Historia de lenguaje y contenido adulto. No apta para menores.

Cap9: Sukiyaki

0BS3S10N

Un minuto dura sesenta segundos y cada segundo de la tarde de aquel día de diciembre se me hizo infinito. Prácticamente interminable. Mirar cada dos por tres el reloj deportivo en la muñeca izquierda no ayudaba en absoluto. Y el tiempo tampoco transcurría más rápido por más que escudriñase cualquier otro reloj; el de pared en las aulas de entrenamiento o en la mesa de mi despacho. Así estaba de ansioso, incapaz de concentrarme en nada que no fuese desear ardientemente que fuesen las ocho en punto de la noche.

Bueno. También, valiéndome de ese consuelo durante la laxitud temporal, me dedicaba a aglutinar ciertos pensamientos obsesivos. Aunque mis nervios estaban a flor de piel, aún quedaba despierta parte de mi capacidad racional. O más bien mi capacidad de obsesionarme una y otra vez.

Obsesión. Deliciosa obsesión.

En el fondo, si me detenía a reflexionar, la obsesión había gobernado mi vida desde la oscuridad manejándome y definiendo mi destino con hilos invisibles de titiritero. De hecho, la obsesión se convertía en el pescado que se muerde la cola, en un círculo que se retroalimentaba desde su principio hasta su final.

Para que me comprendáis, ya que hablo en términos hipotéticos, tengo que valerme de ejemplos concretos. Tal y como dicen los filósofos.

La primera obsesión que gobernó mi existencia antes incluso de mi nacimiento fue la de mi madre, Nodoka Saotome. Quería, cómo no, que me convirtiese en un hombre hecho y derecho: el más guapo, el más fuerte, el más varonil, el más deseado. Por su puesto ya sabéis que lo consiguió, ¿pero a qué precio? La obsesión de mi madre nutrió la obsesión de mi padre, quien quería que heredase a toda costa el estilo Saotome de artes marciales. En China esa obsesión por las artes marciales no hizo sino crecer de manera exponencial, puesto que cualquiera que se cruzaba por mi camino se obsesionaba en vencerme y yo me obsesionaba en vencerlos como respuesta. Mejoré enormemente gracias a obsesiones compartidas, bilaterales, entrelazadas. Además, las poquísimas mujeres de mi vida siempre habían aparecido ligadas a las artes marciales y, por alguna extrañísima razón adicional a mi desesperanzador atractivo, ellas se obsesionaban conmigo. Por su puesto, como la típica historia del león y la gacela, yo me empecinaba en huir de ellas –ejemplo fehaciente el de Kodachi Kuno, mi actual nexo distendido con Akane Tendo–. Ryoga, en los años de adolescencia, se obsesionó con vencerme, pero también siempre se había obsesionado con su ausencia completa de sentido de la orientación. Akari se obsesionó con Ryoga hasta el punto de unirse a él en matrimonio. Ukyo siempre se había obsesionado con el Okonomiyaki y Konatsu, su empleado, se obsesionaba con Ukyo. Nabiki Tendo se obsesionaba constantemente con ganar todo el dinero y Akane Tendo era su hermana. Akane Tendo practicaba artes marciales y las artes marciales me habían llevado hasta ella. Por primera vez algo distinto a las artes marciales era capturado por mi capacidad de obsesión. Ahora estaba obsesionado con Akane Tendo y con las artes marciales a partes iguales. Ambos elementos fluían encadenados, sin límites precisos, por las conexiones cerebrales de Ranma Saotome.

Al final siempre todo acababa en el mismo punto donde volvía a empezar. Y en aquel momento, mirase por donde lo mirase, todo me resultaba completamente coherente. Claro y diáfano como el hielo del ártico.

Mi nueva y deliciosa obsesión era Akane Tendo. Las artes marciales me unían a ella y yo estaba decidido a poseerla por todos los medios. Ese era mi reto; me di cuenta mientras se acercaba la hora y no había avanzado una puta mierda en nada más que en mi propia obsesión. Poseerla sería mi reto. Un reto categóricamente arriesgado, pero no por ello menos sugestivo, menos atractivo, menos seductor. Me atraía como a las polillas les atrae la luz y yo me estaba lanzando, o más bien, me lanzaría aún a sabiendas de la posibilidad existente de quemarme en el camino.

