rama de los árboles y las flores despedían sus fragancias de miel y humedad que acariciaban el olfato. Tuvo la curiosidad maternal de visitar tiendas en donde vendieran accesorios, ropas y todo tipo de cosas para bebés. Ella nunca había sido de las mujeres que se detenían en las vitrinas con esa clase de mercadería, no sabía por qué, nunca le llamó la atención entrar a una tienda así por diversión. Caminó hasta el Callejón Diagon internándose entre la gente ataviada con las compras del día. Entre los almacenes, existía uno nuevo que desplegaba para el público coches, juguetes, prendas miniatura en suaves colores pasteles. Hermione se quedó frente al escaparate imaginando cómo sería todo ese proceso, cómo podría enfrentar el nuevo desafío y cómo tomaría Harry su condición de padre… aquello la hizo temblar de miedo… no fue la mejor manera de decirle una noticia de esa envergadura, sabía que lo había arruinado pero su orgullo era tal que no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer para pedir disculpas.
-Hola, Hermione- el saludo de Ron a su lado la hizo brincar de la sorpresa. El pelirrojo le sonrió mirando lo que con tanta concentración notó que observaba. Frunció el ceño- ¿Comprarás algo aquí?
-No, sólo… paseaba- dijo ella tratando de no evidenciarse con ningún gesto misterioso. Se alejó de la vitrina cambiando el tema con rapidez- ¿No entrenas hoy?
-No, nos dieron la mañana libre ¿Quieres desayunar conmigo?- la joven asintió sabiendo de antemano que la invitación traería segundas intenciones. Sin embargo, estaba tan nerviosa, que no se le ocurrió otra cosa que acceder.
Ambos jóvenes se dirigieron a la Heladería Florean Fortescue para compartir los sabrosos dulces que el dueño vendía en ese lugar. Ron y Hermione ocuparon una mesa para degustar algunos pasteles pero para molestia de la joven, las nauseas matutinas le recordaron que debía ser prudente con lo que comía. El pelirrojo ni siquiera notó que su acompañante no probaba bocado, estaba completamente sumergido en su historia de Guardián de la Selección de Quidditch. Tragaba los manjares como bien lo hacía en todas partes, ese chico siempre mostró un apetito voraz y Hermione lo sabía muy bien. Cuando sólo restaban las sobras de los bizcochos horneados, Ron se removió en su asiento demostrando expectativa, como si estuviese esperando ese momento para hablar sobre algo vital. Carraspeó afinando su garganta.
-¿Recuerdas que te dije que necesitaba conversar contigo? - preguntó de pronto, consiguiendo que la castaña tragara saliva con dificultad- Quiero que vuelvas… te extraño muchísimo.
-Ron…
-Sé que cometí un error al dejarte ir de mi lado, pero te amo y estoy dispuesto a hacer que lo nuestro funcione- aquella declaración del joven Weasley sólo produjo el retorcimiento del estómago de Hermione. Ella estaba al tanto de lo difícil que era para Ron decir todo eso, él nunca fue de confesiones amorosas. Si supiera que en esos cuatro meses separados todo había dado un giro brusco, un giro impensado… no podría ni mirarla a los ojos.
-No es el momento para pedirme esto, Ron… han pasado muchas cosas en este último tiempo. Lo siento, no puedo hacerlo- replicó con un hilo de voz.
-¿Ya no me amas?
-No como solía hacerlo- confesó la joven, tratando de zanjar la plática lo más rápido posible. El pelirrojo apretó su mandíbula y sintió las orejas enrojecidas. No imaginó que la mujer con la cual había vivido por dos años estuviese rechazando la oportunidad de volver a estar juntos. Aquello golpeó su seguridad y suspiró frustrado. No tuvo el valor de insistirle enseguida permitiendo que el silencio se alzara a sus anchas. Hermione rompió con la pausa- ¿Pidamos la cuenta? Debo reunirme con mi cliente dentro de unos minutos…- y sin decir más, Ron llamó al camarero.
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Cada vez que entraba al cuarto de retención en donde platicaba con Ian McAlister, la joven abogada se sentía más tranquila. La calma de esa habitación era hipnótica, la facilidad de conversación con el muchacho lograba animarla notoriamente a diferencia de cómo fue en un principio, agradecía la simpatía que había nacido entre los dos. El caso del asalto en el Banco de Gringotts parecía no ceder en sus condiciones. Frente a ella, le habían entregado unos documentos redactados por la odiosa Mafalda Weasley. La fiscal a favor de los intereses de la entidad bancaria, seguía arraigada a su idea de un trato que eliminara la opción de un largo juicio a cambio de una sentencia limitada. Hermione estaba decidida en no aceptarlo, era absurdo creer que su cliente no merecía el beneficio de la duda. El chico le agradecía enormemente su confianza.
