Hola queridos lectores!

Siento mucho mi tardanza, trataré de mantener un ritmo más continuo entre capítulos, sobretodo ahora que la historia comienza a tensarse entre los personajes. Ya verán cómo poco a poco el círculo empieza a estrecharse alrededor del trío.

Muchas gracias por sus comentarios, chicos y sigan en sintonía, quedan meses por leer, la intensidad aumenta y pronto sabremos qué sucedió en Octubre!

Espero que les guste este capítulo, pronto subiré Julio así que atentos todos!

Gracias de nuevo y buen viaje!! ;)


Harry sólo pudo calmarse cuando Hagrid, con sus enormes brazos, lo sacó del hospital para que tomara aire fresco en las afueras. Había pasado muchas horas de encierro e incertidumbre que no sólo afectaban al moreno, sino que con sus inestables estados de ánimo repercutía en todos los presentes sin saber cómo ayudarle.

El guardabosque trató de serenar al muchacho ignorando a los transeúntes muggles que volteaban al ver a ese hombre de altura exagerada. Hagrid, acostumbrado a esa reacción, los miró con ojos amenazantes provocando que caminaran más rápido gracias al miedo que producía. Harry se agachó intentando respirar… la maldita ignorancia ante lo que sucedía con las dos personas más importantes de su vida lo tenía destruido. ¡Él debía estar allí dentro con ellas, ése era su lugar!

-¿Cómo están tus heridas, Harry?- le preguntó el semi gigante notando que no conseguiría una respuesta satisfactoria.

-Me importan un carajo…

-Deberías dejar que las atiendan.

Hagrid, no me preocupan las heridas en mi piel- dijo con un tono reservado- el mayor dolor que siento es en la herida que no se ve justo aquí- y con su mano lesionada, apoyó la palma en el centro de su pecho. Hagrid no pudo decirle nada…

VI. Junio (Cuatro meses antes) – Molestas intromisiones

Parte II

Después de que Hermione dijera esas palabras lacerantes, Luna y Ginny tuvieron que oírlas de nuevo por no creerlas… ¿Embarazada? Aquello causaría un cataclismo que no dejaría indiferente a nadie… ¿Qué dirá Ron cuando se entere? La rubia se estremeció al pensarlo al mismo tiempo que la joven Weasley suspiraba sonoramente, abrumada. Ginny sabía que entre Harry y Hermione existía un vínculo superior que en cualquier otra pareja. No estuvo equivocada cuando descifró de la expresión dolida del ojiverde que algo había pasado en esos meses de convivencia… resultaba obvio, nadie podía mostrarse así de abatido sin reales motivos. Eran importantes el uno para el otro desde los once años, habían compartido miles de momentos intensos y esa nueva etapa no podía ser la excepción. No se enfureció como creyó que lo haría, estaba consciente que sería una reacción absurda de su parte. Ya había tenido su oportunidad con él y la desaprovechó sin haber luchado. Sin embargo, estaba enterada que entre Harry, ella o cualquier otra mujer, siempre habría alguien sobre un pedestal, por encima de todas las demás: Hermione Granger.

-¿Qué le dirás a mi hermano?- preguntó evidentemente incomodada.

-Primero debo decirle a mis padres.

-¿Harry ya lo sabe?

-Se lo dije la noche que me fui de la mansión- declaró la castaña. Meneó su cabeza de manera reprobatoria- Pero no fue de la mejor forma. Se lo lancé a quemarropa sin medir mi enfado…- Ginny le reprochó su actitud impulsiva y testaruda con un fruncimiento del entrecejo. Harry debería estar sumido en un tormento interminable luego de ese arrebatado momento. Nadie desea enterarse así.

-¿El que Ron haya vuelto a Londres tiene que ver con tu salida de la mansión?- Hermione asintió sintiendo que su corazón estaba cocinándose en su pecho. Declaro que la relación de ellos tres siempre había sido complicada. Para nadie era una novedad

-Y déjame adivinar… Harry se sintió culpable- la deducción de Ginny dio justo en el blanco. La joven abogada sólo miró el piso deseando abrir un hueco por él y desaparecer para siempre. Ya bastante mal se sentía al ver la serena reacción de su ex cuñada cuando lo menos que se merecía era un bofetón por haber sido tan estúpida. Ginny volvió a hablar- No puedo obligarte a quedarte con mi hermano. Ambas sabíamos que esto ocurriría tarde o temprano. Lo lamento por él que sigue enamorado de ti- Hermione asintió cabizbaja. Lo menos que deseaba hacer era herirlo profundamente.

-Creo que aprenderé a tejer- comentó Luna sonriendo- haré botas y gorritos… comenzará el frío cuando nazca el bebé.

