"Bajo las Estrellas"

Por Zury Himura

Gracias por tus «vistazos» y resolver mis dudas, SunChris.

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen. La trama es enteramente mía a excepción de referencias del manga y acontecemos basados en ella.


Capítulo 4:

I. Una nueva amiga I

Sus ojos se abrieron de un solo golpe. Se dio cuenta que seguía en el mismo lugar de hace ya algunos días al palpar la acolchonada y suave cama. Cansado, removió algunos mechones largos de su frente y sonrió, sintiendo su cuerpo totalmente reposado en la posición en la que se había acomodado. Después de todo seguía en esa época, sin conocer nada y sin entender a las mujeres modernas. Sólo esperaba poder adaptarse y congeniar con una sola.

Se puso de pie, pensando y planificando lo que hoy preguntaría, quería aprender pronto y hacerse de utilidad en la vida de Kaoru. Con cansancio sus pupilas viajaron hasta el sillón, examinó con confusión el bulto negro y enroscado que dormía plácidamente envuelto en una manta. Sintiéndose desconcertado, y sin tener la menor idea de qué era lo que debía hacer, caminó erguido en prepotencia y con los brazos cruzados.

¿Qué demonios hacia Kaoru en el sillón y en… su habitación?

Tan considerado como pudo haberlo sido, se colocó las pantuflas de conejo gigantes que Kaoru le había prestado y atravesó el cuarto. En silencio, se situó de cuenquillas junto a ella y la contempló dormir. En poco tiempo lo único que podía escuchar era su pasiva y apenas audible respiración. En los labios de la chica se formaba una sutil sonrisa, parecía sincera e inocente, placida ante los ojos de cualquiera. Sus largas pestañas, negras y risadas, contrastaban con su claro y terso pómulo. Con nerviosismo y al haber contemplado por varios segundos la paralizada figura, llevó su mano hacia la frente de la que dormía parando a sólo pulgadas de distancia.

¿Qué le pasaba con ella? ¿Por qué su respiración se agitaba de sobremanera al estar tan cerca?

Respiró con delicadeza el perfume que emanaba de la chica, llenando con alegría sus pulmones de la esencia de jazmines que ya le era conocida. Era un olor agradable, delicado y tenue pero con el suficiente poder para darle paz a su alma durante sus noches de oscuridad. Se sentía aturdido y liado de tan sólo pensar que sus sentimientos estuvieran revoloteando con tal libertad dentro de él.

Pasó una de sus manos por debajo de sus piernas y la otra por su cintura, cargándola con delicadeza hasta llegar a su habitación. Una vez dentro, la posó en la cama, cobijándola para resguardarla de la fría mañana. Quería irse, salir de esa habitación y no volver a mirarla hasta que despertara, pero fue débil. Giró su cabeza quedando a sólo centímetros de su rostro pálido y bañado por la luz del sol. Se veía tan inofensiva y frágil, justo como la agonizante Tomoe antes de morir. Inconscientemente, apretó el fino cuerpo de la joven contra el suyo, sosteniendo su nuca con su mano abierta y rodeado su esbelta cintura con su brazo.

—Te prometo que te cuidaré, Kaoru —aseguró, aún con los ojos sosegados por el reflejo de los carnosos labios rosados.

La que reposaba en sus brazos se sacudió repentinamente, abriendo los ojos lentamente hasta lograr enfocarlos en la figura delante suyo.

¡Maldición, lo había visto! Apresurado y fingiendo indiferencia, se puso de pie tirando a Kaoru de la cama al mismo tiempo. Se irguió recto, obteniendo su porte imponente y altanero de siempre. Al menos esperaba que esa actitud despistara a la recién despertada.

—¡Auch, Batty! —se quejó la joven tendida en el piso. El sueño se le había espantado con el golpe recibido después de ser soltada sin misericordia de los brazos del pelirrojo. Lo había sentido, había disfrutado de su tacto y sus brazos, mientras disimulaba estar dormida.

—¿Qué estás haciendo en mi habitación? —inquirió al ponerse de pie y reconfortando su pierna herida con su mano izquierda.

