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Cap. 11 La viuda negra

Pajas. Sin duda era lo que me esperaba. Aquella era la cuestión. Sin embargo, ¿qué haría yo ahora? ¿Pajas mentales o pajas literales?

Aquella era una decisión difícil de tomar. Una cuestión que tarde o temprano no me quedaría más remedio que zanjar. Más o menos eso era lo que pensaba mientras la madrugada se asentaba sobre mis hombros y seguía dando vueltas estocásticas por las calles de la ciudad. En realidad, mi yo más irreflexivo, circulaba tras mi templanza en una persecución sin retorno ni precedentes a toda velocidad. Esa noche, recuerdo empuñar encolerizado el acelerador de mi Yamaha de 200cc sin importarme el viento que me arañaba la cara, el precio al que ascenderían las multas o que mis rodillas se acercasen peligrosamente al pavimento en cada curva. Y por más velocidad en ese estúpido recorrido no encontraba mi serenidad. Se había perdido muy lejos, y me costaba aferrarla lo mismo que cuesta agarrar un puñado de agua entre los dedos.

Maldita obsesión.

Sin darme cuenta los altos edificios de la zona empresarial de Shinjuku me habían sitiado a ambos lados y hacia el frente. No frené cuando el semáforo se puso en ámbar, sino que aceleré para atravesar la arteria principal que separa Minami de Shinsen y me dirigí hacia aquel lugar que yo conocía tan bien. Allí solía derramar mis frustraciones sin ningún asomo de lamento o dolor. Así que sin tan si quiera pensarlo dos veces, me adentré por las callejuelas de Kabukicho reduciendo la velocidad. En la madrugada de aquel viernes Kabukicho, o el barrio rojo, constituía un hervidero de gente. Un bullicio sórdido de intensos olores y de vapores dulces.

Resuelto, llegué con todo propósito a mi destino y aparqué la Yamaha junto a los contenedores de aquella estrecha acera. Cerca había unas máquinas dispensadoras de bebidas, tomé unas monedas de los bolsillos y compré una bebida energética. Me la bebí de tres generosos tragos, arrugué la hojalata como si fuese un trozo de papel y la deposité en el contenedor de envases antes de entrar en aquel burdel.

Me acerqué sin sigilo ni delirio al club que estaba situado en el corazón de aquella pequeña callejuela. Los neones rojos y verdes del cartel se reflejaban en los charcos de lluvia de forma difusa, vaporosa. Un señor con la corbata desabrochada salió precipitado por la puerta mientras se colocaba un caro abrigo. Otro hombre fornido, algo más alto que yo, permanecía observándome lacónico desde la entrada. Era un portero, algo parecido a medio gánster y medio matón, quien hizo cuenta de un buen repaso –de arriba a abajo– de mi aspecto y a continuación levantó la barbilla como queriendo decir algo.

–Busco a Zhao. –dije rápidamente, interrumpiéndolo. No pude evitar sonar maleducado.

El hombre frunció el ceño, evaluándome de hito en hito. Acto seguido habló algo a través de pinganillo que asomaba entre las solapas de la chaqueta. Al poco rato Zhao, el Hunanzoku, asomó desde la cortina que ocultaba la entrada. Llevaba unos guantes de soldador en las manos y una camiseta blanca interior manchada de grasa oscura. Estaba cubierto de una fina capa de sudor. El chino me miró sin entusiasmo alguno, se quitó los guantes y se secó las manos en la camiseta.

–Hoy llegas a tiempo, apenas están empezando. –se fijó en mi muñeca vendada– Con eso así no sé si saldrás rentable, Guang.

Así es como años atrás ellos me habían bautizado. Aquel nombre significaba algo así como «el de la luz azul que se levanta». Enarbolé la mano con apatía y la puse entre los dos enseñándosela a aquel Hunanzoku llamado Zhao.

–No supondrá un problema.

–Con suerte apostarán por ti para la siguiente vuelta.

Me encogí de hombros totalmente indiferente. Me importaba un comino que apostasen o no por mí. No estaba allí por el dinero.

–Me vale con eso.

–Hoy tengo que ocuparme de otros asuntos –me comunicó Zhao palmeando el bolsillo del pantalón del que asomaban los guantes. Pero antes te acompañaré al sótano.

–Gracias, Zhao.

Las pupilas tuvieron que acomodarse a esa fuente de luz empobrecida. Por suerte para los dos, nos sabíamos muy bien el camino. En la entrada había una sala amplia con una barra y varias mujeres acompañaban a un grupo de hombres mientras reían y bebían. Nos dirigimos hacia una puerta no muy llamativa que estaba al costado de la sala. Daba a las escaleras que conducían hacia la sala inferior. La de las peleas. Una vez que comenzamos a bajar por las angostas escaleras lo sentí absolutamente todo. Olí el humo de tabaco en la atmósfera y también el sudor. Escuché los vítores de ánimo, las expresiones de fastidio, los pitidos y por encima de ellos el sonido de golpes. Cuerpos cayendo, botellas de cristal partiéndose, ruidos de golpes secos sobre la carne y los huesos. Sentí que la cafeína comenzaba a hacer efecto en mi cuerpo.