La joven rió y agradeció el apoyo incondicional de sus dos amigas, sobretodo el de Ginny, quien bien pudo gritarle a la cara lo mala mujer que estaba siendo. No era una fácil situación. Les explicó que vivir con Harry había sido lo mejor que pudo pasarle… lo extrañaba más que nunca. Luna, al escucharla, le acarició una de sus mejillas para brindarle cariño. Ahora entendía su tristeza e intrigantes actitudes dentro del apartamento. Quiso preguntarle por qué no regresaba con él, por qué no terminaba de una vez por todas con ese padecimiento y empacaba sus cosas para volver a Grimmauld Place, no obstante, la rubia guardó silencio. Podía suponer muy bien el dolor que le causó la reacción de Harry, donde priorizaba la amistad de tres por sobre un nuevo amor de dos… ¿Cómo resolver esa difícil ecuación?

A la mañana siguiente, Hermione aprovechó el esplendoroso sol de sábado para visitar a sus padres. Habían pasado exactamente cuatro meses desde que los visitó por última vez y no encontraba en su mente intrépida un buen comienzo para dispararles semejantes novedades. Jean Granger, al ver a su única hija de pie en el quicio de la puerta, no dudó en rodearla entre sus brazos. La joven se sintió regocijada dentro de su casa de infancia. Miles de recuerdos la allanaron desordenadamente, consiguiendo que se emocionara casi hasta las lágrimas. Su padre, quien bajaba de las escaleras con una sonrisa amplia y con el periódico bajo el brazo, la saludó de la misma forma entrañable que su madre. Hacía mucho tiempo que Hermione no se sentía así de bien.

Platicó con ellos gran parte del día. Les comentó del trabajo en el Ministerio y su nuevo caso de defensa. Sus padres se mostraron orgullosos al escucharla argumentar su credibilidad hacia su cliente. Ambos se convencieron que sería un juicio que ganaría sin duda alguna. La señora Granger realizó un despliegue de manejo culinario que la castaña observó embelesada. Había olvidado lo exquisito que su madre cocinaba y se deleitó ayudándola en sus quehaceres. Se sorprendió a sí misma planeando los deliciosos platos que le prepararía a Harry… un segundo… no, era un recuerdo demasiado doloroso. Recordar sus cenas diarias en la mansión compitiendo sobre quién cocinaba mejor que el otro, sólo quemaba su garganta arrancándole un sollozo discreto. No quería sumergirse en el pozo de brea espesa que era la agonía de la separación, pero resultaba imposible no hacerlo cuando una persona formaba parte intrínseca de ella, mucho menos cuando obligadamente la llevaban a recordarlo con ligeros detalles.

-Hice pan de arándanos con calabaza, cariño- le dijo su madre cortando unas rebanadas. Hermione sintió el aroma de la canela y nuez moscada que la transportó a rememorar sus primeras náuseas matutinas, de aquel día en que subió corriendo las escaleras para vomitar bajo la mirada preocupada de su mejor amigo y amante. Afortunadamente, la chica pudo soportar el revoltijo de los olores en su estómago, por lo tanto, con una fingida naturalidad aceptó el pedazo para comerlo con pequeños mordiscos- ¿Puedes ayudarme con la mayonesa?- preguntó la señora Granger rompiendo el tranquilo silencio de la cocina.

-Por supuesto, mamá- dijo la castaña, tomando los huevos, el jugo de limón, el aceite y la batidora eléctrica para realizar la mezcla.

Una de las cosas que Hermione extrañaba y adoraba de su casa eran las costumbres muggles. A pesar de ser la única bruja bajo ese techo, la joven sentía que ese espacio era exclusivamente de ella, sin fuerzas malignas, sin magias negras, sin niños que vivieron, sin árboles que boxearan ni leyendas de magos tenebrosos. Allí era solamente una mujer joven, hija de dentistas que siempre le enviaban golosinas saludables cuando estaba en la escuela. Una vez que entraba a ese hogar, la frase "sangre sucia" perdía su completo sentido. Entre sus manos, las cáscaras de los huevos fueron cuidadosamente resquebrajados para evitar que la clara y la yema se unieran en el recipiente. Aprovechó su habilidad con la motricidad fina expulsando lo inservible para después batir a medida que añadía el hilo de aceite. Con movimientos circulares, Hermione veía cómo la mezcla tomaba cuerpo y forma de salsa espesa. La mayonesa casera era una de sus especialidades desde que era pequeña, por eso mismo, llevarla a cabo no era un proceso complicado para ella. No obstante, la textura comenzó a diluirse más de lo conveniente. La muchacha trató de rescatar la pasta amarillenta pero la espesura cedió de golpe volviéndose acuosa como moquillo. La mezcla se había cortado y aquello no pasó desapercibido para Jean Granger. Como mujer experimentada que era, la miró con su ceño sugestionado evocando las predicciones que oía de viejas esotéricas cuando eso pasaba. Soltó una risa breve sólo por considerarlo.

-Primera vez que te sucede- bromeó, palmoteando el hombro de su hija en señal de consuelo- Si no te conociera tan bien, diría que estás embarazada.

