Hola mis queridos lectores,

Perdón por la tardanza. Sé que debí actualizar hace un par de días atrás, pero miles de cosas qué hacer que no me permitían escribir. Bueno, hoy veremos algunas actitudes, noticias y acontecimientos que activarán más la inquietud en estos padres novatos. Vamos de a poco avanzando, ya se viene Septiembre bastante intenso y créanme porque no les miento ;)

Gracias por sus comentarios y por seguir en sintonía, en verdad que me alegro que les guste esta historia... nos acercamos al temido Octubre, chicos, así que aprétense los cinturones que vamos a viajar nuevamente...

Besos y nos leemos luego!


"Qué hermoso otoño estaba recibiendo la tierra. Con sus gotas doradas de lluvia compasiva, bendecía la hierba maltratada por un verano despiadado. Los rayos del sol se colaban por las nubes rojas impactando de lleno en mis ojos entrecerrados. Allí estábamos, ella y yo… sentados entre la vegetación de un lugar que no reconocí pero sí amé por su belleza. Mirábamos las hojas caer, una a una y mil veces, mientras que mi castaña se apretaba contra mí al sentir el frío viento insolentarse contra nuestros abrigos. La abrazaba por la espalda, fuertemente, sintiendo el dulce aroma de su cabello cerca de mi rostro. No podía pedir nada más a la vida.

¿Estás tan ansioso como yo?- me preguntó, posando mi mano sobre su vientre.

Ni siquiera puedo describir lo que siento.

Me gustó el nombre que escogiste para nuestra hija- sonreí ampliamente dejando entrever una inocente culpabilidad. Hermione reparó inmediatamente en mi expresión preguntándome en qué estaba pensando. Me sonrojé.

No fui yo quien tuvo la idea- confesé sonando como un niño. Al oírme, Hermione comenzó a reír…"

Harry despertó de aquel sueño que más que eso resultaba ser un recuerdo, uno de los tantos que guardaba en el celo de su memoria. Sintió rabia de despertar e interrumpirlo. Se sentía bien reviviéndolo, poder tener de nuevo a la mujer que amaba entre sus brazos. Sin embargo, la consciencia lo devolvió a la realidad recordándole dónde estaba, en qué situación y qué fue lo que había pasado para estar allí. Se puso de pie de golpe, advirtiendo segundos después que Ian McAlister llegaba con un ramo de flores para su abogada…

X. Agosto (Dos meses antes) – Padres en peligro

Parte II

Harry y Hermione, habían pasado una noche maravillosa luego de sentir el primer movimiento de su hijo avisando su presencia y ganas de vivir. Como un centinela, el moreno pasó las horas en vela a la espera de algún otro palpitar que le removiera el espíritu. Su mano estaba tatuada en el vientre de Hermione, mientras que ella, seguía estremeciéndose al sentirlo tan cerca bajo las sábanas. Hicieron el amor de manera distinta, sólo caricias, rozándose con sutileza, acoplando espalda contra pecho deliciosamente en un abrazo que sería la marca entre ellos. Harry le acariciaba el cuello con los labios, palpando con sus yemas bajo el ombligo de la castaña escuchándola gemir como un ronroneo. Quería sentirla rendida toda la noche. Ella, acomodándose boca arriba sobre el colchón, dejó a la merced del ojiverde todo su cuerpo para su libre disposición. Él con dedos de seda, delineaba su fisionomía sin olvidar centímetro ni detalle, de punta a cabo. Acercó su boca a la pequeña barriga que comenzaba a vislumbrarse. "Cuento los días para conocerte", le había susurrado al bebé consiguiendo que Hermione ahogara un suspiro de placer y emoción de tan sólo escucharlo… ¿De dónde había sacado Harry ese instinto de padre que tanto la hacía suspirar? ¿De dónde lo aprendió?... a veces, la chica creía que ella era la más asustada de los dos ante la llegada de la siguiente etapa. No quería fallar, no quería cometer errores… no quería resultar ser una madre mediocre.

-No podrías ser mediocre ni aunque te empeñaras a ello- le dijo Harry, besando su desnudo abdomen.

-¿No sientes miedo?

-Claro que sí.

-Es que te veo tan seguro…

-Es porque estoy contigo- respondió mirándola a los ojos- Estando a tu lado, nada puede salir mal… nada nos ha salido mal nunca- Hermione miró el golpe que Harry tenía en el pómulo. Cuando le preguntó lo que había sucedido, el aludido no hizo más que besarla en la frente y murmurarle un ambiguo: "No te preocupes". Sin embargo, la muchacha pudo suponerlo perfectamente. Ron de seguro había perdido los estribos sintiéndose engañado. Respiró entrecortado, odiándose por haber lastimado a una persona importante dentro de su vida. Con cuidado, besó la lesión al tiempo que Harry apretaba el ojo instintivamente.

