Capítulo 30
Tras la partida de Regina, Emma finalmente permitió que las lágrimas corriesen libres por su rostro. Por más que la amase, y por más difícil que fuese, necesitaba contener el deseo de lanzarse de nuevo a sus brazos y olvidar todo lo que había sucedido aquella fría mañana de miércoles. Sin embargo, Regina necesitaba reflexionar sobre sus acciones impulsivas y para que eso sucediera era necesario apartarse por un tiempo. El largo baño caliente fue de gran ayuda en aquel momento, y recuperada su compostura, Emma se preparó para su entrevista de trabajo, y si todo salía como deseaba, en breve, se volvería educadora de una de las mejores universidades privadas de Augusta.
Algunos días después…
«¡Felicidades, Emma! Al menos algo bueno ha pasado esta vez» decía Henry mientras la cena era servida
«Gracias, mi amor» dijo ella «Gracias también a ti, Zelena. Tenerte a ti como referencia en mi currículo ayudó bastante»
«¡No tienes nada que agradecer! Entonces…¿has hablado con Regina?»
«Me buscó al día siguiente y me pidió perdón» dijo Emma
«¿La perdonaste?» preguntó Henry
«Sí, pero no hemos vuelto…Regina necesita colocar su cabeza en su sitio»
«¡Tienes razón…pero dejemos ese asunto de lado y vamos a celebrar tu trabajo en aquella maravillosa universidad!»
Emma salió del taxi, frente a la universidad en donde iba a ejercer su pasión: la Literatura. Ya pasaban de las ocho de la mañana y un viento ligero de mediados de octubre le estremeció la piel, mientras los susurros de los alumnos por los pasillos le llamaban la atención.
Tengo que acostumbrarme a esto, pensó, consciente de que su nueva aula sería completamente diferente a aquella donde había dado clase poco tiempo antes en la escuela de Zelena, ya que la franja de edad de los alumnos universitarios era de 18 para arriba.
En el decanato, Emma fue presentada a los demás profesores, así como a los coordinadores de la rama académica de artes, y después le entregaron su horario y la condujeron a conocer a los alumnos. Al contrario de lo que había imaginado, las clases transcurrieron de forma tranquila y en ningún momento aquel suceso de su pasado fue mencionado, todo lo contrario, todos los alumnos se mostraron respetuosos y si no fuese por el coqueteo de uno u otro, no descartaría la posibilidad de decir que su clase estaba compuesta por ángeles.
Al final de la tarde, tras su última clase, Emma estaba dejando el campus cuando sus ojos se fijaron en la figura de Regina, apoyada en el coche con los brazos cruzados.
«¿Podemos hablar?» preguntó ella
«Creo que hablamos todo lo que teníamos que hablar» respondió Emma
«Emma» dijo ella, agarrándola por el brazo «Estamos enamoradas…es un amor profundo y loco como el que aparece en las películas. Voy a enfrentarme a mi inseguridad y darle una patada, pero por favor, perdóname» añadió. Sus ojos suplicantes por poco no derrumbaron las barreras impuestas por Emma
«Te perdoné, Regina. Pero como ya dije, nuestra relación acabó» dijo, y tras soltarse, caminó apresuradamente hasta la parada del autobús, dejándola desolada tras sus espaldas.
Mientras conducía, Regina sentía su corazón endurecerse ante el rechazo de Emma. Como si no fuese bastante estar lejos de ella, aún tenía que sobrevivir al tormento de saber que, alrededor de la mujer que le pertenecía, había un montón de hombres y mujeres de todas las edades, en esa universidad, mucho de ellos, seguramente, coqueteando con ella, deseándola, comiéndosela con los ojos, imaginándola de todas las formas en sus sueños más eróticos. Ya había sido estudiante y sabía perfectamente cómo iba eso. La rabia y los celos la quemaban por dentro. Rabia de sí misma por aquel comportamiento inmaduro que dio como resultado una desolación profunda y el final de su relación con Emma, y celos de todos los que estaban próximos a ella. Al llegar a casa, siguió derecha a su habitación, sin embargo, se detuvo delante de la puerta del cuarto de Henry cuando escuchó que hablaba, y las palabras que de su boca salieron le golpearon en pleno corazón.
«¡Deberías enamorarte de Emma, tía!» exclamó él
«¡Henry…dices cada cosa!» dijo Zelena
«¡Es verdad! ¡Tú y ella se llevan bien, no pelean y las quiero a las dos! Además, Emma se merece a alguien como tú» decías él, y aturdida ante aquel diálogo, Regina desistió de ir a su habitación y se encerró en su despacho.
Mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro y el alcohol le quemaba la garganta, llegaba a la conclusión de que Henry tenía razón. Emma merecía a alguien como su hermana, pero aunque fuese la más pura verdad, no tenía la intención de renunciar. Todo lo contrario, aunque no la mereciese, lucharía hasta el último minuto para reconquistarla.
