Nota: ¡Hola! Gracias por el apoyo, como siempre :) Este es un capítulo un poco diferente, ya veréis por qué. El estilo es un poco distinto de lo normal, pero espero que lo disfrutéis de todos modos :D
Desenmascarada - Capítulo Intermedio I: Tú, mi Luz
La primera vez que él la vio, ella brillaba como una estrella moribunda.
Cuando la vio por primera vez, ella luchaba contra enemigos imaginarios, llorando y maldiciendo, y a veces dejando escapar sollozos y palabras de dolor. El fuego negro consumía la hierba alrededor de sus pies, derritiendo el suelo bajo la muchacha, literalmente cristalizándolo.
Su apariencia era tanto la de una todopoderosa deidad y un monstruo asesino. Misho la observó durante algunos segundos, preguntándose si se trataba de un sueño. El chico se pellizcó la muñeca, soltando un gritito al notar el dolor.
Vale, quizá era algún tipo de alucinación. A él se le solían olvidar los efectos secundarios de algunos productos químicos, por más que el resto de su familia acabara estresada debido a las transgresiones en las normativas de seguridad.
Él sólo quería un poco de aire fresco, tras largas horas de insomnio. Aunque la puerta del refugio era bloqueada cada noche, había aprendido a colarse dentro y fuera de sitios cerrados. Era la única manera de evitar las restricciones de los adultos.
Misho encontró a la chica tras oír el extraño sonido de campanas, que siguió prontamente. Ella brillaba como el sol, era casi imposible mirarla sin entornar los ojos. Su pelo rosado flotaba en las violentas corrientes de aire, ojos jade brillando con lágrimas de rabia y pena.
Largos hilos negros serpenteaban por su cuerpo, humeando lo que parecía ser oscuridad pura. El chico las vio con facilidad, puesto que las ropas de la chica habían ardido hasta desaparecer. El sentido de la decencia le decía que no mirara, pero la visión había logrado hechizarlo en un instante.
Era como si ella estuviera bailando al ritmo de una canción salvaje. Sus movimientos eran caóticos y plagados de espasmos, cada uno de ellos provocando los tañidos de campana que había oído, con notas distintas cada vez.
Observarlo era como presenciar un fuego devorando un bosque, una avalancha o un tsunami; algo roto, o cayéndose a pedazos, hecho pedazos por el poder más puro e incontrolable. Una fascinación mórbida lo mantuvo en su sitio en la cima de la colina durante un largo tiempo.
—¿Misho? ¿Qué-?
El niño cubrió la boca de su hermano con una mano, sin apartar la mirada de la chica.
—No lo sé —respondió Misho.
No se había percatado de la presencia de Soma, demasiado fijado en la pelirrosa como para que le importase demasiado. Su ausencia no había pasado desapercibida, fue todo lo que pensó.
Tras un suspiro resignado, el otro chico se sentó junto a él. Siempre que Misho tenía dudas respecto a algo, podía contar con Soma para ayudarle a entender, analizando cada detalle con cuidado. Ésa es la ventaja de tener un prodigio como hermano, solía pensar.
Ambos observaron en silencio, el espectáculo de los movimientos de la chica desarrollándose no muy lejos de ellos. El fuego negro oscureció su visión conforme pasó el tiempo, hasta que ya no podían ver nada más que un borrón que hacía que las piedras acabaran rotas y fundidas.
—Creo que ya se le ha pasado —comentó Soma. Sus palabras rompieron el hechizo que había caído sobre ellos. El menor se levantó y desempolvó la ropa.
Misho parpadeó; el fuego negro había desaparecido y ahora la chica estaba tendida en el suelo, inconsciente. Quería andar hacia ella, pero la mano del otro chico se cerró de pronto en torno a su muñeca, impidiéndole escabullirse.
—No te vayas solo otra vez, ¿vale? —susurró Soma. Luego procedió a golpearle en la cabeza y darle un fuerte abrazo.
Misho asintió y retornó el gesto, sintiéndose culpable ahora que sus pensamientos estaban de vuelta a la normalidad. Su hermanito siempre lo había querido mucho y se preocupada por su bienestar. Por supuesto que se dio cuenta cuando desapareció en medio de la noche.
—Deberíamos volver y explicar esto —añadió Soma cuando se separaron, echando un vistazo a la figura apenas visible de la chica—. Parece una persona normal.
