"BAJO LAS ESTRELLAS"

Por Zury Himura

Corrección: Claudia Gazziero


Disclaimer: La historia no me pertenece, este fanfic es escrito sin fines de lucro. 2. Cualquier parecido con algún fic, novela o película anterior es meramente coincidencia y se prefiere no profundizar en eso. 3. Se aceptan gustosamente solo reviews positivos. Favor abstenerse de críticas destructivas y comentarios grotescos. 4. Zury Himura se reserva el derecho de admisión de reviews mala onda. 5. Zury Himura ama todos por igual, muchas gracias por sus comentarios anteriores.


Capítulo 2: Desconocido.

I

Las palabras revoloteaban en su mente, la chica había dicho dos mil catorce, y por más que quería golpearse contra la pared y desaparecer esas alucinaciones, los hechos y ambiente le decían que no era necesario.

Todo estaba muy claro, los modernos artefactos, la forma de vestir de la joven y la extravagante arquitectura que había contemplado le sugerían tres cosas: se encontraba muerto y en un mundo espiritual, los remordimientos y malas pesadillas habían terminado con su estabilidad mental o… la joven decía la verdad.

—¿Qué es lo que pasa? —le instó Kaoru abandonando la pose de defensa—. Creí que probaríamos tus habilidades —enfatizó la última palabra dudando de que aquel chico se atreviera a levantar el boken.

Encontrando sarcasmo en su voz, Kenshin la desafió con la mirada. ¿Acaso aquella mujer no sabía quién era él? ¿Acaso su presencia no le infundía temor? Al ver que su escrutinio ocasionaba nada en aquella chica, levantó el bokenen señal de ataque.

—¿Mis habilidades? —preguntó divertido—. Probaremos las tuyas.

La pelinegra arqueó una ceja. —Bien, si insistes en subestimarme…

Kaoru asestó uno, dos, tres golpes y la velocidad incrementada del espadachín la descolocó de todo enfoque, luego gruñó al ver todos sus intentos fallidos.

—Ya, ¡Quédate quieto y deja que te dé un par de palmaditas, al menos! —rio mientras lanzaba otros dos golpes.

Una sonrisa casi fantasmal apareció en el rostro del ex samurái. Sin duda aquella chica era divertida, rara, pero divertida.

De repente vio a Kaoru venir y abrió los ojos anonadado. Lo que veía frente suyo ya no era la chica de coleta alta y ojos zafiro, sino Tomoe. Bajó el boken y esperó a que la mujer de cabellos negros y ojos vacíos llegara a su encuentro. Si matarlo era lo que ella quería a cambio por haber tomado su vida, así seria. Cerró los ojos al sentir la ráfaga de aire pasándole por un lado y morir justo contra su cuello.

Kaoru detuvo su ataque, algo pasaba con aquel hombre de apariencia extraña. Su postura ofensiva se había derrumbado y sus ojos habían ocultado la fiereza demostrada al principio.

—Tomoe… perdón —masculló con evidente pesadumbre en el rostro.

Desconcertada, caminó a su lado y posó su mano sobre el hombro del joven, demostrando compasión y consuelo. Sonrió suavemente. —Iremos adentro —le comunicó—. Estás mojado y necesitas cambiar tus ropas antes de que pesques un resfriado… —extendió su mano y tomó el boken de la mano del hombre.

—Espera… —la miró extrañado—. Tú, tú hiciste algo.

Confundida preguntó: —¿Hacer qué?

La reacción de desconcierto no pasó desapercibida por el joven. —Nada, olvídalo. Pensé que querías probar mis habilidades.

—Oh…. Eso, olvídalo, he ganado.

—Ni siquiera…

—Te distrajiste, soñaste borreguitos, volaste a la luna… en ese minuto te hubiera cortado el cuello —comentó mientras colocaba la katana y el boken dentro de la vitrina del dojo.

¿Volar a la luna? ¿Soñar borregos? No entendía lo que la mujer hablaba, pero la verdad era que, durante su visión del fantasma de Tomoe, la voz de aquella joven había causado algo dentro de él, algo que no podía explicar y que, al parecer, ella tampoco tenía idea de lo que había sido.

Aquello había reconfortado su alma y muy en el fondo, detrás de aquella mascara de frialdad, se alegró por la sensación de alivio que le había provocado.

II

—Es la verdad —insistió.

—¿Estás seguro de que no te golpeaste por el camino? Tal vez, no sé, perdiste la memoria o te imaginas cosas que no son —alzó los hombros en exasperación.