¡Oh demonios! ¡Que me reventase lo que fuera en el camino! Me importaba una soberana mierda. Porque yo la iba poseer. Deseaba poseer-la.


8:00 pm

Me había mirado siete veces en el espejo, una por minuto, desde que faltaban menos de diez minutos para la hora establecida. No es que sea un hombre de narcisismo enardecido, aunque algunos puedan pensar lo contrario, pero siempre he estado más que conforme con mi aspecto. En términos de correcta modestia, podría asumir que no estoy nada mal, pero la cruda realidad es que aquel día me veía increíble. Para qué os voy a engañar. Mi porte enjuto queda de perlas bajo traje de chaqueta y corbata negra, pero ese día llevaba una de esas camisas oscuras de cuello mao que había adquirido en China. Así nadie podría quejarse, puesto que sería más Ranma Saotome que siempre.

Pasaban ocho y aún no me avisaba nadie de que me esperaban. Comencé a impacientarme al ritmo del sube-baja mi rodilla izquierda. La puntualidad era un requisito imprescindible para que alguien se ganase mi respeto. Ahora entendéis por qué mi trato con Ryoga es como es.

Estaba a punto de mirar en mi correo por si ella había cancelado a última hora, cuando de repente sonó el intercomunicador. Una vibración se apoderó de mis entrañas.

Ya estaba ella allí.

Con la chaqueta colgada al hombro, tomé el ascensor hacia la planta baja. Evité por todos los medios contar cada uno de los pisos que me llevaban a la planta baja. Asumí cierta actitud de indiferencia, cuando en realidad mi estómago estaba cobrando vida propia. Las puertas del ascensor se abrieron y caminé con desenfado hasta que la encontré.

Esperaba algo retraída en la antesala. Cuando sus ojos me recibieron no pude evitar que una sonrisa me bañase los labios. A veces odiaba ser tan obvio.

Vestía unos sencillos pantalones negros, de esos que están de moda que uno no sabe si son de deporte o elegantes, pero que eran de una licra oscura que se acomodaba a su cuerpo. También llevaba un jersey de lana grueso de color blanco que cubría su torso abotonado a un lado de su pecho. Se tapaba el cuello con una bufanda negra y las orejas con un gorrito de lana blanco que pegaba a su frente briznas de cabellos negros cortos. Llevaba una chaqueta de esas que frenan la lluvia doblada bajo el brazo y vestía unas zapatillas de deporte colores. Iba de lo más natural.

Me acerqué a ella. Mi pulso había decidido ser independiente.

–Llegas tarde. –la regañé muy levemente.

–Lo siento. –se disculpó. O era mi impresión, o parecía un poco nerviosa– Tuve que hacer algunas cosas primero

Me quede quieto frente a ella mirándola firmemente, descubriendo maravillado que me encantaban cada uno de sus gestos. Era expresiva y ahora denotaba cierta timidez. De repente me invadió sentimiento de incomodidad, mi observación sobre ella estaba asentada con demasiada firmeza, demasiada intensidad. Aparté los ojos con disimulo cuando comencé a observar que ella arrugaba el ceño.

–Nos… ¿nos vamos?

– ¿uh? ¡claro!

En aquel momento salió Ryoga por el ascensor dirigiéndose hacia mí con celeridad mientras agitaba las manos y yo maldecía mi mala fortuna.

–¡Maldito seas! Al fin te encuentro, llevo toda la tarde intentando hablar contigo. Esto es una pesadilla, Ranma, los infumables de los representantes de Shoumei necesitan una respuesta para ayer. ¡Para ayer! Me he reunido con ellos durante la comida y…. ¿eh? Ho… hola.

Ryoga se detuvo en su cantaleta y la observó maravillado. A mi cita. MI CI-TA. Aquel cerdo desgraciado recorrió con sus ojos desde el primer pelo de su flequillo hasta los cordones de sus zapatos. Después hizo una corta reverencia que ella le devolvió.

–Esto… soy Ryoga Hibiki, encantado.

–Soy Akane Tendo, muchas gracias.

Ryoga me miró de refilón.

–Tendo… ¿igual que Nabiki Tendo?

– Es mi hermana, –contestó sonriendo adorablemente a Ryoga y arrancándome con ello un sentimiento que me era definitivamente desconocido.