Al rayar el alba, ninguno de los dos asistió a sus respectivos trabajos. Hermione tenía hora con su ginecólogo por lo tanto, ambos se levantaron temprano y se dirigieron hasta la consulta del médico muggle tan ansiosos por saber novedades como dos niños husmeando los regalos de navidad. Por eso mismo, sumidos en nerviosismo, los jóvenes llegaron a la clínica e hicieron ingreso a la oficina del facultativo mientras éste saludaba a los futuros padres con una ancha sonrisa. Conversó unos minutos sobre dietas, peso y la correcta salud que veía en la castaña. Todo estaba en orden, el bebé estaba sano por lo que sólo debían esperar diciembre con paciencia. Harry y Hermione se miraron pensando lo mismo: sólo deseaban que los meses pasaran lo más rápido posible. El médico, aún viendo decenas de parejas todos los días en la misma situación, logró enternecerse de manera distinta con ellos al verlos tan compenetrados. Fue como si presenciara el embarazo de una hija suya con su preocupado yerno a su lado.

Una vez concluida la charla inicial, el médico llevó a la joven hasta la camilla. Se llevó a cabo el mismo procedimiento de veces anteriores, gel líquido sobre el vientre, Harry sentado muy cerca de Hermione, el monitor a un costado y el anciano, paseando la máquina por todo el útero buscando una buena imagen. El corazón de Harry casi se sale de su pecho cuando lo vio de nuevo, moviéndose dentro de la matriz, enseñando al mundo a través de pantalla su perfecta anatomía. Definitivamente tenía el hermoso perfil de su madre… Qué bellos son esos momentos de la vida… el ojiverde suspiró besando a Hermione en los labios. Ambos, como si fuese la primera vez que escuchaban esos veloces latidos, se miraron sin palabras diciéndose demasiadas cosas. Allí estaba el fruto del infinito amor que había nacido entre los dos. Ahora sí que su complicidad estaba consumada.

-¿Quieren saber el sexo del bebé?- preguntó el especialista consiguiendo el asentimiento inmediato de ambos. Él rió brevemente- Bueno pues, felicidades, chicos… serán padres de una hermosa niña.

Hermione, como un gesto conocido en ella, cubrió su boca con las manos ahogando su excitación. Harry tardó unos segundos en reaccionar. Tendrían una niña, tendrían una hermosa pequeña que instantáneamente imaginó idéntica a la madre. Volvió a mirar a la joven a su lado y la abrazó tan fuertemente como pudo en su incómoda posición sobre la camilla. En ese instante, al moreno no le importó nada más que lo que sucedía dentro de esa oficina, no le importó el dolor de su pómulo amoratado, no le importó lo que dirían los demás si se enteraban, no le importó Ron, ni Mafalda, como tampoco esos malditos sueños presagiosos. Hermione, por otro lado, agradecía a la vida por regalarle semejante milagro, sólo quería tenerla ya en sus brazos, mirarla por todos sus rincones reconociendo sus cualidades, su mezcla de Potter Granger que de seguro no podría ser más agraciada… imaginó a sus padres como abuelos, las primeras noches de llantos infantiles, las primeras mudas de ropa, las primeras fiebres a cuidar… una vida de tres. La ansiedad en ella se tornó insoportable.

Salieron de la consulta, rebosantes de alegría y expectación. Parecía ser que los quehaceres pendientes y las preocupaciones habían desaparecido para siempre. Harry deseaba gritar al mundo la hermosa noticia, sería definitivamente la niña de sus ojos y lucharía por ella hasta dar la vida si fuese necesario. Hermione, igual de maravillada, apretaba su mano con la suya mientras caminaban hacia la salida del edificio. La joven tuvo que ir a su oficina despertando de la ensoñación en la cual estaba sumida, el moreno la besó en los labios y en el vientre una vez que separaron sus caminos para encontrarse más tarde para cenar. Harry sentía las palabras alborotadas como polillas en su garganta pensando en visitar un solo lugar. Volvió a la mansión, cogió su Saeta y emprendió vuelo viendo el cielo mucho más azul que otras veces.