En un segundo casi pude anticipar el metal de la sangre en mis labios.

Si os dijera que recuerdo con la exactitud de una máquina de relojería todo lo que ocurrió aquella noche os estaría engañando. Pero si comentase que no recuerdo cada golpe que encajé con precisión exacta, casi científica, estaría mintiendo descaradamente. La marcha del caos se había comprometido con mi vida, ¡se había vinculado a mí por completo! Someterme a aquellas peleas exentas de normas lo único que aportaba a mi vida era una anarquía mayor. Todo me daba igual. Simplemente dejaba que el caos circulase subyacente a lo que mi mente no quería pensar.

Cuando acabaron las peleas por apuestas el sol de aquel sábado brillaba en su cénit. La luz de un día despejado y brillante no conjugaba con mi deplorable estado. No sé cómo fui capaz de llegar a casa.

Pensándolo fríamente, fue una completa proeza.


Soñaba que viajaba sobre un cohete de madera que navegaba por el interior del mundo. El mundo por dentro era de colores que no sabía que existían. Había brumas de palidez oscura. Desiertos de copos de nieve. Cielos violáceos con olor a fresa. Y más brumas espesas. Muy espesas…

Brrr.

Corría una brisa benévola. Y cuando se disipaba se descubrían esa cara suya, con los labios del color de las cerezas, hinchados, voluptuosos, brillantes por la saliva. Esos labios descendían hasta instalarse en esa imposible erección mía.

Brrr.

Algo vibraba fuertemente. ¿Era mi mente? ¿Era la brisa? ¿Eran esos labios? Porque de pronto tiñeron de burdeos la oscura piel de mi miembro duro mientras lo besaban, mientras bordeaban toda su longitud desde la base hacia la punta. Una plateada hebra de saliva quedó atada a ellos cuando se separaron, antes de volverse a abalanzar allí con una sensualidad frenética, inestimable. Cielos. Entonces detecté la vibración en mi cuerpo, ¡justo en la raíz entre mis piernas! Una suculenta convulsión comenzaba a extenderse hacia los pies. Y por todos los espíritus que sabía que aquello era un sueño del que no deseaba despertar, pero…

Brrr.

La vibración del estúpido teléfono me devolvió a la consciencia casi con la violencia de una bomba de uranio. La primera sensación que abracé fue el dolor cada una de mis articulaciones, sobre todo el de la muñeca izquierda. La segunda, un molesto pero intenso dolor de huevos. Joder. Maldita mi suerte.

Las molestias desaparecieron de un plomazo, atenuadas por un vuelco de mi corazón que me hizo cuestionar si seguía soñando. En la pantalla del teléfono vibrante brillaba ese nombre: Tendo.

¡Tendo!

Apreté el botón del teléfono móvil con ansiedad para contestar. Mi obsesión reverberó desde su mismo eje. Akane. Akane. La obsesión se escuchó desde mis propios labios.

–¿Akane?

Me arrepentí en ese mismo segundo en el que escuché mi propia voz ronca, gutural. ¡La había llamado por su nombre! Un largo mutismo se apoderó de la línea telefónica. Después me sorprendió una carcajada.

–¡Vaya! Reconozco que esta vez que me has sorprendido. Y eso es algo que no puede decir cualquiera, Saotome.

Fue peor que un cubo de agua helada sobre mi cuerpo. En aquel instante desperté de golpe.

–Nabiki…

–Ey, ¿desde cuándo nos llamamos por nuestro nombre de pila, socio? Vale que parece ser que eres casi de la familia, pero no vayas tan deprisa que me tengo que acostumbrar. –volvió a carcajear y yo no supe qué decir– ¿desde cuándo te ves con Akane?

–Yo… no…no sé de qué hablas.

–Vamos, socio, no te hagas el tonto que conmigo sí que no te va a funcionar. Ahora me tienes que contar con pelos y señales qué es lo que te traes con mi hermana. –volvió a reír cáusticamente– con lo inocente que es la pobre, ¡y qué callado se lo tenía!

Más me valía ser rápido. Tenía que sacar a relucir todo mi ingenio para limpiar aquella monstruosa cagada.

–No sé si lo haces expresamente o es que tratas de tramar algo, pero te lo advierto, ni se te ocurra sacar conclusiones precipitadas de…

–¿O qué, Ranma? –me interrumpió paladeando con mordacidad mi nombre– ¿Vas a despedirme? ¿a tu posible futura cuñada?

–No me faltarían las ganas de hacerlo –proferí–. Así que no me tientes.

–Ya sabes lo caro que te saldría, además, ¿quién te iba a representar mejor que TBI? –sabía que aquella era una pregunta retórica– Venga, socio, que quiero todos los detalles, ¿dónde coincidisteis?, ¿desde hace cuánto que la ves?, ¿hasta dónde habéis llegado?, ¿ha habido sexo?

– ¡¿Qué?! ¡Qué no! ¡No! ¡No, no, no, no y no! –perdí los estribos y mi penoso intento por ser ingenioso se fue por el retrete– ¡Nada de eso!

–No te pongas nervioso, cuñadito, tranquilo que nada saldrá de mi boca.

