Chicos,
Muchas gracias por sus comentarios!! En verdad... espero que lo que se viene sea de su agrado y les aseguro que a medida que avanzamos esto se pone más y más color de hormiga, pero no quiero dejar a un lado la ternura, eso se los apuesto! Ya entramos a un nuevo mes, nuevas actitudes, nuevos momentos, nuevas experiencias... y un caso que ya saben misterioso...
UN beso enorme a todos y BUEN VIAJE!!
Los minutos pasaban con la lentitud de un río de mierda. Todos en esa sala de espera, se paseaban de un lugar a otro tratando de repeler los malos augurios. Luna, con su mirada soñadora llena de esperanza, tejía y tejía pequeñas botas de color rosado pálido mostrando mayor destreza con los palillos. Ginny sonrió al mirarla. Ver esas lindas prendas en miniatura le provocó una dulzura extrema comprendiendo que sería el primer bebé en el grupo de amigos… o por lo menos eso anhelaba que sucediera.
-¿Han sabido algo?- preguntó de pronto Harry, quien volvió a ingresar al hospital después de que Hagrid lo sacara en vilo de allí. La muchacha negó con la cabeza.
-Deberías ir a tu casa, darte una ducha… apenas sepamos noticias te avisaremos de inmediato- la mirada endurecida del moreno le dio a entender que era una opción descartada en el mismo momento de pronunciarla. No quiso volver a insistir en ello.
Ron, siempre cauteloso con sus movimientos y reacciones ante el ojiverde, se acercó un poco para brindar apoyo. Ya no le importaba el rencor o la furia que lo había gobernado el día que se enteró de todo… en esos instantes, debía demostrarse a sí mismo que perdonar podía ser casi tan glorioso como ser perdonado. De un minuto a otro, el sonido de unos tacones por el corredor los distrajo a todos viendo que Mafalda Weasley llegaba con soltura y supuesta preocupación en su ceño. Harry deformó su rostro al verla llegar.
-¿Qué estás haciendo aquí?- le recriminó caminando hacia ella. Ron y los demás se interpusieron entre ambos.
-Vine a ver cómo está Hermione- dijo inocentemente- ¿Qué demonios te sucede a ti?
-¡Vete ahora mismo si no quieres que te saque a patadas!- vociferó el muchacho, enrojeciendo de la pura rabia. Sus amigos lo sujetaban por la ropa ante la mirada estupefacta de varios medimagos.
-¿Estás culpándome por lo que pasó? Sabes muy bien que fue imprudencia de ella…
VII. Julio (Tres meses antes) – El instinto paternal
Parte I
Ron comenzó a reír como quien había escuchado el mejor de los chistes. ¿Felicitar a Harry porque iba a ser padre?... era casi tan increíble como ver a McGonagall jugando Quidditch… o por lo menos eso consideraba el pelirrojo. Cuando hubo reído por varios segundos entre miradas envenenadas que intercambiaban su prima y su mejor amigo, miró al moreno con rostro incrédulo. Harry no supo cómo mirarlo sin delatarse. No estaba preparado para que lo supiera en ese instante… mucho menos de esa forma tan malintencionada e insidiosa. Esa Mafalda era casi tan retorcida como lo fue alguna vez Draco Malfoy.
-¿En verdad serás padre, Harry? ¿Y con quién, con Hagrid?- siguió riendo. El moreno trató de hacer lo mismo pero sólo sonó como un tosido absurdo- Prima, siempre tan extraña con tus bromas, ¿no?
-Ya me conoces- otorgó ella aumentando la tensión y gozando del rostro de Harry al jugar con él- Además, estoy segura que si fuese cierto tú serías el primero en enterarte, ¿verdad?
-Claro que sí, de eso no cabe duda- la respuesta de Ron fue tan aguda que le cortó al ojiverde lo más profundo de la garganta. No, definitivamente no era el momento para decirle la verdad- Bueno, gracias por venir a verme, chicos, ahora debo ir a las duchas. Hablamos después- el pelirrojo se perdió entre los vestidores dejando a Harry lívido y a Mafalda sonriente. Cuando la joven bruja se dispuso a marchar, satisfecha con su actuación, el moreno la cogió por el brazo deteniéndola en el acto.
