Chicos,

Siento el atraso pero ya saben que estas fechas son de correr y correr por todos lados, no tuve tiempo de escribir y como ya verán, necesitaba concentrarme.
Gracias a todos por sus comentarios y por seguir esta historia. YA LLEGAMOS AL FINAL!!!!!!! Debo decir que escribir esta historia fue muy entretenido, lo pasé muy bien, espero que ustedes también. GRACIAS POR ACOMPAÑARME!!

Quiero desearles FELIZ NAVIDAD atrasado y FELIZ AÑO 2009- que ojalá sea superior a este en todo sentido.

Muchas gracias de nuevo por leerme y nos estaremos encontrando en otra aventura.

Un abrazo y disfruten del viaje!

PD: Esta historia tuvo como inspiración una canción de Evanescence llamada "You"- si tienen la oportundiad de escucharla, espero que identifiquen ciertos detalles que leyeron en su letra.


XIV. Octubre – Milagros pueden ocurrir

Parte III

Harry casi se desbarató el cerebro tratando de concentrarse para Aparecer en el maldito Ministerio de Magia de una vez por todas. El desorden de sus pensamientos lo tenían trastabillando en deducciones acertadas pero desordenadas. Ese malnacido de Athos Greenwood estaba acechando a su castaña, había culpado a un muchacho de un crimen que no cometió y lo estaba haciendo pagar por un encierro que él debería estar sufriendo a cambio. Él era la silla antigua que tanta anomalía hacía en las fotografías de la cámara. Su sangre de Auror burbujeó de la impotencia y la rabia. Tenía que llegar hasta la oficina de Hermione y decirle lo que había ocurrido: su testigo estaba muerto entre los matorrales de Westbury Park, viéndose como una parodia retorcida de un muñeco en desgracia.

Corriendo por los pasillos ministeriales, el ojiverde no se molestó en esquivar a nadie. Mentalizado en la puerta que llevaba el nombre de la muchacha, muchos magos lo saludaban al pasar pero él ni siquiera les respondió debido a su frenética carrera. Una vez en el Departamento de la Aplicación de la Ley Mágica, Harry cogió el pómulo de la puerta para girarla violentamente e invadir el despacho como un soldado en redada. Estaba vacío. Sólo silencio. Sobre el escritorio reposaban papeles y fotografías que demostraban que de nuevo Hermione estuvo sumergida en sus investigaciones con más tenacidad de la recomendada. ¿Dónde estaba ahora? ¿En la Sala del Tribunal? Tal vez sí, platicando con Kingsley o debatiendo con la maliciosa de Mafalda. Debían estar argumentando ferozmente para ver quién de las dos triunfaría en ese caso tan intrigante.

Impulsado por una fuerza superior que parecía emerger desde el fondo de la tierra, Harry se dirigió hasta el cuarto de retención donde, sentado en la solitaria mesa al centro de la sala, estaba Ian mirando sus manos con la vista nublada y cansada. Al escuchar la puerta, el chico se puso de pie viendo que el Jefe de Aurores había llegado con el rostro lívido. Algo le dijo que traía noticias importantes. Harry se decepcionó al no encontrar a su castaña allí… ¿Por qué no estaba con su cliente? ¿Dónde se había metido? Los dos magos que cuidaban del acusado, miraban a su superior como si esperasen que en cualquier minuto cayera al piso por un colapso cardíaco. Nunca lo habían visto en esa actitud tan urgente. Preguntó por Hermione consiguiendo justamente la respuesta que no quería escuchar. Ian frunció el ceño y apretó su mandíbula demostrando tener la misma corazonada que el moreno.

-¿Qué ha sucedido?- preguntó.

-No puedo explicártelo ahora, tengo que encontrar a Hermione.

-No está aquí- dijo la voz de Mafalda, entrando al cuarto con total desenfado- Fue al banco Gringotts…- Harry sintió que casi se le sale el corazón del pecho gracias al latido lacerante que lo desequilibró. La bruja sonrió al verlo tan afectado echándole más sal a la herida abierta. Agudizó- Creo que fue a buscar a ese duende que debía atestiguar y que no ha llegado aún. Fue sola y la vi muy molesta… en mi opinión, una actitud muy imprudente en su estado.

-Tengo que ir por ella- fue lo único que Harry logró decir en respuesta. Mafalda frunció el entrecejo notando su desesperación- ¿¡Cómo pudo ir así nada más!?

-Le dije que la sesión recomenzaría pronto y que era mejor que no fuese, pero no me hizo caso, ya la conoces. Estaba decidida a traer ella misma al duende aunque fuera a la fuerza.- Esas palabras consiguieron ser muy bien ilustradas por la imaginación de Harry. Hermione era muy capaz de no escuchar a nadie, mucho menos a su rival, al momento de tener algo metido en la cabeza. Podía verla claramente saliendo del Ministerio sin medir consecuencias… ¿Y si era demasiado tarde? ¿Si habría caído en una trampa elaborada por ese maldito Alimentador de dragones? Después de todo, si pudo matar al duende para salvar su pellejo, muy bien podía acabar con la abogada que se había convertido en la piedra en su zapato, ¿Y por qué no? Estaba servida en bandeja de plata y vulnerable, nada más sencillo que una ofrenda voluntaria. El terror lo paralizó doblándose del pánico. A la muchacha a su lado parecía divertirle.

-¿Qué ocurrió, señor Potter? ¿La señorita Granger está en peligro?- insistió Ian, acercándose al Auror ahora pálido y con los labios amoratados.

