Historia de lenguaje y contenido adulto. No apto para menores.
0BS3S10N
Cap 3: dolce
–¿Quééééééééééééééééééééé? ¿Qué tú dijiste qué? Esto es un suceso que marcará un antes y un después en mi forma de mirarte, amigo.
–Me gustaría a ti verte en esa situación. –contesté intentando controlar el sonrojo con todo el esfuerzo que me era posible–Y de todos modos, me ofendes un poco, maldito cerdo.
–Siento devolverte a la realidad, nenita, pero ahora mismo creo que los únicos que se tragan eso de que eres un Don Juan son los imbéciles del G&L. Bueno y los idiotas que lo lean. Bueno y por alguna extraña razón también es dogma de todas tus ex.
–¿Quieres parar con eso? ¡No son mis "ex"!
–Llámalas como quieras, llámalas personas con las que tuviste coito, llámalas X.
–¡Ryoga! –creo que en aquel momento mi cabeza comenzó a rezumar vapor de agua. Bajé el tono de voz temiendo que alguien hubiese escuchado los gritos de Ryoga– ¿quieres hacer el favor de no ser soez y de hablar más bajo? Sabes que eso no es verdad.
–Apuesto que no con todas ellas. Pero, maldita nenaza, no me hagas recordarte lo de Ukyo porque aún podemos volver a recordar viejos tiempos en este despacho. Y no es el momento de ponernos a destrozar muebles.
–Lo de Utchan ya sabes que fue un error, –me sentía muy incómodo hablando de ello– estábamos borrachos… ella es mi amiga.
Vale, después de todos los intentos inútiles de explicarme durante aquellos años, había optado por otra solución más práctica. Pero la verdad es que Ukyo me había emborrachado aquella noche. No es que trate de justificarme, pero fue literal.
–Ya, pero no pudiste evitar obtener beneficios en esa amistad, ¿no Rrranmaaa? Desgraciado… ya sabes cuánto tuve que consolarla. Y si no hubiera sido porque quedé perdí por Osaka y la tuve que llamar, ¡nunca me hubiera enterado de vuestro escarceo! ¡Maldito patán que juega con el corazón de las mujeres!
Ora vez estaba con la misma cantaleta. Cómo explicarle que fue ella la que me mintió diciendo que aquello era té especial. ¡Fue ella la que hizo todo lo posible por obtener beneficios aquella noche! Aquel argumento nunca encajo en su cabeza de cerdo. Y eso que yo siempre he sido un peón inocente –bueno quizás no soy tan inocente–.
–¿Puedes parar de echarme en cara algo que sucedió hace mil años? –solté exaltado antes de que comenzara a destrozar cosas y moví mis piezas– Por eso ahora te estoy teniendo mucha consideración y te estoy contando esta historia, ¿no ves? ¿Quieres que continúe o no?
Ryoga se relajó dejándose caer sobre un mullido asiento de mi despacho.
–¿Aceptó o no?
Me quedé callado un momento y perdí la mirada por la ventana.
–¡Me estás matando de curiosidad!
–Está bien, lo que ocurrió a continuación fue que…
El teléfono sonó repentinamente haciéndome pegar un bote del asiento. Pulsé rápidamente el intercomunicador.
–Saotome al habla.
–Señor Saotome, tengo a la señorita Katsuiki está a la espera, ¿se la paso?
–Dile que estoy ocupado reunido con el señor Hibiki. La llamaré más tarde.
–Entendido. A propósito, señor Saotome, ¿le podría decir al señor Hibiki que sus estudiantes lo están esperando? Su clase del medio día…
–¡Mierda! –el cerdo se levantó apresurado y corrió hacia la puerta– ¡Esto se queda así por ahora pero ni creas que me voy a olvidar que queda pendiente!
–Entendido Miyamoto. ¿Algo más?
–Sí. Su madre está en el edificio. Llegó hace unos quince minutos.
–¿Qué? ¿Por qué no me has avisado antes?
–Me dijo que quería esperar a que acabase de hablar con el señor Hibiki.
–Hazla pasar, Miyamoto, por favor. Gracias.