-¿Qué mierda crees que estás haciendo?- a un palmo de distancia entre sus rostros, la prima Weasley se deleitó con lo descontrolado que veía a ese ecuánime Jefe de Aurores y legendario "niño que vivió". Se zafó de un solo movimiento.
-Los escuché a ti y a Granger en el cuarto de retención- lanzó sin anestesia alguna. El pulso de Harry se detuvo bruscamente- Deberían sentir vergüenza. Sobretodo esa…
-No te atrevas a hablar mal de Hermione- la detuvo a tiempo, apretando la mandíbula de rabia- Y no te metas en este asunto, lo resolveremos nosotros a su debido tiempo.
-No estás en posición de ordenarme nada, Potter… o le dices tú o le digo yo- sentenció, hablando bajo la firmeza mejor empleada en sus argumentos judiciales. Harry se sintió como un condenado- No me gusta ver a mi primo jugando el papel de imbécil…
… Harry estaba tirado en el centro de la sala principal de Grimmauld Place como quien no tuviese ni una pizca de energía en las extremidades. Recostado sobre la gruesa alfombra y los brazos en cruz, el joven miraba el techo recapitulando lo que había pasado unos días atrás después del juego. Mafalda casi lo denuncia frente a Ron y debió admitir que sintió un alivio infinito al ver que no lo hizo. ¡Maldito descuido! Eso le pasaba por ser demasiado impetuoso, ignorando el hecho de que debía pensar bien las cosas antes de perpetuarlas. La historia de su vida, Hermione siempre se lo decía. "Oh… mi Hermione", susurró el moreno recordando amargamente que entraban a un nuevo mes. Junio había sido una tortura, un baño de sal para sus heridas en carne viva… ahora lo esperaba Julio, con sus tentáculos abiertos esperando mortificarlo, chuparle la vida… ¿Ya era verano? ¿El sol resplandecía en toda su pomposidad? ¿El calor lamía la piel de los transeúntes y el viento se había transformado en febril aliento? No lo sabía, ni siquiera le interesaba saberlo… todo parecía una estación inerte, sin vida ni color desde que la castaña lo había abandonado hacía un mes. No deseaba estar solo, no deseaba vivir solo porque su mente le jugaba malas pasadas azotándolo con malos adjetivos, sentimientos de culpa y recuerdos dolorosos que a la vez eran la razón de su existir. Hacer el amor con Hermione había sido su gloria como también su tormento cada vez que lo evocaba. Ginny le había contado sobre el estado del embarazo por lo que calculó que la concepción se habría llevado a cabo en marzo… la primera noche en que cruzaron el delgado límite que la amistad permitía. Su corazón se encendió de deseos de saber de ese bebé, de conocerlo, de tenerlo ya entre sus brazos… ¡Qué cosa más insólita! Nunca se hubiese imaginado en aquel papel de padre impaciente, curioso y ansioso. Olvidó completamente lo sucedido en la cancha de Quidditch gracias a los cálidos pensamientos que habían ido en su rescate. Las nuevas emociones en el centro de su pecho, reemplazaban cualquier vestigio de amargura o inquietud, anhelaba con todo su ser una familia como la que tenía al alcance de su mano. Amaba a Hermione, amaba al niño que crecía en su vientre. Nada más parecía importar.
Aquella mañana de miércoles, Harry no fue a trabajar. Estaba descompuesto y aún convaleciente de lo ocurrido en el estadio de Exmoor. Necesitaba respirar aire fresco, caminar, despejar la cabeza. Sus pasos lo habían llevado hasta el Callejón Diagon, mirando los escaparates con la vista ausente. Vio, entre otras cosas, la nueva escoba de carrera que brillaba en su elegancia y forma aerodinámica. Al moreno no pudo interesarle menos. Siguió su camino sin destino, tropezando con un puesto de periódicos que para su asombro, desplegaba una foto de Ron en la portada. Compró un ejemplar y comenzó a leer:
El mejor Guardián de la temporada
Ronald Weasley, hijo del funcionario del Ministerio Arthur Weasley,
ha sido uno de los más nombrados esta temporada de Quidditch.