-¡Tendremos una niña!- gritó Harry, entrando estrepitosamente al despacho de la directora de Hogwarts, Minerva McGonagall. El joven había dirigido su destino a la cabaña de Hagrid en un principio, pero al no hallarlo corrió hasta el castillo necesitando compartir con alguien su euforia, de lo contrario explotaría. Fue entonces donde extrañó la compañía de Ron. El pelirrojo habría sido el primero en saber aquello de no haber sido por las lamentables circunstancias. Sin embargo, reparó que el semi gigante estaba en el interior de la oficina platicando animadamente con la bruja. Al ver al chico, ambos se sobresaltaron de la sorpresa.

-¿Una niña? ¡Felicidades!- exclamó Hagrid iluminando sus ojos sobre esa barba tupida. Harry miró a la anciana guardando un poco de reserva y carraspeó incómodo.

-Profesora… Hermione y yo seremos padres- ella lo miró por sobre el marco de sus anteojos y enarcó una de sus cejas.

-Lo sé, eso me estaba contando Hagrid antes de que entraras como un loco- el moreno miró a su enorme amigo, quien se encogió de hombros como un niño descubierto en travesura.

-Lo siento, no pude guardar el secreto por mucho tiempo.

Harry puso a McGonagall al tanto de la situación, de lo mucho que amaba a la castaña y lo entusiasmado que estaba ante la idea de ser padre. La bruja lo escuchó atenta sintiendo en su propio pecho el sentimiento que el ojiverde describía. Para ella no era una locura, sabía que entre ellos dos pasaría algo más que sólo amistad ilusa y el embarazo de la mejor alumna que había tenido, la emocionaba personalmente. De pronto, se sintió mucho más anciana y melancólica, como si los años cayeran sobre ella como un derrumbe de rocas. Brindaron la noticia con tazas de té verde planeando el nombre que llevaría la primogénita de Harry. El joven no se consideraba bueno para ello escuchando cómo Hagrid y McGonagall debatían nombres diversos como una lotería. Comenzó a reír agradeciendo su ayuda e inmenso interés al mismo tiempo que percibía sobre él la dulce mirada azul de un viejo al interior de un retrato…


Al finalizar la práctica de Quidditch, Ron fue a visitar a sus padres a la Madriguera para poder distraerse un poco de la rabia que aún se apoderaba de él al recordar las palabras de Harry: "Estabas tan concentrado en los triunfos personales que dejaste de quererla en el mismo instante en que necesitabas desesperadamente quererte a ti mismo primero. Y el amor no se trata de eso"… Ese argumento le daba vueltas en la cabeza como noria. Él no consideraba que había cambiado, seguía siendo el mismo de siempre pero con la gran diferencia que ahora era un personaje reconocido, con vida e historia propias, ya no era el amigo adorno de Harry Potter. No obstante, una voz muy parecida a la suya le susurraba que tal vez tenía razón, pero estaba tan enceguecido por su furia y decepción que acalló ese sonido tratando de hablar de otra cosa mientras comía con sus padres.

Molly Weasley lamentablemente no ayudaba mucho en lo que estaba ocurriendo con la vida de su hijo. Insistía en saber noticias de Harry y Hermione, a quienes no veía hacía semanas. Recordó los momentos en que compartían el calor de hogar en Grimmauld Place, la navidad con Sirius y la organización de la Orden del Fénix en tiempos de Voldemort. A pesar de haber sido años de miedo e incertidumbre, fue una época de lealtades consolidadas… o por lo menos así lo pensaba ella. Ron la escuchaba hablar sin expresión en el rostro. Con el tenedor en mano, removía su comida por todo el plato perdiendo el apetito voraz que lo destacaba.

-¿Por qué no han venido los chicos?- le preguntó su madre, consiguiendo que la mirara seriamente.

-Están ocupados con otros asuntos.

-De seguro podrán sacar algo de tiempo para venir a cenar algún día- el pelirrojo rodó los ojos y eso no pasó desapercibido para su padre. Arthur había guardado silencio durante toda la plática observando a su hijo frente a él. Podía notar en su ceño compungido que algo no andaba bien. Le preguntó un par de veces su estado, consiguiendo la misma insípida respuesta de "Estoy bien".

-No te creo… ¿Tienes algún problema? ¿Te preocupa algo?- justamente lo que no quería Ron que sucediera, despertar su curiosidad. Miró a su padre sintiendo que no podía retener más las palabras dentro de su boca.

-Se trata de Hermione… está esperando un hijo de Harry.