Harry no respondió, toda una seria de imágenes insostenibles le envolvían el cerebro… ¿se cumplirían esas horrendas pesadillas que inquietaban sus noches? Hermione estaba introducida en el nido mismo de todo ese embrollo y tal vez sin saberlo… aunque eso lo descartó tajantemente. Su futura esposa no tardaría en descubrirlo, ella era una investigadora incomparable. Se dispuso a correr hacia las afueras del cuarto cuando su cuerpo se estrelló con un mago calvo y de ojos benevolentes. Kingsley Shacklebolt se había dirigido hasta el lugar para hablar con el joven McAlister antes de la reanudación de la sesión, pero su expresión cambió de golpe al ver a Harry allí y tan exaltado. Sólo lo veía así cuando algo terrible había sucedido. Trató de retenerlo para entender lo que pasaba, pero Harry no parecía reparar en que se trataba de una autoridad. Cuando pudo contenerlo unos segundos, exigió respuestas ante su actitud consiguiendo las explicaciones atropelladas del moreno. Le contó que Ian era inocente, que todo había sido una trampa para inculparlo de un crimen que no cometió, que sólo deseaban quitarlo del camino para robarle su fortuna y que el único testigo en el que Hermione depositaba su confianza era un duende llamado Sumizíuss que, desafortunadamente, había sido asesinado. Era obvio que el culpable se había ocupado de él para que no hablara luego de examinarse con los Desmemorizadores. Shacklebolt lo escuchaba atentamente, una atención que Mafalda renegó con una crispación molesta de su rostro. Estaba perdiendo el caso y era evidente. La simpatía que el ministro sentía por la castaña lo doblegaría ante sus hipótesis aunque ella desplegara todo su talento ante la Asamblea para hacerlo cambiar de opinión. De pronto, se sintió infinitamente frustrada, como si su esfuerzo había sido en vano frente aquella situación tan poco imparcial. Le parecía una inmensa falta de ética profesional.

-Si el señor McAlister no es el responsable, entonces…

-Es el Alimentador de dragones, Athos Greenwood- le afirmó Harry. Su seguridad se trasladó hasta el político, quien no tardó en asentir.

-¡Señor ministro!- exclamó Mafalda, agraviada- ¿Cómo puede creer en semejantes teorías infundadas? ¿No ve que tenemos al culpable que se oculta bajo su manto de chico ingenuo y maltratado? ¿Para qué un Alimentador de dragones cometería tal fechoría?

-¿Por qué no?- replicó el ministro- Después de todo, un Alimentador de dragones gana sólo siete Galleons a la semana…

Aquello derrumbó todo en Mafalda. Al escucharlo argumentar como tal vez lo haría la odiosa de Granger, supo que se había convencido de esos hechos recién descritos. No obstante, tenía que verlo con sus propios ojos, no renunciaría así como así a ese caso, quería estar segura de que Hermione efectivamente tenía la verdad entre sus manos porque de no ser así, se reiría en su propia cara del error que le costaría el puesto dentro del Departamento. Dejar libre a un culpable de sangre sucia por ir a capturar a un empleado del reconocido banco de los magos, no sería un buen antecedente dentro de su currículo. Reveló una sonrisa morbosa con sólo imaginarlo. Por esto mismo, después de que Shacklebolt les ordenara a los dos Aurores presentes que fueran hasta la Asamblea para poner al tanto a los miembros de lo sucedido, decidió seguirlos hasta el banco también.

-No necesito compañía- dijo Harry.

-Me preocupo por Hermione- mintió Mafalda, practicando su mejor mirada de inocencia.

-No puedes ir solo, estás muy alterado- agregó Kingsley- Además, recuerda que yo también fui Auror- Harry no quiso seguir perdiendo el tiempo. Sólo deseaba con todas sus fuerzas que la castaña al no encontrar al duende, no hubiese insistido al punto de bajar a las cámaras para encontrarlo. Aunque, muy a su pesar, una voz tronante le decía que era lo más probable...


Los pasos de Athos Greenwood hacia Hermione, eran contrarrestados por ella retrocediendo poco a poco. Con la mente alerta y todos sus reflejos de bruja talentosa despiertos, la abogada tenía muy a la mano su varita compuesta por madera de parra. Confiada en que sus conclusiones eran irrefutables, sólo podía estar pendiente de la mirada del Alimentador que se fijaba insistentemente en su vientre. Aún entre la penumbra de la poca luz reinante, podía distinguir muy bien en esos ojos profundos el brillo vencedor, centelleando, amenazando… ese tipo había conseguido lo que quería, tener a la defensora que le complicaba sus robos desvergonzados. Hermione buscaba la forma de extender el tiempo antes de que la atacase si pensaba hacerlo pronto. Intentó platicar con él hasta que alguien, con toda seguridad Harry, descubriese que algo no andaba bien y fuese en su búsqueda… "Por Dios, Harry, date prisa", exclamó la joven para sus adentros, tratando de no perder la calma.

-¿Qué necesitas hablar conmigo, Athos?- le insistió, sonando un poco más insegura que la primera vez. El aludido sonrió, jugueteando con su varita entre los dedos.

-Quería felicitarla- la muchacha enarcó sus cejas sin entender su respuesta. Greenwood continuó- Debo admitir que es una profesional entregada a su trabajo. Veo que usted tiene ese olfato objetivo de las sospechas certeras.

-Fuiste tú quien hizo rugir al dragón para que la cámara se cerrara con mi amiga y yo dentro, ¿verdad?

-Tenía la esperanza que la propia cámara hiciera el trabajo de eliminarla al extraer el aire rápidamente- convino el mago- Sin embargo, no consideré el nivel de magia que poseen usted y su amiga.

-Por eso decidiste ensuciarte las manos ahora - aventuró Hermione, con cierta acidez. Athos rió ante la valentía de esa abogada al hablarle con tanta confianza a pesar de sus desfavorables condiciones.

-Eso es un mero detalle… - la castaña debió dominarse para no sucumbir ante la expectativa. Temblaba de pies a cabeza y su hija se removía ligeramente como si supiera que debía mantenerse serena. "Mi pequeña Helen, todo saldrá bien", pensó con esperanza, tragando saliva amarga. Una interrogante de Greenwood la sacó de su pensamiento- ¿No quiere saber nada más?

-Sólo una cosa… ¿Por qué?- Athos rompió en una carcajada que resonó en toda la caverna de forma ahuecada y ruidosa. Hermione pudo sentir cómo se le erizaba la piel a causa de ello.

