Hola a toooodos!
Ya llegó Octubre, señoras y señores, y este capitulo en especial se enfoca más hacia la amistad, ya verán de lo que hablo. Espero que les guste, comenzamos nuestro recorrido por este mes tan temido, desde ahora comiencen a sacar sus conclusiones, eh? Jejejeje.. GRACIAS A TODOS POR SEGUIR CONMIGO, POR SEGUIR ESTA HISTORIA Q YA VA LLEGANDO A SU FINAL.
Un beso y BUEN VIAJE!!
La presencia avasallante del medimago en las afueras del quirófano, hasta ese momento hermético todo el tiempo, fue como ver a Dios en persona: fulminante, aterrador, imponente. Si Harry no hubiese sido sostenido por Ron, habría caído a sus pies de rodillas como un penitente. Nadie habló al verlo, de hecho nadie pudo debido al miedo. Parecía ser un espejismo, algo imposible detenido entre los pobres mortales manteniendo una mirada indefinida en sus ojos oscuros. El moreno sintió ganas de vomitar de la pura opresión de sus nervios. Caminó hacia él con la misma gallardía de un sentenciado ante su verdugo.
-¿Cómo están ellas?- le preguntó de manera entrecortada. El profesional lo observó por debajo de un ceño neutral, un ceño desprovisto de emociones que pudiesen revelar algo de lo que sucedía.
-Necesito que me acompañes- respondió el medimago, tomando al joven por un hombro e invitándolo a cruzar el umbral entre la sala de espera y el interminable pasillo de luces albas. Los demás, quedaron estáticos viéndolos cómo se perdían paso a paso.
Los oídos de Harry zumbaban de la impaciencia y el terror. Era como si se aproximara a una cámara de gas en donde su vida terminaría de un momento a otro. No debió entrar solo, deseó la presencia de Ron a su lado por si malas noticias explotaban en sus oídos. Necesitaría de su amigo para poder mantenerse en una pieza, de lo contrario, caería al suelo desmembrado. Se sorprendió al pensarlo. Después de todo, reñir, enfrentarse, golpearse, no fue más que un trámite entre ellos para saldar las cuentas pendientes, sabía que la amistad era mucho más fuerte, y se calmó un poco al no saberse abandonado en ese bosque oscuro de dolor. De pronto, el medimago le detuvo los pasos tomándolo del antebrazo para mirar dentro de una ancha habitación casi al final… con el corazón saturado, Harry vio por fin a Hermione tendida sobre una cama blanca…
XII. Octubre (Días antes) – Paradoja en Las Tres Escobas.
Parte uno
Los días siguientes al cumpleaños de Hermione fueron de total sosiego dentro de la tormenta para los jóvenes comprometidos. Luego de esos hermosos momentos en París, la castaña buscaba la manera de recompensarle semejante detalle y dedicación sin saber cómo hacerlo. Los días de septiembre pasaban con rapidez. Su vientre se abultaba cada vez más dejando entrever que el sexto mes ya llegaba con toda su imperiosa consecuencia. Ya podía sentir el dolor de espalda que la llevó a cambiar sus zapatos por otros muchos más cómodos, a seguir la recomendación de su médico muggle bebiendo más líquidos y realizando ejercicios diariamente. Esa tarea la adoptó Luna, quien con su entusiasmo, visitaba a la embarazada todas las mañana antes de irse al trabajo como una verdadera entrenadora personal. Harry moría de la risa al verlas a ambas flexionando músculos y estirando extremidades en el centro de la sala. Entre los tejidos insistentes de la rubia y su rutina de actividad física prenatal, el muchacho podría jurar que Hermione no pudo encontrar mejor asesora que ella.