-Me conoces bien, mamá- respondió Hermione con sus mejillas arreboladas. Sabía que había llegado el momento- Y sí, estoy embarazada- El señor Granger, quien cruzó la puerta de la cocina en el instante justo para oírla, se quedó de piedra sin poder mover extremidad alguna. La castaña creyó haberlo petrificado con magia sin darse cuenta. Su madre, dejó los tomates a medio picar elevando sus ojos marrones hacia el rostro incómodo de su hija. El silencio cubrió el hogar de los Granger por largo rato, como la lluvia en mitad del invierno.

-Pero… pensábamos que entre tú y Ron ya no…

-No es de él- la joven interrumpió la equivocada deducción de su padre con las mejillas todavía más encendidas. Ambos quedaron con la saliva a media garganta, ¿habían escuchado bien?

- ¿Cómo es eso que no es de él?- le insistió. La castaña negó con la cabeza.

-Es de Harry.

Antes de que ardiera Troya al interior de su casa, Hermione se apuró en explicarles lo decidida que estaba de tenerlo, lo responsable que siempre había sido y lo muy madura que era para afrontar la situación. Nada había sido planeado entre ella y el que sabían era su mejor amigo, les confesó que la convivencia entre ellos le ayudó a descubrir que lo amaba tal vez mucho más de lo que amó a Ron. Estaba asustada, estaba completamente aterrada frente a su nueva condición. Necesitaba de su apoyo, de su entendimiento y por sobretodo de su cariño paternal para poder salir adelante. Los señores Granger se miraron entre sí al escucharla, sin mostrar otra expresión que no fuera de total desconcierto. Estaban conscientes de quién era Harry Potter para su hija, siempre hablaba de él durante las vacaciones años atrás, siempre recordaba los momentos vividos, las anécdotas de escuela, los problemas en los que se veían involucrados. Sabían que ese chico del cabello oscuro adquiría toda la atención de Hermione… pero una cosa muy diferente era ser el padre del hijo que llevaba en su vientre.

El silencio nuevamente emergió dentro de esa cocina. Las palabras atropelladas de la castaña seguían rondando por ahí tratando de calmar las interrogantes. Jean fue la primera que hizo contacto visual con su hija reparando que en aquella mirada de niña inexperta residía el típico temor de las madres primerizas, se vio a sí misma cuando pasó por ello y no pudo evitar emocionarse. Sería abuela… abuela de una criatura hermosa que desordenaría la sala, torturaría al gato y revolvería las viejas películas de su marido. Sólo imaginarlo, le robó una sonrisa de sus labios.

-Perdónenme si los he decepcionado- dijo Hermione finalmente, barriendo una lágrima de su mejilla.

-No digas eso, hija- habló su padre, acercándose a ella- Siempre estaremos orgullosos de ti. Mira lo que has logrado. Eres una bruja importante dentro del mundo de la magia, eres una mujer independiente y fuerte. Lo que sea que decidas, nosotros te apoyaremos- no pasó por alto para nadie el hecho de que se hubiese referido a las capacidades de su hija bajo el contexto mágico. Casi nunca lo hacía.

-Gracias, papá- respondió la joven- Gracias a ambos.

-¿Qué dijo Harry sobre esto?- la pregunta de su madre desfiguró la alegría que ocupó su rostro. Se encogió de hombros.

-No lo sé… no hemos hablado- declaró seriamente- Si quiere participar de esto o no, es problema suyo- el efecto de ese comentario causó un brusco cambio de humor en el señor Granger.

-¡Por supuesto que no!- replicó el hombre apretando sus puños- ¡Si quiere conservar su virilidad, deberá ser parte de esto… aunque tenga que obligarlo!- Hermione lo contradijo al instante.

-No, papá, no te metas en esto. Entre él y yo hay asuntos qué aclarar todavía.

-Harry no te dejará sola, cariño- intervino su madre, con su semblante tranquilo, sabio y sonriente. La castaña al voltear hacia ella, reparó que se veía muy segura de lo que decía, como si conociera a Harry tanto o más que todos sus amigos juntos. La mujer asintió despacio- Si todo lo que nos has contado sobre él es cierto… entonces debo decir que me siento orgullosa de ser abuela de un pequeño Potter…


Una semana… una semana completa sin saber de Hermione y Harry ya había bajado tres kilos de peso. Sentado en el suelo de la habitación en que la alojó, el moreno jugaba entre sus dedos con algunos peines que su amiga había olvidado. Aún quedaban cosas de ella desperdigadas por todas partes, preguntándose si alguna vez iría hasta allá para empacarlas, para verla hacer lo mismo que hizo cuando abandonó el apartamento donde vivía con Ron. "¡Qué mierda de déjà vu sería ése, por Merlín!", se dijo con voz sarcástica.