Pasé rápidamente a mi aseo personal y me eché agua sobre la cara. Me observé al espejo y el reflejo de aquel hombre de aspecto cansado me devolvió la mirada. Tenía unos surcos violáceos bajo los ojos y la mirada algo vidriosa pero era la misma mirada glaciar de siempre. Las gotas de agua me resbalaron por las mejillas desapareciendo en el mentón. En algún momento de mi vida me había convertido en un adulto y no me había dado cuenta. ¡Qué curiosa es la dimensión del tiempo! Algunas personas lo dilatan hasta que no da más de sí mientras que otras lo sentimos transcurrir de forma tan veloz que carecemos de consciencia del mismo. Hasta que en cierto momento te detienes a mirar tu reflejo y te percatas de que ya no eres el muchacho que solías ser. Me lavé rápido los dientes y me sequé la cara. Conforme con el resultado salí a recibir a mi madre. Barajé las opciones: o estaba preocupada o traía malas noticias.
–Cariño. Lo siento tanto…
Supuse que había leído el artículo. Corrió a abrazarme. Me dejé querer un poco y después me dispuse a hablar un buen rato con ella. No es que le confiara mis más íntimos secretos a mi madre, había ciertos límites, pero siempre traía excelentes consejos para ofrecerme. Al menos cuando no empezaba con esas sandeces de la masculinidad y de que me echara novia y que bla bla –no sé cómo sigue su discurso porque siempre desconectaba el aparato ante tal retahíla–. Pero desde luego sus consejos eran de lejos mucho mejores que los de mi padre. Aunque eso es otra historia que dejaré para más adelante.
A las 2:00 pm salí a comer con Ryoga a mi restaurante favorito de la zona. No estaba muy lejos caminando del edificio donde trabajamos y la carta siempre ha sido más que aceptable. Se trata de un restaurante tradicional pegado un santuario sintoísta escondido en el mismísimo corazón de Tokio. El lugar está repleto de cerezos, que entonces no estaban en flor, y vegetación que en aquel día vestía los tonos ocres del otoño. Mientras caminábamos, Ryoga y yo comentábamos el informe de las entrevistas que Miyamoto me había entregado. Entre los entrevistados había dos aspirantes con muy buena predisposición y currículo pero también debían de tener disponibilidad para viajar en cualquier momento. De la segunda fase se encargaría Ryoga mientras que yo me encargaría de la fase final.
Nos descalzamos cuando entramos al restaurante y caminamos por el tatami para tomar asiento en una mesa cercana a un gran ventanal. Las hojas pardas de un árbol tapaban los rascacielos y varios pájaros revoloteaban alrededor haciendo de ello un pequeño escándalo.
–Vayamos al grano, Ranma. Necesito que me sigas contando todo sobre esa dama salvaje y misteriosa.
–No tienes un ápice de paciencia, ¿verdad?
–Es que me cuesta imaginarte seduciendo a una mujer.
–¿Por qué? ¿Tan patético te parezco que tengo que ir seduciendo a mujeres?
–No me malinterpretes. Pero seamos sinceros, normalmente siempre han sido ellas las que te persiguieron, Ranma. Nunca te vi realmente interesado en ninguna.
–¿Eso es lo que crees? Porque yo no sabría decirte… –me rasqué la nuca– la verdad es que me cuesta hablar de estas cosas abiertamente.
–No sé, Ranma. Dímelo tú.
–La verdad; es la primera vez que pienso en ello.
–De todos modos –Ryoga se encogió de hombros– gracias por abrirte conmigo y contarme estas cosas. Me siento muy halagado por tu confiaza.
–¡¿Q-qué?! –contuve el rubor y lo sustituí por tensión– ¿Qué demonios dices, cerdo?, ¡me estás hablando con condescendencia!
–¿Quieres pelea, nenita?
–¡Te juro que en cuanto salgamos de aquí vas a saber lo que es el miedo!
–¡Estoy deseando averiguarlo, nenaza! Pero antes, ¿vas a seguir con tu historia de una maldita vez?
Relajé la postura tensa y asentí. Dejé apoyar la espalda en la pared y miré por la ventana. La pálida luz del cielo llegaba a mí a través del entresijo de ramas y hojas pardas.
