Historia de lenguaje y contenido no apto para menores.
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Cap 7: Akane
Akane.
La textura de su nombre era perfecta: suavidad en la primera sílaba, firmeza que se concentra al final. Por cuantas veces intento definir a Akane en mis pensamientos, trato de retener esos pequeños detalles que siempre se escapan y regreso para apoderarme de su nombre. Pues tal como se pronuncia, tal como se mueve la boca al acariciar su nombre es tal y como es ella. Sin embargo, aunque quisiese creer lo contrario, el mundo no se había detenido ni las canciones habían dejado de sonar porque su nombre siguiese pegado a mis labios. Si bien yo juraba que así era; que me encontraba encarcelado en un segundo desde que el señor Tendo me había presentado. Atrapado en ese lapso no podía evitar soñar despierto con cada curva, cada rizo de sus pestañas, cada imagen suya que más tarde deformaría en mi imaginación a mi antojo.
Un segundo. Un solo segundo había sido antes de regresar a la realidad en la que los miembros de la familia Tendo me ofrecían cada uno su más sincera enhorabuena. Primero fue la hija mayor con su amplia sonrisa, después su recién esposo tendiéndome la mano con amabilidad natural. Su turno fue seguido por mi agente, que me palmeó la espalda mirándome siempre astuta. Por último ella, Akane Tendo, me ofreció por segunda vez en el día la enhorabuena; en esta ocasión acompañada con un cabeceo corto y gracioso. Su piel era nieve a excepción de las mejillas y me miraba con los ojos acorralados por la evidencia de la vergüenza, con los labios rígidos por el bochorno. Con el gesto de una niña a la que le han descubierto su travesura. Con el gesto de una mujer que retiene los caprichos de una niña.
Imaginaros que las brumas del océano Pacífico pudiesen concentrarse en un centímetro cuadrado. No, mejor: Imaginaros que la fuerza de un terremoto de más de ocho en la escala Richter se pudiese sentir en el pecho durante un solo segundo. Si yo hubiese tenido el valor para recibir en mis brazos toda esa fuerza quizás todo hubiese sido distinto. Sin embargo en aquel instante no poseía el suficiente valor ni el suficiente aguante. Así que me fui. Di las gracias, hice algunas reverencias, disimulé el furioso pálpito que tronaba en mi pecho y me marché mientras el cabeza de familia musitaba «nos veremos pronto». Mis ojos no se atrevieron a ir poco más allá a pesar de que no deseaban ninguna otra cosa. Mis brazos no obedecieron lo que mandaban mis instintos y se refugiaron en el peso de la razón.
Si hubiese sido tan perspicaz como para saber si ella esperaba algo quizás no hubiese huido despavorido.
Si hubiese sido capaz de ver algo entre esa espesa niebla que se ceñía en torno a mi capacidad de reflexión no me hubiese marchado.
Y si no me hubiese marchado, quizás no hubiese estado dos horas después borracho como una cuba, calentándole el oído a mi amigo Ryoga Hibiki en la habitación de un lujoso hotel. Emborracharme comenzaba a ser rutina por aquellos días.
Ryoga inclinó la botella sobre su vaso pero no quedaba ningún trago. Aquel licor blanco chino al principio me había sabido a mil demonios destilados, lo que no se si hablaba de su pureza o de mi baja tolerancia al alcohol. Finalmente había estado entrando como el agua en el desierto.
–Wow la verdad es que se merecía unos cuantos tragos, Ranma.
Desvié la vista hacia la ventana. Afuera había dejado de llover y los edificios rezumaban un vapor claro. La sonrisa forzada que hacía que los músculos de mi rostro doliesen había desaparecido de un plumazo.
–¿Y bien? ¿Qué ocurrió después?
El chorro de palabras que fluía hacía unos instantes estaba sofocado bajo una tonelada de duda. Contesté arrastrando las palabras con una indiferencia apenas fingida.
–El viejo nos presentó.
–Eso ya me lo has contado ¿No pasó nada después?
Negué despacio para no sentir que el puré de neuronas rebotaba con la caja cefálica.
