Hola a todo el mundo,

Siento haber tardado más que antes, pero realmente no he podido organizar mi tiempo para poder escribir tranquilamente. Oficina y otras cosas me distraen sin poder enfrascarme completamente en la historia, les dijo que he borrado algunas cosas para reescribirlas porque no me han gustado.

Bueno, sin más excusas, GRACIAS A TODOS POR ESTAR ACOMPAÑANDOME EN ESTE VIAJE. Ya llegamos a Septiembre y nos quedan pocos días para llegar al final de este relato. Espero que hasta el momento haya sido de su agrado y lo hayan pasado bien. El siguiente capitulo es especialmente romantico e intenso, así que acomódense y disfruten...

Buen viaje!!!

PD: Un personaje me dio la idea de dos nombres, quiero que me ayuden a escoger uno. Ya leerán de cuales se tratan y el que más votos tenga, se queda ;)

Besos!


-¿Cómo está ella?- preguntó el joven Ian McAlister a un desaliñado Harry Potter con sombras bajo los ojos. Era tal su aspecto desolador que todos creían que se derrumbaría de un instante a otro. El moreno le sonrió cansadamente.

-No hemos recibido noticias aún.

-Lamento lo sucedido… si no fuera por mi caso…

-Tranquilo, no eres culpable de lo sucedido- lo interrumpió Harry, palmoteando uno de sus hombros- Fui yo el que debió estar más atento, acompañarla en todo momento.

-Según lo que me informaron, usted hizo lo que pudo.

-No fue suficiente- se lamentó el aludido, frunciendo los labios.

Notó que al desviar la vista de Ian, todos los que estaban acompañándolo en esa sala escuchaban atentos sus palabras. No era sencillo ponerse en su lugar. Padre primerizo, amante desesperado y aterrado de perderlo todo en sólo segundos. Quedarse solo luego de acariciar la perfección de una familia, no era siquiera una opción. Sencillamente moriría si llegaban malas noticias a sus oídos. De pronto, como si el destino jugara con la casualidad, el sonido en las puertas del quirófano resonaron como un batir de alas enormes. El tiempo se detuvo. Luna y Ginny se pusieron de pie de un salto mientras que Harry volteaba bruscamente hacia ese medimago que salía del interior quitándose la mascarilla de la boca…

XI. Septiembre (Un mes antes) – Algo especial el día 19

Lo que había sucedido con Harry esa noche de llamada urgente desde el Cuartel, había sido resultado de un prisionero fugitivo de Azkaban: Augustus Rookwood, ex mortífago y mago peligroso. Desafortunadamente para el ojiverde, estar con la mente distraída por su preocupación por Hermione lo llevó a fallar en sus reflejos sin poder esquivar ese maleficio que abría heridas y causaba hemorragia. El prófugo no dudó en atacarlo al identificarlo entre sus perseguidores. Ese "niño que vivió" seguía haciendo mella en los que lucharon sin descanso por llevarlo ante Voldemort. Todo un despliegue de Aurores salió a las calles bajo la orden del moreno, recorriendo los principales puntos en donde algunos magos y brujas decían haberlo visto. Debía de estar muy débil como para Aparecer en otro sitio, así que teniendo ese dato a favor, Harry y los demás peinaron la zona en su búsqueda. Qué rabia le causó haber sido interrumpido en un momento tan importante como el de preparar el nido en donde recibiría a su primogénita. Tenía que estar allí, en la mansión, a un lado de Hermione… ése era su lugar. En cambio, estaba empuñando su varita con fuerza mientras caminaba cauteloso junto a otro mago. Se sorprendió temiendo por su vida por primera vez en muchos años. Antes, no tenía excusas para temerle a la muerte porque sencillamente no tenía nada qué perder. No obstante, gracias a su mejor amiga su vida tomó un valor inconmensurable, tomó significado, tomó sentido… ahora, ya no era el Auror temerario y precipitado, sino un futuro padre que debía medir muy bien sus pasos. Sin embargo, las precauciones no estuvieron a su favor.

La tarde había pasado dejando entrever la nocturnidad ensombreciendo el horizonte. La cacería seguía adelante, formándose un perímetro de magos alrededor de la ciudad. Augustus Rookwood era despiadado y muy inteligente. Armado con una varita que había arrebatado por ahí, logró efectuar los hechizos precisos que le abrieron el paso por las calles sin poder ser detenido. Harry dio con él en las afueras de Londres impidiendo que saliera de sus límites. El enfrentamiento no se hizo esperar. A pesar de sus bajas condiciones, Rookwood se movía como un gato, los años de experiencia en las Artes Oscuras, habían quedado en su sangre como parte de su vida eternamente. Disparó contra el moreno poco antes de que el compañero del ojiverde lo derribara para neutralizarlo. Con muy mala suerte, el maleficio lanzado por el ex mortífago dio justo en el pecho a Harry sintiendo un dolor inmenso que se expandió por todo su cuerpo. Podía sentir el ardor de la herida escocerlo en llamas. Tal era el grado de conexión entre moreno y castaña, que Hermione pudo sentir ese momento cuando el muchacho fue alcanzado por el impacto, estremeciéndose físicamente. Por esto mismo, sus amigos quedaron impresionados por esa muestra de sólida complicidad. El hijo que se gestaba en su vientre los había unido hasta lo imposible.

Harry se recuperó rápido estando sólo un par de días en St. Mungo. Salió del centro asistencial mágico en compañía de su castaña y Hagrid, quien insistía en llevarlo por la cintura para que no caminara a pesar de los reclamos del convaleciente. Aquel 1° de septiembre, Luna cumplía años y no fue sencillo olvidarlo gracias a su padre. Xenophilus Lovegood les había enviado una carta a todos sus amigos para informales de la cena que se llevaría a cabo para celebrar el acontecimiento, pero no había sido una carta común y ordinaria, sino que un Vociferador que cantaba "Happy Birthday" escandalosamente mientras que la voz del señor Lovegood les invitaba de manera cordial y algo chillona a visitar a la rubia esa misma noche. Dejando de lado un poco las tensiones del trabajo, los jóvenes aceptaron la invitación sin considerar que era muy probable que Ron estuviese allí, después de todo, el padre de Luna no tenía por qué saber los problemas que había entre ellos.

