Capítulo 3: Noche con los trolls
Así pues, la compañía de Thorin Escudo de Roble fue siguiendo su camino sin demora y sin ningún tipo de distracción o incidente. Los días que siguieron a la noche de los chillidos de los orcos, Billa los pasó con un profundo temor en el estómago; pero el observar que sus compañeros avanzaban con una seguridad completa le proporcionaba cierta tranquilidad, aún en su ignorancia.
Con el paso de los días, el temor a que aparecieran orcos desapareció de su mente, pero fue reemplazado por otro distinto: en el caso de que tuvieran que defenderse contra cualquier ser, o persona, ella no iría muy bien preparada que dijéramos. No tenía ni idea de lucha, ni con un arma ni cuerpo a cuerpo. Si se topasen con un enemigo (y probablemente se toparían con alguno), ella sólo contaba con dos opciones: huir, o dejar que los demás la defendieran. No estaba segura de cuál de las dos le parecía la más cobarde. Por eso, un buen día, le confió a Méreda su temor.
-No te preocupes, Billa – fue lo primero que le dijo. – Si algo malo ocurriera, yo te protegería. Así como el resto de enanos.
-Pero es que no quiero que me protejáis – respondió ella, roja de vergüenza. – Me siento como una inútil que no hace más que estorbar. Necesito aprender a luchar, aunque sea lo mínimo para defenderme. Y quiero pedirte… que me enseñes.
-¿Que te enseñe? – preguntó la otra, cortada. – Te advierto que no soy muy buena maestra.
-Da igual – le pidió Billa. – Sólo necesito aprender a usar una espada, o una daga. Con eso me conformo.
Méreda, finalmente, aceptó, y ambas fueron a un lugar aparte del resto para poder practicar libremente. Se debe mencionar que, para esa altura del viaje, el relieve comenzaba a ser más accidentado. Nada más salir de los bosques circundantes de la Comarca y Bree, la compañía había atravesado llanos y colinas, en un paisaje rodeado por montañas; sin embargo, ahora la travesía se tornaba algo más ¨interesante¨, y tenían que atravesar esas montañas. Ahora mismo estaban descansando sobre la cima de una de las montañas de una pequeña sierra, y a Billa le entraban sudores nada más pensar que tendrían que volver a bajarla después. Para ella todo esto era algo nuevo, acostumbrada como estaba a las pequeñas colinas y a los verdes pastos de la Comarca.
En fin, Méreda y Billa se alejaron un poco de la cima de la montaña y se situaron en una pequeña gruta que estaba situada algo más abajo.
-Bien- dijo Méreda, más para sí misma que para Billa; - será mejor que empieces con algo ligero, como las dagas.
Le cedió una de sus dagas a Billa, y le enseñó a moverla y a lanzarla. Las lecciones se quedaron en vano. Después de un buen rato de intentos fallidos, la humana decidió cederle su espada a la hobbit para ver si se le daba mejor, ya que en verdad era más manejable que una simple daga. Cuando al fin consiguieron que Billa pudiera sostener el arma con las dos manos, Méreda le enseñó distintas maniobras de ataque y de defensa, pero a la pobre le pesaba demasiado el arma. Después de toda una tarde, decidieron probar suerte con el arco, pero ese fue el peor de los desastres.
Para ser un poco honestos con Billa, hay que decir que no toda la culpa fue suya: como había dicho Méreda, no era muy buena maestra. Cuando el sol estaba situado en su punto más alto, la voz de Thorin ordenando a los miembros de la expedición que se pusieran en marcha les indicó que por ese día ya habían acabado.
-Qué desastre – se quejó Billa, tirando el arco al suelo. – Soy una inútil.
-No es verdad, Billa. Es sólo tu primera vez.
-A ti te sale genial. Sabes usar tres tipos de armas distintas.
-Yo llevo desde niña aprendiendo. A mí me ha resultado mucho más fácil. Pero no te preocupes, mañana lo volveremos a intentar. Y esta vez con Gandalf, a ver si él te puede ayudar más que yo – le dijo la humana, poniéndole una mano en el hombro. Méreda le sonrió con gratitud a su compañera.