-Tendremos que tomar declaraciones para reabrir la investigación- dijo la castaña reordenando los papeles entre sus manos- Han sido tan determinantes en la Asamblea preliminar, que decidieron no invertir mucho esfuerzo humano en ello.
-¿Así nada más?- preguntó Ian sin disimular su fastidio. La joven asintió con amargura.
-Descuida, insistiremos y hallaremos respuestas.
-¿No vendrá hoy el señor Potter?
Justo el tema que no quería tocar. Ese nombre estaba prohibido, era tabú en cualquier plática que ella estuviese entablando. Miró al muchacho rápidamente de soslayo, fingiendo leer los documentos otra vez. Contestó un volátil "Está ocupado" que sonó más a balbuceo enfadado. McAlister enarcó ambas cejas, podría tener dieciocho años y no ser un gran conocedor de la vida, pero sabía percibir muy bien las relaciones ambiguas entre dos personas, las sutiles complicidades que revelaban más de lo que sus protagonistas imaginaban. Hermione esquivó la mirada intrigada de su cliente actuando con indiferencia.
Cuando se hubo cumplido el tiempo de visita, la castaña pidió a las autoridades el permiso oficial para llevar a Ian a la cámara de Gringotts. Necesitaba que él observara cada rincón del lugar para saber de sus propios labios si había mayores diferencias entre lo que poseía y lo que estaba guardado. No fue complicado para ella conseguir el papel ministerial, Hermione Granger era una litigadora muy respetada en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Después de su cruzada en la erradicación de las leyes opresivas pro sangres pura, nadie desconocía su nombre dentro de la gubernamental institución. Por eso mismo, salir del Ministerio no fue un asunto engorroso. Acompañados por los dos Aurores que siempre custodiaban al joven McAlister, la castaña pudo notar que los ojos de su cliente se colmaban de lágrimas al ver el exterior después de varios meses. Sentir la libertad tan cerca y a la vez tan inalcanzable, sólo logró ponerlo melancólico. Estar bajo la acusación de los duendes no era ninguna broma. Ellos, criaturas extremadamente inteligentes, no se tomaban las molestias de disimular su resentimiento hacia los magos. Desde épocas remotas, la comunidad mágica siempre los había catalogado como inferiores causando un sentimiento de injusticia irreparable que los desunía. Hermione lamentó que existiera ese tipo de discriminación en las criaturas, nadie era superior a nadie a sus ojos de abogada.
Al llegar al banco de Gringotts, la pequeña caravana cruzó el hall central bajo la atenta mirada de todos los empleados. Ver al muchacho esposado por brillantes amarras, las mismas que le impedían realizar cualquier tipo de magia al prisionero, era todo un espectáculo a media mañana. Algunos susurraban entre ellos, otros miraban a los recién llegados de manera reprobatoria. Era difícil mantener el aplomo ante ese asedio indiscreto. Hermione pidió la llave de la cámara en cuestión reconociendo al mismo duende que la llevó la primera vez a las entrañas del banco en compañía de Luna. Éste, encorvando su pequeña boca, le entregó lo pedido con movimientos dubitativos. Ian lo miraba con enfado.
-¿No me recuerda?- le preguntó al bancario. Aquello asombró a la castaña y a los dos Aurores.
-¿Debería?
-Claro que sí- refutó el muchacho- El día que me apresaron fue cuando vine a hacer un retiro de MI cámara- al llegar al punto del sustantivo posesivo, enfatizó su tono de voz.
-No sé de qué me habla, señor- dijo el duende- sólo sé que usted es un criminal- Ian no pudo responder gracias a la impotencia.
-Eso está por verse- sentenció Hermione, tomando a su cliente por el brazo cariñosamente para seguir con el trayecto.
Acompañados por otro duende de barbilla puntiaguda e impecable uniforme, bajaron en el carro sobre los rieles hasta la cámara investigada. La castaña, quien miraba esa caverna con la misma concentrada expresión de siempre, no pudo evitar sentir un letargo que le provocó irse pronto de allí para dormir el resto del día. La jovialidad la estaba abandonando gracias al desorden hormonal que estaba ocurriendo en su interior.
