Historia de lenguaje y contenido adulto. No apta para menores.
0BS3S10N
Cap. 12: El trato
Imaginaros que sois Akane Tendo.
Sois la hermana pequeña de tres mujeres en una familia tremendamente tradicional. Apenas tenéis recuerdos vívidos de vuestra madre, que murió cuando aún soñabais con todo lo pueril que se puede soñar durante la más tierna de las infancias. De un día a otro la casa donde habéis crecido desaparece. Vuestro padre, con sus limitaciones, hace lo que puede. La hermana mayor conglomera el peso de las tareas domésticas y la hermana mediana asume el papel de la astucia así que, en definitiva, ellas también hacen lo que pueden. Imaginaros que perseguís ferozmente un objetivo, con todo vuestro ser. Ese sueño es el más grande de todos los sueños que un ser humano puede tener: llegar a ser el mejor en algo que amas. Convertirte en la mejor artista marcial. Sin embargo, os debatís entre la presión que va acotando ese propósito, las trabas que a su vez imponen los propósitos de los demás y la dificultad implícita que supone alcanzar dicho objetivo en un hipotético contexto.
Pero no es tan hipotético. Sois Akane Tendo y habéis pasado la mitad de vuestra vida esforzándoos por perseguir vuestro hito. Sin norte ni guía, ni figura que lo asuma, y a la vez bajo los anclajes que implican ser la heredera mujer de una escuela tradicional de artistas marciales. Sois la hija menor que no es la más astuta, que no asume las riendas que ligan el bozal del matrimonio con sus deseos, que lo único que posee es su perseverancia.
Vuestro padre insiste en que os caséis y como resultado de esa persecución, años después entabláis un compromiso con ese fulano, ese meapilas. Otsuka Tajiro.
Yo había estado informándome bien, como buen obsesionado. Otsuka Tajiro era un joven empresario, con renombre, que se dedicaba al comercio de textiles. Había heredado la empresa familiar, impulsada tras el despliegue económico del país que hubo después de la segunda guerra mundial. Como resultado, los Otsuka gozaban de una buena posición social desde hacía varias generaciones. El abuelo del tal Otsuka Tajiro había sido pionero e innovador y desde entonces el negocio familiar se nutría de la producción industrial de textiles y de una suerte de acuerdos bilaterales, bastante de ellos a escala internacional.
Como veis, internet es una fuente de datos inagotable.
Una de las primeras fotos que google imágenes me ofrecía era del tal Otsuka junto al mismísimo emperador Akihito en el evento de celebración de uno de sus cumpleaños. Allí incluso me seguía pareciendo un payaso de pelo engominado, escondido tras esas gafas de sol degradadas.
«El sultán de la moda japonesa». Así rezaba el título de uno de los artículos de internet refiriéndose al tal Otsuka. Bah. Mariconadas. ¿Cómo era posible que Akane Tendo se hubiera fijado en ese papanatas? No parecía en absoluto un hombre, con esos zapatos de brillo cegador, ese traje metalizado de Armani de corte impecable a juego con una corbata de diseño, ese porte extremadamente enjuto, soberbio y elegante y esas manos llevando unos delgados y largos dedos de pianista y….
Me dije que ya estaba bien por aquel día. Hasta aquí, Ranma. Basta. La envidia cochina tenía que tener punto y final. Cerré de un golpe el laptop y me dispuse a tomar una ducha antes de ir a tomar una buena ración de sueño.
El agua resbaló tibia sobre mi torso e intentar entender a Akane Tendo no iba a hacer liviano el estado obtuso y limerente en el que me había sumido…
Limerencia. Qué bonita palabra y qué espantoso significado. La limerencia, tal y como había leído en internet, no era más que el trastorno obsesivo-compulsivo provocado por alguien en particular. «Un estado involuntario interpersonal que involucra pensamientos, sentimientos y conductas obsesivas, compulsivas e invasivas que están sujetas a una percibida reciprocidad emocional por parte del objeto de interés».