Con sus sorprendentes piruetas, ha resguardado a su equipo Chuddley Cannons
en muchos partidos, logrando ser el jugador con más arcos invictos hasta el momento.
Su participación en el Mundial recién pasado en Luxemburgo, no pudo negar
el talento de este chico que despierta suspiros entre sus fanáticas.
"Lo siento, pero mi corazón le pertenece a una sola"- declaró- "Sin embargo,
aún tengo mucho para entregar" y guiñando un ojo volvió a las prácticas…
Harry rió por lo bajo. No se imaginaba a su mejor amigo en esa actitud de rompecorazones, los humos debían estar subiendo por su cabeza gracias a los elogios. De pronto, dos voces familiares le dieron vuelta el estómago. Giró su cabeza hacia el sonido no muy lejano y cruzando la calle, saliendo de una tienda de lo que parecía ser ropas para bebé, estaban Hermione y Luna, conversando distraídamente. El ojiverde se ocultó de manera instintiva tras el periódico, mirándolas a su antojo. Reparó que la castaña sacaba de una bolsa un pequeño traje completo de color blanco que la rubia aprobó, dichosa. Mientras tanto, ésta trataba de tejer con dos palillos entre sus manos rumiando entre dientes lo difícil que era no perder un punto. Harry sonrió sin poder evitarlo.
Como un espía, el muchacho las siguió calle abajo, notando que se dirigían hacia las avenidas muggles de Londres. No quiso hablarles aún, no quiso alertarlas de su presencia hasta que pudiese bajar su pulso alterado. A Hermione aún no se le notaba la barriga, dedujo que sería muy pronto para eso y se sonrojó al recriminarse lo empalagoso que se estaba volviendo. Sí, añoraba con todas sus fuerzas ver a la mujer de sus sueños con un vientre inmenso y él acariciándolo en toda su dimensión convexa. Verla desnuda, con su cuerpo diferente y preparado para una bella labor, conseguía aumentarle la temperatura de la sangre. Las chicas se detuvieron frente a una clínica que Harry reconoció al instante. Vivir once años con los Dursley había dejado en su memoria ciertos lugares como ése, como cuando tuvo que ir de urgencia gracias a una mordida propinada por el perro de la insoportable tía Marge. Apuró su andar restando distancia.
-¡Hermione!- la llamó sin poder retener la voz por más tiempo. La aludida lo miró con los ojos abiertos de par en par. Escondió la ropa comprada tras la espalda y Luna se removió nerviosa, deteniendo su tejido.
-¿Qué haces aquí?- preguntó ella, frunciendo el ceño. Harry miró el inmueble enarcando sus cejas.
-Podría preguntar lo mismo.
-Tiene examen con su "gineróloco"- intervino Luna, encogiendo los hombros al ver que su amiga la fulminaba con la mirada.
-¿Con su qué?- al escucharlos, Hermione resopló, fastidiada.
-Primero que nada es: "Ginecólogo" y es un especialista con el cual tengo consulta médica- informó, consiguiendo que Harry tensara su expresión- Segundo, voy algo atrasada, así que si nos disculpas…
-Quiero acompañarte- dijo el ojiverde con suma seguridad y rigidez. A Luna se le iluminó el rostro- Si tiene que ver con mi hijo, quiero participar en todo momento, ya te lo dije.
La castaña no pudo negarse. Se veía tan decidido y determinado, que de seguro ni un maleficio podría moverlo de allí. La rubia periodista se alegró de verlos juntos por primera vez en varias semanas, deseaba que todo entre esos dos se arreglara pronto y así vivir felices comiendo perdices, como era su inocente punto de vista. Besó a su amiga en la mejilla sabiendo muy bien que sobraba, al igual que tantas veces cuando se estaba entre ellos, y se despidió dulcemente para irse casi flotando por la calzada.