Al llegar, fue la misma Luna quien los recibió llevando un hermoso vestido azul que resaltaba la blancura de su piel angelical. La muchacha, siempre tan desprendida y sencilla, parecía no darse cuenta de lo linda que estaba. Al ver a Harry detenido en el umbral de la puerta, la rubia no dudó en abrazarlo agradeciendo a Merlín por su recuperación. "Cuando Hermione nos dijo que estabas herido, pensé que estaba bromeando. A veces el embarazo le causa humores muy extraños", comentó causando el rubor intenso en las mejillas de la aludida. Harry comenzó a reír. Minerva McGonagall y Hagrid estaban ya presentes, degustando un trago junto con el dueño de casa, el señor Lovegood. La pareja recién llegada se unió a ellos sin soltarse de las manos entrelazadas. La directora no pudo evitar admirar la belleza diferente en la castaña, la alegría indistinguible de una embarazada y esa pícara mirada de estar esperando un milagro. Casi como acto reflejo, Minerva llevó sus ojos hacia el vientre de quien fue su mejor alumna y pudo notar el bulto bajo su ropa. Fue como esperar la llegada de un nieto.

-¿Ya tienen un nombre para la bebé?- preguntó el semi gigante, llevándose una gran copa de brandy a los labios. Ambos negaron con la cabeza.

-Aún no hemos pensado en eso- respondió el moreno.

-¿Qué les parece "Apolline"?- dijo Xenophilus- Simboliza calor y fuerza. Así iba a llamar a Luna pero su madre no lo permitió- "Gracias a Merlín", pensó Hermione desconfiando del buen gusto de ese mago con ya extraño nombre.

-Preferiría que empiece con hache- comentó ella tratando de ser sutil y salir del paso- Como ambos llevamos la misma inicial, sería lindo detalle que nuestra hija también.

-¿Y qué hay de "Helga"?- sugirió McGonagall- Como la gran fundadora de Hogwarts: Helga Hufflepuff- el moreno sonrió incómodo por tantas sugerencias. Era curioso cómo todos participaban en aquella elección, podía sentirse en el aire la expectativa de esa niña especial.

-¿Es una cena de cumpleaños o un concurso para elegir el mejor nombre?- la voz irónica de Ron Weasley taladró los oídos de Harry a sus espaldas. El pelirrojo había llegado a la casa del señor Lovegood, casi tan silenciosamente como una sombra, nadie se había percatado de su presencia. La tensión se densificó enseguida entre quienes conocían la complicada historia. El dueño de casa no entendió tal cambio en el ambiente siendo el primero en saludarlo para romper el hielo. Sin embargo, la mirada de Ron cambió al momento de observar a Hermione. Se mostró nervioso y dubitativo causando el fruncimiento en el ceño del ojiverde. Tuvo la extraña sensación de que algo se comunicaban sin hablar. Sacudió la cabeza tratando de no pensar estupideces.

La cena transcurrió sin sobresaltos aunque resultaba incómodo estar en la misma mesa con esos tres amigos de lazos rotos. Ginny fue la última en incorporarse al grupo junto con Neville Longbottom, quien estimaba mucho a la joven periodista y viajó con prisa después de dictar su última clase en Hogwarts. Harry y Ron, por otro lado, evitaban tener contacto visual alguno comiendo sólo por tener algo qué hacer. El moreno estaba convencido de que si le cambiaban el trozo de pavo por un pedazo de neumático, no encontraría diferencia alguna. No sabía qué sentir al estar cerca de su mejor amigo. Aún le palpitaba el pómulo al recordar el golpe que le dio, pero siempre se dijo que no pudo hacer menos que eso. Hermione le replicaba cada vez que lo decía con notoria amargura. Debían dejar de sentirse culpables por una situación que no habían buscado. Ella lo amaba y le daría un hijo que en diciembre llenaría todos los espacios de la mansión. Sólo eso importaba ahora.

La sensación de que Ron tenía que decir algo seguía latente en Harry. Por el rabillo del ojo, advertía que el chico tensaba los labios como un intento infantil de retener las palabras. Lo conocía muy bien para creer que nada extraño sucedía mientras que la castaña a su lado mantenía sus hombros rígidos… ¿Algo le ocultaban? Su sexto sentido de Auror le mordía las sienes tratando de ignorarlo sin poder lograrlo. Luna se puso de pie en mitad de la cena, agradeciendo la presencia de sus amigos más cercanos y reviviendo momentos importantes que su memoria había rescatado del sucio rincón que era el olvido. Todos se preguntaron que si su discurso sobre el valor de la amistad tenía dobles intenciones, buscando dar en el blanco de los resentimientos existentes. Con Luna nunca se sabía. Ron, en tanto, bajó la mirada para no volver a alzarla hasta terminada la velada…


Hermione volvió al banco de los magos días después para hablar con Grikbold, el duende en Jefe quien demandaba contra Ian McAlister. El día que fue encerrada en la cámara junto a su amiga Luna, la muchacha no tuvo la oportunidad de terminar con su interrogatorio debido al colapso que sufrió por la falta de aire. En aquella oportunidad, la abogada le había exigido al pequeño banquero que la reuniera con el duende a cargo de llevar a los clientes hasta las profundidades de las cámaras para averiguar si había sido víctima del hechizo Obliviate. Sería la única explicación de por qué no recordaba a Ian como dueño de esa bóveda mágica. Ignorando lo fastidiado de su rostro puntiagudo, Hermione esperó pacientemente sentada al otro lado del escritorio, cruzándose de brazos. Grikbold comprendió que no sería fácil sacudirse a esa humana persistente de encima y no pudo más que ir en busca de dicho empleado. Luego de algunos minutos, el duende llamado Sumizíuss, apareció ante ella con el mismo rostro endurecido que su superior. Realmente demostraba que para él no era más que una pérdida de su valioso tiempo todo aquello. La castaña rodó los ojos y le importó un verdadero carajo ser una molestia.

-De acuerdo a sus declaraciones y reacciones hacia mi cliente- inició la chica, agudizando su mirada sobre el minúsculo personaje- ¿Asegura no haberlo visto antes por el banco ni por las cámaras?

-Nunca lo había visto en mi vida- puntualizó Sumizíuss, moviendo la cabeza de un lado a otro.

-¿Estaría dispuesto a someterse a una prueba de memoria por un Desmemorizador del Ministerio?- un silencio inesperado inundó la sala unos segundos.

-¿No cree en mi palabra?

-Estoy investigando… no puedo fiarme de nada ni de nadie.

-¿Y si se niega?- preguntó Grikbold, sin perderse una palabra de lo que allí se decía. Hermione lo miró con desprecio y suspiró sonoramente.

-Entonces deberé informar que obstruyen en el caso, impidiendo sacar conclusiones objetivas- zanjó logrando oírse determinada- No le gustaría al Ministro Shacklebolt su poca colaboración.

-¿Por qué se empeña en ayudar a ese delincuente?

