Historia de lenguaje y contenido adulto. No apta para menores.
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Cap 5: Asian Dream
La segunda semana de noviembre me tenía que enfrentar al verdadero colmo de mis males: el torneo asiático de artes marciales mixtas con entrenamiento deficiente.
Me levanté el lunes como un resorte para volar a Beijing. Era una mañana igual de vulgar que cualquier otra salvo por un detalle; el sueño me rondaba como las moscas al ganado por haber persistido mi ritual nocturno una noche más. No es que trate de justificarme, pero todo tiene una explicación: la razón de por qué me encontraba exhausto era que ya estaba loco. ¡Demente! Y como todo el mundo sabe, la definición de la demencia no es más que hacer lo mismo una y otra vez, una y otra maldita vez, esperando distintos resultados.
Quizás pude dormitar algo durante el taxi que me trasladaba de mi apartamento al aeropuerto de Narita, a pesar de que el conductor trataba de entablar alguna conversación insustancial que yo no lograba seguir del todo. Y es que la niebla se me antojaba demasiado espesa sobre el asfalto tanto como sobre mi cabeza. Si mi cerebro se negaba a cooperar, ¿quién era yo para llevarle la contraria?
Llegué con dos horas de antelación al aeropuerto y subí las escaleras mecánicas para facturar la maleta cruzando los dedos por no encontrarme a nadie. Me apetecía tanto hablar con gente como arrancarme una a una las pestañas, pero para mi pesar las inmediaciones de fila para facturar en Asian Airlines estaban llenas de caras conocidas: muchos de mis alumnos que participarían en el torneo y, por supuesto, no podía faltar la elegante Natsume Katsuiki.
Natsume me saludó con un gesto desde la hilera de gente. El ovalo de su rostro, fino y pálido, contrastaba con ese cabello negro como el carbón. Se sostenía sobre unos tacones de esos infinitos y portaba unas gafas de sol de un oscuro degradado que colocó encima de su cabeza cuando llegué a su lado.
–Ranma...
–Natsume. –incliné la cabeza para saludarla
–¿Cómo estas? Tu asistente me dijo que estabas enfermo.
–La verdad es que me encuentro mejor. –contesté nervioso.
–Fui a tu apartamento el martes para ver si todo estaba bien pero no estabas allí, Hibiki me dio la dirección.
–Bueno, tal vez salí a comprar algo…
–También te he estado llamando varias veces al teléfono, pero lo tienes siempre apagado. Estaba un poco… preocupada.
–Lo siento… no uso casi nunca el teléfono.
–Vaya, será por eso que nunca contestas a mis mensajes… ¿de verdad todo va bien? –parecía decepcionada y de repente me sentí un ser despreciable– Es como si hubieras estado evitándome.
En ese momento su gesto cambió diametralmente y me ofreció una risita caustica, como si aquella fuese una posibilidad remota, como si no hubiese nadie en el mundo que pudiera evitarla. Esa presunción lapidó mi sentimiento de culpabilidad.
–En realidad he estado increíblemente ocupado preparando el torneo y todo lo demás.
–¿Tanto como para no tener cinco minutos para llamar?
Tocado y hundido. Quizás era la hora de agarrar la sinceridad por los cuernos.
–La verdad es que yo… verás Katsuiki….
–¡Saotome! –Nabiki apareció de la nada acercándose hacia a nosotros. Por primera vez en mi vida me alegraba inmensamente de verla. –Buenos días Katsuiki. ¡Socio! te tengo muy buenas noticias.
–Ah ¿sí? –no hizo falta fingir interés.
–Desde luego. Ayer recibí un email de uno de los magnates más poderosos del país y está dispuesto a patrocinarte con el nombre de sus empresas corporativas si ganas este torneo. Va a suponer una suma increíble de dinero. ¿No es fantástico?
–La verdad es que sí. –reconocí.
–Vaya, Ranma, ¡es una increíble noticia! –expresó Katsuiki.
–Más te vale ganar esto, socio. Si no patearé tu culo tan fuerte que querrás no haberme conocido.