–Creo que esta vez también me he dejado conquistar.
–¿Entonces ella accedió a ir a tu apartamento?
–No. –negué– pero ocurrió algo sorprendente.
5:00 am
– Vayamos a mi apartamento.
Ella me miró fijamente sin parpadear, sin contestar, creo que sin respirar aunque es posible que el que no respirase esperando su respuesta fuese yo mismo. El rubor se concentraba poco a poco en sus mejillas dando un aspecto a su rostro de melocotón maduro encantador. De pronto sacudió la cabeza como si pretendiese alborotar el pelo. Tenía un cabello brillante, corto y abundante. Le caía como una cascada sobre el rostro enmarcando las mejillas y una afilada barbilla. Yo estaba tan cerca que podía olérselo y olía a una mezcla deliciosa de champú de flores y hierba mojada. De pronto pareció fingir una pose y arrugó el ceño. Era muy divertido no perder ningún detalle de sus expresiones.
–Definitivamente, estás flirteando conmigo, caballero andante.
–No sé de qué me estás hablando, damisela que se mete en apuros.
–Bien, porque quiero que sepas que no me pienso acostar contigo.
Eso lo dijo de repente de carrerilla, sin apenas respirar, y cuando lo soltó suspiró silenciosamente. Lo hizo como si hubiese soltado un peso pesado diciéndolo.
Segundo de auto-sinceridad: si existió algún momento en el yo que debía ser veloz era aquel preciso momento. Sabía que o respondía algo rápidamente o me convertiría instantáneamente en un pelele dominado por balbuceos sin sentido. En aquel segundo me dije a mí mismo:
"¡Vamos Saotome, pon a trabajar tus millones de neuronas ebrias y déjale claro a esta borrachifu quién es el que manda aquí! Esta es una guerra y las guerras son mi especialidad. ¡No pienso dejarme perder por una borrachifu minúscula!"
Aunque si hubiera sido capaz de sumar dos más dos hubiese llegado a la conclusión de que no sabía con corrección cuál era esa guerra y qué pretendía ganar. Pero ya sabemos que a veces la razón no gobierna los impulsos y entonces las palabras salieron de mi boca con menos ingenio que el de un mono pelando un plátano. Que ya es decir demasiado.
–Bien, porque yo no me quiero acostar contigo.
–Perfecto, porque yo no tengo ninguna intención de hacerlo.
–Bien, porque yo no he pensado en esa posibilidad ni un solo segundo de esta noche. Ni remotamente.
¡Gran idiota! Quiero decir, ¡en aquel momento fui el más gran idiota de todos los tiempos! El hecho de negar un suceso de manera tan indiscutible y vehemente no hacía más que poner de manifiesto la evidencia de que pensaba lo contrario. Pero, ¿acaso pensaba lo contrario? De cualquier forma, fuese lo que fuese lo que realmente pensaba/quería, había gestionado con una pasión exacerbada mis emociones, concentrándolas en una frase absurda resultado de una lucha de egos. ¡Y qué fácil me resulta explicarlo con perspectiva! Entonces, era un barco de papel a la deriva que no sabía a dónde se dirigía, ni a dónde quería dirigirse.
–Estamos de acuerdo, por lo tanto–ella se mordisqueaba el labio con la mirada allá perdida por el piso con lo cual me envalentoné.
–Mi invitación carecía absolutamente de este tipo de pretensiones. Pensaba ofrecerte cantar karaoke hasta el amanecer. Luego, si te portabas adecuadamente, te dejaría dormir en mis aposentos.
–¡Quién quiere dormir en tu apartamento, arrogante!
–Pero sólo dormir, ¿eh? Que estoy seguro de que serías incapaz de resistirte a mis encantos.
–¡Já! Está claro que no me conoces, ¡soy inmune a los pretenciosos como tú! Y ya de paso, es la peor técnica que he visto en mi vida para conseguir que una chica se acueste en tu cama.
–Gracias, pero no tengo ningún interés en chicas como tú. Sólo me siento conmovido por tu personalidad peculiar. Pero ¿sabes? ¡Realmente no eres para nada mi tipo! Ya sabes, más altas, más curvas, mucho más femeninas... –no me estaba dando cuenta de que con mis gestos imitando voluptuosidad con las manos estaba dejándome parecer más estúpido de lo que en verdad quería aparentar.