Misho no quería marcharse. Algo en ella parecía irreal. ¿Y si desaparecía?
—La vigilaré —replicó, sus ojos expresando su secreta preocupación.
Su hermano siempre entendía cosas que nadie más lograba siquiera notar. Y aunque Soma respetaba bastante las reglas y precaución, siempre estaba dispuesto a ayudarle. Así que, obviamente, lo único que dijo ante esta noticia fue sacudir la cabeza y rodar los ojos, diciendo que estaría de vuelta pronto
Ambos sabían que Misho caería presa de su propia curiosidad y se acercaría a echar un vistazo a la chica. Aún así, su hermano parecía creer que ella no era peligrosa, y él habría confiado a Soma su propia vida.
Esperó hasta que el otro muchacho estuvo fuera de vista, para trotar desde su escondite y hacia ella. El aire estaba caliente y tenía que evitar las partes del suelo que estaban derretidas o todavía quemándose.
Si tuviera que compararlo a algo, sería la sensación en la atmósfera justo después de la caída de un rayo: cargada.
La verdad, podría comparar la experiencia entera a eso: destructiva pero bella, breve pero con intrincado detalle, con el poder suficiente como para marcar la tierra y el aire a su alrededor. Dejando una marca, justo como ella había hecho.
Viéndola de cerca, a Misho le sorprendió que la chica era muy joven. Ni siquiera tenía muchas curvas. La chica que había causado un impacto tan grande en el paisaje y en él… parecía extremadamente vulnerable, real.
La muchacha sujetaba una pluma negra en las manos, hecha un ovillo en el suelo que acababa de destruir. Las marcas oscuras cubrían su cuerpo entero, siguiendo un patrón que le recordaba, una vez más, al de un relámpago.
Estaba muy malherida, famélica y pálida debido a la pérdida de sangre. Tenía una miríada de heridas por todas partes, la mayoría llenas de infecciones purulentas.
Casi muerta, notó con preocupación. ¿Cómo había sido capaz de hacer todas esas cosas, apenas media hora atrás? Misho vio el pequeño dibujo en su frente: un rombo morado, entrelazado con las marcas oscuras.
Dubitativo, extendió una mano y apartó los desordenados mechones de pelo de la cara de ella, para ver con más claridad. Tenía la piel helada.
Supo que era un error cuando los ojos de ella se abrieron de pronto, su mirada saltando de un punto a otro en busca de peligro. Misho apartó la mano tan rápido como pudo, preguntándose qué haría la chica ahora. Parecía estar delirando.
Musitaba cosas otra vez, pero aunque Misho podía oírlas ahora que estaba cerca, no era capaz de entender una sola palabra. En cuanto la mirada de la muchacha se encontró con la de él, se desenfocó, su rostro mostrando un pánico intenso.
—Tranquila, por favor, estás a salvo —susurró el niño, en un intento en vano por calmarla. Ella no parecía estar escuchando, su figura entera sacudida por temblores y sus ojos cerrándose una vez más.
Misho tardó un momento en darse cuenta de que tenía que estar helada de frío. Se quitó la chaqueta y le cubrió el torso con ella, evitando tocarla tanto como le fue posible.
No era mucho, porque él era pequeño y ella no llevaba nada encima, pero era mejor que nada.
—No pasa nada, señorita —añadió el niño. La chica dejó de estremecerse y parpadeó unas pocas veces, sus ojos verdes reflejando su confusión y reflexionamiento.
—¿N-naruto? —musitó. Trató de levantar una mano hasta su rostro, pero le fallaron las fuerzas.
Sin la menor idea de qué es un "naruto", Misho sacudió la cabeza. La pelirrosa no pareció darse cuenta, susurrando la misma palabra una y otra vez. El chico podía ver su desesperación cuando ella trató de alcanzarle con la mano. Sin saber qué hacer, la sostuvo entre las suyas torpemente.
El chico estaba sorprendido por la firmeza del agarre, los fríos dedos de la chica cerrándose en torno a los suyos, más pequeños. Ella se calló, cerrando los ojos de nuevo y sus facciones cambiando a una expresión más pacífica.
Misho era incapaz de moverse, su mente llena de preguntas y su corazón latiendo un poco demasiado deprisa. Todo lo que hizo fue esperar hasta que Soma regresó con Mamá y Papá, un poco atemorizado de romper esta tranquilidad súbita.