De pronto, el recuerdo de las últimas palabras de Hermione lo reactivaron: "Estoy esperando un hijo tuyo…" como eco, su resonancia se multiplicaba dentro de su cabeza hueca de otros pensamientos. Imaginó a la muchacha embarazada, con su barriga hinchada y alocados antojos de comida extraña. Se imaginó sosteniendo su mano durante las labores de parto, suspirando al unísono mientras llegaba al mundo la personita que se convertiría en lo más importante de su vida… si fuese varón, lo supuso travieso, rebelde y excesivamente inteligente… si fuese una niña, sería una doncella hermosa, de cabello salvaje e inquieta curiosidad… rió de buena gana. Sería padre, sería padre y estaba loco por enterarse de nuevo, por enterarse por siempre de esa bella noticia. Harry nunca había sido de llanto fácil, pero dentro de esa alcoba, impregnada del perfume de la mujer que amaba, se sentía derrotado e inmensamente feliz. Dejó que las lágrimas de gozo y tristeza, corrieran por su cara sin querer limpiarlas. Debía corregir su error lo más rápido posible.

Manejado por su impetuosidad de hombre desvelado, esa mañana al rayar el alba, Harry vistió una de las capas de su armario saliendo de la mansión con un destino fijo entre las cejas. Se concentró como nunca para Aparecerse y llegó a las afueras de las dependencias del Ministerio tras un chasquido. El pequeño callejón desierto le dio la bienvenida. Miró los grafitis en los muros hallando todo diferente aún siendo el mismo lugar de siempre. Caminó hacia las dos hileras de escalones que llevaban al sucio baño público. El moreno extrajo del bolsillo de sus vaqueros, la tarjeta que le permitía el ingreso y bajó por el retrete al tirar de la cadena. Ignoró el saludo matutino de sus colegas al emerger en el Atrio, enseñando un rostro endurecido no sólo por su barba dispareja sino que por la determinación que llevaba en sus dulces ojos esmeraldas. Pisando fuerte, Harry se dirigió hasta el elevador para luego detenerse en la primera planta del inmueble. Las puertas se abrieron revelándose ante él las instalaciones del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Atravesó el piso como un rayo, todos los empleados se volteaban a verlo pasar y estrellar sus hombros con quien se interpusiese en su camino. Parecía un verdadero muerto en vida.

Allí estaba, oculto entre espaciosas oficinas, el cuarto de retención en donde custodiaban a Ian McAlister, donde el chico permanecía en espera del juicio ante la Asamblea y por ende, donde Hermione debería estar en una de sus imperativas reuniones. Reparó que dos de sus Aurores estaban vigilando la puerta con varita en mano otra vez, por lo que alzó su mentón e impuso su cargo de Jefe del Cuartel sin titubeos. La nueva negación de los magos le dio un bofetón de agravio directo en la mandíbula. Descolocado, exigió su ingreso inmediato o ambos tendrían que pedir empleo como guardias muggles en alguna tienda mediocre. Sin embargo, ambos mantuvieron su aplomo demostrando profesionalismo.

-Lo siento, señor Potter- le dijo uno de ellos- Tenemos órdenes explícitas del Ministro Shacklebolt y la señorita Granger de que nadie ajeno a este Departamento puede ingresar.

-¡Soy el Jefe de Aurores, carajo! ¡Entraré donde se me plazca! ¡Apártense!

A viva fuerza, el ojiverde se despejó camino entre sus subordinados para abrir la puerta de par en par. El violento ingreso, provocó que Ian se pusiera de pie de un salto desde su asiento y Hermione hiciera lo mismo, ambos con sus ojos desorbitados del susto. Harry creyó que se desplomaría al suelo como árbol cortado ante los pies de la joven. Los siete malditos días que habían pasado sin saber de ella, sin verla… habían sido siete largos siglos de oscuridad absoluta. El eco de su entrada seguía resonando en el interior del cuarto fijando su mirada sobre la de su mejor amiga. El silencio sepulcral asfixió a todos dentro de esa oficina al igual que la tensión que se generó entre el moreno y la castaña. Se observaron advirtiendo que se veían muy diferentes desde esa noche en que habían discutido a voz en cuello. Había sido una noche que Harry simplemente no quería volver a rememorar.

Hermione, con todo el aplomo que pudo encontrar en sí misma, le hizo una seña de autorización a los Aurores que no sabían qué acción tomar frente al que era su superior al mando. Confundidos y atónitos por su actitud, salieron del cuarto de manera vacilante dejando en su interior lo que parecía ser un asunto de vida o muerte. La joven abogada suspiró y volvió su mirada hacia el recién llegado. Quiso hablar, pero notó que su garganta se había cerrado completamente.

-¿Crees que puedes decirme que estás embarazada y luego desaparecer así como así?- lanzó el joven, sin importarle que Ian estuviese en el lugar- ¿Crees que es maduro de tu parte evitarme de esta manera?