Al comenzar con el nuevo mes de octubre, la joven abogada aprovechó su último fin de semana libre antes de sumergirse en los últimos papeleos del caso de Ian. Quiso sorprender a Harry con un almuerzo al aire libre preparado por ella. Como en todos sus quehaceres, preparó cada detalle meticulosamente. Encendió el fogón de la cocina y comenzó la preparación de un pollo a la mayonesa que no dejaría indiferente a nadie en los alrededores. Vertió mayonesa en una taza, estrujó limones y saló el pollo con sus manos sin perder rincón alguno. Luego de esperar que el aceite hirviera en la sartén, Hermione untó los filetes en la espesa salsa amarilla para luego acostarlos uno por uno sobre el lecho caliente. El aroma a pimienta y ajo condimentó la cocina despertando su ávido apetito. Después de un rato, empacó un canasto con la comida recién hecha, refrescos y una manta extensa. Cuando el moreno hubo llegado a la mansión después de una mañana extra de trabajo de sábado, Hermione no le permitió siquiera preguntar cuáles eran sus intenciones al verla de pie en el recibidor. Lo cogió de la mano de forma sonriente y segura para después de unos segundos, cerrando sus ojos, los transportara hasta el parque Hampstead Heath. Aparecieron entre la espesa vegetación del lugar escondidos de las miradas ajenas. Harry sintió el agradable perfume del humus, de las hojas añejas y el leve calor del sol sobre su piel alzándose por encima el viento cristalino… nunca había estado allí, pero con la castaña a su lado, creyó que formaba parte intrínseca del verde paisaje desde mucho antes.
Hermione experimentó un mareo diferente debido a la Aparición. Esa modalidad de viaje le resultó mucho más compleja ahora con su vientre más proporcionado, después de todo, no estaba transportándose sólo ella y Harry, sino que también su pequeña hija. Dos personas en un mismo espacio no hacían sencillo aquel procedimiento mágico y ella lo ignoraba. Harry, al verla algo pálida y tambaleante, tendió la manta sobre la hierba para sentarla con cuidado. La castaña le sonrió explicándole que todo estaba bien.
-Creo que no deberíamos Aparecernos más, por lo menos hasta el parto- sugirió el muchacho.
-Puede que tengas razón- le respondió ella acariciando la curvatura de su barriga.
-Por lo visto no le agrada a "Helen"- esa alusión hizo que Hermione alzara sus cejas.
-¿"Helen"?
-¿Te gusta?- preguntó Harry, sentándose tras ella para abrazarla por la cintura. Miró hacia el horizonte, notando el cielo rojizo como el carbón vivo. Continuó - "Bella como el sol", así se define ese nombre que no sólo describe a una persona afectuosa, tierna y bondadosa, sino que alguien de curiosidad aguda e infinita actividad. Alguien bendecido con el don de la preocupación por los demás- la joven, mientras lo escuchaba, imaginaba los dones que tendría su hija sintiendo que pateaba delicadamente, como si quisiera ser partícipe de esa conversación. Ella asintió al instante, volteando un poco su rostro para besarlo con dulzura en los labios. Estuvo de acuerdo y lo pensó: Helen Potter Granger.
-¿Estás tan ansioso como yo?- habló la castaña, llevando la mano del aludido sobre su vientre.
-Ni siquiera puedo describir lo que siento- realmente era difícil hacerlo. Después de todo lo vivido, después de ocho meses en donde lo habían compartido todo, la mezcla de felicidad con anticipación, resultaba embriagante. Hermione se quedó cavilando unos largos minutos, ofreciendo así un silencio apaciguante que las gotas de lluvia aprovecharon para resonar entre las hojas.
-Me gustó el nombre que escogiste para nuestra hija- Harry sonrió ampliamente dejando entrever una inocente culpabilidad. La joven reparó inmediatamente en su expresión preguntándose en qué estaba pensando. El moreno se sonrojó.
-No fui yo quien tuvo la idea- confesó sonando como un niño. Al oírlo, Hermione comenzó a reír tratando de imaginar quién había sido entonces. Harry le respondió- De hecho, el profesor Dumbledore me llamó a la oficina de McGonagall, me dio un par de ideas hasta que decidió sugerirme ese nombre- la expresión en el rostro de ella cambió abruptamente a uno mucho más sorprendido y halagado. Reafirmó que si Dumbledore lo había dicho, no había mayor honor que el de tomar su consejo.