El hecho de detestar esa risa llena de malicia se desvaneció por culpa de unos sudores fríos.

–¡Ya te he dicho que no hay nada!

–¿Estás seguro de eso?

–¡Por supuesto!

–¿No me vas a contar nada de nada? Podemos rebajar un cero con cinco mi porcentaje de ganancias. Esta información lo vale.

–¡No te pienso contar nada!

–Entonces sí que hay algo que contar…

–¡No! –comencé a desesperarme así que respiré profundamente para serenarme antes de seguir– No hay nada. Eso a lo que te refieres no son más que alucinaciones tuyas.

–Vaya, ¿quién lo diría? ¡Nunca imaginé que serías una caja de sorpresas, socio! –me dejó escuchar un suspiro lacónico–. Por cierto, se me olvidaba el motivo de mi llamada, ¡no te olvides de la comida de mañana! será divertida.

Y colgó dejándome allí estático, con la misma movilidad de un espantapájaros.

Al cabo de unos segundos comencé a resollar sofocado de forma patética. ¿Hasta qué punto había metido la pata? Por una sola vez me hubiese cambiado los pantalones por cualquier otro ser humano que no fuese Ranma Saotome. ¿Es que no había tenido suficiente con el patético día anterior?

Por no hablar de esa fastidiosa comida. A la que no pensaba ir. Puedo ser muchas cosas, pero no soy idiota. No tenía la mínima intención de pasar un mal rato. El sabor amargo de su rechazo y la locura a la que me había sometido golpe tras golpe en las peleas por apuestas ya eran razones suficientes como para evitar una comida familiar embarazosa. Sin embargo, la conversación con esa arpía de Nabiki Tendo era ya la guinda del pastel. ¡No iba a ir ni de broma! ¡Ni a golpe de pistolas!

Lo que aún no sabía era que había una sola forma de empujarme a ese infierno que no quería ni en pintura: el filo de la katana de una madre enfurecida. Mezclado, además, con un ataque de manipulación pasiva-agresiva.

Eso lo había aprendido en un reportaje de psicología. La televisión a veces puede ser la mar de educativa.


Cuando mi madre apareció a la mañana siguiente como una aparición mariana, poco pude hacer para defender mi voluntad. Al cabo de un par de horas estábamos frente a la casa de Nerima. Nos bajamos del taxi negro y en el aire aún flotaban los restos de la conversación.

–Ranma, de verdad, no seas obstinado. Tenemos que agradecer la hospitalidad del señor Tendo para con tu padre.

Deposité mil yenes en sobre las manos enguantadas del taxista y nos encaminamos hacia el portón.

–No entiendo cómo es que aún te preocupas por nada de lo que le ocurra a ese sinvergüenza. Después de todo…

–Es tu padre y es mi marido. Y el señor Tendo lo ha acogido como a uno más de su familia. No podemos por menos que ser agradables y aceptar su invitación.

El sol calentó mi apatía cuando las hermanas Tendo salieron a recibirnos. Akane llevaba un vestido de gasa amarilla, con un escote generoso, y una chaquetilla de lana por encima. Las dos hermanas estaban junto a ella y detrás de las hermanas mi padre y Soun hicieron acto de presencia.

Se dieron serie de cortas reverencias, desde la más larga hasta la más exigua al final.

–¡Por fin todos juntos!

No contesté. Akane Tendo me dirigía miradas tan silenciosas como frenéticas. Furtivas. Yo procuraba no mirarla e ignorarla campantemente. Sin embargo el viento ondeó el bajo de su vestido mientras caminábamos por la empedrada pasarela que atravesaba el jardín ofreciéndome la vista de sus muslos. Antes de entrar, el sol me dio un lengüetazo que me transportó a algún sitio más allá. Un sitio quizás perdido en los recovecos de mi mente dormida. Los recuerdos me aguijonearon como si fuesen pequeñas avispas.

Ranma, Ranma, eoeoeoe, ¿te encuentras bien? ¡Despierta!

Abrí un párpado para ver que ella rociaba de agua mi rostro. Entonces abrí el otro y lo vi, de pronto, acurrucado hecho un ovillo en su regazo. Entonces volví a hundirme en la inconsciencia.

–¿Socio? Te estaba diciendo que mi hermana te enseñará el dojo, ¿has escuchado una sola palabra de lo que te he dicho?

–¿uh? ¡claro!

La luz era cegadora y brillante, casi como los flashes fotográficos. La seguí sin decir nada por el camino de madera que comunicaba la casa con aquella construcción anexa y, cuando entramos, me asombré de lo espacioso que era el dojo. Era grande tanto a lo ancho como a lo alto. Estaba seguro de que ir caminado de un extremo a otro me costaría más de un minuto. Lo que más me sorprendió fue cómo la luz bañaba de manera estratégica la sala. Haces finos de luz se filtraban y entrecruzaban de luz a través de las dos hileras de ventanas shoji. La hilera superior estaba a varios palmos del techo de la construcción y el sol se proyectaba formando varios cuadrados luminosos sobre la madera reluciente del suelo. A pocos pasos se levantaba un tatami límpido, casi virgen, y en el costado de la pared gobernaba el ceremonioso altar. Aquel sagrado lugar hizo que mi respiración se volviese lenta, serena. Una mezcla de añoranza sentimental afloró en mi cuerpo y en mi mente. Creo que el sentimiento exacto era nostalgia.