Había agotado todas las opciones para poder justificar las locuras que estaba escuchando.

—No. Me llamo Himura Kenshin. Trabajé para losIshinshishi, ganamos la Revolución y estamos, creo yo, en la era Meiji —resopló—. Y todo esto te lo digo resumiéndote la situación.

No lo podía correr, ni siquiera podía llamar a emergencias para reportar la información de un chico demasiado extraño y ver si era buscado en algún lugar. Lo examinó nuevamente, aquel cabello carmesí, aquellas finas y perfectas facciones le daban aire de ser un… ¿metrosexual? Pero… por otro lado, aquella mirada dorada proyectaba muerte y destrucción, y eso era lo que le hacía dudar de su buena fe e inocencia.

—Mira, ¿Qué te parece lo siguiente? Yo llamaré a mi amiga, ella es doctora, y mientras yo hago eso tú tomarás un baño… ¿está bien?

El pelirrojo asintió y Kaoru le extendió una toalla limpia junto con algunos pijamas. —Esto es de mi hermano, espero que no te moleste… —Lo tomó de la mano y lo haló hacia el baño.

Kenshin separó su mano rápidamente, casi como si quemara el contacto con la piel de la chica.

—¿Qué pasa? —preguntó curiosa sobre su comportamiento.

—Nada, sólo que no necesito que me lleves de la mano, yo puedo ir solo.

Pasmada y avergonzada por lo que acababa de hacer asintió y entró al baño junto a él. —Disculpa, no sabía que... Bueno, olvídalo. —En realidad había sido su culpa por tomar aquella confianza con el chico y pensar que él tendría sus mismas costumbres. ¡Claro, si en realidad era quien decía ser!

—Este es el jabón y todo lo necesario para tomar tu baño. —Aceleró su paso—. Avísame si necesitas algo —exclamó antes de salir corriendo de vergüenza.

Entonces, se sentó en la cama esperando pacientemente. Sacó su teléfono celular y buscó el nombre de su amiga. —Buenas tardes señorita. Habla Kaoru Kamiya, ¿me podría comunicar con Megumi, por favor? Sí, claro esperaré.

—Hola. ¿Cómo has estado? —saludó luego de unos tonos.

—Me alegra, oye ¿podrías venir?

—No, no me he sentido mal.

—No tampoco han vuelto a lastimarme… en realidad no es para mí.

—Es para un amigo.

—¡Megumi! —gritó sonrojada.

—Está bien, te esperaré —cortó la llamada y suspiró resignada. Todo era demasiado extraño con ese chico. No sabía si él estaba más loco por creer ser Himura Battousai o ella por estar a punto de creerle.

En el cuarto de baño, Kenshin estaba pensando exactamente lo mismo, pero tres extraños aparatos desviaron rápidamente su atención: una tina de barro blanco rodeada de paredes de cristal, una bandeja pequeña a sólo unos pasos de ahí construida con el mismo material y con manubrios plateados, y por último, un asiento extraño lleno de agua y fabricado del mismo material blanco.

Examinó el lavamanos, movió y giró las llaves cromadas hasta entender su propósito y prosiguió. Al menos había encontrado agua para asearse, pero… aquella mujer había señalado la tina grande que se encontraba del otro lado.

Tal vez tenía que cargar el agua con algún instrumento…

Examinó el lugar cuidadosamente y su vista se posó en un vaso que contenía pequeños cepillos de colores. Una mueca de desagrado se dibujó en su rostro. ¿Tan difícil era bañarse en esa casa? ¡¿Por qué los contenedores y los cepillos tenían que ser tan chicos?!

III

Habían pasado más de dos horas desde que el chico había entrado al baño, Kaoru quería tocar y preguntar si todo se encontraba en orden o si era necesaria su ayuda.

¿Ayuda? Se sonrojó. —¡Kaoru, en qué estás pensando! Ya me parezco a Megumi, ¡Dios! —Sacudió la cabeza y espantó aquellos pensamientos tan atrevidos de suinocente cabeza.

Finalmente, tocó la puerta sólo para asegurarse de que todo se encontraba bien. —Kenshin, ¿necesitas ayuda? —Se tapó la boca rápidamente y suspiró—. Es decir, ¿estás bien?

—Sí, en un momento salgo. Sólo estoy limpiando el baño… —escuchó su voz, del otro lado de la puerta, algo complicada.