Luego de esa tarde de picnic en aquel parque londinense, la semana comenzó mucho más atareada de lo que imaginó la abogada. Al ingresar a su oficina, una montaña de papeles reposaba en su escritorio. Tal como había pedido, la información sobre el Banco Gringotts y los antecedentes de todos los empleados, la estaban esperando como un suplicio chino. Derrotada y asumida, sumergió la nariz en cada una de las carpetas en busca de algún dato extraño que hubiese pasado de largo. Estaba convencida que el responsable era alguien desde dentro de la institución bancaria y quería robar a Ian por pura codicia. Tal vez se trataría de un duende, quizás el insufrible de Grikbold o ése que atestiguaría ante la Asamblea pronto llamado Sumizíuss… o pudieron haber sido ambos… muchas hipótesis rondaban por su cabeza. Las nuevas fotografías de la cámara ultrajada estaban entre los papeles, Hermione las cogió entre sus dedos comenzando a escudriñar cada detalle hasta que un familiar objeto la hizo ponerse de pie de un brinco. La maldita silla estaba allí nuevamente, haciéndose pasar por una de las posesiones allí resguardadas. "Ese vil embustero", resopló la joven, recordándose así que si era capaz de convertirse para apartar sospechas, entonces se trataría de un mago, tenía que ser un mago, pero… ¿Quién? ¿Un Rompedor de maldiciones? Ellos tenían bastante poder dentro del banco, después de todo, eran quienes conocían la manera de burlar las defensas… quizás Bill Weasley supiera algo. Hermione descartó esa posibilidad, Bill ya le hubiese dicho de alguna sospecha.
Retomó los antecedentes pasando hoja por hoja, viendo las fotografías de los empleados en ellas. Muchos eran sangre pura, uno que otro mestizo y eso le llamó la atención… ¿Seguía la discriminación hacia los hijos de muggles? Respingó la nariz inconscientemente. Ese tema le tocaba la fibra de manera directa y muy personal… ¿Aquel engaño sería puro resentimiento de algún sangre pura ante un muchacho que poseía tanto dinero como uno de ellos? Tenía mucho sentido, a veces la codicia y el orgullo podían ser dos factores muy dañinos a la hora de dejarse llevar por ellos. Elijah Smith, un Rompedor de maldiciones de cuarenta años, mago mestizo y empleado del banco desde hacía veinte años; Andrea Harrison, administrativa y sangre pura, empleada del banco desde hacía cinco… decenas de nombres bailaban ante los ojos de la castaña, viendo pasar las horas del día como veloces aves por la ventana. Sin embargo, dejando el letargo que la sometía a un lado junto con las diversas carpetas sobre su escritorio, fue hasta el cuarto de retención para ir con Ian McAlister hasta el banco y ver si faltaba algo entre sus cosas. Luego de ver la silla, tuvo la corazonada de que habría algo más ausente, como la vez que robaron una cadena de oro blanco.
-¿En verdad cree que sea buena idea volver allá?- preguntó el muchacho, sintiendo el amarre de sus manos por las esposas. Los Aurores no le quitaban los ojos de encima. Hermione le guiñó un ojo.
-Descuida, yo estoy bien. Tenemos que cerciorarnos de que todo esté en orden.
Viajando desde el Ministerio hasta el banco en la polvorienta Red Flú, la comitiva presentó sus intenciones de una nueva investigación al interior de la cámara. Grikbold desorbitó sus pequeños ojos de enfado al escucharlos. "¿Hasta cuándo buscan algo inexistente?", reclamó sin que Hermione le tomara atención, al fin y al cabo, sus gruñidos no pasaban más allá de sus rodillas. Descendieron por los rieles al interior del carro que manejaba Sumizíuss. Ian lo miraba con desagrado, ¿Cómo era posible que no lo recordara como un cliente? La castaña lo observaba de reojo, sabiendo muy bien lo que su cliente estaba pensando. Le palmoteó la espalda, tratando de darle calma y paciencia. El andar oxidado se detuvo frente a la cámara indicada y todos bajaron pisando el suelo cavernoso frente a ella. La abogada sintió un escalofrío al recordar la vez que esa enorme puerta se había cerrado a sus espaldas extrayendo el aire. Tuvo miedo de que volviese a ocurrir. No obstante, alentada por su coraje inagotable, pidió que abrieran para entrar con Ian y hacer una inspección. El duende rodó sus ojos obedeciendo. El chico entró algo dubitativo, como si caminara sobre vidrio y la misma sensación de frustración lo vapuleó fuerte. Esa frustración que sólo puede sentir la gente inocente. Apretó sus dientes haciendo un inventario mental de todo lo que allí se guardaba. Lógicamente ya no estaba la cadena de oro de su abuela, aquello lo llevó a fruncir sus labios pero siguió buscando alentado por Hermione y observado por el par de Aurores que los acompañaban. De pronto, cuando ya los minutos escaseaban, el muchacho extrañó las seis copas de plata tallada pertenecientes a la familia McAlister. Estrechó el ceño al decirlo.