–Pues… bienvenida a nuestro humilde lugar de trabajo, señorita Akane. –vale, ahora lo identifiqué. El sentimiento era un latigazo de rabia que azota. ¿Señorita Akane?, ¿qué eran esas confianzas? – ¿qué te trae por aquí?

–En realidad…

–Viene a tratar unos asuntos conmigo –la interrumpí de forma algo brusca, quizás descortés, pero desafiando a mi compañero con una mirada que significaba: si te sigues pasando, te abro en canal– de hecho, ya nos íbamos.

–Está bien, Ranma. –replicó asintiendo mientras me miraba sin parpadear, sus ojos decían: no te descuides– Mañana trataremos lo de Shoumei.

Nos despedimos con un cabeceo corto y pude observar cómo el cerdo se quedaba pasmado en la puerta del gimnasio por unos segundos. Caminamos en silencio hasta el parking del edificio donde en una esquina estaba cogiendo polvo mi humilde yamaha de 200cc. No era un modelo nuevo, tampoco excesivamente bonito, pero después de gastar una fortuna en pagar las deudas de mi padre y en hipotecar hasta mi última muela para contratos y alquileres de los edificios de los gimnasios era todo lo que me podía permitir. La realidad era que apenas la usaba puesto que me gustaba caminar o corretear de un lado a otro, y al final de cuentas siempre acababa yendo en taxi a los eventos importantes. Sin embargo, allí estaba bajo el edificio de los Todo Vale de Tokyo, mi oficina central, para cuando me apetecía usarla. Y… ¿por qué no? aquella noche quería poder llevarla después de cenar a su casa, o a mi apartamento mejor pensado… Por supuesto, soñar es gratis, así que tuve que volver a aterrizar forzosamente. Ella se detuvo detrás de mí contemplando el vehículo con atención.

–¿Vamos a ir en eso?

–¿Cómo que eso? –me sentí ofendido– a ver si las ínfulas de princesa van a ser cosa de apellido.

–Pe-pero ¿qué dices? Es que nunca he montado en una de esas, idiota.

El idiota lo masculló entre dientes, como esperando que yo no lo oyera. Mi oído es demasiado fino, pero en aquel momento decidí hacer como si no lo hubiese escuchado.

–¿Te da miedo? –me burlé.

–¡Por supuesto que no! –dijo con evidente molestia y se sentó rápidamente en la parte trasera colocándose el chubasquero sobre su torso.

–Así me lo vas a poner un poco difícil. Tienes que dejarme sentarme yo primero, y además tienes que ponerte esto. –le tendí uno de los cascos que tenía guardados en unas taquillas junto a la plaza del parking.

Me miró con recelo y se bajó de la moto agarrando el casco entre sus manos. Se lo colocó y la imité. También me coloqué una chaqueta para la moto y sendos guantes. Cuando me coloqué en el asiento ella se ubicó justo detrás, permitiéndome sentir el roce de sus rodillas con mis muslos –lo que me causó cierta agitación–. Después le indiqué que se agarrara a mi espalda y sus brazos se agarraron a mi chaqueta de moto. Giré el acelerador y salimos por la rampa hacia una noche de luna llena.

No sé si eran imaginaciones mías, pero sentía la dulzura de su aliento sobre mi hombro. A pesar de toda esa gruesa capa de cuero que tienen las chaquetas de motos, os juro que la sentía. De esa forma no había quien no se sintiese turbado.


–Desde luego que no me pasas ni una.

Sus mejillas parecían sofocadas debido al repentino cambio de temperatura. De nuevo me di cuenta de que mis ojos no la abandonaban, la observaban de una forma tan intensa que estaba seguro de que comenzaba a ser sospechosa. Me encarrilé en la tarea de evitar escudriñar cada uno de movimientos.

–No a alguien que ha salido con la maníaca de Kodachi Kuno.

–Ya te he contado esa historia, no es como si hubiésemos tenido un tórrido romance. Ya sabes las consecuencias.

Se echó a reír antes de beber un trago de su cerveza kirin.

Habíamos llegado en un pis pas a nuestro destino. La luna brillaba en un cielo completamente despejado que ofrecía su mejor luz a la noche de Tokyo. Afuera no llovía ni hacía frío.

