Historia no apta para menores. Lenguaje y contenido adulto.

0BS3S10N

Cap. 13: Despierta, Ranma.

Gimnasio Todo Vale. Noroeste de Chiyoda ku. Diez minutos para las ocho en punto de la tarde. Hora de la clase nocturna de aquel frío lunes.

Akane se frotaba las manos. Llevaba aún los guantes puestos, unos de lana blanca sencilla. Las temperaturas habían bajado abruptamente. No se había parado de oír las previsiones de aquella ola de frío en todos los medios desde por la mañana. Probablemente iría a nevar.

–Bien, ¿estás lista? –pregunté fingiendo seguridad.

Llevaba la misma indumentaria deportiva con el que ya la había visto alguna que otra vez: mallas ajustadas de licra negra, zapatillas de deporte y chubasquero. Su cara estaba fresca, lavada, y el cabello corto apartado hacia atrás con una cinta roja. Le tendí un gi rojo formal de la escuela todo vale –con el logo de nuestro gimnasio: un dragón entrelazando una cruz formada por dos katanas–, nuevo y envuelto en plástico precintado. Yo nunca me encargaba de hacer ese tipo de cosas, así que no pude evitar que la vergüenza me sofocase un poco.

–Creo que-que te quedará bien… hará… juego con tu… tu…

–Cinta – contestó, ayudándome con mis palabras encasquetadas–. Gracias.

–Allí te puedes cambiar tranquilamente –señalé el aseo para mujeres de la planta baja, donde se encontraba el recibidor–. Lo siento. No tenemos vestuarios exclusivos para mujeres.

Me llevé la mano hacia la nuca, abochornado y sintiéndome estúpido a varios niveles.

–No importa –sonrió abrazando el gi en su pecho–. Muchas gracias, de verdad.

Intenté deshacerme de mi ofuscación siendo un poco brusco.

–Tienes cinco minutos. Te espero dentro. Será en la sala tatami de la primera planta.

Me fui, reacio y subí arrastrando mis pasos por las escaleras. Pocas veces usaba el ascensor. Cuando entré a la sala, todos en la sala hablaban y bromeaban, esparcidos de forma desordenada sobre el tatami. Nada más verme, se rompió el murmullo y todos se colocaron en sus posiciones habituales. Mis dieciséis discípulos me ofrecieron una larga reverencia de respeto.

–Maestro Saotome, es un honor. –expresó Takumo, uno de ellos.

Hacía un par de semanas que el maestro Sato –un gran artista marcial de la escuela Sato de estilo libre– se encargaba de impartir las clases nocturnas. En realidad, Sato, Hibiki y yo nos repartíamos equitativamente todas las clases de alto nivel, aunque desde hacía un tiempo y por varias razones –el embarazo de Riu y el torneo internacional entre otras– habíamos dejado las horas nocturnas para Sato. De modo que todos me observaron con sorpresa al retomar la clase de aquella noche.

–Buenas noches a todos. La de hoy será una clase especial. Preparad vuestra mente.

El Yoi no Kisin se prolongó unos segundos y comenzó a moverse aquella marea roja. En el momento en el que entró Akane, todos realizaban la serie de katas con pulcritud. Ellos cortaron el aire con la fiereza de sus brazos, con cada oscilación de su cuerpo, con el sonido que aplicaban sus voces al final de cada serie de movimientos. Tensión y distensión en su justa medida. Fluidez, ligereza, rapidez y fuerza. Bailaban en sincronía, como una bandada de golondrinas.

Ella entró en aquel momento y se acercó hacia donde yo estaba, aparentemente un poco abochornada. Akane quedo alineada a mi altura, de cara a todos los demás, esperando que acabasen el ejercicio de katas. A partir de entonces aferré la suficiente frialdad como para ahuyentar a todos mis fantasmas. Mi estrechez de miras me había supuesto en un contexto peligroso por atreverme a entrenarla. Lo que nunca sospeché fue que el respaldo de todos los demás discípulos pudiese actuar de colchón con facilidad. «Profesionalidad por delante», como había dicho con cinismo Natsume Katsuiki aquella misma tarde.

Una vez que acabaron formalicé las presentaciones y tuvo lugar el momento de reverencias ceremoniales. Escuché al fondo de la sala, entonces, un chiste quizás un tanto malintencionado.

–Creía que el gimnasio para mujeres estaba al sur de Minato.

Escuché algunas risitas dispersas adicionales.