–¿No vas a correr hacia ella?
Lo miré serio. Aquella pregunta me pilló de improviso.
–¿Quién ha dicho que quiero correr detrás de ella?
–¿No era tu intención?
–¡Por supuesto que no!
–No lo entiendo, ¿qué es lo que quieres entonces?
Su pregunta me invadió con un detenimiento insospechado para mí. Intenté conscientemente no tomarme más de dos segundo para contestar.
–Nada. Yo no quiero nada.
–Pues entonces no sé qué me he perdido, Ranma.
Vale, lo confieso. El primer paso para tapar el problema es el autoengaño. Ryoga me escrudiñó absorto y después se pasó una mano por el cabello, sofocado. Puedo jurar que incluso movió apenas unos milímetros aquella cinta que lleva siempre atada en la cabeza. Después continuó hablando.
–¿No vas a hacer nada incluso por hablar con ella? Quiero decir, al menos pedirle su número de teléfono.
–No voy a hacer nada de eso.
Mi seguridad no fue convincente y Ryoga se incorporó rápidamente increpándome con sus brazos.
–¡Estás siendo un cobarde!
–¡No es cierto!
¿Qué no era cierto? Claro que en aquel momento no lo podía saber puesto que era imposible que viese más allá de la piel de las manos. Lo único que podía sentir entonces era el ascender de una frustración muda que cubría todo de una capa viscosa que no me dejaba ver lo demás.
Vale, ella estaba allí en China. Cerca, quizás tan solo a unos pocos cientos de metros. ¿Pero qué iba a hacer? No podría hacer la soberana estupidez de ir a buscarla. ¿Y si se reía de mí? ¿Y si procuraba evitarme? Si me rechazaba, si eso llegaba a suceder, sería el capítulo más vergonzoso de mi vida. Y la probabilidad era bastante alta, de un ochenta por cien. Entendedlo, soy Ranma Saotome y no puedo soportar algo así. No puedo perder, no puedo mostrar debilidades.
Sin embargo toda esta racionalización que rebatía mis ocultos deseos era un suceso contradictorio desde la misma base. Evitar mover un solo dedo por no perder en el intento ya significaba que estaba perdiendo. Aunque todo se resumía en un solo sentimiento, uno sólo y que me abrumaba, que me venía grande: no podía ser débil. No me podía permitir el lujo de mostrar esa ni ninguna otra debilidad. ¡Quedar como un pelele! Ni loco.
–No lo entiendo, Ranma. Te gusta alguien por primera vez en la maldita vida, ¡por una puta vez! ¿Y no vas a mover un dedo?
Apreté los puños como si quisiera aplastar algo entre ellos.
–¿Qué quieres que haga? ¡Por todos los demonios! Si ella estuviese interesada en mí hubiera demostrado algo, ¿no? Al menos ella sabía mi nombre, sabía quién era yo y se fue, ¿no lo ves? ella se fue por esa maldita puerta y la cerró sin dejar un solo resquicio. No voy a hacer nada ante eso, lo siento, pero no me interesa quedar como un idiota.
Ryoga resopló vencido.
–Estás dejando que el orgullo destroce una oportunidad que a lo mejor no se volverá a repetir, Ranma.
Negué.
–Si me conoces lo suficiente sabes que nada merece tanto la pena.
–Como te conozco lo suficiente te digo que estás siendo un imbécil.
Ryoga se levantó de un salto de la butaca, se acercó al mini bar agarrando al azar otra botella de un licor chino distinto. Fue generoso con el licor en el vaso y se ocupó de él de solo trago. Después se dispuso a salir de la habitación con una determinación poco reconocible.
–¿A dónde vas?
–A recepción, voy a hacer algunas preguntas y de paso a hacerte un gran favor.
La ira me inundó en intensas oleadas y tuve que hacer un esfuerzo infinito por mantenerla bajo ralla. Lo escuche salir de la habitación y caminar por la gruesa moqueta del pasillo.
–No, espera. –maldita sea, que el cerdo se estuviese tomando tan enserio mis problemas de aceptación no era casualidad.