Kenshin, por su parte, maldijo su lentitud para fabricar excusas creíbles. No sólo había sido descuidado y la había despertado, sino que también le había importado más no ser descubierto en una posición íntima y la había soltado y herido sin contemplación.

—Vine a buscar algo de ropa —mintió, sin saber que había sido disfrutado de la misma manera.

—Ropa, en mi cuarto. —Sonrió, Kaoru—… Batty, creo que tienes una idea muy equivocada de la moda en estos días —Detuvo las demás palabras que se habían abultado en su garganta y comenzó a atar cabos: Coleta alta, facciones femeninas y cutis perfecto e envidiable… ¡Ah!—. Ya sé... No te preocupes.

Sin ninguna palabra más la chica corrió hacia su armario antes de dirigirse hacia el baño. Luego de media hora de ducha salió, engalanada en un vestido color lavanda, y peinada con media coleta que dejaba relucir su larga y negra cabellera esparcida hasta su espalda baja. No traía nada de maquillaje, sólo había utilizado loción para hidratar su cuerpo y desodorante; ella era una mujer simple, lo sabía y así se amaba.

Kenshin la examinó, esforzándose para que su contemplación fuera confundida por exasperación y su admiración pasara disfrazada por reprobación de compartir la misma habitación en momentos tan íntimos. Aunque indiscutiblemente, él era el qué se había quedado y nadie lo había obligado. Y es que la chica era hermosa y estaba seguro de que no necesitaba nada más. Estaba perfecta, nada de lo que vistiera podía igualar el accesorio más cautivante de su persona… su sonrisa.

La joven se dirigió al armario, cogió unos botines color negro y se dedicó a finalizar su atuendo.

—¿Qué haces? —preguntó el espectador, interesado.

La mujer lo miró escéptica.

—Me cambio por su puesto.

El ex espadachín resopló al escuchar el tono sarcástico en su réplica. —Me refiero a la razón. Te vistes como si tuvieras prisa.

Sin responder, la pelinegra entró y de nuevo salió de su closet, trayendo consigo unos pantalones deportivos.

—Sé que tal vez no sean de tu gusto ni de tu talla pero quizás quieras probártelos.

—¿De quién son? —preguntó receloso, intuyendo la respuesta al notar las franjas rosadas al costado de la prenda.

No estaba acostumbrado a demandar, ni mucho menos a cuestionar el origen de las cosas que se le ofrecían pero había un límite y más si se ponía en duda su hombría.

—Son míos, claro. Pero créeme que nunca me los puse, sólo los lavé. Ya sabes, nunca debes ponerte la ropa nueva sin antes lavarla… me lo ha dicho Megumi —le dijo serena, notando la dudosa inspección de su invitado sobre los colores de los pantalones—. Es…higiene —añadió ella con una sonrisa inocente.

—Prefiero algo de tu hermano —replicó sin dejar lugar para más discusiones.

—Iremos de compras, Batty —le explicó, apresurándose al cuarto de su hermano. Si eso era lo qué Kenshin quería eso era lo que tendría. No quería ofenderlo ni mucho menos que se sintiera desatendido—. Te invitaré a desayunar. Servirá que conoces mi mundo —le propuso al volver.

Kenshin asintió al reparar la enorme sonrisa en el rostro de su anfitriona. Después de examinarla nuevamente y con mayor interés, tomó las ropas de las manos de la joven y caminó rumbo a su baño.

Abrió las llaves del agua y se desnudó, reflexionando en el proceso de su ducha. Aún no entendía el significado de aquella mirada destellante de Kaoru. Tomoe nunca había sonreído, ni mucho menos sus ojos había destellado de aquella manera. Absorto, dirigió sus pensamientos hacia las mujeres que habían interactuado con él durante sus años de racionalismo. No las conocía en realidad, sólo habían sonreído al ser tomadas entre las sabanas.

Refunfuñó molesto, había traído a esas mujeres a su mente cuando trataba de descifrar a la joven Kamiya. ¡Vaya estupidez de él! Se talló con fuerza el rostro con reproche mientras se enjuagaba el cabello. Kaoru era tan rara y liberal pero a la misma vez única y especial. Tanto que cada día pensaba más en ella de lo que le gustaría admitir.