Incómodos hasta la médula, Harry y Hermione ingresaron a la clínica y tomaron asiento en la sala de espera, aguardando la llamada de esa gorda recepcionista que los miraba como culpables de un delito. No sabían si era en verdad así o estaban dejándose llevar por la estúpida sugestión. Con las manos sudorosas, la joven trataba de no mirar a su mejor amigo sentado a su lado. Casi podía sentir el calor que expelía el cuerpo de Harry y de cierto modo se mordió la punta de la lengua. Cómo extrañaba estar abrazada a él como si el mundo fuera a acabarse de un minuto a otro, extrañaba el hogar que habían formado en Grimmauld Place imaginando el nuevo escenario que sería con ella embarazada: noches en vela, amaneceres compartidos, desayunos deliciosos y… no, fue justo ahí donde dejó de pensar. Zona peligrosa. Sintió la hermosa mirada verde de Harry hacia su rostro por lo que tuvo que dominar su semblante cada vez más debilitado.
Hermione fue llamada por la recepcionista, brincando de su asiento como si la hubiera picado una abeja. El moreno la siguió entrando a la oficina del médico con paso vacilante debido a las extrañas fotografías que le dieron la bienvenida. Frente a él, decenas de úteros transparentes con fetos en desarrollo le destruyeron el aplomo y perdió los colores del rostro. El facultativo creyó que se desmayaría en cualquier momento.
-¿Estás bien, muchacho?- le preguntó. Harry lo escuchó cómo si estuviesen dentro de una caverna.
-Sí, claro que sí- mintió, tomando asiento en el escritorio frente a él.
Entre el médico y la joven conversaban de días, malestares, tiempos y dieta, con una familiaridad que Harry envidió con toda el alma. Se estaba enterando de detalles que debía saber de antemano, conocerlos tan bien como conocía a Hermione. Deseaba ser parte de ese proceso como nunca deseó algo en su vida y prestó una atención hermética en cada palabra que el médico pronunciaba para no olvidarlas. Luego de la charla de novedades, invitó a la futura madre a recostarse en la camilla para una nueva ecografía. Había pasado casi un mes desde la primera consulta y la castaña mantenía la misma mirada atemorizada del día uno. Se recostó con cuidado mientras que el ojiverde se sentaba a la altura de su cabeza. El anciano acercó el monitor a los jóvenes padres y realizando el mismo proceso, untó el lubricante sobre el vientre descubierto de Hermione esparciéndolo con la máquina tratando de abarcar lo más posible. Cuando lo deslizó por la región en cuestión, el sonido de veloces latidos resonó en la habitación. Harry frunció el ceño sin saber muy bien qué era lo que sucedía. Se veía perturbado.
-Es el corazón de tu hijo lo que oyes. Fuerte y saludable- le dijo el médico.
-¿Los latidos de mi hijo?- repitió el moreno sin poder creerlo. Pudo sentir perfectamente cómo los propios se sincronizaban con los que escuchaba al mismo ritmo frenético. Mordió sus labios con el vano intento de retener la emoción que lo golpeó como un relámpago y suspiró, abrumado. Su mirada invadida de lágrimas indefinidas se encontró con la de Hermione, quien sonreía ligeramente sobre la camilla ante su reacción. Qué hermosa aventura estaban viviendo. Harry habló con voz cortada observando las formas imprecisas del monitor- ¿Es… niño o niña?
-Aún es temprano para saberlo, estamos en camino a los cuatro meses- respondió el muggle y apuntó hacia la pantalla- Aquí pueden ver su cabeza, brazos… piernas…- al tiempo que ilustraba la figura, el moreno cogió la mano de Hermione con fuerza y sin pensarlo dos veces, besó su frente largamente. Ella cerró sus ojos, sintiendo el contacto de sus labios como dos llamas de fuego ardiendo. Le agradeció en silencio lo maravilloso de ese milagro producto de un amor nuevo y avasallante. Quisieron gritar pero tuvieron que conformarse con sólo sonreír a cabalidad- Felicidades, chicos. Si todo sale bien, serán padres a mediados de diciembre.
-Cerca de navidad- señaló Hermione, limpiando el lubricante y bajando su camiseta.
-El mejor regalo de todos- esa acotación de Harry provocó que la muchacha se ruborizara y el anciano le palmoteara la espalda, gustoso.