Como había prometido, a la tarde siguiente Méreda y Gandalf estaban intentando enseñar a Billa a usar la espada. Gandalf era bastante más paciente y mejor maestro que Méreda, pero a Billa le seguía costando la misma vida sostener la espada. Sin embargo, esa tarde consiguió mejorar un poquito, lo que le bastó para sentirse orgullosa de sí misma.
Sin saber cómo, la noticia de sus ¨clases¨ se fue extendiendo por los trece enanos, y antes de que se diera cuenta, al final de esa semana ya estaban Fíli, Kíli, Bofur, Bifur, Óin y Glóin intentando ayudarla; y, para su sorpresa, Dwalin también se unió a ellos pronto. A Billa le causaba bastante respeto que ese enano, con el que no había encajado muy bien al principio, le enseñara a luchar. Pero pronto descubrió que Dwalin sólo quería ayudarla, y que tampoco tenía tan mal genio como había pensado al principio.
Y de eso precisamente estaban hablando una noche, tumbadas al lado del fuego, Méreda y ella.
-Creo que he sido un poco injusta con él – decía Billa. – Fui un tanto borde esa noche en mi casa.
-Bueno, por lo que me has contado, él tampoco se comportó como un caballero. Habéis tenido vuestros recelos mutuos, pero creo que Dwalin ya se ha dado cuenta de que tu intención es hacer lo máximo posible en este viaje.
-Sí, porque no me queda otra opción – suspiró Billa, mirando al cielo. – Ojalá estuviera en mi casa ahora.
-De veras que a veces no te entiendo – se quejó Méreda. – Te me quejas mucho de tu hogar, pero bien que lo echas de menos.
-Claro. Es mi hogar – respondió Billa, molesta. – Además, me quejo de la gente de la Comarca, de que es muy superficial y cotilla, y de que no tengo amigos. Pero no me quejo de mi hogar en sí. Echo en falta Bolsón Cerrado, Hobbitón, los Gamos, Delagua… Mi sillón, mi hoguera, mi cama…
-Ya. (…) Lo siento, Billa. He sido algo brusca. Es que… hace mucho que he olvidado lo que es tener un hogar.
Billa calló, sin saber bien qué decir.
-Pero… al menos… ¿estás disfrutando del viaje? – preguntó Méreda, con un brillo en sus ojos.
-Claro que sí. Una cosa no quita la otra. Lo cierto es que mi vida era muy tranquila, pero también muy aburrida. Y… me alegro de haberte encontrado, Méreda. Eres la mejor amiga que jamás he tenido.
Méreda le sonrió a su amiga, y le cogió la mano con cariño. – Y tú la mía, Billa.
Así se quedaron un buen rato las dos, tumbadas boca arriba, mirando al cielo estrellado, con un brazo bajo su cabeza, hasta que Billa volvió a romper el silencio.
-¿Cuál… era tu hogar?
Méreda se quedó callada, si moverse.
-Sé que no te gusta hablar de ti misma, pero… yo te lo he contado todo sobre mí. Me gustaría ayudarte, aunque sea a desahogarte, si te ocurrió algo malo en tu pasado.
Méreda guardó otro momento de silencio, y Billa se dio la media vuelta, creyendo que no le iba a contestar.
-Yo vivía en una pequeña aldea en los límites septentrionales de Rohan. Me crié allí. Mi… padre, era un antiguo montaraz; si te soy sincera, nunca he sabido realmente de dónde era. Mi madre era perteneciente a esa aldea, y mi padre se quedó allí con ella. Mi infancia fue buena, supongo; pero las cosas se comenzaron a torcer hacia mis catorce años. Yo sabía de antemano que me tendría que convertir en montaraz sí o sí; así fui adecuada por mi padre, y mi madre siempre hacía lo que él decía. Me entrenó desde niña, pero… cuando llegué a la pubertad las cosas comenzaron a afectarme más. No sé, sería la edad. El caso es que… comencé a darme cuenta de cosas que pasaban en mi casa, de las cosas que hacía mi padre, de las decisiones que me imponía, de que era una chica un tanto extraña con respecto a otros chicos y chicas de mi edad… Y comencé a preocuparme; ya te digo, es lo normal a esa edad. Pero… nunca tuve apoyo en nadie. Y por eso comencé a ser más antisocial, y a pelearme más con mi padre; y por consiguiente, con mi madre.