-¿Estás seguro?- le insistió la abogada. Ian afirmó con la cabeza. Fue justo lo que ella necesitaba para estallar de indignación frente al duende- ¿¡Cómo es posible que desaparezcan cosas de aquí y nadie lo sepa!? ¿¡No existe un control en este banco!?
-¡Pero si este chico no es el dueño de la cámara! ¿Cómo va a saber lo que hay dentro?
-¡Cuando usted se someta a los Desmemorizadores, ya veremos si es el dueño o no!- esa réplica hizo que Sumizíuss le mostrara sus pequeños dientes afilados con agravio- ¿¡Quién es el encargado aquí!? ¿¡Grikbold!?- La ofuscación de Hermione comenzaba a enrojecer sus mejillas. Ian trató de calmarla pero fue un intento en vano. Las hormonas le hicieron perder el aplomo de un chasquido. El duende asintió ante su pregunta haciendo que la castaña entrecerrara los ojos- Ahora puedo entender semejante incompetencia… - interrumpió su alegato debido a la inconstancia de su respiración y salió de la cámara en busca de aire fresco. El malestar que endureció su vientre, la hizo tambalearse un poco, como si hubiese perdido el centro. Trató de recuperar el equilibrio hasta que unas manos fuertes la estabilizaron.
-¿Se encuentra usted bien?- la voz profunda de Athos Greenwood la hizo volver a poner los pies sobre la tierra. Hermione agradeció su ayuda notando que al rozarlo, el mago soltó un gemido de dolor. Se alejó al instante al sentir su olor a quemado.
-Lo siento, no sabía que estuviese herido- el antebrazo de Greenwood estaba calcinado. Al parecer, alimentar al dragón del banco no era tarea sencilla. Los demás salieron de la bóveda para acompañar a la descompuesta abogada. El duende cerró la gran puerta tras él, dando por finalizada la sesión de investigación sin palabras.
-¿Cómo se siente?- le preguntó Ian, mirándola con preocupación. La aludida le hizo un gesto positivo sin querer agravar lo sucedido. Athos llevó sus ojos hacia el vientre de la muchacha reparando que estaba embarazada. La felicitó mostrándole una exagerada sonrisa, ancha y reluciente.
-Ya acabó ¿no?- intervino el duende, plantándose frente a Hermione con las manos en su corta cintura.
-¡Por hoy… ya veremos quién está equivocado!- le recriminó sin importarle alzar la voz al punto de provocar ecos dentro de la caverna- Esperaré por los resultados de su memoria y su declaración en el Ministerio. Estoy segura que el verdadero culpable está dentro de este banco- terminado de hablar, la castaña llevó su mano al vientre, respirando hondo. La criatura percibía la densa tensión que ahogaba a su madre. Greenwood carraspeó.
-Le aconsejo que tenga cuidado- dijo por fin- Tener un caso así de complejo a mitad de su embarazo no es muy recomendable- la joven lo sabía y desvió la mirada hacia otro sitio. Ya se sentía lo suficientemente culpable al no poder doblegar su propia testarudez y sentido de responsabilidad con Ian McAlister. Debía ganar el juicio frente a Mafalda Weasley.
