Historia de lenguaje y tema para adultos. No apta para menores.

0BS3S10N

Cap 4: Acidi

9:00 am

Un golpe. Un sonido amortiguado me despertó de repente. Me encontraba tan profundamente mecido en los brazos de morfeo que recuperar la consciencia fue un esfuerzo titánico. Pero entonces la consciencia tiró sin compasión de mí valiéndose de ese dolor agudo, que me atravesó la cabeza de sien a sien. La lengua pastosa me confirmó que la noche anterior había bebido más de la cuenta. Digamos que mi cerebro era más bien una pasta espesa que un conjunto de neuronas y redes organizadas.

Comencé a orientarme y a apartar la niebla de la vista cuando me di cuenta dónde me encontraba y con quién no me encontraba. Un letrero colgaba en la puerta del pomo columpiándose a modo de compás como si alguien acabase de dar un portazo. Miré a mi alrededor y los objetos que quedaban en desparramados por el suelo ya solo comprendían mi maletín negro, mi camisa, los zapatos, la americana y una bufanda blanca. Que no era mía. Recuperé la habilidad de existencia como pude y me levanté de un salto.

–De ninguna manera.

Salí a toda velocidad del cuarto cargando en volandas la camisa. Hice malabares para colocármela sobre la camiseta interior mientras pulsaba los botones del ascensor. En un estado de exasperación prácticamente volé a través de los cuatro pisos de las escaleras hasta llegar la planta baja del hotel. Allí me detuve un momento valorando la situación, cuando escuché el sonido de las campanas de la entrada. Era ese sonido que delata que alguien sale o entra. Corrí hacia la puerta, sin evaluar los obstáculos casi tropezando con la mesa de recepción; y cuando salí al exterior el aire de noviembre, frío e implacable, me dio un impacto glacial en la cara. Aquello fue lo que me despertó definitivamente.

Caminé descalzo unos pasos sobre la acera de la calle, que estaba tan helada como húmeda, y era un alivio que hubiese dejado de llover. Miré a hacia todos los lados buscándola, sintiéndome a la deriva. ¿De verdad se había ido así? ¿Por qué?

Y cuando de pronto la vi, entrando en un taxi en la acera opuesta de la calle, ya fue demasiado tarde. El chorro de voz se quedó encajado en la caja torácica. No pude articular un solo sonido.

Maldición.

No lo sabía, no sabía cómo se llamaba. ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Por qué había sido tan torpe? Cientos de preguntas sin respuesta traspasaron mi comprensión como una exhalación.

El vehículo desaparecía por la avenida, dirección norte, hasta que se perdió de mi vista.

Fantástico. También había olvidado la llave tarjeta del hotel en la habitación.


–¿Entonces ni si quiera la besaste?

Ryoga arremetió con ímpetu sobre el tempura de calabaza. El muy cerdo me hablaba con la boca llena de comida. Sorbí buena parte de mi soba antes de contestar. La verdad era que llevaba todo el día con el estómago entre cerrado y lleno. Aunque en realidad estaba siendo ocupado por las grandes dosis de adrenalina o por el mareo debido a la falta de sueño.

–No, no lo hice. –me sonrojé.

–Definitivamente, eres imbécil.

–¡Oye! Ella es... es diferente.

–¿Diferente?

–Sí… no sé. No creo que estuviera buscando e-eso que tú crees.

–Algo estaría buscando si te accedió a ir con un tipo como tú a un hotel, ¿no has pensando en eso?

–Pero, ¿tú has escuchado algo de lo que te he dicho? No lo has entendido. –cabeceé– Algo le pasaba a esa mujer. Y había algo en ella que no llegué a comprender pero que lograré de algún modo descifrar.

–¿Lograrás descifrar, dices? –Ryoga carcajeó– Primero empieza por encontrarla, que dudo que lo hagas. No sabes ni si quiera su nombre. Dime, ¿cómo la vas a encontrar en la ciudad con más población del planeta? ¿Entre trece millones de habitantes?

– ¡Cállate, cerdo! Estoy seguro que volveré a encontrarme con ella muy pronto.

–¿Qué te hace pensar eso, eh?

–No lo sé. –confesé ruborizado– Solo es un presentimiento.

Qué soberana estupidez dije. Pero bueno, no me juzguéis tan duro, ¿y qué debía decir? ¿Proclamar a Ryoga lo que realmente pensaba? Porque no hubiese quedado muy masculino manifestar lo que realmente pasaba por mi cabeza; lo que comenzaba a querer aferrar mi voluntad. Pero la verdad no era más que: si había alguna forma de encontrarla en este mundo, aunque fuese tan solo una sola manera, seguramente no me detendría hasta encontrarla. Así soy yo. Así es Ranma Saotome. Jamás me rendiría ante un reto.

