Capítulo 2: Batallas del pasado.
Billa se despertó a la mañana siguiente bastante más tarde de lo habitual. Claro, que anoche también se había acostado algo más tarde de lo habitual. Se encontró a sí misma tumbada a los pies de la cama, sin ni siquiera taparse con las sábanas, y le costó un poco recordar por qué se sentía tan mal. Los enanos… y la canción, esa maldita canción que habían tenido que entonar antes de acostarse.
¿Seguirían en su casa, o se habrían marchado ya? Afuera no se escuchaba nada, eso estaba claro. Con cuidado, se levantó, se puso la bata, y abrió la puerta. No había nadie en el pasillo… ni en la cocina, ni en el comedor, ni en el salón. Nadie. Sintió una profunda decepción, sin saber muy bien por qué. ¿De veras se habían marchado así, sin siquiera volver a pedirle opinión? Claro que sí, ¿qué esperaba? Ya había dejado bien claro que no iba a acompañarlos en esa locura de viaje.
Comprobó que toda su casa estaba en orden. No quedaba ni un solo indicio de lo que había ocurrido la noche anterior; ella sólo volvería a su vida normal, y con el tiempo olvidaría lo ocurrido… preguntándose qué habría pasado con esos enanos, con esa humana, con ese mago. No volvería a saber de ellos.
Con un suspiro, cogió un trapo guardado en un armario y se dispuso a limpiar el polvo del salón; pero entonces, descubrió un pergamino abierto sobre su mesita. Era el contrato que le habían ofrecido para firmar la noche anterior. Se lo habían dejado allí, y algo le decía que no había sido un olvido pasajero.
-No, Billa, céntrate. No puedes firmarlo. No puedes hacerlo. Tú eres una hobbit, no puedes salir a buscar aventuras – pero una llama ardía con fuerza en su interior al ver aquel contrato. ¿A quién quería engañar? Odiaba su vida. Odiaba aquel lugar. No tenía un solo amigo allí, ni ninguna actividad relevante aparte de leer, limpiar, cocinar, coser, y salir a pasear sola por los verdes prados. Pero esta era una oportunidad única en su vida… completamente única… Salir de la Comarca, con gente nueva… Miró el contrato una vez más, y esta vez no tuvo ninguna duda.
Se vistió rápidamente, cogió todo lo ¨indispensable¨, y salió disparada por la puerta de su casa con el papel en la mano. Corrió con toda su alma, saltó vallas, atravesó pastos,…
-¡Señora Bolsón! ¿Adónde va? – le preguntó Hamfast Gamyi, su jardinero.
-¡No puedo parar! ¡Llego tarde!
-¿Tarde? ¿A dónde?
-¡Voy a emprender una aventura! – gritó con toda su alma, dejando su apreciada colina atrás.
Los enanos ya habían dejado atrás la Comarca, y viajaban por los páramos verdes en dirección este. Thorin iba a la cabeza, y Gandalf y Méreda iban a la retaguardia.
-¿Seguro que va a venir? – le preguntaba la mujer al mago, arqueando las cejas hacia arriba.
-Sí, estoy seguro.
-Los enanos ya han empezado a apostar.
-¿Y tú qué has apostado?
-Nada – dijo, encogiéndose de hombros. – Me parece una tontería apostar dinero, y más aun teniendo en cuenta que no lo vamos a poder usar en mucho tiempo.
-Tú y tu lógica por delante, querida Méreda – rió Gandalf, asegurándose su saquito de monedas bien atado al cinto.
-¡Hey! ¡Esperad! – se oyó una voz femenina por detrás. - ¡Esperad!
Gandalf miró a Méreda con complicidad.- ¿Qué te dije?
Billa los alcanzó rápidamente, con un mochilón casi más grande que ella misma a cuestas y una cara rojísima de tanto correr. – Lo he firmado. El contrato, lo he firmado – dijo, pasándoselo a Balin.
El enano de pelo canoso examinó con detenimiento el pergamino. – Está bien. Todo en orden. Bienvenida a la compañía de Thorin Escudo de Roble.
Billa sonreía con satisfacción, y varios enanos felicitaron a la hobbit; sin embargo, la expresión de Thorin no cambió en ningún momento. – Traedle un pony.
