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Cap 8: La Bufanda
Cuando percibí el sonido de la alarma estaba realmente inmerso en un sueño. Era de ese tipo de sueños largos, largos, que te enredan en sus tentáculos y te trasladan de una distancia a otra a través del tiempo; a través de los cielos y de los placeres bochornosos procurando con cuidado que no desees despertar.
Abrí los parpados poco a poco y la intensidad de luz blanca hirió parcialmente mis pupilas. El sol se colaba por el tragaluz del ático y formaba halo reluciente alrededor del cristal.
Observé medio dormido la hora en el reloj digital y enredé por un rato más las piernas en el cobertor. No me apetecía levantarme, quería quedarme hundido en aquel sueño a pesar de que no recordaba que era lo que estaba soñando con exactitud. Y sin embargo podía recordar claramente esas imágenes de una chica agresiva peleando en el gi de combate, bailando bajo la luz mortecina en un antro de Roppongi, sujetando una copa con el vestido negro elegante y una parte de mí se estremecía violentamente de deseo. Un deseo visceral que a duras penas conseguía comprender.
Me incorporé con cadencia masajeándome los cuádriceps de los muslos, que estaban entumecidos. Posteriormente sacudí la cabeza para despertarme del todo, aunque ese cabello mío, salvaje y desatado de su agarre, quedó esparramado por todo mi rostro. Lo aparté de la cara de un manotazo e intenté abrir los ojos de forma forzosa, separando al máximo los parpados. Finalmente quedé sentado en un ángulo casi de noventa grados y agarré el portátil que estaba en el suelo silencioso, pero a la vez llamándome a gritos. Cuando lo abrí, revisé el correo electrónico con una gota de sudor a resbalando por la sien. Tenía varios correos en la bandeja de entrada. Ninguno de ellos era de Akane Tendo.
No sé cómo explicar algo que quizás ya se sobre entiende, pero la necesidad de respirar su aroma era tan firme que el espacio de mi mente no podía abarcar nada más. Su nombre flotaba en el aire del ambiente, en el aire que cabe en el pecho, en el espacio que queda entre labios; se repetía en una monótona melodía: Akane, Akane, Akane, Akane, Akane. Akane hasta el último suspiro, Akane hasta el fin de los tiempos.
Como si alguna divinidad escuchase ese nombre transformado en mis plegarias, la página principal de los emails destelló de repente.
Akane Tendo 6:58 h FW: La Bufanda
«Estimado señor Saotome,
muchas gracias por ese mensaje tan lleno de detalles. Con tanta información no me ha quedado claro si pretendes devolvérmela o que forme parte de tu colección de bufandas de damas en peligro.
A. T. Vicedirectora de educación del Dojo Tendo.»
Já. Sonreí como un idiota. Estiré los labios a pesar que no había sido una respuesta demasiado acorde a mis deseos. Me tomé un largo minuto para recapacitar porque la verdad, no era como si mi mensaje hubiese dado para más. ¿Qué esperabas, Ranma Saotome? La respuesta era obvia; deseaba lo que todo hombre que sufre el trastorno patológico obsesivo por una mujer:
1. Iré esta misma tarde a tu apartamento por la bufanda;
2. No me interesa la bufanda, solamente quiero meterme en tu cama;
3. Este es mi teléfono, llámame y veremos cómo puedo recuperar esa bufanda.
¿Demasiado altas las expectativas? Pero refiriéndonos a mujeres hay que inclinarse a pensar que quizás fuesen un poco elevadas mis expectativas. Si además tenemos en cuenta el factor Akane Tendo, a pesar de que por aquel entonces no la conocía bien, debemos afirmar con contundencia que sí lo eran. Eran expectativas de un tamaño exageradamente desproporcionado; como el de una ballena. Unas expectativas del tamaño del meteorito que extinguió a los dinosaurios. Claro, pero por si acaso no se sabe, ¡yo siempre tuve una flagrante imaginación!