Luego de una breve pausa, el Alimentador de dragones se disculpó con los presentes, caminando hacia los carros para poder ir a revisarse su herida que no sanaba en días. La piel estaba oscura, dejaba entrever la carne viva en algunos sitios y gracias al roce con Hermione, comenzó a dolor nuevamente. Sumizíuss, por otro lado, llamó un segundo carro que llegó en breves para salir hacia la claridad del vestíbulo y terminar ya con ese iluso trámite judicial. La abogada y su cliente, sintiendo que el final estaba cerca, volvieron al Ministerio en total silencio…
Ron había vuelto hacía dos días de su viaje a Irlanda del Norte con su equipo de Quidditch, luego de jugar contra los Murciélagos de Ballycastle y perder estrepitosamente. El pelirrojo no lograba concentrarse en los tres aros, debido a su presentimiento de que algo malo iba a ocurrir. Tenía incrustado en su mente la amenaza hacia Hermione y lo desgraciado que se sentía por no informar a Harry. No obstante, su propio rencor lo retenía sin hacer absolutamente nada al respecto. "¿Y si algo grave sucedía?", se preguntaba una y otra vez. Su molesta prima Mafalda le comentaba de manera aireada los avances en el juicio contra el muchacho acusado de asaltar una cámara y la escuchaba en los detalles reparando en que no era un tema banal para una mujer embarazada. Le preguntó si estaba dispuesta a ceder en sus demandas por el simple hecho de no discutir argumentos con alguien en ese delicado estado, de acabar con eso pronto y amigablemente. La joven se echó a reír.
-Entonces no debió embarazarse ¿no lo crees?- apuntó ácidamente. Ron meneó la cabeza- Entre ella y yo tenemos la guerra declarada sobre quien es la mejor abogada del Departamento. Ésta es mi oportunidad de demostrar que yo lo soy.
-No es muy profesional aprovecharte de su inestabilidad hormonal- le dijo el pelirrojo, asombrándose a sí mismo de sus palabras. Mafalda pareció no escucharlo.
Aquel día, visitó la taberna de Las Tres Escobas buscando degustar de la buena cerveza de manteca que sólo Madame Rosmerta podría presumir. Después de aquella apabullante derrota en tierras irlandesas, el Guardián decidió despejarse un poco. Mientras bebía sentado en la barra frente a la dueña del local, Ron se preguntaba qué sería de sus planes futuros. Obviamente la idea de sentar cabeza con Hermione había quedado descartada a pesar de las insistencias de su madre. Molly Weasley se encargaba de reprocharle su poca osadía y no haber luchado por la castaña, que el padre de esa niña debió ser él y no Harry, que si hubiese estado más atento, no habría perdido su oportunidad de ser feliz. Arthur trataba de hacerla entrar en razón, pero la mujer estaba cegada ante el hecho de no ser abuela aún. Ron odiaba que su madre se metiera en su vida, ¿Acaso no sería feliz nunca? Eso ella no podía asegurarlo, sobre eso nada se había escrito todavía. Sin embargo, dentro del muchacho siempre se generaban batallas contradictorias. Su lado maduro le decía que debía abandonar el juego con clase y retirarse… su otro lado, ese que siempre va de la mano con el arrebato, le indicaba que no tenía que ceder o le pondrían el pie encima como tantas otras veces sentía que lo hacían. Su pomposo orgullo de famoso, lo llevó a alzar el mentón y prometerse no volver a permitirlo.
Mientras estaba perdido en sus propias conclusiones, la conversación de tres voces familiares lo hizo voltear hacia la puerta del bar. Entrando junto con el viento otoñal que ondeó sus capas, Harry, Luna y Ginny comentaban algo que Ron no comprendía, no notaron su presencia sino hasta que la rubia periodista volteó para llamar a la tabernera y lo vio ubicado en uno de los taburetes. Los jóvenes guardaron silencio en el acto. La más incómoda con la situación era Ginny debido a la sensación de estar compartiendo con el enemigo frente a su hermano. El pelirrojo se puso de pie sintiendo la misma atmosfera desagradable de cuando cenaron en casa de Luna por su cumpleaños. Harry lo miró tensando su expresión.
-¿Buscas embarazar a mi hermana también?- comentó sin poder contenerse, tomando a la chica por el codo y alejarla del moreno como si tuviese lepra. Ella se zafó, bufando de la rabia.
-¡No te comportes como un niño, Ronald!- y tenía razón, pero él simplemente se dejaba llevar por sus acciones viscerales. Luchaba contra sí mismo para no hacerlo.
-¿Quieres tomar algo con nosotros?- le invitó Luna como quien estuviese despegada de la realidad y viera todo color de rosa. El pelirrojo le dedicó una mirada significativa. Notó que echaba de menos compartir con sus amigos, hablar trivialidades, reír toda una tarde… suspiró afectado por esa simple e inocente pregunta. Dirigió sus ojos azules hacia Harry, mirándolo directamente por primera vez en mucho tiempo. El moreno reparó en sus intenciones de decirle algo, lo conocía muy bien y no se equivocó. Ron rompió el efímero silencio sobre ellos.