La reciprocidad estaba ausente, en mi caso.
Y, ¿qué hacía yo buscando trastornos de mi calibre por internet? Quizás en búsqueda de la verdadera raíz del mal. Quizás en búsqueda desesperada de la cura de mi enfermedad.
En resumidas cuentas, tenía que dejar de perder el tiempo en las redes. O tales disquisiciones vespertinas harían de mi vida una rutina sin retorno.
Ahora tendría que concentrarme en un problema adicional a mi obsesión. La noche anterior había formalizado un trato con Akane. Uno más que peligroso.
Lunes.
Empezaba la semana y con ello el inicio de nuestro trato. El espejo me devolvía una imagen que me observaba con ojeriza. Apenas adornada con unas cuantas legañas.
Me masturbé sentado en el sanitario como si no hubiese mañana, con salacidad, e incluso con tanta violencia que dejaría ese escozor en la entrepierna eterno para el resto del día.
No penséis que soy un exagerado o que esta historia no es más que una mera excusa para dejarme divagar por mis pecados. Comprendedme, ¿qué más podía hacer? Seamos amigos, dijo. Tenemos un trato, dijo después –cuando nuestra conversación adquirió tintes más ceremoniales–. ¡Y qué trato! Que esa mujer no tuviese la más mínima idea de que me estaba matando me parecía lamentable. Que yo me hubiese comprometido a llevar a cabo aquella locura ya me parecía fuera de lugar. Y, aun así, lo había hecho. Ahora no podía volver a atrás.
En aquel momento sonó el teléfono. Había sido como una invocación. Entonces, al mismo instante de ver el nombre de Akane en la pantalla, sentí una especie de alivio existencial. Como cuando un adicto recibe una pequeña dosis de su droga.
–¿Si?
–Hola, Saotome.
–¡Tendo!
A duras penas pude contener la emoción.
–¿Es un mal momento?
–Na-nada de eso. Estaba por desayunar antes de ir al gimnasio.
–Ah. Me alegro.
Su voz sonaba sin emoción y sus palabras eran bastante concisas, así que no pude por menos que soltar una de mis bromas habituales.
–¿Tanto me echabas de menos que no podías esperar a escuchar mi voz?
–Pero, ¿de qué hablas? Ni en tus mejores sueños.
–Entonces, ¿sólo querías saber si estoy bien? Tranquila, que no me rompí nada cuando salté de la ventana.
–Idiota. En realidad, yo quería preguntarte sobre lo que hablamos ayer, sobre nuestro… trato…
Me senté sobre el kotatsu de mi apartamento. Las rodillas me temblaban ligeramente.
–Tienes toda mi atención, señorita Tendo.
–Esto, yo… sólo quería decirte que –respiró pesadamente antes de seguir–, si vas en serio con lo que hablamos ayer, yo me esforzaré todo lo posible por intentarlo. ¡Te lo prometo!
–¿uh? Cla ¡claro que iba en serio!
–¿De veras?
–Por supuesto que sí. Yo no me tomo este tipo de cosas a la ligera, señorita Tendo. Lo haremos.
Mierda. Me estaba involucrando más aún en el berenjenal del que iba a ser incapaz de salir.
–Gracias, muchas gracias de verdad. Esto significa mucho para mí.
¿Ahora nos poníamos sentimentales?
–Bah, descuida, no será nada del otro mundo. –dije intentando hacer más liviano el tono de la conversación.
–¿Qué quieres decir?
–Nada, esto... ¿Cuándo querrías empezar?
–Eso depende de ti –su voz sonó excesivamente sumisa–, no quiero robarte mucho tiempo.
Tuve en aquel entonces una de mis maravillosas ocurrencias.
–¿Qué tal te va a la última hora de tarde? Entresemana, a las ocho.
–Bien, pero, ¿estás seguro de eso?
–Completamente –contesté con seguridad completamente fingida–. Te espero esta noche.