Se extrañó al escuchar sobre la limpiezaque el pelirrojo ejecutabadentro de cuarto. ¿Qué tenía que limpiar? —Oye, no es necesario, yo lo limpiaré.

—No te preocupes, yo lo haré —insistió.

Se dirigió de nuevo a la cama. —Kenshin, de verdad no es necesario. Traeré algunos paños y toallas si es necesario.

—Bien, creo que tomaré tu oferta. —El pelirrojo salió del lugar, cabello suelto y torso desnudo, la toalla alrededor de sus caderas y la mirada escondida tras los mechones rojos que se adherían a su rostro—. Dame un momento, si traes los paños y toallas yo me encargaré.

Una mirada zafiro recorrió cada centímetro de piel que se encontraba al descubierto y se detuvo ahí. Aquellas piernas, brazos y abdomen marcados denotaban arduas horas de entrenamiento, horas en el gimnasio y gran condición física.

Las gotas de agua rodaban por su torso marcado y desnudo, se veía tan elaborado y trabajado que si no lo hubiera visto en vivo no se lo creía. Parecía modelo de revista para señoritas. No era que ella tuviera de aquellas bajo la cama, no, pero las había visto en la casa de Misao.

Retuvo el aire. Hubo algo más que llamó la atención de la joven pelinegra: Aquellas marcas en el cuerpo del joven. En sus veinte años de vida, Kaoru nunca había presenciado castigo similar. ¿Habría sufrido mucho? Había visto su cicatriz en forma de cruz, pero se había limitado a pensar que se trataba de otro intento para parecer más rudo, o para aparentar ser Hitokiri Battousai.

Kenshin vio como ella mantuvo clavados los ojos en su pecho, en sus brazos, y después en su abdomen. Sus ojos dorados se orientaron en el último lugar donde la chica lo había mirado: Sus cicatrices. Cogió una camisa y se la colocó rápidamente, intentando no verse torpe. —Perdón.

La pelinegra frunció el ceño. —¿Perdón por qué? —le dijo decepcionada por la puesta de prendas.

—Por salir de esta forma —se disculpó señalando las marcas en su cuerpo.

—¿Te avergüenzas? —inquirió escéptica.

—Entiendo que no son agradables de ver.

—¿En serio? —refunfuñó—. Pues yo no lo creo.

El hombre bufó sarcásticamente. Le echó una mirada efímera y entró de nuevo al baño con las prendas restantes en mano.

La pelinegra agitó las manos tratando de llamar su atención. —¿Por qué? —preguntó el pelirrojo. Kaoru paró en seco su ataque de puños en el aire, cuando oyó su voz baja y rasposa atravesar la habitación.

—¿Qué?

El hombre mostro su rostro detrás de la puerta. —¿Por qué debería sentirme orgulloso?

—Bueno, no conozco tu historia pero me imagino que fuiste un soldado, a menos que seas un masoquista y te gusten las cosas rudas —se mofó mientras jugueteaba con los dedos nerviosa.

—No he entendido la última parte… pero por lo demás, tú lo has dicho, no conoces mi historia —objetó. Sabía muy bien que aquella mujer nunca podría entender lo que él había pasado y lo rechazaría como todos los demás en su época.

Kaoru, dispuesta a olvidar la discusión que se tornaba un poco ofensiva de parte del hombre, entró al baño.

—¡Dios mío! ¡¿Qué ha pasado aquí?! —La mujer de ojos azules gritó al ver el piso mojado, sus cepillos de dientes en el lavamanos y las prendas originales del joven usadas como absorbentes de agua.

Kenshin había usado algún cepillo de dientes para lavar su cuerpo y el contenedor de ellos para bañarse, no en la tina pero en el piso a lado de la tina. En ese momento entendió el porqué de su tardanza, enjugarse con un vaso de ocho onzas era difícil.

—Creí escuchar a alguien ofrecer su ayuda —concedió una sonrisa, la que desapareció inmediatamente después de ser consciente de su existencia.

IV

—Y así es como funciona la ducha, el lavamanos y el inodoro. —Tomó aire. Estaba segura de que el hombre se había golpeado en la cabeza y había olvidado todo, pero no sabía que su condición se extendía al grado de no saber cómo utilizar los objetos cotidianos.

La inquietud en el rostro masculino era evidente.

—¿Asustado? El inodoro no come, Kenshin —le dijo, y en respuesta el pelirrojo suavizó las facciones de su rostro y asintió.