La joven quedó callada por un momento, cabizbaja, invadida su cara por aquella expresión de desolación infinita. La tristeza se dibujaba y diluía al mismo tiempo en una sonrisa inclinada. Esa era la expresión que por un lado me cautivaba, pero que al mismo tiempo no conseguía descifrar. Maldije a mil demonios diferentes por haber sido tan bocazas. Había amputado sin miramientos el encanto y la gracia del momento. Había sido un patán. De modo que no pude por menos que intentar arreglar algo antes de convertir la noche en un cúmulo de momentos para olvidar.
–Te acompañaré a que tomes un taxi que te deje sana y salva en casa, ¿vale? Vamos –la empujé suavemente del hombro.
–N-no, espera. Quedémonos un rato más, ¿sí?
–Pero es tarde, y ¿no tienes frío?
–Sí que tengo un poco de frío. –contesto abrazándose a si misma– pero no me importa.
De pronto un rayo de caballerosidad me iluminó en la oscuridad de la noche.
– Q-qui ¿Quieres mi chaqueta?
–No, nada de eso. –se opuso pero me acerque rápidamente y coloque mi americana sobre sus hombros– Oye, ¿Qué haces? Te dije que…
–No rechistes borrachifu. Solo es que me sentiría culpable si cogieses una pulmonía.
Relajó los hombros y suspiró resignada.
–¿De verdad no quieres que te lleve a casa?
Se quedó callada y siguió caminando por delante de mí. Algo realmente malo debía de pasarle para que no quisiese volver allá donde ella perteneciese. No insistí ni formule ninguna pregunta adicional. Me limité simplemente a seguirla un paso por detrás, observándola sin que se diese cuenta. Yo era un cazador furtivo y ella era mi presa. La típica historia del león y la gacela adentrándose en la sabana nocturna de Tokio. Y yo, un iluso, un inocente, que en aquel momento aún no sabía que esa historia en verdad se convertiría en la historia que regiría mi día a día.
–Puedes marcharte si quieres, –dijo de repente– yo daré un paseo hasta que pueda tomar el tren.
–Faltan muchas horas hasta que salgan los trenes.
–Pues iré a hacer tiempo a alguna tienda de veinticuatro horas cuando me canse.
–Te tomarán por una homeless chiflada borrachifu. Mejor te acompaño.
–No te he pedido que me acompañes.
–Estás loca y no pienso dejar a una loca como tú dando vueltas por esta ciudad a estas horas.
Ella se dio la vuelta abruptamente y tuve que detener mis pasos para no toparme de bruces. Me miró a medio camino entre la irritación y la decepción. Pero, ¿por qué podría estar decepcionada?, ¿por qué pasaba de estar riendo musicalmente a estar mortalmente irritada? Por qué, por qué, por qué. Demasiados porqués para tan poco tiempo. Desde luego que aquella mujer era un rompecabezas inteligible.
–Se cuidarme yo solita, ¡gracias!
Un sonido pareció romper la capa de obscuras nubes que se alzaba en el cielo. Gotas tímidas y heladas se aventaron sobre nosotros. Y de repente la tromba de las noches de otoño se hizo palpable.
–¿Sigues pensando que es una fantástica idea caminar por la ciudad?
Ella, que estaba parada a un paso por delante de mí, pareció tantear el asunto. Dejó de mirarme con escrúpulos y entonces su imagen se convirtió en un cuadro maravilloso. Sus ojos se entornaron hasta quedar reducidos a dos líneas endosadas a pestañas rizadas, las mejillas se colorearon del matiz de las cerezas y las esquinas de sus labios se estiraron. Estaba sonriendo. Pero lo que hizo a continuación detuvo los latidos de mi corazón: separó los brazos en cruz y comenzó a reír y a recibir el agua de la lluvia al mismo tiempo. La lluvia rebotaba sobre su figura formando un halo radiante a su alrededor.
¿Estaba loca o era maravillosa?
–¡Me encanta la lluvia! Es… aaaa ¡aatchus!