El desconcierto cayó sobre la mesa tan demoledoramente que Molly dejó caer los cubiertos sobre el plato. Arthur, en cambio, apretó sus labios mirando su copa de vino. Los reproches de la bruja no se hicieron esperar. Habló de engaño, de irresponsabilidades, de su enorme decepción hacia los que consideraba como sus hijos. Restregó en la cara de su marido la razón que tuvo al desconfiar de esa supuesta convivencia en la mansión, quizás cuántas noches durmieron juntos haciendo creer a todos que eran sólo mejores amigos, quizás por cuánto tiempo estaban haciéndolo a espaldas de los demás aparentando ser casi hermanos... ¿Y si estaban traicionando a Ron incluso antes de terminar la relación con Hermione? ¿Quién podía asegurar que no fue así? Todo el mundo conocía la estrecha relación que siempre existe entre ellos, la química podía sentirse a kilómetros de distancia, había que ser ciego para no darse cuenta… "¿Cómo pudieron hacer tal aberración?", preguntaba ella mostrándose ofendida. Arthur atajó a su esposa en mitad de su letanía de sospechas y reclamos. No era correcto juzgar a las personas de aquella manera. Ron aprovechó ese respiro incorporándose de la silla. Necesitaba estar un momento a solas. Las preguntas al aire de su madre habían hecho mella directa en su corazón.

Caminó lentamente hacia su antiguo cuarto. Sonrió al ver que aún estaban sus cosas ubicadas en el mismo lugar que las había dejado antes de mudarse. Miró las repisas con sus antiguos libros escolares, el viejo póster de los Chudley Cannons en su muralla, algunas prendas usadas en su adolescencia… muchas cosas que removieron sus recuerdos. Una fotografía del trío le sonreía desde un rincón. No supo interpretar lo que pasó con él pero tomó el marco entre sus manos, lo miró unos instantes y luego lo lanzó al otro lado de la habitación rompiéndose contra el muro. En cosa de segundos, Arthur abrió la puerta para entrar sintiendo el cuadro estrellarse a poca distancia de su cabeza. Miró a su hijo con desconcierto.

-Tranquilo… todo estará bien.

-¿Qué dices, papá? ¡Claro que no lo estará! ¡He sido traicionado por dos personas que quería mucho!- su arrebato llevó al mago a entender que no sería sencillo razonar con él. Utilizó el buen juicio hablando pausadamente.

-Ron, debes entender que no te han traicionado- dijo intentando capturar los ojos escurridizos del aludido- Tú y Hermione ya no tenían una relación. Ella fue a vivir con quien también es su mejor amigo, no olvides eso. Si algo cambió en su amistad, no creo que haya sido con el fin de lastimarte a ti.

-¡No seas iluso, papá!- rebatió el joven con las orejas encendidas del disgusto- ¡De lo contrario no me lo habrían ocultado por tanto tiempo! ¡Debieron pensar en mí primero antes de dormir juntos!

-¿Pensar en ti primero?- repitió Arthur sin poder creer lo que oía de su hijo- ¿Qué demonios te ha sucedido? No eres el Ronald Weasley que yo crié, jamás te he enseñado a ser tan soberbio ni arrogante mucho menos egocéntrico. Escúchate por un segundo y dime… ¿Realmente el herido es tu corazón o tu nuevo orgullo?

Ron mordió las palabras que deseó decir porque realmente no tenían valor alguno ante el argumento de su padre. Lo había desarmado logrando generar en su interior miles de interrogantes. Una parte olvidada de él le gritaba desde algún lugar que era un asunto tan lógico como sumar uno más uno. Sabía muy a su pesar que entre sus mejores amigos el amor no tardaría en llegar, convivir debió despertar en ellos todos sus sentidos y verse por primera vez sin obstáculos de por medio. Se odió por dejar que Hermione se fuera de su apartamento, debió luchar por ella, debió retenerla y no verla salir con su equipaje seguida por Harry. Si pudiera revivir aquel momento lo haría todo diferente. Su padre volvió a dirigirle la palabra pero no lo escuchó. Pensaba que estaba del lado contrario en esa batalla sin trincheras y salió de la Madriguera para estirar las piernas y pensar.