El restaurante Ishibashi se encontraba en pleno corazón de Tokyo, entre las estaciones de Akihabara y Kanda, un barrio siempre abarrotado de luces de colores y de gente por todas partes.

Al poco de sentarnos en el tatami de una sala privada nos habían servido nuestros sukiyakis acompañados de arroz, sopa de miso y verduras encurtidas. Yo estaba muerto de hambre, así que empecé a dar cuenta de forma ansiosa de mi ración. Reconozco que nunca he podido deshacerme de mi forma hambrienta de comer desde mis andanzas adolescentes, pero ella parecía divertida con el hecho.

–Entonces, dime, ¿es verdad que estudiaste en la universidad de Beijing? –preguntó de pronto.

–¡Oye! –expresé sorprendido– ¿Cómo sabes lo de la universidad? Eso era confidencial...

–Vaya, esperaba que me confirmaras esos rumores sobre ti que se han empezado a propagar como la espuma desde hace poco.

Comencé a recapitular mentalmente. Desde que había cruzado el charco para competir en el torneo internacional, había perdido la pista de las publicaciones semanales en revistas deportivas y no tan deportivas. La rabia remansada renació cuando barajé las probabilidades de rumores que podrían estar en circulación. Quién sabe qué se habrían inventado esta vez.

–Esos periodistas de farándula me tienen harto con sus malditos rumores. ¡Hasta las narices! –por un momento apreté irritado puños y dientes, pero cuando vi que ella me observaba con atención, me relajé– Aunque, supongo que es el precio a pagar…

–Supongo que todo rumor se funda en una parte de verdad.

–¿Eso crees? –sostuve su mirada un momento y ella me la devolvió, desafiante.

–No sé, dímelo tú.

Callé un segundo, reflexionado profundamente en ello.

–Los rumores nacen de los enemigos, se difunden por los bobos y son aceptados por los tontos.

Me miró algo molesta por mi arrogancia. Eso me divirtió.

–Confírmalos o desmiéntelos si tanto te molestan.

– Si los confirmase o los desmintiese, ¿entonces de qué me iba a nutrir? –bromeé. Sin embargo, ella me tomó en serio.

–Por supuesto, ya se veía a leguas que eres un poco fantoche.

–¿Qué? ¡No es verdad! –exclamé con cierto fastidio– en realidad todo esto es culpa de tu hermana, que se empeña en eso de que todo el mundo tiene que hablar de ti de la forma que sea. Yo me conformaría con ser conocido sólo por lo que hago, por mi trabajo.

Pareció pensar seriamente en mis palabras mientras tomaba un sorbo de cerveza.

–Yo lo que creo es que Nabiki se ha dado cuenta de que puede explotar el hecho de que la fama te viene como anillo al dedo.

–Te equivocas. –observé sus ojos con seriedad– Si me conocieses sabrías que no es así.

–Entonces veamos qué es cierto y qué no, –empezó a enumerar con los dedos– tenemos lo de cien títulos con menos de veinticinco, diez novias con menos de veinte, tenemos que, aunque parezcas humilde en realidad y a pesar de tu muy reciente éxito manejas una fortuna de más de un billón de yenes.

No pude retener esa típica risa caustica.

–Veo que la señorita está al día de lo que dicen las revistas basura.

Ella me sostuvo la mirada sin mover un ápice su rostro. Su ceño fruncido comenzaba a dibujarse entre la línea de sus cejas.

–He tenido que leer algo, podrías ser un maníaco pervertido o algo por el estilo.

–Ya sabes eso que dicen…. La curiosidad mató al gato. –contesté. Me divertía soberanamente mantener un halo de misterio.

–Empezaste la universidad en Beijing. –intentó reconducirme.

–Esa universidad en Beijing. –repetí haciendo de sus palabras un eco soñador.

–¿Es eso cierto?

Me dejé llevar, en parte por los recuerdos, en parte por los colores cálidos en los que la velada pintaba su rostro. Como la veía interesada, no podía por menos que jugar un rato a hacerme el interesante. No me culpéis, ¿a quién no le gusta jugar?

–Está bien, hagamos un trato. Te confirmaré tres rumores. Tres preguntas y tres respuestas. Ni una sola más.

–¿Tres respuestas? Quiero mejor tres historias.

–Tres preguntas y tres historias. Y a cambio tú me contestarás tres preguntas.