Me estremecí.
–¿Es que acaso te tengo que enseñar a estas alturas mi currículum?
Nabiki ahogó suspiro de forma teatral.
–Muy bien aclamado Ranma Saotome, entonces simplemente mantén el perfil.
–Ranma no tiene nada que temer, esta vez no participo con todas mis armas.
Ryoga se acercó a nosotros con una bolsa deportiva al hombro.
–¡Qué interesante! –me burlé relajado– El cerdo por una vez llega pronto y no va a perder el vuelo. Apuesto a que Ryu te ha traído hasta la zona de facturación.
–Muy gracioso, Ranma, –Akari salió de la fila y guardó la tarjeta de embarque de su marido en la bolsa de deporte– pero no deberías meterte con él. Está mejorando mucho su sentido de la orientación.
–Es cierto, –reconocí– al menos desde que os mudasteis a la acera de en frente de los gimnasios no ha llegado tarde un solo día.
–Rrrranmaaaa.
–¿Quieres parar de enfurecer a mi marido? Y por cierto, más te vale traerlo de vuelta sano y salvo –Akari Ryu se masajeó la pronunciada barriga– no quiero ningún rasguño en su hermoso rostro.
–Desde luego, Ryu, debes pasar por el oculista.
–Tu sigue burlándote, Saotome, que como no cuides de Ryoga te las verás conmigo.
–Vamos, Ranma –Natsume aferró delicadamente mi antebrazo– es nuestro turno para facturar.
No voy a negar que estaba bastante excitado. Hasta el momento siempre había viajado en los transportes más económicos. Mi primer viaje a China fue en un barco de madera podrida y el segundo en una embarcación de pescadores. Una vez que conseguí reunir una cantidad de dinero aceptable con los torneos, los vuelos low cost eran mandatorios. Tengo que confesar que la cantidad que pagan por ganar un torneo internacional no está nada mal, pero las deudas que generó mi padre durante su vida –y que yo iba heredando con resignación– tampoco estaban nada mal.
Sin embargo aquella vez iba a viajar por primera vez en primera clase, tal y como lo hacen los deportistas de élite, ¡mi pecho iba a explotar de la emoción!
La sala de primera clase del Boeing 747 de Asian airlines era genial. Por supuesto que nunca lo iba a manifestar delante de esas arribistas de Nabiki Tendo y Natsume Katsuiki pero estaba tan entusiasmado como Ryoga, que no paraba de jugar con los botones de su asiento, aunque no lo manifestara tanto como él. De hecho empezaba a ponerme nervioso.
–¿Quieres parar con eso?
–Pero, ¿has visto, Ranma? Mira: cama, asiento, cama, asiento. ¡Y mira lo que me han dado! Creo que nunca había tenido tantas cosas en mi propia bolsa de aseo. –empezó a sacarlas y ponerlas en fila– una cuchilla de afeitar, un antifaz, surippa, calcetines, crema, cepillo de dientes, protector labial, palillos de metal…
–Ya lo he visto, mira en el mío viene un cepillo con espejo también.
–¿Y por qué en el mío no?
Me encogí de hombros mientras Ryoga rebuscaba por debajo de su asiento y todos los lados.
–Tú no tienes mi abundante melena.
–¿Estas de broma? Si tú ni si quiera te peinas, seguro que me lo has robado cuando no estaba mirando. Dámelo inmediatamente. –se abalanzo hacia mí y lo esquivé haciéndolo tropezar y caer de bruces contra el suelo del pasillo.
–¡Es mío! ¡No pienso dártelo!
–¡Dámelo! ¡tú no sabes apreciar su valor!
–Atrévete a quitármelo.
Una azafata se acercó abrumada y nos pidió educadamente que volviésemos a nuestros asientos.
–Ya está bien, ¿pero a que jugáis? –dijo Nabiki mirándonos incrédula– parecéis un par de críos.
–¿Qué les pasa? –repuso Natsume a su lado.
–Son un par de novatos.