Luego de recorrer un largo tramo lejos de su casa de infancia, Ron decidió Aparecer cerca del callejón Diagon, donde esperaba tomar una buena cerveza de manteca en el Caldero Chorreante. Esperaba no encontrarse a nadie para no tener que quebrar su seriedad fingiendo una sonrisa mediocre y mentirosa. Caminó entre la gente sin tener la energía siquiera de esquivarlos. Algunos fanáticos le pedían su autógrafo pero por primera vez el pelirrojo los ignoró. No estaba de humor para ser encantador. De repente, alzó su mirada azul hacia el frente y la presencia de una sola persona golpeó su semblante. Hermione salía de la heladería Florean Fortescue abrazando su conocido portafolio. Se veía empalidecida y preocupada, Ron frunció el ceño caminando hacia el lugar empujado por la inercia. Necesitaba hablar con ella…

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Dentro del cuarto de retención en el Ministerio, la joven abogada miraba a su cliente con resentimiento al otro lado de la mesa. Ian no se atrevía a subir la mirada para enfrentarse a la ira de Hermione pero contra todas sus voluntades se forzó a hacerlo. Se observaron por minutos indefinidos hasta que el mismo muchacho rompió el sólido silencio. Sabía que lo había arruinado, que la decisión de escapar era tan estúpida como querer detener un Avada Kedavra con las manos. La castaña lo escuchaba en sus disculpas mordiendo su labio inferior inconscientemente. No quería sentir esa decepción inmensa hacia el chico, le tenía mucho cariño como si se tratara del hermano menor que nunca tuvo. Había sido irracional y por más que le costara el sueño debía tener paciencia, no debía sumar más motivos a las autoridades para condenarlo inapelablemente.

-Lo sé, cometí una tontería- admitió Ian, asintiendo cabizbajo.

-¿Qué le diré al Ministro ahora, qué crees que me dirá la otra abogada?- el muchacho no pudo responder- Te dije que te sacaría de aquí, debes confiar en mí.

-Estoy perdiendo la cabeza aquí encerrado.

-Hago lo posible.

-¿Ha sabido algo del collar de oro blanco que desapareció de mi cámara?- Hermione negó con la cabeza recordando su irritación ante el hecho de saber que podían perderse cosas desde el interior. No existía control alguno por parte del banco, simplemente no tomaban en serio la gravedad del caso.

-Estoy segura que hablamos de un asunto interno, alguien que trabaja en el banco quiere hacerte parecer culpable para quedarse con tu riqueza- Ian se sumó a su conjetura, asintiendo enérgicamente. No era extraño ni difícil de suponer. El joven McAlister era un hijo de muggles y con tanto dinero a su haber como si perteneciera a una familia ancestral mágica. Aquello debería ser un sacrilegio para los aún cegados por la discriminación entre estados de sangre.

-Tenga cuidado, por favor- le dijo Ian, tomando sus manos con las suyas, esposadas. Hermione lo miró intensamente- Le aconsejo que deje el caso, no quiero que le suceda nada por entrometerse en algo tan sucio como esto.

-¿Qué pasará contigo si abandono ahora? Te quedarás encerrado en Azkaban de por vida. No puedo permitirlo.

-Pero usted está embarazada, no olvide eso.

La frase emitida por su cliente quedó resonando en su cabeza como eco embotellado. Se sintió de un segundo a otro atemorizada por lo que podía pasar al transcurrir del juicio. No quiso decir nada tranquilizando a Ian con palabras de confianza y seguridad. Nada pasará, repetía ella con el fin de convencerlo y convencerse. La hora de visita terminó, los Aurores fueron por el muchacho con mayor rigidez en su cuidado, aún recelosos ante la idea de que volviese a escapar y Hermione se fue a su oficina para escribir el informe de la reunión. Desafortunadamente, el único camino que daba hasta el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica era ocupado por la insidiosa Mafalda Weasley, quien platicaba con otro de los abogados del Ministerio. Al ver que la castaña se aproximaba, torció sus labios en una sonrisa de satisfacción. La eterna competidora de Hermione estaba encantada ante el error cometido por Ian McAlister, la anticipación por vencerla la volvía ambiciosa rozando incluso al rencor. Ante sus ojos, no era más que una mujer insensible, embarazada del mejor amigo de su primo. Una promiscua sin remedio. No veía nada de honorable en ella y deseaba vencerla pronto frente a la Asamblea.

-Creo que tu cliente dejó claro que el juicio no es más que perder el tiempo ¿no?

-Esto todavía no termina, Mafalda- le respondió la castaña, mirándola como la peor basura tirada en el piso.

-¿Seguirás en el intento de demostrar lo imposible? Realmente me sorprende lo ingenua que puedes llegar a ser, Granger.

-Y tú lo despreciable- ese calificativo resbaló en la otra muchacha. Parecía muy bien plantada sobre sus dos pies. Hermione enderezó su postura imitando su convicción.

