Capítulo 33

«¿Regina ha dado noticias?» preguntó Emma, mientras desayunaba con Zelena

«Sí…llamó a mamá ayer. Dijo que está bien y que aún no tiene fecha de regreso»

«No dejo un número de teléfono, ¿nada?»

«No, Emma. Ni siquiera sabemos el hotel en el que está hospedada. Por cierto, ni siquiera se llevó el móvil, o sea, Regina no quiere que la busquemos.

«Por eso no vio mi llamada…»

«Pues sí»

«¿Y Henry, cómo está?»

«Está bien…mamá lo está llevando a los sitios que le gustan»

«Zelena…si hablas con Regina, ¿podrías decirle que…la echo de menos?»

«Emma, no quiero ser pesimista, pero…veo difícil conseguir hablar con Regina. No sé cuándo ella llamará y de hecho, cuando llama, estoy fuera de casa»

«Entonces, será mejor esperar a que vuelva…»

«Sí. Pero no te preocupes…volverá pronto y podrás decirle todo eso personalmente. Mira Emma…creo que la mente de Regina está algo revuelta en estos momentos, pero ella te ama. Y tengo la certeza de que cuando vuelva, al mirarte y al escuchar todo lo que le vayas a decir, no será capaz de resistirse»

Día tras día, su concentración y esperanza se iban deshaciendo. Incluso en sueños, su mente era atormentada y los sueños eran peligrosos porque hacían que se acordara de que Regina se había ido. Las lágrimas surgían sin previo aviso cada vez que pensaba en la posibilidad de que Regina se mantuviera alejada por mucho tiempo. Diez días ya habían destrozado su corazón, muchos más podrían ocasionar una tragedia en su interior.

Pasaron algunas semanas y finalmente llegó diciembre. Regina permanecía en la hacienda aunque sus familiares creían que se encontraba en Londres. Las desavenencias y provocaciones entre ella y la nueva veterinaria de la hacienda habían aumentado con el pasar de los días, sin embargo, el enfrentamiento contribuyó para dar comienzo a lo que podría convertirse en una gran amistad.

«¡Sé hacer perfectamente mi trabajo, señora Mills!» exclamó Aurora

«¡Pues no lo parece! Ya hace una semana que mi caballo está con la pata herida»

«La hacienda está llena de caballos. ¿No puede montar cualquier otro?»

«No, no puedo. ¡Me gusta montar mi caballo!»

«A pesar de que esas maneras caprichosas e irritantes son un encanto en usted, le aviso que no funcionan conmigo»

«¿Qué está queriendo decir con eso?»

«¡Nada, patrona! Pero cambiando de asunto…tengo una propuesta que hacerle»

«¿Una propuesta? Hum…prosiga…»

«Una carrera al caer la tarde. Quien gane verá concedido un deseo»

«¿Un deseo concedido?» preguntó Regina, apretando los ojos

«¡Wow…qué imaginación, señora Mills! En mi lista de deseos, el sexo no está incluido» explicó Aurora, sin contener la sonrisa

«En ningún momento he pensado en sexo» dijo Regina, visiblemente incómoda

«¿Entonces acepta? ¿O no puede montar otro caballo que no sea Rocinante?»

«¡Muy bien…acepto!»

Al caer la tarde, según habían quedado, Regina y Aurora montaron en sus respectivos caballos y comenzaron la carrera que al final ganó la veterinaria. El viento frío de aquel comienzos de diciembre comenzaba a soplar más fuerte y su corazón partido latía rápido, a medida que absorbía las imágenes y los sonidos de su alrededor.

«¿Está triste por perder la carrera?» preguntó Aurora, esbozando media sonrisa

«Si tuviese mi caballo, usted habría perdido» dijo ella, mientras caminaba y tiraba del animal por las riendas.

«¿Lista para concederme mi deseo?»

«¿Tengo otra opción?»

«No. La veo esta noche en mi casa para cobrar lo que me debe»

«¿Por qué en su casa?» preguntó Regina

«Mis padres quieren conocer a mi patrona» respondió ella «Nos vemos a las siete en punto» dicho eso, Aurora montó en su caballo y se marchó, dejando a Regina atrás con sus demonios.

Pasó algún tiempo y cuando Regina se dio cuenta, solo faltaban treinta minutos para las siete. Tras anunciar a Margaret que no cenaría en casa, se dirigió a la hacienda vecina donde residía la veterinaria.

Al lado de Aurora y sus padres. Regina pasó una noche agradable como hacía mucho tiempo que no lo pasaba. Desde que había llegado a la hacienda, sus comidas habían sido hechas sin compañía alguna, aunque muchas veces Margaret la había invitado a comer en su humilde casa. Acabada la comida, se despidió de la pareja de ancianos y se dirigió al porche acompañada de Aurora.

«Tome…la noche va a ser larga» dijo la veterinaria, entregándole una taza de vino.

«Gracias» dijo ella, dando un buche a la bebida

«Quiero saber su historia. Ese es mi deseo» dijo Aurora, manteniendo sus ojos fijos en los ojos de Regina.