–Vaya, pues sí que te ha dado fuerte… ¿no habrá sido amor a primera vista?

–¡¿Qué?! ¿Puedes dejar de decir cosas extrañas?

–Ni tan extraño, amigo. ¡Bienvenido al mundo de la debilidad masculina frente a una mujer! –se metió un trozo de tofu en la boca y, sujetando el bol de arroz, antes de que pudiese protestar preguntó:– ¿Qué datos tienes de ella?

–¿Datos? Ummm –reflexioné– es bajita, pelo corto más o menos por aquí, no demasiado pecho, malhumor, unos veintitantos…

–Eso es de mucha ayuda. Seguramente en tu descripción encajan solamente uno o dos millones de mujeres en Tokio. Por lo menos ya no son trece millones.

–Bueno, tengo una bufanda suya. Marca de Uniqlo.

–Bien, puedes restar quizás algunos cientos de miles, ¡qué digo! No restas nada, ¡todo el mundo compra en Uniqlo! Incluso yo.

–Bueno, bebía ginebra, masticaba chicles de menta, tenía una amiga teñida de rubio y hoy iban a una boda…

–Espera, espera, ¿hoy?

–Sí. ¿Te parece extraño?

–Claro. Ya sabes lo que se dice: en martes ni te cases ni te embarques. No creo que se celebren muchas bodas en Tokio un martes, y aun así probablemente el número puede ascender a varias decenas.

–¿Crees que ese dato me puede ayudar a encontrarla?

–¿Bromeas? Gracias a ese dato te ayudaré a encontrarla.

–¿Cómo? –pregunté interesado.

–Verás, –comenzó a explicar algo abrumado– antes de casarme con Akari ya sabes que solía salir mucho de copas por Shinjuku… y bueno… alguna vez cuando alguna chica me gustaba pero no me daba su teléfono… El caso es que conseguí acceder a la base de datos del censo del ayuntamiento…

–Maldito acosador…

–Pero tú ni si quiera conseguiste su nombre.

–No es algo que me importe demasiado –mentí descaradamente.

–Aunque quizás haya alguna posibilidad de encontrarla. Pero tendrás que pasar algunas horas frente a un ordenador.

–Me niego a rebajarme a la categoría de acosador como tú. Y menos por una mujer.

–Bésame nena. –contestó pagado de sí mismo– Gracias a este acosador encontrarás a tu dama misteriosa porque creo recordar que existe un censo mensual matrimonial. Normalmente incluyen los asistentes a la ceremonia, en la página del juzgado. Lo primero que debes hacer es mirar los matrimonios inscritos para el día de hoy.

– ¿Me tomas por un psicópata o algo por el estilo? ¿Cómo pretendes que haga eso?

–Muy fácilmente. Solo has de conseguir los nombres.

– ¿Y para qué demonios me servirán los nombres si no puedo ver a quién corresponden?

– ¿En qué siglo vives? ¿Acaso no conoces algo llamado «redes sociales»?

–Das por hecho que ella está dada de alta en una red social de esas.

–Lo que me extraña es que tú aún no estés dado de alta en ninguna, Ranma. Vives prácticamente en otro planeta. O en el Jurásico, tú eliges.

–Elijo dedicar mi tiempo en algo más productivo. Gracias por el consejo, pero creo que voy a pasar.

–Bueno tú decides si quieres perder la oportunidad.

En aquel instante valoré si debía dejar pasarla. Por todos los demonios, ¡claro que lo haría! La curiosidad comenzaba a doblegar mi voluntad, royéndola poco apoco como las ratas hacen con el queso rancio. Pero era una pretensión que no tenía por qué confesar tan fácilmente a Ryoga.

El día, entre las clases y la prueba previa del anuncio dio su fin a marchas forzadas. A primera hora de la tarde solicité el trabajo sucio a mi secretaria y a las pocas horas tenía un folder en mi escritorio con los datos que pudo conseguir del censo mensual matrimonial. No me hizo ninguna pregunta. Siempre me alegró que Miyamoto fuese discreta cuando sabía que debía serlo. Ni muerto lo reconocería, pero el cerdo había sentado las bases empezar una búsqueda quizás sin destino. Al menos esperaba que fuese un vergonzoso secreto que jamás tuviese que reconocer.

