Capítulo 32
«¿Señora Mills?» preguntó Emma, en una mezcla de asombro e incredulidad
«Buenas noches, señorita Swan. Me gustaría intercambiar algunas palabras con usted…sé que ya es tarde, pero no pretendo tomarle mucho tiempo»
«Ah…buenas noches. Entre, por favor» dijo ella, dejando pasar a Cora. «Siéntese» añadió, señalando el sofá que tenía delante «¿Desea beber algo?»
«No, gracias. Como le he dicho, no me va a llevar mucho tiempo, voy a ir directa al grano» habló Cora, y tras un largo suspiro, retomó la palabra «Mi hija está sufriendo por su causa y si aún la ama, por favor, ponga un fin a ese sufrimiento»
Emma miró a Cora por un largo momento, el corazón parecía habérsele subido a la garganta y robado el habla. Los ojos entristecidos y el tono suplicante de la mujer que tenía delante en nada se parecían a lo que había presenciado la primera vez que se encontraron en el apartamento de Zelena. Por lo que pudo percibir, las dos no tenían una relación sana, sin embargo, algo parecía haber cambiado y mucho. Impaciente ante aquel silencio, y como si adivinase los pensamientos de Emma, Cora volvió a pronunciarse.
«Empecemos de nuevo» dijo ella «Sé que nuestro primer encuentro no fue amigable y me gustaría disculparme por mi comportamiento»
«Señora Mills…»
«Déjeme terminar, señorita Swan…» interrumpió ella «Sé todo lo que ha pasado entre mi hija y usted…desde el día en que se conocieron hasta aquella mañana en la escuela. Quiero que sepa que Regina no era así…dura, impulsiva, ruda. Todo cambió cuando aquella maldita de Kathryn apareció en su vida. Desde el comienzo estuve en contra de aquella relación porque sabía perfectamente qué clase de mujer era ella, pero Regina no me escuchó y no tuve otra elección sino aceptar. Fueron casi diez años de matrimonio y mientras Regina cuidada de los negocios, ella se divertía en viajes, gastaba una fortuna en ropa, joyas y claro, en amantes. Pero mi hija estaba ciega y no veía a la zorra que había escogido como compañera. Ni cuando adoptaron a Henry las cosas cambiaron, lo contrario, además de cuidar de las empresas, aún cuidaba del pequeño porque a su querida Kathryn no le gustaba levantarse temprano, tampoco tenía paciencia para cuidar de él. Hasta que un día…al volver más temprano del trabajo, se encontró a su esposa en la cama con el chofer. Desde ese día en adelante, Regina cambió. Se apartó de la familia, perdió la confianza en las personas y se encerró en aquella hacienda con la intención de aislarse aún más de todo el mundo…entonces apareció usted, la sacó de ese abismo, y ahora la está volviendo a empujar a él»
«No, señora» dijo Emma «¡No puedo permanecer al lado de alguien que no confía en mí, que duda de mis sentimientos y de mi felicidad!»
«¡Se equivocó, lo sé! ¡Y por lo que me consta, usted también se equivocó! ¿Quién no se equivoca en la vida? Se ha arrepentido de lo que hizo, está sufriendo más que nunca y usted tiene el poder de acabar con ese sufrimiento, pero no quiere usarlo»
«¡Regina necesita madurar y entender que no todo el mundo es igual! ¡Que su ex mujer la haya traicionado no significa que yo haré lo mismo!»