-¿No es eso lo que querías cuando me pediste acabar con todo? ¿Acaso no buscabas distancia? Pues, es lo que te estoy dando…- su respuesta no ayudó en nada. Harry creyó que por su garganta pasaban miles de navajas afiladas- Ya me dejaste bien clara tu postura la noche que me fui de la mansión.

-¡No puedes arrojarme a quemarropa que seré padre y esperes que yo sepa qué hacer de inmediato!- Hermione sintió cómo las lágrimas agolpaban sus ojos al punto de volverla ciega. Ian, por otro lado, no quiso ni moverse para no romper con esa magia inexplicable que envolvía el ambiente. Efectivamente, tal como había imaginado, entre su abogada y el Jefe de Aurores existía una historia.

-¿Y qué quieres hacer ahora?- preguntó la castaña llevando ambas manos a su cintura- Porque supongo que lo sabes, por eso estás aquí.

-Quiero participar de esto… no vas a deshacerte de mí tan fácilmente…- aquella determinación produjo una mella inmensa en medio del pecho de Hermione. Imperceptiblemente, reposó una de sus palmas en el vientre tratando de calmar las emociones. Tener a su mejor amigo enfrente resultaba ser muy insoportable. Su pulso retumbaba por todo su cuerpo creyendo que la criatura en su interior daría vueltas de un momento a otro. La presión sanguínea aumentó en sus venas sintiendo que el calor la incineraba ruborizando sus mejillas. Harry se encantó al notar lo que provocaba en ella.

-Perdonen la interrupción…- dijo la voz de Mafalda Weasley por la puerta entreabierta del despacho. Su tono ajeno a lo que sucedía, sonó como acorde equivocado en una melodía perfecta, hasta el mismo Ian McAlister la miró ceñudo y frustrado. Por otra parte, Harry y Hermione quedaron de piedra. Se volvieron hacia la entrada viendo la cabeza arrogante de la otra abogada asomándose quizás desde cuánto rato sin haberlo previsto. La sola idea de que lo hubiese escuchado todo, detuvo los latidos en ambos corazones involucrados- La Asamblea nos está esperando, querida… será mejor que te apresures- dicho esto, los dos Aurores que custodiaban la puerta ingresaron en silencio para llevar al joven prisionero a la Sala de Tribunales. Aseguraron las esposas brillantes que atajaban sus manos y lo sacaron de la oficina a paso cansino. Hermione cogió sus documentos y siguió a la caravana bajo la mirada suplicante del ojiverde.

-Hoy comienza el juicio de mi cliente, debo irme.

-Hermione…- ante su llamado, ella detuvo sus pasos en el umbral de la puerta por toda respuesta. Se volteó tratando de verse inexpresiva. Harry la miró intensamente y sin palabras, como muchas otras veces se comunicaban. Ella, desarmada, no pudo más que continuar su camino y cumplir con su deber profesional...

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Estar frente a la Asamblea compuesta por varios de los magos más importantes dentro de la comunidad mágica, intimidaba hasta al más valiente. Hermione estaba de pie esperando dar inicio a sus argumentos moviendo sus manos nerviosamente. Su mente estaba atestada de diversos pensamientos, las palabras pronunciadas por Harry minutos atrás, la mantenían flotando en una dimensión distinta. Sacudió su cabeza tratando de concentrarse en su trabajo notando que era la primera vez que se sentía ansiosa antes de un juicio. A su lado, Ian McAlister estaba sentado mirando el piso. Parecía un niño castigado y eso enterneció a la castaña. En el costado contrario estaba Mafalda, con su mentón ligeramente alzado, ojos suspicaces y actitud indeleble. Mostraba toda la entereza de una abogada intransigente. Era lógico que aquello era un trámite para ella, después de todo estaba convencida que el muchacho era culpable y que la Asamblea así lo dictaminaría. Le había dado a Hermione la oportunidad de hacer un trato, cuatro años en Azkabán y luego fines de semana de libertad condicional, creía que era lo más justo, sin embargo su colega no aceptó arriesgando que su cliente pasara la vida encerrado en esa cárcel miserable.

Kingsley Shacklebolt estaba a la cabeza del grupo de magos. El Ministro de Magia leyó los cargos al inculpado, quien al escuchar su nombre se incorporó con nobleza. Escuchar los motivos de su encarcelación lo hacían sentir impotente. Nada de lo que hablaban era cierto, lamentó no tener un apellido conocido o la sangre pura para gozar de indulgencia… la cámara era suya y nadie le creía. Entre los presentes, un duende de apariencia envejecida y amargada, lo miraba con sus pequeños ojos negros lleno de rencor. Por su vestimenta elegante, Ian supuso que era parte de importante del Banco Gringotts. Hermione lo tomó por el hombro para darle tranquilidad, cosa que no era sencilla dentro de esa enorme sala abovedada.

-¿Cómo se declara el acusado?- inició Shacklebolt.