Me golpeé un capón en la frente. Ya estaba enloqueciéndome a mí mismo con mis estupideces. ¿Por qué no era posible deshacerme de un porrazo de tantos pensamientos inútiles? Bah. Al carajo. Me agarré a un clavo ardiendo o, mejor dicho, al vaporoso sueño que aún me pellizcaba los carrillos. Me dispuse a elaborar un mensaje cuya respuesta fuese algo más completa, pero en la que no tuviese que pensar demasiado. Escribiría algo como si fuese yo mismo, es decir, Ranma Saotome y no un guaperas idol adolescente ni un zombie resultado de la invasión de los ultra cuerpos. Mucho menos un Don Juan de esos salido de las telenovelas de TV Tokio Networks a media tarde.
«Estimada señorita Tendo,
creo que dependerá del aprecio que le tengas a tu bufanda; puedo devolvértela si la necesitas o puede seguir en mi colección, pero la verdad es que tiene muy poco estilo y si la vendo no me darían ni dos yenes por ella…
Atte. R. S. Director Ejecutivo Gimnasios Todo Vale.
PD: me chirrían los dientes cada vez que pienso que tengo que llamarte como a tu hermana.»
El corazón me latía con un ritmo frenético. Una vez que lo envié me puse de pie y pensé; ¿tanto latido para escribir esta mierda? Resoplé algo molesto por mi incontrolable emoción y me dirigí hacia el cuarto de aseo. Era necesario comprobar si el agua me despertaba o aun me encontraba imbuido entre los filamentos del sueño. Me deshice del bóxer amarillo con los que suelo dormir –usualmente no duermo con nada más– y tomé asiento en el interior del onsen mientras comencé a echarme de agua fría por encima del cuerpo desnudo. Sentía el pene apretado desde afuera y asfixiado por la palpitante erección; seguramente de la misma manera como se deben sentir las sardinas encerradas en las latas. Me puse –literalmente– manos a la obra con aquel ritual con el que pugnaba por aquellos días casi con religiosidad sacramental, hasta llegar al final.
Sin embargo, os confieso que cada vez era más y más insuficiente. Imaginaros que después de estar varios días sin beber, sedientos hasta la médula, os ofrecen un tapón de botella rebosante de agua fresca. ¿Calmaría toda la sed? O en vez de eso, ¿haría desear el agua con aun más fuerza? Pues podéis imaginar con exactitud tal y cómo me sentía: completamente insatisfecho, completamente sediento, mortalmente hambriento. Aquello lo único que hacía era despertar una parte dormida profundamente en mí, un león hambriento que dormía hasta el momento y que ahora exigía saciarse. Y ese deseo subyacente, escondido bajo mi piel, transgredía cualquier forma de lógica.
Una vez acabé de lavarme regresé a mi cuarto para vestirme rápidamente y sin poder evitar echar otro vistazo a la bandeja de entrada. Un nuevo mensaje relucía a mis ojos con la misma intensidad que las luciérnagas.
Akane Tendo 7:31 h FW: La Bufanda
«Estimado señor Saotome,
que tú, el hombre que va siempre en esas ropas chinas de forma tan despreocupada, me hables de estilo me parece paradójico; pero claro, se me olvidaba que tus usuales compañías visten de cachemir.
No veo que problema puede tener que me llames como a mi hermana.
A. T. Vicedirectora de educación del Dojo Tendo.»
Su mensaje me extrajo una sonrisa jactanciosa. Que me partiesen mil rayos si no indicaba como mínimo que conocía ciertos detalles de mí que no eran dominio de todo el personal. Aquello no tenía por qué ser malo: hacía ya algún tiempo que había sustituido las ropas chinas por camisas y corbatas en la oficina; en clases y en la arena por la ropa deportiva de los patrocinadores. Bueno, vale, quizás todo el mundo que estuviese metido en el mundillo de las artes marciales supiera ese par de cosas. Sin embargo, en aquel momento la confianza creció como una ola; de la misma forma que crece cuando veo posibilidad de ganar en mis combates. Entonces los dedos se movieron solos, mucho antes de que pudiese colocar en orden mis propios pensamientos.
«Estimada señorita Tendo,
¿Bromeas? cada vez que pronuncio la palabra Tendo me da escalofríos pensando que la implacable de tu hermana puede estar cerca.