-¡Oh, no, no! No hace falta – se excusó ella. – Veréis, llevo una larga lista de excursiones a pie. Una vez llegué hasta… ¡Ah! – se quejó cuando dos enanos la levantaron por la chaqueta y la colocaron sobre un pony. Ella pilló la indirecta, y se calló al instante, con cara avergonzada.
Su pony olía mal, y no paraba de mover el cuello y enseñar los dientes; a Billa no le hacía mucha gracia su compañero de viaje. Consiguió que el animal ralentizara el ritmo para posicionarse al lado de Gandalf, el único allí con el que tenía algo más de confianza.
-Me he metido en un buen lío, ¿verdad? – le preguntó.
-¡No! Sólo si mueres, es lo único que no tiene vuelta atrás.
-Muchas gracias, Gandalf – respondió ella con sarcasmo. Entonces, se dio cuenta de que sus compañeros de viaje estaban enfrascados en lanzarse saquitos unos a otros. –Oye, ¿qué hacen?
-Han apostado.
-¿Apostado? ¿El qué?
-Si ibas a aparecer. La mayoría creía que no.
-¿Y tú? ¿Qué creías?
-Pues… - Gandalf cogió al vuelo un saquito con un rápido movimiento de mano. – Mi querida Billa, yo no he dudado de ti ni por un segundo.
Ella le sonrió al mago, y volvió la vista adelante. Thorin lideraba a los demás, sin volverse en ningún momento y sin hablar con nadie, a excepción de Dwalin, el enano calvo (Billa lo llamaría así a partir de ese momento).
-Es un poco imbécil – habló alguien a su lado derecho, y comprobó que era Méreda, la mujer que los acompañaba.
-¿Perdón?
-Thorin. Se nota que es una persona que ha sufrido mucho en su vida, y es un líder nato. Pero es de las personas que se creen superiores a las demás. No nos acepta… ni a ti ni a mí.
-Pues… vaya. Estar en un sitio en el que no te quieren…
-Bah, no te preocupes. Yo estoy haciendo buenas migas con el enano del sombrero, Bofur. Es simpático, y gracioso. Si al señor enano no le agrada nuestra presencia, que no nos mire. Sólo quiero decirte con esto que no le hagas caso.
-No, si yo no pienso hacerle caso. (…) Pero la verdad es que no sé qué hago aquí. Todos sois guerreros, y yo soy una hobbit. Supongo que estoy harta de la vida en la Comarca. Es aburrida… y algo triste. No tengo apenas amigos allí.
Pensó que iba a quedar como una tonta y una antisocial al decir esto, pero Méreda sólo la miró con una sonrisa triste y cómplice. – Yo tampoco tengo amigos.
Billa le devolvió la sonrisa, y Méreda le acercó la mano. – Es un gran placer contar con una presencia femenina en esta expedición, señora Bolsón.
-Lo mismo digo – respondió la mediana, estrechándole la mano a la humana. -¡Achís! – estornudó. - Lo siento. Es el pelo de pony. Me da alergia – rebuscó bien entre su chaleco, pero no encontró su pañuelo. Entonces recordó que se lo había dejado en la mesa del salón justo cuando estaba a punto de salir de casa.
-¡Mi pañuelo! – se lamentó. -¡Me lo he olvidado!
-Pues… límpiate con la mano, o con la manga de tu camisa.
-¿¡Con la manga de mi camisa!? – exclamó Billa, como si fuera la cosa más inaudita que hubiera escuchado en su vida.
Méreda, por su parte, soltó una sonora carcajada. – Será mejor que no te oigan los enanos, o serás el hazmerreír de la expedición. Toma – le dijo, pasándole un trapajo que bien podría usar para limpiarse. – Siempre llevo algo así para el camino. Al fin y al cabo, las señoritas hemos de cuidar un poco nuestras… formas – dijo, mirando cómo el enano rubio, Fíli, soltaba un tremendo eructo, al cual Kíli correspondió con otro tipo de gas expulsado por otra zona más baja de su cuerpo. – Menudo viaje nos espera, Billa.