No tardé en localizar quién había sido el gracioso. Kurono era uno de los discípulos más jóvenes de aquella clase. Se podía intuir que provenía de una buena familia, de esas que aún creen firmemente que deben inculcar a sus hijos que en Japón domina la ley del más fuerte. Un chico de valores tradicionales, por lo tanto. Y empezaba el juego.

–Acércate, Kurono.

Obedeció algo amedrentado.

–Me ha parecido que tenías algo que decir, ¿ibas a retar en combate a la señorita Tendo?

Su rostro se enrojeció como una cereza.

–No, maestro.

–¿Estás seguro?

Lo examiné con dureza, sin moverme un ápice de mi puesto.

–Sí, maestro.

–Estoy seguro de que supondrá un gran honor para ambos, ¿no es así, seito Kurono?

Como por inercia poco a poco fueron todos rodeando a ambos sobre el tatami. Finalmente, Akane y Kurono se inclinaron uno frente a otro, dispuestos sin más remedio a empezar el combate. Él empezó a moverse con aparente desinterés, con el ceño fruncido por ligeras trazas de humillación. Ella se movía precavida, concentrada, con la expresión congelada. No despegaba un segundo el ojo de su contrincante. Comenzaron a dar rodeos sobre el tatami en torno a un eje central, manteniendo siempre la misma distancia, sin dejar de observarse.

Aquel ejercicio me permitió observar la forma de analizar que tenía ella. Ponerla a prueba ayudaría a calibrar sus aptitudes, a evaluar sus reflejos, su rapidez, su fuerza. Estaba lejos de poder valorar con corrección las capacidades de artista marcial con las que contaba. De ese modo no sabía en qué podría ayudarla. Por el contrario, Kurono era un libro abierto y yo conocía por igual sus puntos fuertes y débiles. Sabía por contado que no pensaba dar el primer golpe y que mantendría durante todo el combate una actitud defensiva –por el simple hecho de medirse con una mujer–. Además, también sabía de lejos que estaba subestimando a su rival.

–No tenemos toda la clase, ¿alguno de los dos piensa atacar?

Kurono se distrajo menos de un segundo con aquella sentencia. Pero fue suficiente para que ella viese un hueco en sus defensas. Así que atacó: un shikan ken lateral con vuelta de espalda directo a un antebrazo. Entonces se dio paso a la acción. Una Akane ofensiva no daba tregua a su contrapartida defensiva. Lanzaba golpes cortos y rápidos, difíciles de seguir para un ojo desentrenado, aunque no de bloquear para su rival. No me fue difícil detectar sus puntos débiles y fuertes durante aquella serie corta de ataques. Entonces rotó dos veces sobre su eje vertebral para lanzar la ofensa final, un fudo ken a nudillos desnudos que Kurono bloqueó con antebrazos cruzados. Sin embargo, en seguid a me percaté de que se trataba de una mera distracción. Arrastró el pie derecho, que estaba adelantado para impulsar su puño, e hizo tambalear a su contrincante al barrer su punto de apoyo. Él reaccionó pretendiendo tomar impulso con la palma de su mano, pero Akane Tendo fue rápida y atrapó su torso con sus piernas, inmovilizándolo en el piso. Ella acabó el combate con una bonita llave de aikido.

Con un minuto me habría bastado para formalizar mi evaluación final. Pero el combate había durado dos minutos casi exactos. Ambos se levantaron, él con el gesto ceñudo y abrumado, y se inclinaron mostrando respeto. No pude evitar soltar una de mis coletillas de siempre, como corolario.

–Las artes marciales no son simple combate, es una forma de ver el mundo. De vivir, de moverse, de tratar a las personas. De actitud. Es un estilo de vida que se basa en el respeto.

Todos me escucharon con silencio sepulcral. Así que continué.

–Conocer al adversario únicamente no hará vencer. Conócelo y quiérelo. Usa la fuerza, la disciplina y la gracia. Pero por encima de todo: respétalo.


El tiempo de la clase acabó. Después de tantos nervios, ¡no había resultado nada tan terrible! Cuando todos marcharon a las duchas, valorando de reojo –los muy desgraciados– el aspecto de la señorita Tendo, aproveché para detenerla a mi lado aferrando su hombro.

Sonrió tímidamente, como si fuese una alumna de escuela flirteando con su profesor. Y mi actitud de maestro profesional se escurrió rápidamente yéndose a la basura. Casi que podía escuchar el eco producto de mis propios latidos.