–Pero ¿a ti que te pasa?

Su voz áspera me arrancó de la ensoñación.

–¿uh?

–Habíamos hecho un trato, ¿cómo se te ocurre mencionarle a Nabiki…?

–¿Qué? ¡Yo no le he dicho absolutamente nada!

–¿Ah no? ¿y cómo explicas que haya venido diciéndome estupideces de ti esta mañana?

–¿Qué…? –el espanto casi hace que me temblase la voz– ¿Qué es lo que te ha dicho?

Se puso roja. Igual que un tomate maduro.

–¡Eso no importa! Tú… ¿tú que le has contado?

–Nada ¡Absolutamente nada! Además –me crucé de brazos–, no hay nada en absoluto que contar.

–¿De verdad que no le has hablado de mí a Nabiki?

–¡Já! ¿por qué tendría que hablarle de ti a tu hermana? ¡yo solo hablo con ella de negocios!

–Entonces… –empezó a hablar para sí misma–, deben habernos visto…. debe haber sido alguien más… ¿seguro que tú no le has mencionado nada de… de que…? Ya sabes… ¿no has hablado recientemente con ella?

Me quedé paralizado por su mirada inquisitoria.

–Bueno –dije cuando al fin pude hablar–, es posible que ayer me llamase por teléfono.

Se quedó callada. Su ceja izquierda temblaba ligeramente. Yo me llevé la mano a la base de mi cabeza.

–Y, también es posible que la confundiese contigo, al descolgar.

Me encogí de hombros. La cara de incredulidad de ella era todo un poema.

–¿Acaso eres idiota? Dame tu teléfono.

Palpé mis bolsillos, indeciso, y ante su insidiosa mirada de expectación se lo entregué a regañadientes. Comencé a estar molesto.

–¿Es que no conoces algo que se llama amabilidad? Y ya de paso parece que tampoco la palabra «por favor».

Me lo arrancó de la mano y miré hacia otro lado. Vi, de reojo, que escribía algo en el aparato y luego me observó con la fijación de alguien que quiere revelar todos tus secretos. Su mirada, que al principio me pareció tan dura como una roca fría bajo el invierno, se endulzó repentinamente. Cuando me devolvió el teléfono, sus mejillas se pusieron de un color tibio, un rosáceo apresado que disipó mi molestia de un plumazo. Sus ojos llenos de iridiscencias entonces se apartaron evitando los míos.

Me tendió el aparato. Observé que había escrito su número de teléfono. Había llamado al contacto «Akane».

Simplemente Akane. Akane. Akane.

–Así no habrá más confusiones. –explicó.

Asentí sin que ninguna palabra se escurriese de mi cerebro. Akane. Me quedé mirando la pantalla, como si pudiese encontrar allí algo inteligente que decir. Escuché un suspiro de resignación.

–Ahora tendremos que pensar qué le vamos a decir a Nabiki. –musitó pensativa, ensimismada.

–Pues…

Parece ser que no podía construir ni una frase coherente. El pulso me latía agitándose como sonajero en manos de un bebé.

–Ahora todo el mundo empezará a hablar –susurró levemente–. No puedo entenderlo, ¿cómo pudiste ser tan tonto?

Abracé de nuevo esa ligera molestia.

–Pero ¿qué dices? ¡Estaba dormido! –me excusé– Un error lo tiene cualquiera.

–Sí, pero…me preguntaba… ¿en qué estabas pensando? ¡Ni si quiera tenías mi número de móvil!

Me miró suspicaz y entonces saltaron todas mis alarmas.

–Ey, para el carro señorita. –me puse a la defensiva– No empieces a hacerte ideas raras.

–¡Yo no me estoy haciendo ideas raras! Además, mejor ni quiero pensar lo que se te pasaba por la cabeza en esos momentos.

–¿Ah no?, ¿de verdad que no quieres saberlo?

–En absoluto.

–Está bien. Porque no te lo diré. –crucé los brazos manteniéndome implacable, ahora estaba verdaderamente molesto– Además, si tanto te preocupa que Nabiki o cualquiera de este planeta se entere de que hemos cenado un par de veces puedes relajarte, no volverá a suceder.

Me di la vuelta hacia la entrada, decidido a marcharme de allí. Vale que mi cuerpo –y cuando mi digo cuerpo me refiero del cuello para abajo con todos sus órganos internos y externos– me pidiese a gritos lo que ya todos sabemos. Pero mi tozudez puede llegar a ser muy poderosa cuando hieren mi orgullo. Entonces mi mente se puede cerrar en banda, a cal y canto, y proclamar con una lógica esclarecedora cualquier cosa que vaya en incluso va en contra de mis profundos deseos. La verdad es que la situación era por menos ridícula. Y yo no estaba en este mundo para aguantar ciertas tonterías.

