Hola chicos,

GRACIAS POR SEGUIR EN SINTONÍA Y COMENTAR SOBRE ESTA HISTORIA.
En verdad, me alegro mucho que les esté gustando este relato que avanza y cada vez se pone más intenso. Ya vine con Agosto, comenzamos nuevo mes en Otoño de Milagros, acercándonos poco a poco al temido Octubre- que a todos nos mantiene ansiosos, saber qué pasó para que Hermione terminara tan grave en St. Mungo.

En este episodio, veremos acciones impetuosas en algunos personajes y conoceremos a un Harry mucho más temeroso y preocupado. Espero que les guste este capítulo y no los aburro más con la intro, ok?? GRACIAS DE NUEVO

Buen viaje a todos y nos leemos pronto!


Igual que un niño perdido, Harry dormía en uno de los sofás de la sala de espera de St. Mungo. Habían pasado varias horas sin saber nada de Hermione y el estado de su embarazo, lo que produjo en todos los presentes un enternecimiento por su preocupación. Luna y Ginny se sentían un poco mal por recurrir a un fuerte somnífero en el agua. Era como engañarlo en su deseo de estar alerta en cada minuto transcurrido, pero necesitaba descansar, de lo contrario no tendría fuerzas si llegaban malas noticias. Sin embargo, los ojos de Mafalda revelaban más desprecio y displicencia que otra cosa. Observaba al moreno como quien miraba algo sin ninguna importancia. No entendía el escándalo por lo sucedido, Hermione había sido demasiado temeraria en sus acciones. Si le preocupaba tanto su hija debió pensar en ello antes de actuar como lo hizo. Ella se lo había buscado y ahora pagaba las consecuencias.

-¿Cómo puedes ser tan fría?- le preguntó su primo Ron, tratando de calmar los ánimos dentro del hospital. Al oírla en su perorata, se sintió incómodo frente a ella.

-¿Cómo puedes ser tan tonto, Ronnie?- replicó la abogada frunciendo el ceño- Se rieron de ti a tus espaldas… ¿Ahora quieres que sienta lástima por ellos? No te entiendo, deberías odiarlos por lo que te hicieron, no estar aquí como el amigo que no merecen- el pelirrojo se removió en su sitio, mirando a Harry por el rabillo del ojo. Sus orejas se encendieron.

-No puedo culparlos ni puedo hacer nada… vi con mis propios ojos lo mucho que se aman…

IX. Agosto (Dos meses antes) – Lazos rotos

Parte I

Aquella madrugada del 1º de agosto, Harry y Hermione hicieron el amor de una forma delicada, tranquila, con todo el cuidado del mundo como si ambos cuerpos fuesen de fino cristal. El moreno la penetraba despacio preocupado de cada gesto en el rostro de ella, no quería lastimarla. Hermione suspiraba al sentir el peso de ese hombre entre sus piernas y lo atrajo con sus talones indicándole que todo estaba bien, que lo necesitaba más dentro de ella. Se besaron desgastando sus labios, descubriendo miles de maneras de consumirse y sorprender. El estar de nuevo en esa cama cómplice, en donde habían llevado a cabo la intimidad que lo puso todo de cabeza, los transportó a otro tipo de placer, uno que iba más allá de los cuerpos, más allá del entendimiento. Harry no desperdiciaba rincón de piel, la recorrió milímetro a milímetro saboreando cada gota de sudor. Cuando el orgasmo llegó nublando la razón, él mordió el hombro de la castaña mientras que ella, temblando, elevó su pelvis para no perder espacio entre los sexos. Las uñas de la muchacha se clavaron en su espalda haciendo pedazos su cordura, la penetró con un poco más de fuerza al tiempo que ahogaba sus suspiros con besos hambrientos. La joven estrujó con sus manos las almohadas a su alrededor dejando escapar un gemido en el clímax que el ojiverde adoraba escuchar.

Agotados, descansaron abrazados sobre las sábanas. Harry apoyó su cabeza en la altura del estómago de Hermione, deseando ver en ella una barriga enorme pronto. Estaba seguro que se vería más hermosa de lo que ya era. Besó su vientre por toda la línea del ombligo delineando un camino hasta el límite de su entrepierna. La castaña comenzó a reír debido a las cosquillas que la volvían vulnerable. El moreno creyó que estaba soñando.

-Pellízcame…

-¿Por qué?