Cerró sus ojos con fuerza, reprimiendo cualquier otro pensamiento de debilidad hacia esa mujer. Seguramente le pasaba eso porque estaba en una época desconocida con ella; lo había aceptado cuando nadie lo había hecho, transformando su actitud en una excusa importante para postergar sus escasas ganas de volver a su casa.

Sonrió entretenido. ¿A quién engañaba?

No sabía cómo regresar a casa y…

No tenía ni la más mínima idea de hacerlo aunque quisiera.


II

—Este es mi auto —le dijo la del futuro mientras le abría la puerta a su «copiloto».

—¿También le has puesto un nombre? —se bofó Kenshin y procurando que su ironía fuera advertida sonrió.

Kaoru le imitó —No, Batty. Este es un medio de transporte y en esta época le llamamos carro o automóvil —dijo, reparando, a la brevedad, una mirada de oro insatisfecha y un tanto confundida en el rostro del muchacho. Kaoru suspiró y comenzó a empujar al hombre dentro del coche—. Adentro, adentro, adentro…luego te explico.

La conductora tuvo que aguantar las ganas de reír al notar los mohines en el rostro del pasajero. Estos cambiaban y se profundizaban cada vez que un coche pasaba a alta velocidad en el carril contrario. Era obvio que estaba nervioso, lo podía deducir por la rigidez en su cuerpo y sus manos empuñadas en el cinturón de seguridad. ¿Dónde había quedado aquel chico con porte arrogante y majestuoso? Se le hizo un tanto adorable verlo fuera de su zona de confort, fuera de aquella frialdad y emociones vacías. Parecía que al fin lograba ver algo del verdadero Kenshin, aunque fuera acostas de sus miedos.

—¡Kaoru! —gritó el exasesino cuando un camión de carga les paso por un lado.

La chica le ofreció una sonrisa cálida para consolarlo—. Tranquilo Kenshin, ni siquiera he encendido el auto.

—Prefiero caminar si no te molesta —añadió, saltando del auto tan rápido como le fue posible.

—Batty, ¿no lo quieres reconsiderar? Estamos a dos horas de camino —trató de razonar con él, pero se quedó sin habla al verlo fuera del coche y esperando por ella—. Bien, creo que eso es un: no seas floja Kaoru sal y muérete sofocada y deshidratada —bromeó antes de chillar y bajarse del automóvil.

—Kaoru, es una mañana fresca… —argumentó el chico, sin captar el humor en la reacción de la pelinegra—. ¿Cuál es el camino?

—Hacia allá —señaló ella arrugando la nariz. Todo sea por Kenshin, se repitió suspirando.


III

Habían caminado más de dos horas y media, señalando y explicando cualquier cosa que se cruzaba en su camino. Aliviada, dio gracias al llegar al restaurante que administraba junto con Tae. Una vez ahí se sentaron en la mesa y ordenaron un desayuno sencillo, que constaba de huevos estrellados y pan tostado.

Kenshin miraba a su alrededor, tratando de captar todo lo que veía en su memoria. Hacía preguntas discretas sobre algunas cosas que le llamaban la atención o algunas acciones que creía serían necesarias para su sobrevivencia en aquel mundo. Y claro… para comer también.

Kaoru, por su parte, explicaba entretenida sobre los menús y las comidas que Kenshin desaprobaba al escuchar de qué estaban hechas.

—Es de piña con mariscos, de verdad que te gustará —añadió Kaoru, tratando de persuadirlo en su elección. Posó su manos en la cintura al descubrirse totalmente ignorada—. Kenshin… —llamó, pasando una mano frente a su rostro para llamar su atención.

Nada…

Se quedó quieta unos segundos. Seguramente el hombre había visto algo que le había interesado. Esperó a que la pregunta sobre la utilidad o importancia de eso llegara. En su lugar los anillos de oro de sus pupilas se dilataron y luego una sonrisa maliciosa atravesó sus labios. Consternada, Kaoru se giró para ver aquello tan cautivador. La curiosidad le había ganado.