La chica estaba inconsciente, su mano había perdido fuerza y apenas respiraba ya. La pusieron en una camilla, apartándola de él. El chico se dio cuenta de la otra mano de ella aún sostenía la pluma firmemente, mientras volvían a casa.
Qué persona tan extraña…
Su nombre era, en divertida coincidencia, Sakura Haruno. Era una kunoichi de Konoha y una famosa médico ninja. Casi legendaria, y ni siquiera adulta. Las habilidades de su familia entera palidecían en comparación con las de ella.
Y sin embargo, aquí estaba, echada en el suelo del sótano y apenas capaz de mantener su corazón en marcha.
—No sobrevivirá mucho más —anunció Mamá, después de que la pusieran allí. Como siempre, ella hablaba de forma muy directa—. Tenemos que ir al hospital, así que será vuestra tarea evitar que sufra.
Misho notó la mueca de su hermano, una expresión que solía hacer cuando estaba pensando. No tardó mucho en dar voz a su duda.
—¿No podemos "dormirla" y ya? —preguntó Soma, dirigiéndole una mirada de disculpa a su hermano, pues era consciente de la fascinación que Misho sentía por la chica.
Mamá sacudió la cabeza, sin inmutarse.
—No tenemos los químicos necesarios. Dijisteis que causó un poco de destrucción, y si el balance de su cuerpo se rompe, podría pasar de nuevo. Limitaos a mantenerla sedada con las cosas que os dijimos que usarais para que no le queden fuerzas —añadió ella. La médico abrazó a sus hijos y se volvió hacia su esposo.
Cuando ella y Papá se fueron, Soma se volvió hacia Misho con un aire severo.
—Mienten —anunció, apretando los dientes—. Hay muchas maneras de poner a alguien fuera de su miseria.
Misho echó un vistazo a Sakura y le rozó la frente con los dedos. Seguía estando fría… pero al menos, estaba viva. ¿Por qué mentirían Papá y Mamá? Rara vez mantenían cosas en secreto, así que lo que sea que esto fuera, tenía que ser muy serio.
—Creo que quieren mantenerla viva —añadió Soma, definitivamente mucho más adelantado que él—. Sakura es importante… pero no sé por qué dijo Mamá lo contrario. Nada de eso tiene sentido —continuó, abatido.
Su hermano pequeño tenía una gran admiración por sus padres, así que le dolía bastante el saber que no habían sido honestos. Misho estaba seguro de la validez de su juicio, pero se limitó a encogerse de hombros, apartando la mano.
Su conocimiento de los químicos complejos que Sakura necesitaba para poder morir sin dolor era prácticamente nulo, así que no había notado la falta de lógica en la situación.
—Bueno… Mamá sí que dijo que teníamos que cuidarla. Creo que no hay nada malo en hacer eso.
Soma asintió, comenzando a formar un plan en su mente. Misho se entretuvo con golpetear el suelo musicalmente usando los dedos, mientras esperaba. Tras algunos minutos, su hermano había decidido qué hacer.
Era simple, la verdad: intentarían evitar el sufrimiento de Sakura y su muerte. Tendrían que usar algunas de las drogas más fuertes, sobre todo calmantes, pero debería darles el tiempo suficiente hasta que Papá y Mamá regresaran y les dijeran la verdad.
Si Sakura se despertaba, no tenían que evitar a toda costa decirle cómo de mala era su situación real.
Los siguientes días, sin embargo, demostraron ser un poco más complicados de lo que habían anticipado.
Misho y Soma habían estado charlando sobre los médicos más raritos de Yu. El mayor estaba seguro de que sus imitaciones eran perfectas, su hermano pequeño riéndose hasta llorar.
Y entonces, Sakura gritó, dándoles un susto de muerte. Era un aullido de puro miedo y dolor; a pesar de las drogas, la mitad superior de su cuerpo se levantó y sus ojos se abrieron.
No había fuego, pero el humo oscuro la envolvió con un aura maligna. La atmósfera cambió de inmediato, cargándose como si una tormenta estuviera a punto de estallar. La extraña energía envió escalofríos por el cuerpo de Misho. Como ciervos cegados por los faros de un coche, ambos hermanos eran incapaces de moverse.