El avión despegó sin contratiempos y pude echar una cabezada. Soñar otra vez con aquella mujer que me traía de cabeza parecía ya un hecho insoslayable.
En este sueño ella bailaba con los pies descalzos, pero en vez pisar la moqueta roja de un hotel de mala muerte, sus dedos pisaban filamentos de hierba mojada. El viento despeinaba los cabellos cortos y rebeldes mientras su figura daba vueltas una y otra vez. ¿Adoraría bailar? Vueltas, una y otra vez, y hebras de oscuros cabellos acariciando al viento...
¿Cuándo la volvería a ver? Deseaba verla. Y sí, ya sé que tan solo la había visto una vez, pero tenía que volverla a ver. Era una necesidad imperiosa. Estaba loco, u obsesionado, o lo que queráis, pero cada vez que cerraba los ojos la imaginaba en frente de mí; molesta, con una sonrisa, dormida,... de todas las maneras que pudiesen existir en esa vasta imaginación. Aunque quizás ella en la auténtica realidad no existía, pero yo la inventaba de todas las formas posibles, encerrándola en esa cúpula blindada y particular dentro de mis pensamientos.
Por otro lado, ella podría no haber existido nunca.
Me desperté sobresaltado, sudando a chorros y maldiciendo a todos los demonios del infierno. Una azafata de ojos maquillados de azul se acercó preguntándose si todo estaba bien. Asentí y perdí la vista a través de la venta. Las nubes de algodón salpicaban el cielo azul sin distraerme porque me recordaban a las sábanas blancas de aquel hotel de donde ella enredaba las piernas. Nada placaba mi avidez así que jugueteé un rato con la consola del pequeño plasma de mi asiento para distraerme. Me puse una película occidental y miré con desgana a un cerdito que dormía plácidamente a mi lado con la boca a vierta. El viaje se me estaba haciendo un poco largo.
Solo un rato más.
–Los favoritos de Corea, Taiwán y China. Los de Japón ya los conoces pero dudo que sobrepasen octavos.
Ryoga, Nabiki Tendo y yo discutíamos las cuestiones principales del torneo durante el trayecto en taxi al hotel de la ciudad. Por la ventana vi un edificio que sostenía un enorme cartel publicitario con el rostro pálido de una joven de pelo corto. Parecía una broma más que una coincidencia.
–¿Algún Norcoreano este año?
–No. pero mira estos de Tailandia y qué te parecen los de la escuela Vietnam. Su técnica no está muy refinada pero en verdad son excelentes machacando contrincantes.
–Es muy posible. Pero dudo que superen a los chinos. Hasta ahora son los mejores contra los que me he enfrentado.
–No subestimes las organizaciones de artes marciales mixtas vietnamitas. Están adquiriendo mucho poder.
–Te lo diré cuando los vea en la arena, por el momento no creo que ninguno sea rival para mí.
–Tan confiado como siempre.
–¿Y qué pretendes? ¿Qué me eche a temblar? Sabes que tengo una fantástica habilidad para el combate, soy capaz de repetir las técnicas que veo con muy poca práctica. –repliqué orgulloso de mí mismo.
–Nada de eso. Concéntrate en descansar bien, en asistir a todos los combates para aplicar tu grandiosa memoria en los combates y déjanos a nosotros el resto.
–Me gustaría acercarme a las montañas unos días. Al menos hasta que me toque competir.
–¿Estás loco? ¡Tienes que ver a todos y cada uno de tus adversarios! ¿Cómo piensas detectar sus fallos y analizar su técnica?
–Solo serán unos días, necesito calentar los músculos.
–Ni de broma. Haberlo pensado antes de tirar la semana anterior al torneo a la basura. ¿Qué anduviste haciendo para que ahora te entren unas prisas irrefrenables por entrenar?
–¿Eh? –no pude ocultar la vergüenza– ¡Na-na-na-nada!
–Más te vale no desaparecer de mi vista o patearé to to to todo tu trasero –se burló.
Nabiki Tendo era implacable, peor que un dolor de muelas.