De lo que dudaba entonces, es de si iba a ser capaz de controlarme. Eso sí que iba a suponer todo un reto.
«La figura del hombre con el cabello trenzado en dogi hace tres katas seguidas. En el fondo se ve el tatami liso de un dojo. El hombre configura tres mortales hacia atrás y se pone en posición de combate. A su espalda se asoma un dragón furibundo, que tiene apresada a una bella joven entre sus garras. El luchador llama con una provocación a la bestia. El dragón se acerca y expulsa un chorro de fuego que el hombre sortea con una voltereta en el aire. La bella joven grita con ansiedad. La cámara comienza a grabar a cámara lenta y se puede observar las gotas de sudor del guerrero en el aire, que adopta la postura del fénix en pleno vuelo y patea el hocico del dragón dejándolo K.O. La cámara se congela en un primer plano de las zapatillas de deporte del guerrero. La siguiente escena muestra a la joven que corre a los brazos del guerrero y se funden en un beso. La cámara desenfoca la pareja y asciende hacia un fondo oscuro. Las palabras de un lema flotan sobre el aire hasta detenerse: "Reach the wind". Sobre el lema figura el sello de la marca de ropa deportiva.»
–¡Bravo! –aplaudió Natsume.
Nabiki Tendo apagó la pantalla de plasma de la sala de juntas y se volvió a sentar en el extremo opuesto de la mesa. Justo en frente de mí.
–Buen trabajo, Saotome, Katusiki – musitó Tendo–. Mi opinión es que este anuncio de publicidad ha quedado bastante bien, pero el video que hemos visto es provisional. Si detectamos cualquier errata tenemos que comunicarlo esta semana, ya que la promoción comenzará dos semanas antes de navidades. ¿Algún comentario en particular?
¿Estaría de más comentar que la escena del beso sobraba? ¿Quedaría poco profesional? Porque la verdad es que se veía a leguas que era antinatural.
–Pienso que la escena del beso ha quedado muy poco natural –comentó Natsume, como si hubiese leído mis pensamientos–. No estaría de más llamarles para efectuar una nueva toma.
–Está bien. Voy a ponerme en contacto con los responsables de publicidad de esta marca deportiva y después llamaré a los de producción a ver qué pueden hacer.
–¿Se os ha ido la olla? –objeté rápidamente–. Si tiene que salir dos semanas antes de navidades eso significa que tienen diez días para perfilar los detalles del anuncio publicitario y ya no hay tiempo. Lo mejor será que eliminen esa escena.
Ni loco iba a pasar de nuevo ese mal trago. Me importaba un pepino ser poco profesional. Yo había nacido para ser artista marcial, no para ser un as de la interpretación.
–Hay tiempo de sobra, Saotome –repuso Nabiki mientras que tecleaba rápidamente en su Macbook pro–. Supondrá solamente un par de horas de rodaje, lo podemos hacer una tarde de esta semana.
–Ranma –Natsume me sonrió intentando establecer complicidad–, si no te hubieras puesto tan nervioso la escena hubiese quedado más natural. Esta vez te tienes que relajar.
–¡No me puse nervioso!
Las dos empezaron a reír, como un par de brujas con escoba.
–¿Se puede saber qué os hace tanta gracia? –me estaban empezando a desquiciar.
–Saotome, deja a un lado tu humor de perros, que yo no escribí el guion del anuncio de televisión. Katsuiki tiene razón, ese beso es horrible y antinatural. Repetirlo no costará mucho tiempo y por este trabajito nos van a pagar una millonada, por no hablar del contrato. Piénsalo como una inversión a largo plazo.
–Está bien, Tendo –no me quedó más remedio a aceptar a regañadientes–. Pero os advierto de que a partir de esta semana estoy bastante ocupado por las noches con las clases. Así que dile a tus amiguitos publicistas que no me puedo quedar ninguna tarde a partir de las ocho.