Los ojos de Sakura estaban centrados en un lugar indefinido, sujetándose las piernas con las manos tan fuerte que provocó sangrado. Lo que fuera que estaba experimentando debía de ser terrible.
Había historias de cómo la chica había sido atravesada por una espada envenenada… y apenas había reaccionado. Esto tenía que ser algo en un nuevo nivel de dolor.
Soma logró reaccionar y salió corriendo de la habitación, probablemente en busca de la droga más potente que tenían. Misho vio una de las manos de la pelirrosa soltarse y tratar de alcanzar en el aire. Por algún motivo, sabía exactamente lo que Sakura buscaba.
Cuando su hermano volvió a la habitación con no menos de tres jeringuillas, encontró a Misho arrodillado junto a Sakura. Sujetaba su mano y respiraba pesadamente. Dolió por un momento, pero una vez que la mirada de la chica encontró la suya, se calmó y acostó de nuevo.
Obviamente, su hermano tardó menos de cinco segundos en soltar los objetos que llevaba y darle un golpe en la cabeza. Misho sonrió, pero se sentía muy cansado de pronto. Soma observó cómo se echaba junto a ella, aún sujetando su mano.
El menor de los hermanos suspiró y arrastró una manta pesada hasta ellos, sentándose junto al saco de dormir y usándolo para cubrirlos a todos.
—Gracias.
Misho recibió un golpe flojo en la cabeza como respuesta.
Durante los siguientes días, se vieron forzados a mantener una cierta distancia respecto a Sakura cuando era posible. La energía que llenaba el cuerpo de la chica y el aire a su alrededor era peligrosa. Quemó unas cuantas mantas, su propia ropa prestada, jeringuillas e incluso un poquito de la mano de Soma.
Misho insistió en encargarse de ella. Su hermano consintió, comprendiendo que su fascinación por la pelirrosa no había disminuido en absoluto. Era un acuerdo silencioso entre ellos: cuando uno tenía un interés especial por algo, el otro se apartaba de su camino.
—Se está… curando —musitó el chico, sorprendido. Soma se acercó para echar un vistazo, no muy convencido.
Sabían que la chica debería estar a las puertas de la muerte, pero contra todo pronóstico… no sólo estaba lejos de eso. Sakura se estaba recuperando.
Durante los últimos días, había empezado a murmurar cosas mientras dormía, en mayor parte palabras extrañas de las que no sabían nada. Y ahora, estaba casi lista para despertarse del todo.
Y lo hizo, con una risilla divertida. Aparentemente, escuchó cómo los dos hermanos discutían casualmente sobre si estaba dormida o no. Solían entretenerse de esta manera cuando no tenían nada mejor que hacer, así que esta fue la respuesta a sus dudas.
Soma dejó que Misho se hiciera cargo de la situación, manteniendo la distancia. El mayor pronto regresó a su alegre y despreocupado comportamiento, a causa de felicidad genuina.
Pronto se hizo amigo de la pelirrosa, que parecía aceptar su atención sin problema. La única mentira que tuvieron que contarle fue sobre por qué se habían ido sus padres.
La admiración creciente de Misho no parecía estar siquiera cerca de su límite. La única manera en que él podría haber descrito a Sakura era "genial". Era una extraña mezcla de héroe y hermana mayor.
Se dio cuenta de que Soma había estado callado últimamente, probablemente porque ahora no tenía a nadie con quien hablar a menudo. La solución fue incluirlo en la fiesta sin pensárselo en absoluto.
—No puedo quedarme algo tan bueno sólo para mí —rió Misho, mientras su hermano esbozaba una sonrisa.
La recuperación de Sakura era impresionante, tenían que reconocerlo. Estaba caminando y decidida a regresar a la normalidad lo antes posible. La mayoría de la gente necesitaría semanas para mantener una conversación fluida, pero ella… ella simplemente se negaba a rendirse.
Incluso entonces, sus sueños solían estar plagados de horrores nocturnos. Lo sabían, porque ella gemía de dolor y susurraba. Las marcas oscuras de su piel reaccionaban a su estado, humeando cuando no se sentía bien. Habían decidido llamarlas "gusanos negros" y, extrañamente, ella no podía verlas.
Misho pasó muchas noches a su lado, sin importarle el peligro, sujetándole la mano. Siempre acababa agotado y a veces sus dedos acababan marcados por pequeñas quemaduras, pero era la única manera de calmarla. Si ella era consciente del gesto, no decía nada.