Al salir de la clínica, los dos amigos caminaron en total silencio. Cada segundo de esa consulta médica quedó grabada en sus memorias y temían mirarse al rostro por la infinidad de sensaciones que los estaba invadiendo en ese instante. De pie en las afueras del inmueble, no sabían cómo comenzar a hablar. Parecía que habían pasado muchos años desde el momento en que se separaron y estaban tan vulnerables que de sólo tocar ese tema los llevaría a explotar por no soportar más emoción, como un vaso ya colmado. Imaginarse como padres de un niño no sólo les generaba angustia y ansiedad, sino que un terror indescriptible. Tenían miedo de fallar, el típico temor de todo inexperto ante una prueba difícil como aquella. No obstante, juntos podían superar cualquier adversidad, aunque tercamente no lo quisieran decir en voz alta. Hermione pronunció un débil "Adiós" que Harry apenas pudo escuchar, dio media vuelta pero el joven Auror la detuvo de la muñeca con delicadeza.
-¿Te estás quedando con Luna?- Hermione asintió sin responderle de inmediato.
-No te enfades con ella, yo le pedí que te mintiera.
-¿Por qué?
-Me duele verte.
-A mí el no verte, ¿qué hacemos?- la castaña rió despacio- Hablaré con Ron. Te necesito a mi lado.
La popularidad de Ron había crecido de forma notable. Cada vez que caminaba por alguna esquina transitada, algún fanático del Quidditch lo detenía para que le firmara un autógrafo. Harry se sentía extraño ante ese nuevo escenario: Su pelirrojo amigo siempre había querido sobresalir, luchaba por no verse opacado ante su fama del joven de la cicatriz y ahora, después de algunos años, era toda una celebridad en la comunidad. Se alegraba por él y se sentía orgulloso. Esa noche, mientras paseaban por las calles de Hogsmeade, los muchachos platicaban de la vida sin apuros. Harry hacía esfuerzos sobrehumanos para no sacar a colación a Hermione. No sólo por lo incómodo o mal que pudiera sentirse, sino que por los celos que lo envolverían si lo escuchaba hablar de ella con la propiedad que lo hacía un ex. No obstante, Ron estaba enfrascado en relatar sus jugadas y destacar lo virtuoso que era en los tres aros, para Harry ya estaba tornándose un hastío terrible sólo oírlo tan soberbio. A pesar de ello, guardó silencio consciente que debía contarle lo que estaba pasando entre ellos.
-Te digo… no ha sido fácil esto del reconocimiento- hablaba el joven Weasley, mirando hacia el frente- no sé cómo podré manejarlo si se sale de control.
-No exageres- intervino Harry, rodando sus ojos.
-No lo hago, pero debo estar prevenido- resultaba molesto ver ese narcisismo en Ron. Aquel chico siempre se había destacado por su humildad, su buena voluntad y sencillez; ahora parecía un pedante enamorado de sí mismo. Continuó sin darle la oportunidad al moreno de opinar algo- ¿Hermione ha leído algo de mí en los periódicos? ¿Sabe de mi progreso en el Quidditch?- ese cambio de tema descolocó a Harry. Obviamente, Ron no estaba enterado de que la convivencia se había roto entre sus amigos. Eso le despertaría miles de preguntas por lo que el aludido le siguió la corriente.
-Al parecer no tiene tiempo, ya sabes… con sus casos en el Departamento…
-Me encantaría que estuviese al tanto- lo interrumpió el pelirrojo mirando las estrellas sobre su cabeza- Siempre me consideré un mediocre a su lado, un bueno para nada. Sé que ella lo pensaba, ahora puede ver que estuvo equivocada y volverá a mí arrepentida- ante esa afirmación molesta, Harry detuvo su camino en medio de la hierba.
-¿De qué mierda hablas? ¿Cómo sabes lo que pensaba Hermione o no?