El hotel en Beijing no estaba nada mal. Mi habitación estaba dividida en tres compartimentos comunicados entre sí sin puertas. La enorme cama del espacio del fondo me llamaba a voces. También lo hacía el mullido sofá de cuero al estilo occidental del habitáculo principal, localizado frente a un televisor enorme que parecía un pozo oscuro en mitad de la pared. Finalmente me decanté por la bañera del espacio central.
Me deshice de las ropas y me metí, viendo abstraído como poco a poco el agua me cubría las piernas plegadas. Apoyé la espalda en el frio contacto y luché por mantener la concentración en el torneo que me esperaba. Tarea titánica, pues la voluntad a veces no puede dominar las fijaciones que la mente desea tener.
Pasé completamente de las advertencias de Tendo y aquel primer día lo perdí entero en las montañas antes de mi primer duelo. Era lo que más me apetecía; volver a mis montañas –porque sin duda después de carros y carretas, de sudores con lágrimas, eran completamente mías– y entrenar como en los viejos tiempos. Estaba claro que franquearía las siguientes horas practicando kata tras kata. Era mi objetivo y así lo hice. Tomé un tren rápido hacia las afueras y en tan solo una hora ya me encontraba bajo el calor verde de los valles. El día era soleado, pero poco frio, unas pocas nubes cercaban esas cumbres que me eran tan familiares y que me llamaban a su seno. Anduve un rato mochila a cuestas hasta encontrar una explanada donde pudiera entrenar a cuerpo de rey.
Estuve unas cuantas horas practicando todo un repertorio de ejercicios que hicieron sudar hasta la última glándula de mi piel. Después pateé varias torretas de troncos apilados. Quebré rocas con concentración y con los dedos. Cuando mis músculos ya estaban hinchados subí hasta el pico más alto de esos montes escarpados, allí donde la sangre se queda sin suficiente oxígeno y comienzas a sentir esa sensación de ebriedad. Baje volando entre impulso, salto, cielo y caída; y de nuevo a empezar: impulso, salto, cielo y caída. ¡Cuánto he adorado siempre sentirme tan vivo! El cielo se alzaba sobre mí y yo ambicioso pretendía querer acariciarlo. Machaqué troncos, me encontré frente a un nido de avispas y las capturé todas sin ningún regalo doloroso. Siempre he sido increíble, ¿para qué vamos a negar lo innegable?
Pero cierto dolor se instauraba en el vientre, justo por debajo en la caja torácica. Y dolía tanto como aquella vez en la que me habían partido todos los huesos. Solo que concentrado en ese punto. De repente me di cuenta de que se hacía tarde.
Volví al hotel empantanado en sudor, que durante el trayecto en tren se quedó frío. No recuerdo cómo llegué pero sí recuerdo que la luz del día ya no quemaba con rabia el tejido de mi retina. Una vez allí, me deshice de la camisa china holgada para que mi piel pudiese transpirar y me dispuse a darme un baño.
El agua cubrió mi cuerpo calmando una pequeña parte de la sed, pero no toda. Un sentimiento muy poderoso me doblegaba bajo un ansia misteriosa e inabarcable. Era amargo aceptarlo pero la verdad es que nunca había sentido algo ni remotamente similar.
Observé mi propio cuerpo doblado a conciencia dentro del agua y luego me desbaraté. Me dejé caer con laxitud convirtiéndome todo en brazos y en piernas que caían por los bordes de la bañera como las ramas de un sauce. Cerré los ojos con el cuello desfallecido hacia atrás y tomé el único miembro de mi cuerpo que se encontraba rígido, agitándolo. Me masturbé con violencia, aferrándome con alteración y llegando al clímax sin haber sido completamente consumido. Después recuperé el abandono con la vista nublada de pura efervescencia apasionada y con la mano la evidencia ineludible de la eyaculación.