Vale, ya sé que tu bufanda cutre no es de cachemir no es tan bonita como mis confortables ropas china. Pero si lo deseas aun puedes recuperarla.
Atte. R. S. Director Ejecutivo Gimnasios Todo Vale.»
Me quedé como un idiota releyendo el hilo de mensajes, evaluando si mis últimas palabras eran o no eran acertadas. Por su puesto: me arrepentí al segundo de haberle escrito aquello de si lo deseas aun puedes recuperarla. ¿Por qué le había dicho aquello? Era una soberana estupidez. Había delatado mi necesidad imperiosa de verla.
De cualquier forma, me tenía que ir a trabajar porque ya se me iba haciendo tarde. Tenía la clase de los lunes a primera hora y estaba seguro que muchos de mis alumnos estarían esperándome desde bien temprano esperando para darme la enhorabuena y para que les explicara mis grandes proezas en el torneo. No les puedo culpar: yo en su situación hubiera hecho lo mismo conmigo.
Y además ya estaba bien de esperar con como un imbécil colegial que la bandeja de entrada se volviese a iluminar. Me vestí y salí zumbando para el gimnasio. A pesar de la atmósfera glacial el sol me sonreía aquel día.
Su voz estridente penetró en mi oído como la espuma de la Coca-Cola en un estómago dormido.
–¡Ranchan! ¡Estoy tan feliz de que hayas ganado otro torneo internacional! ¿Cuántos años seguidos van? ¡Siempre supe que eras el mejor!
Me acomodé en el asiento de cuero negro de mi oficina. Apoyé el tobillo en mi rodilla mientras sujetaba el auricular inalámbrico con una mano y con la otra revisaba los contratos del nuevo aspirante para una de nuestras franquicias. El café humeante reposaba sobre la mesa de madera nogal.
–Gracias, Utchan, esta vez fue pan comido –sonreí a pesar de ese dolor de fondo de mi muñeca y la hinchazón de mis mejillas.
–Siento no haber estado acompañándote, tengo un lío de tres pares de narices con esto de los nuevos restaurantes. Me hubiera gustado tanto acompañarte… pero mi presencia era obligatoria en la inauguración. Estoy agotada, Ranchan.
– Descuida, ya habrá otros torneos a los que puedas asistir –comenté distrayéndome en el ordenador de mesa. La bandeja de entrada contenía un nuevo mensaje de Akane Tendo.
–¿No me vas a decir que me echaste de menos? ¿ni si quiera un poquito?
–Claro que te eché de menos, Utchan. –dije automáticamente sin pensar en lo que estaba diciendo. Otros menesteres habían secuestrado mi concentración.
Akane Tendo 10:47 h FW: La Bufanda
«Estimado señor Saotome,
¿Quién te dice que mi hermana no es la mitad de implacable de lo que soy yo? ya sabes que compartimos genes.
Veo que estás muy interesado en devolverme esa bufanda, ¿no será una vaga excusa de casanova?
Atte. A. T. La Tendo más implacable.»
La voz de Utchan quedó formando parte del atrezo, sus palabras permanecieron flotando ordenadas en los anaqueles de ese espacio abstracto de mi mente que quedaban lejos de mi atención. Releí otra vez aquel email con la ilusión de un niño por su nuevo juguete. Ukyo Kounji seguía hablándome a través del teléfono.
–Oh Ranchan, ¡qué feliz me hace que me digas eso! De verdad. Me muero de ganas de pegarte un achuchón, y de que pruebes mi nueva receta. La he llamado «Okonomiyaki del amor» ¿qué te parece? ¿A que es un nombre precioso?
–Me parece estupendo.
–¿En serio? Espero que me lo quiten de las manos, Ranchan. A todo el mundo le va a encantar porque mezcla sabores de unami, tonkatsu y mahonesa japonesa.
–Claro.
–¿Vendrás a verme pronto? Me gustaría que lo probases para darme tu aprobación, ya sabes que eres mi catador especial y necesito tu visto bueno antes de sacarlo al mercado.