Billa la escuchaba con los oídos y el corazón bien abiertos. Sentía mucha pena por ella; sabía que estaba sufriendo al rememorar esos recuerdos; lo había pasado muy mal durante su adolescencia, y lo supo no por lo que la humana le había contado, sino por la forma en que lo había hecho.
-¿Y… cuándo te hiciste montaraz?
-Yo estaba harta de mi padre, así que le pedí permiso para salir de mi hogar con quince años y medio. Él aceptó sin pensárselo mucho. Me hice montaraz. Y hay poco más que contar.
-¿Con sólo quince años?
-Sí, era muy espabilada para mi edad. Me las sabía apañar bien sola. Al principio me uní a un grupo de montaraces… pero algunos no me daban muy buena espina y con otros simplemente no tenía relación. Así que me fui por mi cuenta. Y así llegué a Erebor.
Billa pensó con horror en la pobre Méreda, una chiquilla de quince años sola entre tantos hombres solitarios a los que no conocía de nada. Lo que podrían haberle hecho…
-¿Y cómo es Erebor? – buscó el primer tema de conversación que se le ocurrió para cambiar de tema.
-Ya lo verás – le sonrió Méreda. – Es impresionante.
-¿Y el Bosque Verde? Siempre he querido visitarlo. Es mi mayor sueño.
Méreda se puso muy seria de repente, y miró a Billa con un poco de enfado. – No es tan maravilloso como parece. Además, por lo que he oído, de verde le queda poco.
Billa volvió a callar, muy cortada. ¿Por qué se había puesto de tan mal humor su amiga de repente? Sacudió la cabeza intentando olvidar esos pensamientos, y giró el cuello a la izquierda. Inconscientemente, se quedó mirando al enano líder de la compañía, Thorin Escudo de Roble. Estaba sentado sobre una roca, mirando seriamente al horizonte, con la luz de la hoguera reflejada en su rostro. Y Billa pensó que él era el único enano con el cual aún no había mantenido relación, y muy probablemente no llegaría a mantenerla nunca. Y sintió una inexplicable pena hundir su estómago.
-¿Qué miras? – le preguntó Méreda, sacándola de sus ensoñaciones.
-Nada… sólo a Thorin – Billa no era muy buena mintiendo. – Es que… ¿no te da pena pensar que no vamos a tener relación con él en todo el viaje?
-Eso aún no lo sabemos. Pero… he de reconocer que no es esa mi mayor preocupación.
-Pues a mí me da pena pensarlo.
-¿Pena? Hombre, Billa, entiendo que te dé cosa, pero tanto como pena…
-Sí, es algo extraño. Supongo que estoy empezando a intimar con todos los enanos, y él que es el que me llama más la atención…
¿De veras había dicho eso? Tarde. Méreda la miraba con ojos como platos, con el brazo derecho apoyado bajo su tronco. - ¿Por qué te llama tanto la atención?
-No lo sé – se excusó Billa. – Venga, vamos a dormir, que tengo sueño.
Billa sintió cómo Méreda se le quedaba un rato mirándola fijamente, con una expresión un tanto extraña, para después recostarse en el suelo con otro ¨buenas noches¨.
-Méreda – le preguntó Billa, una última vez esa noche. – Sólo una cosa más. Dijiste en mi casa que hace mucho que fuiste a Erebor, y esta noche me has dicho que tenías alrededor de quince años. Pero ¿cuántos años tienes entonces? Eres muy joven.
-Digamos – respondió la otra, - que aparento ser bastante más joven de lo que en verdad soy.
A la mañana siguiente, caminaron un buen trecho, y pararon a descansar en un pequeño claro bajo otra montaña cerca de las seis de la tarde. Billa se encontraba realmente cansada, y sólo quería sentarse y preparar la cena de una vez por todas. Habían cazado dos conejos, suficientes para hacer un rico guiso. Sin embargo, la cara de Gandalf la preocupó bastante.