-La verdad es que no, gracias- declinó amablemente- Sólo quiero informar a Harry sobre un asunto importante y he de marchar.
-¿Seguro?- insistió Luna- Queríamos hacer un brindis- el joven enarcó sus cejas dando muestra clara que no entendía el motivo. Ya habían pasado meses desde la noticia del embarazo. El ojiverde dio un paso adelante, restando un poco la distancia entre ambos. Sabía que era él quien debía decirlo.
-Le pedí matrimonio a Hermione… y ella aceptó- Ron se quedó inmutable, como si no hubiese escuchado las palabras recién emitidas. Dentro de su cabeza, miles de imágenes pasaron por su mente como una película de ediciones breves. Imaginó a la castaña vestida de blanco, con una larga cola tras sus pasos y un velo que armonizara perfectamente con sus ondulados cabellos recogidos. ¡Qué destino más loco era ése!, ver a la chica vestida así siempre fue su deseo pero jamás se decidió a concretarlo, dedicándose a destruir la relación con envidias baratas… él ya no sería el novio impaciente en el altar sino que Harry, y resultaba irónico porque todo el tiempo lo imaginó en el lugar del padrino a su lado. La había perdido cayendo en cuenta de forma demoledora. Tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para no perder el aplomo. Retrocedió un poco, como empujado por esa noticia y lo felicito con una voz cultivada, un tono fabricado para esconder el verdadero chillido que quería salir de su boca. Giró sobre sus talones, estrellando las palabras que deseaba decir contra sus dientes. Harry lo detuvo… ¿Qué era ese asunto importante? La curiosidad del ojiverde lo llevó a insistir en ello; Ron, por otro lado, se debatía entre miles de emociones que lo atajaban como una Bludger dentro de su cofre. Finalmente decidió hacer lo correcto y obviar la novedad para decirle lo que debía saber.
-Se trata de Hermione- dijo despacio. Los tres oyentes, prestaron mayor atención- Hace unas semanas, leí un anónimo que cayó de entre sus cosas. Una amenaza directa que buscaba intimidarla. Ella me hizo prometer no contarte nada.
Harry definitivamente sintió que la tierra se abría bajo sus pies. Su peor temor había cobrado vida, era real, estaba allí respirándole en la nuca. Existía en verdad el cobarde que haría lo que fuese para no ser atrapado. La castaña de seguro se acercaba a la verdad cada vez más y el responsable estaba viéndose en aprietos. Su instinto de Auror le golpeó el pecho, sabía que la insistencia de la muchacha cobraría consecuencias… pero, un momento… ¿Por qué no quería que él se enterara? ¿Por qué le estaba ocultando una información así? No quería creer que era por el simple hecho de no preocuparlo, ¡Al carajo su salud mental mientras ella estuviera en peligro! Era eso entonces lo que se comunicaban con las miradas. Aquel día del cumpleaños de Luna, Harry había percibido cierta tensión entre ellos, como si ocultaran un secreto… ¿Cómo pudo ser tan imbécil y pasarlo por alto? La rabia comenzó a subir por su cuerpo como lava hirviendo. Ron lo sabía hacía semanas, esa certeza resonaba en sus tímpanos impidiéndole escuchar a Ginny que algo le decía sobre tranquilizarse. No pudo más que canalizar su furia hacia su mejor amigo.
-Tiene que ver con su caso ¿no?- habló con la mandíbula rígida. Ron asintió.
-Tuve que prometerle que no te lo diría.
-Harry…- comenzó Luna, al ver que el ojiverde parecía estar conteniendo una erupción.
-¿Crees que es un asunto ligero como para mantenerme al margen de ello?- esa pregunta de Harry causó en el pelirrojo cierta ofensa. Se removió en su lugar para verse más firme.
-¿Te sientes con el derecho de reprocharme esa mierda?- le refutó, logrando que el local entero pusiera atención a ese grupo de amigos detenidos en medio de la taberna. Las conversaciones aledañas y el juego de los vasos se acallaron. Ron insistió- ¿Me recriminas que no haya sido honesto cuando tú me mantuviste engañado por meses?