–Por supuesto.
–Oye Ranchan, ¿me estás escuchando? Pareces distraído…
–¿uh? Claro.
–¿Estás bien? –de pronto el tono de su voz cambió quedando salpicada por la preocupación– te noto extraño.
–Estoy perfectamente, Utchan. Oye, ¿te importa que te llame más tarde? Estoy un poco liado ahora.
–Está bien, –escuché un respiro de resignación– estaré esperando tu llamada.
–Hasta luego entonces, Utchan.
–No olvides llamarme, Ranchan.
Colgué rápidamente y pude centrar toda mi atención en la pantalla. Las yemas de mis dedos golpearon levemente el teclado elaborando mi respuesta.
«Estimada señorita Tendo,
pues es que tú eres la pequeña, en todos los sentidos, y bueno, además, puede que sea una simple corazonada, pero esa sonrisa tuya no se parece en nada a la maliciosa expresión que ya me sé de memoria.
Para que veas que no son excusas si lo prefieres se la entregaré a ella. Pero no me haré responsable de sus preguntas maliciosas.
Atte. R. S. con escudo anti-implacables»
El pulso latía a su maldito antojo cuando pulsé el botón de enviar el email. Creo que mi ansiedad se había fundido como el estaño. De verdad que no sabía la mejor forma escoger las correctas palabras, aunque cuanto menos pensaba, más valor parecía tener. Fui de un salgo a mi aseo personal, necesitaba refrescarme las ideas para poder seguir trabajando y apartar la obsesión de mi camino en pos de la productividad. Me observé lánguidamente al espejo, sosteniendo una glacial contemplación con mi propio reflejo. Me acordaba de las palabras de Ryoga, del apelativo cobarde, y le preguntaba al del otro lado del espejo si lo iba a ser al mismo tiempo. Nunca he sido cobarde, nunca lo sería. Y sin embargo me preguntaba si, como de costumbre, ese yo mismo que se alzaba enardecido sobre ese gran colchón de orgullo no iba a ser mi peor enemigo. Ser incapaz de asumir una mínima derrota casi siempre me había causado más desgracias que alegrías.
Durante el resto del día estuve indagando en el correo, esperando esa ansiada respuesta. Salía de las clases turbado, casi tropezando con lo que hubiese alrededor, con el fin de llegar lo antes posible a mi despacho. Me rascaba el pelo con impaciencia cuando encontraba la bandeja vacía. ¿Acaso había sido demasiado explicito? ¿Quizás se habría aburrido ya de los mensajes? Demonios, en aquel momento solo podía pensar en eso. En mi mente no cabía absolutamente nada más. Mis pensamientos estaban tan llenos de ella que no cabía una maldita punta de alfiler.
Joder, la obsesión comenzaba a interferir con cada rutina del día a día encajando entre cada instante de mi vida como las piezas de un puzle. Me debatía rodeado de un ansia desconocida, esperando al punto de la inanición ese mensaje que no llegaba y dejaba mis ansias vacías, desoladas.
El sonido del intercomunicador me arrebató de cuajo ese patético enmimismamiento.
–Señor Saotome, tiene una llamada.
La voz de mi secretaria me devolvió la consciencia de donde me encontraba. Suspiré aburrido. Seguramente eran otra vez los pesados de la marca deportiva. Me tenían hasta las narices con su insistencia en firmar el contrato; ya le habíamos dejado claro que lo teníamos que pensar y revaluar su oferta.
–Si son los de la marca deportiva diles que llamen mañana.
–Señor Saotome, es una mujer. Su nombre es Akane, Akane Tendo. Dice que es la hermana de la señorita Tendo.
Mierda. Aquello sí que no me lo esperaba.
–Pásamela inmediatamente Miyamoto.
Las palmas de mis manos comenzaron a sudar copiosamente. Se percibió el sonido de cambio de línea y una voz a medio camino entre la inocencia y la sensualidad se escuchó clara y limpia desde el intercomunicador.
–Espero que no se te ocurra mencionar nada de lo que pasó el otro día a mi hermana.
–¿Cómo has conseguido mi número?