-¿Qué ocurre? – le preguntó al mago, que miraba con desasosiego las ruinas de una pequeña casa de piedra.
-Aquí vivía un granjero con su familia – respondió el mago, sin mirarla. Acto seguido, se dio la vuelta para hablar con Thorin. Billa apegó la oreja todo lo que pudo a la conversación.
-Thorin, no me fío de los seres que pueda haber sueltos por aquí. Además, vamos con retraso, y ni siquiera sabemos cómo entrar en la montaña. Sin embargo, hay gente que sí podr…
-No pienso tratar con elfos – respondió Thorin, con una voz muy grave y seria.
-Por favor, Lord Elrond nos ayudaría.
-No, intentaría impedir nuestra partida. No pienso permitir que nadie se entere de nuestra expedición, y menos uno de esos malditos seres.
Gandalf lo miró con una horrible cara de cabreo, y se dio la vuelta para alejarse de Thorin y del resto de la compañía.
-Gandalf, ¿a dónde vas? – le preguntó Billa.
-A buscar la compañía de la única persona de aquí que tiene sentido común.
-¿Y quién es?
-¡Yo! – la respuesta dejó algo asombrada a Billa. - ¡Estoy harto de enanos por hoy!
Todos dirigieron la vista a su líder, pero Thorin seguía con la misma cara de impasibilidad que siempre. -¡Bofur! ¡Tenemos hambre!
Para esa noche, Gandalf aún no había vuelto, y Billa comenzaba ya a preocuparse. Estaba sentada junto a Bofur, como de costumbre, y ya se había acabado su delicioso cuenco de guiso.
-Oye – le preguntó al enano. - ¿No debería haber vuelto ya?
-¿Quién?
-Gandalf.
-¡Es un mago! Es su naturaleza aparecer y desaparecer. Ya aparecerá, no te preocupes. – No sabía por qué, pero las palabras de Bofur no le sirvieron de mucho consuelo a Billa. – Oye, hazme un favor, pásale esto a eso.
Billa sabía perfectamente que con ¨eso¨ se refería a Fíli y Kíli, que estaban cuidando a los ponys, por lo que cogió los dos cuencos de guiso y se alejó hacia la espesura de los árboles. Cuando vio a los dos hermanos, ambos estaban absortos mirando a lo lejos, y no había manera de que le hicieran caso.
-¿Qué ocurre? –les preguntó.
-Verás… antes había dieciséis ponys – comenzó Fíli.
-…y ahora sólo hay catorce – terminó Kíli.
Y Billa pudo comprobar que no muy lejos había un rastro de árboles caídos que no daba especialmente buena espina.
-¨Genial¨ - pensó.
Los dos hermanos se adelantaron y se dirigieron hacia los árboles tirados, y Billa los siguió por detrás, aún con los cuencos en la mano.
-¿Qué… ha pasado?
-Bueno, tú nos lo dirás mejor, eres la saqueadora.
-¿Yo? – recordó con angustia Billa. – Pues… creo que algo se ha llevado a los ponys. Sí, algo grande, eso está claro; y probablemente muy peligroso – terminó, tragando saliva.
-¡Mirad! – señaló Kíli. – Hay una luz allí.
Los tres se dirigieron hacia ese claro, y la vista los dejó boquiabiertos.
-¡Son trolls! – gritó Billa. Efectivamente, tres enormes y feos trolls estaban sentados en torno a una hoguera, y una de ellos llevaba entre sus brazos a dos ponys. - ¡Oh, no! ¡Tienen a Pizca y a Menta!
-No sé qué es lo que vamos a hacer – se dijo para sí mismo Fíli. – Un momento. ¡Billa! ¡Tú eres nuestra saqueadora!
-Ya. ¿Y?
-Pues que es tu deber salvarlos.
-Espera, ¿qué?
-¡Es cierto! – puntualizó Kíli. – Además, como eres muy pequeñita, no te verán.
-Vamos, Billa. Nosotros vamos a buscar a los otros, ve entrando y rescatando a los ponys. Si tienes algún problema, recuerda silbar dos veces como una lechuza de campo y otra como una lechuza de pastor.