¿Qué pensaba? Puede que os parezca patético pero es lo que los hombres hacemos casi diariamente. El noventa y nueve por ciento que os diga lo contrario está mintiendo a destajo. Y el uno por ciento restante es un Ranma Saotome cualquiera al que el fervor que enardece sus células no deriva de la materialista codicia de piel. En mi caso, hasta aquella fatídica noche en la que el G&L me llevó a emborracharme, el ardor de otras sensaciones atesoraba este tipo de deseo oculto y visceral. Soy un hombre tímido, lo reconozco, pero no tanto como para no confesar que masturbarme no era un hecho regular hasta entonces. Hasta que la conocí.
Esa maldita mujer me iba a volver loco, ¿acaso no me podía dar un respiro? Ni si quiera en aquel día de retiro. ¡Tenía que invadir mis pensamientos con su estúpida perfecta sonrisa y sus piernas blancas! ¡Maldición del diablo! Confiaba que en algún momento desapareciese de aquel lugar donde yo no la había invitado.
Que iluso era al desear aquello. Pues ella estaba penetrando tan dentro de mí que perdería hasta mi propia identidad. Sin ningún límite, ¡no renunciaría ni a uno solo de mis pensamientos!
Podían existir muchos despropósitos acumulados en la historia de mi vida. Pero si había algo en de lo que no me arrepentía era el haberme dedicado a lo que me dedicaba. Cumplían más de quince años desde que había ganado el primer torneo provincial –que no combate–y, a pesar de ser ganador los últimos años en el internacional, cada vez que olía esa atmosfera de torneo de artes caía en el mismo estado de excitación.
No digo esto porque sea algo que repito cada semestre en la clase teórica de artes marciales. Pero sus beneficios no solo se extienden en la mejora de salud, de funciones fisiológicas, del aspecto físico y la canalización de las emociones. Sino que van mucho más allá, en la búsqueda de la perfección humana, allá donde lo físico se desvanece frente a lo espiritual.
El torneo internacional de artes marciales en Asia se celebraba anualmente en grandes capitales del continente. Y aquel año, en la ciudad deportiva en Beijing no habían escatimado en gastos. Como siempre he dicho; las artes marciales son para nosotros lo que el futbol es para los occidentales. Así que la ciudad deportiva en realidad era lo que su nombre mismo describe: una enorme recopilación de construcciones con espacios de combate, rings, tatamis, arenas, estadios, gradas, edificios de atención clínica y hasta un centro comercial para el ocio. Se encontraba situado en el Noroeste de la ciudad, rodeando al estado nacional de los juegos olímpicos. Miles de personas caminaban por aquellas calles escrupulosamente arboladas. Allí estaban los luchadores de todas partes del continente que se congregaban todos los años a dar lo mejor de sí.
El torneo gozaba de todas las categorías de lucha a manos desnudas y manos armadas que podéis imaginar: tanto esas más agresivas que pretenden imprimir golpes con fuerza creciente al oponente –Taekwondo, Karate, Muay Thai, Kung fu…– como las más suaves en las que la fuerza pretende lograr inestabilidad del contrincante– Aikido, Jui Jitsu, Judo o Ninjutsu–.
Los vencedores de todas las clases clasificaban para los combates entre categorías y los aspirantes también podían clasificar para combates de una de las categorías que era mi especialidad: las artes marciales mixtas, que recapitulaban una suma de estilos bajo ciertas normas estrictas. Los combates inter clase conducían a la semifinal y consecutivamente a la final, en la que los dos mejores se disputarían el puesto por ser el mejor artista marcial de todo Asia. En realidad no importaba mucho tu especialidad, ni tu escuela de combate, importaba qué tan bueno eras en lo que sabías hacer.
–¿En qué categoría te has inscrito este año, Ranma?
–¿Qué es esa pregunta, cerdo? ¿Es que no me conoces después de todos este tiempo? Está claro –le observé directamente, la determinación relucía prácticamente en todo a lo que yo miraba– lo de siempre.
Musabetsu Kakutō Ryū: Escuela de lucha indiscriminada. Sin reglas, sin tatamis, sin restricciones. No existen las normas, todo vale sobre el frío asfalto con los puños desnudos o armados.