-Porque él no lo hizo- respondió ella, impávida- Estoy segura que se trata de un culpable interno- esa afirmación tuvo el impacto deseado. Ambos duendes abrieron sus pequeños ojos negros de par en par, mostrando sus puntiagudos dientes de puro agravio. Esa era la mayor ofensa a su seguridad que jamás habían escuchado. Grikbold no tardó en disparas represalias, todos allí eran empleados intachables, desde el más alto cargo administrativo hasta los Alimentadores de dragones, era lógico que no tenía idea de lo que hablaba, que sólo suponía tonterías. – Así que tonterías… eso ya lo veremos.- les refutó Hermione cambiando su semblante despreocupado por otro mucho más implacable- Señor Sumizíuss, le daré unas semanas para que se decida. Espero que en la última sesión de octubre frente a la Asamblea, haga lo que es debido- sin añadir nada más a sus tajantes palabras, la abogada se puso de pie ante la mustia mirada de los duendes y la indetectable presencia de una silla vieja en uno de los tantos recodos de ese despacho…

-… Necesitaba conversar con usted.

-¿Sobre qué?- dijo ella, sintiendo una extraña contracción en el vientre. El hielo del presentimiento recorrió su columna vertebral, creyendo que se le congelaba la sangre. Sin saber por qué, retrocedía el mismo número de pasos que la otra persona avanzaba con lentitud y sonriente.

-Ya lo sabe, no juegue conmigo- y fue entonces donde lo comprendió todo de un sólo golpe. No podía huir, no podía gritar, estaba atrapada en ese sitio sin chance aparente de correr ni defenderse. Aún así, se aseguró de que tuviese la varita a mano y esperó el momento oportuno para desenfundarla…

-Hermione… ¿Te encuentras bien?- preguntó Kingsley Shacklebolt, preocupado por su evidente palidez. La joven salió de sus pensamientos, tan agitada como si lo hubiese hecho desde las profundidades del mar. Le tomó unos segundos ubicarse entre los cuatro puntos cardinales hasta que finalmente reconoció al mago del arete en su oreja y la amplitud de su oficina de Ministro. Sentada a un lado de ella estaba Mafalda Weasley, quien la miraba como si fuese una aburrida función de teatro.

-Lo siento, me distraje…- se disculpó acomodándose en la silla sintiendo el vientre pesado.

-¿Así piensas defender a tu cliente? ¿Distrayéndote gracias a tus inestabilidades de embarazada?- atacó la otra abogada con la misma desfachatez de siempre. Hermione se sintió mil veces incompetente. Fue extraño, fue como si esa rara visión que tuvo en donde no podía reconocer la voz ni el rostro, más las antipatías de su colega, la hubiesen debilitado sin quererlo. Su hija pateó duramente por la altura del ombligo y respiró hondo sosegando sus latidos.

Después de la visita de la castaña a los duendes Grikbold y Sumizíuss, esa misma tarde llevó sus conjeturas ante aquel mago importante y su molesta contrincante. La razón por la que estaban las dos dentro de la oficina de Shacklebolt, era para ajustar nuevos acuerdos en caso de que Ian McAlister resultara culpable. Habían pasado tres sesiones de declaraciones inútiles, donde los empleados del banco Gringotts nada sabían y nada querían saber al respecto. La tensión en el juicio y entre las jóvenes había superado las murallas de su discreción siendo tema para muchos colegas dentro del Departamento. Ambas eran extraordinarias en su trabajo, tenían la vocación de alegar con pasión provocando que la Asamblea se tambaleara a la hora de tomar decisiones. Por eso mismo, la competencia reñida entre ellas se incrementaba día a día. De lo contrario, si Ian salía inocente de todo cargo, sería un gran triunfo ante los dominios de una entidad como Gringotts y las desacreditaciones de los que presumían sangre pura. Nunca se vería algo semejante en la comunidad mágica.

Mafalda detestaba leer los periódicos, sobre todo la inmunda revista El Quisquilloso donde esa reportera poco profesional, publicaba artículos a favor del joven acusado. Parecía que volaban bombas incendiarias de un lado a otro. No importaba lo que hiciese, siempre se sentía opacada por el carisma natural que poseía Hermione ganándose el apoyo de muchos- a su opinión- sin ningún esfuerzo digno. ¿Qué habría visto su primo en ella? ¿En qué se fijó Potter para traicionar una amistad de años por ella? Ahora, embarazada, demostraba que sus bríos no declinaban ante nada. Seguía igual de perseverante y deductiva sin mostrarse afectada por sus problemas personales como esperaba Mafalda que sucediese.

-¿Realmente crees que ayudará a tu cliente esta prueba de memoria, Hermione?- preguntó Kingsley sin poder ocultar su agrado personal hacia la castaña con quien vivió varias aventuras en tiempos de terror. Ella asintió, segura de sí misma.

-Sí el resultado de ello no te favorece, desearás no haber aceptado defender este caso- agudizó la chica Weasley, destellando desde sus ojos un claro sarcasmo. Hermione se puso de pie con elegancia y delicadeza sin dar muestra de haberla tomado en cuenta.

-Si tengo la razón, desearás no haber estudiado nunca esta carrera- finalizó la aludida saliendo de la oficina con la exquisita certeza de dejarla sin respuesta.


Harry cocinaba tranquilamente la cena de esa tarde mientras esperaba a la castaña en su llegada diaria. Había salido temprano del Cuartel, dedicando sus minutos libres para comprar ingredientes nutritivos que despertaran el apetito voraz de una embarazada en casa. Las náuseas en la joven ya se habían desaparecido aunque no en totalidad, sus siestas eran mucho más largas y los antojos habían ido en aumento al punto de que el moreno tuviese que salir una noche de la mansión, cansado y sonámbulo, para ir a casa de los padres de Hermione y pedir a la señora Granger que cocinara un pastel de calabaza.

-¿Por qué no compras uno en la mañana?- le preguntó la mujer con su cabello despeinado de tres de la madrugada.

-Porque su hija me dijo que sólo usted sabía hacerlo como a ella le gustan- contestó esa noche Harry, con el mismo rostro somnoliento- Además, me dejó claro que no puede esperar hasta entonces.

Jane Granger estaba encantada con la increíble entrega del muchacho. Se notaba que amaba mucho a Hermione dando hasta el último suspiro por hacerla feliz. No tuvo duda de que después de la tormenta vendría la calma, después de decisiones presurosas vendrían las acertadas y esos dos jóvenes pertenecían el uno al otro. Estaba ansiosa por ser abuela, le picaban las manos por tener a esa criatura entre ellas y se lanzó en picada para hacer el famoso pastel por el cual ambos tuvieron que levantarse de sus camas.