–¿Qué tal ha ido? –pregunté rápidamente, ignorando por completo que mi espalda sudaba, y no precisamente por el intenso ejercicio.

–Creo que bien, ¿tú qué opinas?

–mmm bueno, no has estado del todo mal... aunque… vamos a tener mucho que hacer con esa técnica.

–¿Ah sí? –contestó aparentemente algo fastidiada, ceñuda– Sorpréndeme con tu evaluación, maestro.

Me crucé de brazos y no pude evitar sonreír estirando solamente una comisura.

–Tus puntos fuertes son la inmovilización, el ataque directo y el contrataque en tierra. Tu punto débil es sin duda el aire y puedo intuir que la defensa. Hay que trabajar equilibrio, flexibilidad y agilidad. Además, falta pulir técnica. A veces eres demasiado lenta, predecible, piensas demasiado tarde lo que vas hacer. Lo piensas demasiado.

La mirada ceñuda se esfumó diluida en una expresión de derrota. Akane se llevó una mano a la cabeza.

–Tienes razón. En todo.

Palmeé su espalda amistosamente, intentando animarla.

–Pero, por otro lado, ¡tienes una fuerza bruta, chica!

–Ya –musitó entre dientes y con los ojos entrecerrados, con expresión de sarcasmo. Claro que, yo nunca he sido bueno para detectar los sarcasmos.

–Oye, no pongas esa cara, ¿sabes que no te favorece?. Te prometí que ganarás ese torneo y lo harás.

Me miró de vuela con las pupilas dilatadas. Finalmente me regaló una sonrisa.

–Gracias, Saotome.

Quedarme embobado como un idiota no era una buena idea. Pensar en la pátina fina de sudor que cubría su esternón, definitivamente tampoco. Finalmente decidí acompañarla a los vestuarios de la planta siguiente para que se tomara una ducha –ya que estaban desiertos–. Antes de entrar me volvió a sonreír como una colegiala y yo me volteé bruscamente, como un abuelo gruñón contrariado con algún hecho concreto. Mierda. Me pregunto a veces por qué diablos reaccionaba así.

Subí a lo alto del edificio donde se encontraba mi despacho en una carrera desmedida por los escalones –no era nada personal– y tomé una ducha rápida en mi baño particular. Apoyé un momento la espalda sobre los fríos azulejos mientras el agua tibia resbalaba por mi torso. ¿A qué demonios estaba jugando? No podría jugar por mucho tiempo a los maestros y discípulos con ella. Era como darle a una orca una foca para que se mantuviese entretenida. Era una bomba de relojería que tarde o temprano nos explotaría en las manos. No. Era una locura. Y sin embargo haría lo que estuviese en mi mano para que ella ganase ese dichoso torneo.

Finalmente salí de la ducha y me enrollé en la toalla en las caderas. Cabeceé como un perro calado hasta los huesos, salpicando de gotitas de agua el espejo ahumado de vapor. Me examiné el mentón en busca de restos de barba mal afeitada y me pegué sendas tortas en los mofletes.

«Despierta Saotome» me dije.

Me vestí con presteza, me peiné ese cabello medio rebelde y ondulado con los dedos y lo trencé a mi espalda. Cuando bajé al recibidor ya nadie quedaba en las instalaciones. Apagué todas las luces, me aseguré de poner la alarma y al instante llegó Akane Tendo bajando por las escaleras.

La noche era muy cerrada, oscura. Caminamos en silencio, en dirección a la estación ferroviaria de Tokio. La torre de Tokio se alzaba en el horizonte más cercano iluminando con una gama de colores cálidos la ciudad, a pesar de que el frío glacial de diciembre se cerraba férreo sobre nosotros.

–¿Sabes? Yo nunca tuve un maestro formal en sentido estricto. –comentó ella rompiendo el silencio.

–¿No? Y, ¿el señor Tendo nunca te entrenó? –pregunté altamente sorprendido por su confesión.

–Cuando era pequeña, sí. Pero nunca lo hizo realmente en serio, yo creo que lo tomaba más como un pasatiempo. Al final siempre esperó tener ese hijo varón que nunca tuvo. Y cuando murió mi madre y perdimos el dojo ya fue demasiado tarde.

–Pero entonces, ¿cómo y dónde aprendiste artes marciales?