-Inocente, señor Ministro- dijo la castaña, sonando segura. Mafalda rodó sus ojos al escucharla. Entre los presentes, se elevó el murmullo como el sonido de un río.

-¿Comprende, señorita Granger, la sentencia que se llevará a cabo si no puede probarlo?- preguntó un segundo mago de nariz torcida.

-Por supuesto, es por eso que pido mayor disciplina en el tratamiento de la cámara en Gringotts- al decir eso, el duende presente se enderezó en su asiento, notablemente disgustado. Hermione lo ignoró- He estado un par de veces investigándola y me he percatado que anomalías han ocurrido dentro de ella.

-¿Qué clase de anomalías?- quiso saber el Ministro.

-Han aparecido y desaparecido cosas. Eso es inaceptable- Mafalda alzó sus cejas, sorprendida por el cambio en su tono de voz.

-Nuestro banco es el lugar más seguro y disciplinado que tiene la comunidad- argumentó el duende sin poder contenerse.- ¿Cómo se atreve a suponer que se ha corrompido la escena del crimen?

-Es obvio que no es cierto…- intervino la otra abogada con sarcasmo- La señorita Granger busca la forma de poder liberar al acusado de su fechoría calumniando la integridad de un sitio legendario como el Banco Gringotts. Espero que consiga buenos argumentos para sostener tales afirmaciones. Hay que tener cuidado con lo que se dice- Aquello último, fue acompañado por una mirada sombría hacia Hermione. La castaña pudo adivinar que fue dicha con segundas intenciones y su estómago se contrajo de golpe… ¿Habrá escuchado realmente lo que hablaron Harry y ella?

El preliminar había terminado con un Ian McAlister muy desanimado. Al momento de ver a los Aurores que lo escoltarían de regreso al cuarto de retención, no se volteó ni una sola vez hacia su abogada. Caminó lentamente hasta la salida de la Sala de Tribunal y Hermione lo observó en silencio lamentando su soledad evidente. Quiso poder hacer más, quiso apurar el tiempo, develar el misterio y sacarlo de allí. Ese muchacho presumía mucha inteligencia y bondad. Ian, hijo de muggles, tenía su historia de vida marcada por su deseo de demostrar que merecía estar en el mundo mágico, tal como lo hacía la misma castaña. Ese estigma de no tener un linaje sanguíneo les pesaba sobre sus espaldas debiendo probar constantemente sus capacidades. Tenían mucho en común ellos dos.

Una vez fuera de la sala, la joven recorrió los pasillos hacia el elevador con rapidez. Sentía el estómago revuelto. Tenía un asco permanente en medio de la garganta y deseaba llegar pronto a la paz de su despacho. Las puertas del elevador se abrieron ante ella con el típico sonido metálico que lo caracterizaba, Hermione lo abordó pero antes de iniciar el trayecto vertical, una mano impidió que las puertas se cerraran del todo volviendo a abrirse. Era Mafalda Weasley y la miró como quien comparte un taxi por buena voluntad. La castaña trató con mucho esfuerzo de no mostrarse fastidiada. Las abogadas se quedaron de pie, una al lado de la otra, viajando hacia el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica en suma tensión. Ninguna quiso hablar mirando el movimiento de la aguja al pasar por las distintas plantas. Hermione, gracias al reflejo de las puertas ante ellas, reparó que la mirada de Mafalda se posaba sutilmente en su vientre. Notó un dejo de curiosidad y desprecio en sus ojos, aquello la puso nerviosa abrazando su portafolio para cubrir con él.

-¿Has hablado con mi primo?- preguntó la muchacha logrando que la mandíbula de la aludida se endureciera.

-¿Por qué quieres saber?- Mafalda se encogió de hombros.

-Por nada en especial…- dijo fingiendo desinterés. Hermione se removió en su sitio rogándole al elevador mayor velocidad- Pensé que a estas alturas ya se habían reconciliado. Supe que Ronnie quiere volver contigo, ¿qué hay de ti?

-Deja de meterte en mis asuntos, eso no te incumbe- atacó la castaña, sintiendo que su presión estaba inestable. Mafalda frunció el ceño y volvió a mirar hacia las puertas metálicas, desdeñosamente.

-El bienestar de mi familia siempre será un asunto de mi incumbencia, Granger- señaló con agudeza y salió del ascensor al instante de terminar su recorrido. Hermione se quedó congelada viendo cómo las puertas volvían a cerrarse frente a ella…


Uno de los partidos más importantes para los Chudley Cannons se llevaría a cabo ese domingo de fin de Junio. Ron estaba tan emocionado que envió entradas preferenciales a sus amigos y familiares. Harry al despertar esa mañana, el ululato de una lechuza en su ventana lo obligó a levantarse para espantar la modorra y coger la carta que llevaba en el pico. Aquella letra desordenada no podía ser de otra persona que la de su pelirrojo amigo sintiendo la nostalgia del pasado, cuando vivía con Hermione y Ron estaba lejos en Luxemburgo dando noticias sobre el Mundial. Dentro del sobre, un boleto dorado con caligrafía gótica impresa decía: Chudley Cannons v/s Halcones de Falmouth… el ojiverde dejó caer sus hombros pensando que todo lo que estaba ocurriendo no era más que una tortura. Debía hablar con él, debía ser honesto con su mejor amigo, debía poner en orden sus prioridades ahora que iba a ser padre junto a la mujer que amaba más que a nadie.