Debía de haber anochecido ya cuando cansancio comenzó a hacer mella en el cuerpo. De pronto me sentía como si los parpados sujetasen sendas pesas de hierro, así que cuando terminé de impartir la última clase de la tarde, tomé una ducha rápida y me planté en el despacho raudo y veloz para acabar la jornada.

–Miyamoto –llamé por intercomunicador– por favor, no voy a ir evento de esta noche, estoy muerto, ¿podrías por favor cancelar mi asistencia?

–Sí señor. ¿Avisó ya a la señorita Katsuiki o es necesario que la avise?

Maldita memoria. Lo había olvidado.

– Por favor, Miyamoto, contacte con Natsume y dígale que me encuentro indispuesto.

–Entendido señor, espero que descanse para mejorarse.

La noche era fresca y la luz de la luna brillaba tímida detrás de nubes grises. Desistí de la idea de volver caminando así que paré un taxi.

Por aquel entonces me había mudado a un piso a las afueras del parque empresarial de la ciudad. Era un ático situado en el treceavo piso de una gran avenida que daba a la torre de Tokio. La torre se alzaba en la distancia al final de la calle con sus colores cálidos nocturnos imponiendo su presencia arrebatadora. Yo solía ir caminando desde el trabajo y tardaba por lo usual casi siempre poco más de media hora. Ya había perdido la costumbre de saltar por los tejados de los edificios aunque siempre había sido una buena forma de entrenar la agilidad.

Me acomodé sobre el asiento negro de cuero cuando le facilité la dirección al conductor. ¿De dónde había salido esa mujer?, ¿y por qué se había colado en mi cabeza así tan de repente? La muy maldita me estaba taladrando como una termita el cerebro de madera.

Algunos edificios que miraba por la ventanilla tenían exceso de luces. El despliegue publicitario de la ciudad no ayudaba a apartarla de mi cabeza. ¿Había malditos corazones en todos los carteles o estaba alucinando?

Bien, ya era suficiente. Le dije al taxista que me dejara a un par de cuadras, necesitaba despejar la mente y realizar algunos saltos antes de perder definitivamente la razón. Un hotel de altura de rascacielos tenía una fuente que era perfecta para esa función. Me daba igual que me tomaran por lunático, el ejercicio era lo que me proporcionaba el pan de cada día.

La fuente era grande, cuadrada y con un ojo psicodélico y futurista en el centro. Estaba franqueada por chorros a modo de barrotes que llegaban a una altura de tres o cuatro metros en una barrera inicial y otra secundaria con barras de menor altura. Era perfecta para entrenar.

Un desafío se cruzó por mi cabeza. El juego era el siguiente: esquivaría cada barra de agua como si se tratase de una carrera de obstáculos en cada lado del cuadrado y en las esquinas saltaría hasta el ojo central; y volver a empezar. Reto: no recibir una sola gota de agua.

Muy bien, así lo hice.

Esquivar, esquivar, esquivar y saltar. Esquivar, esquivar, esquivar y saltar. Hice el recorrido en pocos segundos y entonces lo intenté alternando lados opuestos en cada repetición. Después modifiqué el patrón y lo hice al revés; de espaldas y cambiando la forma en la que hacía piruetas. La fuente estaba iluminada y presentaba un juego de luces que rotaba cada cierto tiempo. Me di cuenta de que era cada diez segundos. Comenzaba a ser monótono así que sincronicé los patrones que iba inventando con el cambio de las luces. Lados alternos y pirueta con vuelta completa para el rojo. Vértices opuestos y salto hacia atrás para el morado. Marcha atrás y mortal para arriba con el azul. Salto de vértice a vértice opuesto y marcha atrás para el amarillo. Saltos intermitentes cada cuatro barras para el verde y vuelta a empezar. Pan comido. Subí la velocidad para intentar repetir dos patrones seguidos en un cambio de luces. Lo logré. Tres. Fantástico. Escuché aplausos al fondo. Cuatro. Percibí ovaciones a mi alrededor. Mi cuerpo empezaba a sudar. Hice todos los patrones en un solo color, tan solo en diez segundos, comenzando a percibir mi propia figura como un borrón oscuro. Descansé un segundo sobre el ojo futurista para recuperar el aliento y vi que al menos una decena de personas se había congregado alrededor. Algunos me grababan con sus teléfonos. Un policía se acercó con malas pulgas.

–¡Oiga, bájese inmediatamente! ¡No puede estar ahí!