–Espera… S-Saotome… yo... –no esperaba escuchar una dulce sumisión implícita en su llamada, así que me volteé con ansiedad y vi que ella arrugaba la tela de la falda con sus puños– No… no quiero que pienses nada de eso. A mí no me importa…

Su rostro se escondió bajo la oscuridad de las sombras del flequillo. Me acerqué a ella hasta que quedamos separados por un palmo. A continuación, bajé el rostro girándolo hacia un lado para intentar vislumbrar aquellos ojos que me rehusaban.

–¿Entonces…?

–Es sólo que… verás, Nabiki… mi padre y mis hermanas...

–Míralos a ambos, Saotome: nuestro legado en un lugar sagrado ¿no te sientes nostálgico en este momento?

Mi padre, mi madre, el señor Tendo y el resto de sus hijas nos observaban sin acritud desde la entrada. Un nerviosismo hizo que ambos, ella y yo, nos pusiésemos tan rígidos como una tabla de planchar. La cara de Akane estaba lívida, paralizada.

–Por nuestros ancestros, Tendo ¡harían una pareja excelente! –carcajeó.

–¡Qué tiernos parecéis así bajo las luces! –dijo una sonriente Kasumi Tendo.

–Ranma, ¡te ves tan varonil al lado de la pequeña Akane!

–Pe-pero, ¿qué narices decís? –replicó Akane. Ahora en su rostro comenzaba a concentrarse una llama furiosa de calor.

¡Por todos los demonios! Mi instinto de artista marcial se encendió y un latigazo me recorrió el espinazo. Mi cerebro se desgañitaba por comprender lo que estaba ocurriendo. No me culpéis, aquella vergonzosa situación me era algo ajeno, algo totalmente nuevo para mí. Los colores reverberaban como las luces de una verbena sobre mis mejillas. Podía sentirlo claramente y eso no ayudaba en lo más mínimo a desenvolverme. Comencé a reír guturalmente, como si un demonio me hubiese poseído. Me moví de forma robótica, con los miembros rígidos, como si fuese un maniquí con pilas.

–¿Habéis terminado ya, tortolitos? La comida está lista desde hace un rato, tenemos hambre. –apremió Nabiki.

–S-sí. Yo t-también tengo lista comida –volví a reír colérico–. Digo hambre. Mucha hambre.

Nos encaminamos. De pronto habían empezado a hablar de otras cosas, ignorándome por completo.

–¿Te encuentras bien, hijo?

–Sí –musité con cinismo–. Creo que no podría estar mejor.


–Vamos, Ranma. No estés tan tenso.

–Eso es Saotome, bienvenido a nuestra casa. Esperamos que tengas hambre y que te guste lo que hemos preparado.

Nos habíamos sentado en torno a la mesa mientras las mujeres traían los recipientes de comida. Kasumi Tendo destapó grácilmente el arroz hervido y los cuencos de sopa de tofu fermentado. Había un menú bastante variado para comer. Ensalada de wakame, udon frío, pescado, arroz frito y solomillo desbrozado. Todos parecían felices, con esa sonrisa acogedora y familiar. Me sentí por un momento invadido por una comodidad ajena, tapada por esa conversación trivial que mantenían los Tendo en aquel momento. ¿Qué era de lo que hablaban?

Ah, sí. De aquello.

–¿No conoces la historia de cómo conocí a tu padre? Ambos fuimos alumnos del maestro Happosai que en paz descanse. Cuando éramos jóvenes fuimos unos discípulos inigualables, ¿verdad Saotome?

–¡Y que lo digas, Tendo! Aunque odiábamos a ese viejo, porque nos lo hizo pasar canutas, lo cierto es que aprendimos mucho.

–Siempre tuvimos la ilusión infantil de formar una escuela con nuestros apellidos, para perpetuar el legado que ese pequeño viejo nos dejó. El estilo libre Todo Vale.

Un estremecimiento agitó la sangre de mis venas.

–¿Qué te ocurre, Ranma? Parece que hubieses visto un fantasma.

–No, es solo que… –me llevé las manos a la cabeza algo abochornado, así que traté de ser muy humilde– siempre pensé que el estilo Todo Vale era legado de la escuela Saotome.

Ambos se echaron a reír.

–Saotome, ¡qué engañado tuviste a tu muchacho!

–Estoy seguro de habértelo contado en algún momento cuando eras pequeño, Ranma.

–Pues yo no estoy tan seguro de ello, viejo…

–Tu chico no es que tenga muy buena memoria, ¿no es así?

–¡Nada de eso! –sentí que mis mejillas ardían.

–Vamos papá, no lo molestes. –intercedió Akane por mí.

–Akane, tú siempre tan compasiva. ¿Verdad que mi pequeña Akane es un encanto?

–Papá para.

–¡Y que lo digas Tendo! Akane es muy dulce.

–¿Tú qué opinas, Ranma? Ya he oído que os habéis hecho amigos.

Ella me observó de reojo, abochornada. Podía notar el calor rezumando bajo mi cuero cabelludo. Una gota de sudor empezaba a condensarse justo sobre la piel mi sien mientras se esperaba mi respuesta. Otra vez no. Por favor, ¿por qué no había alguna divinidad piadosa escuchando mis súplicas?

–Esto… sí, señor Tendo. –contesté vencido al final.