–Claro que te conozco. Pero confiaba en que la experiencia de año pasado te hiciese recapacitar. Saliste tan mal parado durante las clasificaciones que en la final tus huesos a penas podían encajar los golpes. ¿Cuántas fracturas fueron?
–Solo fueron unas cuantas costillas y otras pocas luxaciones.
–Si ese es precio que estás dispuesto a pagar por la fama.
–¿Qué fama ni qué ocho cuartos? Sabes que no hay nada más excitante que enfrentarte a un combate donde el elemento sorpresa es determinante. –confesé extasiado. El familiar sabor de la adrenalina se exhibía de nuevo en el final de mi garganta.
–Ya, ¿y qué tal no poder celebrar la victoria por estar los siguientes días en el hospital?, ¿eso también es reconfortante?
–Confiesa que te doy envidia, cerdito. Tu mujercita no te permite volver a casa con ningún moratón, ¿no es cierto?
–¡Cállate i-idiota! No quiero perderme el parto de Akari. ¡Ya sabes que está a punto de caramelo! No me lo podría perdonar. Pero claro, un insensible como tú no puede comprender estas cosas.
– ¿Por quién me tomas?
–Pero lo que viene al caso –me ignoró– es que estos últimos días has estado distraído. No quería decírtelo pero… sinceramente creo que no te has preparado lo suficiente.
–Puede que no tenga esta vez todas a mi favor. Pero te aseguro que de todos modos voy a vencer.
–Ranma, siempre tan seguro de ti mismo –dijo desapareciendo de mi lado, como por arte de magia. Un puño se incrustó de pronto en la boca mi estómago– y aun así, mírate, estás perdiendo facultades.
Cuando la sorpresa y el dolor me abandonaron crují cada uno de los nudillos de mis dedos. Ese cerdo iba saborear el polvo del suelo. Lo convertiría en filetes de jamón.
Fue necesario lidiar en doce combates, patear sus culos a duras penas y apenas respirar entre medias para llegar a la semifinal. Mentiría si dijese que sufrí poco en el torneo internacional de aquel año, pero la verdad es que la falta de ese imperioso entrenamiento había hecho sus estragos. Y de verdad, que juro por todos los grandes de las artes marciales, que estuve al punto de rotularme imbécil en la frente. No podía soslayar el hecho de que haberme comportado como un baboso me había distraído de la principal de mis intenciones. Mi propósito principal no era perseguir a una loca que conocía en un estúpido pub de Roppongi. Mi objetivo era el mejor, mierda, tenía que serlo.
–Deberías visitar a mi médico de familia. –Nabiki Tendo, mi agente, me miraba con preocupación en el entre acto previo a la semifinal.
–¿Tan mal me veo que hemos dado ese paso en nuestra relación?
–Socio, tienes un aspecto terrible.
–Ranma, bebe un poco de agua. –Natsume se acercó con una botella.
Bebí de un trago el contenido y arrojé la botella a una pequeña papelera. Los cuarteles de estancia donde los luchadores descansábamos entre combates eran simples habitáculos adosados a las gradas. Este era pequeño con unas cuantas butacas, paredes blancas y algunas taquillas.
–Te lo digo en serio, si te revisa de mi parte quizás te haga un pequeño descuento. –continuó Nabiki.
–Te tomaré la oferta cuando gane este torneo. Los medicuchos de las instalaciones de atención clínica de esta ciudad deportiva no es que sean muy eficientes.
–¿Estás seguro de que puedes continuar? –Natsume apoyó levemente su mano en mi hombro.
Asentí. Total, un par de contusiones en la espalda y una luxación en la muñeca no eran nada.
–Ranma es más duro de lo que creéis. –Ryoga hizo acto de presencia. Una venda enrollaba su mano derecha.
–Ya no estás intacto, Akari te va a matar.
–Por eso he sido descalificado a propósito.
–Sigo pensando que Ono Tofu te arreglaría esos huesos en un momento. Sus manos son mágicas.
Me puse en pie.