La magia del momento se rompió por una posible pulmonía. Me preocupé un poco y la tomé del brazo. Bueno, en realidad tampoco es que estuviese muy cómodo tan solo con una camisa que de poco en poco se iba empapando de agua.
La agarré de la muñeca y corrimos a resguardarnos bajo el alerón de un edificio cercano. Las gotas de agua resbalaban a través del plano de la construcción y caían a nuestros pies formando un pequeño charco. El frio y la lluvia comenzaban a calarse en mis huesos. La fina tela no me protegía lo suficiente del frio y mi americana reposaba sobre los hombros de la borrachifu. Fantástico. Pero procuré ocultar que sentía frío.
Ella se había quedado muda por el momento. Miraba las gotas caer quizás hipnotizada, quizás con su mente en el más allá. Al rato pareció acordarse de mí.
–¿Estás bien así? ¿No tienes frio? ¿Quieres que te devuelva tu chaqueta?
–No. –antes muerto que sincero– estoy bien así.
–De verdad, no tienes que sentir ninguna obligación por quedarte conmigo hasta que salga el próximo tren, –expuso francamente–no nos conocemos de nada. Estaré bien aunque te vayas, ¿vale?
Aquella reiterada actitud suya comenzó a indignarme. ¿Acaso me estaba obligando alguien a estar allí? ¿Y por qué demonios estaba allí helándome de frio como un pasmarote? Vale, lo reconozco: si estaba con ella era porque yo quería. Es verdad que había algo en ella que me producía una atracción irresistible, por eso no quería irme, pero tampoco hubiese dejado nunca a una mujer sola en esas circunstancias. ¡Ni que fuese un inútil patán! ¿Quizás era ella la que no quería que yo estuviese allí? ¿O cabía la posibilidad de que deseara que me quedara allí con ella? Menudo trabalenguas mental. Las idas y venidas de posibles suposiciones comenzaban a tensarme. Nunca nadie me había resultado tan difícil de entender. Bueno en realidad nunca me había esforzado lo más mínimo por entender a alguien. Y menos a quien acababa de conocer…
–Si quieres que me vaya y prefieres estar sola nada más que tienes que decirlo abiertamente.
–¡Yo no he dicho eso! Qui-quiero decir, puedes hacer lo que quieras, pero a mi… me gusta que estés aquí.
Me destensé.
–Está bien, pero quiero que sepas que tampoco pensaba irme –confesé haciendo una burla y sus enormes ojos descubrieron los míos. Penetraron en ellos con la fuerza de un huracán. Su rostro parecía preocupado.
–Oh, ¡mírate! ¡estás muerto de frio!
Se deshizo rápidamente de la americana e intentó colocármela poniéndose de puntillas.
–¿Qué demonios haces? –protesté deshaciéndome de sus pequeñas manos– no la necesito. Por si no te has dado cuenta soy un hombre.
–Sí, es el único rasgo de ti en el que he reparado desde que te conozco.
–Muy sarcástica, ¿después de esta noche de grandes confesiones entre copa y copa eso es todo lo que recapitulas sobre mí?
– Bueno, confieso que me he dado cuenta de que tienes ciertas habilidades especiales para espantar a los moscones.
–Tengo muchas otras habilidades, te sorprenderías… digamos que las habilidades son mi especialidad.
No tengo ni la más remota idea de por qué pero de repente se ruborizó. ¿Qué dije de extraño? La verdad es que soy muy bueno en todo lo que sé hacer: artes marciales, cocina, deportes, ser el jefe de una empresa, en cualquier cosa en la que pueda emplear mi memoria… bueno quizás detectando a la gente no soy muy bueno pero eso no tenía por qué confesarlo de buenas a primeras. Supuse, por tanto, que el efecto del alcohol comenzaba a abandonar su puesto. De pronto parecía más tímida, más joven, más indefensa que durante el resto de la noche.
– Oye… yo… –expresó de pronto en un suave tono de voz– lamento mi comportamiento de esta noche. Quería una noche de diversión en mi vida y te he arrastrado sin quererlo en esta locura de forma completamente egoísta.
–¿Eh? ¿Po-por qué te disculpas?