Se mordió rápidamente la comisura de su labio, con una sonrisa divertida en los labios. Estaba tremendamente sexy haciendo ese sencillo gesto.

– Tenemos un trato. ¿Debo empezar? –ahora se mordió el labio inferior completo– Universidad. En Beijing.

Mis recuerdos me trasladaron a la época de los templos dorados de Bayan Har. El recuerdo de cómo me golpeaba el hambre cuando me buscaba la vida paseando por las colinas brumosas era claro. Y me hacía dar cuenta generosa de mis raciones de sukiyaki. En realidad, no habría podido entrar en la universidad en otro universo, por más quisiera. Ni si quiera había terminado los estudios superiores. Pero la suerte, la fortuna, y para qué ser humilde a estas alturas, mis increíbles habilidades en las artes me abrieron las puertas. Sin poder evitarlo mis palabras se habían deslizado entre medias de los recuerdos.

–Gracias a mi talento, entré en la escuela de Beijing, facultad de deportes cuando tenía poco más de dieciocho años, llevaba dando tumbos por China desde los catorce así que me conocía bastante bien las vicisitudes de ese país. Sin dinero ni donde caerme muerto, tan sólo con la habilidad de mis puños.

–¿Te llegaste a graduar?

No contesté inmediatamente.

–Digamos que no llegué hasta el final. Me gané enemigos muy poderosos durante aquellos años.

–Los dragones de oro… –musitó.

–Veo que los conoces. En realidad, sí, consiguieron que me expulsaran de la universidad el tercer año una vez que gané dos torneos nacionales seguidos y después los dos internacionales. Los primeros de mi vida. –no reprimí un suspiro– Sin embargo, a pesar de no haber acabado los estudios, eso no evitó que siguiera mi camino. En China me especialicé todo lo que pude, aprendí lo que tuve que aprender y tuve buenos amigos, pero también enemigos. Intentaron jugármela tantas veces que a veces pensé que no levantaría cabeza –me encogí de hombros, quitando hierro al asunto– pero al fin y al cabo siempre conseguía volverme a levantar.

Sus ojos oscuros me habían observado sin pestañear. Me llevé a la boca un trozo de carne del sukiyaki y ella me imitó.

–Sabes, siento algo de envidia. –enunció de pronto.

Su sentencia me hizo detener a medio camino de mi boca el palillo con las verduras.

–¿Y eso?

–Bueno, de todas esas experiencias que te han llevado a ser como eres. Pienso que te han ayudado a crecer como artista marcial. No creo que todo el mundo pueda o tenga el suficiente arrojo para hacerlo. Ni si quiera la vocación.

–Eso quiere decir que consideras que soy bueno. Como artista marcial, quiero decir.

–Ya te lo dije el otro día en China. –entrecerró los párpados– no me hagas repetírtelo.

–Así fue, –asentí con una sonrisa– pero bueno, ya has gastado dos preguntas y yo te he contado dos historias.

Me miro con incredulidad contenida.

–Que yo sepa por el momento solo va una pregunta, ¿acaso eres un tramposo?, ¿es así como juegas?

–No señorita Tendo, te he contado la historia real de Kodachi Kuno. Eso cuenta como una pregunta y una historia. Ahora me toca a mí, ¿qué demonios le hiciste para que te la tuviese jurada?

Se sonrojó y para evitar ir directamente al grano primero se llevó una buena porción de arroz a la boca. Después se limpió la comisura de sus labios con la esquina de la servilleta, que dejó sobre sus rodillas.

–No es de muy buena educación mirar fijamente a una señorita mientras come.

–Digamos que los modales no son mi punto fuerte. Y estoy esperando, señorita Tendo.

–Está bien, está bien. –suspiró derrotada– El chico del que estaba perdidamente enamorada durante la escuela secundaria superior se enamoró de mí. Aunque yo no estaba interesada en él, Kodachi Kuno me odió desde entonces para siempre.

Me eché a reír de pura diversión. Ella se sonrojó y miró hacia otro lado.

–En otras palabras, que estás hecha una rompecorazones.

–No en tu nivel, –sus ojos áureos me desafiaron.

–Soy todo oídos.

–Esa es la historia, no hay más que contar. De verdad, no tiene nada de interesante.

–Déjame decidir a mí eso, ¿no?

–Pero es que ya te lo he contado.