Así pues, los dieciséis compañeros continuaron viajando por los páramos de la Tierra Media. Billa nunca había salido de la Comarca, con lo cual todo era novedoso para ella: desde las altas montañas hasta los verdes bosques. Con el tiempo se fue acostumbrando a vivir sin tantas comodidades, y descubrió que bien podía pasar sin cambiarse de ropa o lavarse todos los días, o sin sus tres desayunos diarios, o sin su cómodo sillón en Bolsón Cerrado. Pero, a la vez, se fue dando cuenta de que las ¨aventuras¨ no eran algo tan intrépido ni emocionante; todo lo contrario, seguía la misma monotonía de vida que en su casa: se levantaba temprano, caminaba un largo trecho, paraba a comer algo, caminaba aún más, y después descansaba para dormir.
-¨A este ritmo llegaremos a Erebor en nada¨ - pensaba a veces.
A la vez, fue intimando con varios de sus compañeros. Con Gandalf hablaba muy a menudo, y ya casi le había perdonado la ¨sorpresa¨ recibida en su casa aquella noche. De los enanos, Bofur era su favorito. Era muy alegre y amable, y siempre estaba ahí para ayudarla (y era increíblemente gracioso, aparte). También se llevaba bastante bien con Dori, Nori, Ori, Balin, Bombur (aunque este no hablaba nunca), y con los jóvenes Fíli y Kíli también estaba empezando a intimar (aunque no aguantaba sus groserías y sus malos modales).
Pero sin lugar a dudas, Méreda era su mejor compañera. A Billa le costó muy poco comprobar que era una persona amable, afectuosa, empática, agradable y educada. Ambas pasaban horas y horas hablando sin descanso. Siempre que Billa se aburría, se acercaba a ella para charlar; siempre que Méreda la veía decaída o melancólica por su hogar, se le acercaba para intentar animarla.
Méreda era, en muchos sentidos, como ella: una persona incomprendida y solitaria que no tenía ni familiares ni amigos. Billa le contó todo sobre ella: su vida en la Comarca, sus padres, sus vecinos… Pero, cada vez que le pedía a la mujer que le contara algo suyo, se ponía muy seria y se callaba, bajando la cabeza. Billa llegó a entender pronto que en el pasado de Méreda había un suceso oscuro que le había dejado marca, y el cual no quería recordar. Por eso, llegó un momento en el que la hobbit optó por no volver a tocar ese tema.
Sin embargo, había dos enanos a los cuales era imposible hablarles: Dwalin y Thorin, sobre todo a este último. A veces, descubría a Dwalin mirándola con cara de reproche y superioridad (y se podría decir que incluso asco), lo cual la hacía sentirse fatal.
-No le hagas caso – le decía siempre Méreda. – No lo mires.
Pero Thorin ni siquiera se tomaba esa molestia. Él sólo seguía adelante, con porte majestuoso y orgulloso, y jamás miraba atrás. Billa se preguntó a sí misma qué diablos pasaría si llegaban a Erebor y aún seguían así. Puede que para entonces incluso se hubiera olvidado de su nombre.
Pero lo mejor de todo, sin lugar a dudas, era ver la manera en que miraba Kíli a Méreda. Billa se dio cuenta una mañana, cuando pararon un momento a almorzar un poco. Méreda y ella estaban sentadas con Bofur y Bombur, ayudándolos a despellejar los conejos para esa noche, cuando se dio cuenta de que el joven enano no paraba de mirarlas.
-Méreda – le decía, incómoda. – Kíli no deja de mirarnos.
-No será nada – respondía ella, restándole importancia. – Ya parará.
Sin embargo, Kíli siguió así durante todo el día, con su pony justo detrás del de Méreda. Ella al principio lo ignoró, pero al final del día estaba más que harta. Cuando pararon por la noche para cenar, Kíli ya le dirigía sonrisas y guiños a la humana desde el otro lado del campamento. Méreda no sabía dónde se iba a esconder.
-Aprovéchate – reía Billa. – Es un buen partido.
-Sí, no le queda nada si espera tener algo conmigo – respondía Méreda, roja como un tomate y sin levantar la vista del suelo.
-Se va a creer que eres una estrecha.
-Que se crea lo que quiera. No pienso tener nada con el retrasado ese. - Billa reía a más no poder.
En fin, la compañía seguía siempre adelante, sin ningún tipo de altibajo… por el momento. Una noche, pararon a descansar en la cima de una colina, resguardados bajo una roca. Allí, encendieron una hoguera y cenaron la poca comida que les iba quedando. No habían cazado nada ese día, y las frutas y verduras eran muy difíciles de conseguir en bosques y montañas (claramente). La comida era lo que Billa más echaba en falta.
Thorin ordenó repartir una manzana para cada uno, mientras que Dwalin y Bifur salían a explorar el terreno. Sin que nadie se diera cuenta, Billa cogió otra manzana y se apartó del grupo, yendo hacia su pequeño pony, Menta.
-Toma, bonita – le susurró; - cómetela entera. Pobre, apenas te damos de comer. Pero no se lo digas a nadie ¿vale?
Justo en ese momento, un chillido lejano le sobresaltó. Se alejó de Menta y se acercó al resto de la compañía, atemorizada.
-¿Qué ha sido eso? – preguntó, intentando parecer tranquila.
-Orcos – susurró Fíli, que estaba sentado junto a su hermano frente a la hoguera.
-¿Orcos? – en el contrato no ponía nada de orcos.
-Parecen muchos. Tal vez sea una manada.
-Atacan de noche – prosiguió Kíli. – Nadie los ve. Apenas da tiempo a darse cuenta de que están ahí. Son sigilosos, no hacen ruido. Sólo hay mucha sangre.
Billa los miró embobada, con la boca abierta. ¿Estaban hablando en serio? ¿Eran orcos? ¿Y ellos estaban allí sentados tan a gusto? Se dio la vuelta, aterrorizada; y entonces escuchó a los dos hermanos reírse a sus espaldas.
-¿Os parece divertido?
Fíli y Kíli callaron al instante, y Billa con ellos. Era la primera vez que escuchaba a Thorin hablar para algo que no fuera dar una orden desde… desde esa noche en Bolsón Cerrado.
-¿Os hace gracia un ataque de los orcos? – volvió a preguntar el enano. Ninguno respondió, sólo bajaron la cabeza. Billa pudo entrever a Méreda sonreír para sí al otro lado de la hoguera.
-No tiene ninguna gracia – prosiguió Thorin. – Ninguna.
El silencio se hizo en el campamento.
-No se lo toméis en cuenta – dijo Balin, siempre afable. – Thorin tiene sus muchas razones para odiar a los orcos.
El instinto curioso del lado Tuk de Billa despertó, y se acercó más a Balin para poder escuchar la historia.
-Todo ocurrió… en Moria.
¨Años después de la pérdida de Erebor, el rey Thror intentó recuperar los grandes salones edificados por nuestros antepasados. Sin embargo, nuestro enemigo se nos había adelantado. Los orcos habían llegado a Moria mucho antes que nosotros, y no estaban dispuestos a marcharse; ni nosotros a rendirnos. Luchamos con todas nuestras fuerzas, pero el enemigo nos superaba. Y al mando, estaba el pálido orco, Azog el Profanador. Era alto y fuerte como ningún otro, así como temible y desquiciado. No teníamos ninguna esperanza.
Comenzó decapitando al rey. Thrain, su hijo, desapareció después del combate. No volvimos a saber de él. Sin embargo, Thorin, aún roto por el dolor, se acercó a Azog para luchar contra él¨.
Billa miraba a Balin con ojos como platos, y los oídos abiertos y receptivos. El enano narraba la historia de una forma en la cual parecía que estuvieras viendo los hechos con tus propios ojos. ¿Qué iba a pasar a continuación? ¿Moriría Thorin?
-¿Cómo va a morir, estúpida? –pensó. – Está aquí.
¨Azog arremetió contra él, pero Thorin no se daba por vencido; armado sólo con su espada, el yelmo hecho jirones, y una rama de roble como escudo. Justo cuando todo parecía perdido, Thorin le cortó el antebrazo de una estocada a Azog. Y nos llamó a todos los que quedábamos vivos para que atacáramos juntos una última vez. Al final, ganamos la batalla…
…pero no hubo canciones, ni celebraciones ese día. Nuestras bajas nos pesaban demasiado. Pocos habíamos sobrevivido.
Pero entonces, lo vi¨.
Los ojos de Balin brillaban de emoción mientras terminaba de contar la historia.
¨Allí, en mitad del campo de batalla. Y me dije… hay uno, al que podría seguir. Hay uno, al que podría llamar rey¨.
Thorin se dio la vuelta, y comprobó que todos lo estaban mirando. Bajó levemente la cabeza en señal de respeto y gratitud, y se acercó a la hoguera. Billa no se atrevía a decir nada. Ahora veía a Thorin con unos ojos completamente diferentes.
-¿Y con el pálido orco? – preguntó Méreda. - ¿Qué pasó?
-Esa inmundicia murió tiempo atrás a causa de sus propias heridas – respondió Thorin, sin levantar la vista.
Méreda simplemente calló, mirando a la nada, para después bajar la cabeza y abrazarse a su arco, el cual tenía resguardado entre las piernas. Billa volvió a dirigir su mirada a Thorin, con lástima, y se acercó a Méreda para sentarse a su lado.
-Supongo que esto cambia las cosas – le dijo a la mujer.
-¿El qué?
-La historia que ha contado Balin. Thorin tiene un duro pasado a sus espadas.
Méreda se encogió de hombros. – No es el único. No hay que tenerle más pena que a otra gente.
-Méreda, él perdió su hogar, se convirtió en un enano errante junto con el resto de su pueblo, se asentó en la otra punta de la Tierra Media, se vio obligado a trabajar para los hombres, y encima perdió a su padre y a su abuelo en esa batalla, junto con otros muchos de los suyos.
-Ya, hay mucha gente que lo pasa mal. No hace falta ser un príncipe o que te destierren de tu hogar, o perder a tus familiares, para sentirse fatal. Hay gente que ni siquiera tiene hogar ni familiares.
-¿A qué te refieres?
-Nada, sólo digo que… hay mucha gente de a pie que vive penurias, muchas penurias. A él le tenemos más lástima porque era un príncipe, y pasó de una vida de lujos a una vida de sedentarismo.
-Sí, una vida llena de lujos… y de responsabilidades. Él tiene que cargar con el destino de todo su pueblo, incluso ahora.
-Ya, eso no te lo discuto. Ahí llevas razón.
Billa no podía apartar la mirada del enano. – Me da mucha pena. Está fatal.
Méreda levantó la vista del arco y le miró. – Pues no lo parece. Sigue igual de orgulloso que siempre.
-Eso es lo que quiere aparentar. Se está muriendo por dentro.
-¿Cómo lo sabes?
-Sé conocer a las personas a fondo en muy poco tiempo. Sé cómo actúan, qué sienten… y puedo intuir cosas de su pasado.
-¿Ah, sí?
-Sí, es como un sexto sentido que tengo.
-Está bien. ¿Cómo soy yo? – le preguntó, mirándola.
-Tú… no intentas aparentar nada. Eres como eres. Un tanto extraña, solitaria, no quieres darle tu plena confianza a nadie… No te lo tomes a mal, yo soy casi igual. Y… todo eso viene por algo. Te pasó algo hace tiempo… que intentas ignorar. Por eso vives el día a día sin más, sin preocuparte por el futuro, e improvisando sobre el presente.
Méreda se la quedó mirando muy fijamente, con los ojos un poco cristalinos. – Muy bien, Billa. Me has calado. Pero… no vayas diciendo eso por ahí de mí – dijo en tono divertido.
-Está bien. No te preocupes - rió la otra.
-Está bien, todos a dormir – mandó Thorin, de nuevo con ese horrible y monótono tono de voz que ponía. – No quiero que nadie se quede rezagado mañana. Kíli, Méreda, montaréis guardia esta noche.
La chica levantó la vista de repente, y miró con los ojos muy abiertos a Kíli, el cual le guiñó un ojo poniendo una sonrisa un tanto estúpida.
-¡No, no, no! – se quejó por lo bajini la mujer. - ¡No puede ser!
Billa reía a carcajadas. – Que tengas una buena noche con tu Beren, Lúthien.
-¡No, no! – le dijo, cogiéndola de la manga de la camisa. - ¡Tú te quedas aquí conmigo, por si tengo que levantarte si tengo problemas!
-¿Qué quieres? ¿Qué me quede de sujetavelas?
-¿De qué?
-Es una expresión de la Comarca. Significa que no quiero estar aquí presente mientras que él y tú os besáis.
-¡Nadie va a besarse! Por favor, Billa. Yo lo haría por ti. Somos amigas, ¿no?
-¡Está bien, está bien! Me quedo aquí. Pero no me despiertes a la mínima, ¿quieres? – se acurrucó al lado del fuego, cerrando los ojos con cansancio. – Somos amigas.