–Es que… la verdad yo… creo que no me he comportado correctamente. –hizo grandes esfuerzos por explicarse. –Yo normalmente no suelo ser así. Solo quería pedirte perdón por haber sido tan… grosera contigo al principio y por haberte arrastrado después a… esto.
«Normalmente es una mujer muy dulce pero hoy ha tenido un mal día»
–No tienes que disculparte, de verdad que no. –contesté. Pero lo que hizo ella a continuación volvió a sorprenderme. Se inclinó a modo de disculpa frente a mí pidiéndome por favor que aceptara sus disculpas. De entrometido a excusa para una noche de juerga. Y las disculpas la guinda del pastel. Esa chica era una caja de sorpresas.
Di un paso al frente para resolver la distancia que nos separaba. Y después de vacilar por un instante me atreví a colocar la palma de mi mano sobre su cabeza. Ella se enderezo y me miro avergonzada. Su pelo estaba mojado y las hebras oscuras se enredaron entre mis dedos. ¡Qué guapa estaba! La naturalidad inicial de mi gesto parecía querer esfumarse pero entonces ella sonrió. Sonrisa fascinante. Unos hoyuelos en los que no había reparado se abrieron en sus mejillas. Palabras, que estaban trabadas de alguna manera en mi garganta, pugnaron por salir.
–Me he divertido contigo, pequeña borrachifu. Puede que te haya sucedido algo terrible, puede que estés realmente loca, o pu-puede ser que solamente seas una chica extraña. Pero yo….
¿Qué estaba diciendo? ¿Y de dónde había sacado el valor de decirle algo así? ¿Y qué demonios pensaba decirle a continuación? ¿Frio? ¿Quién dijo frio? Escuché entonces mi voz desde algún lugar lejano, mientras sentía que el calor de mi cuerpo podría derretir un camión de granizo.
–Yo… en verdad no cambiaría absolutamente nada toda esta noche.
Retiré mi mano al mismo tiempo que ella miró al suelo ruborizada y contestó:
–Gra-gracias.
–¡Al fin!, veo que algo de femenina sí que eres bajo esa apariencia ruda de marimacho –dije burlándome de ella.
Vale, sé que soy un capullo pero entended que tenía que cortar aquel momento incómodo de alguna forma antes de que me arrepintiese de seguir diciendo pavadas tan poco masculinas. Me puse en actitud mental de defensa, suponiendo que me devolvería un embate a continuación. Pero lo único que obtuve de respuesta fue un:
–Aaa ¡Atchis!
–¿Ves? Ese es el resultado de tu grandiosa idea de locura. ¡Estamos empapados! Vamos a ir a mi apartamento al menos para que tomes algo caliente y que te puedas secar. Después te llevaré a tu casa y no quiero que rechistes.
–Pero es que yo no quiero ir a tu apartamento.
–¿Y pretendes quedarte aquí hasta que cojamos una pulmonía?
–N-no, claro que no. –contestó vacilante y pensativa a partes iguales–Pero, ¿no podríamos ir a otro sitio? Mas… neutro…
La lluvia no parecía amainar y yo ya hacía rato que había olvidado el frio en pos del sufrimiento que me producía ver a esa niña calada y abrazando su menudo cuerpo. Miré mi reloj de muñeca que daba las seis de la mañana. Los trenes no saldrían hasta dentro de un par de horas. Cerca no había más que un Seven Eleven para comprar pero ni rastro de las cafeterías de las que abrían durante toda la noche. De pronto mirando a mi alrededor se me ocurrió una pequeña y estúpida idea.
–Espera, ¿qué te parece ir a uno de esos? –señalé un loveho que se encontraba a tan solo una manzana del edificio– Solo serán unas horas, esperamos a que deje de llover y después te llevo al tren, ¿te parece? Sin… ya sabes. Nada in-inapropiado.
–¿Eh? –dudó por un instante supongo por no creerse lo que le estaba proponiendo. Pareció sopesar la situación y finamente accedió– Bu-bueeno vale, pero ya sabes que tenemos un trato.
–¡Por supuesto! Y ni se te ocurra romperlo que por mucho que estés seducida por mis encantos, ¡no te dejaré acercarte!