El ojiverde, al recordar ese momento, rió de buena gana mientras cocía el calabacín y el puerro para ese puré de verduras que seguía al pie de la letra. A pesar de lo incómodo de la situación, Harry había adquirido en una librería muggle, un libro de recetas enfocado sólo a ese tipo de dietas, consiguiendo la ligera sonrisa del vendedor. El ojiverde, ruborizado, recibió la copia pagando con dinero normal y saliendo rápido de allí como si estuviese escapando. Al tiempo que esperaba la cocción de esos dos elementos, el joven aprovechó de triturar las papas y las zanahorias ya hervidas. Mezcló todo en el orden de prioridades que la preparación indicaba y la pasta de color verde comenzaba a tomar forma. El aroma invadió inmediatamente toda la mansión. Al freír los trocitos de pan que acompañarían el puré sobre la superficie, sintió otra vez ese abrazo intenso tras su espalda de la mujer que lo hacía despegar lejos de tierra firme. Sintió la calidez de su aliento cerca del cuello… resultó ser una verdadera tortura egipcia.

-Eres un hombre hermoso- le dijo Hermione, aferrándose más estrechamente contra él, oliendo el exquisito perfume de su ropa. Harry creyó que no tendría suficiente sangre para colorear sus mejillas encendidas. Con ella reaccionaba como un chiquillo de doce años.

-Gracias… pero por favor, dime algo que no sepa- bromeó el moreno, consiguiendo la risa armónica de la muchacha acompañada por un beso suave en sus labios.

Esa noche comieron y platicaron de cosas ajenas al trabajo. Ninguno de los dos quiso contarse lo difícil que era mantenerse a salvo en sus respectivos empleos. En Harry era de esperarse, era el Jefe de los Aurores siendo siempre el primero en la línea frontal de alguna batalla o persecución; en cambio, Hermione era una abogada de renombre por lo que su desempeño no tendría que acarrear ese tipo de consecuencias, su labor era administrativa, legal, judicial. Recibir una amenaza anónima no cabía entre las éticas de una correcta labor. La castaña estaba temerosa pero no deseaba alarmar a Harry. Todo terminaría pronto en octubre… debía liberar a Ian a como dé lugar.

Recostados en la cama amplia de Hermione, ambos se recorrían con la calma de dos amantes ancianos. El joven sabía exactamente en qué puntos tocarla, como si ella fuese un terreno de campo minado por el cual que le encantaba transitar. Lamía sus pezones delicados al tacto, sintiendo un sabor distinto gracias a la maternidad. Ella gemía despacio y pausado, musitando como motor en descanso. Excitada por el sexo tranquilo que Harry le brindaba, lo atrajo encima de su cuerpo, percibiendo el peso contra su vientre. Harry, preocupado, se apartó a un lado mirándola a los ojos. Lastimarla, lo inquietaba demasiado. Hermione le devolvió la mirada informándole que estaba bien, que su cuerpo se ajustaba al de ella en un mismo cuerpo… nunca la dañaría porque formaba parte de su embarazo, él sabría muy bien hasta qué punto podía llegar. Eso lo calmó, ubicándose entre sus piernas para amarla como anhelaba cada segundo. Empujaba de forma constante, sintiendo el mismo escalofrío y vértigo que los azotaba con vendavales de placer. Él resultaba ser la marea y ella la costa que recibía sus apasionados oleajes hasta renacer en suspiros. Fatigados, durmieron entrelazados sintiendo las palpitaciones de una pequeña inquieta que se hacía notar entre ellos.

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La rutina de la oficina era soportable para Harry sabiendo que después de una mañana de papeleos sin acción, llegaría a casa para disfrutar de una vida perfecta, aún sabiendo que debía solucionar ciertos problemas que impedían su felicidad absoluta, como el silencio terco de Ron, la densidad del caso McAlister y las intromisiones de la fastidiosa Mafalda cada vez más frecuentes. Esa mujer no era más que un cuerpo ácido con saliva venenosa. Después de su jugarreta frente al pelirrojo en el estadio de Quidditch, donde le hizo creer al ojiverde que le contaría todo sin restar la cizaña, por supuesto, desconfiaba de ella totalmente. Si se llegaba a enterar que alteraba la tranquilidad de Hermione en el Departamento y frente a la Asamblea, tendría que vérselas con él.

De pronto, uno de sus colegas ingresó a su despacho para informarle que el Ministro Shacklebolt lo mandaba a llamar. Harry, dejando sus quehaceres para otro momento, se dirigió hasta el lugar en donde su amigo personal lo esperaba con una sonrisa amplia. Kingsley sabía de la paternidad del moreno junto a Hermione, gracias a la emoción de McGonagall. Noticias así corrían como pólvora y no podían ocultarse, mucho menos de la prensa entrometida como fue el caso de Rita Skeeter con su columna en El Profeta: "El niño que vivió y será padre". Para horror de Harry, había vuelto a los comentarios populares creyendo que eso ya estaba superado por fin. No supo cómo esa bruja se había enterado pero lo mejor que pudo hacer fue ignorar la sarta de mentiras que escribió: "Quien dijo que Potter era un amigo leal, estaba muy equivocado. La joven que espera su primer hijo no es nada más ni nada menos que la abogada Hermione Granger, la novia de su mejor amigo de infancia, el famoso Guardián Ron Weasley. Muchos no han querido prestar declaraciones pero Molly Weasley nos informó extraoficialmente que estaba inmensamente decepcionada del muchacho que amó como a un hijo". Después de esas palabras impresas, Harry imaginó que sus entrañas no podrían estar más retorcidas de la rabia. Al parecer esa mujer estaba de regreso al periodismo amarillista. Sin embargo, prefirió no pensar en ello mientras golpeaba la puerta del Ministro o perdería el buen humor.

-Pasa, adelante- lo invitó Shacklebolt con simpatía.

-Gracias- el moreno obedeció estrechando su mano en señal de saludo.

-Tengo un recado de Minerva- le dijo sin rodeos- Quiere que vayas a Hogwarts ahora. Puedes usar mi chimenea, ya sabes, menos congestión.

Harry asintió y se introdujo en el hueco de ladrillos con un puñado de Polvos Flú que lo hizo desaparecer en llamas verdes luego de gritar el nombre del colegio. La molesta sensación del viaje lo llevó a toser estruendosamente cuando llegó de súbito al despacho de la directora. McGonagall al verlo aterrizar en su alfombra y todo sucio debido al hollín, saltó de su escritorio para ayudarlo a mantenerse en pie. Al muchacho le desagradaba esa forma de traslado. La anciana lo saludó con sus dulces ojos prodigiosos tras las gafas. Tenerlo allí siempre la transportaba en el tiempo, extrañaba esa generación de alumnos que quiso como una familia y protegió con su más aguerrida valentía.

Después de las formalidades de una visita esperada, Minerva le informó que alguien muy importante quería hablar con él. Harry, sacudiendo su ropa, no sabía quién podría ser bajo ese adjetivo, a menos que fuera un hombre que siempre extrañaba. No se equivocó. La bruja, sonriendo amorosamente, le hizo girar en ciento ochenta grados para enfrentarse al retrato de un viejo sabio de ojos azules. Albus Dumbledore lo miraba con su característica manera, siempre por sobre el marco de sus anteojos medialuna como si estuviera estudiándolo todo el tiempo. Harry sintió una profunda nostalgia y las lágrimas no tardaron en llenarlo. El mago le sonrió, saludándolo con un asentimiento de su blanca cabeza.