Las voces provenientes de la sala de estar interrumpieron sus pensamientos y sin mucho interés, se levantó para comprobar qué pasaba.
«¿Qué está pasando?» preguntó Regina al encontrarse a su madre hablando con Zelena
«¡Aquella maldita empleada me robó y esta mañana ha huido!» respondió Cora «¡Maldita zorra…debería haberla dejado dormir en la calle cuando la echaste de aquí!»
«¿Ruby te ha robado y ha huido?» preguntó Regina «¡Al final una buena noticia!» añadió, esbozando media sonrisa
«Regina, ¿cómo puedes decir eso?» la reprendió Zelena
«¡Lo creo y bien hecho está! ¿Quién te mandó llevártela a tu casa?»
«Para tu información, me la llevé cerca de mí porque sabía perfectamente qué tipo de mujer era y ciertamente no iba a escatimar esfuerzos para perjudicarte tras echarla de aquí! Siempre es mejor tener al enemigo cerca, Regina…»
«Ahórratelo, mamá. ¡No creo nada de lo que estás diciendo!»
«Claro que no me crees…así como no crees que una vez más te juntaste con una zorra interesada, y una vez más te tengo que ayudar y me ves como tu enemiga. ¿Por qué? ¿Por qué odias tanto a tu madre?» preguntó Cora. Su voz estaba embargada y en sus ojos estaba estampada una tristeza capaz de conmover a cualquier persona.
«No te odio» dijo Regina, en tono casi inaudible
«Mis intenciones siempre fueron protegerte y no lo contrario»
«¿Ya denunciaste el robo a la policía?» preguntó Regina, intentando cambiar el rumbo de la conversación
«No, no vale la pena»
«Tú sabrás…Estaré en mi despacho. Con permiso» dicho eso, Regina se marchó
Algunos minutos después, Cora se despidió y al lado de Zelena volvió a su casa. Henry, por su parte, se encerró en su cuarto después de rechazar todas las invitaciones e intentos de aproximación de Regina
«¿Solo me quieres cuando estoy con Emma?»
«No. Pero lo que hiciste no se le hace a quien se dice amar»
«Me he arrepentido de lo que hice y estoy intentando reconquistarla»
«Entonces te deseo buena suerte»
«Tu indiferencia me hiere, ¿lo sabes? Sé que no soy la madre que te gustaría que fuera, pero…»
«Perdona, mamá. Lo que pasa es que cuando estás lejos de Emma, estás de mal humor y sin paciencia. No deberías separarte de ella nunca»
«Soy una estúpida y cometí la mayor estupidez de toda mi vida. Quizás tengas razón…Emma merece a alguien como tu tía Zelena»
«Sí, ella se lo merece. Pero a pesar de todo, ella te quiere a ti y tú la quieres a ella, así que reconquístala»
«No sé cómo reconquistarla…»
«Bueno…puedes mandarle flores, bombones. A las mujeres les gusta eso, ¿no?»
«Yo soy mujer y no me gusta eso»
«Tú eres una mujer diferente»
«¿Diferente cómo?»
«Ah…no eres una mujer romántica y por eso no te gustan esas cosas»
«¿Desde cuándo entiendes de mujeres?»
«Desde que nací. Al final, vivo todo el tiempo rodeado de mujeres»
«Eso es verdad»
«¡Mañana comenzaremos nuestra Operación Cupido!»
«¿Operación Cupido? ¿Estás hablando en serio?»
«Claro que sí. ¿Quieres reconquistar a Emma o no?»
«Pues claro que quiero. Solo que encontré el nombre un poco…cliché»
«Otra prueba de que no eres romántica»
«Ya, ya entendí que no soy romántica»
«¡Pero con la Operación Cupido te convertirás en el romanticismo en persona y cuando menos te lo esperes, Emma estará toda derretida por ti!»
«Me está empezando a gustar eso…»
«Pero esta vez tienes que prometer que nunca más vas a dejarla triste. ¿Lo prometes?»
«Sí, mi amor. Lo prometo»
A la mañana siguiente, cuando se preparaba para salir, Emma fue sorprendida por un hermoso ramo de rosas en su puerta. En la tarjeta, una corta declaración de amor acompañada por un pedido de disculpas. Las rosas fueron puestas en un jarrón con agua mientras que la tarjeta fue rota y tirada a la basura.
A lo largo del día, cada dos minutos, Regina observaba su teléfono móvil con la esperanza de encontrar alguna señal por parte de Emma, y como eso no sucedió, se vio obligada a esperarla, una vez más, frente a la universidad.
«Emma…¿recibiste las flores que te mandé?» preguntó Regina
«Sí» dijo ella, sin interrumpir su camino
«¿Te gustaron?» indago Regina, pisándole los talones
«Me gustaron, gracias»
«¿Es lo único que tienes que decir?» preguntó Regina, agarrándola por el codo
«¿Realmente crees que un ramo de rosas con una tarjeta de disculpas es la solución?»