«¡Sí, tiene toda la razón! Yo, más que nadie, me encantaría verla madurar y volver a ser la misma de diez años atrás…pero querría que eso sucediera aquí, con la familia cerca»
«¿De qué está hablando?» preguntó Emma, confusa
«Mañana se marcha a Londres sin fecha de regreso…justo ahora que nos hemos arreglado y perdonado»
«Lo siento mucho…»
«¿Lo siente de verdad?» preguntó Cora, y antes de que Emma respondiese, se levantó y caminó hacia la puerta «Si todavía ama a mi hija, dígaselo antes de que sea de verdad tarde» añadió, y enseguida, abrió la puerta y se marchó
Tras la partida de Cora, Emma intentó concentrarse en la clase que estaba preparando y daría al día siguiente, sin embargo, su mente viajaba hacia Regina. Los pensamientos la consumían y la idea de Regina marchándose, a pesar de que quizás la ayudase a madurar y reflexionar, le encogía el corazón. La indecisión planeaba en su cabeza, así como el miedo de perder para siempre a la mujer que amaba. Con el corazón disparado, observó la hora en su reloj. Pasaban de las once de la noche, Regina ya debería estar durmiendo y aturdida, soltó los papeles sobre el sofá, y caminó hasta la cama. Sabía que esa noche la pasaría en blanco, pero serviría para tomar una gran decisión.
Sentada en el sillón de su cuarto, Regina observaba las maletas debidamente listas al lado de la cama. Su reloj marcaba exactamente las cinco en punto, su corazón latía aceleradamente en su pecho, se negaba a aceptar la idea de haber perdido a Emma para siempre, y perderla significaba perderse a sí misma. Regina puso una cara de dolor y aguantó las lágrimas que ardían en sus ojos mientras las palabras de Emma martilleaban en su mente: "déjame seguir con mi vida"
«Nunca más vas a tener que sentir mi toque, Emma…nunca más tendrás que escuchar mi voz» dijo Regina, decidida a mantener su promesa, aunque aquello le exigiese de todo su autocontrol.
Se levantó del mullido sillón, cogió las maletas y las llevó al coche. La gobernanta de la casa, que ya estaba en pie, la ayudó con el resto del equipaje, y tras orientarla, Regina entró en el coche y se marchó.
A pesar de la creciente inquietud ante la casi certeza de que nunca más estaría al lado de Emma, la idea de ir hasta ella por última vez y ser rechazada de nuevo hizo que se diera cuenta de que la decisión tomada era la mejor. Independientemente de lo que los demás pensaran, especialmente su familia, ella prefería marcharse a tener que enfrentarse a Emma y escuchar de nuevo sus duras palabras. Y con ese pensamiento, se fue. El sol ni siquiera había salido.
El reloj de pared encima del cabecero de la cama marcaba las siete en punto. Su primera clase, en esa mañana fría de Augusta, comenzaría a las nueve y media, así que, tendría tiempo suficiente para buscar a Regina, hablar civilizadamente y quién sabe, si ella aún estaba dispuesta, intentarían una reconciliación. Aunque siguiera herida ante la actitud impulsiva de Regina, parecía dispuesta a intentarlo una última vez. Tras bajarse del taxi, caminó rumbo hacia lo que esperaba que sería un nuevo comienzo con el amor de su vida.
«Me gustaría hablar con su señora, por favor» dijo Emma, en cuanto la empleada abrió la puerta «Sé que es temprano, pero…»
«La señora Regina se ha ido de viaje esta mañana»
«Pero…¿a qué hora?»
«Bastante temprano…eran las cinco pasadas» informó la empleada, y en aquel momento, Emma sintió que le sería imposible atenuar las emociones que invadían su cuerpo. Su vista se turbó y la mente giraba sin control. Aturdida con aquella información, Emma se giró y vio que el taxista continuaba parado, y sin pensarlo dos veces, entro en el coche y le dijo que se dirigiera lo más rápido posible al aeropuerto de Augusta.
Comenzó a hurgar en su bolso buscando el móvil que hacía poco tiempo que había comprado y sin dudar, llamó a Zelena.
«¿Emma? ¿Ha pasado algo?»
«No, está todo bien…solo necesito el número de Regina» dijo ella, arrepintiéndose de nunca haber guardado el número cuando tuvo oportunidad.
«¿Y para qué?»
«Después te explico, pero por favor, es urgente…»
«Claro…¿tienes donde apuntar?»
«Sí, di»
Aunque sus manos estuviesen temblorosas, consiguió escribir los números en una hoja. Después con los ojos fijos en la pantalla marcaba el número.