Salte rápidamente y hui riéndome como un loco. Me sentía tan ligero como un pájaro. Frené paulatinamente los pasos y respire todo lo profundamente que los pulmones me permitieron. Y cuando llegué a unos metros cerca de mi edificio pude vislumbrar como salía Natsume del portal.

Todo el jolgorio del momento se deshizo en despojos.

Probablemente había ido a intentar localizarme. Habían sido demasiadas las negativas de los últimos días: no fui a la cena, no le había cogido el teléfono en días, no pensaba ir al combate de aquella noche… La idea de hablar con ella me antojaba funesta, aunque entendía que eran demasiadas negativas en tan poco tiempo sin una explicación. En mi fuero interno esperaba que pillara el concepto y me ahorrara explicarlo. Rechazar directamente a una chica siempre supuso un esfuerzo inabordable para mí. Por eso me escondí detrás de unos coches hasta que comprobé que se marchaba.

Natsume Katsuiki era una joven que a muchos robaba el aliento. Su cara era pálida, sus ojos oscuros, enigmáticos, y tenía un largo cabello negro azabache. La observé desde mi escondite caminar muy digna con su cuerpo delgado sobre finos zapatos de tacón. El largo cabello oscuro serpenteaba en la dirección del viento. Finalmente desapareció en el interior de un vehículo negro que la esperaba.

Una vez me encontré seguro frente a la posible furia de la mujer subí a mi apartamento planteándome la pregunta del millón: ¿Por qué resultaba tan difícil ser yo?

Natsume había irrumpido en mi vida hacia pocas semanas. Me habían visto en varias ocasiones con ella porque fue la modelo de la campaña publicitaria más agresiva de los gimnasios Todo Vale y, como pareció adquirir cierta simpatía por mí, Nabiki Tendo en calidad de asesora de imagen me había recomendado asistir con ella a los eventos. Era buena chica, quizás algo caprichosa y mimada, desconocedora de ciertas condiciones crudas de la vida que otros bien conocemos; y otras cosas que fácilmente se podían pasar por alto. Sin embargo se tomaba algunas atribuciones que me hacían sentir bastante incómodo. Ciertos roces demasiado afectuosos, escenas de celos de cuando en cuando, mensajitos de texto…

Sí, sí, vale, confieso que nunca había hecho esas cosas que todo el mundo consideraba normales, ¿mensajes de texto? ¿Qué mariconada era esa? Quise desprenderme de esos pensamientos que me rondaban como las pulgas a los chuchos agitando la cabeza. Subí al ascensor.

Mi orden comparado con la vida anterior que llevaba era por menos chocante. Solo llevaba un año viviendo en aquel piso pero quien me hubiese conocido antes podía jurar que la pulcritud era sospechosa. Había intentado que estuviese lo más alejado posible de la modernidad y el resultado había sido algo chocante: una mezcolanza tradicional de tatamis y cojines para los cuartos pero una sala occidental con un sofá de cuero marrón frente a un plasma de cincuenta pulgadas. A parte de aquello, una estantería con libros y una mesa de trabajo eran el poco repertorio de objetos que decoraban mi apartamento. La filosofía estaba clara: cuanto menos tuviese menos tendría que ordenar.

Eran más o menos a las diez de la noche cuando me di cuenta de lo cansado de la vida y de lo terrible que era ser un hombre de negocios. Me serví una Asahi bien fría y me puse a escuchar unos cuantos conciertos a todo trapo mientras hacía las usuales mil quinientas flexiones nocturnas. Sudar a destajo mientras me empantano en la intensidad de la música siempre me ha llenado de calma. No tengo disculpa: la tensión de los músculos y la música es lo que me traslada a la cómoda zona de confort. Después me relajé en el baño y cuando hundí la nariz sentí por fin toda la frustración anidada en mi cuerpo.

¿Tan difícil era entenderme? Nunca he buscado la aprobación de nadie y aún así podía ver el gesto de tristeza de mi madre en cada acto que consideraba detestable. Quiero decir, cualquiera me hubiese culpado por ser un imbécil cabrón sin sentimientos. Pero en realidad si le hubiese dicho la verdad a Natsume, es decir que: (a) no estaba en lo más mínimo interesado en acudir al torneo de hoy y (b) mucho menos en asistir con ella, hubiera sido catalogado como aún más cabrón que de costumbre.

Demonios. Solo necesitaba un ápice de compresión. No hay forma de contentar a la gente. Nadie me comprende.

Estaba demasiado cansado. Pensé que tal vez me vendría bien un poco de estiramientos en el futón y quizás pensar algo en el trabajo del día posterior. No sé cómo pero cuando estiré todo lo largo que era a lo horizontal poco a poco el cuarto desapareció. Todo se hizo negro.