-No tiene idea, señorita Granger, lo que es trabajar aquí teniendo los antecedentes mágicos que tengo- respondió divertido, sonando casi como si fuese un viejo amigo de toda la vida- Por si no lo sabe soy un descendiente de sangres puras que por malas decisiones familiares terminó sin nada… recibiendo un sueldo nefasto, las órdenes de unos duendes mugrosos y el poco respeto que años atrás mi apellido ostentaba por montones.

-¿Pretendes recuperar prestigio robando la cámara de un muchacho inocente?- esa pregunta invadida de sorpresa, ironía y desprecio, logró ser una bala perdida en medio del pecho de Greenwood.

-Pretendo recuperar la fortuna que merezco- dijo, intentando mostrarse impasible- ¿Sabe lo que se siente saber que un chiquillo sangre sucia tiene en su cuenta bancaria lo mismo que mi familia poseyó durante años? ¿Entiende que no es correcto que una clase inferior…?

-¿Clase inferior?- interrumpió Hermione sintiendo sus entrañas arder de la furia.

-Pensé que sería pan comido- añadió el mago, ignorando su intervención- Un caso de asalto en manos de un joven sin identidad mágica natural y con la conocida Mafalda Weasley como abogada fiscal… resultaría muy fácil verlo entre los muros de Azkaban.

-Pero no contabas con algo…- contestó la castaña alzando su mentón. Athos alzó sus cejas- con que YO sería la defensora de Ian McAlister.

Esa seguridad y fortaleza lograron conmover al Alimentador de dragones. Aquella abogada era una mujer fuerte, de eso no cabía duda alguna, e inmensamente hermosa. Athos lamentó la situación en la que se encontraban pero no tenía otra opción. Había matado al duende que delataría la propiedad de la cámara y si debía romper más huevos para lograr su cometido, lo haría. Desafortunadamente se trataba de una joven embarazada, eso cambiaba un poco las cosas. No conocía los procedimientos legales, no conocía muy bien las capacidades de Hermione, sólo tenía algunas referencias de una abogada déspota y ésa era la otra litigadora del Departamento. Confió en que esa mujer de terrible reputación ayudara inconscientemente en su causa y no se equivocó. Mafalda haría lo imposible por ganar un caso aunque fuese una injusticia culpar o liberar al acusado.

El silencio invadió la caverna. El aroma de azufre era tan intenso que la castaña apenas podía retener sus ganas de vomitar. El estómago revuelto por el miedo y el olor, la tenían con los labios secos y las mejillas descoloridas. Athos la miró en todo su desplante. Quiso acariciar ese rostro angelical que tenía frente a él, tocar esa piel que se perfilaba suave como el mármol y besar esa boca fresca de mujer joven. Nunca se había sentido así con alguien cerca, mucho menos sabiendo que era una amenaza, tal vez por esa razón permitía unos minutos de plática antes de quitarle la vida, porque simplemente ella lo fascinaba. Dio un par de pasos más hacia la abogada y ella los retrocedió de nuevo sin dudarlo.

-¿Qué quieres de mí?- habló Hermione, angustiada.

-Sabe que debo acabar con usted- dijo Greenwood con total simpleza- No permitiré que salga de aquí sabiendo lo que sabe. Debería tranquilizarse, nadie vendrá en su ayuda.

-Te equivocas, Harry lo hará- el Alimentador no esperaba aquella afirmación. Observó mejor el rostro de su víctima y distinguió un indudable tono apasionado en su voz. Cayó en cuenta de algo muy importante. Fue como hallar oro en una sucia mina de carbón.

-Veo que Potter tiene un valor infinito para usted… ¿Acaso él es el padre del bebé que está esperando?- Hermione no respondió, sólo se limitó a apretar su mandíbula extinguiendo las palabras- Nada mejor que acabar con el fruto de un hombre para destruirlo por completo, más tentador si se trata del Jefe de los Aurores del Ministerio.

-¡No lo conseguirás!- le espetó la joven provocando ecos repetitivos a su alrededor.

La expectativa llenó la caverna de pronto. Hermione se preguntaba dónde estaba el dragón que ese hombre cuidaba en aquel sombrío lugar. Esperaba que le ordenara tragársela al menor movimiento pero parecía ser que Greenwood gozaba ante el hecho de martirizarla primero. La voz pastosa del mago conseguía asquear a la abogada, lo imaginaba como un hombre inculto, de ambiciosos y resentidos ideales que sólo servían para dejar en evidencia que la calidad de la sangre sólo valía una mierda. Ian era un chico bueno, castigado por las típicas injusticias de la vida que llenan de porqués pero de ninguna respuesta aceptable… ¿Servía de algo ser cumplidor, hacer el bien, mantenerse alejado de los problemas? Como muchos pensaban, era mejor comportarse como un cretino, pues así se pasaba mejor que ser de los correctos, aquellos que medían su existencia por temor a pagar los errores eternamente. El karma… no era más que un molesto zumbido de moscas para algunos.

Como si de un momento a otro Hermione adoptara las habilidades de un gato salvaje, Athos blandió su varita dando la conversación por finalizada y lanzó un maleficio en contra de ella sin dar en el blanco. La joven lo esquivó diestramente sorprendiéndolo. Tenía todos los músculos tensionados, había adquirido una soltura inesperada, aceitada por la adrenalina que consigue hacer de las capacidades humanas superpoderes. Hermione sacó su propia varita desde el interior de su capa y respondió el ataque con un hechizo que reventó a un costado de la pared de piedra muy cerca de su objetivo. Greenwood comprendió que estaba ante una adversaria impresionante a pesar del volumen de su cuerpo maternal. La caverna era extensa, amplia y sin techo. Hacia arriba, podía verse el largo riel por donde los carros circulaban subiendo en espiral. Ese camino vertical, llevaba a los clientes del banco desde las cámaras de baja seguridad cerca del tope hasta el final del recorrido, donde residían las de alta y estaban Hermione y Greenwood enfrentándose. Parecía una fosa sin fondo viéndolo desde el comienzo. Los gritos de sus hechizos golpeaban las rocosas paredes como también los rayos luminosos que despedían chispas por todos lados. Ese reciente escándalo había destruido la serenidad del lugar y despertado al dragón, que estaba en alguna parte y gruñía ante tal interrupción de su sueño. Ninguno de los dos se percató de eso. Hermione seguía defendiéndose, desviando los maleficios y teniendo sumo cuidado de no tropezar debido al suelo tan disparejo.