Por suerte los loveho –hoteles del amor– están pensados para reducir al mínimo el nivel de incomodidad. Y aun así puede sonar paradójico que en vez de parecer un lugar sórdido, es decir: lo que es, pareces adentrarte en el interior de una tarta nupcial.
Seleccionamos una habitación disponible en la máquina electrónica de recepción y subimos a nuestra habitación: un pomposo habitáculo con una enorme cama en forma de corazón, cojines en forma de corazón, bordados y papel de pared con corazones rojos.
–Creo que mis pupilas están a un paso de redondearse en forma de corazón.
–Ya lo creo –contestó ella dejando el bolso a un lado y quitándose los zapatos de tacón.
–Te veo en tu salsa. ¿Tienes mucha experiencia en los loveho?
–¿Qué? Pe-pe-¿pero qué te pasa? –profirió avergonzada– es la primera vez que alguien me trae a un sitio como este.
–Te recuerdo que ha sido por tu culpa. Yo te ofrecí un lugar menos… ¿aparatoso?
Observé una pequeña máquina dispensadora de preservativos adosada en la pared. El calor asedió mis mejillas como si fuese fragua de metalurgia así que desvié rápidamente la vista de allí.
–¿Y tú? Apuesto que tú sí has venido alguna vez a algún lugar como este a traer alguna de tus conquistas.
–¿Bromeas? Jamás se me había pasado por la cabeza. Esto de las camarazones y los cojirazones es nuevo para mí.
–Estamos mano a mano, supongo. ¿Qué te parece si encendemos el televisor? ¡Mira! El televisor se salva de ser un televorazón.
–Pero las zapatillas no se libran de ser surippazon –observé alzando las surippa en forma de corazón que había junto a la cama– hagamos lo que desee la pequeña borrachifu.
Caminó descalza sobre la moqueta roja y desenrolló la bufanda del cuello. Se deshizo de la chaqueta y todas sus pertenecías quedaron deliciosamente dispersas por el suelo. Empleó una toalla para secarse el pelo y se sentó en la cama cerca del ápice del corazón. Os tengo que confesar que tuve que realizar grandes esfuerzos por desviar mis pupilas de las formas que se revelaban bajo esa camisa blanca plisada de cuello drapeado. También procuraba evitar reparar demasiado en las rodillas que asomaban bajo esa falda negra acampanada. Sin embargo todos mis intentos fueron infructuosos. La verdad es que nada me apetecía más que observarla.
No sabría decir concretamente en qué ocupamos el tiempo durante los siguientes minutos. Mi momento de ebriedad había volado con las hojas senescentes que el viento se lleva en invierno. Me encontraba pletórico, fascinado por su energía y la forma en la que movía los brazos cuando hablaba. Pero lo que sí puedo afirmar con seguridad es que hubo un momento en el que las palabras llevaron a las risas y las risas nos devolvieron a esa guerra interminable egos que había caracterizado desde un principio nuestra extraña relación. Frente a alguno de mis comentarios de esos tan ingeniosos como ofensivos, quizás transgrediendo los límites de lo razonable, recibí un fuerte golpe en el estómago que me noqueó por un segundo. ¡Esa mujer golpeaba bien fuerte!
–No pu-e-do res-pi-rar.
–¡Lo siento! –se acercó tanto que su pelo me hizo cosquillas en la nariz– no supe medir la fuerza. ¿Estás bien? ¿Quieres un poco de agua? ¿Te puedo traer algo?
–Gracias, pero creo que sobreviviré a tu ataque de marimacho.
–¿Qué?
Me propinó un codazo que supe esquivar fácilmente. La agarré del antebrazo e hice que cayera bajo mi cuerpo, a merced totalmente de mis garras. Quizás no era del todo consciente de la situación, pero aquella mujer se encontraba tumbada sobre la cama, con el pelo desparramado sobre la colcha y los ojos café hundiéndose dentro de mis pupilas, de mi cabeza, dentro de todos y cada uno de mis sentidos. Nariz contra nariz, aliento que se mezclaba en el medio.