«No tengo ninguna historia que contar»

«Claro que tiene una. Una de las mujeres más ricas del estado de Maine no puede aislarse en esta hacienda así como así y por segunda vez. Pero deje que adivine: ¿corazón partido?» preguntó, y por más que lo intentase, Regina no conseguía escapar de Emma. La necesidad que tenía de ella le tensaba cada uno de sus músculos y los recuerdos de ellas juntas torturaban constantemente su mente.

«¡Por lo visto está muy informada sobre mí, así que no veo la necesidad de contarle nada! Con permiso» dijo ella, claramente enfadada. Y al ir a levantarse, Aurora posó su mano derecho en su hombro.

«Cuanto más intentamos librarnos de aquello que nos atormenta, más atormentados quedamos. ¿Por qué tiene miedo a abrirse?»

«¡Si quisiera abrirme, busco una psicóloga y punto!»

«Quizás sea mejor abrirse con una amiga…»

Regina sintió cómo la soledad le invadía su pecho, presentándose de forma sofocante. Aquella sensación era algo que conocía mucho, pues ya era algo que se había vuelto bastante familiar. Reprimiendo el instinto de salir corriendo de allí, Regina volvió a sentarse al lado de Aurora, sin embargo, se mantuvo en silencio mientras las lágrimas se formaban en sus ojos. De repente, su mano fría recibió una cálida y acogedora caricia, y de nuevo las miradas se encontraron.

«Un matrimonio de casi diez años acabó después de una traición. Pillé a mi esposa en la cama con el chofer de la familia, y a partir de entonces mi vida cambió» dijo ella, aspirando el aire con una fuerza innecesaria «Casi perdí a mi hijo, me aparté de mi familia y me escondí aquí, en estas tierras donde nací y crecí. Entonces apareció ella…Emma…Emma Swan. Derribó mis defensas, arrancó mi corazón y nunca más me lo ha devuelto…ni me lo va a devolver ni quiero que lo haga porque ya le pertenece a ella. Es mi corazón, pero le pertenece a ella»

Instintivamente, Aurora le agarró la mano con firmeza al notar que de aquellos ojos perdidos y tristes se derramaba un torrente de lágrimas. Regina permaneció un largo momento en silencio intentando procesar cada emoción que la recorría. La necesidad de tener a Emma a su lado la golpeó una vez más. Era sofocante, era la peor sensación sentida en toda su vida. Recuperado el aliento y calmado el llanto, narró todo lo que había sucedido después de conocer a Emma.

«Usted la ama, y sin embargo está aquí. Está dejando el camino libre para que otra persona se la robe» dijo Aurora

«Solo estoy haciendo lo que me pidió. La estoy dejando seguir con su vida»

«Estoy segura de que ella la está echando de menos»

«Sí, quizás»

«Regina…lo que hizo usted heriría a cualquier mujer, pero es comprensible. Sin embargo, no puede permitir que esa inseguridad domine su vida. De esa manera, nunca será feliz aun estando con Emma»

«Lo sé…pero solo pensamos en esas cosas cuando perdemos a quien amamos»

«¿Y quién dice que la ha perdido?» preguntó ella, y ante el silencio de Regina, Aurora siguió «No necesita volver a la capital y correr a sus brazos. Siga con su vida como lo está haciendo aquí. Vaya a trabajar, de tiendas, salga con su hijo, con su madre…y cuando menos lo espere, ella estará loca buscándola»

«Parece muy fácil y sencillo»

«Lo es»

«Bueno, me voy. Gracias por la cena y…por escuchar mis lamentos»

«Fue un placer»

«Hasta mañana, Aurora»

«Hasta mañana…ah, ¿Regina?»

«¿Sí?»

«Sé que no es de muchas amistades y que no dejo de ser su empleada. Pero me gustaría que supiese que tiene en mí a una verdadera amiga»

«Lo sé y se lo agradezco»

«Sabía que, en el fondo, tras esa mujer de hielo, había una…»

«Piense bien lo que va a decir, Aurora. Acuérdese de que soy su patrona y puedo despedirla ahora mismo» dijo Regina, y sin poder evitarlo, las dos sonrieron.

Tras la despedida, Regina volvió a su casa con el alma más liviana. Aunque ya supiese todo lo que Aurora le dijera o aconsejara, aquel desahogo le había sido de gran ayuda, pero, aun así, era difícil creer que Emma la perdonaría tan fácilmente.


A la mañana siguiente, antes de dirigirse a las plantaciones, como siempre hacía, Regina decidió llamar a Cora. Hacía una semana que no daba noticias y a esa altura, su madre sería un pozo de preocupaciones. De hecho, como había imaginado, Cora no le ahorró sermones y aprovechó para suplicarle que regresara, pretextando que la fiesta escolar de final de año iba a ser en breve y como madre de Henry no podía estar ausente. Terminada la llamada, Regina trató de ocupar su mente con los asuntos de la hacienda y al caer la tarde, según llevaba pasando los últimos tiempos, Aurora y ella recorrieron el campo en sus respectivos caballos. Sin embargo, lo que tendría que haber sido un paseo al caer la tarde, acabó volviéndose una pesadilla cuando, inexplicablemente, Regina recibió un golpe en el hombro de algo que, al principio, no logró identificar, y cayó del caballo.