-¡No fue algo que Hermione y yo planeáramos! ¡Esto es muy diferente!- bramó Harry, sin importarle que Madame Rosmerta dejara su lugar tras la barra para acercarse en plan de detener lo que sea que se avecinara.
-¡No lo es! ¡Debiste comportarte como un amigo y decirme lo que pasaba! ¡Confié en ti!- le gritó Ron, empujándolo por el pecho. El moreno, embriagado por el miedo, la culpa y la irritación, respondió el gesto sin tener intenciones de dejarse golpear de nuevo como lo permitió en agosto. Si era lo que les hacía falta, pues no había otro remedio.
Sin poder hacer nada, Ginny y Luna los vieron trenzarse a golpes como dos adolescentes. Fue una pelea extraña, una pelea que más que violencia parecía ser un lenguaje diferente, como si discutieran, se odiaran, se quisieran, se extrañaran… era como ver a dos hermanos arrebatados que por más golpes que se propinaran, demostraban sentir el dolor del otro en sí mismos. Harry levantó a Ron de la ropa y le hundió su puño entre las costillas, descargando su ira contra las circunstancias, contra todos esos meses en que su amistad se vio agonizante. El pelirrojo le lanzó un golpe a la quijada, maldiciendo no poder odiarlo… no poder odiar a ninguno de los dos a pesar de todo. ¡Qué paradójica escena! Gritarse mutuamente su decepción cuando en verdad, se necesitaban tanto como los dos mejores amigos que eran.
Madame Rosmerta detuvo la riña a fuerza de varita exigiendo que se fueran del local en ese preciso instante. Su voz resonó bajo ese poder de mando que tanto la destacaba. Los jóvenes se quedaron mudos, descansados, saldados. Ambos se miraron unos segundos sin mover un solo músculo, no había nada más que hacer, no había más qué decir. Para Ginny y para Luna, ese fue el momento en que entre moreno y pelirrojo parecía vislumbrarse un perdón necesario, como un velero lejano en el horizonte pero allí estaba, íntegro. Tarde o temprano todo volvería a la normalidad. Harry ordenó sus prendas revueltas, limpió un poco la sangre que brotaba de su labio roto y salió de la taberna sin hablar nada, sólo resollaba. Al salir, pudo sentir el viento lamer sus heridas percibiendo el dolor por primera vez. La frescura de la nueva estación el devolvió un poco la cordura sabiendo perfectamente hacia qué lugar dirigirse. Cerró sus ojos y el número doce de Grimmauld Place apareció frente a él…
La tarde lectura tenía a Hermione con los ojos cuadrados. Camino a la mansión después de horas de jornada laboral, horas de discusiones con empleados del banco y negociaciones con Mafalda, quien era una pared al momento de los acuerdos, la muchacha llegó a la tranquilidad de su sala emergiendo desde la chimenea en una deslumbrante llamarada verde. Todo estaba apacible, sosegado… la luz del sol se extinguía poco a poco gracias a la noche ansiosa viendo que su hogar quedaba en penumbra. Hermione se quitó la capa para colgarla en el perchero, dejó su portafolio sobre el sofá y cuando se disponía a subir por una ducha refrescante, una silueta en un rincón la hizo brincar del susto.
-Lo siento, no quise asustarte- dijo la voz de Harry, sonando más ronca de lo normal.
-Casi me infartas, ¿Qué haces en la oscuridad?- quiso encender alguna luz siendo detenida por el moreno con cierta hosquedad- ¿Estás bien?
-Sí, creo que sí- respondió sin ganas de convencer a nadie y manteniendo la distancia.
-¿Tienes hambre?- Harry negó viendo que la castaña trataba de descifrarle la expresión agudizando la vista- Bueno, yo sí, estoy famélica… tuve un día muy largo.