–Mi padre me enseñó todo lo básico cuando era pequeña. Después, bueno yo…. Aprendí algunas cosas de… un… amigo...

–¿Ah sí? –inquirí debatiéndome entre interés y cierta molestia.

–Hm–asintió y sorbió un poco de agua de una botella que sacó de la bolsa de deporte que cargaba al hombro–. Aunque casi todo lo que sé ahora lo he aprendido por mí misma. Mi padre empezó a corregir mis errores ya siendo mayor, pero ya era tarde para tomarle enserio como a un maestro. Después de todo él tampoco me tomó en serio nunca. ¡Ah! También tuve algo parecido a una maestra de combate en el club de artes marciales del instituto. La maestra Hinako –rió recordándolo–. Otra más que estaba desquiciada.

Me sorprendió su asombrosa perseverancia. Hasta yo mismo me hubiera encontrado perdido sin un maestro en toda regla. Todos al fin y al cabo necesitamos un guía, un mentor.

–Nuestros padres son tal para cual –reflexioné en voz alta–. No tienen un maldito punto medio. Diablos. O se pasan o no llegan.

–A ti te torturan con el neko ken y a mí…

Se detuvo como si su frase hubiese sido cortada por una navaja afilada. Entonces dejé de andar y la observé fijamente, con crudeza incontenida. Ella se ruborizó y miró al suelo, actuando de forma escurridiza. Algo me dio muy mala espina, así que me tensé manteniendo oclusiva mi contemplación sobre ella, como un poli en una sala de interrogatorios con su acusado.

–¿Cómo demonios sabes lo del maldito neko ken?, ¿te lo ha contado el viejo?

Se quedó callada en frente de mí. Tenía la mirada perdida en algún punto del suelo. Su respiración desataba vapor al aire gélido de la noche.

–¿No me vas a contestar, señorita Tendo?

«Dolor de cabeza. Dolor. Dolor. Todo está negro… Pero lo oigo, oigo su voz.

Despierta, Ranma. Despierta.»

Un copo de nieve, más bien minúsculo, se detuvo en su pelo.

–Ss-sí. Él me lo contó. –repuso suavemente sin mirarme a la cara.

El pinchazo de la migraña comenzó a golpear sin piedad mis sienes. ¿Qué demonios eran esas imágenes inconclusas que me asediaban en los momentos más inesperados? y, ¿por qué el dolor de cabeza?

Ella mentía, por supuesto. Permanecía así, evitando mirarme por todos los medios. Y mientras tanto, más copos de nieve caían sobre nosotros

Ella mentía descaradamente. Algo me lo decía. Pero, ¿cómo si no iba a estar al tanto de uno de mis secretos más vergonzosos?

–Maldito viejo entrometido… me las va a pagar…

Entonces me encaró. Su voz delataba cierta desesperación.

–Saotome, ¿me prometes que no le dirás nada?

–¿Por qué?

–Promételo.

Su mirada insistente me hizo aceptar con desgana.

–Está bien.

Ella exhaló gran cantidad de vaho, profundamente aliviada.

–Me has dado tu palabra, espero que seas de fiar.

–Que sí, no seas pesada. Y, de todas formas, no pienso perdonar a tu padre por haber descuidado tu entrenamiento.

Carcajeó musicalmente. A continuación, retomamos el paseo por la avenida. La nieve caía del cielo cada vez con algo más de descaro. Ella miraba hacia arriba de vez en cuando, con las palmas hacia arriba, como queriendo agarrar cada uno de los copos. Las luces de la estación amarillentas iluminaban gran parte de la calle, reflejándose en el rostro con tonos verdes. Nuestros pasos se hicieron cada vez más cortos.

–No me ha ido tan mal. Estoy muy feliz haciendo lo que hago. Además, pienso ganar ese torneo y darle una lección –apretó los puños junto a la curva de su pecho, con decisión. A continuación, me miró sonriente–. Con tu ayuda, por supuesto.

Claro, con mi ayuda. Pero sólo si era capaz de luchar con el patrón diario de contención de hemorragias nasales que iría a sufrir. Miré de reojo sus ojos de pestañas curvadas. El vapor que exhalaban sus labios hinchados. En mis noches siempre soñaría con expectativas desbordantes. Por el día me enfrentaría a la realidad decepcionante.

–Entonces soy tu primer maestro formal. –comenté de pasada.

–Eso es, gran maestro Saotome. –musitó con formalismo excesivamente ritual.