«¡Regina!» grito Aurora, deteniendo su caballo. Desmontó y corrió hacia el cuerpo tendido en el suelo.

La sangre manando y manchando su camisa blanca dejaba claro que aquella herida había sido provocada por un disparo.

«¡Dios mío! Regina…» murmuró ella, mirando en todas direcciones en el intento de buscar al autor del disparo «Todo va a ir bien…tengo que buscar ayuda, pero no puedo dejarla aquí sola…» decía ella, angustiada ante aquella situación. Sin alternativa, golpeó el caballo de Regina y el animal salió disparado. Si había suerte, cuando David o cualquier otro empleado de la hacienda viera a Rocinante solo, comprenderían que algo le habría pasado a Regina. De hecho, pocos minutos después, mientras Aurora intentaba taponar la herida, David llegó acompañado de Robin en uno de los coches de la hacienda, mientras otros peones venían a caballo.

«¡Gracias a Dios, llegaron! ¡Ayúdenme a ponerla en el coche!» exclamó Aurora

«¡Señorita Aurora! ¿Qué ha pasado?» preguntó David, agachándose junto al cuerpo de Regina

«No sé…estábamos cabalgando y de repente escuché un ruido, ella cayó y…¡joder! ¡Está perdiendo mucha sangre!»

«¡Tenemos que llevarla al hospital!» dijo Robin

«¡No! ¡Llévenla a la casa! El hospital queda muy lejos y puede ser arriesgado. Mi padre es médico y puede atender en la casa»

Con la ayuda de Robin y de otros peones, David acomodó a Regina en el asiento trasero del coche y en pocos minutos llegaron a la casa grande.

«¡David! ¿Qué ha ocurrido?» preguntó Margaret, asustada ante la escena

«¡Dispararon a la patrona y cayó del caballo!»

«Pero…¿quién le ha disparado?»

«No sabemos» dijo él «El padre de la señorita Aurora es médico y vendrá a atenderla. Pon agua a hervir y trae toallas limpias…»

«¡Voy!»

Regina fue acomodada en su cama, ya sin sentido. Su rostro estaba pálido y sudado, su camisa bañada en sangre. Cualquiera que la viese en aquel estado, diría que ya estaba muerta. Algunos minutos pasaron y finalmente Aurora llegó acompañada de Marco, su padre.

«David, es mejor que juntes a algunos peones y busquen a alguien sospechoso por los alrededores de la hacienda. ¡Ese tiro no pareció accidental!» dijo Aurora

«Haremos eso ahora mismo, señorita. Con permiso» dicho eso él y Robin, que estaba en el cuarto, se retiraron.

«¿Cómo está, papá?» preguntó Aurora

«Está bien…lo más seguro es que se haya desmayado por el dolor, pero está bien. Necesito sacar esa bala y cuidar de la herida para que no se infecte» dijo él, mientras rasgaba la camisa que llevaba Regina.

«Margaret, ¿sabes cómo ponernos en contacto con su familia?»

«Sí, señorita. Tengo el teléfono de la casa y del despacho de la patrona»

«Entonces, por favor, avíselos»

«Sí, señorita. Con permiso»


«¿Qué? Pero, ¿qué está diciendo? ¿Quién es usted?» preguntó Cora

«Soy la gobernante de la casa grande, señora. La señora Regina ha recibido un balazo y cayó del caballo» respondió Margaret, desde el otro lado de la línea

«Pero…¡mi hija está en Londres!» exclamó Cora, confusa y al mismo tiempo incrédula

«La señora Regina llegó hace un mes, señora. Supongo que cambió Londres por la hacienda»

«¡Dios mío…Regina…! ¿Y cómo está? Por el amor de Dios, dígame que mi hija está bien…»

«Está bien, señora. El médico está aquí cuidando de ella»

«¡Gracias por avisar! ¡Ahora mismo salgo para allá para ver a mi hija!» dicho eso, Cora colgó

Al enterarse de lo que había pasado, Zelena se mostró tan perpleja como Cora, ya que habían creído de verdad que Regina estaba en Londres, no en la hacienda. Angustiada, la matriarca de la familia optó por alquilar un helicóptero, porque el viaje en coche o en un vuelo comercial tardaría más de lo que soportaría esperar.

«Tengo que avisar a Emma…» dijo Zelena, y así lo hizo.

Emma recibió la noticia, en shock, y sin pensarlo dos veces, metió algunas piezas de ropa en una maleta, cogió un taxi y corrió al encuentro de Zelena. Al bajar del coche, frente al edificio donde vivía la pelirroja, Emma recibió un abrazo apretado de Henry. Tan afligido como ella, él enjugó las lágrimas y en silencio, uno consoló al otro.

«Vamos…nos están esperando en el aeropuerto» dijo Zelena, mientras el chofer de Cora metía las maletas en el coche.

«Señora Mills…lo siento mucho» dijo Emma

«Mi hija es fuerte…pero recemos para que lo peor no pase» murmuró Cora, y en seguida, el chofer condujo hacia el aeropuerto.