«No…solo quería que supieses que te amo y que si pudiera dar marcha atrás, haría las cosas de diferente modo»
«¿Me puedes soltar?»
«Claro…perdona»
«Con permiso» dijo Emma, y al hacer mención de apartarse, Regina de nuevo la agarró por el brazo
«Me empujaste hacia ti, asumiste el control de mi corazón y nunca más lo soltaste» susurró Regina, mirándola fijamente a sus ojos verdes «Una vez me dijiste que me volvería loca si pasase mucho tiempo sin llevarte a la cama…y no te equivocaste al decir eso. Me estoy volviendo loca sin ti, sin tus besos, sin tu voz, sin tu presencia…¿no te das cuenta?»
«Lo siento mucho. Pero fuiste tú quien me arrancó de tu vida» dijo eso, se soltó, y retomó su camino.
La semana pasó lentamente y todas las mañanas en cuanto abría la puerta, Emma era sorprendida con alguna "sorpresa". Al contrario de lo que Regina imaginaba, todos los regalos eran guardados, solo las tarjetas eran tiradas a la basura.
«Ya le has mandado flores…también bombones…cestas de desayuno, muñecos de peluche. Mamá…creo que ya le has mandado todo lo que a las mujeres románticas les gusta» decía Henry, mientras iba tachando las cosas en una lista
«Le podría mandar una joya, ¿qué crees?» dijo Regina
«Eso solo puedes hacerlo cuando ella te acepte de nuevo…¡ya sé! ¡Algún libro que narre una historia de amor!»
«¡Es una buena idea! Pero no conozco ningún libro de ese tipo»
«Es fácil…podemos buscar en Internet»
«Será por una buena causa, ¿no?»
Era una mañana de domingo. Emma se iba a encontrar con Henry y Zelena en las proximidades del parque central de Augusta y cuando se disponía a salir del apartamento, al abrir la puerta, se deparó con otro paquete. Esta vez pensó seriamente en tirarlo a la papelera sin molestase en abrirlo, sin embargo, después de pensarlo un momento, se sentó en el sofá y lo abrió. El amor en los tiempos del cólera era el título del libro. En la tarjeta no había pedido de disculpas, sino una invitación a almorzar. Felizmente, su domingo sería al lado de Henry y Zelena, así que, no correría el riesgo de ceder a la invitación de Regina. La invitación era para las doce y media, sin embargo, ya pasaban de las dos y ninguna señal de Emma.
«No va a venir…» susurró Regina mientras sacaba un billete de cincuenta dólares de la cartera para pagar la copa de vino que había pedido mientras la esperaba. Tras dejar el billete en la mesa, se levantó y se marchó.
Perdida en sus pensamientos, conducía sin rumbo por las avenidas de Augusta. La ausencia de Emma comenzaba a volverse insoportable, y si no fuese por Henry, quizás ya se hubiera vuelto loca. Exhausta ante toda aquella situación, estacionó en cualquier esquina y bajó del coche. A pesar del frío, era un bello día soleado y quizás, una caminata la ayudase a ordenar la confusión en su cabeza, sin embargo, no había dado ni tres pasos cuando vio a Emma. La respiración le falló, como siempre le pasaba, y el corazón se le aceleró e hirió su pecho cuando vio que al lado de ella estaban Zelena y Henry. Destrozada, volvió al coche y se marchó de allí.
Al llegar a casa, se encerró en su despacho con la intención de calmar los nervios que estaban a punto de llevarla a la locura. El cansancio físico y mental finalmente la vencieron, y acabó quedándose dormida, echada de bruces sobre la mesa.
«¿Regina? Querida, ¿estás bien?»
«¿Mamá? ¿Qué haces aquí?» preguntó ella, llevándose una mano a la cabeza como si ese gesto pudiese, al menos, aliviarle el dolor.
«¿Por qué no subes a tu cuarto a descansar?» sugirió Cora
«Estoy bien, mamá…»
«¿Dónde está Henry?»
«Está con Emma y Zelena en el parque» dijo ella «Soy yo la que debería estar ahí, pero siempre lo estropeo todo»
«¿Qué ha pasado?»
«Nada» dijo ella, y al querer marcharse, Cora la agarró por el brazo
«Habla conmigo, Regina. Soy tu madre…»
«No lo entiendes…¡a ti no te cae bien Emma!»
«¿Por qué no me hablas un poco de ella? ¿Lo que ha pasado entre las dos? ¿Por qué no nos acercamos de nuevo y evitamos cometer los mismos errores del pasado que llevaron a que nos separáramos? Habla conmigo, hija…» suplicó Cora, y en lugar de las palabras, sobrevino el llanto.