-Felicidades por tu hija- le dijo ceremoniosamente- Quería decírtelo ya con más calma. Aquel día entraste eufórico a esta oficina.

-Sí, lo siento. Tenía que gritarlo o explotaba- rió el moreno, mostrándose ruborizado.

-Me alegro por ustedes. Sabía que algún día tú y Hermione se descubrirían- siempre lograba decir en pocas palabras todo lo que muchos intentaban con rodeos inútiles. Harry le agradeció- Será un honor conocer a tu primogénita, mucho más cuando asista a clases.

-Espero que sea más obediente que sus padres- comentó la directora, cruzándose de brazos con la intención de verse estricta. Dumbledore rió al escucharla.

-Eso realmente lo dudo, Minerva- era curioso para Harry estar entre esos dos grandes personajes que intercambiaban opiniones como dos padres al final de una vida de crianza- ¿Tienen en mente algún nombre para ella?

-La verdad es que no, profesor. Aunque Hermione quiere que tenga nuestra inicial. Eso reduce las opciones- el mago quedó en silencio unos minutos, intensificando su mirada color cielo hacia el joven delante de él. Parecía estar hundiéndose en la vastedad de su sabiduría sin interrumpir la pausa. Harry no quiso ni moverse.

-El significado de "Helen" es una frase simple pero elocuente- dijo finalmente, uniendo las yemas de sus dedos a la altura de su boca- "Bella como el sol", tal como dijo uno de mis escritores favoritos en una de sus novelas épicas. Ese nombre está enmarcado en los atributos de una mujer afectuosa, bondadosa, inmensamente activa y curiosa. Tiene la buena estrella de quien se preocupa por los demás y siempre recurren a ella en los momentos ingratos de la vida. Una perla entre millones de ostras- Harry lo escuchaba atento, recordando lo mucho que extrañaba platicar con él. Dumbledore continuó- Por otro lado, muy tenaz de ocupar un lugar está "Haydee", el nombre que describe a una joven "acariciada por el amor y el respeto". Es muy arraigada a la libertad, a la honestidad e integridad que tiende a destacarla en todo lo que hace. Puede ser excéntrica, impulsiva, romper esquemas y ser azotada constantemente por relámpagos de inspiración. Su origen griego revela una inteligencia indomable capaz de sorprender con su pragmatismo.

El silencio que inundó la oficina luego de lo dicho fue extenso. El ojiverde repasaba sus palabras como rosario, pensando que eran dos nombres muy nobles e interesantes. Ese viejo tenía la facultad de hacerlo meditar, considerar hasta el más mínimo fragmento en sus discusiones. Aquel hombre sabio estaba ofreciéndole su conocimiento y una especial reseña que pudiese definir la personalidad de su hija en camino… ¿Cómo sería ella? ¿Perspicaz y testaruda, como su madre? ¿Desobediente e impulsiva como él? ¿O una mezcla singular de ambos? Dumbledore lo observaba atentamente, sabiendo que estaba en la disyuntiva de una incertidumbre tan antigua como la vida misma. Para él estaba muy claro que ambos jóvenes serían unos padres excelentes. Estaba orgulloso, sobre todo de Harry, el chico que siempre soñó con una familia bien constituida.

-Creo que sé cuál de los dos nombres podría sugerirte- le dijo el anciano al tiempo que Harry escuchaba emocionado. No muchos tenían la oportunidad de nombrar a un hijo bajo el consejo de un gran hombre como ese mago tan querido…


Ron lanzó el periódico al otro extremo de su apartamento, maldiciendo los párrafos que allí estaban escritos… ¿Cómo era posible que una noticia así vendiera tantos ejemplares? Veía El Profeta por todas partes: "El niño que vivió y será padre", pura ironía, nada más que ironía. El pelirrojo pensaba que todo era un ataque directo hacia él. Cuando creyó superar el hecho de que su ex estuviese embarazada de su mejor amigo, venía la portada de un diario sensacionalista que sólo buscaba provocar habladurías, a embarrarle la noticia en la cara. Se molestó con su madre por hacer comentarios a la prensa, de fomentar los escándalos. Ahora, pasaría justo lo que no quería que sucediera: caminaría por las calles de Londres recibiendo la compasión de la gente, lamentando su corazón herido y su espalda apuñalada por la traición. No quería que la comunidad sintiera pena por él, no quería que lo vieran como el pobre diablo que era antes… ya suficiente tenía con sus cercanos que lo miraban como un derrotado. No obstante, mientras odiaba solo y resoplaba su indignación, su prima Mafalda llegó a su domicilio con la misma mirada inquietante que le conocía desde que eran niños. La joven lo saludó notando que Ron empacaba su equipo para salir a la práctica de la semana. Se paseó por el apartamento, observando algunas cosas que fueron adornos de Hermione, algunos cuadros, libros, plantas y figuras. Pudo adivinar que nada de eso fue idea de su primo querido.

-¿No piensas tirar nunca todo esto?

-¿Por qué? Me gustan- ella rodó los ojos llevando la mirada hacia un rincón en donde descansaba el periódico tirado. Sonrió.

-Veo que leíste la noticia. Mi contacto con Rita fue acertado ¿no crees?- Ron dejó de ordenar su bolso, mirándola ceñudo.

-¿Fuiste tú la del chisme?- Mafalda asintió como si fuera lo más obvio del mundo. El muchacho sacudió la cabeza tratando de controlarse… ¿Hasta cuándo esa mujer se metía en la vida de quienes la rodeaban? Se entretenía con la gente usándolas como verdaderos muñecos. Cerró el maletín deportivo colgándolo en su hombro y cogió su escoba. Caminó hacia ella, decidido- ¿Por qué hiciste eso? ¿No te basta con todo lo mal que lo he pasado? ¿Qué mierda pretendes?

-¿Por qué te enfadas conmigo, primo? ¡Te hice un favor!- se defendió ella- ¡Ahora todos pueden verte como el real héroe frente al que nunca debió recibir admiraciones!