«Me levanto en la oscuridad y tropiezo. Son las 2:00 am. El cielo en la noche está nublado. Nada oigo, nada suena: solo el murmullo sordo del silencio. Palpitan mis sienes. Palpita todo mi cuerpo como si fuese un amasijo pulsante indefinido. Soy incapaz de caminar recto dos pasos más. El pasillo ante mí se extiende, se alarga, se estrecha. Ella corre por delante. El pasillo se estira como un chicle. Tengo las rodillas hincadas en el suelo, hundidas, casi fundidas en él. El sudor en mi espalda crea un camino sin retorno, el aire no atraviesa mi garganta. Veo su carne trémula dibujándose bajo la blusa. Los labios humedecidos, entreabiertos, enrojecidos. La luna asoma con timidez de atrás de una frondosa nube nocturna y siento las manos mojadas. Mierda. Mierda.»

«Me levanto en la oscuridad y tropiezo. Son las 2:00 am. Tropiezo frente a una nebulosa de estrellas que engulle a la ciudad. El tamaño es incalculable. La minúscula ciudad de trece millones de habitantes, con sus los rascacielos de juguete, desaparece progresivamente devorada por el vasto universo. Los colores de las estrellas y el vapor son fríos pero se extienden eternamente hasta donde alcanzo a mirar. Me engloban, me rodean, me sacuden, me observan. Me observa. Ella sonríe, pestañea, se desliza sin quererlo como una serpiente enroscando las piernas alrededor de las sábanas. Siento una furiosa erección. Ella asoma la lengua entre los labios. Mierda. Mi cuerpo se llena de electricidad electrostática. Vibro. Vibra. Vibramos. Todo me da tantas vueltas que me mareo y tropiezo. Tropiezo y caigo. Caigo. Caigo. No paro de caer.»

«Me levanto en la oscuridad y tropiezo. El reloj digital marca las dos en números de luz roja. Me acerco hacia la ventana arrastrando sordos pasos. Las luces de la ciudad están apagadas. Algunas oficinas permanecen encendidas y los trabajadores nocturnos seguro que permanecen en ellas. No hace ni calor ni frío, no sopla el viento. No se percibe ningún sonido: ni de vehículos, ni si quiera el murmullo amortiguado de una ciudad viva. Me estoy deslizando sobre un fotograma que existe pero que está muerto. No me consta ningún signo de vida.

–Hola… –dice de pronto una voz.

Miro sobresaltado hacia mi futón. Es mi mismo espacio de siempre, cobertor gris, colcha de colores pardos, y sin embargo una mujer desnuda asoma la blanca pierna por encima de la ropa del futón.

–Vuelve a la cama, por favor. –suplica y sy voz se percibe a medio camino entre la somnolencia y la excitación.

Y de pronto mi habitación empieza a aumentar de tamaño, se aleja, se agranda; y yo me encojo, me pliego sobre mí mismo. Veo mi futón desaparecer en la distancia. Y mi voz sale como un gemido. Porque claro, nunca pude. Nunca pude llamarla. Nunca me dijo su nombre.»

Fue entonces cuando desperté.

Si solo hubiese estado turbado por ese sueño dentro del sueño dentro del sueño no hubiera sido tan preocupante. Pero no solo la ropa del futón estaba húmeda por todo el sudor que emanaba de mi cuerpo, mi ropa interior también. Sentía el pene pegajoso y definitivamente había un desastre por allí abajo.

–Maldición. –farfullé malhumorado.

Encendí la luz y miré el reloj, que marcaba las dos de la mañana. Caminé con desgana al baño, abrí el grifo, deje correr el agua y observé a aquel Ranma Saotome que me observaba de vuelta. El cabello alborotado y salvaje me rozaba ya los antebrazos. Tenía los ojos vidriosos, como si una cortina viscosa me ocultase las pupilas.

– ¿Qué demonios te ocurre, Ranma?

Me lave con una toalla húmeda. Me mojé los dedos y peiné con ellos el abundante cabello hacia atrás. El flequillo rebelde volvió para pegarse a la frente. Con la goma que llevaba en la muñeca me quedé a medio camino de recoger el cabello en la coleta que llevaba siempre. Cambié de opinión y lo comencé a trenzar hasta que quedó anudado en una trenza apretada que colgó hasta la mitad de mi espalda. Campante pero sin sueño caminé hacia la mesa de despacho. Retiré el libro de Yoshikawa que había dejado a medias por empezar una novela de Bukowski y encendí el ordenador dispuesto a hacer una de esas estupideces que siempre echaba en cara a los demás.

