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Cap 6: encuentro
Así fue en China: donde me entregué como muchacho a las artes y como hombre a la obsesión.
Aquella noche, en ese instante, olvidé el dolor de los golpes y el sonido de los huesos rotos. Sucede que a veces el destino nos la juega y mi precio a pagar en esa noche vino de la mano con esa amnesia momentánea.
Cuando encontré a la señorita Sin Nombre la noche de mi séptimo torneo internacional, cada pensamiento que erraba por mi cabeza como si fuesen presos en sus jaulas me abandonó. El torneo quedó en segundo plano, la dichosa película desapareció, las firmas, el dolor de las articulaciones, los negocios, las personas que se dirigían a mí para felicitarme pasaron a ser elementos de atrezo en la película mala la que se estaba convirtiendo mi vida. De repente sólo pude verme a mí mismo algunas horas después de la ceremonia.
Recuerdo claramente encontrarme en mi habitación del hotel, después de medianoche, poseído por varios sentimientos que no sabía cómo afrontar.
Pretendía estar absorto por el repentino olor a lluvia pero no conseguía distraerme. Me sentía como un león encerrado en una jaula de cinco estrellas frente al gigantesco ventanal abierto de par en par por el que asomaban rascacielos de la ciudad. La medianoche oscura de Beijing se perdía entre nubes negras y olía a lluvia que golpea el asfalto. Un chorro de aire frio penetró sin piedad en el cuarto trayendo esa entropía que no siempre era bienvenida.
En aquel momento me acordé de la última vez que había pisado ese mismo país que entonces me devolvía el sabor ácido de los encurtidos que probé el Xiang por primera vez. Me acerqué hacia el ventanal y dudé un segundo antes de cerrar romper el contacto con aquel aire mojado. Sinceramente: con dieciocho años y cuando caminaba descalzo por los montes tostados de Bayan Har nunca habría imaginado, ni remotamente, que algún día tendría miedo a algo similar.
Sabía que por más vueltas que diese dentro de la habitación de mi hotel no iba a deshacerme de la maldita enajenación provocada por las coincidencias de aquella noche. La ironía me amargó la garganta cuando reparé en el cinturón de oro que me delataba como ganador, colocado de cualquier forma sobre el asiento del hotel. Los estragos de la amnesia parcial comenzaban a notarse. La vista se me nublaba y no sabía muy bien si era el resultado de esa botella de licor que había vaciado en el esófago o de la hilera de golpes que había recibido durante unos cuantos días en las sienes. No había más alternativas.
Alguien llamó a la puerta, me acerqué veloz a abrir y Ryoga me miró con desinterés desde el pasillo del hotel. Después arrugó la nariz
–Entra, rápido.
–¿Estás borracho? ¡Apestas!
Le indiqué que pasara para después asegurarme de que no hubiese nadie en los alrededores.
–¿Por qué tardaste tanto? ¡Te llevo esperando casi dos horas!
–Oye, tengo mis propias prioridades, ¿vale? Estamos fuera de horario laboral y había quedado en llamar a Akari.
Me dejé caer vencido sobre la poltrona ocre de corte occidental situada en el vestíbulo de mi habitación de hotel. El regusto a alcohol comenzaba a saber a remordimientos. Quizás a cierto arrepentimiento también.
–¿Qué es lo que te urge con tanta ansiedad?
No lo escuché del todo porque estaba aún sumido en lo más profundo de mis pensamientos. Desde luego que las coincidencias supremas y extrañas habían pasado de ser un hecho fortuito a formar parte de mi día a día
–Huston, tenemos un problema: tierra llamando Ranma, ¿dónde demonios estás?
–No te lo vas a creer pero la he vuelto a ver. –contesté de forma seca y contundente.
–¿Qué? –Una llama de incredulidad se iluminó en su rostro. –¿A la señorita Sin Nombre?
Asentí. Mi compañero me miró aturdido y antes de que se pronunciase le expliqué:
–La señorita Sin Nombre tiene nombre. Vaya que lo tiene, y te va a sorprender.
Ryoga comenzó a manifestar interés abriendo demasiado los párpados. Se acercó a la mesa nogal que había cerca del ventanal, se sirvió un trago generoso de licor y tomó asiento en una butaca que colocó justo en frente de mí.
–¿Y de todos los lugares en los que te la podías haber encontrado, ha tenido que ser en China? ¿en la ceremonia final del torneo?