A veces ella estaba en un estado aturdido, perdida en sus propios pensamientos. Incluso si las drogas no eran suficientemente fuertes como para mantenerla inconsciente, era probable que su habilidad para mantenerse alerta sí se veía afectada.
Él ya estaba acostumbrado a la tendencia de Sakura a dejar de hablar en medio de una frase y largos períodos de silencio.
Otra cosa empezó a preocupar a Soma y a él: Mamá y Papá estaban tardando un tiempo muy largo en regresar. Ya deberían haber vuelto… La insomnia de Misho le impidió dormir tras un día de mucha preocupación, así que pensó que podría salir a dar un paseo.
Se encontró con la kunoichi y decidió que aquél era un buen momento para hablarle de la idea de ambos hermanos de volver a casa.
Sakura estaba decidida a ir a Yugakure pronto, así que él sugirió ir juntos. Incluso tenía el razonamiento preparado, tras haberlo debatido con Soma, cuando intentaron formar un plan para tratar de contactar con sus padres. Tras considerarlo profundamente, la chica aceptó de mala gana.
Misho corrió, luchando contra los intentos de Soma para impedírselo. Sakura estaba… perdiendo el control. Algo sucedió, quizá un detalle que se les escapó, causando una reacción que provocó que su estado se volviera como aquél en que estaba cuando la encontraron.
Excepto que esta vez estaba luchando contra los médicos de Yugakure. Y a juzgar por el estado de sus cuerpos, estaban a punto de ser literalmente derretidos.
—¡Sakura! —gritó, tratando de llamar su atención. Si tuviera un único momento, para sujetarle la mano… eso siempre funcionaba. Tenía que funcionar.
La chica se volvió hacia él, sus ojos nublados por la locura. Misho se quedó helado en su sitio. Ésa mirada… no se parecía en nada a ella. Era temible y mala y rota.
Tembló de temor, sintiendo su dolor y rabia cuando éstos fueron irradiados hacia él. Era casi físico, y cada fibra de su cuerpo dolía. Al menos, la pelirrosa había parado de atacar…
Misho cerró los ojos y extendió el brazo, abriendo la mano para ella. Si esto no funcionaba…
Para su sorpresa, el chico podía sentir su aproximación, la ira asesina casi desaparecida por completo. Los dedos de Sakura rozaron los suyos, lanzando un chispazo de chakra a través de su cuerpo. Cuando sus manos se juntaron, se sintió como si el mismísimo fuego negro le hubiera invadido las venas.
Pero Misho no la soltó. En lugar de eso, la sujetó todavía más fuerte. En el tenso silencio que los rodeaba, escuchó a Soma boquear.
¿Se había quedado atrás a propósito, porque pensaba que el plan funcionaría? Había sonado como si estuviera depositando su fe en Misho para desarmar una trampa, esperando con una mezcla de esperanza y estrés.
¿Significaba eso… que creía en él?
El chico pensaba sobre muchas cosas respecto a la vida, sabiendo que podría acabar en cualquier momento… y por alguna razón, se sentía bien el saber que alguien pensaba que era útil. Incluso si era sólo para prevenir que Sakura hiciera daño tanto a otras personas como a sí misma. Tan bien…
Sus pensamientos se descarrilaron, su energía vital siéndole robada a un ritmo peligroso. Misho abrió los ojos cuando sintió que Sakura se desplomaba. Apenas tuvo tiempo de atraparla. El peso de la chica los mandó a ambos al suelo, pero al menos, la pesadilla acabó.
La paliza que Soma le dio tan pronto como la situación estaba definitivamente arreglada, le enseñó al chico la valiosa lección sobre por qué no preocupar a un hermanito de ésa manera.
—Quizá deberíamos mantenerla en una celda —ofreció Keisho. La vieja bruja estaba mirando la puerta de la habitación de Sakura con mala cara, brazos cruzados sobre el pecho.
Desde su escondite, Misho tuvo que cubrirse la boca. Maldecir en voz alta no ayudaría.
—No es seguro —replicó Riko—. Su sistema de chakra es un poco… inestable. Mantenerlo bajo control con sellos y drenaje podría matarla o causar una reacción violenta.
Esta mujer siempre hablaba con palabras raras… peor que Mamá, refunfuñó el chico, escuchando con atención para no perderse una sola palabra.