-Es demasiado perfecto para ser verdad- al escucharlo, ella lo atrajo y besó con la misma energía de cuando se reconciliaron en la puerta de la mansión. No obstante, al separarse, la mirada de la muchacha cambió a una más pensativa. No sabía si "perfecto" era el término adecuado en esos momentos. Harry notó el cambio en su expresión mirándola a los ojos iluminados por la luz de la luna entre las cortinas.

-Le dije a Ron sobre el bebé- le contó la joven consiguiendo que el chico suspirara amargamente. Ahora entendió por qué no había ido a la mansión por su cumpleaños- ¿Hice bien?

-Sí, hiciste bien… eres mucho más valiente que yo- Hermione acarició su cabello azabache, consciente que no era una situación sencilla- Aunque debimos decírselo juntos. Tengo que hablar con él- La noche se veía estrellada y ligeramente clara debido al alba proveniente desde el horizonte. La pareja guardó silencio, acomodándose para dormir como muchas veces lo hicieron en el pasado espantando las pesadillas. Cuando estaban juntos, ninguna mala imagen los tomaba por asalto. Sin embargo, las urgencias del embarazo no podían esperar. Sintiendo la boca hecha agua, la joven se volvió hacia su compañero de lecho comunicándole sus enormes deseos de comer algo dulce. Harry pensó que estaba bromeando. Al comprobar que hablaba en serio, se sentó en la cama mirándola divertido- ¿De dónde quieres que saque un pastel de manzana recién horneado a las cinco de la mañana?...

Como buen cocinero y hombre preocupado que era, Harry se levantó somnoliento para preparar el plato que su adorada castaña le pedía de forma insistente. Ese nuevo escenario de futuros padres, cambiaba todo a su alrededor viendo el día más hermoso y el sol madrugador mucho más rutilante. Con toda la paciencia del mundo, el moreno buscó en las alacenas los ingredientes que necesitaba para comenzar a trabajar. Recordó cómo fueron los primeros meses de convivencia y la mansión volvió a tener la calidez de hogar que tanto extrañaba. Comenzó a silbar alguna melodía siendo un gesto poco usual en él. El fogón de las hornillas se encendió por primera vez en semanas, el horno esperaba ansioso el molde con la masa cruda para cocerlo y la vida imperó entre esas ancestrales paredes.

El ojiverde mezcló la mantequilla, los huevos y la leche al interior de un cuenco, sonriendo ante el hecho de olvidar ser un mago por unos minutos. No necesitó de magia alguna. Le encantaba realizar esas tareas con el entusiasmo de sus propias manos y sentir la textura escurriendo entre sus dedos. Haría el mejor pastel para la mejor mujer que había conocido en su vida. Vertió las medidas exactas, endulzó según lo indicado y buscó los trocitos de manzana que había picado. De pronto, el abrazo por la cintura lo desconcentró de sus labores, sintiendo que Hermione aplastaba su cuerpo contra su espalda. Podía percibir perfectamente la dureza de sus senos sensibles imaginando que no existía mayor caricia que la estaba experimentando.

-Gracias…- le susurró la joven estrechándolo todavía más a pesar del dolor en su busto ligeramente hinchado por culpa del embarazo. Harry tragó saliva introduciendo el pastel en el horno y luego voltear despacio para verla.

No pudo responderle nada. Tenía el corazón apretado, como si detuviera sus latidos justo en el momento en que se contraía para bombear sangre. La besó apoyándola en la mesa al centro de la cocina. La suavidad del pijama le permitió delinear su figura por todo detalle hasta rozar sus pezones erguidos tras la tela. La castaña ahogó un suspiro. Él siempre conseguía robarle el aliento. Con movimientos pausados, el moreno la alzó por la cintura sentándola en la superficie tras ella. El calor del horno se expandía elevando los ánimos, confundiendo los pensamientos. Harry besó toda la línea de su cuello sintiendo la opresión del cinturón creado por las piernas a su alrededor, su excitación comenzaba a perder el control por lo que olvidó que debía guardar más cuidado con ella. Hermione gimió cerca de su oído, el roce sugerente los enloquecía y él se obligó a mirarla a los ojos mientras la acariciaba, sometida a sus deseos.

-Debo terminar el pastel- le recordó susurrando. Ella, sonrosada, se encogió de hombros.

-Mi antojo puede esperar- y lentamente, se quitó el femenino pijama de seda por sobre la cabeza. Harry apartó los ingredientes de la mesa a manotazos, recostándola allí para poder amarla otra vez.