–Lo tiene todo: es lista, es fuerte, es guapa. No me extraña que siempre haya estado rodeada de pretendientes, ¿verdad Kasumi?

–Claro que sí, papá. Akane siempre ha tenido muchos amiguitos.

–¡Kasumi! Por favor, no le sigas el juego. –reprendió Akane a su hermana, totalmente ruborizada.

–Anda, mira igual que tú hijo mío –dijo mi madre con una sonrisa imperturbable– mi Ranma siempre ha estado muy solicitado, ¿verdad querido? Es tan varonil…

Me puse del color de las llamas de una fragua. Mi madre desde luego que era de ideas fijas.

–Sí. Bueno, lo cierto es que –casi corroboró el viejo–, ¡las muchachas que han perseguido a Ranma siempre han sido las mismas! Ese pequeño elenco de chicas no ha cambiado mucho en los últimos diez años.

Me doblé como si un cuchillo me hubiese atravesado el estómago. O mi ego. Para colmo el viejo siguió con su estúpida cantaleta. Continuaba hablando sin tapujos.

–¡Ranma! ¡podrías tener un poco de variedad y tener de vez en cuanto alguna nueva pretendiente!

Me doblé aún más sobre mí mismo. Una tonelada de bochorno se había instalado sobre mi espalda.

–Aunque esa novieta tuya es reciente, ¿cómo se llamaba?

–Katsuiki –replicó Nabiki–. Natsume Katsuiki, tío Saotome.

–Ah, sí, esa sí que es una nueva conquista de mi hijo. ¡En diez años!

–Pero… –la paciencia se me empezaba a escurrir entre los dientes– ¿y tú qué sabrás, viejo?

–A tu viejo padre no lo engañarás nunca, Ranma. ¡Te conozco perfectamente! –vociferó de manera teatral. Después se puso de pie para aportar un dramatismo exacerbado a sus palabras– La verdad es que, ¡Ranma nunca ha tenido una novia formal!

–¡¿Qué?!

La multitud había exclamado al unísono y todos se giraron hacia mí al mismo tiempo. Yo no sabía dónde meterme. ¡El maldito viejo se había atrevido a decir eso delante de Akane! Todos los poros de mi piel comenzaron a exudar una furiosa rabia que me hacía vibrar y temblar y volver a vibrar como una olla a presión.

–Ahora que lo dices…. –comentó mi madre. Su sonrisa había desaparecido y sujetaba su mejilla con un atisbo de preocupación.

Maldición. Tenía que poner fin a aquel circo de una vez por todas.

–¡Cállate, viejo! –me puse de pie encarándolo, lo agarré del cuello dispuesto a romperle los dientes– ¡No tienes ni idea!

De pronto una mano se posó en el hombro de mi padre. Akane se había puesto de pie, observando con seria reprobación a mi padre.

–Por favor, tío Saotome –intercedió con una dulzura que, claramente, ocultaba molestia contenida– ¿no ves que lo estás incomodando?

Me relajé alejando el mal humor. Intenté olvidar que el viejo carcajeaba y que se había extralimitado. Así que me dispuse a seguir comiendo como si nada.

–¡Vaya! ¿Quién hubiese dicho que ambos fuerais tan parecidos? Aunque Akane sí que ha tenido un par de novios formales.

–¡Con la cantidad de chicos guapos que la han pretendido! –exclamó Nabiki– y lo poco que lo has aprovechado.

–¿Te acuerdas cuando todos esos muchachos peleaban para conseguir una cita con ella?

–Sí, esos idiotas me hubieran comprado hasta un pañuelo usado de mi hermana por cien yenes.

–Tú siempre aprovechándote de la situación, Nabiki… –riñó Kasumi Tendo.

–¡Fue un gran negocio! es una lástima que duró tan poco. Akane, ¡en la universidad te volviste una sosa muy poco popular!

–¡Nabiki, por favor para ya!

–Y encima el mes pasado vas y rompes tu compromiso con Otsuka, ¡si lo tenía todo! Guapo, rico, exitoso. El pobre se ha sumido en una depresión después de eso.

¿Qué? Aquello para mí era información igual de fresca que el atún que llega al puerto de Tokio en la alborada.

–¿Sabes cómo la llaman desde entonces en Nerima?

–¡Nabiki! ¡Ni se te ocurra….!

Akane se había incorporado sobre sus rodillas. Estaba furiosa, podía palpar su furia, abrigarla y abrazarla con la misma intensidad con la que se abrazan los amantes.

–La viuda negra, ¿no es gracioso? Pobre Otsuka…

–Ese tipo era lo suficiente bueno para mi hijita –musitó Soun Tendo –. No puedo evitar alegrarme, en el fondo, de que Akane haya roto ese compromiso.

–Eso lo dices porque no practicaba artes marciales, papá.

–¡Pues claro! Akane tiene que casarse con un artista marcial que la ayude a llevar el dojo cuando yo no esté. Claro que, todavía puede ser alguien mejor. Genma y yo ya lo hemos hablado y estamos de acuerdo.

Todo mi cuerpo se crispó, como un erizo en posición de defensa.