¿Alcohol? No es sano: completa indisposición. ¿Mujeres? Miedo y desconfianza a partes iguales. ¿Redes sociales? No me interesan lo mas mínimo. Y sin embargo en menos de veinticuatro horas las bases de todas esas doctrinas inamovibles se deshacían a pedazos.

Me sentía como los estúpidos de esas películas románticas occidentales: con insuficientes horas de sueño en el cuerpo y frente a un ordenador intentando buscar a una chica que me llevaba por el camino de la irreflexión. Y de paso: de la cual no me sabía ni si quiera el nombre. Desde luego que me había abandonado la cordura.

Vale. Puede que esa noche me extralimitase del todo pero lo cierto es que me dieron las seis de la mañana y la lista que me había facilitado la señora Miyamoto, después de robar toda su tarde de trabajo, ya casi llegaba a su fin. Según las fotos de internet, ninguna mujer de aquella lista se parecía a la dama furiosa y pequeña que me había abandonado aquella mañana sin decirme su nombre. Aunque una tal Kaori Hitsuya de veinticuatro años era bastante mona, y le gustaban mangas muy parecidos a los que me gustaban a mí. Además Ryoga estaba equivocado en una cosa: no todas las mujeres de Tokio estaban dadas de alta en una red social. De la lista al menos veinte de ellas no aparecían en las bases de datos.

Ya era suficiente. Cerré la tapa del laptop y me acosté en el futón decidido a dormir al menos otras dos horas. Mi labor como psicópata se había acabado por aquel día.

Otra noche en la que facturaría la fastidiosa deuda del sueño.


El miércoles había quedado con Nabiki Tendo para reunirnos en el centro comercial a pie del SkyTree del norte de Tokio. Me dirigí hacia allí sin prisa pero sin pausa sobre el medio día. Supuse que me vendría bien un paseo así que no tome taxi alguno. Pero a mitad de camino todo el cansancio de dos noches sin dormir bien se abatió sobre mis hombros así que tomé el metro en la estación más cercana y me dirigí hacia el intercambiador de Ueno donde tomé el tren hacia la solemne estructura del SkyTree.

El restaurante francés donde se iba a celebrar la reunión estaba localizado en la planta sexta del centro comercial. Nabiki Tendo ya me esperaba allí con sus aires de dama sofisticada, dando pequeños sorbos a una copa de vino que sujetaba con elegancia entre los dedos. Cuando llegué la salude rápidamente con un oscilación leve de la cabeza, me deshice de las gafas de sol y literalmente me tumbe sobre el respaldo del asiento.

–Pareces cansado, socio, y se de primera mano que no es por haber asistido al torneo de combate acuático de ayer.

–Tenía trabajo que hacer.

¿Que por qué se tomaba esas confianzas conmigo? La respuesta es simple. La muy bruja se sentía dueña del mérito de estar construyendo mi fortuna.

–¿Has estado entrenando para el torneo?

–No entiendo esa pregunta, por si no lo sabes soy artista marcial.

–Te veo distraído, y no nos podemos distraer demasiado. La suma de dinero será sustanciosa a partir de que ganes ese torneo. –mencionó estando casi tan segura como yo lo he estado siempre de mis victorias– Bien, he traído conmigo el plan completo de venta de imagen que llevaremos a cabo en Beijing. Supongo que querrás discutirlo.

Me encogí de hombros.

–No tengo otra opción.

La comida transcurrió entre pláticas sobre las sesiones fotográficas de la firma deportiva, el anuncio publicitario y la planificación de un reportaje que se llevaría a cabo durante el torneo pero sin mayores contingencias. Entre tanto, los planes de publicidad y la música clásica del restaurante me llevaban de la mano hacia cierto sopor. Pero debía estar alerta, no obstante me encontraba con esa arpía astuta de Nabiki Tendo. Yo había llegado tarde y eso reducía con creces mis posibilidades de enfocar la cólera. Hasta ese momento ambos habíamos estado evitando en cierta manera tratar algunos temas directamente: por mi lado el cansancio creaba una telaraña mental que me impedía obrar con calidad. Por su parte, no lo sé. Y en verdad no sé quién demonios querría saber lo que pasa por la cabeza de esa mujer.

Después de detallar todos los planes del reportaje que realizaríamos en Beijing para impulsar los gimnasios, volvió a mencionar aquel fastidioso tema del combate acuático. Y aquello abrió la caja de pandora.