–Ya están avisados –concluyó Nabiki dejando de teclear en el ordenador portátil–, me comentan que hoy estarán aquí con el equipo de grabación a primera hora de la tarde. Por cierto, socio, ¿ahora llamas «clases» a tus citas?
Un mal presentimiento me incitó a sudar copiosamente.
–¿A qué te refieres?
Nabiki volteó el portátil y nos mostró en la pantalla de ordenador un artículo del L&G en red bastante fresco. El artículo había sido publicado aquel mismo día, tan solo unas pocas horas atrás.
La imagen mostraba a Akane muy cerca de mí, limpiándome los labios manchados de chocolate con una servilleta. La foto comprometedora se encontraba bajo un titular de lo más infame: «Nuevos escarceos de nuestro "caballo salvaje" en Shibuya»
Quise esconderme debajo de la mesa.
Entrenar y enseñar a otros cómo pelear es como respirar arte. Un cuerpo entrenado se mueve despacio, rápido, abrupta o gradualmente. En definitiva, el cuerpo entrenado obedece los decretos que imponen los deseos sin apenas oposición. Un cuerpo desentrenado tiene sus límites, pero puede aprisionar poco a poco ese arte hasta moldearse y aclimatarse a las órdenes que aplica mente. Ese era mi día a día. Aprehender golpes. Aprender a dar golpes. Enseñar a dar golpes. Convertir toda esa conglomeración de causas y efectos en miles de yenes. Sólo se puede ser un excelente artista marcial cuando trasladas cada neurona del cerebro sobre cada neurona motora del músculo. Al fin y al cabo, los que sabemos reflejar pensamientos en movimientos puros, vivimos con nuestro cuerpo a flor de piel. Y todo mi cuerpo en aquel entonces era una masa supurante de deseo incandescente, no transcrito, no racional, no integrado. Obcecado por ese deseo, finalmente llegaba a ella. Yo nunca había deseado así a nadie. Aunque la verdad era que nunca había deseado a alguien. Pero con ella… Deseaba su boca, su piel, sus piernas delgadas, su cuello níveo y pálido.
Vaya mierda barata. Necesitaba una cura desesperada para mi trastorno. El trabajo manual iba a terminar por causarme úlceras.
Después del medio día Natsume Katsuiki entró a mi despacho sin llamar, así que dejé de mirar al infinito –perdidos mis pensamientos en tales placeres– e hice como si estuviese escribiendo algo importante en el computador.
–Ranma, ¿interrumpo?
–Esto… no, Natsume, puedes entrar.
Caminó con gracia sobre el suelo de madera, haciendo poco ruido a pesar de sus tacones blancos de aguja. Ella, siempre estilosa, vestía una minifalda vaquera de botones con cintura alta y una camisa transparente de gasa blanca. Llevaba el pelo recogido salvo por algunos mechones traviesos. Se acercó hasta mí y colocó una mano sobre mi antebrazo. Olía a perfume dulzón. Habló con afecto, muy cerca de mí.
–¿Es verdad que sales con alguien más?
–Eh… –su pregunta me desbarató las ideas así que titubeé–. No, qué va.
–No tienes que esconderme nada, Ranma, sabes que tú y yo somos amigos.
–Si fuese así te lo diría. –contesté lo primero que me vino a la mente, para salir del paso.
–¿De verdad que me lo dirías?
Entonces se sentó sobre mi mesa, diagonalmente frente a mí, apartando los papeles que había encima y dejando a la vista una buena porción de sus muslos.
–S-sí. Por supuesto que te lo diría.
Tragué fuerte, tratando de fijar los ojos en su cara.
–Ranma, ya sé que estás muy ocupado y que además de una relación de amistad profesional no tenemos nada, pero… a mí–pareció dudar antes de decir las siguientes palabras–… A mí me interesas y la verdad es que me gustaría mucho verte más. Fuera de horas de trabajo, quiero decir.