El Alimentador realzó su lucha buscando la forma de penetrar las defensas de la castaña. Cada rayo era entorpecido gracias a los reflejos de ella y su vara virtuosa. Sin embargo, con la misma malintención de un cobarde sediento de triunfo, se decidió a apuntar solamente hacia el vientre de la abogada. Una y otra vez, arremetía con el objetivo de cansarla, de confundirla y dar justo en medio de su cuerpo cebado para dejarla fuera de combate. Hermione interpretó sus deshonestos propósitos perdiéndose en un mar de terror. Debía proteger a su hija con uñas y dientes, nada más importaba ya. Estaba por cumplir los siete meses, Helen aún era muy pequeña, pero si en caso de que algo le pasara, podían sacarla del abrigo uterino y brindarle expectativas de vida con cuidados intensivos. Harry sería un excelente padre aún sin tenerla a su lado. Daría la vida por su hija.

Cuando las luces de los hechizos la tenían completamente encandilada, el ataque de Greenwood cesó de repente. Tortuoso silencio acaparó los oídos de la muchacha y apretó más la varita en su mano. No lo veía frente a ella, la penumbra se había acentuado y cerró sus ojos un momento para acostumbrarse a la nueva oscuridad de la caverna. Para su mayor inquietud, escuchaba el bramido del dragón cerca, como si sólo los separara una pared pero estaba consciente de que estaba allí, acechando en algún lugar. Miró hacia las escaleras que la llevarían hacia las alumbradas cámaras superiores y sin vacilar, sujetó su barriga para correr hacia ellas y subir rápidamente. Lamentó que la Aparición no fuese posible en esas instalaciones, la alta seguridad que las protegía limitaba ese transporte siendo tan necesario en esos momentos. Cuando estuvo a sólo cuatro trancos de los peldaños, una zancadilla la hizo caer al suelo de manera estrepitosa. Al tumbarse de golpe, un pinchazo bajo el ombligo llevó a Hermione a gemir del dolor. La varita en su mano se escapó de entre sus dedos, reposando a pocos centímetros de distancia. La muchacha se arrastró con todas las fuerzas que le quedaban en sus extremidades para volver a encerrarla en su puño. Al hacerlo, giró sobre sí para enfrentar a Athos y gritó un maleficio que reventó las piedras que sostenían los últimos metros de riel en las alturas. El carro que quisiese descender hasta ellos, quedaría a mitad de camino como puente cortado. Greenwood quiso aprovechar que Hermione estaba derribada a sus pies y estrellar un hechizo imperdonable en ella pero no lo consiguió. La muchacha, soportando el dolor agudo de su vientre, movió sus pies como tijeras y lo desequilibró de su segura postura. El mago aterrizó en sus rodillas quedando a una estatura propicia para que la castaña le enterrara su varita en el ojo derecho cortando los nervios y sacándolo de su cuenca. El grito de Athos repercutió por cada recodo de la caverna, siendo acompañado por el rugido del dragón que al parecer estaba atado esperando ser liberado. Las llamas que soltó desde su hocico, se expandieron como un chorro de agua a presión elevando la temperatura en sólo segundos. Hermione reparó que estaban fuera de su alcance, pero eso no la dejó para nada confiada. Ya sabía dónde estaba la criatura y no eran buenas noticias.

El ojo de Greenwood quedó entre las piedras como una uva triste y solitaria. La sangre que empezó a brotar desde el hueco en su cara, salpicó la ropa de su dueño por todo el pecho. La joven al verlo, sintió que la boca se le llenaba de saliva del puro asco, obligándose a ponerse de pie para correr lejos de él. Athos apretaba la herida con la palma de su mano, tratando de controlar la hemorragia y el intenso dolor. Con su único ojo, vio que Hermione subía por las escaleras torpemente. Ignoró el ardor de su pérdida, apuntando hacia el escalón en donde ella apoyaba su peso. Lo reventó de un sólo rayo desde su varita haciéndola caer de regreso los cinco peldaños que había alcanzado a subir. Sin poder incorporarse aún, Greenwood estaba de rodillas presionando la cuenca vacía con su mano ensangrentada. Aprovechó la ira reanimada en el centro de su pecho y casi a ciegas, lanzó un hechizo hacia la caída abogada justo en la curvatura de su vientre. Hermione creyó que la había partido por la mitad. Esta vez, fue su propia sangre la que vio saliendo desde su entrepierna. Sentía la humedad caliente del río rojo que empapaba el suelo y le robaba las energías. El miedo por fin le había congelado las acciones.


Harry, junto con Kingsley Shacklebolt y Mafalda Weasley, llegó al banco de los magos irrumpiendo en él como un enajenado. Había muy pocos empleados esa tarde sumergidos en sus quehaceres, por lo que el moreno los ignoró peinando el lugar con su mirada. Los duendes intercambiaron susurros al ver a los recién llegados, sobretodo al mismísimo Ministro de Magia de pie en el vestíbulo principal. El político preguntó a un par de ellos por la abogada Hermione Granger, pero nadie sabía nada. Harry comenzó a perder la paciencia rayando al punto de tornarse violento… ¿Su castaña había bajado efectivamente hacia las cámaras? Sus manos temblaron ante la respuesta que se dijo a sí mismo y le urgió descender hacia las profundidades del banco cuanto antes.

-Iré con el encargado Grikbold para obtener alguna información de utilidad sobre este Alimentador de dragones y reafirmar tus conjeturas, Harry- dijo Shacklebolt.

-¿Y si todo está en regla, señor?- insistió Mafalda- ¿Y si esto no es más que una vil distracción para atrasar la sesión final del juicio?

-¡Tú eres la única distracción aquí!- le rebatió el ojiverde- ¡Hermione puede estar en peligro si tengo razón y tú buscas incansablemente argumentos para discutirlo!