–Saotome, teníamos un acuerdo en relación a los eventos. Ausentarte no forma parte del trato.

–Tuve un día muy engorroso. Mucho trabajo pendiente.

–¿Algo más importante que darte a conocer en los medios de comunicación para que la publicidad haga rica tu empresa? Admirable por tu parte, sorpréndeme.

–¡Oye! ¿Pero qué te pasa? ¡Quiero que sepas que no estoy nada conforme con lo que estás haciendo de mi imagen!

La publicista empezó a desternillarse de la risa.

–¿Qué tiene tanta gracia?

–Te estas comportando como un crío. Tienes que aprender mucho de este mundo de los negocios.

– Siempre me ha ido bien, Tendo, incluso antes del contrato con TBI. Te recuerdo que puedo prescindir de tus servicios en cualquier momento. –amenacé.

–Sabía que dirías eso en algún momento. –espetó sacando un papel de su cartera de piel que extendió hacia mí–Tenemos un contrato y si has leído bien las clausulas, estas bien atado a TBI durante el próximo año. Las consecuencias de tu rabieta te costarían millones de yenes, socio.

–Maldita bruja… –Mascullé entre dientes.

–Te he oído. Y deja de preocuparte tanto por tu imagen de una vez. Confía en mí, se perfectamente lo que hago.

–¿Cómo quieres que no me preocupe? ¿Tienes ojos? ¿Acaso no has leído el boletín de la revistucha esa de esta semana? ¡Soy el hazme reír de cualquier deportista respetado!

–Claro que lo hice, Saotome, –se llevó un sorbo de vino blanco a los labios– y no hay mal que por bien no venga. Me parece muy positivo para darte a conocer de cara al torneo asiático de la próxima semana en China. Todo el mundo a día de hoy habla de ti.

–¡Estás tan majadera como las locas que entrevistaron en ese artículo! ¡No tienes escrúpulo alguno! ¿Qué tiene de positivo que me conozcan por cuestiones de tan baja calaña? ¡Pretendo ser un artista marcial respetado!

– «Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti» dijo una vez Oscar Wilde.

–Ese tipo debía de estar francamente loco o profundamente deprimido al decir algo así. –objeté amargamente.

–Escucha esto porque no te lo voy a volver a repetir: en este mundo más te vale dejar de ser invisible. En unos días olvidarán ese artículo y te convertirás en el artista marcial de renombre más famoso del país y te lo demostrare en el torneo internacional de Beijing. Tu solo ocúpate ganar.

–Te concederé una última oportunidad, Tendo, –contesté con recelo– ni una más. Pero que sepas que iré hablando con mis abogados por si me fallas. Y por cierto, se acabó eso de ir con Natsume Katsuiki a todos los lados. ¿Está claro? –de pronto me invadió una extraña duda– Por cierto, ¿fue ella quien te dijo que no acudí al torneo de ayer?

–Querido socio, eso lo sé de primera mano. Estuve allí durante todo el evento.

– ¿Tú? ¿Qué pintabas allí?

–Mi hermana pequeña se había apuntado al torneo y al final se erigió en el tercer puesto. No está tan mal partiendo de la premisa de que se presentó solo como método desesperado por aprender a nadar. ¿No te parece gracioso? De veras que no conozco a nadie tan perseverante como Akane. –se detuvo risueña para encenderse un cigarro– Y lo de Katsuiki lo tendremos que discutir. De momento su asistencia al torneo internacional es incuestionable, es coprotagonista de este reportaje que te hará famoso. Además de que los billetes y el hotel ya están reservados desde hace semanas y no vamos a perder ese dinero. Y ya sabes que la señorita solicita billetes en primera clase y hoteles de cinco estrellas.

–¿Acaso tú no? –pregunté fastidiado, no había pasado por alto el detalle de que cuando se refería a «no vamos a perder ese dinero» realmente se refería a «mi dinero».

–Ay Saotome, qué preguntas me haces, ¡pero yo es que viajo tanto! Estoy todo el día de un lado a otro, no eres mi único cliente ¡Mi espalda se resiente, a mi temprana edad!

–Sí sí, como sea, Tendo. –ignoré su parloteo molesto y me dispuse a pagar la cuenta.

Ya había tenido suficiente de Nabiki Tendo por el momento. La sonrisa amarga no se me borraba de la cara, sabía de antemano que yo me encargaría de la cuenta y la muy bruja había escogido uno de los restaurantes más caros– Nos vemos la semana que viene en el aeropuerto entonces.