Comencé a ponerme nervioso, y entonces evité su mirada insistente. Me puse de pie. Su cercanía me era extremadamente incómoda. No quería herir sus sentimientos, pero la verdad era que ella no me interesaba lo más mínimo.
–Verás, Natsume, la verdad es que yo no estoy interesado en salir con nadie en estos momentos.
–Te gusta alguien más, ¿verdad?
–No es eso…
–¿No te gusto, entonces? ¿No soy tu tipo?
Se colocó una mano en la mejilla y suspiró con melodrama.
–Que no, Natsume. Tendría que ser ciego para que no me gustaras.
Sonrió más animada.
–Gracias, es lo más bonito que me has dicho nunca.
–Es solo que –¿cómo debería decirlo suavemente? –, actualmente no quiero involucrarme con nada a parte del trabajo.
–Está bien, señor Saotome –contestó con formalismo trivial y se puso de pie, alcanzándome–. También he venido para hablarte de trabajo. ¿Quieres que ensayemos esa escena?
–¿Qué?
–¡No pongas esa cara, hombre! Así estarás más tranquilo durante la grabación.
–Se te ha ido la chaveta, definitivamente.
Rió divertida.
–Vamos, relájate. Solamente es un beso. Te ayudará a relajarte y luego lo harás mejor.
–¿Eso crees? –barajé por un momento su alocada idea.
–Claro, profesionalidad por delante, como siempre.
Se separó unos metros de mí, porque en la escena ella se echaba a mis brazos, tras correr unos metros. Así que lo repitió.
–Señor Saotome –La señora Miyamoto irrumpió en mi despacho en ese instante, sobresaltándose al vernos–. Disculpe, no quería interrumpir. El equipo de producción ya se encuentra desplegado en el tatami de la segunda planta. Los productores y la señorita Tendo me comentan que lo avise para comenzar la grabación.
–Gracias, Miyamoto.
Me separé incómodo de Natsume, que se había colgado a mi cuello para reproducir con exactitud el abrazo de la escena. Ella se alisó la falda, algo amedrentada por la situación.
–¿Ya ha arreglado los cambios de maestro de esta tarde, señor?
–En efecto, le he enviado el archivo con los cambios por correo interno. Hibiki se hará cargo de las dos clases que tengo pendientes para esta tarde, Miyamoto.
Dicho aquello, nos encaminamos a grabar la escena de marras.
Un trato es un trato y yo me los tomo muy en serio. Por insensatos que sean.
De modo que cuando el reloj marcó las siete y media de la tarde me disculpé con los de producción, con Natsume Katsuiki, con Nabiki Tendo y me dispuse a caminar hasta mi despacho. Total, la grabación de aquella toma había resultado igual de nefasta que la primera vez.
Necesitaba pensar en lo que haría a continuación. Pero esos mismos pensamientos, que simplemente pedían cierta organización, me jugaron una mala pasada. Me trasladaron a su antojo a los recuerdos de la tarde anterior. A la residencia de los Tendo. Concretamente al cuarto de Akane.
Ambos hablábamos en su habitación. Las horas habían transcurrido de forma precipitada y el reloj despertador de su mesita de noche marcaba las ocho en punto de la tarde. Hacía un par de horas que había atardecido y por la ventana sólo se veía oscuridad. A veces cuando uno se encuentra cómodo pierde la noción del tiempo en una conversación distendida y agradable. Raras veces me ocurría aquello con alguien. Mucho menos una mujer, salvo con ella.
–Tú no lo entiendes –me había dicho ella en ese momento–. Una vez que se les ha metido algo en la cabeza no pararán hasta conseguirlo o hartarme. Por eso accedí a los asedios de Otsuka. Pero al final decidí vivir mi vida y dejar de hacer lo que los demás esperan de mí.
Se encogió de hombros.
–¿Qué es exactamente lo que quieren de ti?