–No necesito ningún médico para acabar con los dos combates que me quedan. Voy a destrozar lo que se me ponga por delante y voy a salir ileso.
–Creo que era «caballo salvaje» y no «toro salvaje», Saotome.
–Muy ingeniosa, Tendo.
–Parece que de nuevo te enfrentarás a discípulos de los Dragones Dorados en la final del torneo –comentó Ryoga.
–Otro año más, al menos cuento con la ventaja de saber los puntos débiles de su arte.
–Quizás ellos también hayan hecho sus deberes.
–Ten cuidado, Ranma. –dijo Natsume dulcemente, mirando mi muñeca– deberías evitar golpear directamente con la mano derecha.
–Descuida, Natsume. No es la primera vez que llego tocado a la final de un torneo.
–¿Ya hemos pasado a la fase de nombres de pila?
–¡Tendo!
–¡Tendo!
–Vaya, y ahora encima habláis a la vez… qué bonito que se respire amor por aquí, entre tanto golpe.
Vale, entonces el calor que irradiaba mi cuerpo ya no procedía de la adrenalina.
–Es suficiente. ¿Puedes parar de decir tonterías, Tendo? Te pago para que me promociones, no para que te pases el día de parloteo estúpido.
–Captado el mensaje, toro salvaje, ¡vaya fiera! ¿Dónde está tu sentido del humor? me recuerdas a mi hermana pequeña. Y tu promoción va sobre ruedas, solo falta el toque final: que ganes este torneo y mis cámaras lo puedan inmortalizar bien. Está todo en tus manos, socio.
Recordé el estúpido reportaje. Los descansos entre combates habían transcurrido entre grabaciones de mi perfil en silencio y mirando al infinito, las entrevistas que me había hecho Natsume y más planos mirando al puto infinito con la ciudad deportiva de Beijing de fondo. Resoplé recordando que aún quedaban algunas tomas, que había pospuesto para después del torneo. Se me acumulaba el trabajo.
En cierto modo, después de casi una semana en Beijín ya deseaba volver a mi rutina en Tokio.
De pronto escuché por el altavoz el mensaje en cantonés, en japonés, en coreano y en inglés. El combate de semifinal comenzaría en unos minutos. Me crují los nudillos mientras apreté las muelas. No podía permitirme perder, no podía.
No podía. Ni lo hice.
Los flashes de las cámaras de fotos se aventaban hacia a mí en una enfilada avalancha. La luz llegaba a mis pupilas incluso a través de mi ojo hinchado. Intente sonreír pero tenía la cara entumecida, los músculos desgarrados y la muñeca destrozada, pero a pesar de las malas condiciones posaba henchido, saboreando cada una de las texturas de la victoria. Agarré el premio con ambas manos –sacando la derecha del cabestrillo– alzándolo en lo alto y las luces en fila crecieron en intensidad. El cinturón de oro con la figura del fénix envuelto en llamas relucía en cada disparo de la cámara. El ambiente estaba dominado por los sonidos de los clicks y el murmullo de los periodistas. Ellos empezaron a hacerme preguntas de todo tipo: sobre el combate final, la técnica que había empleado, mi valoración sobre los clasificados de mi gimnasio, quien creía que el aspirante más prometedor del torneo para estar a su altura. La satisfacción me hinchaba el pecho al igual que un pavo en acción de gracias, ¡por fin periodistas que me preguntaban por mi trabajo!, ¡de nuevo me tomarían en serio!
Al rato mi agente me tomo del brazo para secuestrarme de la sala de prensa, y se lo agradecí siguiéndola dócil en silencio. Estaba lo cansado que puede estar un hombre después de que su cuerpo rebote enésimas veces sobre el hormigón. Y mi cuerpo no era algo liviano; puro músculo del módico valor de noventa kilogramos.
Era una sensación dentro de lo que cabe sorprendente. Nunca me habían asediado tanto los medios de comunicación en mi vida a pesar de que no era la primera vez que ganaba un torneo. Miré a mi agente, Nabiki Tendo, sintiéndome orgulloso a partes iguales de ella y de mí mismo. Bien. No era la primera vez que ganaba un torneo internacional, pero definitivamente era la vez que me había sentido más elogiado, conocido y querido por el público a partes iguales.