Pero Ron no quiso oírla. Cerró sus ojos concentrándose en desparecer de allí, pero la joven tomó su antebrazo en el momento crucial de traspasar un espacio a otro y viajó con él hasta el estadio de entrenamiento. El muchacho se sorprendió de verla de nuevo a su lado e intentó alejarse caminando hacia los vestidores. Sentía que Mafalda le hablaba pero para él no eran más que balbuceos, soliloquios inentendibles que sólo hacían daño a sus oídos. No sabía qué sentir, si amar u odiar, si injuriar o lamentar, si llorar o reír. ¿Por qué no se quedaba callada? ¿Por qué no hacía de su diálogo algo económico, breve, conciso? Su vida estaba de cabeza desde hacía semanas, tratando de escarbar en esa piedra a mitad de su pecho, como un minero empeñoso que busca oro… sabía que lo tenía, sabía que alguna vez hubo algo valioso en él y no pura basura. Debía exterminar esa plaga de rencor estéril que comía de sus prados, langostas que no tenían lugar, ni tiempo, ni permiso de consumir todo a su paso. No necesitaba de alientos negativos, no necesitaba de una persona como Mafalda para jugar un papel de consciencia en su cabeza. Debía reconciliarse consigo mismo primero, y quizás haría bien trenzarse a golpes parejos contra Harry machucando las asperezas para vivir en armonía, liberar la pena, perdonar con brusquedad. ¿De qué otra manera podría solucionarse todo? Decirle, Harry, no te acepto que te hayas aprovechado de mi confianza, que te hayas enamorado de la misma mujer que yo, de haberla embarazado mientras yo pensaba volver con ella y decía amar todavía… ¿Que no fue tu intención? ¿En verdad? Pues, está bien, amigo, entonces estrecha mi mano y sigamos adelante… Aquello era tan irreal que hasta se rió de sí mismo con sólo imaginarlo. Ahora bien, el hecho de tener un secreto con Hermione lo inquietaba, ella estaba siendo amenazada por el caso que estaba manejando debiendo prometerle que no le diría nada al ojiverde; pero… ¿Debía guardar silencio? Tenía que tomar una decisión, una buena decisión que no estuviera influenciada por la rabia, que muchas veces lo distorsionaba todo.

¿Mafalda seguía hablando? ¡Por Merlín que no se calla esta mujer!, el pelirrojo estaba sometido en un limbo de emociones y pensamientos donde no había cabida para las necedades de su arrebatada prima. La ignoró lo más que pudo, no quería demostrar deferencia alguna ante sus argumentos que sorprendentemente ni siquiera se acercaban a las disculpas. Ron se estremeció al comprender el nivel de frialdad que albergaba esa chica en su corazón, siempre competitiva, siempre celosa y resentida. Capaz de pisotear a cualquiera, con el mismo desenfado de quien decide una marca de gaseosa, con tal de conseguir lo que quería: Éxito y posicionamiento.

-¿No puedes dejarme en paz?- le bufó Ron para quitarle sus ganas de seguir cotorreando.

-¡Sólo estoy defendiendo a mi familia!

-¡Sólo estás abusando de un tema delicado! ¡Hay sentimientos involucrados aquí, Mafalda!- la muchacha pareció no entender, tal vez la palabra "sentimiento" tenía tan poca relevancia para ella como decir "cuchara" a lo largo de la frase.

-Estoy cuidando tus intereses- añadió, bajando un poco el tono de voz ante las miradas curiosas de los compañeros de Ron ya en la cancha- ¿Sabes qué día es mañana? ¿No harás nada especial al respecto?- esas preguntas clavaron aguijones en la piel del chico, tal como lo quería su interlocutora. Ron recordaba muy bien que el día siguiente era diecinueve, cumpleaños de Hermione. Con insolencia y hosquedad, montó su escoba a orillas del césped.

-Ya no me corresponde a mí hacerle algo especial- dijo vehemente, dejando en los ojos de la abogada una impresión plástica, absorta- Y por favor, déjame solo…- concluyó, volando lejos de ella hacia los camerinos…


El sonido de las ramas arañando las ventanas, fue lo que despertó a Hermione esa mañana diferente. Estirando sus músculos en busca de elasticidad luego de horas encogida en el sueño, la joven abrió sus ojos marrones para ver a su lado una larga rosa blanca en la almohada donde debería estar Harry. Ella sonrió y tomó la flor entre sus dedos oliendo su perfume fresco y dulzón. Era su primer cumpleaños sin ser sólo la amiga estudiosa y malgenio del moreno. Al recordarlo, el vaso de la ansiedad se desbordó. Se preguntó qué tendría preparado para sorprenderla, experimentando la misma impaciencia de una niña con un paquete envuelto en las manos. Se levantó, se dio un baño y después de vestirse, bajó por las escaleras hasta la cocina donde esperaba ver al muchacho. Tampoco estaba allí. Sin embargo, en la mesa del comedor, adornada con esmero, reposaba un desayuno abundante que iba desde huevos hasta jugo de diversos sabores. Hermione, sonriente y complacida, reparó que había una nota sobre el plato:

"No me busques… ya nos encontraremos.

Harry"

Y nada más. La joven quería leer mucho más, ¿Qué quería decir con eso? ¿Dónde estaba? Vencida, tomó lugar en la silla y comió lo que tan deliciosamente su hombre había preparado. Tuvo que admitir que él era mucho mejor que ella en la cocina, pero rió diciéndose que jamás le daría la razón en eso. Una vez terminado, Hermione cogió su portafolio de siempre dirigiéndose hacia el Ministerio como todas las mañanas. El día estaba definitivamente distinto. Aquel diecinueve de septiembre, a poco de entrar en la estación de oro macizo, se desplegaba ante sus ojos con un cielo claro, sol tímido y viento nuevo. Las hojas, que envejecían esperando el final, se soltaban de las copas de los árboles, rodando por las escuetas calzadas hacia el final de las avenidas. Qué rítmico e hipnotizante era incluso el tráfico matutino. La castaña capturó todos esos detalles como regalos especiales que sólo ella podía apreciar.

Sus colegas la saludaron afectuosamente al verla llegar radiante y feliz. Ella los recibía agradecida mientras se abría paso para dirigirse al despacho de Harry. ¿Que no lo buscara? ¡Bah!, debía saber muy bien que sería lo primero que haría apenas tuviese la oportunidad. Necesitaba de su abrazo tanto como un diabético su inyección de insulina. De pronto, al salir hacia los pasillos del Ministerio, una cabellera rubia le cubrió la cara sin poder reaccionar. Luna Lovegood se encontraba en el inmueble, encerrándola entre sus brazos y repitiendo en varios idiomas el famoso cántico del nuevo año de vida.

-¿Qué haces aquí?- preguntó en cuanto terminó de cantarle, insistentemente.

-Vine a realizar un reportaje- dijo, con el poco convencimiento de quien se aprende esa respuesta de memoria. Hermione enarcó una ceja frente a la respuesta. Sin embargo, no pudo refutar nada porque una segunda cabellera, esta vez pelirroja, le obstruyó la mirada. Ginny la abrazó también deseándole un feliz cumpleaños con la misma energía que su otra amiga.

-¿Y tú? ¿Qué haces aquí?

-Buscando información para un artículo de Quidditch- respondió de igual forma que Luna. Rápido y aprendido- Además, pasé también a saludarte.