Retozando con la misma dependencia de siempre, moreno y castaña se entregaban de manera completa e incansable. Embistiéndola rítmicamente, ambos se sujetaron por las orillas con fuerza, soportando el ardor de sus sexos al ser friccionados en un baile personal. Entre jadeo y hundimiento, los jóvenes sintieron miedo de tanta felicidad. No era común, no era correcto en un mundo que no conocía esa palabra más allá de sólo definiciones ambiguas. Era como Hermione a veces reflexionaba: "¿Por qué los recuerdos tristes siempre vienen todos juntos mientras que los felices uno solo a la vez?"… nadie pudo responder aquello. Sin embargo, Harry lo recordó y pensó que tal vez los recuerdos felices debido a su importancia, necesitaban su espacio, su tiempo, su momento perfecto para ser evocados en plenitud, en cambio los otros, nos llovían encima porque sencillamente así perdían significado logrando inmunizarnos de ellos de forma rápida, como si generáramos anticuerpos.

De pronto, cuando los besos ya parecían ser insuficientes y el juego apasionado cobraba la vibración peligrosa de la mesa, el olor a quemado ocupó toda la cocina. El humo denso proveniente del horno alertó a Harry, quien brincó impetuoso tratando de apagar el pastel arruinado. No se habían dado cuenta que llevaba mucho rato expuesto al fuego de casi doscientos grados centígrados. Hermione comenzó a reír viéndolo sacar el molde chamuscado y la masa negra como el carbón. Tosiendo, el ojiverde la miró despechado, se había arruinado su obra maestra culinaria.

-Ahora ya sabes quién es mejor en la cocina- bromeó la castaña, metiendo el dedo en la llaga.

-Me distrajiste… este descuido no cuenta- respondió él, abanicando con un paño la nube negra que se expandía por todo el entorno…


Ron estaba desconcentrado en las prácticas de su equipo. Suspendido delante de los tres aros, sus compañeros lanzaban las Quaffles hacia él logrando más anotaciones de las que quisiera su entrenador. El pelirrojo volaba con menos velocidad y concentración de la que se le conocía, tenía la mirada ausente y ligeras sombras bajo los ojos como si no hubiese dormido nada la noche anterior. Definitivamente el Guardián no se hallaba en el campo de juego esa mañana.

Había sido una noche difícil para Ronald Weasley. Después de recibir la bomba atómica desde los labios de Hermione en su oficina, el joven salió del Ministerio con ganas de golpear algo y ojalá romperse un hueso al hacerlo… ¿Embarazada de su mejor amigo? ¿El vivir juntos fue el inicio para cambiar la frase a "dormir juntos"? Se sintió engañado, humillado… no podía creer que Harry volviera a vencerlo, justo ahora que sentía que estaba ganando kilómetros de ventaja por sobre él. No obstante, una ligera vocecilla le sopló que con Hermione nadie podría aventajarlo, no importaba lo que hiciera para cambiar eso.

Sabía que Harry estaba de cumpleaños ese día. Tantos años de amistad enviando regalos, reuniéndose para desearle felicidades y compartiendo el gusto de un año más de vida juntos. En ese minuto, todo aquello se veía difuso y lejano. Quiso ir a la mansión, quiso invadir Grimmauld Place y reventarle el rostro a golpes arruinando su maldito momento, pero no pudo. Sabía que no tenía sentido hacerlo. Su lado racional le explicaba que no era traición en todas sus letras, él ya no estaba con Hermione por lo tanto debía pensar con la cabeza fría.

Sus pasos enfurecidos lo llevaron al Caldero Chorreante en donde bebió whisky de fuego hasta sentir la lengua dormida y los gestos erráticos. Algunos de los clientes dentro del bar lo reconocieron pidiendo su autógrafo. El pelirrojo firmó gustoso, viendo los trozos de pergaminos con la vista borrosa. El cantinero lo miró ceñudo. Siempre le molestó que los jóvenes se embriagaran en su local para luego hacer desmanes y provocar peleas. Ron lo miró divertido pidiendo una quinta ronda de licor. El mago se negó.

-Creo que bebiste suficiente, muchacho.

-Yo sabré cuánto es suficiente… ¿Sabes quién soy yo? ¡Soy el mejor Guardián de la Liga de Quidditch!- los presentes aplaudieron apoyando sus palabras. Ron pidió silencio poniéndose de pie desde el taburete en donde estaba sentado. Se dirigió al dueño de la cantina cambiando radicalmente de tema- Los amigos no existen ¿sabías? Es una verdad que muchos prefieren no saber… pero yo lo sé.