–¿No quieres un café mientras evaluamos las posibilidades que surjan después de que ganes ese torneo internacional?

–¿Te parece si las evaluamos mañana? Estoy cansado.

–Está bien socio. Entrena duro.


La semana transcurrió poco a poco entre la rutina laboral, de las clases, reuniones, facturas, grabaciones de un anuncio para la tele y entrenar. En las mañanas entrenaba con cierta exasperación casi tan violentamente que me abandonaba a veces la consciencia. Quizás no fui del todo responsable y no estaba durmiendo las suficientes horas que tenía que dormir en vísperas a un torneo internacional. Pero parte del sueño estaba siendo secuestrado por horas nocturnas frente al ordenador. Todas las noches me sentaba en modo pusilánime frente a todas esas cajas de colores en la red, buscando la sonrisa que me perseguía durante las ensoñaciones en fotos de conocidos, de amigos de conocidos, de personas a las que les gustaba un tipo de música. De amigos a los que les gustaba ese tipo de música.

Conmovedor, ¿cierto?

Creo que aquellos días superé con creces el cupo de masturbación del mes y puede que sea cierto. Pero es que a veces entre sueños me despertaba y su rostro se dibujaba frente a mí: la sonrisa franca, las piernas blancas y el pelo negro cuervo esbozando ondas alrededor de sus mejillas. El resultado era cuanto menos irremediable.

¿Dónde estaba? Y, ¿por qué se había colado como una sabandija dentro de mi mente? Desde luego que mi vida era más fácil cuando no sabía de su existencia. En aquel momento ella era un motivo que perjudicaba seriamente a mi concentración. Un motivo de piel blanca que se aparecía en mis sueños volviéndolos desesperados.

Os voy a contar en qué consiste la obsesión. Obsesionarte con alguien se resume con una matemática que hasta yo se manejar: cien por ciento de angustia desglosada en un uno por ciento de estar con ella y el noventa y nueve por ciento restante imaginándola en tu vida. La lógica te abandona dejándote perdido en un circuito de ansiedad y recompensa cerebral. Y así terminó mi semana. Parte del tiempo imaginando, parte del tiempo sintiendo un ansia que no podía apagar. Parte de la noche apagándola en soledad.

Parte de las noches de aquella semana también las ocupé en pasar a tomar algo al mismo penoso local de Roppongi donde la conocí. El camarero, que se tomaba ciertas atribuciones que yo no comprendía, todas las noches me invitaba a una Asahi super dry mientras parloteaba sobre mujeres. También, y al mismo tiempo, me palmeaba la espalda como si tuviese polvo por encima de los hombros. Tampoco creáis que se cortaba un pelo al contarme anécdotas de la añorada juventud y lo útil que en algunas ocasiones resultaban ciertos afrodisiacos. Yo siempre procuraba poner el piloto automático: sonreír y asentir.

En aquellas circunstancias resultaba difícil mantener un nivel de expectativas. Pero siempre estar alerta por si la volvía a ver.

Al fin ese absurdo ritual comenzó a hacerme sentir demasiado estúpido así que el ultimo día de la semana, el domingo en horas antes de mi viaje a Beijing, sin más rodeos le pregunté directamente.

–Verá, no ha vuelto a ver a la chica de la otra noche, ¿verdad?

–¿Te refieres a la chica del pelo corto deslenguada?

–No diría quizás deslenguada… pero sí.

–No, hijo, y la verdad es que me acordaría, era una belleza de esas de las que no se olvidan.

–Pero usted, ¿era la primera vez que la veía aquí?

–Si hubiese sido de cualquier otra forma ya le digo yo que me acordaría.

Quedé un poco cabizbajo por su respuesta, aunque confiaba que hubiese algún remedio. La esperanza es lo último que se pierde. Agarré una servilleta y con un bolígrafo que extraje de mi cartera escribí unas palabras. Cuando acabé de escribirlas, le entregué la servilleta doblada a aquel hombre. Le pedí que si ella volvía por allí que le entregara mi mensaje. Después respondí a su sonrisa capciosa con un asentimiento de cabeza y me marche de allí.

Quizás la leyera algún día. Aunque algo dentro me gritaba que nunca iba ocurrir. Sabía que ella nunca volvería a aquel antro tanto como sabía que yo tampoco. Pero aquello era una sentencia, más para mí que para ella, un reflejo determinante del contrato a favor de mi voluntad.

«De ninguna manera no voy a volverte a ver

No sé cómo

No sé cuándo

No sé dónde

Pero te encontraré en este mundo

Y te tomaré.

R.S. »

…..continuará.