–¿Cómo conseguiste mi email?
La verdad que no era el colmo de los secretos. Nuestros contactos se exhibían en la red pública, al alcance de todo el mundo. Agarré el auricular y pulsé el botón del comunicador para que su voz fluyese directamente hacia mi oído. Dije lo primero que se cruzó por mi mente.
–¿Entonces al fin te has decidido a recuperar tu valiosa prenda de invierno?
–Lo he pensado mejor, prefiero recuperarla antes de que siga en tus manos
–Oye, ¿qué tiene de malo que siga en mis manos?
– ¿Entre tu colección de los objetos que se dejan tus numerosas amantes? Me niego, gracias.
–Pero, ¿lo dices en serio? –murmuré repleto de incredulidad– ¿tú también te crees toda esa porquería que dicen los de la prensa rosa?
–No. Pero he vivido en Nerima toda mi vida.
– ¿Y…? –de pronto caí en la cuenta– vaya fantástico. Es decir, que el testimonio de una chiflada que está bajo orden de alejamiento vale más que el mío…
–¿Chiflada Kodachi Kuno? ¡Noooo! –dijo con evidente sarcasmo– no sé ni cómo se le puede pasar si quiera por la cabeza a alguien salir con ella a la vuelta de la esquina. Pero como es la única versión que conozco…. de hecho, no para de hablar de ti a todo el mundo y Nerima no es un barrio muy grande.
–¿Quieres escucharla? –pregunté maravillado.
–¿Qué?, ¿escuchar qué?
–Mi versión, me refiero a mi versión.
–Bueno, tampoco es que me interese mucho, pero si te empeñas…
Me reí y luego imaginé que ella sonreía al otro lado de la línea. Que sonreía tanto que le dolían los cachetes, tal y como me pasaba a mí.
–Entonces no. Si no te interesa no te la pienso contar.
–No te pienso rogar para que me la cuentes.
–Bien, porque no te la pienso contar.
Se escuchó un suspiro de resignación al otro lado del teléfono.
–Quizás si hay una parte que me da mucha curiosidad, ¿cómo es posible que aceptases salir con Kodachi Kuno?
–Errores que cometemos todos los humanos… pero te juro que solo fue una semana, desde entonces he huido como de ella como si fuese peor que la peste.
–¿Una semana? Puag, por un momento albergaba la esperanza de que fuese una sucia mentira. Ahora sí que estoy replanteándome recuperar mi bufanda.
–¿Tanto odias a Kodachi Kuno?
–¿Bromeas? Somos enemigas mortales por todos los tiempos mundiales del universo.
Prorrumpí en carcajadas.
–¿Y eso? ¿Te hacía bulling? Me la puedo imaginar así con su risa malvada –me puse a imitar la estridente voz de Kodachi Kuno– ¡Jo Jo Jo! Akane Tendo eres demasiado bajitaaaaa.
–¡Vaya! Se nota que la conoces bien, eso me da escalofríos.
–¡Por supuesto que la conozco! Pero no cómo tú crees. Te recuerdo que he sido víctima de su acoso. –esperé casi un segundo, pero no encontré respuesta a través de las ondas telefónicas– ¿Entonces te odiaba?
–¡Me odiaba de verdad!, hacía trampas para ganar en todos los juegos en los que nuestros institutos se enfrentaban. Envenenaba a todo el mundo con sus recetas secretas.
–Vaya puedo jurar eso del veneno paralizante, yo también tuve la desgracia de probarlo. –musité recordándolo con desgana– ¿Qué le hiciste para que te odiase tanto?
–Pues… ¿oye qué es este interrogatorio? Creía que tú me ibas a contar tu versión de los hechos, no que yo te iba a explicar mis venturas y desventuras con Kodachi Kuno.
–¿No dijiste que no te interesaba? –volví a carcajear– al fin se te ven las intenciones, señorita Tendo.
–¡No es cierto! Yo solo quiero recuperar mi bufanda para evitar que se encuentre en tu colección de casanovas. Puag.
Me reí entre dientes.
–Me parece una excusa un poco floja, señorita Tendo.