"Ha llamado a Regina Mills. Deje su mensaje"
Emma sintió su corazón apretándose en su pecho al escuchar la grabación. La voz grave y al mismo tiempo dulce de la mujer que amaba siempre la acompañaría si por casualidad no impedía ese viaje, o por si obra del destino, Regina no la aceptase de vuelta.
«Hemos llegado…» dijo el taxista, parando cerca de la puerta que conducía derecho al hall antes de la puerta de embarque.
Sin decir palabra, Emma bajó del coche y ni siquiera cerró la puerta. Sus pasos apresados y sus ojos bañados en lágrimas buscaban por las pantallas algún vuelo a Londres. Para su angustia, había varios vuelos de diferentes compañías aéreas, algunos ya habían despegado, otros estaban a punto de dejar el suelo, y por ese motivo, buscó el rostro de Regina por la multitud aguardando en la puerta, sin embargo, nada encontró.
Arrasada, se dirigió hasta el taxista que, ante la duda, decidió esperarla. Al abrir la puerta del vehículo para que Emma entrase, tragó en seco al percibir las lágrimas en sus ojos y conmovido, le entregó una caja de pañuelos de papel y arrancó.
Con el ánimo abatido, Emma se tiró en la cama tras llamar a la universidad para decir que esa mañana no iría porque estaba con gripe. Tras algunos segundos encarando el techo, y con las lágrimas descendiendo por sus ojos, abrió la puerta del baño y miró su propio reflejo en el espejo. Los ojos verdes, antes tan llenos de esperanza, ya no dejaban ver la menor señal de vida. Sus manos se abrieron de lleno sobre el frio mármol del lavabo, y bajando la cabeza, lloró, luchando contra el dolor que intentaba apoderarse de su alma. Era el arrepentimiento en su forma más brutal, que le estrujaba el corazón sin piedad.
Segundos, minutos y horas pasaron. Las palabras de Regina pidiéndole perdón, el rostro cansado y herido, y sus ojos castaños confusos y tristes continuaban invadiendo su consciencia. Fue sacada de sus pensamientos por el ruido del móvil, corrió hacia el aparato con la esperanza de que fuera Regina, pero para su desilusión se trataba de Zelena.
Hablaron un momento, y minutos después, Zelena apareció para consolarla.
«La dejé escapar…» murmuró Emma mientras enjugaba sus propias lágrimas
«Regina va a volver…no te pongas así» dijo Zelena
«¿Y si no quiere volver más? ¿Y si me olvida y deja de amarme?»
«Emma…cálmate, por favor. Va a volver porque su hijo está aquí. Y en cuanto a olvidarte, creo que eso sería difícil. Regina te ama más que a nada en este mundo»
«Pero la desprecié, no acepté sus disculpas…¡y me odio por eso!»
«Regina necesitaba madurar y quizás este viaje la ayude. Ahora, por favor, deja de martirizarte. Este tiempo alejadas les hará bien a las dos, confía»
Regina estacionó el Jeep en las cercanías de las escaleras que llevaban a la puerta de entrada de la casa grande. En cuanto sus pies pisaron aquellas tierras donde había comenzado su pasión desmedida por Emma, David se acercó a paso largo y firme.
«¡Patrona, buenas tardes! ¡Sea bienvenida!» él la saludó
«Buenas tardes, David. Por favor, lleve mis maletas a mi cuarto»
«Sí señora»
Después de recorrer con la mirada toda la propiedad, Regina caminó sin prisa hacia el interior de la casa. En cuanto la puerta fue abierta, se dio de frente con Margaret bajando las escaleras.
«¡Patrona! ¡Bienvenida!» dijo ella. El tono de su voz expresaba sorpresa ante aquella presencia, ya que en su última visita, Regina había dejado claro que no volvería tan pronto.