–Señorita Tendo –repliqué con sorna–, haga el favor de enrollarse más en sus respuestas, que estas dejan mucho que desear. A ver, más detalles, ¿qué ocurrió con ese novio de Kodachi Kuno?

Resopló desganada.

–Cuando iba a la escuela secundaria había un equipo de Kempo que me perseguía para combatir todas las mañanas. Al capitán del equipo se le había ocurrido que quien consiguiese ganarme podría tener una cita conmigo. El capitán del equipo de kempo era Tatewaki Kuno, el hermano de Kodachi.

–¡Vaya! –exclamé verdaderamente sorprendido– sí que eras popular en secundaria.

–Gracias, pero hubiera preferido no serlo.

–Por cierto, yo lo conozco a ese hermano de Kodachi, un payaso total.

–Completamente de acuerdo, y no quiero hablar mucho de él por si se me atraganta la cena. El caso es que el último curso ingresó Masaki Fujima, que era del norte, de un pueblo del distrito de Tohoku, y que además se unió a esta persecución matutina sin precedentes. Bueno, hasta que Kodachi comenzó a perseguirlo, a su vez.

–Oye, –empecé a empatizar demasiado con ella. Tanta persecución a perseguidos me sonaba a mi propia vida– ¿eso de las peleas matutinas no estaba considerado como acoso escolar?

–Supongo, pero es que nuestro director estaba demasiado ocupado intentando cumplir una norma absurda: chicos pelo rapado y chicas a melena. Estaba completamente chiflado. Debe ser cosa de genes, porque es el padre de Kodachi y Tatewaki, para variar.

–Por Kami sama…

La cara que puse debió ser un poema porque se empezó a reír musicalmente hasta contagiarme su risa. Por un momento había olvidado que estaba frente a la chica que había estado las últimas semanas permanentemente en mis sueños y ensoñaciones. Había olvidado que la deseaba a rabiar y que tan sólo pensar en su piel hacía que mi cuerpo se desligara por completo de mi mente para actuar a su antojo. Sin embargo, ella estaba frente a mí, allí, ¡estaba riéndose conmigo de la forma más natural del mundo! Me había hecho abandonarme a esa naturalidad pensando, quizás, que incluso nuestras vidas podrían haber sido paralelas al haberse deslizado en universos ajenos. A veces rozándose ligadas, vinculadas de alguna manera que nos traían a inevitablemente este momento. Quizás en otro universo ella y yo… Quizás…

Tomé un trago de mi cerveza kirin. Las risas se extinguían poco a poco. Basculé un poco el peso de pierna acomodándome mejor sobre el tatami.

–Entonces estoy cenando con la chica más popular del instituto, con una rompecorazones.

–No soy una rompecorazones. –se sonrojó y lo intentó disimular bebiendo de su cerveza.

Seguí presionando un poco más por ese lado. Digamos que ver ese trémulo sonrojo de alguna manera me excitaba.

–Pues yo diría que sí, ¡mira que no conozco a ninguna chica que haya sido perseguida por todo un equipo de kempo!

–Eso fue hace mucho tiempo. Además, –me miró desafiante– diez novias antes de los veinte, ¿en serio?

Sostuve su desafío en medio de aquellos ojos castaños sin titubear un ápice.

–¿Es esa tu última pregunta?

–Ni lo sueñes.

–Entonces volveré a atacar, –lo pensé durante un momento y me arrepentí al segundo de decirlo– ¿qué te ocurrió el otro día? El día que nos conocimos, ¿por qué no querías volver a tu casa?

Me miró sorprendida y tensa a partes iguales. Su rostro había cambiado y ya no se mostraba divertida.

–Veo que juegas fuerte.

–Siempre que sea para ganar.

Depositó los palillos en la mesa antes de comenzar hablar. Estaba demasiado seria, lo que hizo que me tensara un momento. Pero después se relajó en una de esas sonrisas suyas que iluminaban toda la habitación.

–Siempre puedo acogerme a la moción de censura.

–¡Eso no está en las reglas del juego!

–¿Quién lo dice?

–Yo, el que inventó el juego. –sonreí radiantemente de vuelta.