¡Idiota! ¿Por eso Kenshin había dejado de escucharla? Arrebatada se dio la media vuelta, ignorando el otro lado de la calle donde una joven pareja que demostraba «cariño y amor» públicamente. La mirada disimulada de Kaoru viajaba alternadamente entre las actividades desvergonzadas de los muchachos y los gestos de entretenimiento y asombro en la cara del antiguo hitokiri.

Se cruzó los brazos enfadada. Por el tipo de espectáculo que atraía la atención del pelirrojo, la imagen de su restaurante pagaría las consecuencias. Volvió su vista curiosa a los enamorados tras escuchar los susurros subidos de tono de algunos hombres del local. Maldijo por lo bajo al ver que la mano del joven degustaba de la retaguardia de la mujer.

Tenían que ser hombres. Mujer tonta… pensó al escuchar halagos sobre la voluptuosa figura de la que estelarizaba la acción.

—Retaguardia —Suspiró ella al escuchar.

—Curvas —Entendió de nuevo, renegando por sus adentros al ver a su compañero sonriendo entretenido por la escena.

—Hermosas —Cerró los puños con fuerza al notar la cara de idiota que su Batty había adquirido.

—Muy bien, Kenshin, será mejor que nos cambiemos de lugar. No tienes por qué ver este tipo de escenas tan descaradas —Se levantó indignada, halándolo del brazo.

Desconcertado, alzó una ceja mostrando confusión. Pero no sirvió de nada, seguía siendo halado con brutalidad hacia el fondo del lugar. No hizo más que dejarse llevar; sabía que si hubiera sido otra persona su actitud hubiera sido diferente a la pasiva y obediente de ese momento.

Fue sentado con rudeza en una silla de madera y la de vestido lavanda lo imitó cruzándose de brazos y evadiendo su mirada.

—¿Hice algo mal? —inquirió, Kenshin.

—No —respondió, lacónica.

—Está bien, no te preguntaré más —resolvió el de coleta alta, apuntando su fría mirada hacia otro lugar del restaurante.

¿Cómo que ya no le iba a preguntar? ¿No le importaba lo que sentía? Juntó las cejas reflexionando. ¿Por qué a ella le importaba que a él le importara saber que…

No, no, no, ella no tenía por qué tener aquella disputa interna, lo único que le había molestado era haber sido ignorada y eso era todo.

Kenshin la ojeó disimuladamente. No entendía a las mujeres de aquella época. Primero una doctora se aparecía tratando de seducirlo y después como si apagaran el fuego de una vela mitigaba toda clase de insinuación. Luego, lo que acababa de ver… le había sorprendido el liberalismo y la demostración de actos íntimos expuestos al público sin ninguna clase de pudor.

Al principio, había prestado mucha atención a las acciones del joven, había llegado y abrazado a su pareja como cualquier otra persona, después la besó y hasta ese punto había disfrutado de la vista. Estaba conforme de que al menos en una nueva era no fueran señalados por actos de esa clase. Lo grave había venido después, cuando las manos del chico habían cobrado vida. Había prestado toda su atención, no quería malinterpretar la escena y pasar por alto que la mujer posiblemente estuviera siendo ultrajada.

Después, Kaoru había hecho su aparición, dejando la figura de aquella chica tierna e inocente –como él la consideraba- en algún lugar olvidado en su mente. Había cambiado de personalidad y sus actos se le habían hecho remarcablemente atrevidos. Pero por más que se había repetido, mientras era halado, que tenía que pararla, ponerla en su lugar y explicarle que él no sería tratado de esa forma… algo dentro de él no había encontrado la fuerza o el deseo para reprender a la joven.

—¡Kaoru! —Escuchó una alegre voz femenina acercarse con rapidez y de un solo escaneo acordó de que no se trataba de ningún peligro potencial para la huraña de su compañera—. ¡Qué gusto que hayas venido! No te esperaba. Le diré a Aoshi que traiga las cuentas y podemos ir a la oficina.