–Umm creo que voy a disfrutar de esto más de lo que crees.

–No te aproveches. –sonreía jocosamente.

Durante el resto del camino, que fue corto, permanecimos callados. Antes de darnos cuenta, el techo occidental decimonónico de la estación nos abrigaba de los pequeños copitos de nieve. Acto seguido, ella se despidió agitando su mano mientras se dirigía hacia la línea marunouchi dirección ikebukuro. Había musitado un simple «hasta mañana».

«Hasta mañana» contesté en mis pensamientos.

Después me dirigí con resignación hacia la línea tozai. Me llevaba casi el mismo tiempo ir en metro que andando, lamentablemente. Además, hacía frío incluso en los pasillos de la estación. Y es que las inclementes temperaturas del invierno de Tokio nunca perdonan. Sentía frío en las extremidades, pero el cuerpo caliente. Una sensación al menos extraña…

Un par de estaciones más me separaban de la estación de kayabacho, andar otros diez minutos desde la estación et voilá. Caer de bruces y mantenerme en horizontal unas cuantas horas –mi filosofía en casa es que todo lo que puedas hazlo tumbado–.

Lo siguiente se puede predecir con bastante facilidad. Salir del ascensor atropellado deseando descalzarme. No encontrar las llaves en el maletín por demasiada cantidad de papeles –entre ellos publicidad y papeles inservibles–. Por fin el sonido de las muescas de la cerradura girando en sus engranajes y dándome paso. Descalzarme. Tumbarme boca abajo sobre el futón pensando en el sobre de ramen instantáneo que tan poco me apetecía preparar. Babear un poco. Y un teléfono vibrando.

Normalmente el fastidioso sonido del aparato que tiene por objeto mantenerte localizado todo el santo día me tocaba las narices. Nunca traía buenas noticias. Sin embargo, el sentimiento que tuve entonces fue muy distinto. Me incorporé para buscar el aparato entre mis cosas. Cuando lo encontré, un mensaje de texto iluminaba la pantalla. El remitente era Akane T.

«Quería darte las gracias antes de dormir. Ha sido muy reconfortante "sonrisa". Buenas noches, Saotome»

Reí con el pecho hinchado como el mayor gallo del gallinero. O estaba alucinando o esa ilusa ya estaba empezando a caer en mis redes. De modo que me dispuse a contestar.

«No me des las gracias. Esta me la debes. Me la cobraré tarde o temprano»

Al momento el aparato volvió a vibrar. Me acordé entonces de alguna de esas sentencias mías que hacen historia: ¿Mensajes de texto? ¿Yo? ¿Qué era esa mariconada?

«Espero que con nada pervertido "susto"»

Já. Aquel mensaje me dio confianza. A parte de mi pulso que iba a su aire, mi mente me decía: un poco más, Saotome, pronto la tendrás en tus garras.

«Siento desilusionarte, pero no eres mi tipo "burla"»

Pero con un poco de calma. Porque lo que muestras te convierte en culpable.

Lo que no, te mantiene inocente.

«Eso me deja mucho más tranquila. Ahora podré dormir a gusto»

«Está bien. Que descanses, señorita Tendo»

«Dulces sueños, maestro Saotome»


Por la ventana de mi despacho se veía un cielo obliterado por aquella densa niebla. Por la mañana no llovía, no nevaba, pero el frío se había emplazado definitivamente en la ciudad para no abandonar hasta la primavera.

–Despierta de una vez, ¡Ranma!

Miré a mi amigo, rival antagonista y socio Ryoga Hibiki.

–¿Tienes algún problema, Hibiki?

Ryoga se arrellanó en el asiento frente a mi mesa. Cruzó una pierna sobre otra, arremangándose la pernera de su pantalón.

–Nada en absoluto –inspiró y expiró profundamente y comenzó a revisar los papeles del contrato de los de Shoumei, dispersos sobre la mesa–, pero se te nota demasiado que estás en las nubes. Te tienen bien pillado, ¿eh?

Su risa burlesca me trajo un pésimo humor.

–Oh, Cállate. Revisemos el contrato rápido, que quiero estar solo.

–Está bien. Pero te conozco bien, ¡muy bien! Estoy contento de que por fin haya alguien que te importe más allá de ti mismo, quiero decir.

–¿Qué te hace pensar eso? No seas idiota.