–Está bien, te lo diré porque quizás así me quito un peso de encima. –frunció un poquito el ceño al retomar una actitud seria– Te parecerá un poco egoísta por mi parte, y quizás lo sea, pero no quería ir a la boda de mi hermana. No me apetecía lo más mínimo y por eso traté de olvidarme de que ese día sería seguido por uno siguiente, como todos.

Aquella sentencia me sorprendió.

–¿Por qué?

Ella miró hacia la ventana. La oscuridad de la noche era vencida por las luces de los carteles publicitarios.

–No es nada… –se mordió el labio– es sólo que... verás… hemos vivido juntas toda la vida y me cuesta creer que ahora nos tengamos que separar. Ella fue la que más se ocupó de nosotros cuando nuestra madre murió, hace más de veinte años...

–Vaya, debías de ser muy pequeña entonces, ¿no?

–Sí. –sonrió con la mirada aún perdida a través de la ventana– Kasumi siempre se comportó como una madre para nosotros. Nos cuidaba, nos vestía, nos curaba las heridas guerra por peleas en la escuela, e incluso años después… ya sabes, nos daba esos consejos de chicos.

Ella se reía ruborizada.

–Seguro que esos tú no los necesitabas –bromeé

Me miró sorprendida, ¿de dónde había sacado yo el valor de decir esa tontería?

–Qui-quiero decir –reculé rápidamente como un gato asustado– como eres una rompecorazones…

Su sonrisa se fue apagando lentamente. Me sentí un poco invasor de una intimidad que yo no era capaz de comprender. Mi padre fue el único que me acompañó durante mi infancia y nuestra relación nunca ha sido precisamente emocional. A mi madre la había conocido siendo prácticamente adulto, así que tampoco sabía nada de lo que era tener una infancia arropada en familia.

–Vaya, –añadí al silencio, un poco abrumado por la situación– ahora soy yo el que siente un poco de envidia.

–¿Por qué?

Me encogí otra vez de hombros.

–No tengo hermanos y supongo que hubiera estado bien tenerlos.

–Bueno, tienes al tío Saotome.

Tuve que ponerme la mano en la boca, pues casi escupo parte de las verduras cuando me atraganté al oír aquello.

–¡¿Tío Saotome?!

Me miró divertida ante mi estupefacción.

–¿Cómo quieres que lo llame? ¡Vive en nuestra casa desde hace meses! Sé el color de su cepillo de diente.

Había pasado por alto ese detalle, que por alguna extraña razón había quedado sepultado entre los cajones de mi memoria selectiva. Por un lado, que mi padre estuviese de forma completamente circunstancial y fortuita instalado en la casa de los Tendo me llevaba cerca, muy cerca de Akane Tendo. Por otro lado, no es que estuviese profundamente orgulloso de mi padre, nuestra relación era por menos extraña y, pensar en ellos viviendo bajo el mismo techo me daba un poco de… cómo decirlo… ¿dentera? Bebí de un sorbo lo que quedaba de mi cerveza para curar mi espanto. Después hablé calmado.

–Me llamarás desastre, pero lo había olvidado por completo.

–Pues sí, lo eres. –sus labios se curvaron en esa sonrisa perfecta– espero que no hayas olvidado también la comida a la que te ha invitado mi padre el próximo fin de semana en el dojo, está bastante insistente con ello y cada dos por tres le pide a Nabiki que te lo recuerde.

Mierda, lo había olvidado también. Y ya, para ser exactos, también había olvidado que tenía un evento el día siguiente, la inauguración del edificio de entretenimiento de las industrias Yamada con Natsume Katsuiki. Jodida Pereza.

Volví a poner los pies en la tierra.

–Allí estaré, por su puesto. Esa amistad de nuestros padres de la que no estaba al tanto me tiene completamente intrigado.

Ella, Akane Tendo, me observó directamente a los ojos. Su piel blanca relucía bajo reflejos oliva de la luz del restaurante. Me miraba tan fijamente que sentí las rodillas flaquear por un momento, su mirada nostálgica parecía ir más allá de mis ojos hasta enfocar algo de atrás, de mucho más atrás. En un espacio temporal en el que yo quedaba fuera, al que yo no pertenecía.

O, ¿sí?

–¿De verdad que no te acuerdas de nada? –dijo entonces.

–¿De qué?, ¿de qué me tengo que acordar?