–Alguien que tenga apellido Saotome, ¿no es así, Tendo? ¡Nuestro sueño cumplido por fin!

–¡Qué! ¿de qué demonios habláis?

–¡Nuestras escuelas por fin unidas! ¿No te parecería genial casarte con Ranma, Akane? El destino del dojo estaría por fin en buenas manos.

–¡Basta! –la protagonista de la conversación, y mi obsesión, dio un golpe seco con los puños en la mesa–. No me puedo creer que hayáis ido tan lejos con esto ¡Dejad de tratarme como si fuese una niña! ¡Yo soy la que decidiré qué es lo que voy a hacer con mi vida!

Lo siguiente que escuché fue unas pisadas atropelladas alejándose por las escaleras. Culminaron con el estruendo de un fuerte portazo que hizo literalmente temblar los cimientos de mi intento de diatriba mental.

Vaya carácter. La intensidad emocional del momento me había dejado reseco, sin una sola gota de pensamiento. Por un buen rato dejé escuchar mi entorno. Quizás me esté explicando mal porque los escuchaba, pero como si estuviesen en una habitación contigua con las puertas cerradas. Sus vítores y frases de promesas y escuelas unidas estaban siendo enterrados bajo esa materia desbrozada que suponía mi desconcierto. Mi mente volaba al piso superior, transportada por esa ira fina que me había dejado mudo. No me explicaba con ningún argumento racional lo que acababa de suceder. Supongo que me encontraba demasiado paralizado para estar avergonzado.

Con que ese era el motivo de aquella comida familiar. No quería ser maleducado, y aun así me levanté furioso.

–¡Viejo! –le miré con fría animadversión– ¡dime que esto no es otra de tus estratagemas!

–Venga, Ranma. ¡No puede ser tan malo! Además… ya no eres un crío…

–Has tocado el punto exacto, Saotome –repuso Soun Tendo y me miró severamente–. Ranma y Akane son de la misma edad, ya no son unos críos. Un hombre soltero de la edad de Ranma no está mal visto… Pero el caso de Akane es muy distinto.

Me quedé callado. ¿Estaban jugando conmigo? Porque no tenía ningún tipo de gracia.

–Siéntate, hijo.

Obedecí a regañadientes. Todo el mundo mantuvo un silencio ceremonial.

–Por lo menos piénsalo, ¿de acuerdo? Akane es una mujer muy bonita, pero a su edad ya cada vez tiene menos pretendientes. No es normal estar soltera a dos años de cumplir la treintena. Si ella no se casa… el dojo no tendrá heredero y la escuela Tendo se perderá para siempre.

–¿Qué le hace pensar que ese es mi problema?

–¡Ranma! ¡No seas maleducado! –repuso mi madre –. Disculpe los modales de mi hijo, señor Tendo. A Ranma le honra su propuesta y seguramente lo pensará con calma, ¿no es así, Ranma?

No cuestioné su inefable modo de tratar los problemas. Simplemente quedé callado, como si el silencio pudiese dibujar las palabras que yo no sabía cómo transcribir desde mis torpes pensamientos. Al momento escuché la voz de Nabiki.

–Si de veras estás interesado en ella, ya verás. Mi hermana es como un rompecabezas. Una vez que conoces los trucos, es fácil manejarla, Saotome.

Hubiera gritado eso de que no estaba interesado en ella. Sin embargo mi instinto me indicó el silencio era la elección más correcta.

Demonios. De algún modo el destino siempre se doblaba, se arrugaba y adoptaba forma de laberinto a mis pies. Quien estuviese moviendo los hilos seguro que me estaba jugando una mala pasada.


Me marché de allí al poco tiempo. Antes de que me diese ataque de furia incontrolable. ¿Qué se habían creído esos dos vejestorios? Mantener un educado silencio que rallaba lo insano no había impedido que siguieran celebrando e incluso habían sacado el sake. Harto de tanta tontería me levanté. Pedí por favor que se ocuparan de mi madre y me excusé arguyendo que tenía mucho trabajo cuando me contestaron que ella quedaba en buenas manos.

Hice como si me marchara de verdad. Pero en realidad no lo hice. Di un rodeo a todo el edificio, bordeando el muro grisáceo que solamente revelaba los alerones oscuros de los edificios y las ramas de los pinos japoneses que sobresalían del jardín. Un haya de hojas parduzcas crecía hacia el sol en centro del jardín y sus ramas corrían paralelas a la construcción principal. Salté con sigilo del muro hacia el tejado y luego tomé con fuerza impulso a una de las ramas gruesas del haya parda. Me sentí como un estúpido delincuente moviéndome por las ramas, intentando detectar cual podría ser la ventana de su habitación. Algunas ramas más pequeñas cedían bajo mi peso y tenía que ser rápido para evitar caerme. Me encaramé a una un poco más baja pero más estable mientras las hojas trazaban dibujos en el cielo y se desprendían por mi intromisión. Una vez estable, me sostuve con ambas piernas y extraje el teléfono de mi bolsillo. Lo miré fijamente unos segundos antes de llamar, henchido de determinación. Su voz se me figuró extremadamente dulce al otro lado.

–¿Sí?

–¿Podemos hablar?