Recordó la breve discusión que tuvo con ella en el cuarto de retención. Estaba exasperado, necesitaba verla, necesitaba de ese color miel de sus ojos para vivir unos instantes más y respirar con libertad. Le había alzado la voz, la había desafiado… había olvidado el escenario comprometedor en el que habló sin pensar disparando sus sentimientos como una metralleta, pero le importó un carajo. Se mostró vulnerable obviando el hecho de que Ian McAlister estaba presente y Merlín sabe quién más. Con el boleto en mano, el moreno resopló cansado. Después de algunos años en su oficio de Auror, comprendió que esa batalla contra las emociones se estaba convirtiendo en la mayor prueba de su vida. "Espero que vengas a apoyarme también, amigo", decía una nota que acompañaba la entrada al partido. Supo entonces que no podía seguir guardando silencio.

Al Aparecerse un par de horas después cerca del estadio de Exmoor, Harry vio que se trataba de una arquitectura desconcertante. Después de fallidos intentos con un encantamiento de invisibilidad para evitar ser encontrado por los muggles, las autoridades del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, utilizaron un "Ministerio de Niebla Mágica Especial" que escondía el campo de Quidditch bajo una densa nube blanquecina y así provocar confusiones cada vez que alguien no mágico se acercaba. Esto lo convertía en un lugar misterioso como a la vez seguro. Este coliseo era uno de los preferidos por los equipos ingleses debido a su amplitud y cómodas instalaciones. Los tres aros a cada lado de la cancha, se alzaban como álamos gigantes en el claro de un bosque, el césped se extendía a lo lejos en un verde inigualable marcado por las tradicionales líneas blancas reglamentarias. Harry caminó hasta las puertas principales ingresando bajo la algarabía de la multitud en las gradas. El entusiasmo abrigó su corazón, se sentía de once años otra vez en su primer partido. Qué hermosos recuerdos lo habían embargado en tan sólo segundos. Miró el número de su asiento, buscando con sus ojos sagaces la ubicación. Para el brinco de su corazón demandante, no sólo estaban Ginny, Luna, Neville, George y los señores Weasley, sino que también una hermosa castaña que miraba el cielo tal vez buscando prontas soluciones. Tenía la misma expresión angustiada que él en su semblante, ese aire definido de dos novatos metidos en un lío. Sonrió involuntariamente. Cuando pudo acercarse, detuvo sus pasos a los pies de las gradas imaginando a Hermione con un vientre abultado de ocho meses, esa idealización cruzó su mente como un rayo logrando enternecerlo… el pecho le dolió gracias al repique de sus bruscos latidos.

-¡Harry, aquí!- gritó Luna agitando sus brazos para llamar su atención. El ojiverde le correspondió notando que le fue imposible quitar sus ojos de su mejor amiga. Ella se sonrojó.

-¡Qué bueno que has venido, cariño!- saludó la señora Weasley, besando sus mejillas- ¡Ron fue muy tierno en reservarnos estos lugares, el campo se ve espectacular desde aquí!

-Ya lo creo- asintió Harry, tomando asiento al extremo contrario de Hermione. Con cinco personas entre ellos era indudable que les deparaba un juego eterno. Cada cierto minuto, los jóvenes se miraban de reojo sin poder prestar atención a los movimientos mortales que Ron hacía colgado de su escoba. Era lógico que el Guardián estaba luciéndose para el deleite de alguien que ni siquiera lo estaba mirando.

El encuentro se desarrollaba a favor de Chudley Cannons. El equipo completo estaba inspirado, aventajando a los Halcones de Falmouth por casi cincuenta puntos. Los Buscadores de ambas escuadras rondaban sobre sus compañeros agudizando la vista, aquella Snitch dorada aún no cortaba el viento desplegando su brillo, pero debía estar por alguna parte, huyendo frenética. Mientras tanto, la estrella del día era Ronald Weasley. Cada vez que el comentarista lo mencionaba la gente elevaba sus alaridos y el pelirrojo realizaba alguna proeza que, a opinión de Harry, jamás hubiese hecho en Hogwarts debido a su inseguridad. Sin embargo, no le importó demasiado. Observaba a Hermione con tanta dedicación y disimulo que no pudo evitar cuidarla desde lejos. Frente a ella, un mago obeso encendió un habano apestoso que expelió humo denso hacia la muchacha. Harry no pudo evitar molestarse. Con un movimiento ágil de su varita, lanzó un chorro de agua que mojó el tabaco apagándolo de inmediato. El afectado no tardó en perder la compostura lanzando improperios que el joven atajó con su cargo de Jefe de Aurores del Ministerio. El mago no pudo más que guardar silencio. "No permitiré que ensucie el aire de los demás", dijo con firmeza para despistar la sorpresa de los demás ante su arrebato. No obstante, no tenía idea de por qué la mirada de Luna y Ginny tenían un brillo diferente… ¿Acaso era complicidad?, Hermione carraspeó aparentando interés en el partido.