-¿Creen que pueden engañarme? ¿Acaso están en algún complot con Harry?- preguntó de inmediato, segura que sus actitudes se veían muy extrañas. Ambas chicas negaron al unísono evidenciando más que era justo lo contrario.

No obstante, para frustración de la castaña, notó que era hora comenzar con su rutina de reuniones e informes que tanto recortaban su día. Había veces que deseaba que el día tuviese treinta horas sólo para terminar con todos sus quehaceres sin estar corriendo. Los miembros de la Asamblea la esperaban como un montón de novios impacientes, por lo que tuvo que despedirse de sus amigas no sin antes decirles que buscaría a Harry aunque él le hubiese que no. Moría de curiosidad por saber dónde se había metido. Giró sobre sus talones caminando con presteza. "¡Espero que te guste!", le gritó Luna, consiguiendo el codazo de Ginny en medio de sus costillas. Para cuando Hermione volteó, ninguna de las dos estaba ya en el lugar…

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Harry despertó gracias al despertador natural de quien vive velando por alguien amado. Miró a la castaña a su lado, observando de cerca los reflejos que despedían sus cabellos al sol. Besó delicadamente su frente para después levantarse esforzándose por no incomodarla. Realizó todos los actos acostumbrados de baño y vestimenta, antes de hacer aparecer desde su varita una hermosa rosa blanca en botón. La depositó junto a su amada notando que Hermione seguía siendo la flor más bella que había visto. Bajó, preparó el desayuno, adornó la mesa y dejó todo servido para ella junto a la nota que escribiría en su delgada caligrafía. Tenía pensado escribirle millones de cosas, decirle en todas las sílabas posibles lo mucho que la amaba, lo feliz que era a su lado, lo difícil que era ser digno de ella. Sin embargo, sólo resumió una instrucción que bien sabía no cumpliría por terca: "No me busques… ya nos encontraremos. Harry", y abandonó la mansión rumbo al centro de Londres.

Había buscado refuerzos para la elección del regalo especial que le daría a Hermione. Así que la ayuda de dos queridas amigas fue la primera idea que cruzó por su mente: Luna y Ginny, quienes aceptaron su petición en menos de un segundo. Se encontraron en una de las tiendas muggles más costosas de la ciudad, viendo gran variedad en sus ofertas. El moreno agradeció tener el punto de vista femenino a su favor aunque con la indecisión onírica de la rubia, todo se complicaba a la hora de escoger algo concreto. Recorrían pasillos entre vendedores obstinados que perseguían como espías en el intento famélico de colar una venta. Miles de precios y modelos enloquecían al trío de amigos mientras que Luna se probaba todo lo que había en su camino. Ginny, por otro lado, preguntaba varias veces el precio de algo buscando la forma de conseguir una rebaja con su coquetería y regateo. Harry rodaba los ojos sintiéndose como el tío con dinero entre dos niñas caprichosas. Había que ponerse serios.

-¿Qué te parece éste?- le preguntó la pelirroja, mostrándole un diseño desde el vidrio del elegante aparador.

-No lo sé…

-¿Y éste?- dijo Luna, apuntando con sus blancos dedos.

-Mmm…

-¿Qué hay de éste?- El moreno comprendió que no sería sencillo elegir con ese par de chicas con gustos tan diferentes y contradictorios.

Luego de un par de horas pegados en la tienda y fastidiando tanto al vendedor al límite de pedirles que por favor fuese su última vez allí, por fin lograron la compra deseada saliendo hacia el Ministerio. Las muchachas insistieron en que querían saludar a Hermione antes de que no la volviesen a ver debido a los planes. Harry asintió pidiéndoles que pensaran en una buena excusa que justificara sus presencias en el edificio tan temprano y simultáneamente. No obstante, para engañar a la castaña se requería de un trabajo bien elaborado…

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Cuando Hermione regresó a su oficina luego de varias horas en compañía de magos aburridos e incrédulos, cerró la puerta para caer rendida en su silla y dejar su portafolio lleno con nuevas fotografías de la cámara de Ian. Sin embargo, no quiso revisarlas todavía. La joven resopló su agotamiento reparando que desde el gancho interior de su puerta colgaba lo que parecía ser un traje dentro de una funda. Se incorporó ayudada por la curiosidad y abrió el cierre para averiguar qué había en su interior. Vio ante ella un hermoso vestido de noche, sensual, fino, delicado. El tenue color del palo rosa era distinguido como también atrayente. Hermione quedó embelesada sabiendo perfectamente quien debía ser el responsable de ese regalo tan formidable. No obstante, al tocarlo para sacarlo de su envoltorio, todo dio vueltas en esa oficina sintiendo el clásico tirón del ombligo cuando se viajaba en Traslador. Luces y tonos distintos acapararon su mirada viajando a toda velocidad hacia un destino incierto. De un segundo a otro, ya no estaba en el Ministerio. Aterrizó despacio al centro de una hermosa azotea a la luz de centenares de velas. Su estómago se encogió sin poder soltar el Vestido-Traslador que apretaba en su mano. Paseó la mirada a su alrededor, oteando a lo lejos la bellísima Torre Eiffel emergiendo entre los edificios como un periscopio. París, siempre una ciudad romántica y apasionada, poseedora de la más ancestral atracción entre los amantes… su exuberante belleza otoñal. La ligera brisa se filtró entre los cabellos de la bruja, como si fuera una caricia de bienvenida por parte de Francia. Cerró los ojos un momento.

-¿Qué te pareció el desayuno? ¿Soy o no el mejor en la cocina?- dijo una voz masculina tras ella. Hermione sonrió mordiendo su labio inferior.

-Lo serás mientras yo no esté para hacerlo- le respondió volteando poco a poco. Ahí estaba su ojiverde. Vestido de un traje oscuro, camisa blanca y sin corbata. Mostraba una seguridad en sí mismo que bien pudo demoler a la joven de puro deseo. Sin embargo, se quedó quieta, reprimiendo sus locos impulsos de abrazarlo hasta robarle el aire de los pulmones.

La joven fue a cambiarse después de revertir el hechizo en la prenda, Harry se dispuso a servir champaña al interior de dos copas, viendo cómo el licor burbujeaba dentro del cristal. Todo se veía fresco y delicioso. El salmón, las ensaladas al vapor, el arroz blanco… todo en su medida justa. Luego de unos minutos, el moreno miraba la hermosa vista de la ciudad francesa, agradecido por su condición de mago. Nadie los molestaría, ni siquiera los verían gracias a su precavida medida de ocultarlos a ojos ajenos. Técnica aprendida de la misma joven a la cual celebraba. De pronto, el abrazo por la espalda tan común de Hermione, lo hizo brincar del gusto. Ella ya no pudo contenerse más. Giró sobre sí mismo y la cobijó en su amplio pecho susurrándole un feliz cumpleaños cerca del oído. La castaña se estremeció recibiéndolo con un beso desaforado, un beso vívido que enarbolaba los sentidos. Se veía simplemente radiante. "Tengo buen gusto", se dijo Harry, orgulloso.