—No podemos dejar que vaya y venga como le apetezca… podría sospechar algo y volverse contra nosotros —respondió Keisho—. Parece ser que usar chakra para sedarla funciona como una medida desesperada. Si ataca, podemos-
—¡No es peligrosa! —estalló Misho, decidiendo que ya estaba bien de soportar esta cháchara.
Estas personas estaban hablando de Sakura como si fuera una especie de monstruo que había que mantener en una jaula, lo cual no podía estar más lejos de la verdad… No podía dejarles y ya.
Salió de donde se había escondido y miró a los tres médicos con desafío, retándoles a protestar. Considerando que todos eran bastante más altos que él, era seguramente una imagen muy divertida.
—¡Cállate, niño, vas a despertarla! —siseó el tercer médico, señalando la puerta.
Misho le sacó la lengua como respuesta. Como respuesta, el hombre alzó una ceja y se volvió hacia Keisho. Su nombre comenzaba con "Ki", eso es todo lo que Misho recordaba sobre él, pues no era nativo de Yu.
—¿No es ése el criajo que la mantuvo a raya? —preguntó el médico. En ése momento, el chico decidió que definitivamente no le caía bien.
La Líder de Yugakure asintió, fulminando a Misho con la mirada con tanta intensidad que se sintió forzado a tragar saliva. Bueno… quizá haya sido un poquito lanzado.
—Problema resuelto, pues —decretó el hombre, con un encogimiento de hombros casual—. Estoy segura de que ella confía en él. Dejemos un perro con ellos para detectar signos de una crisis y que el chico la vigile.
Misho parpadeó. ¿Estaba éste tipo ayudándole o burlándose de él? ¿Y por qué se molestaría, de todos modos? Habría querido que Soma estuviera allí para explicarlo todo… su hermano había sido prácticamente arrastrado lejos de él, tan pronto como entraron en el hospital.
Keisho aún tuvo fuerzas para discutir y el chico logró colar unas cuantas protestas en voz alta, pero al final le dejaron verla, acompañado por uno de los perros de terapia. Cierto es que lo tiraron de allí bastante rápido, pero al menos pudo comprobar que la chica estaba sana y salva.
Durante los siguientes días, se convirtió en la nueva sombra de Sakura. Bueno, no literalmente. No era sólo porque le dijeron que tenía que cuidarla, tampoco.
Misho sentía que se lo debía a la chica: era sólo debido a ella, que tenía la oportunidad de hacer algo de valor, por primera vez en su vida. Sin fallar terriblemente, dicho sea.
Pasaba tanto tiempo con la chica que no pudo ver a su familia durante bastante tiempo. Estaban ocupados en el hospital, también, pero al menos ahora ya no estaba limitado a intentar aprender medicina por su cuenta. Nunca salía bien.
Misho tenía la sensación de ser útil, por fin. Sakura apreciaba su compañía y cuidaba de él, a su vez. Estaba enferma y muy lejos de recuperarse del todo, mentalmente hablando, pero era mejor que nada.
Era increíble, tal y como demostró cuando su práctica comenzó. Incluso en su estado, la kunoichi era capaz de patear unos cuantos traseros. Iba todo bien, hasta que ella dejó de moverse de pronto y empezó a susurrar en voz baja de nuevo.
El chico sabía lo que iba a pasar antes de que el fuego negro y el humo la envolviesen del todo. Vio cómo los médicos junto a él palidecían, tensos.
Un segundo más tarde, Sakura atacó. Rápida como el rayo, salió disparada hacia adelante y acuchilló a su oponente con el brazo. El hombre no tuvo tiempo de reaccionar; fue golpeado hacia atrás y contra un muro, dejando una marca en éste.
Sangre volaba por el aire, el aura de Sakura llenando la atmósfera de la habitación como un mal augurio. Una tormenta a punto de caer sobre ellos…
Ella gritaba y hablaba a nadie en particular. Y comenzó a andar hacia el hombre al que acababa de atacar, inclinada hacia adelante y con los brazos colgando bajo ella. Parecía una marioneta controlada por fuerzas que sólo deberían existir en las pesadillas. Sakura…
Kiri logró reaccionar. Misho había empezado a conocer al hombre en los últimos días, pero nunca lo había visto tan serio. Invocó lo que tenía que ser una piscina entera de agua con un jutsu y cargó hacia la kunoichi. En breve, estaba envuelta en el líquido, flotando sobre el suelo y revolviéndose, tratando de escapar.