-¿Estás bien, chico?

-Estoy perfectamente. A Ron Weasley nada puede afectarlo- se mintió a sí mismo.

Las consecuencias de esa noche de alcohol le cobraron una cabeza abombada y una distracción permanente en la práctica. Por eso mismo, el entrenador estaba molesto con él, gritándole instrucciones desde las graderías desde donde supervisaba el juego con su ojo de lince. El aludido sentía náuseas al ver todo desde las alturas de su escoba voladora. Necesitaba un analgésico que aliviara el dolor y la resaca. En eso estaba pensando cuando a lo lejos vio a un tipo moreno que reconoció al instante. Harry entraba al campo de Quidditch tomando lugar entre las butacas. Un fuego desconocido lo abrasó por dentro sintiendo cómo la furia se trasladaba desde su estómago a sus manos empuñadas en el mango de la escoba. Su lado racional se había quedado mudo ante esa situación, generando en él un arrebato visceral que lo llevó a volar en picada hacia su ya ex mejor amigo.

Como un rayo, Harry vio que Ron venía hacia él enceguecido y determinado. Cuando estuvo a pocos metros de distancia, el Guardián se dejó caer encima tomándolo por el cuello. La intención del moreno de conversar las cosas con calma se habían ido al carajo de un solo pestañeo. Sintiendo las manos de Ron encerrándole el paso del aire, Harry no se defendió ni quiso hacerlo. Sabía que él estaba siendo gobernado por la ira, actuando desvariadamente… se lo merecía, de eso estaba seguro. Por otro lado, estaba consciente que aquella ira que veía en sus ojos azules, era producida más por su orgullo herido que por real amor a Hermione. Algunos de los compañeros de equipo de Ron fueron a separarlos al ver la violencia en los actos. El pelirrojo opuso resistencia pero lograron dominarlo a la fuerza. Harry se puso de pie apretando sus dientes y recuperando el aliento sustraído. Era precisamente lo que no deseaba que ocurriera entre ellos.

-¿Viniste a buscar perdón, traidor?

-No…- negó el ojiverde con serenidad- sólo quería que supieras que no fue nuestra intención. Algo cambió entre Hermione y yo… no tiene que ver contigo.

-¡Todo esto tiene que ver conmigo!- espetó Ron, elevando su tono de voz- ¿Acaso la amas?

-Sí- contestó el moreno casi de inmediato.

-¿Se lo has dicho alguna vez?- aquella pregunta detonó el desconcierto en Harry. No, no lo había hecho… todavía- Sólo te aprovechaste de ella cuando estaba vulnerable por mi causa… ¿Para eso la llevaste a vivir contigo? No fue tu intención embarazarla pero sí el acostarte con ella ¿verdad?

-No sabes lo que dices, Ron. Estoy enamorado y no me importa lo que piensen todos. Sólo vine a decirte que debí contártelo antes, sobre eso te pido perdón… pero de amarla a ella, jamás me arrepentiré.

-Nunca llegarás a amarla como yo lo hago- espetó el Guardián zafándose de sus compañeros. Con la mandíbula tensa, ordenó sus ropas desaliñadas por el forcejeo. Harry sacudió la cabeza.

-Lo único que hiciste fue pelear con ella, jamás la entendiste o apoyaste- alegó el moreno, viendo que Ron empuñaba su mano derecha. Ese gesto no lo intimidó. Continuó.- Estabas tan concentrado en los triunfos personales que dejaste de quererla en el mismo instante en que necesitabas desesperadamente quererte a ti mismo primero. Y el amor no se trata de eso- Sólo bastó esa conclusión para que el aludido, enfurecido, estrellara su puño en el pómulo de Harry. El agredido cayó en la butaca de nuevo mientras que Ron caminaba lejos de él hacia los camerinos, empujando a sus compañeros que obstruían su paso…

Hagrid dejaba un enorme trozo de filete en el rostro del joven pelo azabache que estaba tirado en uno de sus sofás. El golpe no se veía nada bien, a pesar de querer aminorarlo con magia, Harry tuvo que recurrir a su viejo amigo guardabosque que sabía qué hacer en esas circunstancias. El dolor en su ojo izquierdo era insoportable, creía que en cualquier momento el globo ocular se saldría de su cuenca. El trozo de carne cruda logró bajar un poco el malestar y una línea de agua sanguinolenta caía por su mentón. Hagrid lo miraba preocupado. Nunca había visto ese tipo de reacciones entre esos dos amigos inseparables que eran Harry y Ron. Los conoció cuando tenían tiernos once años y hasta entonces nada fue lo suficientemente grave como para que se llegara a los golpes. Bueno, pensaba que casi nada.