–Precisamente en China, precisamente en este lugar.
–¿Qué hace ella aquí?
–Deja que te cuente.
Cuando me vio dirigirme hacia ella la cara estaba roja como la de un tomate. Trataba ocultar su sonrojo con un fiero intento de sonreír a destajo, pero a mí no me engañaba. Esa mujer estaba nerviosa. Los dedos que agarraban la copa de champan se mecían nerviosos, golpeando el cristal con un compás de angustia leve y a la vez enérgica. Pude observar en la distancia como se disculpaba con ese tipo, el de gafas redondas ridículas y pelo castaño atado en una minúscula coleta, separándose unos metros del grupo de un grupo de gente los cuales me importaban una mierda y ni si quiera miré.
Me acercaba sin saber qué iba a decir, empujado por una determinación salida de quién sabe dónde y quién sabe por qué.
Llegué poco a poco a ella cuando la distancia se comenzaba a convertir en algo doloroso y pesado. Sus ojos eran de madera de roble barnizada, del color del otoño atardeciendo lleno de fuego el horizonte. Nuestras miradas, atadas entre sí, se negaban a soltarse.
–umm ho… hola, ¿qué haces aquí?
Vale, sé que no es la frase más grandiosa para decir, pero ¿qué queríais que dijera? ¡mis modales se habían fundido en el puré en el que se había convertido mi voluntad!
–Enhorabuena.
Me tendió su mano, un miembro blanco y grácil de dedos largos. En vez de apretarla la agarré, aturdido, como si fuese la parte delicada de un tesoro ajeno. El reflejo de sus ojos castaños poseía brillos áureos que magnetizaron mi piel. Por un momento me quedé en blanco. Ella titubeó.
–¿De qué hablas?
–Te vi allí abajo… en la arena.
–Ah–suspiré. Por un momento había perdido la noción de la realidad pero me agarré de mi fanfarronería habitual– ¿y qué tal?, impresionada, ¿verdad?
–Tengo que reconocer que eres bastante bueno.
–Claro que lo soy.
–En el aire eres prácticamente impecable pero en el suelo, frente a los bloqueos ofensivos, te desenvuelves peor.
Chica lista. Había dado con uno de mis puntos débiles y eso era un nuevo dato para apuntar: esa mujer sabía de lo que estaba hablando, de artes marciales. Y yo seguía agarrando su mano. Suave. Delgada. Tierna. Tibia. Su tacto calentaba mi mente febril y de pronto me arropó una comodidad oculta hasta ese momento.
–Pero sé improvisar.
–Y no te ha salido mal esta vez.
–Te lo dije: las habilidades son mi especialidad.
Una extraña inspiración había cruzado de polo a polo mi corteza prefrontal. Me vi flotando preso de un embrujo extraño por el cual las palabras comenzaron a fluir solas desde algún interruptor mágico.
–¿Siempre eres tan fanfarrón?
–Mira a tu alrededor, ¿acaso no se está celebrando que soy el mejor?
Frunció la boca en una mueca de disgusto y me miró levantando una ceja.
–Un poco de humildad no te vendría mal.
Me acerqué un poco más. Una oleada de aroma a césped fresco recién cortado me golpeó directamente en el corazón.
–¿Eso crees?
–Mientras estabas en la arena, –evadió una respuesta directa– dudaba entre si eres un genio de las artes marciales o un tramposo que juega con el elemento de la distracción y de la sorpresa.
Solté sus dedos casi con desgana.
–¿Y cuál fue la resolución final?
–Pues…un poco de las dos. Creo que eres un genio que sabe jugar con el factor sorpresa.
– ¿He pasado entonces tu test?
Me miró sorprendida.
–¿Qué test?
El embrujo inspirador se rompió de pronto como un cristal contra el suelo, en millones de fragmentos. Sus ojos castaños me miraban con duda y desconfianza a partes iguales.
Saotome embarrándola hasta el fondo otra vez, para variar.
Chico conoce a chica, chica se va por la mañana sin dejar su nombre y cuando chico la vuelve a ver, le pregunta: ¿he pasado tu test? ¿Qué puto test? A veces era tal gilipollas que no sabía qué demonios estaba haciendo y la situación le quedaba grande, ¿acaso seguiría diciendo estupideces sin sentido por un rato más? O le preguntaría de una maldita vez sin rodeos lo que en verdad quería saber.