Ya estaban, como de costumbre, la gente sacando conclusiones disparatadas. Lo mío era pura obsesión. Necesidad de apareamiento inminente. Una necesidad recalcitrante, ya puestos.

–El hecho de que te hayas comprometido con su entrenamiento, ¿te parece poco?, ¡y gratis!

–¡Eso fue una encerrona!

–Te he visto más espabilado en muchas otras ocasiones de peores encerronas.

Le mandé a tomar vientos una vez más en aquella mañana. El mal humor se había acomodado en mí y no me apetecía nada volverme a sentir vulnerable con aquellos estúpidos comentarios.

Después de revisar el contrato y organizar con Miyamoto la agenda del nuevo trabajo con los de la agencia de eventos Shoumei, me quedé sólo para reflexionar veinte minutos antes de mi segunda clase del día.

Débil, estaba siendo débil. Yo me estaba dejando dominar por ciertas… ¿cómo definirlo? Sensaciones. Por mis obsesiones. Por eso fue que me dediqué a leer los mensajes que habíamos intercambiado durante el transcurso de aquella corta mañana.

«y, ¿cómo ha amanecido la señorita?, ¿agujetas?»

«Me subestimas, Saotome "carcajada". Soy más dura de pelar de lo que crees»

«Claro, a veces olvido que eres hermana de quien eres "escalofríos"»

«Pero, ¿de qué vas? ¡Si me parezco a Nabiki en el blanco de los ojos! "burla"»

«Eso es cierto: Una morena y la otra castaña. Una femenina y la otra… bueno, la otra un poco marimacho»

«¿Qué? Espero que te atrevas a repetirme eso que dices a la cara»

«Marimacho»

«Marimacho»

«Marimacho "burla"»

«Ya eres un imbécil sin remedio, no hace falta que te entrenes para ello.»

Una electricidad estática me recorría el vello de los brazos. Débil… Ranma Saotome estaba siendo estúpidamente débil. Tenía pleno conocimiento de ello. Y aún sabiéndolo, escribí rápidamente algunas palabras a modo de tregua.

«Es broma mujer, ¡no te pongas a la defensiva!»

El teléfono respondió vibrando de vuelta, casi instantáneamente.

«Nos veremos las caras esta noche, Saotome "enfado". Veremos si puedo contener las ganas de plantar mi puño en tu cara»

No pude evitar reírme a carcajadas. Se lo había ganado a pulso.

«¿Lo ves? Cero en atractivo» escribí.

El aparato me avisaba de que Akane T. estaba escribiendo.

«Oye, pero, ¿qué te pasa?, ¿nunca sabes decir algo amable?»

¿Qué quería que le dijese? ¿Qué era algo amable?

«Por supuesto que sé decir algo amable, mentirosa.»

«No me llames mentirosa, ¿siempre eres así de desagradable con tus amigos?»

«No con todos.»

«Oh, vaya parece ser que entonces solo conmigo "conejito sarcástico"»

Está bien. Me arrojaría a la piscina por una vez con los ojos vendados. Pero sólo un poco. Escribí.

«Eres una llorona, te quejas demasiado…» Paré, envié y pensé. Después dejé de pensar y seguí escribiendo: «y eso que estoy deseando que llegue esta noche.»

Envié. Ella respondió de inmediato.

«¿Por qué?»

Corto y conciso.

«¿Tan difícil es de imaginar?»

Inhalé de forma profunda, llenando de aire mis pulmones. Doki Doki Doki. Thump Thump Thump.

«Contesta»

No se andaba con rodeos. Así que yo tampoco lo hice.

«Verte me alegra el día»

Doki Doki. Mi ritmo cardiaco se aceleró de forma patológica. Estaba seguro de que cualquiera que estuviese en mi despacho sería capaz de oírlo. Era un completo alivio encontrarme solo.

«No me tomes el pelo "carcajadas"»

¿Qué demonios…?

«Pero, ¿qué te pasa? te muestro lo que pienso y tú te ríes…»

Una inusitada furia me hizo levantarme del asiento. Era un estúpido sin precedentes. Mejor esconder todo y continuar siendo inocente que permanecer expuesto a la adversidad. Indefenso. Vulnerable. ¡Total, ni si quiera me creía! Antes de que pudiera concretar mi acceso de ira recibí otro mensaje.

Leer sus palabras me mantuvo un buen rato con la boca abierta.

…Continuará.


Gracias por los reviews! nos leemos en los próximos capítulos: el desenlace de la historia.