Me incorporé tan rápido como pude con los estribos perdidos del todo. ¿Qué le estaba pasando por la cabeza? No, si la culpa era completamente mía por involucrarlo en mis asuntos habiendo detallado con pelos y señales mi patética historia. Corrí hasta alcanzarlo antes de que tomase el ascensor, lo agarré del antebrazo para voltearle y al hacerlo le regalé un precioso derechazo en la quijada. Bueno, quizás no fue tan perfecto, pero comprended que estaba borracho.
Conseguí cabrearlo porque no tardó ni más ni menos de un segundo en sobarse el lugar del golpe, sorprendido, y en darme acto seguido un fuerte cabezazo dirigido a la nariz. El muy sucio sabía muy bien dónde tenía que pegar para obtener sangre. Me limpié el líquido caliente que se deslizaba por la nariz con el dorso de la mano. Arrojé mi cuerpo con potencia hacia ese hijo de puta con el fin de destrozarlo con mis manos. Al mismo tiempo que me agarraba de los puños y caíamos en ángulo de noventa grados por mi impulso, bloqueó un rodillazo con los codos pero no pudo esquivar mi codazo en su mandíbula. Empleé la fuerza gravitacional cuando casi estábamos en el suelo para impulsarme con la planta de los pies y traerlo conmigo hacia la pared opuesta del pasillo, donde intenté que encajase alguna de mis patadas, aunque bloqueaba la mayoría. En un golpe de astucia encontré un agujero en sus defensas y lo envié de un golpe unos metros fuera de mi vista. Me troné los nudillos mientras la vista se me llenaba de sombras por los efectos de la adrenalina, de las endorfinas que ceñían el dolor de mi cuerpo y del alcohol.
–No consentiré que me la juegues, Hibiki.
–Joder, solo tengo curiosidad, ¡no puedes culparme por ello! –masculló mientras se ponía de pie y se sacudía la ropa.
–Maldito baboso hijo de perra….
–Vamos, Ranma, tampoco es para tanto, ¿acaso tú en mi lugar no querrías conocer a la única chica que te ha vuelto tan loco como lo estás ahora? ¡Mírate! Apuesto a que ella lo merece.
Lancé un puñetazo ciego de furia donde antes se encontraba ese desgraciado pero me recibió una pared vacía. Mi muñeca lesionada recibió un latigazo de dolor junto a las virutas de polvo. ¿Quién me había mandado confiar en ese cerdo despreciable? No vi venir el puño cuando de repente lo tuve encima de la sien. Caí al suelo de la misma forma que lo hacen las estacas de los bolos cuando son golpeadas por la bola pesada; de forma estrepitosa, chocando con todo lo que había a mi alrededor. Derribé la maceta que había junto al ascensor y la negra lámpara de pie que tenía pinta de ser cara. Un imperioso dolor martilleaba mi cabeza hasta el punto de la locura.
–¿Aún sigues pensando en no hacer nada? ¡Despierta, Ranma!
De pronto, desde el suelo y en la lejanía, escuché una puerta del pasillo que se abría. Alguien salió de una habitación y caminó hacia nosotros: una chica en bata roja como la sangre y surippa a juego con bolas de algodón en las puntas. Su talante de sofisticación desde luego que la hacía inconfundible.
–¿Os hacéis una mínima idea de lo que van a costar estos destrozos? nunca aprenderéis vosotros dos. ¿Qué demonios hacéis a estas horas peleando como dos chicos pequeños?
–¿Nabiki?
–Haced el favor de comportaros como adultos e iros a dormir, ¡maldita sea!, ¿es que no habéis olvidado que mañana tenemos la grabación a primera hora?
Ryoga se intentó quejar y yo me tomé unos segundos para descansar sobre la moqueta. La conciencia se me estaba escurriendo poco a poco entre los dedos.
–Pero…
–Nada de peros. ¡Mueve el trasero a tu habitación! –ordenó furiosa y después me escudriñó con atención– Pero ¿tú has visto cómo has dejado a tu jefe? ¿no estaba lo suficientemente lamentable ya después del torneo?