–Ya te lo puedes imaginar. Que me case con algún artista marcial que sea de su confianza para que el dojo quede en buenas manos. Que les dé un heredero y bla bla bla. Normalmente todo sigue en esa línea de pensamiento, es patético –aferró las solapas de su vestido en un acceso de timidez–. De veras que lamento que te hayan involucrado en esta escena.
–¿Por qué insisten tanto en eso?
Se levantó y me dio la espalda, con la mirada perdida en las estrellas dispersas que salpicaban el cielo a través de la ventana.
–Supongo que porque no confían en mí.
Se quedó callada y esperé. Poco después retomó su argumento.
–Mi padre en el fondo cree que una mujer como yo es incapaz de llevar adelante sola el dojo.
–Qué soberana estupidez.
–Oye… –me miró con fastidio– si vas a soltarme una tanda de tonterías tú también ya te puedes ir yendo a la mier….
–Nada de eso. Una de las personas más capaces que conozco, mi maestra, es una…. –dudé entre utilizar el apelativo de «vieja momia» o simplemente «mujer»– mujer. Ella es la matriarca de las amazonas de Joketzu. Tu padre y Nabiki viven en el Oligoceno, de veras.
Asintió con seriedad y curiosidad a partes iguales.
–Eso creo yo.
De repente dos de mis neuronas, las que no pensaban en subir su vestido y penetrarla de forma salvaje hasta que gritase, contactaron y resolvieron en sinapsis el nacimiento de una grandiosa idea.
–¿Qué diría el anticuado de tu padre si ganases el torneo nacional de artes marciales de la próxima primavera?
–¿Uh ? –la curiosidad fue venciendo a esa pequeña arruga de su entrecejo– Supongo que sería una lección en toda regla. Lamentablemente, lo más lejos que llegué nunca fue quedar desclasificada antes de las semifinales.
–Apuesta lo que quieras que este año vas a ganar.
–¿A qué te refieres con…? –sus ojos se iluminaron con una ilusión perturbadora–. Espera, ¿tú?, ¿te refieres a que me entrenarás para ganarlo?
Mierda. Ella ya se estaba yendo por las ramas. Déjalas a su libre albedrío y sacarán conclusiones espantosamente precipitadas. ¡Yo no iba a sugerir nada remotamente similar! Bueno, quizás pensaba darle algunos consejos que solidificasen nuestra relación y que me acercaran más a su… ejem. Pero ni qué decir de encontrarme a solas con ella sobre un tatami, a una distancia más que peligrosa e intentando ser profesional. Mi cerebro se licuó al barajar de lejos aquella remota posibilidad. Me dispuse a ponerle –y ponerme– francamente los pies en la tierra.
–E-espera, no te adelantes a los acontecimientos, señorita Tendo. Yo no…
–Tienes razón, Saotome. Lamento haberlo insinuado, comprendo perfectamente que no puedes hacer algo así.
–¿Qué quieres decir con que no puedo hacer algo así ?
Me miró con picaresca antes de voltear el rostro, sugiriendo un desenfado apenas fingido. De perfil sus pestañas rizadas me incitaban. En realidad, era todo su cuerpo: la forma de moverse, sus expresiones... Toda ella estimulaba cada hormona de mi cerebro más primitivo. Fue por eso por lo que provocó una erección tan sumamente dolorosa y violenta que parecía retorcer espasmódicamente cada una de mis entrañas. Maldita. Jamás podría acercarme a ella para entrenarla sin destrozar los finos lazos con los que mi voluntad apresaba mis deseos.
Caminé dos pasos y tomé asiento sobre su cama, de colcha amarilla, para disimular el dolor punzante de mi vientre. Quedé relativamente alejado de ella y de su malintencionado olor a champú y a tierra recién regada. Hablé cuando me sentí capaz de hacerlo.
–¿Insinúas que soy incapaz de llevar a cabo el trabajo con el que me gano el pan de cada día?
–No tergiverses mis palabras. Solo he dicho que no te veo capaz de entrenarme.
–Es lo mismo –repliqué molesto– ¿Acaso me estás retando?