El joven McAlister explicó que la llave que poseía había sido hurtada desde el bolsillo de su capa. No era un procedimiento complicado para alguien que supiera cómo hacerlo. Hermione lo escuchaba con atención mientras que el duende iluminaba la cámara una vez abierta. Los magos pasearon por ella mirando todo lo que estaba almacenado. No era difícil sorprenderse con la cantidad de objetos valiosos que había allí. Pasaron algunos minutos de sólido silencio cuando Ian recorría su cámara con cierta nostalgia en los ojos. Tomó entre sus manos los Galleons que sus padres le habían dado y maldijo su mala suerte de hijo de muggles. Si tuviese sangre pura, toda aquella confusión habría sido inconcebible. Uno de los Aurores se acercó a Hermione para decirle al oído que ya era tiempo de volver al Ministerio. La muchacha asintió con la cabeza aproximándose a su cliente ensimismado.
-Ian, debemos irnos… ¿Has encontrado algo que pueda ayudarnos?
-De hecho, hay algo que no encuentro- respondió mirando todo con el ceño fruncido. El duende iluminó al acusado mostrándose intrigado por lo que tenía que decir.
-¿Qué cosa?- preguntó la abogada.
-El collar de oro blanco de mi abuela…
Los días siguientes, Hermione se dedicó a reposar lo más que pudo debido al doble cansancio que sentía por todo su cuerpo. La única forma en que la muchacha podía dormir era venciéndose ante el letargo del embarazo sin resistirse, o de lo contrario, esos malos sueños le invadían el subconsciente arrancándola de cuajo de su descanso. Y cuando eso sucedía, necesitaba de Harry para dormir placenteramente.
Luna había despertado más de una vez a causa de los gemidos desesperados de Hermione a media noche. Al verla debatirse entre las sábanas, la rubia la despertaba extrayéndola de lo que sea que la angustiaba de esa forma. Su amiga le agradecía la preocupación, pero nunca contaba las pesadillas que la atormentaban ni su insólita actitud cada mañana cuando volaba al baño. Estaba comportándose de una manera muy extraña y aquello no pasaba desapercibido para la joven periodista. Lamentaba que la vida de la castaña estuviese tan complicada creyendo que era Ron el único responsable por ello.
-Debe ser bulimia o algo por el estilo- le comentó un día a Ginny Weasley mientras bebían café en Hogsmeade. La pelirroja se mostró perturbada ante la incisiva sospecha- Me imagino que el estrés está cobrando su parte en Hermione y me preocupa.
-¿No te ha dicho nada?- Luna negó con la cabeza al tiempo que soplaba al interior de su taza humeante. Ginny comenzó a cuestionarse.
¿Tendría algo que ver la pregunta sin respuesta que le hizo a Harry en Las Tres Escobas? ¿Había pasado algo entre ellos durante su convivencia? ¿Qué había ocurrido bajo ese techo para que la castaña se marchara de allí y alojarse con Luna en cambio? ¿El regreso de Ron produjo un quiebre en Grimmauld Place? Su mente despierta le dio un par de respuestas que prefirió no profundizarlas sin antes saber. Tenían que hablar con Hermione, tenían que averiguar del porqué de su tristeza permanente en sus ojos, porqué se mostraba tan ausente y porqué Harry parecía alma en pena desde hacía varios días.
Una tarde después de sus respectivos trabajos, Luna y Ginny fueron hasta el apartamento de la periodista para cenar en grupo y platicar entre mujeres como hacía mucho tiempo no lo hacían, sin embargo, para sorpresa y espanto de las recién llegadas, al abrir la puerta hallaron a Hermione tendida sobre la alfombra en medio de la sala. "¡Hermione!", exclamaron asustadas al tiempo que la asistían con la mayor de las prestezas. La joven afectada abrió sus ojos marrones viendo sobre ella los rostros de sus dos amigas preocupadas. Sacudió su cabeza aturdida y se puso de pie tratando de afirmar sus rodillas temblorosas. Ayudada a sentarse en uno de los sofás, la abogada intentó disuadir a las jóvenes con excusas deplorables como lo mal que había comido aquel día. Ni Luna ni Ginny creyeron sus palabras.
-Confía en nosotras, Hermione- dijo la rubia acentuando su hermosa voz soñadora- Algo está pasando y no puedes ocultarlo.
-¿De qué hablas? Estoy perfectamente… sólo es exceso de trabajo- la testarudez de la aludida provocó que Ginny rodara sus ojos invadida por el fastidio.