-Era lógico ¿no?- contestó Ron, sin verse arrepentido- Ella es una importante funcionaria del Departamento de la Aplicación de la Ley Mágica. Ambos sabemos lo que logró en el Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas con su mejora en la vida de los elfos domésticos, su erradicación de leyes injustas, en fin… yo no era más que un reservista de Guardián que esperaba su turno sentado en la banca…
-¡Pero aún así te amaba!- replicó Harry, comprendiendo que le dolió mucho más decirlo que saberlo. Sin embargo, no podía dejar que Ron se volviera un cretino y calumniara sin saber nada- ¡No tienes idea de lo que fueron esos días post rompimiento, lo que me costó mitigar su dolor! ¡Ella sufrió mucho por ti desvelándome por consolarla! ¡No puedes venir y decir semejantes estupideces!
-¿Por qué reaccionas así?- el moreno ignoró su pregunta. Profundizó su mirada, bajando la voz.
-Si vas a tener triunfos, no los colecciones para luego usarlos y restregarlos en la cara de alguien, mucho menos en la de Hermione- ante ese regaño, el pelirrojo se quedó enterrado en el césped sin saber qué decir. Esa exasperación en Harry habría de dejarlo más intrigado que afectado. Vio a su mejor amigo caminar molesto hacia el final de la calle, preguntándose un par de frases que llamaron su atención: "…lo que me costó mitigar su dolor… desvelándome por consolarla…" ¿Aquello había sido sólo una forma de decir?
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La sangre espesa en sus manos casi le causa repulsión. Doblado de las nauseas supo que no eran de asco sino de pánico, puro y paralizante pánico. Debía hacer algo pero al evaluar la situación con lo que le quedaba de entereza, comprendió que llegaba tarde… quiso correr con ella en brazos, quiso correr lo más rápido que pudo pero no podía, sus piernas no respondían y sentía que gemidos doloridos se estrellaban en sus oídos. Tenía que apresurarse, tenía que apresurarse…
Harry despertó sudoroso y gritando desgarradamente. Al verse en el interior de su habitación, se derrumbó contra su colchón sintiendo un alivio embriagante. Qué pesadilla más real había sido ésa. Cuando por fin pudo capturar el sueño después de horas de insomnio gracias al mal rato vivido con Ron, esas terribles imágenes empapelaron su mente. La angustia que desarmó su corazón lo dejó agotado, necesitaba levantarse para tocar con sus pies la realidad y sentirse seguro. Se incorporó débilmente aún agitado, aún perdido en el reino de los sueños horribles. La maldita quietud de la mansión lo volvía sordo y movió un mueble para comprobar que no lo estaba en verdad. Como un sonámbulo, el moreno caminó hasta la antigua habitación de Hermione y se recostó por primera vez en mucho tiempo sobre esa cama. Fue como calzar en un molde único, cómodo. Acarició las sábanas anhelando volver al pasado y dejarse envolver por la calidez de su castaña. Cuánta falta le hacía su compañía…
Al otro lado de la ciudad, Hermione también era quien despertaba bruscamente de una pesadilla parecida, la única diferencia era que la sangre salía de ella y la mirada fría de alguien que no podía recordar, la llenaba de congoja. Necesitaba ayuda pero nadie hacía nada por socorrerla. Luna la despertó preguntando por esos sueños insistentes. La joven abogada quiso bajarle el perfil pero ya no podía seguir evadiéndola más, su amiga se mostraba muy preocupada por ella.
-No lo sé, sólo veo sangre y siento un dolor punzante que me parte en dos.
-¿Crees que tenga que ver con premoniciones?- Hermione comenzó a reír, incrédula.
-¿Te pondrás como la profesora Trelawney?
-Debes tener cuidado… los sueños a veces son advertencias.
Esa breve plática sirvió para que la castaña perdiera el apetito que últimamente se había vuelto voraz. Su amiga le había dado mucho en qué pensar. Afortunadamente, ya no sentía las náuseas con tanta frecuencia como antes, pero sí su busto la hacía sentir incómoda. Tenía los senos tan delicados que sólo el roce de su ropa la obligaba a gemir del dolor. Qué desagradables eran esos pormenores del embarazo agradeciendo la hospitalidad de Luna en su apartamento, porque como una enferma no hacía más que dar problemas con sus vómitos y quejidos.