–No lo creo. –negó distraída.
–Me estás retando. –repetí, convencido de ello.
–Puede ser.
–Quiero que sepas que yo no bromeo con este tipo de cosas, señorita Tendo.
–¿Tienes miedo a perder?, venga reconócelo.
–¿Miedo a perder? ¿Y por qué habría de tenerlo?
–No sé, quizás por eso que dicen de que Ranma Saotome nunca ha perdido un combate.
Sus ojos me miraban retadores.
–Esto no es lo que podría llamarse un combate.
–Pero sí supone un reto en toda regla.
–Si has oído eso de que nunca pierdo un combate, tienes que saber que nunca he rechazado un reto.
–No serás capaz de entrenarme. –Negó desafiándome de nuevo, extremadamente segura de sí misma.
–¿Qué te hace pensar eso?
–Seamos sinceros, Saotome –me miró de frente, analizando cada uno de mis rasgos desde cerca–. Por alguna razón, conmigo pierdes la paciencia rápidamente. Eres un hombre muy ocupado así que no podrías dedicarme el tiempo que necesito para ganar el torneo nacional de la primavera –sus ojos pasearon por mis ojos, por las cejas, luego pasaron a la nariz y de pronto se asentaron en mis labios. Mis dedos temblaron por el efecto devastador que causó esa íntima inspección en mí. Entonces volvió a mirarme directamente a las pupilas –. Y además está...
Calló repentinamente. Sus mejillas enrojecieron y apartó su vista de mí, asustada, como si hubiese visto un fantasma.
–¿Qué más? –insistí sorprendido por la brusquedad con la que se había ruborizado–. Ilumíname, señorita Tendo.
–Nada –contestó lacónica y dándome la espalda–. Da igual.
Me frustré y alcé apenas un tono el volumen de mi voz.
–¿Cómo que da igual? ¡No da igual!
–Cállate imbécil, que nos van a oír y no me apetece volver a vivir otra escena.
–¿Imbécil? Mira quién habla. Y ya puedes empezar a tratarme a cuerpo de rey si quieres que… –inspiré fuertemente antes de decirlo, antes de decidirlo de forma definitiva– Acepto el reto. Vas a ganar ese torneo porque yo, Ranma Saotome, te entrenaré para que ganes con todas las de la ley.
Lo había dicho. Me había comprometido sin vuelta atrás.
–Tenemos un trato, por tanto –sonrió ampliamente. Su sonrisa fue tan sincera, hermosa y vivaz que mis piernas temblaron–. Muchas gracias.
Nos quedamos sin palabras. Así que, contra todos mis deseos, aquella noche me volteé para marcharme. Nos despedimos con una reverencia corta y retraída. Cuando estaba de cuclillas en la ventana ella me volvió a hablar.
–Saotome, entonces es verdad que tú no…
Su frase se disolvió en un silencio triste.
–¿eh?
–Nada déjalo.
¿Qué demonios quería decir con sus malditas frases a medias? Me dispuse a increpar su comportamiento. Pero en aquel momento escuché a alguien tras la puerta de su dormitorio y desaparecí tras la ventana.
Y ahora no podía parar de pensar en ello. Como si esa frase a medias hubiera sembrado algo en lo más profundo de mi consciencia.
A la mierda todo. El verdadero reto sería contenerme.
...Continuará
Gracias a todos por vuestros comentarios. Me animan a acabar esta historia que, por cierto, ya está en su punto más alto. Todo lo que queda será cuesta abajo. Por donde voy yo estoy atascada y no quería publicar hasta tener esa parte más adelantada porque luego me demoro mucho en actualizar. Pero vuestros reviews me inspiran y publicando quizás vuestros comentarios me pueden sacar de este atolladero en el que me he metido yo solita. Bueno, junto a Ranma y Akane jajajajaja!
Sólo espero que lo paséis tan bien leyendo como yo escribiendo.
Gracias de nuevo y nos leemos