–Está bien, Saotome. Pues quédatela, que ya no la quiero. Y ahora te voy a colgar.
–Con ese carácter no me puedo ni figurar lo que le debiste a hacer a Kodachi Kuno para que te la tuviese jurada.
–Oye, ¡yo no tengo la culpa de que sea una desquiciada! Lo que pasó no merecía esa reacción desmedida.
La señora Miyamoto llamó a la puerta y entró fastidiándome el momento.
–Su clase de la tarde, señor Saotome. –murmuró en un susurro apenas audible– lo están esperando.
Asentí con la cabeza, frustrado y le indiqué con la mano que se marchara. Me había cencentrado tanto en la conversación que había olvidado mi propio entorno. Era un suceso tan común que aún me cuestionaba como había sido capaz de fundar una cadena de gimnasios, aunque el de ahora era un buen pretexto. Hastiado, volví a girar la cabeza hacia el auricular.
–Escucha, tengo que volver al trabajo, –estaba contrariado así que empecé a hablar sin control– es el turno de dar la clase avanzada a los alumnos de la tarde y no puedo hacerles perder el tiempo. Estos muchachos están haciendo increíbles progresos, debieras haberlos visto en el torneo internacional; son increíbles. Por cierto, ¿te gusta el Sukiyaki?
–¿eh? –su voz se percibió llena de duda desde el auricular– cla-claro que me gusta.
– Has… ¿has ido alguna vez a Ishibashi?
–No.
–Entonces no has probado el mejor Sukiyaki de todo Japón. ¿Quieres que te lleve hoy?, ¿o mañana? Esto... Quiero decir… te gustaría… ¿te gustaría venir conmigo?
Un sudor frio me recorrió la espalda de norte a sur. Maldije por dentro a todos los demonios de siete mil colas, no había podido controlar esa ansiedad maldita que me desollaba centímetro a centímetro cada resto de cordura, ¡no había pensado ni una décima de segundo en lo que estaba diciendo! De modo que la espera de su respuesta se hacía tremendamente infinita porque no fue inmediata. Contuve la respiración mientras apretaba los puños. Mis dedos se pusieron blancos como el papel.
–Claro.
Su voz era tan dulce. Era prácticamente una caricia en mi oído desde el auricular. Oh, no me quería ni imaginar cómo sería su olor, como debía de ser su sabor. Titubeé abrumado por esa posibilidad.
–Te… te recojo entonces esta noche cuando acabe, sobre… ¿sobre las ocho te viene bien?
–Hmm… paso mejor yo por tu trabajo a esa hora, ¿vale?
Le facilité la dirección con un ligero temblor en mi voz. Un sentimiento de alienación se apoderó de mí. Demonios, había sido demasiado fácil. Pero, ¿el qué? ¿qué estaba sucediendo? ¿qué estaba a punto de suceder?
–Te veo luego, entonces. Hasta luego, señorita Tendo.
–Hasta luego, Saotome.
Colgué con una sonrisa de triunfo en los labios. Si había alguien en todo el edificio que pudiese adivinar el estado de mi exaltación es que no había observado con demasiado detenimiento mi rostro. Y así impartí una clase para los de alto nivel de lo menos relajada, sin muchos sobresaltos, pero llena de energía, aunque nadie puede culparme. La euforia se desbordaba por cada poro de mi piel.
….Continuará.
No tengo excusa, pero es que una montaña de trabajo me impide avanzar más rápido en esto! Agradezco muchísimo vuestros alentadores reviews y también todas las críticas. La verdad es que esta historia desde el principio tenía como propósito explorar los sentimientos de Ranma desde la narrativa en primera persona. No me gusta escribir una historia cambiando perspectivas de personajes si no lo estoy escribiendo en tercera persona. Siendo sincera es como me siento más a gusto escribiendo, y mi pretensión original era experimentar este personaje, que es mi favorito, y ahondar en su introspección interna. Parte del misterio es que no sabemos qué es lo que pasa por la mente de su contrapartida. Pero bueno, el daño ya está hecho jajaja
Abrazos!
Pau