Misho no sabía qué hacer. El sentimiento de impotencia lo paralizaba. Era inútil. Todo lo que podía hacer era observar cómo Kiri lograba hacer que Sakura le escuchara, calmándola, inmovilizándola justo despuñes.
El agua se estaba convirtiendo en vapor a una velocidad alarmante, pero el shinobi logró aguantar lo suficiente, de puro milagro. Kiri la soltó y la pelirrosa cayó al suelo en medio de un chapoteo de agua.
—¡Para! —Kiri advirtió mientras jadeaba, cuando vio al chico correr hacia ella. El ninja todavía tenía la suficiente energía como para alejarlo de ella, justo cuando Sakura estaba extendiendo una mano hacia él…
Quería decirles que podía hacerlo, que esto era su tarea, su habilidad, la cosa que nadie más podía hacer… su cualidad redentora: ser útil a Sakura Haruno.
Y sin embargo, fue Riko quien acabó junto a la chica, tratando de averiguar qué hacer. No había nadie más en la sala además de ellos y el hombre herido, que gemía de dolor; el lugar estaba construido para impedir que el sonido se transmitiera al resto del edificio, así que lo que pasara aquí no sería oído fuera.
Sakura estaba asustada, se dio cuenta. Estaba muy, muy asustada de Riko, aunque Misho no sabía por qué. La teoría de Soma era que alguien le había hecho cosas terribles.
Ella intentaba bloquearlo en su mente, pero a veces perdía el control… y ahora estaba tan agotada que no tenía fuerza para eso, o para defenderse de amenazas externas.
La chica estaba indefensa, y lo sabía. Estaba completamente aterrorizada, en los pocos momentos en que estaba despierta. Nunca había visto a alguien tan asustado, y se preguntó qué podría haber hecho que se volviera así.
Nadie murió en el "Incidente del Gimnasio", como él lo llamaba. A Sakura le tomó algo de tiempo recuperarse, pero estaba tan determinada como siempre a recuperarse. La kunoichi incluso aceptó ser su maestra, y él puso todo su empeño en aprender las artes de los sellos.
Sakura era paciente y amable, a diferencia de las otras personas que habían tratado de ser sus mentores. A cambio, él intentaba ser el mejor estudiante posible.
Se dio cuenta de que la felicidad y aprobación de la chica hacía que él se sintiera contento. Esta era la sensación de la que Soma hablaba todo el rato; el lindo sentimiento que ayudar a otros proveía. Y ahora, estaba lográndolo. ¡Por su cuenta, además!
Ella todavía tenía pesadillas. No decía nada al respecto, pero él lo sabía. Misho le sujetaba la mano muchas noches y mañanas tardías, quedándose a su lado para asegurarse de que estaba bien. Ahora tenía algo que hacer, y estaba determinado a mantenerla sana y salva.
Siempre le habían gustado los perros de terapia de Yugakure, pero apenas tenía la oportunidad de pasar tiempo con ellos. Ahora, siempre había al menos uno con él. Si Sakura se sentía mal en mitad de la noche, los perros lo despertaban. Agradecía mucho su compañía y ayuda.
Sabía que había problemas en el hospital, porque los médicos iban de aquí para allá en un frenesí que no se detenía nunca, pero lo ignoraba. La chica estaba a salvo, y eso era casi todo lo que le importaba. Echaba de menos a Soma, Mamá y Papá.
Incluso si normalmente pasaban mucho tiempo trabajando, su nueva tarea le impedía verlos en absoluto. Fue sólo cuando una reunión fue convocada, que tuvo la oportunidad de verles de nuevo.
Soma lo arrastró consigo tan pronto como entró en la habitación, y se escabulleron mientras la atención de los adultos estaba centrada en Sakura. La primera cosa que su hermanito hizo, tan sensible como siempre, fue abrazarle con fuerza.
Le explicó algo terrible. Durante los últimos días, había reunido información sobre la importancia de Sakura, y averiguado que vieja-bruja-Keisho quería entregarla a un tipo con malas intenciones. El mismo, Soma añadió, que le había hecho tanto daño en el pasado.