–Ha empezado él.
–Y tú socio, –Nabiki ignoró la sucia excusa de Ryoga– mañana después de la grabación irás a ver a mi cuñado. No se hable más.
Dicen que después de la tormenta viene la calma. En efecto el día siguiente a la lluvia torrencial el cielo azul nos ofrecía un brillante sol de justicia.
La mañana fue mortalmente aburrida, una suerte de constantes flashazos y tomas de video; cosas para la película documental del torneo para los Todo Vale que estábamos grabando en Beijing. Nabiki se tomó la molestia de contratar maquilladores pero después del torneo y de la pelea con Ryoga no había ni cristo que me arreglase el rostro. Después de estar varias horas sentado grabando en la misma posición, con los miembros completamente entumecidos, estiré las piernas y llamé a Ryoga, que estaba por el set concretando detalles, para escaparnos a tomar algo. Nos acercamos silenciosos a la cafetería de la ciudad deportiva. Ya no había tanta gente como los días previos. Los curritos contratados por los organizadores se encontraban desmantelando algunas de las instalaciones de la ciudad deportiva.
Antes de que surja algún malentendido, es importante saber que mi relación con Ryoga era algo más parecido a un matrimonio que a alguna otra cosa. Pasábamos de la amistad al odio con tanta facilidad como dar la vuelta a un calcetín; aunque no había nada que no se solucionase entre nosotros tras una buena tanda de golpes. El problema era que cuando empezábamos ninguno de los dos sabía cuándo ni cómo parar. Éramos lo suficientemente gallitos como para que ninguno admitiera nunca la derrota, el cansancio o la inferioridad de condiciones.
De todos modos pedimos nuestro desayuno intercambiando pocas palabras y sin mencionar el incidente de la noche anterior. Nos reímos un poco de la situación en la que Nabiki Tendo parecía más el líder de los Todo Vale que nosotros mismos, que aprovechábamos la mínima ocasión para escabullirnos. Después tomamos el típico desayuno chino confinado en el respectivo Dim Sum el cual atacamos con una voracidad frenética: los Gao rellenos de vegetales y carne, el Baozi recién hecho caliente y humeante acompañado de un delicioso té de crisantemo. Por último volvimos al set, grabaron mis últimas intervenciones y Nabiki me interceptó en el momento en el que me disponía a irme al hotel. Solo dios sabe cuánto necesitaba una prolongada sesión de descanso; el vuelo salía en unas horas lo cual quería decir que no llegaría a Tokio hasta bien entrada la madrugada. Y nada de eso me eximía de una semana empantanada de trabajo.
–¿Dónde vas con tanta presteza? –me agarró del antebrazo al mismo tiempo que no paraba de escribir mensajes en la pantalla de su teléfono móvil– vamos a que Tofu te eche un vistazo a esos huesos.
–Lo había olvidado completamente.
–Para eso estoy yo, para recordarte tus obligaciones.
–Para eso me sales bien cara. –repliqué con un resoplido.
–Vamos Saotome, no te quejes tanto, por si no te acuerdas de lo que dijo mi padre, eres casi como de la familia. ¿Vaya coincidencia, verdad?
Emití una sonrisa forzosa y comenzamos a caminar por la avenida principal de la ciudad deportiva. Ella estuvo unos segundos más con la atención puesta en el dispositivo móvil y luego lo colocó dentro de su cartera de marca cara. La escudriñé con una atención con la que no la había visto hasta ahora pensando en que no se parecían en nada. Quería abordar el tema de alguna manera pero no sabía cómo. La pregunta, ¿de verdad ella es tu hermana?, era soberanamente estúpida pero la otra que se me ocurría (¿hace cuánto que sois hermanas?) era aún peor. Al final simplemente flotaba un, ¿me podrías dar su teléfono, su email?, bajo cualquier malo pretexto pero nada de eso era posible. Una imagen implacable de la risa maligna de Nabiki se me antojaba demasiado cruel como para poderlo soportar. Ni hablar, ella era demasiado perspicaz.