Hermione subió por las escaleras rumbo al cuarto de baño. Harry no sabía cómo iniciar la plática sin perder la paciencia. Estaba por primera vez muy enfadado con ella. Se supone que eran dos personas compartiendo una vida, ahora se casarían para unir sus almas de manera definitiva. No sabía qué era lo que le molestaba más, el hecho de que le ocultara la amenaza o que Ron lo supiera antes que él. Pasó las manos por su cabello, desordenando más su indomable peinado. Suspiró sonoramente, intentando ser objetivo, racional, preguntándose una y otra vez si estaba equivocado al sentirse traicionado. Después de unos minutos, la castaña volvió a bajar vistiendo un albornoz blanco y despidiendo un delicioso aroma a vainilla. Harry tuvo que batallar con sus intenciones de cogerla por los brazos, arrebatarle la prenda y hacerle el amor contra la pared. Ella tenía ese poder sobre él. Hermione entró a la cocina, seguida lentamente por el joven Auror con las manos en los bolsillos. Cuando la abogada hubo tomado un par de platos desde la alacena, reparó que había cierta solidez en el ambiente. Volteó hacia Harry advirtiendo entonces las magulladuras en su rostro.
-¿Qué te ha pasado?- preguntó con los ojos abiertos de par en par. Se acercó para verlo de cerca, pero el chico apartó su cara impidiéndoselo.
-Nada que importe- respondió. La castaña enarcó las cejas, sarcásticamente. Giró sobre sus talones, buscando algo que pudiese servir para las lesiones. Harry aprovechó para iniciar la discusión- Así que has recibido "correspondencia amigable" de la cual que no tenía idea- ese corto comentario le anuló los movimientos. Hermione quedó detenida dándole la espalda. Supo que una pelea se les venía encima como la marea en noche de tormenta.
-¿Cómo lo supiste?- fue lo único que logró pronunciar- ¿Te lo dijo Ron?
-¿Acaso eso importa?... Mírame.
La joven tardó en obedecer. No quería enfrentar al padre de su hija sólo por testarudez. Harry no la entendería, no entendería que no deseaba agravar el asunto, no quería darle razones al culpable para temer, para volverse paranoica… después de todo, ésa era su intención. El moreno le reprochó su inmadurez e irresponsabilidad ante su estado delicado. Tenía a la hija de ambos en su cuerpo y debía empezar a darse cuenta de ello. Ella era primeriza, pero lo suficientemente inteligente como para saber que tenía que evitar malos ratos. Hermione se sintió vapuleada por esas palabras. Para ella, quien siempre andaba en persecución de la responsabilidad, ser llamada como lo contrario remecía todos sus cimientos. No sabía cómo explicarle que tenía que seguir adelante porque es lo que Hermione Granger siempre ha hecho. Helen estaría bien, de eso podría estar seguro.
-¿Cómo puedes decirme eso?- reprochó Harry, restando los metros entre ellos- Después de enterarme que te amenazan anónimamente y me lo ocultas, temo por todo, temo por ambas.
-No quería preocuparte, sólo es intimidación, nada pasará…
-¡Hermione, entiende que si algo te sucede yo…!- no pudo siquiera terminar la oración- Quiero que dejes el caso.
-No puedo hacerlo, dentro de unos días se efectuará la última sesión del juicio…
-¡Deja el caso, otro puede llevarlo!- la interrumpió importándole un carajo sus razones.
-Ya te dije que no puedo… y no quiero- el muchacho resopló, frustrado. ¡Qué terca podía ser esa mujer!
Se midieron con la mirada como centinelas, pensando en la mejor manera de hablar sin decir nada que pudiese ser irreparable. Harry se sentía invadido por la ira, nunca imaginó que sentiría ese tipo de emoción hacia ella. Para su mayor rabia, fue la decepción la que entró por la puerta ancha. No quería sentir eso pero lamentablemente le empuñó el corazón como un infarto. Desvió sus ojos lejos de Hermione, lo más lejos posible, no quería observarla porque sabía que lograría doblegarlo, besarla, amarla olvidando todo. No quería ser desconcentrado de su preocupación ni de su rabia que lo mantenía con los sentidos alertas. La muchacha, tratando de alcanzarlo en esos kilómetros que los separaron dentro de la cocina, hizo el ademán de acariciarle su mejilla machucada. Harry no lo permitió, alejándose de ella.
-Dormiré en la sala esta noche- sentenció duramente. Aquello fue como cortarle el aire de sus pulmones. La castaña ya no podía dormir si no era con él a su lado, mezclados en complicidad, amoldados en una simetría perfecta de piernas y brazos. Pudo sentir el frío penetrar sus huesos.
-Harry… - pero él no quiso escucharla. Salió por la puerta en silencio y se dejó caer en un sofá sumergido en la oscuridad de la noche…