¿Cómo te llamas?, ¿a qué te dedicas?, ¿te gusta el udon?, y lo más importante, ¿dónde te has metido todos estos años de mi vida? Todas esas preguntas se atascaban entre las angostas paredes de mi cerebro. Para variar sabía que no iban a salir de allí.
–O… olvídalo. Dime, ¿qué haces tú aquí? Jamás hubiese imaginado que te volvería a ver precisamente en este lugar.
–Soy artista marcial, como tú.
Ranma Saotome, gran artista marcial y a la vez gran imbécil. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Los indicios de pronto se iluminaban en mis recuerdos, formando una señal tan clara que me avergonzaba. Pero, un momento…
–Tú ya… –por aquel entonces mi cerebro ya comenzaba a ser un musgo espeso– entonces, ¿tú ya me conocías?
–¡Ranma! –Natsume salió de la nada, impecablemente enfundada en un vestido elegantísimo de color hueso, y me agarró del antebrazo con la excesiva confianza de siempre– todo el mundo te está buscando como loco y alguien insiste en que tiene algo importante que decirte.
–¿Tiene que ser ahora? –inquirí disgustado.
Ella de pronto reparó en que no me encontraba solo y se inclinó de puntillas hacia mi oído para susurrarme algo.
–¿No me vas a presentar a tu amiga?
–Esto… yo no quiero molestar, –la mirada de la chica Cuyo Nombre Pronto Conocería se paseó raudo de un lado hacia otro del lugar– de hecho ya me iba. Enhorabuena de nuevo, Saotome.
–No moles…
Sa-o-to-mé
El Sa-o-to-mé con acento en la é quedó haciendo eco en mis oídos. Había dicho mi apellido con templanza, con gracia, rápida y calmada a la vez. Y después se marchó con la velocidad del aleteo de un colibrí. Desapareció entre la gente, del brazo de ese papanatas con coleta, como un pequeño fantasma negro, engullida de un trago, antes de que yo pudiese reaccionar.
Maldita conmoción. Maldita Katsuiki de modales finos y escote voluptuoso.
Pero es que yo de ninguna manera iba a permitirlo de nuevo. Sabía que mi desorden mental no me lo permitiría. Necesitaba su nombre, necesitaba retener ese momento, necesitaba traerlo de vuelta conmigo, necesitaba… necesitaba decir….
"¡Espera un momento!"
Pero a la vez no podía necesitarlo. Tampoco podía decirlo.
–Ranma, este señor te está esperando, puede ser un magnate importante ¡no todos los días tendrás esta oportunidad!
Me volteé mirando a Natsume cuya mirada llena de entusiasmo me golpeó con un mazo de realidad. El momento había pasado. Lo había dejado pasar. Lo estaba dejando ir.
No es que me guste admitirlo pero odio demostrar debilidades. Y si corría tras la mujer Cuyo Nombre Pronto Conocería como un maldito acosador estaba mostrando una de ellas ante esa mujer. Debilidades, malditas debilidades, ¿por qué demonios me importaba mostrarme débil? ¿Por qué no corría tras ella? ¿No me importaban unos mil demonios lo que pensaran los demás? Y contra todas mis preguntas una fuerza me anclaba al piso, no me dejaba actuar.
Así que caminé junto a Natsume, remolcado por esa fuerza, mientras realizaba malogrados intentos de recuperar el dominio de mí mismo. Lo insólito de la situación me había dejado por un momento sin argumentos para contradecir a Natsume, sin preguntas para evadir a la mujer que me perseguía en los sueños y sin palabras de rabia para revolverme contra el mundo en general. Una furia venenosa crecía en mí, una furia que en cualquier momento iba a explotar y, por mantener la educación, lidiaba por todos los medios guardarla en ese bolsillo de ira mal llamado hígado.
Más que insólito se me antojaba absurdo, el hecho de que por más veces que mirase a mí alrededor no daba con la mujer del vestido negro que hace un rato estaba escuchando mis retahíla de palabras vacías. La mujer que probablemente se había reído de mí porque ya sabía quién era. La mujer a la que me estaba negando a perseguir, porque no tenía la más remota gana de quedar como un imbécil.