-Soy una abogada al igual que Granger… deberías estar acostumbrado a nuestra tendencia de debatirlo por todo- comentó ella con sarcasmo. Harry no la quiso escuchar mirando hacia los carros que transportaban a los clientes hasta sus bóvedas numeradas. Su mente le llevó una imagen casi vivida de la castaña utilizando uno de ellos para bajar y supo que no se equivocaba. Se tornó mucho más ansioso.

A toda velocidad, el moreno reanudó su carrera hacia los rieles seguido por Mafalda, quien insistía en ver con sus propios ojos al supuesto verdadero culpable. Montaron un carro haciendo caso omiso de los duendes que exigían sus identificaciones o llaves para poder descender e iniciaron el trayecto casi a la fuerza. Los rieles rechinaron sacando chispas desde las ruedas metálicas. Harry añoraba que el carro fuese más veloz de lo que ya los conocía y se alegró de que el transporte chasqueara de repente aumentando su deslizamiento. No le importó aminorar el rumbo en las curvas, mucho menos en los tramos rectos. Parecía una montaña rusa que tenía a la fastidiosa de Mafalda con los labios apretados del miedo. Miraba hacia abajo, notando que el cavernoso sitio confundía la vista con la oscuridad de su abismo. Las cámaras de alta seguridad estaban muy bien resguardadas.

Harry oía a la perfección el murmullo de unos gruñidos. El dragón estaba despierto y aquello casi le seca las venas del pavor. Recordó la última vez que estuvo allí, tratando de recuperar un objeto valioso mientras que casi mueren tratando de escapar. Habían pasado años de eso, pero aún le ponía la carne de gallina el evocarlo. Apretó el carro con sus dedos encogidos sacando de su capa la varita en la cual depositaba toda su confianza. Tenía que adquirir destreza y concentrarse para hacer las cosas bien. Si se dejaba llevar por las emociones al defender a su amada, muy bien podía terminar siendo el plato principal de aquel Alimentador codicioso e inteligente. Tuvo que admitir ese detalle importante... ¿A quién más se le hubiese ocurrido utilizar sus facultades mágicas como la conversión de su cuerpo para mezclarse entre los objetos de una cámara y poder robarla a gusto? Debió pensar en ello durante los inicios del caso, quizás todo sería diferente en ese momento, no estaría temiendo por la vida de Hermione y la de su hija. Pensó en Helen sintiendo la angustia de padre ahorcar su cuello. Moriría si algo les pasara, no podría volver a ser fuerte como cuando perdió a Sirius o Dumbledore… aquello era totalmente distinto. Ellas eran sencillamente su vida.

Cuando faltaban algunos metros para llegar a las cámaras más profundas, el aroma a azufre los llevó a cubrirse la nariz de forma instintiva. Estaban cerca y el humo reinante del aliento del dragón les volvió la mirada lagrimosa debido al escozor. No obstante, al avanzar otro par de metros, Harry reparó con su vista algo nublada, que el riel estaba cortado más adelante, habían destruido el camino de alguna manera y tuvo que detener el carro a pocos centímetros. Mafalda soltó un grito al ver que casi caían precipitadamente por ese bache extenso. Harry no se molestó en calmarla viendo la forma de seguir bajando. Barajando otras opciones, el joven Auror miró hacia abajo y vio entre la débil oscuridad a un tipo arrodillado, al parecer tomándose el rostro con las manos. Frunció el ceño adivinando que se trataba del maldito Alimentador de dragones. Buscó a Hermione con la mirada pero desde donde estaba, le era difícil ver la caverna en todos sus ángulos.

-¡Greenwood!- le gritó Harry desde el carro detenido, el eco de su voz rebotó por doquier- ¡Estás bajo arresto! ¡Será mejor que te entregues!- Pero el mago no tenía ninguna intención de hacerlo. Con su rostro ensangrentado, apuntó hacia las alturas lanzando un par de maleficios sin precisar en el blanco. Harry y Mafalda se cubrieron viendo pasar los rayos por un costado del carro, perdiéndose en la oscuridad.

-¡Será mejor dar marcha atrás!- dijo la abogada. Sin embargo, decidido y temerario, Harry no la escuchó poniéndose de pie desde donde estaba para luego brincar fuera del carro sin dudarlo. Cayendo hacia el vacío de los últimos metros, aterrizó con todo su peso sobre Athos Greenwood, quien nunca imaginó que haría algo así. Mafalda quedó con la boca abierta frente a tal arrebato impensado.

El muchacho sintió en sus piernas el golpe de la caída, pero el propio cuerpo del Alimentador lo amortiguó tratando de reducirlo fieramente. Ambos cayeron de espaldas al suelo, luchando por quitarse las varitas de las manos sin darse tregua entre golpes y maldiciones. Cuando dispuso darle un golpe en medio de la quijada, Harry se dio cuenta de que le faltaba un ojo y eso le generó una arcada que lo distrajo lo suficiente para que Greenwood le diera un rodillazo en el estómago. El moreno quedó de súbito sin aliento. Gracias a ello, el Alimentador logró incorporarse para patearlo en el cuerpo. El Auror dejó escapar un gemido de dolor que retumbó por toda la caverna al tiempo que era tomado por las solapas de su capa y arrojado contra una pared rocosa como si fuera un muñeco de trapo. Con la mirada aturdida y de boca sobre las rocas, Harry trataba de vislumbrar a Hermione entre los enormes peñascos sin lograrlo. Tenía que asegurarse de que estaba bien, que no había llegado demasiado tarde. Si Athos estaba herido de esa forma, debió ser la castaña quien lo hizo para defenderse y sonrió al pensarlo.

-No pudieron dejarme tranquilo ¿verdad?- dijo Greenwood, mirando al moreno con rechazo- Tú y tu maldita mujercita tenían que meter las narices en donde no les incumbía. Un inocente más en Azkaban, ¿Qué más daba?

-¿Dónde está Hermione?- la voz de Harry se oyó entrecortada, limpiando un poco la sangre que salía por la comisura de su boca.

-Por ahí, desangrándose… - respondió, con el mismo desdén de alguien sin corazón.

-¿¡Dónde está!?- insistió el chico, levantándose esforzadamente.