El ojiverde, sin soportar el peso de su amargura, le contó todo desde el día en que Hermione había abandonado el apartamento que compartía con Ron para quedarse en la mansión hasta la actualidad. Enfatizó sobre su inocente intención de que su mejor amiga ordenara su vida compartiendo el techo con él. Ahora, luego de semanas de intimidades prohibidas entre mejores amigos, la castaña esperaba un hijo suyo convirtiéndose en su razón de vida, en el sueño de familia que siempre añoró… ¿Qué mejor que experimentarlo con la persona que siempre estuvo a su lado? Entendía la reacción de Ron, sabía que el pelirrojo tenía un carácter explosivo y que se cegaría en su idea que sólo fue traición, deslealtad por parte de ellos dos cuando nunca quisieron lastimarlo. Hagrid lo escuchaba con atención al tiempo que Fang paseaba por la reducida sala babeándolo todo. El semigigante asentía y negaba en los instantes que le parecían adecuados hasta que el silencio apagó las voces. Al ver las facciones vencidas de su amigo, Hagrid comprendió que no podía juzgarlo, no tenía ningún derecho de hacerlo. No podía culparlo por enamorarse de Hermione, tenía que reprocharle no haberlo hecho antes de que tuviera algo con Ron en primera instancia… todo sería más fácil entonces.

-Lo sé- reconoció Harry, sacando la carne de su pómulo un segundo- No hay peor ciego que el que no quiere ver, ¿cierto?

-¿Qué piensas de ser padre?- esa pregunta simple nadie se la había hecho al moreno sino hasta entonces. Era obvio, pocas personas lo sabían. Suspiró hondo.

-Que será maravilloso- contestó, sonriendo inconscientemente. Sus ojos brillaron y el guardabosque se contagió de su entusiasmo. Se imaginó a un pequeño de cabello castaño ojos verdes, o un moreno de ojos marrones.

-¿Ya tienes pensado un nombre para el bebé?- Harry comenzó a reír al escucharlo.

-Aún no, Hagrid. No sabemos su sexo todavía.

-Puedo darte buenas sugerencias- insistió su enorme amigo- Siempre he tenido buen gusto para los nombres.

-Claro- respondió el chico de forma sarcástica y burlesca- Como "Floffy", "Fang" y "Grawp"- esa alusión causó gracia en Hagrid, riendo fuertemente logrando agitar su barriga.

-No puedes comparar eso con nombrar a un niño- rebatió y Harry se encogió de hombros- Buscaré un buen libro y escogeremos uno cuando sepan si tendrán un hijo o una hija- Esa era la gran incertidumbre de Harry y Hermione. Ambos jóvenes exploraban ese terreno desconocido y añoraban vivir la próxima etapa de tener el fruto de su amor entre los brazos. Sin embargo, había algo anudado en la garganta del moreno sin poder explicarlo. Tenía miedo pero no precisamente de ser padre… si no de nunca llegar a serlo. Hagrid frunció el ceño al oír esa confesión- ¿Por qué dices eso, Harry? ¿Algo anda mal con el embarazo?

-No… es sólo que… tengo pesadillas. Estoy muy preocupado- sólo hablar de ello le ponía la piel de gallina. El semigigante pudo sentir en sí mismo la angustia- Conoces a Hermione, ella es muy testaruda, decidida, arriesgada cuando quiere conseguir algo. Está defendiendo un caso que no me inspira confianza. El otro día fue encerrada en una cámara junto con Luna cuando estaban investigando. Eso es una señal de advertencia, no tengo duda alguna.

-Por su estado entonces debe dejarlo ahora mismo- Harry asintió pero sabía que pedirle eso a la castaña, era simplemente derribar una muralla de concreto con las manos. Estaba al tanto de su cariño hacia el acusado Ian McAlister, era lógico que se veía reflejada en él por ser hijo de muggles al igual que ella y sentía la necesidad de ayudarlo. No obstante, tendría que priorizar si querían acallar las premoniciones de esos sueños inquietantes.