-¿Defendiendo los derechos de los no fumadores, Harry?- preguntó de repente la voz de Mafalda Weasley, detenida en la escalera a un costado de las graderías- No sabía que te molestara tanto el humo.

-Siempre me ha molestado- replicó, advirtiendo que sus manos comenzaron a sudar.

-Niña mía, siéntate con nosotros... no sabía que Ron te había invitado- dijo Molly, indicándole un lugar delante de ella.

-Sí, tía, también me ha invitado, pero creo que me iré ahora. El Quidditch nunca ha sido de mi agrado- luego de decir eso, la gente se puso de pie en un grito de júbilo ensordecedor. El equipo de Chudley Cannons había atrapado la Snitch y el juego había concluido. Ron voló hacia ellos, saludándolos alegremente a distancia. Todos correspondieron sintiéndose orgullosos por el triunfo. Cuando se disponía a festejar con sus compañeros, el chico se volvió un segundo para arrojar un beso que todos sabían iba dirigido a Hermione. Ella no hizo más que sentarse de nuevo.

¿Por qué había aceptado ir al partido en primer lugar? Al igual que Mafalda, a ella nunca le había gustado ese deporte, si lo veía en la escuela era exclusivamente porque Harry lo jugaba, por ningún otro motivo. Iba a los encuentros entre las Casas para verlo a él… Qué extraño saber eso y no descubrir entonces que lo hacía por amor, no sólo por simple amistad. Ahora, dentro de ese estadio enorme, la castaña se arrepintió de haber asistido. Al recibir también su boleto por vía lechuza, creyó valorable hacer acto de presencia como pobre intento de apaciguar su sentimiento de culpa, de recuperar una normalidad ingenua después de todo lo que había sucedido. No pudo estar más equivocada. Después de ese tierno saludo de parte de su ex novio, Hermione se excusó con la disculpa de tener que preparar la reunión con su cliente para el día siguiente. Se despidió rápidamente de todos y se alejó de las gradas esquivando a la gente que celebraba contenta. El moreno la miró hasta perderse entre la masa, preocupándose por su bienestar. La paranoia de padre protector estaba invadiéndolo, manejándolo de pies a cabeza.

-Ella estará bien- le susurró Ginny a media voz, procurando que nadie la oyera. Harry, al escucharla, la observó con más detenimiento- Está por cumplir los tres meses y lo único que necesita es de tu apoyo- el aludido no pudo siquiera abrir su boca gracias a la impresión. Con ojos desorbitados, miró a Luna por sobre el hombro de la pelirroja y ésta le asintió sin palabras. Lo sabían, lo sabían y estaban actuando de una manera que jamás creyó posible, mucho menos en Ginny.

-Pero, tu hermano… no quise…

-Por mucho que le duela, tendrás que hablarlo con él- murmuró de nuevo. Esa vez, sonó más resignada y madura. Harry le sonrió de manera agradecida.

El ojiverde giró sobre sus talones notando que Mafalda no estaba en las escaleras. El soplo del presentimiento le enfrió la nuca y tragó saliva pesada como hierro. Algo le decía que no había abandonado el estadio. Ignorando el llamado de la señora Weasley, Harry bajó corriendo y empujaba a cuanto fanático se cruzaba por su camino. El sonido de los cánticos repercutía en sus oídos de la misma forma que lo hacían los ecos dentro de una caverna, saltó la reja que separaba al público de las dependencias del inmueble y a poca distancia distinguió los camerinos en donde los jugadores se cambiaban los atuendos. Cuando estuvo a escasos metros, vio que la insufrible de Mafalda tenía abrazado a Ron por los hombros. El estómago de Harry se encogió violentamente. Al soltarlo, el pelirrojo lo miró sonriente pareciendo ser una buena señal.

-¿Viste mis jugadas?- preguntó el Guardián, empuñando la escoba entre sus manos enguantadas.

-Así es, me has impresionado, felicidades- dijo Harry, tratando de coger esa rara normalidad y calmar sus nervios. Mafalda los miraba mostrándose entretenida.

-Ron, tú también deberías felicitarlo- dijo la chica, desplegando una ancha sonrisa. El pelirrojo alzó sus cejas.

-¿Y por qué?

-¿Acaso no lo sabes? Harry muy pronto será padre.