-¿Cómo está el hijo de Potter? ¿Ya sabe Ron de la puñalada en su espalda que le han dado?- la castaña perdió los estribos desenfundando su varita y enterrando la punta en el cuello de Mafalda. Tenía tantos deseos de retorcerla en hechizos imperdonables que tuvo que luchar consigo misma por no abrir los labios y decirlos de una vez. La otra joven dejó vislumbrar un poco de temor en sus ojos irónicos pero no bajó la guardia.

-¿Qué sucede, abogadas?- preguntó un mago a pasos de distancia. Hermione quitó la varita lentamente hasta volver a guardarla dentro de su capa. No se molestó en contestar.

Con el impulso de la rabia, la castaña giró sobre sus talones sin decir palabra y se dirigió hacia su oficina rumiando palabrotas contra esa insoportable Weasley. No podía creer que fuera familia de Ron y Ginny, ella era realmente una serpiente venenosa. Tomó lugar en su asiento tras el escritorio resoplando del agotamiento. Llevó sus manos hacia el vientre, sintiendo que estaba otra vez endurecido por la furia que había sentido. Podía imaginar muy bien sus entrañas apretadas y a su bebé incomodada. "Lo siento, hija", susurró, acariciando su barriga de arriba abajo. Sin embargo, interrumpiendo su minuto de reconciliación con la serenidad, Hermione vio sobre sus papeles un sobre de color celeste con las palabras "Abogada Granger" escritas en él. La muchacha, ceñuda, cogió la carta entre sus dedos abriéndola con suma curiosidad: "Le aconsejo que tenga cuidado. Hacer muchas preguntas puede traerle problemas. Deje el caso como está o se arrepentirá"… la joven tragó saliva comprendiendo que la boca se le había secado. El rubor de sus mejillas abandonó su rostro y con las manos temblorosas dejó el pedazo de pergamino sobre su portafolio. No podía creer lo que había leído. Pensó en Harry sabiendo muy bien que por nada del mundo debía enterarse de aquel anónimo o perdería completamente la calma. Nadie tenía que saberlo.

Las exigencias del embarazo le recordaron lo hambrienta que estaba. Imaginó los excelentes helados de chocolate que en Florean Fortescue vendían por años y logró espantar un poco su angustia con la sola idea de saborearlos. Guardó todo en su portafolio, incluyendo la carta misteriosa y salió rumbo al callejón Diagon. Los antojos que la apremiaban le hicieron distraerse del mal rato que había pasado en el Ministerio llegando a la tienda en poco tiempo. Adquirió un cono enorme de helado cremoso que quiso consumir con ansias pero la preocupación logró arrebatarle el apetito. Tenía el desasosiego tan adherido a la piel que al mirar el helado en su mano una náusea atravesó su estómago. Prefirió no comerlo que lamentarlo al devolverlo en el baño. Antes de tirar la espesa golosina, la voz de Ron cruzando la calle casi la hizo atragantarse. El pelirrojo restó los pasos entre ellos hasta estar compartiendo la misma calzada.

-Quería hablar contigo.

-¿Golpeaste a Harry?- fue lo único que se le vino a la mente por toda respuesta. Ron asintió y Hermione se dispuso a marchar sin escucharlo. El joven la tomó de la muñeca para detenerla.

-Espera, ése es un tema entre hombres, no entenderás.

-¿Que ustedes son unos bárbaros y no arreglan nada con palabras?

-¿Cómo querías que reaccionara? Ustedes me mintieron- la castaña se zafó de la mano de Ron y lo atravesó con la mirada.

-Entonces debiste golpearnos a ambos- esa sentencia lo descolocó. Él jamás haría tal cosa con ella. Cuando se dispuso a rebatirle lo último, un trozo de papel cayó de entre las cosas de Hermione. La joven, complicada por el gran cono de helado en una mano y el portafolio en la otra, Ron notó que se trataba de una nota con grandes letras escritas. Pudo leer sin dificultad la primera línea desde el suelo. Lo recogió al instante, ignorando la exigencia de la muchacha de devolvérselo.

-¿Recibiste esto hoy?

-No tiene importancia… sólo… buscan amedrentar…

-¿Estás en peligro?- la chica lo negó tratando de invalidar la seriedad de la situación. A Ron no le pareció una nimiedad. Por lo tanto, tuvo que preguntar algo a pesar de no desearlo- ¿Le dijiste a Harry?

-No, no tiene que enterarse, me obligará a dejar el caso y no puedo hacer eso. Prométeme que no le dirás. Yo estaré bien, en verdad- el pelirrojo lo pensó unos momentos. Lo más correcto sería poner al tanto al ojiverde de lo que estaba sucediendo porque además de ser el Jefe de Aurores era el padre del hijo que esperaban. Ron frunció los labios cuando llegó a ese punto porque le costaba todo su esfuerzo admitirlo. Miró a Hermione reparando la suplica que dibujaba en sus ojos marrones. No pudo negarse a guardar silencio.