Los magos sentados en las tribunas de la Asamblea, escuchaban interesados el inicio de una nueva sesión del juicio a Ian McAlister. Los Aurores asignados para su custodia regular, llevaron al chico a tomar lugar en las butacas ubicadas entorno al centro de la sala. Hermione estaba de pie muy cerca de su cliente entregándole miradas de confianza para bajar un poco su expresión de miedo e incertidumbre. Al otro lado del tribunal, estaba Mafalda Weasley revisando unos documentos con mucha concentración, de vez en cuando dirigía su sutil atención a la castaña como quien no perdía detalle alguno de lo que sucedía a su alrededor.

El juicio dio comienzo con una apertura por parte de la defensa, donde Hermione pidió que Ian sentarse en la única silla al centro de la estancia. El joven obedeció con paso cansino dejándose caer allí de la misma forma en que lo hizo el día que se conocieron. La abogada notó que estaba mucho más delgado y demacrado por lo que su corazón se apretó de la preocupación. Suspiró iniciando sus preguntas sobre lo sucedido aquel día del supuesto asalto. Ian explicó que la cámara en verdad le pertenecía pero jamás le dieron la oportunidad de declararlo. Contó del hurto de su llave de seguridad y que todas las pertenencias en su interior habían sido heredadas por su adinerada familia muggle. Los magos alzaron sus cejas, oyendo ensimismadamente sus palabras. No parecía el ladrón peligroso que se rumoreaba por los pasillos, sólo era un muchacho de no más de dieciocho años, desgarbado y de facciones infantiles. Aprovechando el cambio en sus miradas, Hermione acentuó el hecho de que la cámara era el resultado de una herencia, el banco debería saberlo y si ocurrió aquella confusión fue debido a la impertinencia de un segundo personaje.

-¡Objeción!- reclamó Mafalda- Sólo son conjeturas, aún no probamos ese punto, señor Ministro.

-A lugar- concedió Kingsley Shacklebolt. La castaña frunció el ceño. Cada vez que argumentaban, ella y su contrincante se desafiaban con la mirada como dos aguerridas competidoras. La molestia le estrujó las entrañas sintiendo algunos mareos incómodos.

-Señor Ministro- insistió Hermione- No hay que descartar todas las posibilidades dejando a mi cliente como único responsable de este malentendido…

-¿Malentendido?- refutó la otra abogada, resoplando- Si fuera un simple malentendido estaría en casa, ocupada en otras cosas más importantes.

-¿Como inmiscuirte en la vida de los demás, por ejemplo?- ese comentario sarcástico le llevó rubores intensos a las mejillas de la aludida. Entrecerró los ojos de la rabia.

-Abogadas… les recomiendo se atengan al caso- dijo uno de los magos, sentado en la parte más alta de la Asamblea.

Luego de unos minutos de intenso alegato, Hermione enseñó como prueba la fotografía de la silla antigua dentro de la cámara. Argumentó su molestia ante la poca profesionalidad en tratar el lugar de los hechos, uno de los artículos en su interior había sido extraído tratándose de una joya valiosa que Ian McAlister reparó en su ausencia. ¿Por qué no se llevaba un inventario exhaustivo de todo lo que se guardaba en el interior? ¿Por qué no había ningún registro de eso? No cabía duda que frente a esas ocurrencias debía de tratarse de un empleado del mismo banco, alguien que conozca el movimiento en el interior y las debilidades en la seguridad.

Ante el atrevimiento de sus teorías, Mafalda abrió sus ojos como platos volviendo a alegar. Shacklebolt en ese momento, tardó en poner a lugar a Hermione debido a su pensativo ceño. Después de todo, no le parecía una suposición descabellada. El mago conocía a la castaña, sabía sus increíbles capacidades, su tenacidad y valentía. Escucharla debatir con tanto ahínco, le sugirió que podría tener razón, sin embargo no dijo nada. Debían deliberar en conjunto y había muchos magos que no se mostraban convencidos. Por otro lado, el que el chico fuese hijo de muggles, no era un detalle favorable para algunos.

Luego de unos momentos de receso, Mafalda llamó a un testigo a la Asamblea. Entre los murmullos de los presentes, la llegada de Athos Greenwood, el alimentador de dragones, sorprendió a Hermione. El tipo de rostro marcado por las quemaduras como gajes de su oficio, tomó asiento en la silla indicada. La abogada no tardó en hacerle preguntas referentes a su conocimiento del caso. Él aseguró que lo sabía muy bien. Relató su vida como empleado del banco Gringotts, de la lealtad a la institución y la dedicación incondicional hacia los clientes. Mafalda aludió a la seguridad del recinto financiero por lo que Greenwood enalteció que era indiscutiblemente perfecto. Nadie podía atravesar sus muros por más que lo quisiera. En ese punto, Hermione reparó en la molestia de Ian sentado de nuevo entre las butacas. Pudo casi leerle la mente porque ambos pensaron lo mismo. Por lo tanto, la castaña apuntó entre sus documentos algunas preguntas.