–Por cierto, socio. Katsuiki y tú habéis sido invitados al evento de inauguración del edificio Yamada en el centro Yokohama el jueves, es decir, en tres días.
–¿El mega-edificio de entretenimiento que llevan construyendo dos años las industrias Yamada entertainment? – pregunté maravillado.
–Eso es, pero vuelvo a repetir: Tú y Katsuiki.
–Mierda. –me quejé, no había reparado en la contra parte– ¿de verdad que tenemos que ir pegados a todos los sitios como siameses?
–Vamos a ver, Ranma, ¿cuántas veces te tengo que explicar que ella es la imagen de tus gimnasios? Le pagamos una fortuna para que salga en la publicidad, anuncios y para que asistiese a los eventos y contestase preguntas. Debes saber que, es en parte gracias a ella, que tu fama está creciendo como la espuma.
–Ya, pero es que los medios…. Y las confianzas que se toma…
–Ranma, ella es solamente una figura. Una imagen bien cara. Deja que los medios hablen, deja que ella se tome las confianzas que quiera. La prensa es así, hoy día quieren y hablan sin tregua sobre una cosa y sin embargo mañana ya se les ha olvidado. Hazme caso que yo sé de lo que hablo.
–¡Qué fácil es decirlo para ti! Claro como tú no tienes que aguantar que digan constantemente estupideces sobre tu vida…
–No seas cabezón. Ve a ese evento agarrado del brazo de Natsume Katsuiki y cuando acabe cada uno en su casa y dios en la de todos. Mira ya hemos llegado.
Llegamos a una pequeña instalación auxiliar del área de salud en la ciudad deportiva. La puerta se encontraba abierta así que al entrar fui recibido por un aroma a té matcha recién hecho. La estancia era pequeña pero estaba limpia, con una camilla a un lado y un pequeño despacho en el opuesto. Un biombo ocultaba el fondo de la estancia y de detrás salió el hombre que conocí la noche anterior, secándose las manos con un trapo. Su sonrisa era amable y su mirada parecía sincera.
–Cuñado aquí te traigo a este hombre molido a palos en vida. A ver si puedes hacer algo con él.
–Ah, hola Saotome, señorita Nabiki, –cabeceó un saludo sin perder la sonrisa– justo preparaba té, ¿puedo ofreceros un poco?
–Pues te lo aceptaría con mucho gusto si no tuviese que ocuparme del resto del equipo del set. Tengo que despachar además algunos periodistas curiosos, que nuestra estrella no está para más trotes, y concretar todos los eventos del resto de Noviembre. –agarró de nuevo el teléfono – pero te dejo en buenas manos, socio.
–Descuida, cuñada, que cuidaré de él.
–Por cierto, Saotome. Mi padre me ha mandado darte un recado, una invitación de comida a nuestra residencia de Nerima el domingo que viene, estarán tus padres por supuesto, ¿vendrás?
El corazón empezó a palpitar fuera de control y ni si quiera supe por qué hasta que lo procesé. Ambos permanecieron observándome en un segundo de expectación.
–eh cla-claro.
–Perfecto –dijo ya desde fuera, despidiéndose con la mano.
El doctor Tofu me coloco el té humeante en las manos y esperó pacientemente a que me lo tomase todo antes de empezar a revisar mis articulaciones. La sonrisa afable no se borraba de su rostro.
–Veamos, empecemos por esa muñeca.
Tendí mi mano vendada hacia el frente y, tras deshacerse de sucias vendas, escudriñó con curiosidad cada uno de los recovecos de la articulación. Luego comenzó a palpar cuidadosamente.
–Entonces, por lo visto tu padre y el señor Tendo son muy buenos amigos.
–Eso parece señor, hasta ayer yo no sabía nada.
Ono Tofu se detuvo en el proceso de palpar la muñeca, buscó mi mirada con la suya.
–¿No sabías nada?
Negué desconcertado devolviéndole una mirada confusa de mi parte, ¿qué tendría que saber?, ¿por qué lo tendría que saber? Sus palabras respondieron a mis preguntas.