Esa mañana, Hermione había concertado una reunión con el duende a cargo del turno en el Banco Gringotts, el mismo que estuvo presente en el juicio preliminar de Ian McAlister. Luna se ofreció en acompañarla a la entidad financiera, cumpliendo su labor de periodista y guardaespaldas. No confiaba en los duendes.
El movimiento en el banco era el mismo de siempre. Transacciones, retiros, depósitos, cierres y aperturas, todas ellas ocurridas bajo un sistema perfecto de negocio. Las jóvenes cruzaron el hall hasta la recepción principal en donde un empleado de uniforme reglamentario las recibió con el mismo gesto malhumorado de los de su especie. Tras sus minúsculos anteojos cuadrados, las invitó a pasar al despacho de su superior quien ya las estaba esperando. Hermione le agradeció y se internó en las dependencias de la administración junto a su rubia amiga. Como pudo suponer, la bienvenida no fue cálida por parte del duende en jefe llamado Grikbold. Aún se mostraba ofendido por la insinuación de incompetencia que la castaña había hecho frente a la Asamblea. Se veía muy remiso a cooperar de alguna manera y aquello molestó a la abogada.
-Espero que pueda sernos de ayuda, no me gustaría redactar un informe que puntualice su falta de compromiso ante la investigación o manipulación de evidencia.
-No veo motivo alguno para hacerlo, señorita- se defendió Grikbold- el muchacho ése es culpable, no tiene forma de negarlo, no tiene testigos ni más argumentos que una llave supuestamente robada.
-Todo el mundo es inocente hasta que se pruebe lo contrario ¿no lo cree?- el duende resopló.
A pedido de Hermione, los tres bajaron hasta la cámara investigada entre carros y penumbra. Las antorchas iluminaban escuálidamente el interior del banco, enseñando el camino hacia las cámaras de baja seguridad. Una vez allí, las jóvenes entraron en la indicada para mostrarle al terco duende, que varias cosas estaban perdiéndose en su interior, entre ellas una cadena de oro blanco. La castaña sacó de su portafolio, las primeras fotografías de la cámara luego de lo ocurrido. En uno de los retratos estaba la famosa silla, objeto que despertaba la curiosidad de muchos y que misteriosamente ya no estaba por ninguna parte. Grikblod frunció más el ceño.
-El encargado de llevar a los propietarios hasta sus cámaras, me dijo que no recordaba a su cliente. Él nunca ha olvidado un rostro.
-Puede ser posible que haya sido expuesto a un hechizo desmemorizador- sugirió Luna como quien sugiere abrigarse por el frío de la mañana.
-¿Podría llamarlo para que venga a responder unas preguntas?- quiso saber Hermione, ignorando la mirada agraviada que le lanzaba el pequeño banquero. Éste, sin poder reprochar, salió de la cámara blasfemando a media voz. La abogada estaba segura que todo en ese caso era una trampa por lo que no le importó enfadar a alguien. Si Harry tenía razón, alguien tenía la facultad de convertirse en una silla inocente, quedarse en el interior, robar y salir gracias a la llave que hurtó de Ian McAlister. Debía encontrar la forma de probarlo.
-¿Crees que se pueda revertir un hechizo Obliviate?- preguntó Luna.
-Supongo que sí, debemos pedir el tratamiento con los expertos en el Ministerio. Debe haber una forma- respondió la castaña pensativa- Después de romper el hechizo, será sencillo que reconozca a mi cliente y se sepa que es dueño legítimo de esta fortuna.- De pronto, el ruido estruendoso de un rugido remeció los sólidos cimientos del banco acallando su diálogo. El dragón que Hermione había visto hacía unas semanas, lanzaba alaridos con potencia haciendo temblar el piso bajo sus pies. Las jóvenes tuvieron que sostenerse la una a la otra debido a la impresión y al poder del ruido a su alrededor. Asustadas por ese escándalo, escucharon un segundo sonido tras ellas, pero esa vez fue metálico y tan fuerte que pensaron que el techo de piedra se vendría abajo. Cuando voltearon fue demasiado tarde. La enorme puerta de la cámara se había cerrado a presión, enclaustrándolas dentro, causando que la total negrura de la oscuridad las cegara por completo…