Kaoru cogió los recipientes y toallas que había utilizado para asear el baño y salió de ahí junto con su acompañante.

—Gracias —concedió apenado el chico luego de unos segundos.

—No hay de qué, aunque de ahora en adelante si no recuerdas algo tienes que decírmelo, ¿entendido?

No tuvo opción más que asentir. Nunca le habían dado órdenes, nadie mandaba al hitokirimás que el antiguo Katzura, pero tenía que ser realista, estaba en una situación que no podía controlar y en la cual el orgullo no le serviría de nada para sobrevivir. Usar el inodoro parecía una situación de vida o muerte.

—Bien, ahora iremos a comer. Megumi vendrá en unos minutos y tú y yo tenemos que platicar.

Llegaron a una habitación en la cual se encontraba el arsenal de armas más sofisticado que había visto en su vida. Frente a él había cuchillos, lo único que alcanzaba a reconocer, insertados en un pedazo de madera, un contenedor de cristal con navajas dentro y cosas de metal por doquier. Mentalmente armó una estrategia de sobrevivencia al no portar su katana.

Kaoru sintió de repente, el incremento del kenki de su compañero, algo andaba mal con el hombre, se giró y recibió una mirada dorada, calculadora y amenazante. No tardó en ir tras el recibidor y pegarse a los cuchillos… por si algo pasaba.

Aquello llamó poderosamente la atención del pelirrojo y dio unos pasos hacia enfrente, retándola a mostrar su primer movimiento. Sabía que usaría las navajas.

Se hizo un intenso silencio entre ambos. Se retaban mutuamente con las miradas, ella no podía leer sus movimientos y él no podía atacar sin conocer los alcances de aquellas maquinas en ese cuarto, pero de algo estaba seguro: no tenía miedo.

—Esta es mi cocina, Kenshin —parló fríamente y lo repasó con cuidado, luego pensó—: Que bien se ve en esas pijamas, aunque le quedan un poco grandes… ¡pero qué digo, el hombre está cazándome y yo pensando en esas cosas!

La contempló de pies a cabeza tratando de leer el lenguaje corporal de la joven y adivinar su primer movimiento sin tener que esperar a que ella atacara. —¿Cocina, eh? —cedió mordazmente. La mirada azul destelló peligrosamente ante la irónica pronunciación.

Aquella mujer era diferente, las mujeres de su época normalmente se sometían a los mandatos de los hombres y, aunque él respetaba la opinión y voz de las chicas, nunca se había topado con una mujer cuyo espíritu fuera tan rebelde y aventurado como para enfrentarlo sin dejar de verse delicada y suave.

Bajó la guardia al ver a la joven sonreír con dulzura y su corazón dio un vuelco, incapaz de comprender el motivo de dicha acción. Evadiendo el gesto de afecto dio la media vuelta y dijo:

—Explícame acerca de cada utensilio y tal vez puedas dejar de sentirte amenazada —propuso con sorna.

Kaoru consintió con enfado. Le ofreció un plato de comida y comenzó con la explicación. —Esto se llama refrigerador, ayuda a que los alimentos mantengan su frescura por determinado tiempo —comentó—. ¿Ves? Aquí tienes alimentos, y tienes que buscar la fecha de caducidad y limpiar semanalmente…

La reacción de asombro en el rostro del ex samurái no se hizo esperar. Todo estaba empaquetado, las frutas se encontraban en contenedores transparentes y había jugos y leche en otros más largos, y ni qué decir de la parte superior del cuarto de metal al que le llamaba congelador. Tenía nieve dentro, escarcha por así decirlo, paso un dedo dentro del compartimento notando que los alimentos estaban congelados.

Admirado la observó. No muchas cosas, a sus dieciochos años de vida, lo habían logrado sorprender tanto como aquello. Pensó que muchos de sus ex compañeros, en batalla, pagarían por ver la expresión de desconcierto en su rostro.

—Este es un tostador, metes pan, oprimes este botón y listo —continuó con una sonrisa en el rostro al ver una mueca diferente en el rostro del pelirrojo—. Esta es la licuadora, puedes meter fruta, hielos, lo que quieras, lo conectas, la tapas y las hojas comenzarán a cortar.

El hombre de corta estatura guardó silencio por unos segundos.

—Podemos continuar mañana… —susurró un poco preocupada—. Por la expresión que tienes diría que esto es mucho para ti, así que iremos poco a poco ¿de acuerdo? —soltó dudosa.