Los días pasaron y la noticia de que una niña llenaría de ruido la vieja mansión Black, se expandió por todos lados con la velocidad de una mecha encendida. Los padres de Hermione, con sus miradas vidriosas de la emoción, felicitaron a la joven pareja sentados en su sala. Harry no podía controlar los nervios de estar sentado frente a los que podría llamar sus suegros. Con su castaña de la mano, contaban las consultas médicas y les enseñaban las fotografías de la pequeña en el útero. El señor Granger miraba esa mancha grisácea sin distinguir absolutamente nada. Cuando Hermione y su esposa se pusieron de pie para ver lo que ella le había comprado, llevó a Harry hasta la alacena donde guardaba el licor para brindar por el acontecimiento. Degustaron un poco de cognac mientras que el dentista le palmoteaba la espalda con alegría.

-Cuida de mi hija- le pidió de manera solemne- Ella te ama.

-Y yo la amo a ella- respondió el ojiverde- Descuide, daré mi vida por su hija y la mía.

-Con todo lo que Hermione nos ha dicho de ti, debo decirte que me siento orgulloso de tenerte en mi familia, muchacho- aquello lo derrumbó. Harry siempre quiso escuchar palabras paternales como ésas y las agradeció sinceramente. Familia era un concepto que perseguía de forma incansable.

Luego de ese almuerzo en la residencia Granger, Harry y Hermione habían pedido la ayuda de Hagrid, Luna y Ginny para decorar el cuarto del bebé. Como le gustaba a la castaña, pintaron y cambiaron el papel tapiz sin magia alguna. Quería aprovechar cada segundo de ese momento entregando a todos, brochas y overoles para no mancharse la ropa como sabía que ocurriría. Hagrid tuvo que usar un mantel como delantal al tiempo que movía muebles con Harry. El cuarto comenzó a tomar forma en el preciso instante en que Luna dio las primeras pinceladas. Recordó el día que Hermione se había mudado a la mansión adornando su alcoba y rió de gusto al pensar que no pudo haber tomado mejor decisión. Ginny, por su lado, quitaba las viejas cortinas de la amplia ventana para cambiarlas por otras mucho más claras y agradables. Hermione limpiaba el piso de madera con un trapeador pero no pudo hacer más de dos movimientos sin que antes Harry se lo quitara de las manos.

-Sólo te permitiré pintar- le dijo besándola en los labios- No harás más esfuerzo que ése.

-No estoy enferma, estoy embarazada… no son sinónimos.

-¿Qué les parece "Anastasia"?- intervino Luna totalmente ubicada en otro universo- Sería lindo llamar así a la bebé.

-No me gusta mucho- dijo Ginny- ¿Qué me dicen de "Suzanne"?- la pareja de futuros padres se miraron entre sí comprendiendo que no podrían decidir sin considerar que muchos querrían dar su opinión. Hagrid acabó de acomodar un enorme ropero cogiendo una brocha empapada de pintura.

-Creo que el nombre debería tener un hermoso significado ¿no lo creen?- dijo el guardabosque pintando una parte del muro- Estuve viendo nombres en un libro con la directora McGonagall y hay algunos muy interesantes. Después te los enseñaré, Harry. Creo que más de alguno les gustará.

La calidez dentro del número doce de Grimmauld Place fue entorpecida raudamente por la llegada de una figura luminosa, un Patronus en forma de guepardo. Cuando aquello pasaba, la castaña no dejaba de sentir la misma asquerosa incertidumbre de hace años atrás, huyendo de los mortífagos de Voldemort, sin más noticias que esos mensajes enviados con poca frecuencia. Llamaban a Harry desde el Cuartel General de Aurores, informando que había problemas en un sector céntrico de Londres. El muchacho tuvo que dejar la brocha a un lado y salir rumbo al Ministerio a paso veloz. Besó a la joven dulcemente buscando la forma de transmitirle tranquilidad, sólo debía ser un asunto de rutina como los de todos los días y desapareció tras un chasquido.

Hermione se quedó paralizada sin poder mover una sola extremidad. Qué difícil era vivir un embarazo en paz cuando el padre estaba siempre al filo del peligro. Ginny le hizo ver que era su trabajo, ella debía saber mejor que nadie que el moreno debía salir corriendo cuando alguna urgencia, por mínima que sea, se presentara en el Cuartel. Ahora las cosas se veían distintas porque Harry debía tomar mayor cuidado si es que quería ver nacer a su hija. Al oírla, la castaña empalideció aún más.