-Tuve razón al suponer que eres el padre del hijo que espera- dedujo Greenwood- Lástima que por su irresponsabilidad no vayas a conocerlo… le advertí hace tiempo que tuviese cuidado con entrometerse en mi camino, pero no me hizo caso.

Harry gritó el "Sectusempra" aprendido de Severus Snape y lo envió hacia el Alimentador para callar su maldita boca. Para su mala suerte, el rayo fue esquivado por Greenwood pero siguió su camino explotando en algo que estaba escondido en un lejano rincón oscuro. El rugido del dragón hizo temblar la caverna y Harry supo que no estaban solos allí. El sonido metálico de la cadena que lo ataba, generó una ligera tranquilidad en el Auror, aunque lamentó haberlo herido. La criatura mágica recibió el impacto del hechizo perdido, sangrando en una de sus patas escamosas. Desde su hocico, no tardó en escupir fuego refulgente que casi chamusca al ojiverde como un trozo de carne en barbacoa de no haberse apartado en el momento justo. Greenwood, cansado de esos entrometidos, decidió usar esa carta y liberar al dragón por fin. No obstante, al apuntar hacia las cadenas para cortarlas Harry arremetió con un "Depulso" que rechazó al Alimentador de bruces sin poder completar sus intenciones. Supo de inmediato que el amor de padre era muy difícil de vencer…

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Mafalda decidió regresar en el carro y bajar por las largas escaleras de piedra. Se dio cuenta finalmente que Hermione tuvo razón todo el tiempo y odió admitirlo. Ese Alimentador de dragones le había arruinado el mejor caso que pudo haber ganado con facilidad. Poner a ese chico McAlister tras las rejas no habría sido complicación alguna, pero lamentablemente Hermione había insistido y no sucumbido ante su acuerdo de declararlo culpable a cambio de una sentencia más indulgente. Peldaño a peldaño, el enfado de Mafalda fue en aumento. Cómo le desagradaba esa castaña, tan creída y mal genio… no entendía cómo su querido primo Ron pudo enamorarse de ella, cómo Harry Potter se había fijado también en ella… ¿Acaso tenía un embrujo secreto para los hombres? Desde que habían sido estudiantes en Hogwarts que nunca se simpatizaron, ahora compitiendo ante un tribunal, el odio recíproco de ambas repercutía en todo lo que hacían.

Después de un último rellano, Mafalda pudo escuchar cómo Harry gritaba hechizos en contra de ese Greenwood. Se asomó sutilmente para no ser vista y admiró los movimientos ágiles de los dos magos en combate. Se preguntó dónde estaba Hermione oyendo muy cerca lo que parecía un gemido gutural casi imperceptible. Desvió su mirada hacia el origen y vio a pocos metros de ella, un cuerpo maltrecho derribado sobre las rocas. Las sombras de la caverna abrigaban a la castaña, quien respiraba cortado y se retorcía del dolor. Mafalda la quedó mirando acercándose a ella lentamente. Pudo ver que de entre sus piernas, una hemorragia de sangre salía como llave abierta. No supo cómo reaccionar, pero se asombró a sí misma ante el hecho de importarle un carajo. Hermione abrió sus ojos poco a poco y vio a su rival mirándola con desprecio.

-Ayúdame…

-Qué tonta fuiste, Granger- le recriminó la abogada, cruzándose de brazos.

-Mafalda… ayúdame, por favor…

-¿Por qué debería?

Hermione sentía lágrimas tibias correr desde sus ojos hacia su cabello ondulado y sudoroso. El miedo no la dejaba pensar con claridad, el dolor que empuñaba sus entrañas sólo le secaba la boca acelerando su corazón. Temía perder a su hija, cerraba sus piernas como inútil intento de retenerla con ella, de cerrar ese grifo espantoso que expulsaba de ella la vida que amaba. Harry se enfurecería mucho más, lamentó que las cosas estuviesen tirantes incluso antes de que todo aquello pasara. Se sentía inmensamente culpable por ser tan testaruda. Debió pensar como madre, no como abogada. En ese momento, yacía sobre rocas filudas clavándose en su espalda, apretando su vientre de manera necesitada y con una mirada fría sobre ella. Mafalda no mostraba ninguna intención de ayudarla…

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Greenwood se incorporó rondando sobre sí mismo para no ser alcanzado por un nuevo hechizo del Jefe de Aurores. Comprendió muy a su pesar, que ese chico de cabello azabache tenía el talento de un mago anciano, experimentado. Entendió que no era un simple chiquillo con trabajo de gente grande, tenía el instinto de ser un velador de los débiles. Una vez sobre sus pies, el mago apuntó hacia el dragón para lanzarle un maleficio y causarle molestia. La criatura no tardó en reaccionar lanzando nuevamente fuego por el hocico. Harry, con los reflejos de un felino, se refugió tras una roca que recibió de lleno las potentes llamas. El calor que emergió fue casi insoportable. Era como luchar dentro de una olla a presión. Entonces, mientras que el moreno esperaba a que el dragón agotara su suministro de fuego, el chico miró hacia su lado izquierdo junto a las escaleras. Su corazón latió vivazmente al ver a su castaña tirada en el suelo, jadeando, y Mafalda de pie a su lado, mirándola como si fuera una obra teatral. La rabia le sacudió el cuerpo.