–¿Después de lo que ha ocurrido estás seguro de que quieres subir a mi cuarto?

–Me he marchado, estoy fuera.

–Gracias, pero no tengo ganas de salir.

–No hace falta que salgas, asómate a la ventana.

–Pero, ¿qué…?

La paciencia comenzó a abandonarme.

–Haz lo que te digo de una maldita vez. –ordené sin miramientos. Instantáneamente el cristal corredizo de la ventana que tenía en frente a tan solo unos metros se deslizó por su raíl. Divina casualidad. Ella apareció como una muñeca postrada en su casa de muñecas y me observó con una expresión indefinible en su rostro. Apoyaba la palma de una mano en el cristal y en la otra mano agarraba el dispositivo móvil cerca de su sien. Sus enormes ojos revelaron cantidades ingentes de incomprensión.

Antes de que reaccionara salté hacia el tejadillo que había justo por encima de su ventana. Me coloqué en el filo y me dejé caer de frente, aferrando con los pies y las espinillas la viga transversal. Caí bocabajo y quedé suspendido en el aire, mientras la enfrentaba al revés. Sus labios seguían igual de rosáceos al derecho que al revés.

–¿Estás loco o qué te pasa?

–Te dije que si podíamos hablar.

–¿Y era necesario esta exhibición de acróbata de circo?

–¿Me vas a dejar entrar? O vas a estar ahí parada con esa cara de mosqueo. Que, por cierto, no te favorece. Que lo sepas.

–Yo que tú no tentaría la suerte.

Me lanzó una mano directa a mi cuello y la esquivé hacia un lado. Luego hacia al otro, pero a la tercera va la vencida, así que me golpeó levemente justo en el hueco entre la clavícula y el nacimiento del cuello. Las cosquillas me invadieron. ¿Pero qué…? No había pretendido golpearme sino hacerme cosquillas. Me balanceé hacia atrás y pedí el equilibrio. Usé el impulso de mi inestabilidad para entrar dando una vuelta completa en el aire y caer de lleno junto a Akane. En el interior su habitación.

–Vaya –me miró entre admirada y sorprendida–. Esa maniobra no la hace cualquiera, Saotome. Es verdad que te has ganado tu fama a pulso.

–¿Eso crees? Gra-gracias –me rasqué el cogote. Estaba nervioso y tímido a la vez. Parece ser que la valentía se había esfumado repentinamente. ¿Y ahora qué iba a hacer? Entonces ella empezó a sonreír.

Me acerqué un poco más a ella y la miré intensamente. La intensidad me estaba matando.

–Mucho mejor así.

–¿Así? ¿a qué te refieres?

–¿No es obvio?

–No lo es. Si lo fuera no te lo preguntaría.

–A tu sonrisa, por su puesto. Estás mucho mejor sonriendo, pero claro, es algo que ya te habrán dicho muchas veces.

Enrojeció. Pero siguió sonriendo.

–En realidad, no. Muchas gracias.

Su sonrisa se hizo más ancha.

Mis nervios querían abandonarme. Quería perder completamente los estribos, como un tren descarrilado, y alzarla en brazos para hacerla mía allí mismo. Sobre ese escritorio de estudio. Entrar en su carne trémula sin pedir permiso, invadir repentinamente su boca de saliva, mordisquear sus hombros y su cuello. Llenar su cálido interior de mí. Pero entonces lo recordé. Recordé que me había rechazado hacía tan solo dos noches y mis deseos sucumbieron ante la lógica aplastante que los sepultaba.

–Con que, ¿la viuda negra? ¿De verdad?

Una expresividad amarga recorrió sus labios.

–¿Ves a lo que me refería?

–Apuesta lo que quieras a que ya lo voy entendiendo.

–Estoy bastante cansada, siempre están queriendo interferir en las decisiones importantes de mi vida. Como si no pudiese valerme por mí misma.

–Te pido disculpas en nombre de mi padre. Es un imbécil.

–Por eso hubiera preferido que Nabiki no supiera que tú y yo… bueno, que somos amigos.

–¿Lo somos? –no pude evitar enarcar una ceja.

Ella imitó el movimiento.

–¿Quieres que lo seamos?

Egos. Lucha interminable de egos es lo que nos había definido desde el principio. Era algo de lo que no podríamos escapar.

–¿Quieres tú que lo seamos?

–He preguntado yo primero, ¿no es obvio que sí que quiero?

La vi molesta, así que cogí su mano y la alcé palma con palma. Entrelacé sus tibios dedos entre los míos. Apreté suave pero decidido su mano, como si un apretón fuese la firma de un juramento inquebrantable.

–Seamos amigos, entonces.

...Continuará


Hola a todos!
Pues esta vez me ha costado bastante sacar adelante el capítulo. Normalmente voy escribiendo las escenas que me son más fáciles, que me salen más fluidas, y dejo esbozos de las que se me atragantan para poder seguir escribiendo. Pero es que en este capítulo se me ha atragantado la escena familiar y no he sido capaz de hacer lo que quería hacer. Pero en fin. Espero que haya quedado algo legible por lo menos.

Como siempre mil gracias por vuestros comentarios y ánimos. Nos vemos en el próximo capítulo.