Pasto del desconcierto no me daba cuenta de que Natsume Katsuiki, la mujer quizás más deseada de la sala, me agarraba del brazo llevándome a su antojo. Después de un par de saludos de cabeza y sendos apretones de manos, llegamos hasta una mesa redonda donde un señor voluptuoso esperaba de espaldas. Habría quizás una centena de personas en esa sala de congresos, más de las que yo quería ver en ese momento. Más de las que hubiese querido ver en ese momento
Esperad. Yo conocía ese perfil, esas gafas tan gruesas que parecían opacas y ese pañuelo blanco que ocultaba la alopecia de la edad.
–¿Viejo?
–¿Viejo? –repitió Natsume sorprendida.
–¡Hijo mío! –mi padre se dirigió hacia mí con los brazos extendidos.
–¿Qué haces aquí, viejo? –di un salto evitando el abrazo de panda, mi muñeca lesionada no lo aguantaría.
–Ranma, ¡otra vez has ganado el torneo internacional!
–¿Qué? –pregunté asaltado por desconfianza– ¿me vas a decir qué demonios haces aquí?
–¿Esa es la forma de dirigirte a tu padre? –comenzó una retahíla patética de lamentos– ¿Por qué tendré un hijo tan ingrato? llevo tanto tiempo viajando hasta China para darte la enhorabuena… ¡y así me recibes!
–Ahórrate el discurso papá, que nos conocemos.
El viejo sacó un pañuelo de tela de un bolsillo y comenzó a quejarse entre sollozos.
–Con lo que me ha costado llegar, ¿sabes que ya los buques de pesca no admiten viajeros peregrinos? ¡tuve que trabajar duro por más de un mes para llegar hasta aquí! El mar de China es implacable y con lo mayor que me estoy haciendo mis articulaciones se resienten… Con todo lo que me he esforzado para llegar a darle mi apoyo a mi hijo y ¡no me das ni un abrazo! ¿Qué he hecho yo para merecer esto?
Natsume miraba a mi padre boquiabierta. Y el viejo parecía poner bastante empeño en esa actuación estelar. Yo ya me conocía la cantaleta así que me protegí de su lamento con mi escudo de indiferencia. Ese escudo que había sido forjado y endurecido año tras año por las jugarretas que nos colaba mi padre una y otra vez.
–¿Que qué has hecho para merecerlo? ¿Estás de broma, viejo?
–Pero Ranma… –Katsuiki susurró a mi espalda.
–No me digas que sigues enfadado, hijo mío. Venga, echemos pelillos a la mar, ¿vale? Celebremos tu victoria como es debido, ¡a por el sake!
Suficiente pantomima por el momento. Agarré a mi padre de las solapas.
–Te lo voy a decir por las buenas, papá, más te vale que no tengas nada entre manos o no responderé de mis acciones…
Sentí esa segunda coincidencia en el día como un áspero golpe en mi equilibrio mental. La sien me palpitaba con fuerza.
Genma Saotome adoptaba una cara de decepción fingida a la par que Natsume me observaba con una mirada cargada de reproche. Ella intentó desviar la atención.
–¿Es usted el señor Saotome?
–Así es señorita, yo soy el padre de este hombre desagradecido. –el viejo se rascó la cabeza– Y tú debes de ser la novia de mi hijo: la señorita Katsuiki. Vaya, Ranma, qué callado te tenías tu noviazgo, menudo pillín… y anda que me tenga que enterar de tus escarceos por internet… Pero bueno, me agrada tu buen gusto, y que sigas los pasos de tu padre y te hayas planteado encontrar una bonita esposa ¡ja ja ja ja!
Palmeó mi espalda con fuerza hasta que mis costillas crujieron y tuve que adelantar un paso para no perder el equilibrio. Quería recuperar la fe en mi padre después de tantos años, pero no me podía creer que estuviese allí solamente para darme la enhorabuena. Algo olía a chamusquina y no eran precisamente los canapés de pulpo del catering. Sin embargo, las mejillas encendidas de Katsuiki me hicieron percatarme de las palabras que había pronunciado mi padre. Oh no.
–Muchas gracias, señor Saotome. –murmuró incómoda. Era el momento de tomar las riendas del asunto de una vez por todas. Tomé a la modelo del codo y le susurré algunas palabras al oído.
–Natsume, te pido disculpas en nombre de mi padre, no sabe lo que dice.
–Pero…
–Hace meses que no nos vemos, quizás necesitemos un momento a solas.
–¿eh? Está bien. –se volvió con elegancia hacia mi padre ofreciéndole una corta reverencia– ha sido un placer conocerlo, señor Saotome.
Mi padre le ofreció una sonrisa.
–Ahora sí, viejo. –lo enfrenté agarrándolo de las solapas de esa camisa blanca china– dime qué diantres haces aquí.
Todos los momentos de sinceridad se deberían encarar tal como el reto de domar un caballo salvaje para volverlo dócil y sumiso; sin ningún atisbo de duda o debilidad. Sin embargo es una tarea que jamás fue fácil para alguno de nosotros.
Cómo decíroslo en pocas palabras...
Mi padre está como una regadera. Poco después de nacer me separó de mi madre con el propósito de convertirme en un hombre hecho y derecho. Mi infancia se resume en una suerte torturas bajo el pretexto de duro entrenamiento de artes marciales. Un accidente durante mi adolescencia provocó que tuviésemos que postergar ese encuentro con mi madre, a la cual no conocí hasta la edad de dieciocho. El viejo es un amante de las licorerías y de las reuniones de partidas de go; de la comida gratis en abundancia, de los palacetes de ninfas aladas del amor y de ganar pequeñas sumas de dinero con el mínimo esfuerzo. Con su maldita vida de holgazán estuve sofocado en deudas los primeros años de independencia y sin embargo conseguimos salir adelante, a pesar de los pequeños pufos que iba heredando de vez en cuando. Mi madre apenas me informaba de los quehaceres de Genma, más por no enfurecerme que por otras razones. Pero la gota que colmó el vaso fue que el viejo había empeñado la casa de mi madre, herencia de generaciones, tras arruinarse en juegos de apuestas. Después de pagar su maldita deuda y de que pateásemos su trasero había desaparecido de la faz del planeta.
Habían pasado varios meses desde aquello y con todo el lío del trabajo a mí me habían parecido años. Por lo tanto, ¿qué querría esta vez? Al menos tenía claro que, lo que fuera, no sería nada bueno.
–Ranma, los años pasan, las personas cambian. ¿Es que acaso no vas a mostrar un poco de simpatía por tu viejo padre?
Lo miré ceñudo sin creer aún en sus palabras. Después lo solté.
–¿Sólo has venido hasta aquí para felicitarme?
–¡Claro! ¿Qué creías si no? Y para conocer a mi futura nuera, por supuesto ¡espero pronto tener nietos! Que uno ya es viejo y quisiera estar en plena forma para jugar con pequeñuelos. Además cuando empiece a entrenar a mis nietos...
–Ni loco te dejaría entrenar a un hijo mío, viejo. .Y por cierto, ¡Natsume no es…!
–Vale, que sí, que sí, –me interrumpió– ya va siendo hora de deshacerte de esa timidez, ¿no crees? ¿O me vas a decir que sigues virgen casi con treinta?
–¡Papá!
–Sigues igual de vergonzoso de siempre, eh. Pero bueno, de eso hablaremos luego. Ahora tengo una sorpresa para ti.
–Ya me lo imaginaba, ¿qué es esta vez?, ¿quieres que te preste dinero para regresar a Japón?, ¿te fuiste sin pagar de nuevo de ese restaurante caro?, ¿has apostado más de lo que tenías y necesitas una fuente de ingresos?
–¡Qué poca confianza!
–¿Has tenido un accidente de coche, saliste por patas y dejaste mi contacto?
–Que no hombre, que no.
–¿Has empeñado algo de valor?
–Te estoy diciendo que no.
–¿Has matado al perro de la vecina conduciendo borracho?
– yo nunca haría eso, ¡con lo que me gustan los animales!
–¡Pues dime qué demonios haces aquí!
–¡Eso estoy intentando pero no me dejas! Ven, quiero presentarte a alguien.
Un escalofrío me recorrió el espinazo. La cara enigmática del viejo me daba mucho mal rollo y además aún no olvidaba que aquella mujer que conocí en Roppongi se encontraba en el mismo espacio que yo, respirando del mismo aire mezcla de perfume caro, sudor frio y frivolidad. Por un momento me había olvidado de ella y de repente caí en la cuenta de que lo que me iba a mostrar el viejo me importaba un comino. La realidad era que quería deshacerme de él de forma rápida para escanear toda esa sala hasta dar con ella. Aunque no tenía planeado qué haría después.
Mi padre del antebrazo, obligándome a seguirlo entre el gentío hasta un pequeño rincón. De pronto la música comenzó a hablar en una vibración sostenida que hizo que mis brazos temblaran complacidos, incluso el que estaba resguardado en el cabestrillo.