De pronto, fue como si Harry adivinara las intenciones del dragón y se adelantó a sus acciones. La criatura de enormes dientes amarillentos, dirigió sus llamas hacia las brujas en el rincón contrario por lo que el ojiverde corrió hacia ellas cubriéndolas con un escudo mágico desde su varita. Harry sentía el calor contra la coraza blanquecina quemándose las palmas de las manos sólo con la sensación térmica. Reuniendo fuerzas, el joven arremetió en contra del dragón con un potente "Glacius". Desde la vara entre sus dedos, brotó un chorro de escarcha que entró por el hocico abierto del animal llegando hasta su tráquea. El dragón tosió repetidas veces en busca de su preciada facultad pero sólo humo salía de su interior. Greenwood crispó su rostro rojo de sangre. Harry no quiso darle tiempo para nada. Enderezando su postura, el chico apuntó hacia el Alimentador logrando desestabilizarlo. Al caer a tierra, el mago golpeó su cabeza con las rocas y casi pierde el conocimiento. Aturdido y desorientado, se levantó con torpeza tratando de mirar con su único ojo. Fue entonces que la cadena del dragón cedió. La criatura tuvo la oportunidad de desenvolverse dentro de la caverna a real antojo y fue directo hacia el trío de jóvenes a un lado de las escaleras. Harry trató en vano de interponerse en el camino cerrando sus ojos ante su brava decisión de ofrecerse como cena con tal de no dañar a Hermione. Sin embargo, algo milagroso aconteció. La varita de la castaña vibró en su mano rendida como si cobrara vida de repente. El dragón se detuvo confundido. La varita volvió a moverse reaccionando a un lenguaje intrínseco con ese animal de escamas brillantes. Parecían conversar y no resultaba lógico. Fuera lo que fuera que se hayan dicho, dio la impresión de que el dragón cambió de opinión volviendo sobre sus pasos. Greenwood, aún algo perdido entre los puntos cardinales, vio con horror que la inmensa criatura se dirigía con hambre hacia él. Trató de atacarlo con un par de maleficios pero no causó mella alguna. Con el enorme hocico abierto y los dientes dispuestos, el dragón lo engulló como un exquisito manjar. Harry pudo escucharlo gritar mientras los colmillos los despedazaban y prefirió mirar hacia otro lado aunque le hubiese encantado no hacerlo. Ese Alimentador por fin había hecho honor al nombre de su oficio.

Con el ímpetu de la batalla aún arañando su espalda, Harry dio media vuelta viendo que Hermione reposaba en el suelo sumergida en un charco de sangre. Fue la imagen más horrible que pudo presenciar en su vida. Ver a la joven tirada allí, gimiendo a causa del dolor que estrujaba su vientre, lo llevaba a sentir en carne propia las contracciones que la sometían. Se arrodilló a su lado acariciando su frente mojada por el sudor. "Pérdoname…", la escuchó murmurar y Harry apretó su mandíbula intentando no rendirse al llanto. Negó con la cabeza, no tenía nada qué perdonarle… si debía culparla por algo era simplemente por el hecho de amarla tanto que vivía a través de ella. Ignorando el dolor de sus quemaduras, el ojiverde tomó a Hermione entre sus brazos y la atrajo hacia su pecho como una niña. Corrió hacia las escaleras, subiendo los peldaños rápidamente. Tenían que salir de ese maldito banco para Aparecerse en St. Mungo lo antes posible…


Arthur Weasley llegó a la Madriguera con el rostro rayado de preocupación. Sus arrugas estaban mucho más acentuadas a causa de ello y Ron, quien pasaba un rato con su madre, se puso de pie desde el sofá en donde estaba sentado. Pudo adivinar que algo estaba pasando. Según la información proporcionada por su padre, se enteró que en el Ministerio estaban en proceso de liberación del chico llamado Ian. Hermione tenía pruebas de que habían actuado terceros en ese asalto y Harry lo había aseverado entregando datos que inquietaron a los magos de la Asamblea al enterarse. El pelirrojo preguntó por sus dos mejores amigos y fue entonces donde se contagió de la preocupación.

-Al parecer, Hermione fue a Gringotts en busca de un testigo importante- dijo el señor Weasley. Ron frunció el ceño inmediatamente.- Harry se dirigió hasta el lugar un poco después. Se cree que un empleado del banco es el responsable en ese caso.

-¿Y Hermione fue hasta allá?- preguntó Ron sin medir el volumen de su voz. Sin decirles nada, el joven cogió su abrigo desde el perchero y salió disparado hacia la entidad financiera. Tuvo el fuerte presentimiento que estaban en problemas sintiendo en su pecho el desasosiego típico de la amistad.

Se Apareció cerca del Callejón Diagon para correr entre la muchedumbre. El movimiento de día de semana siempre era abrumante en ese lugar, por lo que chocaba sus hombros con otros al pasar. Muchos volteaban al reconocerlo: "Mira, ahí va el Guardián de los Chuddley Cannons", pero Ron ni siquiera recordó el egocentrismo que lo había hecho presa desde hacía varios meses. Al llegar a la puerta principal del banco, el pelirrojo entró viendo que muchos empleados miraban en dirección a los rieles que daban hacia las cámaras. Parecían confundidos, dubitativos, preguntándose entre ellos por qué ese semejante escándalo. Ron preguntó qué mierda estaba pasando, dónde estaba el Jefe de los Aurores pero ningún duende se dio la molestia de responder. De pronto, Kingsley Shacklebolt salió a su encuentro, serio como estatua de piedra.

-¿Qué ocurrió? ¿Dónde está Harry?

-Bajó a las cámaras. Acabo de hablar con el encargado, Grikbold- dijo el mago pronunciando más la dureza de su rostro.- Estaba bajo la influencia del hechizo "Imperius". Creo que el culpable necesitó utilizarlo para algún fin determinado.

-Tal vez el de atraer a Hermione hasta él- supuso Ron dando en el blanco. El ministro alzó las cejas comprendiendo que la situación era mucho más preocupante de lo que pensaba.

-¡Ron!- la exclamación de Harry sonó tan rasgada que el corazón del pelirrojo se contrajo incluso antes de voltear y ver en las condiciones que estaba al salir de las escaleras.

Con Hermione entre sus brazos, inconsciente, sangrante e indefensa, el moreno corría hacia el vestíbulo principal generando la angustia de todos los que estaban allí. El pelirrojo notó en los ojos de su mejor amigo que una parte de él estaba destruida, fue como verlo caminando sobre brasas ardientes y descalzo. ¿Qué había pasado? ¿Por qué Hermione destilaba sangre por las piernas?... Fue hasta él escuchando a Harry decir un montón de palabras que salieron de su boca de manera estrepitosa. Greenwood, repetía ese apellido cada dos sílabas. Ron trató de tomar a la castaña para ayudarlo, lo veía herido y débil. Sin embargo, Harry no quiso soltarla. Se habían fusionado y Ron lo comprendió. Vio con sus propios ojos el amor que latía entre ellos entendiendo que siempre se habían pertenecido.