«Gracias» se limitó a decir
«Acabo de limpiar su cuarto, por si desea descansar»
«Solo voy a tomar un baño. Ah, dígale a su marido que no se aleje de la casa porque tengo que hablar con él»
«Sí señora»
Esta vez Regina optó por una ducha en lugar de un baño. Cuando menos tiempo tuviera para pensar, mejor sería su estancia en la hacienda. Informar a su familia de que su destino era Londres había sido la manera más fácil para impedir que alguien viniera a buscarla, sobre todo, Cora. A pesar de la reconciliación con su madre, ella prefería y necesitaba ese tiempo para estar sola.
Terminada la ducha, se vistió y en poco tiempo, se encontraba descendiendo las escaleras. David ya estaba esperándola, y juntos, dejaron la casa grande mientras él le hacía un rápido resumen sobre la producción de la hacienda y algunos cambios que habían sucedido en aquel corto periodo en que ella había estado ausente. Y entre esos cambios, estaba la contratación de un nuevo veterinario, o mejor, veterinaria.
«Señorita Aurora, esta es la señora Mills, dueña de la hacienda» dijo David, y cuando los ojos castaños de Regina se fijaron en los azules de Aurora, esta esbozó una simpática sonrisa
«Buenas tardes, señora Regina. Estoy a sus órdenes» dijo ella, extendiéndole la mano
«Buenas tardes» respondió ella, aceptando el cumplido
«Bueno…podemos ir a la empaquetadora ahora, patrona» habló David, y como consecuencia el contacto entre ellas fue roto
«Sí, vamos…con permiso» dicho eso, Regina se retiró.
«¿No cree que es muy joven para este cargo?» preguntó Regina
«Aparentemente sí…pero es muy competente, patrona»
«¿De dónde es?»
«De la ciudad vecina. Sus padres compraron la hacienda de los Nolan, y se mudaron para acá. Se enteró de que buscábamos un veterinario y se presentó…»
Mientras David destilaba elogios sobre la nueva veterinaria, Regina repasaba en su mente todos los momentos vividos al lado de Emma en aquel mismo lugar, dándose cuenta de que fuese donde fuese, los recuerdos de aquella mujer la acompañarían todo el tiempo.
Pasó una semana y solo entonces Regina entró en contacto con Cora. La conversación al teléfono duró unos pocos minutos y una vez terminada, salió a cabalgar al caer la tarde como le gustaba hacer. Era sábado, los empleados terminaban sus tareas más pronto y por ese motivo, no había mucho movimiento o ruido que no fuera el producido por los cascos del caballo.
«Señora Regina…no pensé que supiese montar» comentó Aurora, acercándose en su caballo
«Su dueña de la mayor hacienda de la región. Sería absurdo no saber montar» respondió ella, un tanto seca
«Vaya…cuando su capataz nos presentó, creí que había sido una exageración lo que había escuchado sobre usted. Pero veo que estaba equivocada…»
«Lo que le hayan dicho de mí poco me importa. ¡Pero ya le adelanto que no tolero cotilleos en mis tierras!»
«En este momento estoy en mis tierras, así que, puedo cotillear y hacer lo que quiera» replicó Aurora
«¿Cómo dice?»
«¿No ve el muro que separa su hacienda de las tierras de mis padres?»
«¿Llama a ese montón de ladrillos tirados por el suelo un muro?» preguntó Regina, sonriendo irónicamente
«Sí, así lo llamo. A propósito, sus animales y sus peones vienen sobrepasando estos límites»
«¿Y qué tengo que ver? Si le molesta, construya un muro de verdad»
«¡Tenga certeza de que lo haré! Ahora, ¿tendría la amabilidad de salir de mis tierras?»
«¿Olvidó que trabaja para mí y puedo despedirla ahora mismo?»
«No, no lo he olvidado. Pero en este momento, no estoy trabajando, así que, no me puede dar órdenes, y tampoco despedir»
«No juegue con fuego, muchacha. Podría quemarse…» dijo Regina, e hizo una señal para que el caballo se pusiera en movimiento.
«Quizás valga la pena quemarme…aunque se un poquito…» pensó Aurora, mientras una discreta sonrisa se formaba en sus labios.
¿Habrá encontrado Regina la horma de su zapato?