Al terminar su interrogatorio, donde la otra abogada dejó en claro que fue un asalto premeditado y muy bien perpetuado por el acusado, dio el paso a su colega con un gesto arrogante. Hermione alzó su mentón, acercándose al testigo. La primera y única vez que lo vio fue al bajar hasta las cámaras de alta seguridad junto con Harry. El momento del casi accidente con el dragón la hizo estremecer. Ya a pocos pasos de Greenwood, la abogada defensora comenzó sus preguntas con una muy sencilla.

-Si la seguridad de Gringotts es tan perfecta y admirable… ¿Cómo explicaría la irrupción de mi cliente de manera tan simple?

-Tengo entendido que robó la llave antes.

-¿Sabe usted si han averiguado a quién pertenece realmente esa llave?- el alimentador se encogió de hombros negando su conocimiento- ¿Cree que mi cliente es culpable?

-Absolutamente.

-¿Cómo puede estar tan seguro?- rebatió Hermione, cruzándose de brazos- Cuando hablamos por primera vez, usted me dijo que no podía saber nada desde donde trabaja debido a la distancia entre las cámaras. Ahora, tiene una certeza deslumbrante.

-Este caso ha trascendido en el interior de Gringotts, señorita. Ha sido uno de los pocos que se ha atrevido a invadir el banco y no se habla de otra cosa. Además, todo se sabe.

-¿Se ha comentado lo que pasó con mi extraño encierro junto a Luna Lovegood?- el cambio de tema no pasó desapercibido por nadie. Mafalda ya estaba con las palabras colgando de sus labios para objetar. Hermione insistió- ¿No cree que pasan cosas extrañas en un lugar tan seguro?

-No sabía de ese incidente- la castaña enarcó una de sus cejas. Algo comenzaba a tomar forma dentro de su cabeza. Lo miró con desconfianza.

-Su trabajo es alimentar al dragón que cuida las cámaras de alta seguridad, ¿verdad?- el aludido asintió- Aquel día, la criatura rugió de una forma ensordecedora causando la reacción de la puerta y cerrar la cámara en donde estaba de manera hermética… ¿Sabe por qué el dragón reaccionó así?

-¡Objeción!- intervino Mafalda- ¿A qué viene este diálogo innecesario? Estamos aquí juzgando a Ian McAlister.

-A lugar- dijo el Ministro, lanzando una mirada significativa a Hermione. Tenía una carta bajo la manga y debía aprovecharla. Sin embargo, gracias al cariño que le tenía a la joven, el mago quiso bajar los ánimos dentro de la Asamblea o se metería en problemas. Athos Greenwood era reconocido por su intachable labor. Por lo menos eso dejó en claro uno de los magos, seguro de sus palabras. Los demás apoyaron de manera muy poco imparcial para gusto de la castaña. Ian suspiró, enterrándose aún más en su asiento. Miró a su abogada sin disimular la rara determinación en sus ojos.

En la intimidad de su oficina, Hermione dejó caer sus documentos sobre el escritorio con la esperanza de causar un escándalo. Estaba furiosa. No le gustaba nada la injusticia cometida hacia su cliente, la incredulidad que se ganaba por el intrascendente hecho de no tener sangre mágicas en las venas. Qué angustiante era pensar que podían condenarlo así sin más, sólo por ese motivo: la discriminación. Ese Alimentador de dragones despertó en ella una sospecha ruidosa. Cuando estaba sumergida en la recapitulación de todo lo sucedido en el juicio, el estruendo fuera de su despacho la hizo saltar de su asiento. Corrió hasta la puerta, viendo que varios magos y brujas se dirigían hacia los elevadores. La castaña se asomó encontrándose cara a cara con uno de sus colegas.

-Se trata de tu cliente… ha intentado escapar- le informó éste provocando que Hermione sintiera sin problemas el corazón en medio de la garganta.