–Por supuesto que no sabías nada. Supongo que el señor Tendo se encargará de contarte la historia entre las historias.
Suspiré vencido por la mala suerte de tener un padre que era tal y como era. Desde luego que había algo que me era tremendamente familar; tenía algunos recuerdos de algo pero eran difusos y se derretían entre las imprecisas ciénagas de mi memoria. Era algo como una historia, un dojo, un atardecer rojo encarnado. De repente un recuerdo reciente salió a flote como un corcho entre la nebulosa difusa de aquellos recuerdos.
«No lo subestimes, Ranma. Al poco tiempo de que contratásemos a TBI hice una pequeña investigación personal sobre Nabiki Tendo y encontré lo del dojo Tendo. Es una construcción antigua legada durante generaciones de prestigiosos artistas marciales de Japón. Hace veinte años la familia Tendo perdió todas sus posesiones debido a la estafa de un prestamista pero una vez que Nabiki Tendo se graduó en ciencias económicas en la Universidad de Tokio de alguna forma lo recuperó y lograron sacarlo adelante. Quedé conmocionado con las historia y no puede evitar preguntarle a Tendo que por qué no nos lo mencionó nunca que su familia tenía un dojo. Me explicó que el deseo de su padre es que se use como escuela para formar niños como futuros artistas marciales, actualmente no desea en ningún caso vincular su escuela a firmas, torneos o a kempoistas de sobrenombre, pero en su momento el dojo Tendo fue de los más transcendentes de Japón.»
–El dojo Tendo. –pensé en voz alta y Tofu siguió palpando mi muñeca.
–¿Lo has visto? Es muy antiguo, pero lo han reconstruido recientemente.
Negué y de repente el doctor presionó fuertemente la muñeca causándome una punzada lacerante e inaguantable.
–¡Auch! ¿Qué pretende, inutilizarme? –de repente me di cuenta de que el dolor de fondo, ese dolor visceral que estaba constantemente en la mano había desaparecido. Hice algunos giros de muñeca doblándola en distintos ángulos y observé al doctor gratamente sorprendido– vaya, puedo moverla sin el dolor agudo de antes.
–Me alegro, muchacho, –me ofreció una amplia sonrisa– no la fuerces en unos días, la he recolocado pero no quiere decir que esté curada del todo. Y ahora veamos el resto de magulladuras.
Asentí con calma y me quedé quieto mientras estiraba mis antebrazos. Odiaba que aún me llamasen muchacho, pues habían pasado años desde que había dejado de serlo, pero el doctor estaba siendo muy amable. Mi instinto me decía que era una persona en la que se podía confiar plenamente.
– Entonces, ¿usted se dedica a asistir como médico deportivo en torneos y eventos?
–Oh pues ahora no hago nada que se le parezca aunque por un tiempo sí que fui medico deportivo, mi especialidad fueron las artes marciales.
Tofu empezó a presionar diferentes puntos en mi espalda, hombros y antebrazos mientras yo aguantaba con templanza el dolor.
–¿Dónde se especializó?
–Aquí, en China, pero eso fue hace muchos años.
Mi interés se hizo creciente. Parecía ser un doctor extraordinariamente bueno a pesar de esa modestia.
–¿Ya no está interesado en dedicarse a esto?
–Bueno, desde hace unos pocos años tengo mi propia consulta de medicina familiar. No es lo mismo pero me va bien, y no tengo que estar viajando constantemente. Ya sabes, me acabo de casar hace poco más de una semana y de hecho, –se llevó una mano al cogote mientras empezó a reír como un loco– ¡debería estar disfrutando de mi luna de miel! Pero ya sabes como son a veces los padres de sobreprotectores.
Me sorprendí a mí mismo con una pregunta, quizás, poco apropiada.
–A qué se refiere, ¿a estas alturas el señor Tendo se preocupa tanto de su hija recién casada?