En aquel rincón hablaban unas pocas personas, que yo no conocía de nada, en un ambiente bastante distendido. Un señor de cabellos oscuros a juego con su bigote y porte enjuto mantenía una acalorada conversación con el hombre que había visto anteriormente, de chaqueta negra y coleta ridícula, y que cada dos por tres empujaba esas gafas redondas sobre la nariz. Una mujer no mucho mayor que yo, de largos cabellos castaños y de ojos afables, lo agarraba íntimamente del antebrazo. Y como si fuese una vez más inevitable, las deliciosas coincidencias elaboraban esos ardides del destino para conseguir encadenar mis pies al suelo y detener mi corazón.
–Ranma, ven. Te voy a presentar a mi gran amigo, Soun Tendo.
–¿Soun Tendo? –el apellido rebotó como el eco dentro de mi cabeza.
–¡Hijo! –el señor del bigote se dirigió hacia a mí con una sonrisa y me abrazó a modo boa constrictor. Después de cortarme la respiración se puso rígido y ceremonial– Enhorabuena por tu merecida victoria. Ya había oído hablar de ti y no te había relacionado, te pido disculpas por mi estupidez, desde luego que eres el hijo de tu padre.
No sabía si tomarme eso como un insulto o un cumplido. Opté por la opción respetuosa.
–Esto… muchas gracias señor...
–¡Déjate de formalismos conmigo, muchacho! Con Tendo es suficiente. Pero tenemos que ponernos al día, te preguntarás qué tipo de relación tengo con tu padre y por qué nunca te habló de nosotros.
–¿Nosotros?
–Sí muchacho, nosotros. El maestro, tu padre y yo.
Comencé a estar realmente confuso. Soun Tendo puso una mano sobre mis hombres y me volteó hacia donde estaban unos metros más allá el hombre y la mujer con los que hablaba previamente a nuestro encuentro. Junto a ellos había dos mujeres de espaldas.
–¿A qué se refiere?
–Verás hijo, tu padre siempre ha sido para mí como parte de la familia. Y tú siendo hijo de tu padre, no puedo por menos que considerarte parte de la familia también.
Su brazo era férreo como el metal alrededor de mi cuello. No supe qué decir.
–Gracias por su amabilidad.
–No hay de qué hijo. Tu padre vive con nosotros ahora, bastante feliz por lo que creo, ¿no es así Saotome?
–Ya lo creo Tendo. Los Tendo son muy hospitalarios, Ranma. –escuché la voz ronca de mi padre a mis espaldas.
–Sin embargo hay algo que tu padre me debe y que no me puede pagar.
Me puse tenso. Su voz había sido tan cortante como el filo de una espada. Intenté zafarme del brazo pero su agarre me apretó como si fueran unas tenazas.
–Oiga, las deudas de mi padre son de mi padre. –negué con las manos– no me mezcle en sus asuntos, que no tengo nada que ver.
Comenzó a llevarme hacia donde estaba el grupo de gente. De pronto su voz volvió a ser amable y jovial.
–¿Acaso no te he dicho que por ser hijo de quien eres ya es como si formases parte de la familia? Mirad a quién tengo aquí. –dijo en voz alta para llamar la atención del grupo de personas.
La pareja nos observó con detenimiento y las dos mujeres se volvieron hacia nosotros.
Allí estaba ella. El pelo corto y negro le acariciaba las orejas y sus ojos me miraron algo retraídos antes de buscar cualquier punto fijo del suelo. Su piel estaba pálida en exceso. Yo no quería mirar a nadie más, pero en seguida reparé en que la otra mujer era Nabiki, Nabiki Tendo. No tardé en atar cabos.
–Te presento a mi familia, Ranma. –Soun Tendo relajó el brazo y lo extendió con la palma hacia arriba hacia diferentes direcciones mientras hablaba. –Te presento a mi hija mayor, Kasumi y su esposo Ono Tofu, que se casaron hace poco más de una semana. A Nabiki ya la conoces –Nabiki se inclinó realizando una especie de reverencia jocosa– y te presento a mi hija pequeña, mi pequeña Akane Tendo.
«Akane» murmuré para mí mismo en un intento de grabar su nombre en todos mis sentidos. Aunque no hacia falta.
Aka-ne.
...Continuará