Kenshin estuvo a punto de replicar cuando unos pequeños golpes se escucharon en la puerta. La dueña de la casa corrió y recibió a otra mujer. La invitada saludó a la joven de ojos azules y se escucharon unas que otras risas antes de hacer su aparición ante su persona.

—¡Mi dios! —exclamó la doctora dispuesta a molestar a Kaoru—. ¡¿De dónde lo has sacado, Kaoru?! —Dejó su maletín en la mesa y fue directo al hombre frente a ella—. ¡Yo quiero uno igualito y con baterías incluidas!

Ambas se echaron a reír dejando al hombre ofuscado con sus comentarios.

La doctora llevaba puesto un vestido color vainilla ceñido en la parte superior y holgado en la parte baja. Se veía joven, pero podía notar la madurez en su rostro. Su cabello era largo y negro como la noche, sus ojos eran color almendra y sus labios eran rojo carmín. Era muy bella, pero no más que la mujer que le había tendido la mano para limpiar el baño.

—Megumi, por favor… —Kaoru solicitó entre risas—. ¡A lo que has venido!

—Vaya, veo que sigues siendo tan descortés como siempre —le dijo mientras tomaba asiento frente al hombre de mirada fría—. No quiero echarte a perder la diversión, ¿sabes? Pero no creo que a Enishi le vaya a parecer esto.

Kaoru resopló y posó sus manos en su cintura. —¿Cuántas veces te tengo que decir que él y yo ya no somos nada? —contestó indignada—. Él, bueno, no hace falta recordarte lo que ha hecho.

—Ya lo sé, tontita. A lo que me refiero es que con Señor tentación en tu casa las cosas se complicarán —se preocupó—. Y creo que es bueno recordarte lo que hizo en tu contra con el señor Kanryu, ¡y por despecho!

Con el semblante sombrío, la pelinegra caminó hacia el otro lado de la habitación, ignorando la mirada dorada sobre ella. —Sabré defenderme.

—Pero Kaoru…

—Sólo revísalo, ¿sí? —la interrumpió.

La invitada se limitó a guardar silencio y a cuestionar al hombre mientras lo revisaba.

—Él ha dicho que proviene de la era Meiji —le comentó la dueña de los ojos azules.

—Bien, no encuentro nada raro con él, Kaoru —le dijo seriamente—. Si se ha golpeado la cabeza es normal que tenga lagunas mentales o que viva episodios de su vida en los que no ha estado. Tal vez fue una de las últimas cosas que leyó.

—No me he golpeado —comentó fríamente el aludido.

Megumi mató todo comentario y replica que estaba a punto de salir de su boca al presenciar la mirada asesina del hombre. Por unos segundos, dejó de respirar también.

—¿Kaoru puedo hablar contigo… a solas?

La joven asintió y acompañó a la doctora a la salida.

—Creo que el hombre estará bien si esto no se extiende por más tiempo —opinó tratando de sonar serena y razonable—. Si no ha cambiado en los próximos dos días necesitare que lo lleves a la clínica para una revisión más a fondo —le recomendó y le extendió la tarjeta de horarios.

Kaoru la aceptó y le sonrió. —Puedo ver la preocupación en tus ojos, y no hace falta… estoy bien.

—Eso espero… porque aquellos ojos que he visto allá adentro no son los de la inocencia reencarnada, ni mucho menos los de un cachorrito necesitado de amor y cariño… son los de un hombre, y uno muy peligroso.

—Takani, ¿recuerdas lo que una vez te comenté sobre mi padre? —inquirió la joven.

—¿Que era un hombre gruñón y estricto?

—¡No! —gritó desesperada Kaoru—. Él me contó que hace cientos de años uno de mis ancestros le ofreció techo y comida a una persona con un pasado oscuro y después…

—Resúmelo chica mapache, que tengo cosas que hacer —miró el reloj y le devolvió una sonrisa fingida.

—Bueno, yo quiero ayudar al hombre y es mi decisión —le abrió la puerta—. Ahora sí, gracias por tu ayuda y nos vemos luego. —La empujó ignorando las protestas de la doctora y cerró la puerta después de su partida.

La doctora miró de nuevo la casa a sus espaldas. Kaoru era una joven que había sufrido mucho después de la muerte de sus padre tres años atrás, a eso podía sumarle la traición de su prometido y los chantajes y amenazas de muerte de un hombre que estaba detrás de los negocios de la familia Kamiya.

Suspiró antes de echarse a caminar, lo último que quería era verla herida de nuevo. La joven era tan ingenua que ya se la podía imaginar haciendo piruetas y malabares por orden del sexy pelirrojo que desde ese momento, aseguró, residiría en la casa de los Kamiya.

El sexy pelirrojo… sonrió maliciosamente. Tal vez sería mejor que ella misma se encargara de hacerle saber lo que pasaría si le tocaba un pelo a su amiga o le rompía el corazón. Se echó el cabello hacia atrás con una mano lo haría al día siguiente a primera hora, después de que la chica mapache saliera a su trabajo.

—Jo, jo, jo, jo —rio y arrancó en su carro a alta velocidad.

V

Kenshin la observó recoger los platos rápidamente. Todos sus movimientos se habían vuelto mecánicos desde la aparición de la extraña mujer doctor. Escondía la vista bajo el flequillo y lo miraba sólo para lo que fuera necesario, la conocía desde hacía solo unas horas, pero podía asegurar que había cambiado.

Tampoco era que extrañara sus risas y su suave voz, pero las necesitaba para matar el tiempo. No la quería perturbar con interrogativas, ya que él mismo no soportaría que la joven se atreviera a cuestionar su vida. Guardó silencio y la examinó por el rabillo del ojo. Su rostro proyectaba soledad e inseguridad, lo contrario a lo que había demostrado horas antes. Por una inexplicable razón, sentía que se parecía a ella más de lo que le gustaría aceptar.

—Te mostraré tu habitación… —aún con la mirada baja señaló el oscuro corredor—. Estarás cómodo, no te preocupes.

Kenshin odiaba entrometerse en la vida de los demás, pero el silencio de aquella señorita lo desesperaba. Además, ella se había aventurado a compartir un techo, ofrecerle ropa y comida sin ninguna protesta…

—¿Puedo ayudarte en algo?

—No. —Su respuesta fue firme.

Bueno, lo había intentado. Dio algunos pasos y el remordimiento se hizo presente, suspiró cansadamente y la tomó de la mano, atrayéndola hacia él.

—Tú me has acogido en tu casa, me has dado alimento y me has ayudado sin ni siquiera preguntarme si yo quería tu ayuda —se sinceró y, cuando sintió la mano de la joven deslizarse con el afán de alejarse, aplicó más fuerza en el agarre—. Eres capaz de dar todo eso sin siquiera preguntar quién soy, sin saber nada de mi pasado —se acercó sólo unos pasos—, y no eres capaz de dejar que hagan lo mismo por ti.

Kaoru se mofó y vertiginosamente llevó una mano a sus mejillas y limpió la humedad en ellas. Luego alzó su barbilla y le sonrió. —Estoy bien, Kenshin. Siempre lo he estado. Soy fuerte aunque no lo creas. Mira… —flexionó su brazo y presumió lo marcado de su pequeño y casi invisible músculo.

Escuchó unas suaves risas provenientes del pelirrojo y sonrió apaciblemente. —Yo sólo necesito…

—Descansar… —la interrumpió él, y descubrió en ese momento lo similares que sus espíritus eran. Entonces, llevó una mano titubeante al rostro femenino y limpió suavemente con su pulgar las frescas lágrimas—. Déjame…

La pelinegra cerró los ojos y negó rotundamente. —Déjame —lo escuchó de nuevo decir—, déjame ayudarte a encontrar una respuesta.

Kaoru lo miró conmovida, asintió y sonrió suavemente. Se arriesgaría una última vez, ella era fuerte y no necesitaba de nadie que le dijera que lo era… Solo necesitaba alguien a quien ver a la cara y sentir que su mundo, a pesar de las apariencias, no se fragmentaba en su interior.

Con Himura Kenshin, su mundo parecía diferente. Se sentía necesitada y palpitaba en su interior la necesidad de ayudarlo a encontrar lo que buscaba. Desde su aparición, había sentido que su mundo podía aguantar un poco más con él como guardaespaldas, como compañero o quizás como amigo.

Kenshin contuvo el aire. No sabía qué estaba haciendo, por qué había dicho esas palabras ni con qué intenciones. Había concedido que un pedazo de su humanidad saliera a flote sin una razón aparente, algo que no había sucedido en mucho tiempo, quizás nunca. Inhaló profundamente y la miró, aquél día era una completa excepción.

Por primera vez entonces, se permitió sonreír sinceramente.

CONTINUARÁ…

Nota de Autora: