Historia de lenguaje y contenido adulto. No apta para menores.

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Cap 14: Palabras distorsionadas por la ira

Se estableció una especie de rutina. Los días pasaban rápido, engullidos por el inevitable transcurso del tiempo. Cuando sonaba el despertador cada mañana una sonrisa profunda me atravesaba el semblante incluso antes de abrir los ojos. Quizá producto de sueños placenteros, quizá acunado cada día por los recuerdos de la noche anterior. Cada mañana tenía un nuevo color, chillón y luminoso, que escondía una especie de ilusión creciente. Hasta el amargo café americano que me preparaba Miyamoto por las mañanas tenía un sabor glorioso y ninguna pelea con Ryoga llegaba a implantar furia en mi estado de ánimo. Y eso a pesar de que él siempre conseguía sacarme de quicio.

El frío estacional era inevitable, por lo que empecé a salir con una bufanda de lana gris que mi madre había tejido para mí enrollada hasta la barbilla. Sin embargo, ese frío que cala los huesos en diciembre no llegaba a traspasarme la piel.

Los días fríos pasaban uno a uno, a veces incluso nevaba. En el trabajo me limitaba a sonreír a todo el mundo, a seguir entrenando y ofreciendo lo mejor de mí en cada clase. Incluso con Natsume conseguí ser más amable, aunque siempre manteniendo una especie de distancia silenciosa. Construí meticulosamente, pero con sutileza, un muro entre ella y yo que ella debió entender que no podía traspasar. De un día a otro había dejado de recibir sus insistentes mensajes requiriendo atención.

Digamos que mi ánimo estaba mejorando poco a poco, por alguna extraña razón.

Aquello no escapó a la suspicacia de Nabiki Tendo. A menudo soltaba comentarios mordaces en nuestras reuniones. Era evidente mi nuevo yo de un humor locuaz y sardónico que no conciliaba con mi yo lacónico de costumbre. Bah, la verdad era que ni las bromas sarcásticas de Nabiki eran capaces de sacarme de ese estado tranquilo y sosegado por el que me había dejado arrastrar como quien se dejar llevar por la corriente. Por más que me dijeran, ni las cifras, ni los tipos pesados de las marcas deportivas, ni los artículos en revistas de farándula, ni las bromitas de mis compañeros de trabajo iban a estropear aquello que me estuviese ocurriendo.

He de confesar que siempre he sido terco, obstinado. Nunca me ha abandonado ni la fanfarronería ni la imperiosa necesidad de mantener siempre intacto el tejido del que está construido mi orgullo… Sin embargo, si he actuado de forma mezquina, si alguna vez mi egoísmo ha ido por delante de las buenas intenciones siempre ha sido por inmadurez. Por pura e inocente inmadurez. Cuando tuve que madurar más por necesidad que por inercia carecía de las habilidades sociales para hacerlo. Y aún a los veintiocho no es que me sintiese expropiado de esa habilidad social para tratar con ellas. Simplemente es que nunca había existido en mí.

Yo nunca supe nada de romanticismo. Por eso jamás pude diagnosticar, mucho menos con la exactitud de un médico, la naturaleza de mi enfermedad. Para mí se llamaba obsesión, porque ella me hacía sentir lo mismo que lo que siempre me hicieron sentir las artes marciales. Necesitaba respirarlas, necesitaba aprehenderlas, poseerlas, necesitaba mejorar, memorizar y ganar. Ganar era una simple obligación.

Lo que nunca supe fue que mi afán de convertirme en el mejor artista marcial del mundo al final iría a estar profundamente ligado a ella. Ella había confiado en mí y yo me había comprometido con ella. El compromiso que nos había vinculado iba más allá de las palabras, puesto que el cuerpo no entiende del lenguaje verbal. Es por eso que yo haría que manejase su cuerpo con una fatal perfección. Con la única y fatal perfección que yo había conocido por toda mi vida. Y aquella premisa había provocado un terremoto que hacía tambalear los mismos cimientos de mi universo

¿Cuántas veces hablamos durante aquellos días? ¿Con qué frecuencia? No recuerdo con exactitud si fueron una, dos o tres veces al día. Los detalles en este caso no son importantes. Lo único que recuerdo tan claramente como si fuera ayer, era la feroz ansiedad con la que deseaba que el reloj marcase las ocho de la noche. A partir de las ocho, podía escudarme en mis formas pedagógicas de eficacia extremadamente profesional. Me escondía también tras cada uno de mis dieciséis mis discípulos. Tras el refugio del sudor cuando se estiran los músculos. Tras la distancia de maestro que había establecido para evitar a toda costa mostrar algo que me hiciese culpable. Y, aun así, apartado, no conseguía esconderme de mí mismo ni de mis deseos más profundos. No podía soslayar la huella profunda que ella estaba imprimiendo en mí cada uno de los momentos de aquella rutina establecida.

En aquel momento pensaba que, viéndola cada día de la semana, corrigiendo sus movimientos, puliendo su técnica como la de uno más, memorizando su voz y sus sonrisas me haría inmune a esa enfermedad que me tenía secuestrado en cuerpo y razón por completo.

Qué equivocado estaba.


Pasadas dos semanas de aquella primera noche, el sábado por la mañana, mi madre se presentó sin avisar en mi apartamento. Esa noche había dormido de pena. Durante toda la noche había tenido una y otra vez sueños recurrentes sobre la primera experiencia sexual de toda mi vida. El escenario era el mismo: bajo el abrigo de un árbol que custodia una poza profunda que forma el arroyo Dugang situado en la falda de la cordillera de Kunlung, en China. Pero la protagonista –refiriéndome a la que había sido en la realidad– durante el sueño fue sustituida por ella. La que había salido repentinamente desnuda de la poza con la piel cubierta de gotitas no había sido Xian Pu, la china exuberante de cabello largo que me había traído de cabeza, sino Akane Tendo. Ella caminaba hacia mí desembarazada de todo pudor, con el paso resuelto y seductor que una vez había tenido aquella china que se llevó mi virtud. Pero después, su cara se había transformado en un borrón difuso, como cuando censuran las caras de los menores en televisión, y sus facciones se habían transformado progresivamente en las facciones de Natsume Katsuiki. Yo, actuando con la misma sorpresa que con la que actué en aquel momento, me había dejado hacer. Y había acabado sobre ella, tal y como aquella vez ocurrió con Xian Pu, sobre la hojarasca de aquel roble, terminando hasta las cejas de barro.

Os parecerá el colmo de las frustraciones, pero a pesar de estar completamente obsesionado con Akane Tendo, casi nunca podía hacer con ella en sueños lo que imaginaba medio despierto. Hasta en el subconsciente conseguía escapárseme.

El caso es que mi madre me arrancó de aquel extraño sueño, con su llamada insistente al interfono. Mi yo más legañoso la recibió en con los ojos pegados.

–Querido, ¿aun duermes?, ¡es casi medio día!

A los pocos segundos entró al apartamento. Se paseó con su kimono de tonos azulados por la sala principal, depositando un par de bolsas de cartón sobre el kotatsu. A su espalda cargaba la espada de la familia, enfundada en un envoltorio hecho a partir de tiras de tela de color granate.

–Te he traído un poco de té matcha. Además de algo de comida, que siempre tienes esa nevera que da pena verla.

–Gra-gracias mamá –musité aún medio dormido–. No era necesario, ya sabes que casi la mayor parte del tiempo almuerzo y ceno fuera.

–Nunca está de más tener algo por si acaso –abrió la puerta y echó un vistazo al interior del electrodoméstico–. Por dios, hijo, de seguro hambre pasarás. Pero, sed… ¡con tantas cervezas!

De pronto un olor a algo en descomposición rellenó la atmósfera. Mi madre se colocó dos dedos sobre el puente de la nariz, a modo de pinza.

–¿Qué es eso, Ranma?, ¿pescado podrido?

Saqué de la manga mi mejor cara póker con un sutil toque de no haber roto un plato jamás.

–No tengo ni idea de cuánto tiempo lleva eso ahí.

Me aparté el flequillo de la frente mientras mi madre me miraba con una extraña sonrisa orgullosa.

–Es completamente lógico, Ranma –contestó mientras comenzó a sacar unas cuantas bolsas, abría la ventana, echaba ambientador por la habitación y guardaba el contenido de las bolsas de papel en la nevera, todo con meticulosidad asombrosa–. Un hombre como tú no va a estar al tanto de estas cosas. ¡Si es que eres de lo más varonil!

Ya estaba con las tonterías de siempre.

–Pero necesitas un toque femenino a tu alrededor, aunque mi instinto de madre no me engaña, creo que ocurrirá muy pronto.

–Mamá –protesté un cincuenta por ciento cansado y el resto avergonzado– no creo que necesite ningún toque femenino. Todo me gusta todo tal cual está.

–A propósito, querido, te ves más masculino que nunca, pero – se sonrojó un poco–¿quieres hacer el favor de relajarte?

Me miré la tienda de campaña que era mi ropa interior y que, al parecer, llevaba así desde que me había incorporado de la cama. Ni si quiera me había dado cuenta. ¡Ufff!

–Báñate o algo y vuelve después aquí dentro de un rato cuando estés presentable –prosiguió–. Iremos a comer fuera.

Me fui a lavarme con la cabeza echando humo. Al parecer los astros se habían alineado aquella mañana.

Poco después del medio día salí con mi madre a dar un paseo. Seguimos el camino peatonal de los jardines imperiales y luego cruzamos el barrio hacia el templo sintoísta del Dios zorro. Esperé a mi madre sentado en un banco de piedra del templo leyendo un periódico de deportes que había comprado de camino, mientras ella llevaba sus ofrendas y realizaba todo el ritual. Ella tomó lugar y esperó religiosamente tras una fila de media docena de personas y después presentó sus respetos en el punto más estratégico del templo. Cada vez que escuchaba el sonido de la campana, una sensación de irrealidad abrumadora se apoderaba de mí. El cielo estaba cargado de nubes grisáceas y no contenía rendija alguna. El viento, que era tímido y helado, me golpeaba con suavidad las mejillas.

Poco después me percaté de que mi madre caminaba hacia mí con pasos cortos, golpeando levemente el suelo empedrado con los zapatos geta. El kimono de colores pálidos contrastaba con el rojo sangre de los alerones del templo. La gente se volteaba para mirar con interés a mi madre, en especial los turistas. Probablemente sería por la espada. ¿Alguna vez se desharía de aquel objeto amenazador?

La alcancé a medio camino, justo unos quince metros antes del pie de las escaleras y caminé junto a ella, en silencio.

–Oye, mamá. –dije cuando tomamos asiento en el restaurante que ella había reservado.

El sitio era pequeño y estaba situado en la esquina de un callejón cerca del templo. El cocinero, que hacía de camarero al mismo tiempo, nos tomó nota rápidamente tras una reverencia corta y se fue a atender a los clientes que entraron después de nosotros: una pareja de mediana edad.

–Tú, ¿conocías ya a los Tendo? –pregunté.

Mi madre colocó las manos entrelazadas sobre el regazo y arrugó el ceño, como intentando concentrarse en algo.

–Tu padre me había hablado mucho del señor Tendo, de todas sus aventuras cuando ambos eran discípulos del maestro Happosai. Pero la verdad es que lo conocí en persona el mismo día que comimos allí. ¿Por qué me haces esa pregunta?

Desvié la mirada hacia una mesa contigua. Dos estudiantes de secundaria tomaban té frío y pescado mientras apenas hablaban entre sí. La falda de tablas de uniforme escolar revelaba muslos rollizos en la más delgada. Ambas jugueteaban ensimismadas con sus teléfonos móviles, llenos de accesorios.

–No sé, me pareció recordar…. Algo.

El hombre mayor que hacía de cocinero y camarero nos sirvió un refresco de cola para mí y otro de uva para mi madre. Di dos tragos y jugueteé con el hielo picado entre los dientes mientras esperaba que mi madre me contestase. La observé de reojo.

–Ranma, ¿qué es lo que crees recordar?

Tragué saliva e intenté poner en orden mis pensamientos.

–Creo recordar que conocí a una de sus hijas, hace muchos años.

Ella asintió, como si yo hubiese dicho algo completamente normal.

–Al poco tiempo de que nacieras, dos años antes de que te llevase de entrenamiento, tu padre me contó algo acerca de la promesa de unir escuelas Tendo-Saotome. Verás, en el momento en el que me casé con tu padre perdí todo el derecho a la herencia.

–¿Por qué? –pregunté altamente sorprendido.

–Tu padre…. –sonrió para sí misma con una expresión de tristeza– digamos que mi relación con tu padre no fue aceptada en mi familia. Cuando nos casamos no teníamos mucho dinero, él siempre fue pobre y yo había renunciado a todas las facilidades y derechos que me proporcionaba mi familia por el hecho de fugarme para casarme con él. Al hacerlo también renuncié a la posibilidad de que tú tuvieras algo en el futuro. Esto es lo único que me quedó de tus abuelos.

Dijo aquello último acariciando la funda de la katana, que ahora descansaba sobre el respaldo del asiento inmediato. Me sentí un poco miserable por dudar en ocasiones de la lucidez de mi madre.

–Genma… –prosiguió– a pesar de todo ese desorden y locura que le caracteriza, siempre quiso lo mejor para ti. Por eso pensó que formalizar un compromiso con el señor Tendo no sólo era una forma de perpetuar el estilo de combate legado del maestro Happosai, sino que era una forma de proveerte de algo que nosotros solos no podríamos darte jamás.

–El dojo Tendo. –contesté.

Mi madre asintió. En ese instante el señor nos trajo una bandeja con platos de arroz frito con brotes soja, sopa de pescado y un par de recipientes con verduras cocidas. Ambos dimos las gracias y comenzamos a comer.

–El compromiso Tendo-Saotome ya se había formalizado mucho antes de que tú nacieras.

–Pero los Tendo lo perdieron todo, ¿no es así?

Mi madre no contestó inmediatamente. Al tanto, se llevó de poco en poco pequeñas raciones de comida con los palillos hacia la boca. Después se limpió la comisura de los labios con la servilleta.

–Supongo que fue por eso por lo que te llevó hasta China y se desentendió de todo eso del compromiso. – dijo al fin.

–Cómo no, típico del viejo: huir de lo que no le conviene. –comenté con sarcasmo.

–Por otro lado, el señor Tendo aún siente que Genma está en deuda con él.

–No me extraña –convine–. Y para empezar lleva meses viviendo de gorra en su casa. Si sigue allí esa deuda seguirá creciendo exponencialmente.

Entonces volvieron, como las algas que trae el mar a las escolleras después de la marea.

«¡Yo no soy un chico, idiota! Soy una chica y mi nombre es Akane, Akane Tendo.»

Y comencé a sentir esa sensación familiar de martilleo en mis sienes acompañada de una ligera falta de aire. Casi que lo pude ver: el esbozo de la imagen, la vaga sensación de haber hecho algo endiabladamente mal.

«Palabras. Palabras distorsionadas por la ira.»

Y al mismo tiempo que vino, se fue.

Por un rato más comimos en silencio. Un par de clientes entraron y el sonido de la campanilla de la entrada me llegó de lejos, como desde un sueño. De repente noté la suave mano de Nodoka, tibia, sobre mis nudillos nudosos.

–Ranma, hijo… –sonreía con una cierta expresión compasiva que no me agradó para nada– en verdad te gusta ella, la pequeña Akane, ¿no es cierto?

Comencé a toser puesto que me había atragantado con el arroz. Todo el mundo se volvió para mirarme. Bebí una generosa cantidad de refresco, algo vencido por mis nervios.

–Yo no sé de qué narices hablas.

–Querido, no hay de que avergonzarse, es algo completamente normal.

–¡Y una mierda!

Seguí comiendo como si nada, y lo hubiera seguido haciendo hasta el infinito por siempre jamás. Pero lamentablemente no me fue posible. La punta afilada de una espada me rozó la barbilla. Fue un toque sutil y suave, casi como la caricia de un amante.

–Ranma –ella me observaba con los ojos prendidos en furia– No vuelvas a dirigirte a tu madre de esa manera, ¿me oyes?

–Lo-lo siento.

De nuevo éramos el espectáculo del local. Mi madre se suavizó casi instantáneamente a raíz de mi disculpa. La sonrisa azucarada de costumbre regresó a su rostro.

–¡Ay! Ranma… me hace tan feliz que te guste una chica de verdad… ¡es tan varonil!

Los astros se habían alineado aquel día para joderme. Desde luego que sí.


Aquel sábado noche fue el contrapunto más sobresaliente de toda mi historia con Akane Tendo. Era sábado y, por supuesto, mi único plan era ver algo de pornografía suave –algo que las últimas semanas había comenzado a ser un acto inocente hasta transformarse en hábito–. Con la excepción de que visitase el barrio rojo o el puerto de Tokio para enzarzarme en alguna pelea de esas que acaban al amanecer, con un pómulo roto y mucha tensión liberada.

Antes de que oscureciera había dudado en agarrar el teléfono e invitar a salir a mi Tendo favorita, sin embargo, en algún punto el día había muerto y ya era más de media noche. El desplante que yo le había dado la última vez –después del suyo el día que ocurrió lo de la heladería Sagakucha– me había extirpado los ánimos de instarla a salir conmigo siquiera a la vuelta de la esquina. No eran falta de ganas: era el más mínimo asomo de valor.

Si recapitulaba, los últimos acontecimientos en los que nos habíamos quedado a solas podrían contarse con la mitad de los dedos de una mano. Primero: obento rápido en la estación un martes de vuelta de la sesión de entrenamiento. Segundo: té en la casa de té del norte de Ashakushawa el fin de semana anterior y, el desenlace nefasto, mi huida rápida como quien huye del diablo. La velada había finalizado con una Ukyo Kounji furiosa que había venido de visita ese fin de semana desde Osaka. Yo había sido lo que era obvio en esas circunstancias, un pésimo anfitrión.

Las idas y venidas de nuestro juego de egos habían bajado de nivel después de ello.

Tomé el teléfono entre mis dedos para repasar nuestros mensajes recientes y revisé el que me había mandado tras mi huida apresurada, una semana atrás, con el sabor del te matcha aún en el centro de la lengua.

«¡Todo el rato mirando el teléfono y encima luego sales corriendo! No pienso volver a salir contigo. No te molestes en volverme a insistir para que lo haga»

Revisé lo que le contesté a continuación.

«¿Ofendida? Yo tenía razón, te morías por salir conmigo más allá del gimnasio.»

Esa había sido mi respuesta. La cual, tal vez en aquella ocasión, quizá pecó de no ser demasiado oportuna. Y lo digo por aquello que me contestó. Un simple y corto:

«Piérdete, Saotome.»

Pero el lunes ella acudió como siempre a la hora de siempre, con su sonrisa amable algo endurecida y que fue relajándose poco a poco con movimientos y mis sutiles correcciones. Fue relajándose porque lentamente yo me iba acercando con disimulo para agarrar su codo y colocarlo donde debía estar para ser del todo letal. Me acercaba a enderezar su espalda y repetir el arco en el aire que debía dirigir su antebrazo para completar un fudo ken y tumbar a quien quiera que se le acercara. Soy un desastre con las palabras, pero mi cuerpo sabe qué hacer, cómo entrenar, cómo cuidar, cómo hablar.

Mis dedos, entonces sin un atisbo de racionalidad, me llevaron a aquel mensaje que me escribió la noche del primer día de entrenamiento. Lo volví a leer, llenándose mi cerebro de curiosidad y ansia a partes iguales.

«Gracias, Saotome. De verdad, muchas gracias por lo que dices. No te imaginas lo realmente importante que es para mí.»

¿Qué demonios quiso decir con eso? ¿Qué era aquello tan importante para ella? Un millar de preguntas me mantenían a duras penas a flote en ese océano turbio que era mi incertidumbre.

De repente el teléfono que sostenía en las manos vibró sin aviso alguno. La alarma inicial fue sustituida por esa familiar ansiedad. Era un mensaje de Akane Tendo a las 12:45 am del sábado. ¿No debería estar durmiendo? Lo leí con suma premura.

«Me preguntaba si esta noche aparecería por aquí algún caballero de esos que se dedican a salvar damiselas en apuro, pero debe ser una especie en peligro de extinción.»

¿Resultaría muy ansioso contestar de forma instantánea? No me hizo falta comprobar que me daba igual. Escribí al mismo tiempo que instaba desesperado su respuesta.

«Quizá sea por el hecho de que allí no circulen muchas damas.»

Esperé un tiempo indeterminado, perdiendo lentamente la paciencia, sin que llegase alguna respuesta. Me la imaginé bailando bajo la luz de algunos focos, rodeada de gente sin rostro, solo integrantes de un miserable atrezo. Pensé en esos antebrazos pálidos moviéndose al ritmo de la música, junto a sus caderas. Esa preciosa sonrisa y su cuerpo… y los babosos que estuviesen alrededor. Entonces fue cuando perdí por completo la calma. Supuse que todo lo había hecho deliberadamente, incluso casi que la odié por ello. Volví a escribir, en esa ocasión con hábil presteza.

«¿Dónde estás?»

Ésta vez no tardó en responder.

«Club Midnight, Marunoichi, Chiyoda-ku»


Una maldita impaciencia me poseyó durante todo el trayecto hacia el club, de manera que el taxista no fue capaz de sacarme una sola palabra. La impaciencia se esfumó en el mismo instante en el que, desde lo lejos, se cruzaron nuestras miradas. Ella, sin embargo, en cuanto me miró supo disimular muy bien.

Hablaba de forma distendida con esa amiga suya de pelo teñido con la que la vi la primera vez aquella noche en Roppongi, al lado de la barra de metal que flanqueaba una gran pista. Llevaba un vestido de gasa burdeos que revelaba unos muslos delgados y musculosos al mismo tiempo. La parte trasera del vestido era algo más larga y rozaba el comienzo de sus gemelos. El escote era cuadrado y descubría la curva redondeada de unos modestos pechos. No llevaba joyas ni brazaletes, simplemente un colgante de plata con un ocho acostado un poco por debajo de las clavículas. Me di cuenta de que era el símbolo del infinito. Calzaba tacones negros que debían aumentar su altura casi diez centímetros. Además, se daba muy bien por entendida de que la estaba observando. Ni si quiera me enteré de si el local estaba medio lleno o medio vacío. Hay cosas que se pasan absolutamente desapercibidas para mi atención cuando me suelo concentrar muy bien en algo.

Me acerqué con determinación hacia las dos mujeres y, antes de que las alcanzase, la rubia teñida me miró de arriba abajo. Se dirigió a mí con entusiasmo.

–¿Eres Ranma Saotome?

–E-eso parece. –conteste un poco cohibido.

–Soy Yuka, me ha dicho Akane que eres amigo de su padre. Te he visto en la televisión. –añadió.

–¿En televisión? –pregunté bastante azorado.

–Sí, ¿no sabías que sales por la televisión? –acompañó a su pregunta una buena dosis de incredulidad y desconfianza a partes iguales– Te vi en Nippon Networks, en la sección de deportes.

Miré a Akane, quién me miró de vuelta sonriéndome inocentemente. Me costó volver a dedicar algo de atención en responder aquella pregunta anodina.

–No, no lo sabía.

–Vaya –contestó aturdida. Entonces miró a su amiga y luego me miró de vuelta, esbozando un bostezo en su boca en el camino–. Oye, Akane dice que tú te quedarás un rato con ella, ¿no es cierto? Yo me tengo que ir ahora. A mi marido no le haría mucha gracia que regrese tan tarde.

Los ojos de Akane Tendo revelaron complicidad.

–En realidad… –empecé a decir.

–La verdad es que Akane siempre se niega a irse a horas razonables, digamos que tiene un alma profundamente juerguista.

Carcajeé sonoramente, a pesar de que mi risa quedaba atenuada bajo esa fiesta de escándalo de decibelios de la música. Por primera vez miré realmente a aquella chica. Parecía ser una amiga muy cercana a Akane Tendo.

–Descuida, yo me encargaré de la señorita Tendo – intenté sonar franco, pero ella no pareció muy convencida así que empleé mi mejor argumento –. Después de todo no es la primera vez.

–No te preocupes, Yuka –dijo al instante el sujeto del que me tendría que encargar– . No me marcharé dentro de mucho tiempo.

Las dos se dijeron algo que no logré escucha y posteriormente se despidieron con un abrazo. Entonces me quedé a solas con ella.

No hay que ser Einstein para adivinar lo que ocurriría si a un hombre adulto lo dejan a solas con la mujer con la que está obsesionado en un club a altas horas de la noche. Sin embargo, yo soy Ranma Saotome y, prácticamente sin pretenderlo, suelo sortear con facilidad las predicciones más fácilmente deducibles.

En realidad, ni me monté un baile seductor ni la secuestré para llevarla a un ámbito más privado. Simplemente me decanté por relajarme y entablar una conversación entre copa y copa de alcohol. Además, las conversaciones de la forma más distendida posible –es decir, recostados en unas poltronas biplaza cercanas a la pista– eran señal inequívoca de su comodidad. Ambos lo estábamos, para qué vamos a ocultar la realidad. La música y el alcohol pronto crearon esa atmósfera en la que la desinhibición se pega a tu piel como un vestido prestado, pero que luego se ha de devolver.

Hablábamos de aquello que teníamos en común: artes marciales. Ella insistía en desvelar todas mis técnicas ocultas a base de pedir gin-tonics a destajo. Yo procuraba mantener ese halo de misterio. Era mi arma más poderosa.

–En realidad tengo nada que ocultar –confesé con sinceridad parcialmente fingida. Y entonces, para sopesar, tuve que bromear un poco–. Si quieres te puedo confesar todos mis secretos.

–¿De veras que lo harás?

Si me lo pedía así, con aquella feroz inocencia y sensualidad, podría contarle hasta el color de todos mis calzones.

–Pues claro. Aunque luego tendré que matarte. –sonreí de medio lado.

–Aunque hemos hablado mucho, no me fío del todo de ti.

–Entonces, no tienes nada que perder. Pregunta.

–¿Sabes lo que me gustaría? –se incorporó inclinándose hacia mí– Me gustaría probar entrenar solo… solo contigo.

Me rasqué el cuello invadido por un calor repentino. Barajé las posibilidades. En el fondo aquello no supondría un gran problema. Si no la había asaltado ya a esas alturas probablemente no iría a hacerlo.

–Está bien. Haremos una sesión de entrenamiento particular.

Su sonrisa se hizo en toda su amplitud. No dejó de mirarme y me puse algo nervioso así que desvié la contemplación hacia otro lado. La música estaba muy alta, tanto que los objetos vibraban al compás; y la sala iluminada por decenas de colores distintos, en todas sus tonalidades, variaba con el ritmo.

Cada vez había menos gente y había perdido la cuenta de gin-tonic sucesivos. No es que me hubiese vuelto nictófilo, ya que siempre fui algo madrugador. Pero ya me había acostumbrado a la falta de sueño, así como los perros se aferran a las garrapatas. No me importaba la hora, no me importaba el alcohol o la música alta que yo percibía de lejos. Solo me importaba una cosa. Y me miraba de hito en hito.

–Podré medir fuerzas contigo…. ¿Estás seguro de eso, Saotome? –me preguntó con los ojos algo vidriosos.

–Si eso es lo que quieres… Tendo –quise acercarme temeroso y casi rocé el esbozo de la decisión–… entrenaremos solos tú y yo.

Pero coloqué los brazos detrás del cuello, recostándome en el asiento. La canción que estaba sonando cambió en aquel instante.


Afuera había comenzado a nevar copiosamente. Los copos se posaban sobre los brazos desnudos de los árboles, se arremolinaban en pequeños tornados trasladados por unos vientos tan fríos como caprichosos. Hacía un frío inclemente a pesar de toda esa sensación de irrealidad ligeramente sofocante que proporciona el alcohol. Ella cargaba con el abrigo bajo el brazo y salía del club apretando su bolso contra el pecho.

En un vergonzoso ataque de galantería le coloqué la chaqueta alrededor de los hombros mientras me acercaba a respirar su olor. Acaricié con la punta de sus dedos, muy levemente, los tendones del cuello, el hueco de sus clavículas, e incluso mis manos siguieron el camino y se deslizaron atrevidas por el esternón hasta el filo de su pecho. Suspiró quedamente, de forma cadenciosa, casi me pareció un gemido de contenido puramente sexual. Aunque ya no sabía lo que oía, había perdido completamente el norte. Después se volteó y me miró divertida.

–Señor Saotome, creo que se está extralimitando.

Se empezó a reír de forma frenética. Vale, me di cuenta de que en aquel punto ya estaba un poco bastante borracha y yo no pensaba aprovechar de la ocasión. Se dio la vuelta y me observó de una forma estúpidamente sexy, con los ojos entrecerrados, como con cara de sueño. Habló con palabras levemente arrastradas.

–¿Por qué me miras con esa cara?

Me encogí de hombros sin tener idea de lo que estaba hablando.

–¿Qué cara?

–Esa cara que acabas de poner me pone nerviosa, ¿sabes? –había cierta laxitud en sus palabras

–No sé a qué te refieres.

Se aproximó hacia mí, pero dio un pequeño tropezón, se apoyó con las palmas de las manos por debajo de mis hombros y se echó de nuevo a reír.

–Venga, Tendo, creo que ha llegado la hora de que te acompañe a tomar un taxi.

Su risa se fue extinguiendo despacio como las ondas que se forman al tirar una piedra en un lago.

–Me refiero a esa mirada tuya que pones a veces, ¿sabías que tus ojos cambian de color? –eliminó la distancia entre nosotros quedando peligrosamente cerca. Su nariz se pegó a la punta de mi nariz y sentí su exhalación penetrar en mis sentidos– ahora son azules, tan azules como el agua del mar en día soleado. Otras veces, cuando sonríes, aferran brillos de esmeralda. Pero a veces se llenan de nubes de tormenta y se vuelven grises, como un huracán.

Sus ojos entraron en los míos. Los vulneraron. No sabía qué hacer, me había quedado tan inmóvil como una estatua.

–Eso es. A veces me miras como con los ojos llenos tormenta oscura, como ahora. –pegó toda su frente en la mía y mi aliento se mezcló con su aliento. Sus labios estaban endiabladamente cerca de mis labios– dime por qué, eh Saotome, ¿qué es lo que pasa por tu cabeza entonces?

Me quedé estático como un imbécil, sin saber qué decir.

–¿uh? No… no tengo ni idea, la verdad.

–Qué bonitos son, son hipnóticos.

–De… ¿de verdad?

–¿Bromeas? –se separó de mi cara con brusquedad– ¡claro! Me dan ganas de arrancártelos y quedármelos para mí.

Hizo la pantomima como si lo estuviese haciendo por lo que tuve que esconder el rostro.

Esa mujer de verdad que estaba ebria.

–Ha llegado la hora de dormir. Te buscaré un taxi.

–¿Qué? ¡Yo no me quiero ir a dormir!

–Que sí. O de lo contrario podrías hacer algo de lo que mañana te vas a arrepentir.

–¿Qué te hace pensar eso?

Escudriñé con atención su rostro. Después la miré de lado.

–Hay dos cosas que he aprendido de los borrachos: siempre dicen la verdad y siempre se tienen remordimientos al día siguiente.

–Eres muy sabio.

–Oye, no te burles, ¿no ves que he convivido muchos años con mi padre?

Estalló en carcajadas. Cuando se serenó habló con total lucidez.

–Primero no estoy borracha, al menos no tanto como para que nos tomemos una más –me miró con disimulo antes de seguir–. Tú eliges dónde.

–Si me dejas elegir, ya sabes dónde va a ser.

Nos observamos minuciosamente uno al otro.

–¿Siempre has sido un chico tan casero? –contestó al rato.

Me reí. No muy a lo lejos divisé un taxi, agarré su pequeña muñeca y nos dirigimos hacia él.


–No sé lo que buscas de mí.

–No sé por qué habría de buscar algo en ti, ¿debería?

–Ya veo, Saotome, ¿de nuevo con los acertijos?

Se bebió de golpe el trago de sake caliente. Me extendió la copa vacía para que la rellenase. Por un momento nuestra conversación se dividió a causa del sonido de aquel líquido humeante. La miré fijamente. El color rosado no abandonaba sus mejillas.

–Y tú, ¿qué es lo que buscas de mí?

Rio, cabeceando hacia ambos lados con gesto de desaprobación.

–¿Sabes una cosa? Siempre haces lo mismo.

–¿A qué te refieres?

–A eludir las respuestas de mis preguntas con otra pregunta.

–Es que haces preguntas muy extrañas, señorita Tendo.

–Y tú eres muy malo para hablar de ciertas cosas, Saotome.

–¿Qué es lo que quieres saber? A lo mejor si me hicieses preguntas concretas, en vez de esas infantiles y vagas ….

Elaboró una sonora carcajada.

–¡Infantiles! Eres un cobarde.

–¿Cobarde yo? –un calor improvisado comenzó a inundarme. No sabía si era furia desatada o algo más profundo.

–Sí. En realidad, no quieres reconocerlo, pero yo he visto lo que hay detrás de esa mirada.

Me desafió.

–¿Ah sí? Si lo sabes tan bien, te reto a que me lo digas. –sostuve su desafió con elocuencia.

Dudó un segundo. Tan solo un segundo pero suficiente para que yo viese tambalear toda esa capa de seguridad fingida con la que se cubría.

–No voy a decirlo con palabras, porque tú ya lo sabes. Y yo ya lo sé. Ya sé lo que quieres de mí.

Su mirada aterrizó en sus muslos enfundados en medias. Se sonrojó. Volvió a beberse el contenido del vaso de un trago.

–¡Já! –carcajeé mordaz y hablé despectivamente– si te refieres a eso puedes estar tranquila. Ya te he dicho alguna que otra vez que no eres para nada mi tipo. –mentí.

Mentí descaradamente. Me ardía la frente, los pómulos y la barbilla. Estaba luchando en medio de la ebriedad por no mirar sus labios, por no perderme en la curvatura perfecta de sus piernas. Tenía que infundir seguridad a esas palabras que ahora que las había pronunciado habían sonado falsas y blandas como el papel. Así que las reforcé.

–A mí me gustan las mujeres atrevidas, no las niñas mimadas.

–Pero, ¿qué dices? –me miró completamente sorprendida, un ataque de ira fina hacía que su ceja temblara– ¿insinúas que no soy atrevida?, ¿qué soy una niña mimada?

Supe que había ganado cuando su rostro comenzó a revelar cada uno de sus pensamientos y sus ojos eran incapaces de esconder cada una de las emociones que la atravesaban. En aquel momento supe que había ganado la partida y que me iba a salir con la mía y fue entonces cuando debí parar. Debí agarrar su mano y decir que ella era perfecta tal cual, pero no lo hice. Lo único que pude hacer, impulsado por ese ego de mierda masculino que había estado atormentado, tan atormentado que había dolido, fue seguir con el juego. Porque me sentí bien, por un día me sentí poderoso e invencible. Sabía que había ganado y algo me obligaba a seguir hasta el final.

–No. No eres lo suficientemente atrevida. Reconoce que eres poco audaz, que siempre has estado encerrada en esa área de confort, esa casa de muñecas de la que no has querido salir.

–Soy… –sus ojos parecían querer huir de mis palabras, de aquella sentencia que estaba dictaminando y tocando algo muy dentro de ella– yo sí lo soy. No tengo miedo a nada. Te lo puedo demostrar en cualquier momento.

–No tienes miedo a nada, me lo puedes demostrar en cualquier momento –repetí sus palabras una a una, paladeando, acariciándola con mi voz, envolviendo toda la habitación–. Entonces…

Su rostro me desafió, me dijo pídemelo, pide lo que estás deseando hace tiempo. Tú lo sabes y yo lo sé. Y lo susurré, tan bajo que no escuchó nada y mis palabras se perdieron en el silencio oscuro de aquella noche invernal.

–¿Qué has dicho? Repítelo.

Lo repetí. Lo repetí resuelto en esa contención de valor que hasta ahora me apresaba y que había embargado toda esa dulce cobardía, toda esa tibia timidez que me había hecho ser quien era y que ahora me había abandonado para ser alguien nuevo y despreciable.

–Eso… –su voz tembló cuando me escuchó– ¿es lo que quieres?

Mi mirada dura no se apartaba de ella.

–Desnúdate. –repetí de nuevo.

Una oleada de rubor furibundo atravesó su rostro sin detenerse en él. El rostro de Akane era el espejo de su alma y gritaba frenético, esto es lo que quieres, es lo que siempre has querido desde que me conociste y yo lo sabía y tú lo sabes también. Por un momento dudé. No supe si estaría confundiendo lo que hablaban sus ojos en silencio, sus labios apretados y las arrugas entre sus cejas. Quizá no me revelaban lo que ella sentía sino el reflejo de lo que sentía yo.

O qué se yo.

–¿Es eso lo que quieres? –volvió a decir.

–Desnúdate. –repetí ignorando de nuevo su pregunta.

Comerme un onigiri de judías y pato. Saltar los muros de las vías del tren para engancharme. Escribir una carta torpe de encuentro a la luz de los rescoldos de la hoguera para que no se diese cuenta el viejo.

Correr durante dos horas, para llegar a tiempo.

Palabras distorsionadas por la ira.

Huir despavorido.

Sacudí la cabeza desechando aquellas imágenes ajenas a mí, no las quería inmiscuyéndose en aquel momento. Ella parpadeó sin decidirse, sus enormes ojos me miraban y yo mantuve esa fría distancia sin dudar un segundo. A sus labios aterrizó un deseo frenético que tuvo que morder, con sus incisivos, apresando en el intento el labio inferior. Fue sutil y rápido, puesto que no duró más de un segundo. E instantáneamente, como consecuencia, me deshice de modo definitivo de mí mismo, de ese vago reflejo del yo más amable, más tímido y retraído, para rescatar eso torcido que existía en algún sitio dentro de mí. El deseo saltó de sus riendas, de las cadenas donde había sido apresado y se adueñó por completo de toda racionalidad.

–Quítate absolutamente todo. –ordené sin reconocerme, por primera vez en toda mi vida.

Lo vi en sus ojos, estaba claro lo que decían entre cada temblor del iris: lo haré, Saotome, lo haré solamente porque me lo pides y porque te lo tengo que demostrar. Me obedeció a medio camino de la férrea decisión desafiante y algo así como vergüenza incipiente. Lo hizo con una paz desquiciante, sin necesidad de aparentar ningún arte de seducción, con naturalidad pasmosa y a la vez increíblemente sensual. De esta forma se deshizo despacio de su vestido, no sin antes acariciar dudosa la solapa de su cuello y desabotonar con calma cada uno de los botones. El vestido de gasa resbaló por sus muslos hasta quedar arrugado en el suelo, hecho un guiñapo. Se descalzó de los tacones y se inclinó. Las hebras de su cabello negro cuervo corto ocultaron sus ojos desde que había inclinado su cuello, y así se mantuvo hasta el final. Se deshizo de las medias transparentes que quedaron olvidadas junto al vestido. No pude ver sus ojos en todo el proceso y hacía un buen rato que la erección acuciante se había estacionado en mi cuerpo sin control. Su ropa interior era blanca, sencilla. Su piel nívea, perfecta, brillaba perlada por una capa fina de sudor que reflejaba la tenue luz de la vela.

No sé cuánto tiempo permaneció así antes de continuar. De pie, frente a mí, sus manos fueron a su espalda para desabotonar el sostén. La prenda quedó suelta y se deslizó por su cuerpo hasta el suelo. De su rostro solo alcanzaba a ver sus labios sellados en una línea por un silencio opaco. Quería que levantara la vista, que dejara de ocultar sus ojos, así que se lo pedí.

–Mírame.

Me miró. Su rostro reflejó la decisión, el atrevimiento que yo había llamado y que ella había aceptado como el más ilícito de sus desafíos. Es esto lo que querías de mí, ¿verdad Saotome? Quieres mi cuerpo. Quieres entrar en mí hasta hacer que pierda el aliento. Lo sé, siempre lo supe.

–Todo. –susurré con voz ronca, entrecortada, demasiado gutural.

Introdujo los pulgares bajo la prenda que faltaba sin dejar de mirarme. Pupila contra pupila. Ninguno de los dos se atrevía a desviar un milímetro esa especie de confrontación de intensidad más que palpable. Se inclinó hacia mí y dobló una a una las rodillas para sacarse las bragas blancas. Las pateó con sutil furia a mis pies. No dejé de mirar sus ojos, a pesar de que me moría de ganas de analizar punto por punto su cuerpo. Pero sus ojos me hablaban, ¡me decían tantas cosas! Por primera vez podía sentir cada uno de sus pensamientos a viva voz, un torrente de palabras en una gama de infinita de intensidades. No me importa lo que tú quieras. Porque quiero demostrarte, Saotome, quiero que veas que lo que dices no es verdad. Y en algún lugar en ti ya lo sabes y yo lo sé. Yo lo sé.

El tiempo de alguna manera se había detenido. Y en algún momento el diálogo de su rostro se transformó en una súplica. Por favor, por favor. Era lo que gritaba. Y entonces no comprendí nada. No comprendía que no había forma alguna que pudiera escapar de aquel destino, de lo que yo había llamado obsesión. No sé en qué punto todo se había ido a la mierda y se me había escapado de las manos. Quise agarrarme la cabeza porque una desesperación muda me quebraba en silencio y ya no sabía cómo escapar. El deseo me había abandonado, había quedado sustituido por algo más oscuro y más profundo, algo que me daba miedo y que se acentuaba con aquel diálogo silencioso que esos ojos tan grandes como oscuros ofrecían. De modo que abandoné la confrontación. Bajé mi mirada y paseé por su nariz afilada y pequeña, por sus labios plegados impidiendo las palabras, por la mandíbula blanca y fina. Miré su cuello, cada uno de los tendones que lo sesgaban y que morían en esa marcada clavícula y parpadeé para humedecer mis ojos secos. Me detuve sobre el hueso del esternón sitiado por delgados hombros y acaricié con mi mirada sus brazos delgados, sus pechos pequeños y erizados, de pezones rojos.

Sus pechos desnudos irradiaron colmados de los mil matices de colores cálidos que no sabía que existiesen en la oscuridad. Delataban la ansiedad de su respiración, en un vaivén totalmente descontrolado.

Me perdí por un tiempo infinito por todo su cuerpo, por la palidez de la piel de su vientre, el estrangulamiento de su cintura, el triángulo de vello oscuro y rizado que cubría la zona donde se unían sus piernas. Después acaricié con mis ojos la curva abrupta de sus caderas, allí donde había más voluptuosidad femenina que en todo su cuerpo, y me di cuenta que hacía un buen rato que el deseo había vuelto a mí como una vieja y fiel mascota, que de nuevo hervía toda mi sangre haciéndome anhelar que ella volteara para ver con plenitud toda esa exuberancia con la que había soñado cada noche y día.

Entonces vi la cicatriz. Roja, pequeña y sobresaliente de la superficie de piel fina y pálida de su ingle derecha. Mi corazón empezó a latir desbocado.

Algo quería emerger desde la profundidad. Pero no lo dejé, lo mantuve a raya porque lo había olvidado y yo lo único que quería era observar. Quise imprimir toda aquella imagen en mí, estudiándola con minuciosidad pasmosa, así como había estudiado en algún momento pergaminos y técnicas. Grabé la visión de su cuerpo a fuego vivo en mi memoria, cada centímetro de piel, cada pliegue, cada ángulo, cada relieve.

De repente me di cuenta de que mirarla no era suficiente. Volví a sus ojos y todo lo que vi fue ansiedad. Todo un conjunto de preguntas silenciosas. Su cuerpo se sentía tan correcto para mí que el deseo que sentía hacia ella era el maldito curso natural de este jodido mundo. Sin embargo, ella, o quizás simplemente sus ojos, me transmitían algo completamente distinto. Algo estaba mal, era erróneo, torcido. Algo está endiabladamente torcido en ti, Saotome. Mi ceño se frunció involuntariamente y me levanté avanzando con parsimonia hacia ella, ignorando su trémulo temblor. Su magnitud decreció y se empequeñeció ante mi altura.

Puse mi dedo índice en la cicatriz de su cadera, en esa línea flanqueada por puntos rojizos. Ella se estremeció. Su respiración era profunda y entrecortada, la mía era sosegada. Acaricié con el pulgar todo lo largo de toda la cicatriz, y finalmente recorrí con los dedos el relieve de su ingle. De su suavidad brotó la rugosidad hacia la yema de mis dedos. Su tacto se sentía… extrañamente conocido, deseado, correcto: el orden natural de las cosas.

Miré sus ojos, que me acosaban con preguntas silenciosas. ¿Es que no notas que hay algo mal?

–¿Qué te ocurrió aquí? –pregunté sin romper el tacto con su cadera. Fue una tontería no hablar por tanto tiempo y romper el silencio para decir aquello. Debí haber dicho cualquier otra cosa menos aquello. Pero no fue así y, entonces, sentí en su expresión el peso de la tristeza.

–Nada –contestó y, por segunda vez, miró al suelo escondiendo su rostro –. me rompí la cadera durante un torneo.

Me sentí torpe y estúpido. Tenía en frente a la chica a la que había deseado por eones desnuda –vale, en aquel momento para mí parecía que habían transcurrido millones de años– y no sabía qué decir o cómo actuar. Estaba comenzando a romperse algo y lo sabía porque podía verlo, porque podía leerlo. Su respiración se normalizó, sus ojos se perdieron en algún punto del suelo. Ella se enfrió abruptamente, se escondió poco a poco tras una barrera que me apartaba, que no me dejaba cruzar. Cerró los ojos, apretando los párpados, así que comencé a acariciar sus costados despacio, con las puntas de mis dedos. Mis pulgares, distraídos, rozaron sus pezones queriendo traerla de vuelto. Y al momento noté una pequeña convulsión en su cuerpo delgado. Agarré el ápice de su barbilla y la obligué a mirarme. Bajo sus párpados emanaban el rastro de dos lagrimas tan gruesas como dos puños. Parecía como si intentase controlar el llanto. Me invadió la preocupación. Me preocupé tanto que me abandonaron la duda, el deseo y la férrea decisión dejando únicamente a su rastro esa preocupación enfermiza.

–¿Estás bien, Tendo?

Negó con la cabeza y musitó algo que no pude oír.

–¿Qué has dicho?

–Que no puedo hacer esto.

–¿A qué te refieres?

Se deshizo de mí y agarró toda su ropa encerrándose en el baño. Yo no sabía qué demonios estaba pasando. ¿Había hecho algo mal? Algo está mal el ti. ¿Qué diablos estaba mal? Me dejé caer sobre el futón de la sala donde había estado repantingado hacía tan solo unos momentos, disfrutando de algo delicado y bello hasta que de repente todo se había ido a la mierda.

Ahora escondí la cabeza, apoyando la frente entre los dedos. La había cagado, claro. Y lo peor de todo es que no sabía por qué.

¿Por qué?

Ella salió atropelladamente del aseo y se dirigió hacia la salida, apenas sin mirarme. Me levanté corriendo y la intercepté en la puerta, completamente desconcertado, perdido. La agarré del brazo cuando estaba a punto de salir.

–Espera, ¡espera maldita sea!, ¿me puedes explicar qué es lo que ha ocurrido ahí?

–Yo… –titubeó mirando al suelo– no puedo hacerlo.

Huir despavorido.

–¿Por qué no? Somos dos personas adultas, independientes.

–Yo… yo no puedo darte…

–Pero…

Eso lo que tú quieres, yo no puedo… lo siento.

–Al menos podrías decirme por qué –me pasé la mano por la cabeza retirando el flequillo de la frente, totalmente frustrado–. Mira no quiero sentir que te estoy obligando a nada, pero al menos quiero saber por qué has huido de mí dos veces mientras que otras veces actúas como si…

Me detuve. La misma imagen volvía una y otra vez a mi cabeza.

Palabras distorsionadas por la ira.

Huir despavorido.

Lo deseché con furia.

–Nunca, nunca debí… –me interrumpió.

–¿El qué? ¿Calentarme la bragueta? –escupí dolido, con amargura.

Entonces sentí el golpe. Me abofeteó con todas sus fuerzas y yo me agarré la mejilla caliente. Ella me miraba llena de un odio firme, sin fisuras.

–Lo-lo siento.

Tomó la chaqueta y se la colocó sin mirarme.

–Adios, Saotome.

–Espera… es tarde. Déjame al menos llevarte a casa. Akane….

Su nombre en mis labios sonó absolutamente desesperado.

Se volteó rápidamente, ahora los ojos llenos de lágrimas fluyendo sin control hacia la barbilla.

–No… vuel…–su voz era un hilo débil, titubeante– no vuelvas a llamarme así.

El eco del portazo y, después, la nada.

….Continuará en el capítulo final