-¡Ginny! ¿Cómo puedes decirme algo así?

-Es cierto- insistió encogiéndose hombros- No porque no lo digas en voz alta no exista la posibilidad, pero tranquila, Harry sabe lo que hace- la joven no quiso seguir el tema. En su portafolio, había un trozo de pergamino que rompía la monotonía en la aburrida vida de una abogada. En cierta manera, ella también corría riesgos por amor a su trabajo.

A pesar de la preocupación, los jóvenes siguieron con las últimas trazas de pintura y metros de papel tapiz en los ángulos faltantes. El color pastel que había elegido Harry, combinaba excelentemente con el tapizado de tiernas figuras traído por Hermione. Terminaron de acomodar los muebles dejando el espacio para la cuna que debían comprar. La castaña añoraba adquirir una que había visto en el callejón Diagon pero prefirió dejarla para el final preparando antes el escenario en donde instalarla. Hagrid movió el ropero de regreso a su lugar original y el grupo completo admiró su trabajo finalizado. Todo se veía sensacional. Las cortinas que Ginny había instalado, dejaban entrar la luz de la luna que comenzaba a elevarse en el cielo. La tarde se había ido con impresionante rapidez. La oscuridad de la noche estaba salpicada por estrellas rutilantes y luceros que parpadeaban coquetos desde las alturas.

-Hay que comprar juguetes, muchos de ellos- dijo el semi gigante, de pronto.

-Hagrid…

-¿Qué tiene de malo? Es nuestro primer bebé en el grupo, sin mencionar al hijo de Tonks y a la hija de Bill. Sé que a ustedes las veré más seguido y quiero malcriarla.

-No quiero que mi hija se convierta en una mimada- negó Hermione, riendo por sus comentarios. Sin embargo, después de un breve instante, la risa de la joven se congeló en sus labios. Un fuerte presentimiento la sacudió por todo el cuerpo, sintiendo que la bebé pateó simultáneamente y con firmeza. Todos repararon en su cambio drástico creyendo que iba a desmayarse por lo anémica que se había puesto.

-Hermione, ¿Qué pasa?- preguntó Ginny.

-Es Harry… creo que está herido.

Nadie pudo contradecirla. Se veía tan segura que Hagrid inmediatamente se quitó el mantel manchado con el cual cubría su ropa y fue hasta la chimenea para zambullir su gran cabeza de calabaza allí y pedir información en el Ministerio. La voz de Kingsley Shacklebolt resonaba dentro de la hoguera mientras comunicaba de un procedimiento de los Aurores por capturar a un antiguo mortífago, prófugo de Azkaban. Harry efectivamente había sido lastimado pero fue derivado a St. Mungo con suma eficiencia así que no había que entrar en pánico alguno. Todos miraron a la castaña sin poder creer el nivel de complicidad que tenían esos dos como para intuir que algo malo pasaba con el otro. Se dirigieron hasta el centro asistencial mágico, viendo entre los sanadores algunos colegas de Harry. Hermione, perdiendo un poco el aplomo, preguntó detalles enterándose que había sido un hechizo "Sectusempra" el que provocó heridas sangrantes e inconsciencia en el moreno. Afortunadamente, habían actuado a tiempo y no estaba en peligro.

La joven suspiró más calmada recibiendo un abrazo apretado de parte de Luna. La rubia siempre supo cómo brindar apoyo con sencillos pero oportunos gestos. Preguntaron al medimago a cargo de Harry si podían visitarlo permitiendo el ingreso de sólo uno de ellos. Hermione, reuniendo toda la entereza que pudo para no romper en llanto espantado, caminó hacia el cuarto abriendo la puerta en silencio. Al verlo recostado en la camilla boca arriba, supo que la vida era demasiado frágil. Cómo podía cambiar todo en sólo cosa de segundos… en un momento estaban decorando, riendo; para después temer por el bienestar al punto de perder latidos debido al pavor. Harry abrió sus ojos lentamente hallando frente a él a una hermosa chica que lo miraba con cierta recriminación. Supo que le esperaba un buen sermón.

-¿Pretendes dejar a mi hija sin padre?- preguntó ella, tratando de sonar dura y categórica. Harry sonrió acomodándose en el colchón.

-Entonces no debiste involucrarte con un Auror- bromeó el moreno.

-Ya es tarde, me enamoré perdidamente de uno.