La de media coleta sonrió con alegría.

—No es necesario Tae, he venido a desayunar… yo y…

La chef sonrió ampliamente y Kaoru asintió orgullosa al asumir que su amiga sabia de quien se trataba.

—¡Y tu amiga! Oh madre mía, mujer… ¡Qué linda cabellera tienes! —expresó la mujer mayor con interés, tocando y repasando los dedos entre las hebras rojizas de la chica, e ignorando las negaciones y advertencias que Kaoru le lanzaba con la mirada—. Tienes que decirme cómo haces que este cabello mantenga su brillo y color. ¡Tienes que decirme tu secreto, amiga!

El ex Ishinshishi atrapó la mano que lo acariciaba en un solo movimiento y comprimiendo la muñeca con fuerza la alejó.

Tae retorció su mano incomoda —Oye… no es para tanto, pequeña ¿Cómo dijiste que te llamabas?

—Batty —Alarmada, Kaoru se puso de pie y posó su mano sobre la del exasesino, acariciándola para tranquilizarlo. Después de sentir la mano del agresivo de su amigo alejarse con brevedad, ella dijo: —. Él es Batty.

Tae, luego de ser liberada, caminó hasta posicionarse a lado de Kaoru, clavando su curioso escrutinio en el dueño de la envidiada melena rojiza. Llevó una mano hasta su boca sintiéndose avergonzada por su imprudencia.

—¡Lo siento! —se disculpó nerviosa—. Es que tu cabello largo… tu perfil y em.. Tus facciones y ammm… iré a traerte la cuenta. ¡Lo siento!

La socia del restaurant observó, con un gesto de preocupación, a su amiga entrar corriendo a la cocina. Lo sabía, aquello de la cuenta había sido un truco… Tae no regresaría. Sacó una pluma y su chequera; luego de ir y dejar su pago con la cajera salió junto con su acompañante del restaurante. La presentación con Tae no había sido la que esperaba.

Sera otra para la próxima, pensó desilusionada.

Pronto, llegaron a una tienda de artículos y prendas masculinas modernas y tradicionales. Kaoru se había equivocado al asumir que Kenshin seria de esas personas que se arreglaban hasta el punto de imitar los cuidados de una mujer. Se había dado cuenta de esto con la expresión y la rudeza con la que había tratado a Tae en el restaurante.

Sus amigas la colgarían y la quemarían viva si llegaban a escuchar lo próximo que diría pero… se alegraba haberse enterado de esa manera y que Tae fuera la desafortunada en averiguarlo. Aunque tampoco estaba feliz con las acciones del hombre del pasado.

—¿Cómo podré moverme? —preguntó alejando su aterrorizado semblante del reflejo en el espejo que había aparecido después de probarse los jeans que Kaoru había elegido para él.

¡Sí! Emociones, su hitokiri perdido en el tiempo estaba bajando la guardia poco a poco sin ser consciente de ello. Y eso, a Kaoru, le aceleraba aún más el corazón.

Kaoru cogió unos jeans más ligeros y algunos hakamas.

Rápidamente, la expresión de su modelo cambió. No se mostraba feliz pero su mueca de aceptación había remplazado sus férreas facciones. Después de comprar pantalones, pantaloncillos cortos, zapatos, sandalias, paquetes de calcetines y de ropa interior….y claro, de haber debatido sobre la cantidad con el pelirrojo se habían movido hacia las camisetas. Aquello había sido de lo más fácil, las clásicas camisas de vestir, yukatas, camisas de cuello de V y algunos abrigos.

—Kaoru estas exagerando no necesito todo esto —protestó el ex hitokiri.

—Piensas que no, pero te tienes que cambiar diario. Así que sí… lo necesitas —argumentó la diseñadora mientras lo cargaba con los paquetes que acababa de pagar.

—Es mucho —insistió.

La pelinegra sonrió —Yo te dije que trajéramos el auto… pero tú insististe en venir caminando. Tendrás que hacerte a la idea de que tenemos dos horas de camino.