La castaña corrió al ascensor que la llevaría a la planta en donde se encontraba el cuarto de retención. No detuvo su andar aumentado por la velocidad de sus pensamientos: ¿Por qué había hecho eso?, ¿No tenía ya suficientes problemas?... Siguió al grupo de curiosos que iban a ver lo que estaba sucediendo, viendo que luces de hechizos centellaron en las paredes. Se abrió paso, percibiendo que tenía el vientre endurecido de nerviosismo y angustia. Fue entonces donde lo vio. Ian estaba boca abajo, reducido por uno de los Aurores que le apuntaba la parte de atrás del cuello con su varita. La muchacha mordió sus labios al presenciar aquella escena. Entre las autoridades, Harry se disponía a esposarlo nuevamente ayudando a poner de pie al chico. La abogada corrió hasta su cliente, reparando que su rostro estaba mojado por el sudor del esfuerzo. Ian y Hermione, se miraron intensamente. Ella con una expresión de: "¿Por qué lo hiciste?", mientras él de un profundo: "Ya no puedo soportarlo más"

El arrojo con el que la castaña había corrido y la mezcla de emociones fuertes que la azotaron, le produjeron un malestar inmediato. Tomó su vientre con las manos siendo un gesto que Harry vio al instante. El joven se acercó a ella, preocupado pero al mismo tiempo molesto. ¿Cómo podía seguir en un caso que estaba robándole la paz de su embarazo? El moreno se volteó hacia el fugitivo, observándolo decepcionado. Hermione se estaba arriesgando por él y lo agradecía pagándole de aquella forma tan estúpida.

-Llévenselo de regreso- ordenó el ojiverde bajo un tono apesadumbrado. Los Aurores obedecieron, tirando de Ian por las esposas luminosas. Al pasar frente a la muchacha, él bajó la cabeza.

-No debiste hacerlo…- le dijo Hermione en un hilo de voz.

-Lo siento, sólo quiero volver a casa.

-Ese es mi trabajo- acotó seriamente…

Grimmauld Place estaba incómodamente silencioso. Sentados a la mesa cenando de la comida preparada por la castaña, Harry y Hermione no hablaron en ningún momento mientras comían. La joven sabía que el moreno estaba enfadado con ella, no podía culparlo. Sabía que su bienestar era de su total preocupación, pero no podía dejar de lado un tema tan apremiante como la liberación de su cliente. Ella estaría bien, su hijo estaría bien. No obstante, a pesar de su intención por obtener contacto visual con él, Harry se puso de pie con el plato a medio terminar entre las manos. Se introdujo en la cocina dejando a Hermione sumida en la angustia.

El moreno se apoyó en el lavaplatos una vez llegado allí. Trató de calmar la lluvia de sensaciones que lo bañaba de pies a cabeza apretando sus ojos. Tenía temor de que algo terrible fuese a suceder, algo que pudiesen lamentar… quiso tomar a la castaña y llevársela lejos de allí, lejos de todo lo que pudiera lastimarla. Escuchó los pasos de la joven a sus espaldas enderezando su postura, fingiendo estar lavando los trastes de la cena.

-¿Estás molesto?- Harry dejó de moverse mirando a Hermione por el reflejo de la ventana frente a él. Giró sobre sus talones para enfrentarla.

-Estoy aterrado… y sí, muy molesto.

-¿Qué quieres que haga?

-Deja el caso.

-No puedo. Es mi responsabilidad- esa contestación provocó el incremento en el enfado del ojiverde. Volvió a darle la espalda lavando platos que no miraba realmente.

-Hoy noté malestar en ti. Esta preocupación no es buena para nuestro embarazo- Hermione sintió la elevación de su pulso al notar el "nuestro" en su comentario. Caminó hacia él restando la distancia vacía entre ellos. Le encantaba sentirse protegida por él. Sin decir nada, lo obligó a mirarla encerrándolo en un abrazo que sólo ella podía darle. Harry apoyó su mentón en el hombro delicado de la muchacha creyendo que se había convertido en gelatina. Su vulnerabilidad llegó para quedarse. Percibió muy sutilmente, un pequeño bulto contra su propio cuerpo reparando que el vientre de Hermione comenzaba a vislumbrarse, se emocionó tomando sus mejillas para besarla intensamente. No había peor veneno para su salud que estar enojado con ella. Cada latido invertido en ese sentimiento, lo mataba de forma lenta y dolorosa.

-Todo estará bien- susurró la castaña cuando liberaron sus labios a cambio de aliento. De pronto, una ligera pulsación surgió desde su barriga. Los jóvenes, sorprendidos y alucinados, repararon en los primeros movimientos del bebé causando la sonrisa plena en sus bocas. Harry, con la conmoción enardecida, volvió a estrechar a Hermione levantándola del suelo que se había transformado en una nube maravillosa…