–Deberías haberme hecho caso y haberte dejado ver por Tofu. Estás hecho un asco.
–¿Cuándo? Si apenas he tenido tiempo de tomar una ducha. A diferencia de vosotras tuve que reunirme con mis estudiantes y seguir trabajando.
La miré con rencor, pues no pasaba desapercibida su pulcritud. Llevaba un vestido de gala burdeos con escote generoso. Después del combate de la final todo había pasado muy deprisa.
–Estás bien así, como buen herido de guerra. –me ayudó a colocar la mano de nuevo en el cabestrillo y puso en su lugar las tiras sobre mi camisa blanca de cuello mao que yo había escogido al azar. Por las prisas. –¿listo para celebrar tu victoria?
Asentí pesadamente.
Nabiki me retuvo entre bastidores, en una antesala, y después entramos en aquella enorme sala del palacio de los deportes de la ciudad. Muchas personas relacionadas con el evento estaban allí: los directores de organizaciones deportivas de elite, clasificados y representantes, algunos afortunados periodistas de medios de comunicación, familiares de asistentes, médicos deportivos, modelos, actrices y actores de campañas. El evento posterior a la final del torneo prometía ser divertido, pero me encontraba francamente exhausto.
Nada más hacer acto de presencia muchas personas se acercaron hacia mí para felicitarme por los resultados. Durante las siguientes dos horas me entretuve en las relaciones sociales, muchos se interesaban por mi negocio, me pedían consejo o me daban su contacto para posibles interacciones en el futuro.
Y he aquí mi trabajo que tanto adoro. Mi día a día consiste en: un cincuenta por ciento del tiempo rompiéndome los huesos y el otro cincuenta por ciento haciendo negocio de ello. No me extrañaría que hubiese gente que me envidiase. ¡No todo el mundo es capaz de alcanzar sus sueños! Aunque en ocasiones uno olvide mencionar que el talento viene de fábrica.
El tiempo transcurría muy lento y ya estaba atiborrado de las delicias del catering. Tome una copa fina de champan de la bandeja de un camarero cercano y de pronto a unos metros la vi.
Si, así es por extraño que parezca, pero la vi. El contorno de su rostro llegó hacia mí como una bala directa a la sien ¿Qué diantres hacía ella allí?
Allí estaba de nuevo, de pie con una copa en la mano, emborronando con su brillo todo lo de alrededor.
No me preguntéis por qué soy tan genio pero era consciente de que encontrarme con ella era algo que, tarde o temprano, iba a terminar por suceder.
Llevaba un sencillo vestido de color negro que se pegaba al cuerpo como un guante y que moría por encima de las rodillas descubriendo unos blancos muslos. La tela, a pesar de que llegaba hasta la mitad del cuello y también tapaba sus brazos, se pegaba a su figura como una segunda piel revelando cada una de las curvas de la mujer. Estaba hablando con un hombre de pelo castaño, alto y de ridículas gafas redondas. ¿Quién era ese imbécil?
El estómago estallaba en mi vientre y los restos se esparcían por bazo. Diablos ¡ahora sí que necesitaría ese médico en el que tanto había insistido Nabiki! Si seguía así, mi éxito culminaría con un ataque cardiaco. Pero el hecho era incuestionable: estaba a unos cuantos metros por delante de mí y mi corazón latía tan fuerte que el ruido del lugar se convertía en un murmullo distante, de fondo ¿Sería una alucinación parte de un delirio esquizofrénico mío?, últimamente estos se encontraban en pleno apogeo.
Alguien se me acercó para decirme algo. No recuerdo tan si quiera su género. Me mantuve con los ojos puestos en el mismo punto fijo de donde no parecían querer moverse y le aparté de mi camino.
–Si me disculpa un momento.
Me acerqué a ella. Tenía que comprobar si estaba soñando antes de que en cualquier momento me despertase.
…..continuará.