Cenaron degustando cada platillo como si fuese el último de un condenado a muerte. Platicaron recordando tiempos pasados, años de escuela, aventuras, peligros, enfados… todo lo que valía la pena mencionar en esa velada especial. Después de un buen rato, Harry se puso de pie al tiempo que resonaba una melodía envolvente de un trío de violines, piano y arpa que había embrujado para que tocaran sin descanso. Rodeó la mesa y le pidió a la muchacha el placer de un baile. Ella, colorada de la pena, aceptó cogiendo su mano como una adolescente en su primer baile de navidad. Se deslizaron sobre la pista a un costado, iluminada por candelabros ubicados en cada esquina. Para sorpresa de Hermione, el ojiverde ya no era el chiquillo patoso que vio a tropezones en cuarto año, sino que un hombre rítmico que la hacía flotar en círculos cerrados.

-No sabía qué bailaras tan bien.

-Yo tampoco- contestó él, encogiéndose de hombros- ¿Ves lo que provocas?

El baile bien pudo durar horas porque la noche no tardó en vestir el cielo raso y salpicarlo con suficiente escarcha para adornarlo. Hermione reposó su cabeza en el hombro de Harry, aspirando su aroma de hombre suyo, conocido, memorizado, podría identificarlo con vendas en los ojos y las manos atadas a la espalda con sólo percibir su grandioso perfume. Besó delicadamente su cuello y el moreno sintió un escalofrío recorrerlo por la línea de su espalda. Se besaron escuchando la melodía mucho más intensa. No conocían la timidez entre ellos, no conocían los límites ni prudencias cuando estaban juntos, podían ser temerarios, podían ser hasta desquiciados cuando se trataba de salvarse el uno al otro… Francia estaba siendo testigo de cómo podían convertirse en una sola persona, dos mejores amigos que compartieron una casa para luego compartir sus vidas.

Harry deslizó una de las asas del vestido para acariciarle el hombro con sus labios. Sus pechos, apretados firmemente, intercambiaban latidos en una coordinación divina. Hermione sentía sus piernas temblar de anticipación gozando de ese roce con cada poro de su piel. Las manos del joven comenzaban a ponerse inquietas. Mientras acercaba a la castaña hacia él durante el baile segundo a segundo más ardiente, tocaba la curva de su cintura hasta los muslos, percibiendo la solidez de sus carnes jóvenes. Ella no pudo evitar reír ante ese contacto que le causó cosquillas reparando que respiraba agitadamente sin controlarse. Estuvo hambrienta de él todo el maldito día, expectante de tenerlo enfrente, tocarlo, morderlo… ya no podía esperar más. "Hazme el amor, Harry", le dijo profundamente, causando en el aludido una explosión que sólo pudo contraer levantándola entre sus brazos.

A unos metros de la pista, el ojiverde había improvisado un bello refugio con velos blancos que danzaban al viento como lecho de faraón. En su interior, resguardaba una cama enorme que los esperaba con sus sábanas de lino y almohadones de pluma. La pareja cayó sobre ella comiéndose en retozos y gemidos, desvistiéndose paulatinamente dejando una estela de besos sobre el cuerpo descubierto. La magia los escondía, la magia los alentaba a vivir su pasión bajo el gran techo de estrellas que dejaba entrever una luna dorada e hinchada. Harry, con la fuerza y movimientos certeros sobre la chica, habiéndose aprendido muy bien su tolerancia y nuevas dimensiones, descendió lamida a lamida hasta ocupar su sexo con la humedad de su lengua. Hermione empuñó las almohadas, ahogando un gemido gutural que nació desde su estómago. El juego de Harry en su cavidad, la llevó a nublar su vista olvidando incluso hasta su propio nombre. Las manos del joven mago se crispaban en sus glúteos elevándola un poco del colchón, necesitaba consumirla completamente. Luego de explorarla con paciencia de arqueólogo, Harry ascendió siguiendo el camino desde su sexo hasta el espacio entre sus senos abultados; ella, sonrosada y sudorosa, lo envolvió por la cintura formando un cinturón con sus piernas dejándolo entrar quemando sus paredes. Las embestidas causaban el sonido quejumbroso de la cama, la madera chirriante soportaba la danza acompasada que hacía temblar los velos alrededor. La castaña no escuchaba más que las palabras íntimas de él llenando su propia boca, sentía cómo le mordía el mentón mientras empujaba con firmeza ocupando sus espacios. Harry, convencido que se volvería loco del éxtasis, viajó por todo su cuerpo hasta llegar a su espalda blanca y besarla sólo en los puntos estratégicos que había grabado en su memoria. Hermione se estremeció aún más. Apretando sus ojos, trató de mantener el corazón dentro de su pecho al sentir el torso del moreno contra su columna, el roce de su sexo buscando un lugar la llevó a inclinarse permitiendo la unión que logró un sonoro jadeo en ambos. Acoplándose en perfecta simetría, Harry la atraía por las caderas, al mismo tiempo que ella lo hacía por las suyas, el golpe sordo y repetitivo al juntarse, aumentó la frecuencia de fricción hasta que el calor les incineró la intimidad dejándola palpitante y delicada. Los gemidos habían secado sus gargantas.

Agotados, se quedaron abrazados mirando la noche clara y las constelaciones nítidas. Hermione, jugueteando con el cabello azabache de su compañero de lecho, le agradecía por aquella velada maravillosa. Harry sonrió mirándola con una picardía que ella sabía identificar muy bien. Tenía la intriga de un niño que había roto el jarrón más caro de la casa o de alguien que tuviese las respuestas de un examen importante. Ella se acomodó de mejor forma sobre la cama y lo miró, infinitamente curiosa. De pronto, el ojiverde tanteó algo bajo el colchón para después con la misma mano, acariciarle su vientre convexo. El contacto fue de algo frío, quizás metálico y la castaña observó lo que escondía entre sus dedos. Un anillo de platino con finas incrustaciones de brillantes en él. La joven quedó boquiaberta.

-¿Quieres ser mi esposa?- preguntó Harry.

-Siempre lo he querido, sólo que ahora vine a darme cuenta- respondió ella. El chico volvió a sonreír.

-Espero que te guste- le dijo, al momento de calzarlo suavemente en su dedo anular- Luna y Ginny me ayudaron a escogerlo- Hermione soltó una breve carcajada al saberlo… ahora entendía las palabras de su rubia amiga. "Esto es demasiado perfecto para ser verdad", se dijo en silencio, sin tener idea de lo que pasaría más adelante…