Misho acabó temblando, sólo logrando un asentimiento mientras su hermanito (bendito sea su genio) ofrecía un plan de acción. Requeriría más mentiras, pero si la mantenía a salvo…
—Sé que es lo más importante que tienes —Soma musitó, mirándolo con una ligerísima resignación—. Quieres a Mamá, y a Papá, y a mí… pero somos tu familia.
Había aceptado… que quizá el corazón de su hermano mayor estaba alejándose hacia otro lugar.
—Sé que nos quieres, y nosotros te queremos, pero no puedes pasarte la vida persiguiendo nuestra sombra —añadió el chico, incapaz de contener las lágrimas un solo momento más.
Estaba citando las palabras de Papá sobre cómo Misho debería buscar algo a lo que dedicarse, incluso si era algo distinto al trabajo de su familia. ¿Estaba… diciendo adiós?
—Soma- —musitó Misho, sintiendo que sus propios ojos se estaban volviendo un poquito demasiado húmedos.
—No pasa nada. Lo tengo todo planeado —cortó su hermano, cubriendo la boca de Misho con una mano—. No tengo ni idea de qué puedes hacer para ayudarla, pero sé que puedes, Misho. Creo en ti.
Cuando la reunión acabó, se reunieron con sus padres. Según Soma, Mamá y Papá sabían todo sobre los planes para Sakura. Misho estaba solo para mantenerla a salvo.
Habló con ellos y se sintió feliz al saber que estaban bien. Genuinamente orgulloso de que Papá aprobara su elección de estudios, tuvo una idea sobre qué hacer.
Misho se inclinó hacia adelante y rozó la frente de Sakura con el pulgar. Fingir que dormía hasta que ella había caído en las zarpas del sueño no había sido muy difícil, pero aún estaba muy cansado. No había tiempo para recuperar el sueño perdido.
La piel de la chica estaba tan fría como de costumbre, el rombo púrpura contrastando con su apariencia pálida.
—Te salvaré —murmuró él.
Misho le echó un vistazo al perro una vez más; había sedado al animal, rogando por haber utilizado la dosis correcta, para que no se despertara durante algunas horas. Para entonces, él ya se habría ido.
Más tarde, estaba sentado bajo las estrellas, en el parque que él y Sakura habían visitado tantas veces. Muy cerca de su sitio favorito, de hecho. Con la espalda contra un árbol, trató de controlar su respiración y calmarse.
Tenía que admitir que estaba asustado. Sabía que su plan no era infalible, pero… era la única opción.
Misho recordó las raras sonrisas de Sakura; muchas veces, trataba de falsearlas, pero de vez en cuando una genuina aparecía en su rostro. Aquélla vez, ella salió de la habitación y cuando regresó, estaba en shock y silencio.
No parecía estar escuchando, pero él siguió intentándolo. Al fin, ella logró recuperarse: así fue como comenzaron sus lecciones de fūinjutsu. Parecía estar feliz de verdad, sólo por un instante, aunque Misho sentía que estaba tratando de contener una gran cantidad de preocupación.
Quizá Sakura no compartía sus problemas internos, pero él sabía que estaban ahí, tan seguro como estaba de que sus acciones la ayudaban. Se necesitaban el uno al otro, al menos por ahora.
Él era un punto de anclaje al mundo real para ella, siempre estaría ahí para asegurarse de que la locura no la devoraría por completo.
Y Sakura… era una de las personas más amables que conocía. Era linda y poderosa, pero sobre todo, su héroe. Porque ayudaba a los que lo necesitaban, incluso si parecían una causa perdida. Como él.
Era, en una palabra, impresionante. A veces daba miedo y se veía que estaba rota por dentro, pero seguía siendo bondadosa y atenta. Sakura… nunca se perdonaría a sí mismo si no intentara, al menos, protegerla.
"Esto es por ti, señorita-ninja."
Mantuvo la sonrisa de ella clara en su mente, mientras hizo un cortaba su pulgar y golpeaba el suelo con la mano, recitando el jutsu de invocación.
Nota: eso es, el punto de vista de Misho para tanto aclarar como liar un poco más las cosas :) Está centrado en Sakura, de una forma más simple, fragmentada e inocente (fui muy cuidadosa de evitar incluir las mismas partes de diálogo, excepto una línea). El siguiente cap será el comienzo de la segunda parte, de vuelta a la "normalidad".
Como siempre, comentarios de cualquier tipo son bienvenidos.
Hasta la próxima :D