Kenshin resopló con enfado y después de unas cuantas maldiciones comenzó a caminar balanceado la docena de bolsas.

Aunque él no era un hombre materialista, agradecía que de alguna manera Kaoru pensara en él. En realidad ni siquiera necesitaba la ropa, no la quería, no quería que ella gastara su dinero en cosas insignificantes. Kaoru se preocupaba por él, así como él de ella.

Kaoru se inclinó un poco para contemplar el semblante pensativo y abstracto del hombre. Un regocijo llenó su corazón al notar la suave pero existente sonrisa en el rostro del joven. No sabía lo que estaba pensando pero lo gustaba verlo sonreír. Era como si su mundo se iluminara con ese gesto… un mundo que por mucho tiempo había estado en sequía y en oscuridad.

Se preocupaba por Kenshin y secretamente esperaba que él se preocupara por ella también.


IV

Estaba pensando mucho en Kaoru últimamente y eso no le agradaba. El recuerdo de Tomoe seguía presente y había vuelto a sonreír inexplicablemente. Esto le había hecho llenarse de dudas y remordimiento.

Dejó las cosas en la casa y se dirigió a donde Kaoru seguramente estaría practicando. La observó dando algún par de golpes a un maniquí antes de dirigirse hacia él. Lo recibió sonriente como siempre y con la mirada destellante de ella.

—¿Por qué lo hiciste? —El recién llegado la sacó de sus pensamientos con su ronca y amenazante voz.

—¿Hacer qué? —replicó, ingenua y confundida.

—Mi mano —argumentó sin dejar de adentrarse al dojo. Sus facciones se habían vuelto firmes y su mirada dura como en el local.

La acusada resopló, no estaba segura como se lo tomaría y esperó no meter la pata al explicar.

—La ibas a lastimar —objetó, insegura.

En ese instante Kenshin detuvo sus pasos adentrando sus lagos de magma en los océanos de ella.

—No lo iba a hacer —le aseguró sin cambiar su fría expresión.

—¿Y cómo se supone que lo iba a saber? si por poco le separabas la mano del brazo —dramatizó Kaoru antes de respirar profundo para tranquilizarse.

—Es tu amiga…

—Si pero, no me puedo hacer responsable de que se haya equivocado… además fue un accidente. Estoy segura de que ella no quiso y está muy arrepentida —Kaoru trató de convencerlo.

Dio la media vuelta para retirarse al no obtener ninguna respuesta. Brevemente unas ligas de acero encerraron su fino brazo impidiéndole avanzar.

Nerviosa por la cercanía, esperó a que el hombre llegara a su lado. Estaba tensa y por más que le había ordenado a sus músculos moverse y huir de su lado nada había pasado.

—Me refiero a que jamás heriré a tu amiga —le confirmó—. En otras palabras, Kamiya: no heriría alguien que te haga sonreír como ella lo hizo. No a alguien que signifique algo para ti.

Kaoru sonrió con dulzura pero esta desapareció en seguida al recordar de lo que Kenshin había estado tan pendiente en el restaurante.

—Bien —replicó, escueta.

¿De nuevo? Se preguntó Kenshin al notar la manera en la que le había respondido.

—Y ahora qué… —inquirió, cruzando los brazos y plantándose frente a ella.

—No sé… pero tal vez una chica como la del restaurante te dirá el nombre de las estrellas por esta noche —Kaoru ladeó la cabeza y caminando con orgullo entró a la casa dejando a un Kenshin descolocado y desentrañando lo que la mujer le acababa de decir y porque se había negado a realizar lo que ya era una actividad que disfrutaban juntos.

Kenshin miró hacia las estrellas y después hacia la casa. ¿Debía darle espacio? O ¿debería ir tras ella y averiguar lo que le había molestado? Pero si lo hacía… entonces estaría dejando al descubierto su escaso interés por ella. Su ambarina mirada viajó nuevamente de la constelación hasta donde había entrado Kaoru.

Suspiro tomando asiento en el porche y así decidiendo lo que tenía que hacer aquella noche se recargó en la columna de madera y observo con atención el firmamento.

Continuará….


Nota de autora: