Capítulo 27

«¿Cómo te atreves a venir aquí?» preguntó Regina, fusilándola con la mirada

«Necesito explicarte que…»

«¡No pretendo perder mi tiempo escuchando mentiras! ¡Retírate de mi despacho ahora mismo!» la interrumpió Regina

«¡No he hecho nada malo! ¡Son todo mentiras de Marian! Ella quería que yo te convenciera para que la nombraras la nueva gobernanta de la casa, pero como esa tarea se la diste a…»

«¡Ya basta Ruby! ¡No creo nada de lo que salga de tu boca, aunque sabía que Marian era tan perversa como tú!»

«Por favor, Regina…»

«Tu plan parecía perfecto, ¿no? Después de convencer a Emma para que huyera, le contaste toda aquella historia al veterinario para que yo creyese que ella se había marchado con él y yo, estúpida e idiota, me lo creí» dijo Regina, agarrándola con firmeza del brazo «Pero la verdad, tarde o temprano, aparece y felizmente, lo descubrí a tiempo y he recuperado el amor de mi vida, o sea, Emma» añadió, enfatizando el nombre de su amada «¡Ahora desaparece de mi vista antes de que pierda el poco atisbo de paciencia que me queda!» dicho eso, abrió la puerta y la empujó hacia fuera.

En mitad del silencio, Regina se acomodó en su silla. Su humor ya no era uno de los mejores después de presenciar a Emma en compañía de otro profesor, y la visita de Ruby solo contribuyó a empeorar la situación. Aunque intentaba concentrarse en el trabajo, no lo conseguía, y con los pensamientos a mil por hora, se daba cuenta de que todos a su alrededor ya le habían mentido, incluso su propio hijo. De todas maneras, no podría juzgarlo, ya que ella también le mintió cuando Emma dejó la hacienda. Por fortuna, las horas pasaron más deprisa de lo que esperaba y al final de la tarde, su coche estacionaba frente a la escuela.

«Pórtate bien y no le des trabajo a tu tía, ¿ok?» decía Regina

«Nunca le doy trabajo, ¿no, tía?» dijo él

«¡En absoluto!»

«¿Estás seguro de que no quieres venir con nosotros, Henry?» preguntó Emma

«No, Emma. Sé que mi madre quiere estar a solas contigo esta noche, ya que pasará algunos días en la hacienda»

«Henry, eso no es así…puedes dormir con nosotras incluso en la misma cama si quieres» dijo Regina, aparentemente avergonzada

«No te preocupes, estaré bien con la tía»

«Bueno, entonces nos vamos»

«Buen viaje, Regina» dijo Zelena

«Gracias. Cuida de los dos por mí» dijo ella, refiriéndose a Emma y a Henry «Hasta pronto, cariño»

«¡Ciao, ma! ¡Ciao Emma!»

«Hasta mañana, príncipe»


«¿Quién era aquel muchacho que charlaba animadamente contigo?» preguntó Regina, manteniéndose atenta a la carretera

«Un profesor de la escuela» dijo ella, sin mucho interés

«¿Son amigos?»

«Diría que somos colegas. ¿Por qué?»

«Nada…solo curiosidad»

«¿Seguro? Por un momento he llegado a pensar que tenías celos»

«Tal vez los tenga»

«Ahora entiendo porque estabas tan callada mientras almorzábamos» dijo Emma «Te amo y mis segundas intenciones siempre están volcadas en ti» añadió, reposando una de sus manos en el muslo de Regina «En mis sueños más perversos tú y yo somos las únicas protagonistas» completó. Sus uñas presionaban y se deslizaban por el muslo cubierto por el tejido de los pantalones. Sin sentirse satisfecha, y con una nítida visión del bello cuello a centímetros de su boca, Emma se quitó el cinturón de seguridad y aprovechó para deslizarse, arrastrar los labios por la clavícula y subir por el cuello hasta alcanzar el lóbulo de la oreja.

«Emma…perderé el control si sigues provocándome así…» susurró Regina, apretando el volante con una fuerza innecesaria.

«Solo quiero que entiendas que soy tuya solamente…¿lo entiendes?» Emma preguntó, rozando la punta de su nariz por su mejilla

«Sí, amor…lo entiendo y perdón por mis celos compulsivos» respondió ella y tras un rápido beso, Emma volvió a sentarse en su asiento de forma correcta.

Pocos minutos después, llegaron al apartamento. Sintiéndose como en casa, Regina se tiró en el sofá mientras pensaba si debería o no mencionar la aparición de Ruby en su despacho. Algunos instantes pasaron y optó por olvidar aquel asunto, al final, no valía la pena desperdiciar su tiempo al lado de Emma con tonterías.

«¡Un beso por tus pensamientos!» dijo Emma apoyándose en el respaldo del sofá

«Un beso es poco»

«¿Cuántos besos quieres entonces?»

«Quiero muchos…y era exactamente en tus besos en lo que estaba pensando»

«¡Voy a fingir que me lo creo!» exclamó ella, mientras se inclinaba para besarla «¿Por qué no vas a tomar un baño mientras preparo la cena?»

«¿Por qué no tomamos el baño juntas y después preparamos la cena juntas?» sugirió Regina

«Ya que insistes…»

Tras el baño, regado de besos y de cariños, Emma, así como Regina, optaron por ponerse sus respectivos pijamas, ya que no pretendían salir a ningún lado esa noche.

Mientras Emma metía los macarrones en el caldero de agua hirviendo, Regina insistía en pedir la comida, porque era mucho más cómodo que prepararla.

«¿Por qué no usas la salsa que ya viene preparada?» preguntó Regina, mientras cortaba los tomates

«Me gusta preparar la salsa» dijo Emma

«Pero quien la está preparando soy yo»

«Solo estás cortando los tomates, Regina» dijo ella «Además, la idea de hacer la cena fue tuya»

«¿Sabes cuántas horas hemos perdido ya en la cocina?»

«¿Desde cuándo treinta minutos son horas?»

«Para mí es un siglo. Deberíamos estar en la cama, eso sí»

«¿Por qué solo piensas en sexo?»

«Porque el sexo contigo es como una droga y estoy enganchada» dijo ella, y Emma no contuvo la risa

Después de cenar y cepillarse los dientes, Emma fue arrastrada entre besos a la cama, e intentaba desesperadamente recuperar el aliento que Regina insistía en robarle. Un ansia incontrolable se intensificó entre sus piernas. Era su cuerpo reaccionando al habilidoso toque de la mujer que amaba locamente.

«Adoro tu olor» susurró Regina, y al intentar seguir, Emma la empujó hacia un lado, para sentarse en el borde de la cama y quitarse la camisa y las bragas. Los latidos y la respiración de Regina se aceleraron cuando sus ojos contemplaron el cuerpo desnudo acercándose para cubrir el suyo.

Los ojos de Regina se cerraron cuando Emma levantó el bajo de la sudadera de felpa que usaba para rápidamente presionar sus húmedos labios sobre la cálida piel de su abdomen.

«Quítate la sudadera» dijo Emma. Su tono de voz dejó claro que se trataba de una orden, no de una petición. Sin embargo, independientemente de eso, Regina ni pensó en la posibilidad de negarse a hacerlo.

Emma pasó sus manos por la barriga libre de barreras impuestas por la pieza de ropa. Sus uñas ya no perdonaron la blanda piel, y por donde se deslizaban dejaban marcas rojas y "profundas". Un gemido embriagador acompañado de un sabrosa ronquera escapó de la boca de Regina cuando la caliente y húmeda lengua de Emma tomó el lugar de las uñas, y en vez de arañazos, las marcas ahora se resumían en líneas mojadas provocadas por la saliva.

Arrastrándose sobre el cuerpo de Regina como una fiera en celo, Emma se detuvo a mitad de camino cuando su rostro quedó a la altura de sus pechos, y solo después de devorarlos con la mirada, los tocó con la boca. Como respuesta al toque, Regina le aferró los cabellos, atrayendo su rostro al suyo para darle un beso con lengua, saboreando de forma salvaje aquella dulzura.

«Cuanto más nos besamos…» dijo Regina, pasando la lengua por la delicada piel del cuello de Emma «Cuanto más hacemos el amor…» añadió, lamiendo al mismo tiempo que mordisqueaba el lóbulo de la oreja «Más loca y enamorada me vuelvo» completó, hundiendo de una vez su lengua en su boca.

Un delicioso escalofrío recorrió el cuerpo de Emma y se estremeció sin aliento, presa entre los cálidos labios de Regina y sus palabras de seducción. Tras interrumpir el beso, ella se separó y sin pedir permiso, retiró los pantalones que Regina llevaba. Lo mismo hizo con las bragas y solo entonces, se acomodó de la forma que quería, sentándose sobre uno de sus muslos.

«¿Ves lo que haces conmigo?» preguntó Emma, mientras balanceaba sus caderas hacia delante y hacia atrás, restregando su intimidad en el muslo de Regina «¿Notas lo mojada que me pongo cuando me tocas?» añadió, aumentando la presión y el ritmo de los movimientos.

Regina le cubrió los pechos con sus manos y su boca permaneció a pocos centímetros de la de Emma. Los ojos verdes tan brillantes como el sol su unieron al reluciente castaño dando como resultado un impacto extremadamente lujurioso. Emma entreabrió los labios en una invitación para un beso que no fue negado por Regina. Cuando las lenguas se encontraron, los gemidos de ambas fueron ahogados por el beso. Emma arrastró una de sus manos hacia la cintura de Regina, tanteando su cuerpo hasta sentir su humedad chorreando entre sus dedos.

«Emma…» susurró Regina, jadeando cuando los delicados dedos la penetraron.

«Sí…» respondió ella enseguida, prendiendo entre los dientes el lóbulo de la oreja

«Ponte de rodillas para que pueda tocarte» pidió. Un insoportable calor tomaba posesión de su cuerpo

«¡No!» dijo Emma. La convicción en su voz hizo que el corazón de Regina latiera aún más rápido «Quiero correrme así…restregándome en tu cuerpo» añadió colocando el dedo índice en la boca de Regina, iniciando movimientos circulares en su lengua. Regina, a su vez, no esbozó otra reacción que no fuese la de aprovechar aquel contacto y lamer el dedo acomodado en su boca como si fuese el más sabroso de los helados. Emma, por otro lado, trató de romper aquel contacto al notar que Regina estaba casi a punto de correrse, al igual que ella.

«Córrete conmigo…» murmuró Regina, y en respuesta, Emma aceleró el movimiento de los dedos entre sus piernas, como también el balanceo de su sexo sobre el muslo de Regina. Esta llenó su mano derecha con los hilos de aquella cabellera rubia y larga, atrayendo su cabeza hacia ella. Las desacompasadas respiraciones se mezclaban, los labios de las dos, entreabiertos, se rozaban mientras las miradas permanecían ancladas la una en la otra. Emma no se contuvo y tras agarrar y lamer el labio inferior que tenía tan cerca, mordió su propio labio con la intención de aplacar los gemidos que estaban por venir. Regina, enloquecida de placer, contrajo la mandíbula como si intentase apresar los gritos que provocaría el orgasmo que se acercaba en forma de violentas ondas golpeándole el cuerpo. Casi sin respiración, una se agarró al cuerpo de la otra cuando, finalmente juntas, alcanzaron el clímax.


«Mi fantasía de adolescente por fin se ha realizado» decía Regina, mientras Emma se subía la cremallera de su falda

«¿Fantasía?» preguntó, algo confusa

«Siempre me imaginaba seduciendo o siendo seducida por una profesora…pero nunca pensé que tardaría tanto tiempo y que esa profesora sería la más bonita del universo»

«Eres muy boba, mi amor. No soy la profesora más bonita del universo» dijo Emma, sin contener la risa

«Claro que lo eres» dijo ella, y al percibir que Emma estaba a punto de ponerse los zapatos, se apresuró y se colocó delante «Deja, yo lo hago…» dijo, arrodillándose a sus pies y tras cubrirle de besos sus pantorrillas, Regina finalmente lo colocó los zapatos

«Te amo» dijo Emma, tomando su rostro entre las manos para enseguida besarla con dulzura «¿Cuántos días te quedarás en la hacienda?»

«Aún no lo sé, pero pretendo volver cuando antes a tus brazos»

«Es lo que más quiero»

«Vamos…te dejaré en la escuela y así aprovecho para decirle adiós a Henry y a mi hermana»

El hecho de que el apartamento de Víctor se encontrara cerca de la escuela permitió que Regina no tardase más de veinte minutos en aparcar frente al edificio. Tras un beso de despedida, Emma se dirigió a la sala de profesores, mientras que ella, fue al encuentro de Zelena

«Pensé que no vendrías a despedirte» dijo la pelirroja, en cuanto Regina entro en el despacho

«¡Hola, mamá! El timbre ya va a tocar» dijo Henry

«Entonces, ve al aula» dijo ella, besándolo en lo alto de la cabeza «Aún no sé cuántos días me quedaré en la hacienda, así que, pórtate bien y no le des trabajo a tu tía»

«No te preocupes, mamá. Buen viaje» dicho eso, se marchó

«¿Qué vas a hacer exactamente en la hacienda?» preguntó Zelena

«Ya dije, colocar algunos asuntos en su sitio. Bueno, me voy…el viaje es largo y aún tengo que pasar por casa»

«No tardes mucho en volver…dentro de tres días tenemos una reunión de padres y todo la preparación para la fiesta de final de curso»

«No me acordaba de eso. Haré lo posible para volver pronto. Cuídate»

«Tú también»

«Ah, Zelena…»

«¡Ya lo sé!» la interrumpió «Cuidaré de Emma como si fuese mi mujer»

«¡Qué graciosa!»

«¿Me vas a decir que no quieres que cuide de ella…?»

«No de esa manera»

«¿Y de qué manera, entonces?»

«¡Vete a la porra, solo cuida de ella!» dijo Regina, y luego se marchó

Según lo planeado, Regina se dirigió a la empresa dejando a Sidney como responsable de todo durante su ausencia. Casi media hora después, llegó a su casa recién comprada y a pesar de haber pasado los últimos días casi todo su tiempo en el apartamento donde Emma vivía, no dejó de notar que todo seguía igual de organizado.

«Estaré ausente algunos días y en hipótesis ninguna permitan la entrada a esta casa de nadie que no sea mi hermana, ¿entendido?»

«Sí señora»

«Me voy…cualquier imprevisto, hablen con mi hermana pues donde voy a estar no hay señal»

«Déjelo en nuestras manos, señora. Buen viaje»

«Gracias»

Algunas horas después…

«¿Patrona? ¿Qué hace aquí?» preguntó Marian, en cuanto sus ojos se cruzaron con la figura de Regina

«¡Soy la dueña de esta hacienda y lo que hago aquí es asunto mío! ¿Dónde está Margaret?» preguntó. El tono rudo de su voz pareció dificultar el habla de Marian, y antes de que pudiese responder, Margaret apareció.

«Estoy aquí, patrona. Sea bienvenida»

«Gracias. ¿Dónde están las llaves de mi cuarto y del despacho?»

«Voy a buscarlas ahora mismo, patrona. Con permiso»

«¡Y usted, chismosa estúpida…reúna a todos los empleados en el patio! ¡Absolutamente a todos!» dijo ella, atravesándola con la mirada «¡Muévase y vaya a hacer lo que he mandado!» exclamó y sin cuestionamientos Marian se retiró

Ya era última hora de la tarde. El sol comenzaba a ponerse y los empleados ya habían terminado sus tareas y por ese motivo, Marian no tuvo dificultades en reunirlos a todos en el patio. Minutos después, Regina apareció y sus pasos firmes y precisos solo aumentaban el recelo y la curiosidad de la multitud allí reunida a su espera.

«Robin y Marian…acérquense» ordenó, y con la cabeza gacha, los dos obedecieron.