–No, si no fue por Kasumi ella no es artista marcial. Fue por la pequeña, –mi corazón dio un vuelco en aquel segundo– era su primer torneo internacional y mi suegro me pidió como favor que aceptara este trabajo de forma que pudiese cuidar de Akane.
No pasé por alto la forma en la que él se refería a ella, con la misma familiaridad que se refería a su propia esposa. Por el nombre de pila sin honoríficos.
–Comprendo. –contesté sin saber qué mas decir.
–De todos modos nos iremos de luna de miel mañana, ¡una semana por Taiwán nos vendrá de lujo! –un brillo de emoción recorrió su rostro.
–Doctor Tofu, –pregunté de buenas a primeras, sin pensar demasiado– ¿es buena Akane Tendo en las artes marciales?
Ono Tofu se agarró el mentón antes de responder, se puso serio mientras cavilaba y después volvió a sumergirse en su afectuosa sonrisa de siempre.
– Es la heredera mujer de un dojo y de un apellido de artistas marciales. Es todo lo buena que tiene que ser y es todo lo buena que se le está permitido ser al mismo tiempo.
Me quedé pensando seriamente en su respuesta, sin saber exactamente a qué se referían sus palabras.
–Me gustaría verla. –Tofu me miró serio y rectifiqué de forma prudente– me gustaría ver cómo se desenvuelve en la arena. Quizás yo podría darle algunos consejos.
–Es una estupenda idea aunque es terca como ella sola, pero si sabes tratarla es una mujer extremadamente dulce. Bueno, ya estás listo, Saotome. –me dio una palmada en la espalda– Nabiki se encargará de lo demás. Recuerda descansar esos huesos durante unos días, no te fuerces demasiado y estarás como nuevo.
Salí de la consulta sintiendo como que caminaba entre algodones, con el brillante sol pegándome duro en la frente y las recientes palabras acariciando con suavidad mis oídos.
«Una mujer extremadamente dulce.»
«Akane.»
Eran las 1: 30 a.m. hora Japón cuando el Airbus aterrizó en aeropuerto de Narita. Recogí el equipaje con presteza y detuve el primer taxi con ánimo de volar veloz hacia mi apartamento. Estaba tan ansioso que casi ni me despedí correctamente del resto del equipo.
La familiar niebla cercaba los edificios y el ambiente como los niños en duermevela abrazan a sus ositos de peluche. Solo los carteles de publicidad con sus luces sórdidas, apagadas, encendidas o insinuantes destacaban entre el vapor de esa nube que descansaba casi todas las noches sobre la enorme ciudad de Tokio. Casi siempre soplada por los deseos del viento del mar.
Cuando llegué a mi apartamento dejé las llaves sobre la mesa de la entrada de cualquier manera, me descalcé, y caí sobre el futón como si fuese un pájaro herido a balazos. Luego me arrepentí, cambié de opinión y me volví a levantar para tomar el portátil cerrado de la mesa. Me recosté contra la pared mientras la pálida luz de la pantalla empequeñecía mis pupilas. Entré en el buscador de internet y teclee su nombre.
Akane Tendo
Un listado de direcciones de páginas sucesivas me apareció en la pantalla. Comencé a indagar un rato pero no encontré nada que cuadrara con lo que estaba buscando. Probé suerte con las imágenes en vez de con las web.
Oh, dios. No podía ser. Era demasiado bueno para ser real: entre otras Akanes Tendos que no eran ella había una imagen de la Akane Tendo que a mí me interesaba. La verdad era que no era realmente una imagen que le hiciese verdadera justicia, con aquel gesto ceñudo, enfundada en un kimono de karate amarillo y con una cinta deportiva prendida en el cabello. Sin embargo, a pesar de todo eso estaba espectacular. Hice click en la imagen e internet me redireccionó a un página.
Artistas marciales ganadoras del torneo nacional femenino dividido por categorías celebrado en fukuchiyama.