-¡Debemos llevar a St. Mungo ya!- dijo Harry. Shacklebolt, petrificado por el horror, despejó el camino hasta la salida del banco y la frescura del viento otoñal. Una vez afuera, Aparecieron sincronizadamente cerca del inmueble de salud mágica.

Entraron a toda prisa interrumpiendo la dinámica sosegada de aquel hospital. La recepcionista saltó de su asiento al verlos llegar sin saber qué hacer. Los sanadores desfilaron en escuadrón al escuchar los gritos de Harry exigiendo atención. Uno de los más fornidos medimagos, trató recibir a Hermione desde los brazos del moreno, pero éste insistía en no liberarla. Ron intentó de razonar con él de alguna forma pero no escuchaba a nadie. Sólo repetía el nombre de la castaña y el de su hija. Shacklebolt tuvo que ponerse brusco para que los profesionales pudieran hacer su trabajo. Tomó a Harry por los brazos apartándolo a viva fuerza entre empujones. Por fin los sanadores tenían a Hermione en su poder y se perdieron tras las puertas blancas de cuidados intensivos para no volver a salir durante mil horas tortuosas…


Luego de vivir la peor espera de toda su existencia, tratando de prepararse para cualquier noticia que saliera de esa habitación, recibiendo los consuelos de la gente a su alrededor, dopado por sus amigas para calmarse y dormir, estar dentro de ese cuarto a sólo pasos de la camilla en donde estaba Hermione, parecía surrealista. Tuvo miedo de acercarse y se quedó en la entrada admirándola primero a lo lejos. La distancia entre él y la camilla que soportaba el cuerpo de su castaña era de pasos gigantescos… ¿Cuándo fue que los metros se convirtieron en kilómetros de repente? Harry creía que delante de él no había más camino para recorrer, como estar detenido ante un abismo que al primer movimiento caería al vacío y moriría sin remedio. No le quedaban latidos en ese corazón que había bombeado sangre de manera muy inconstante, preso de una velocidad inestable que sólo desequilibraba su organismo. No era más que un despojo de humano en el umbral de ese cuarto.

-Adelante…- lo invitó el medimago a pasar pero él no pudo hacerlo. Se quedó allí varios segundos sin ordenarle a sus piernas avanzar por ese pantano fangoso y espeso que dificultaba su andar. No obstante, con toda la fortaleza que le restaba en los recodos ocultos de sus células, caminó con las manos empuñadas y tan lentamente como un octogenario.

Allí estaba ella, hermosa y ausente. Con sus párpados cerrados, labios serios y cabello derramado por la almohada. Era una sirena en un mar de sábanas, una visión de translúcida de perfección que siempre estuvo a su lado. La amaba, la amaba tanto que ya esa connotación no tenía sentido para él. Se debía inventar una nueva frase que reemplazara el típico y sobrestimado "Te amo" porque sencillamente no era suficiente. Harían frente a las adversidades, juntos… si es que la mala noticia salía desde algún rincón en donde se ocultaba para asaltarlos y robarles la felicidad como una maldita ladrona de simplonas cualidades. Cuando estuvo a menos de un metro de Hermione, el moreno estiró su brazo adormecido por las horas de tensión, para acariciar su frente despejada. Fue entonces donde Harry comenzó a llorar para soltar la piedra que pesaba en su pecho. Se acercó al oído de su amada y le habló en tono pausado.

-Mi amor… ¿Puedes oírme?- los segundos que tomó ella para abrir sus ojos fueron tan eternos como las horas que Harry pasó en la sala de espera, pero lo hizo y la alegría no cabía en el cuerpo del moreno.- Te amo… - confesó tiernamente- Siempre te he amado.

-Perdóname…

-No, perdóname tú por llegar tarde- Hermione, al oírlo, comenzó a llorar. El trauma de la lucha llegaba a su memoria gota a gota. Se estremeció y Harry la besó con suavidad en sus labios pálidos para luego mirarla intensamente- Cásate conmigo… prométeme que te quedarás a mi lado.

-No tienes que pedirme eso- respondió la castaña con voz gastada- Sabes que eres todo por lo que vivo… y por nuestra hija.

-¿Cómo está Helen?- al preguntarlo, el nudo en su pecho volvió a atarse. El medimago, enternecido por la escena que presenciaba desde el umbral de la puerta, se acercó a la pareja de padres.

-Ella está bien, la tenemos en una incubadora que preserva sus defensas- les informó- Es pequeña pero muy fuerte. Pueden verla cuando quieran.

Hermione estaba débil aún pero podía caminar. Sujetada por su futuro esposo, se dirigieron a la sala en donde estaba Helen conociendo lo que era el mundo exterior, familiarizándose con su entorno fuera del abrigo uterino. Ambos jóvenes se acercaron a esa caja de cristal que la encerraba como un tesoro y entre mantos blancos la vieron. Diminuta, de piel delicada, labios arrugados y ojos bien cerrados. ¡Cuánto la habían esperado! ¡Qué ansiedad tenían esos padres primerizos de conocerla por fin!, Harry y Hermione introdujeron sus manos por los huecos a los costados para tocarla, sentirla. Era suave como la espuma, tan frágil que asustaba sobremanera. Ninguno de los dos pudo contener las lágrimas. Ella era un milagro, todo lo que había pasado resultaba ser un milagro. Cuando Harry recordó lo que hizo la varita de la castaña le preguntó el motivo de aquella reacción. Su siempre sabelotodo le sonrió deduciendo que se debió por el núcleo de su arma mágica: Nervios de corazón de dragón y madera de parra. Tal vez eso generó una conexión con la criatura que los ayudó favorablemente y sin tener idea. El moreno suspiró agradecido volviendo la mirada sobre su hija.

-Es hermosa ¿verdad?- dijo Hermione admirando a la pequeña. Harry asintió abrazándola por la espalda.

-Y nuestra- añadió simplemente abarcándolo todo en dos palabras. Se besaron y la niña se removió moviendo su brazo vestido por una pulsera que decía: "Potter Granger" en grandes letras cursivas.

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