-Oye, Granger… será mejor que hables o yo te haré hablar- la amenazó la pelirroja, mostrando su varita en el interior de su capa.
Hermione sabía que aquel momento llegaría y no deseaba mostrarse débil, vulnerable… enamorada. No obstante, su corazón abrumado le pedía a gritos un escape, un desahogo superior que sólo estallar su tristeza en la almohada. Con los labios tensos, la castaña se acomodó mejor en el sofá para comenzar a relatar los acontecimientos desde febrero, lo difícil que había sido terminar la relación con Ronald. Salir del apartamento que compartían desde hacía dos años, no sólo significó el abandono físico de un lugar sino que un cambio en su vida tan radical que lloraba hasta dormirse muchas veces. Terminar una relación en donde había apostado bastante, la había dejado desesperanzada y derrotada. Sus amigas asintieron al escucharla. Sabían que había sido un proceso complicado, una superación que no se lograba fácilmente… lamentaron no haber estado con ella de la forma que necesitó.
-No se preocupen por eso, chicas- les dijo Hermione- Durante esas duras semanas, Harry fue mi apoyo y gracias a él logré levantarme- tanto Ginny como Luna enarcaron sus cejas al notar el cambio de entonación al mencionarlo. Repararon que el rostro de la castaña se iluminó de repente a pesar de tener los ojos anegados por las lágrimas.
Hermione respiró hondo y continuó. Febrero había quedado atrás, esas amargas noches en vela debido al llanto por fin se habían extraviado en el pasado. Les contó de la intimidad que había nacido entre ella y el moreno, de la primera noche que Harry se había acurrucado a su lado para hacerla dormir, consolándola con caricias y susurros al oído. Aquella noche había experimentado una seguridad desconocida entre los brazos de su mejor amigo.
Marzo, a diferencia de febrero, invadió la mansión con mucho más optimismo. Hermione se había sumergido en el trabajo, conociendo mejor el caso que le habían adjudicado. Poco a poco, la residencia de Grimmauld Place comenzaba a convertirse en su hogar de forma definitiva. Los dos amigos lograron una convivencia ejemplar, en donde cocinaban juntos, compartían horas y horas de plática, se ayudaban a dormir en sus insomnios y hasta sabían cómo ajustarse al otro a la hora de moverse inconscientemente durante el sueño. Las muchachas agudizaron su mirada sobre la castaña luego de una breve pausa. Podían adivinar que lo más obvio se avecinaba. Ginny notó que en su interior no se produjo la reacción que esperaba, sólo encontró entendimiento y resignación cuando creyó que sentiría todo lo contrario. Lo que su amiga relataba tenía mucho sentido… sólo esos dos podían vivir de manera tan cercana.
Hermione retomó sus palabras llegando al punto que lo cambió todo. La noche que tuvieron sexo hallando una química indiscutible bajo las sábanas. La muchacha se ruborizó. Como era propio en ella, bajó la mirada de manera humilde esperando alguna represalia pero sólo consiguió miradas atentas que parecían no interrumpirse con nada. Tosió, nerviosa. Hablar sobre eso no era cosa sencilla para una joven tan reservada. Resumió todo en lo maravilloso que había sido vivir así con Harry. Las semanas de abril y mayo lograron afianzar una relación que no planearon. Se sentía feliz por primera vez en mucho tiempo. Al decir eso, un gemido brotó de su garganta y reprimió el llanto que últimamente se estaba volviendo su más fiel compañero. Les confesó que se había enamorado de Harry.
-¿Dejaste de amar a Ron?- preguntó Ginny. La aludida suspiró.
-Todo cambió. Yo cambié. Lo sigo queriendo… pero ya no lo amo- respondió esperando ser comprendida. Continuó- Nuestra relación sufrió un quiebre incluso antes de mudarme. La envidia, la competencia, las peleas, la sensación de frustración en Ron ante mis logros y mi intolerancia… concibieron heridas irreparables entre nosotros. Decidí irme antes de llegar a odiarnos.
-Y lo que has vivido a repercutido en tu salud, ¿verdad? ¿No te alimentas bien?- Intervino Luna. Hermione tornó su expresión a una más profunda- Te encontramos desmayada y eso no es normal en alguien saludable- la castaña asintió, acorralada. Era absurdo esconder un secreto así por mucho tiempo.
-No estoy enferma- Ginny se mostró expectante creyendo que cualquier sonido externo las haría saltar de la sorpresa- Estoy embarazada de un hijo de Harry…