Atrapada bajo mi cuerpo no pareció tensarse pero su boca se movió como diciendo algo, una palabra silenciosa que no consiguió capturar mi entendimiento. Pasto de la hipnosis que me producía ver cómo se movían esos hinchados labios, no podía hacer nada, no podía escuchar nada, no podía sentir nada. Y sin embargo con los oídos taponados y los sentidos entumecidos, de pronto percibí su voz en un suave hilillo de fondo.
–Azules.
–¿Azules?
–Tus ojos.
Hablar me devolvió a la realidad así que liberé al escudero borrachifu para que pudiera volver a sentarse.
–Sí, ¿hasta ahora no te das cuenta?
–Bueno, no es como si te hubieras acercado tanto a mí en toda la noche. –bostezó.
–Vaya al fin confiesas lo que estabas deseando. –la miré de reojo y seguía bostezando– ¿quieres dormir?
–No tengo sueño.
Me levanté y retiré la ridícula colcha roja de raso de la cama. A través de las vaporosas cortinas la luz del amanecer asomaba cohibida. Se escuchó el graznido de un cuervo indicando que estaba a punto de comenzar un nuevo día.
–Tengo una idea: me voy a poner cómodo mientras me cuentas algo. Si me quedo dormido me despiertas.
–Vale. –replicó estirándose a un lado de la mitad del camarazón. Se rodeó de algunos cojirazones a modo de barrera y dijo entre bostezos:– Te voy a imitar pero no me pienso quedar dormida. Podrías atacarme mientras duermo.
–No me pienso acercar a ti, no hace falta que pongas esa barrera.
–Es solo por si acaso se te pasa por la cabeza…
Cuando me giré para replicar estaba profundamente dormida. Dormitaba tumbada sobre su espalda con una mano anclada en el pecho ¿Y qué creéis que hice? Sonreí como un idiota mirándola. La miré. La miré. La miré. La miré tanto que memoricé cada una de sus líneas, de sus inspiraciones y expiraciones. Cada pelo de sus cejas, cada pestaña, cada signo de consciencia en la cándida inconsciencia. La miré hasta que el amanecer se transformó con certeza en día y escuché el sonido que indicaba que pasaba cerca el primer tren.
El repiqueteo de las gotas sobre el cristal sonaba como una balada de cuna sobre el silencio. Las sábanas blancas, impersonales, se arrugaban bajo el descanso etéreo de sus blancos brazos. El rostro permanecía fundido en una inconsciencia demasiado estática, demasiado irreal quizás. Apenas mostraba signo de vida que no fuese el de su pecho subiendo y bajando pausadamente. Los labios humedecidos no transmitían queja ni alegría sino paz. Y a la vez se mostraban tan sugestivos y tan hinchados que incitaban una pulsante y dolorosa erección.
De repente, después de toda una noche debatiéndome en un estado de pretensión desconocida hasta el momento para mí, supe lo que quería. Lo que quería era tocarla.
No sé por qué era tan fuerte esa pulsión. Era algo primigenio, un instinto brutal. No sabía por qué quería tocarla pero mis manos hervían en un intento desesperado por no hacerlo. Y ella proyectaba sobre mí ese aroma de sensualidad que me estaba aniquilando. Me moría por tocarla y contenerme estaba siendo un tormento ¡Juro por mi vida que nada me era más difícil en aquel momento!
Pero no lo hice. Por eso procuré que mis ojos fuesen los que la acariciasen y absorbieran su esencia hasta imprimirla a fuego en el hipocampo. El tour de mis ojos comenzaba en la curva de su pecho, seguía por el óvalo de su rostro y moría sobre la redondez de sus caderas. La observé tan profundamente que los límites de su cuerpo se hacían difusos en la realidad y se grababan en mis pensamientos. Y cuando en algún momento confuso de aquella ensoñación, ella entreabrió los párpados observándome de vuelta, me perdí en sus ojos castaños. Sentí que nuestras miradas se fundían forjándose en una sola. Era demasiado tarde como para no darme cuenta de que ya me había vuelto loco. Di la bienvenida a esa dulce locura que ahora sé que tiene el nombre de obsesión. ¡Me acababa de hundir en ella sin ninguna posibilidad de volver!
... continuará