El atardecer encarnado apareció en mis recuerdos otra vez. Esa puesta de un sol enorme se hizo presente en algún punto de mi memoria desentrenada. La sonrisa nostálgica permanecía como cuando permanece el eco de un sonido brusco en las laderas de montañas deshabitadas.

–No importa, ya te lo contarán.

La noche se había deslizado demasiado deprisa entre mis dedos. Por más que yo quisiera detener el tiempo, éste había despiadado en su avance. La oscuridad del final se comenzaba a cernir sobre nosotros, así que después del café nos levantamos y caminamos en silencio hacia donde habíamos dejado aparcada la moto.

–Te llevo a casa.

Ella se esperó a que me montara, se colocó el casco y se sentó atrás, aferrándome por la cintura. Me sentí completamente fuera de mí mismo, henchido, abandonado bajo la luna llena. Nos deslizamos a través de las oscuras calles de la ciudad, con la única mujer a la que había deseado agarrándome por mi cintura. Conduje despacio para no asustarla, mientras hablábamos de cosas insustanciales, triviales, alzando la voz un poco por encima del ruido del motor. Cuando llegamos a Nerima, ella me indicó el camino y me adentré por calles estrechas, los canales vallados y pequeños puentes. Su aliento me llegaba dulce hasta la mejilla. Llegamos a una calle donde una construcción antigua y grande se alzaba al fondo. Los alerones estaban decorados con dragones rojos en las esquinas y la fachada era de un color grisáceo, o al menos se veía así bajo la noche. Supe que era el dojo Tendo porque vi la placa cerca de los portones de la entrada. Tuve entonces un extremo efecto de deja vú.

–Ya hemos llegado.

Ella se bajó del vehículo y se quitó el casco. El viento revolvió sus cabellos negros brillantes como las plumas de los cuervos. Me quité el casco, pero no aparqué ni me bajé de la moto. Apagué un momento el motor para oírla mejor.

–Sana y salva señorita Tendo.

Se bajó algo sofocada por el viento y me dio las gracias. Después se me quedó mirando fijamente. Su nariz era pequeña y afilada.

–Al final no he formulado mi última pregunta, Saotome.

–Cierto, una última pregunta, una última historia ¿quieres hacerlo en este momento?

–Creo que me la reservaré para otra ocasión. Además, tú tampoco gastaste la tuya.

Permaneció en silencio perdida en sus pensamientos. Mis ojos buscaron algún signo evidente de lo que pasaba por su cabeza sin obtener más que el sonido del viento. Hubiera dado lo que fuera por saber que había detrás de esa mirada castaña.

Ella me conocía de antes. Sabía de sobra quién era yo. Quien era Ranma Saotome ¿Por qué hizo como si no nos conociésemos? Diablos, mi padre ya estaba viviendo con los Tendo el día en el que nos conocimos. Aquello era una locura. Y por la misma locura mis labios se movieron torpes, pero solos.

–Vol… ¿Volveremos a hablar?

El sonido de mi voz la trajo de nuevo a mi lado. Sus mejillas estaban rosadas y luchó contra ello con aquella sonrisa pícara.

–¿Es tu última pregunta?

–Ni lo sueñes. –contesté rápidamente.

Nos reímos a la vez.

–La estoy reservando para la próxima ocasión. –añadí.

–Está bien.

Su barbilla llena de rubor me apuntó dejando mi voluntad en un momento congelado. Se volteó rodeada de esa luz pálida de las farolas y la luna y caminó hacia el portón.

–Buenas noches Saotome.

El viento dejó de soplar.

–Buenas noches, señorita Tendo.

... Continuará


Mil gracias por vuestros reviews! Me animan muchísimo a seguir y me motivan como no tenéis idea. Trataré de publicar más a menudo aunque mi trabajo me lo impida, pero quiero terminar este proyecto porque tengo otro en mente y me propuse hace tiempo no empezar nada hasta terminar las cosas que tengo a medias! Generalmente soy un desastre, no sé cómo hacéis los escritores para organizaros. Además, a pesar de mis notas o de los fragmentos que llevo escritos, a veces me bloqueo pensando en cómo seguir y la única manera que tengo de continuar es sentarme y escribir (cuando a veces no tengo ni tiempo). Digamos que soy ese tipo de escritora a la que le hablan los personajes y que cuando me siento frente la hoja en blanco es cuando surge la inspiración.

Nos vemos en el próximo capítulo!