Categoría Manos Desnudas – Sakura Kobe
Categoría Manos Armadas – Kana Katsuya
Categoría Mutsabetsu kakuto – Akane Tendo
Vaya, ni tan desacertado. Le gustaba el riesgo justo igual que a mí. En la misma página había algunos videos de los combates que tuvieron lugar en el torneo. Los observé atentamente deteniéndome en algunos puntos –he de confesar que a penas había analizado con detenimiento hasta el momento las artes marciales femeninas– hasta que en algún momento ella apareció como protagonista del combate. Me concentré en analizar cada forma en la que movía sus brazos, cada ángulo en el que plegaba su cuerpo. A veces realizaba katas sencillas con soltura y otras veces se movía de forma torpe y pesada. En algunos momentos parecía que danzara, como si estuviese pisando fuego en el suelo y apenas trazase pequeños círculos con sus brazos para atestar golpes en su adversario. Otras veces sus movimientos eran muy pensados, de cuadernillo, bastos, bruscos y sin medida alguna lo que la conducía a aprehender rápidamente los golpes. Me desconcentré cuando reparé en cada vez que se deshacía en bramidos, de esos que salen del esfuerzo en el combate.
Off. Mi interruptor interno me dio el aviso de que comenzaba el delirio. No podía parar. Indagando más llegué a una especie de página personal o algo así como una red social. No sé qué era. No lo sé porque lo que realmente me tuvo concentrado es que había un puñado de fotos de ella sonriendo junto a algunos niños, otras de perfil con los niños a los que parecía que estaba instruyendo. No sé en qué momento la mezcla de esa sonrisa llena de dientes con ese gi amarillento de combate comenzó a parecerme la cosa más sensual que había visto en mi vida. Ya estaba delirando. Toda la sangre de mi cuerpo se concentraba en un solo punto dejando el resto helado.
De pronto la vi, llegué a su dirección de correo sin haberlo buscado conscientemente, de la misma forma que las abejas son atraídas por el dulzón olor del polen. Mis dedos se movieron solos por el teclado. Empecé a escribir movido por un arrojo que quizás si esperase un poquito más podría desaparecer.
«Señorita Akane Tendo,
la verdad es que he encontrado tu dirección por casualidad, »
Carajo, qué soberana estupidez, ¿tenía que empezar así el email? Ni de broma. Borré todo lo que había escrito y volví a empezar a redactar.
«Senorita Akane Tendo,
me ha suscitado muchísima curiosidad tus habilidades como artista marcial, así que no he podido evitar escribirte…».
Demonios, sonaba demasiado pedante. Creo que me arranqué unos cuantos pelos antes de volver a borrar y volver a empezar.
«Señorita Akane Tendo,
¿sería posible volver a encontrarnos? No he dejado de pensar en nuestro último encuentroGSouLIYGhfaoidfh;dihEStoes una mIERDAAAA »
No. No. No. En este caso parecía más bien un otaku exasperado. Por todos los demonios, ¿Qué iba a hacer?
Me serví un trago de refresco de uva bien frío y me senté a meditar por un segundo. De verdad os juro que en aquel momento estaba hasta el cuello de mierda, nadando entre los lodazales que suponen la verdadera y jodida obsesión. Mi obsesión por ella empezaba a ser como una segunda capa de piel que cubría por completo mi cuerpo, apretándolo y que no destapaba ni un ápice de vello impidiendo que transpirasen excrecencias de placer y angustia al mismo tiempo. Mierda, Joder, ¿cómo demonios podía hacer para volverla a ver? ¿Qué debería de decir para no llegar a parecer un maníaco desesperado? Lo más triste de todo era que quizás sí que era un maníaco desesperado.
Sudando de pura ofuscación dejé de torturarme a mí mismo y escribí sin pensar, sin borrar en el camino, casi sin mirar. Escribí de una vez y pulsé la maldita tecla de enviar.
«Señorita Akane Tendo,
Aún tengo tu bufanda blanca.
Atte. R.S.»
….Continuará.
N.A.: muchas gracias por los reviews! la verdad es que soy una perezosa para escribir sin inspiración. Y cuando viene la musa pues resulta que no hay tiempo, pero estos dias estoy obsesionada con mi propia historia. Tengo ya bastante adelantado.
Un abrazo!