Antes de que le diera tiempo a responder, los dos enanos la habían lanzado hacia el claro en el que estaban sentados los trolls. - ¡Un momento! Dos veces como lechuza de pastor, y otra como… ¿Estáis ahí? – Tarde. Sus dos compañeros ya la habían dejado sola.
Y ahora, ¿qué diablos iba a hacer? Aún no había aprendido a defenderse del todo bien; y, ahora que lo pensaba, ¿qué más daba eso? Ni siquiera tenía a mano la espada. Cogiendo aire, se decidió por la opción que tenía más sentido común: acercarse en silencio a los ponys para soltarlos.
Agachándose por el suelo, se fue acercando poco a poco hacia su destino, cuando una estruendosa y tosca voz la sobresaltó. - ¡Oh, no! ¡Otra vez cordero no!
-¡De verdad! Cordero ayer, cordero hoy, y si acaso, ¡cordero otra vez mañana!
-¡No son corderos, pedazo de desagradecidos! – respondió otra tercera voz. - ¡Son jamelgos frescos!
-¡Oh, no quiero comer jamelgos! Su carne apenas es tierna. Y después se te quedan los huesos pegados a los dientes. Aún tengo restos de ese granjero en mi boca.
Billa escuchó cómo uno de los trolls le pegaba un buen mandoble al que acababa de hablar, que parecía el más ¨infantil¨ de todos. – Qué desagradecidos sois, de verdad. Me paso toda la noche cocinando para vosotros, ¿y me llevo algún agradecimiento?
Billa estaba ya al lado de los ponys, cuando tropezó con algo en el suelo. Se quedó muy quieta, pensando que la habían oído. - ¡Muchas gracias, Berto! ¡Qué amable eres, Berto! No, nada de eso.
Billa soltó un profundo suspiro, y, finalmente, llegó al lugar en el que estaban atados los ponys. Intentó con todas sus fuerzas desatarlos, pero no pudo. Las cuerdas eran demasiado gruesas, y los nudos estaban muy bien atados. A punto estuvo de que uno de los trolls la agarraran con tan solo una mano, pero se agachó y descubrió que lo que de verdad quería era rascarse sus partes traseras.
-¡Achú! – estornudó un troll.
-¡Guille, cuidado! ¡Le va a caer al guiso!
-¡Anda, mira, con tropezones!
-¡Por favor, qué asco! – se quejó Billa en voz baja, deseando soltar ya a los animales y salir por patas de ahí. Justo en ese momento, descubrió que uno de los trolls tenía una especie de navaja (que era casi tan grande como ella misma), y una lucecita se encendió en su cerebro. Se arrastró muy silenciosamente, y cuando estaba a punto de tocar la navaja…
Billa no vio nada; sólo sintió que una enorme mano la cogía como si nada, y que una sustancia asquerosamente pegajosa la cubría por completo. Cuando abrió los ojos, la cara de un troll la miraba con espanto.
-¡Ah! ¡Berto, mira lo que me ha salido de la napia!
-¿Qué…? ¿Qué es eso?
El troll la tiró al suelo como si nada, haciéndole soltar un gritito de dolor. - ¿Qué eres tú?
-¿Yo? – Billa intentó sonar natural mientras se levantaba con esfuerzo. – Soy una saque… una hobbit.
-¿Una saquehobbit? Nunca había oído de su existencia.
-¿Podrá comerse?
-¿Qué? ¿Yo? No, qué va.
-¿Cómo que no? ¡Nunca he probado una saquehobbit! ¡Y lo prefiero a un par de jamelgos!
-¡No, no, en serio! No sabríais hacerlo. No sabríais cocinarme.
-Bueno – la miró con maldad Berto. - ¡Pero se puede intentar!
Billa se agachó y se cubrió con los brazos la cabeza, cuando escuchó muchas voces gritando y muchos pies corriendo. Eran sus compañeros. Habían venido a salvarla.
De repente, todos los enanos y Méreda estaban ahí luchando, y Billa no tenía ni idea de lo que hacer.
-Billa, no te quedes aquí parada como si nada. ¡Ve a por los ponys! – pensó, y le faltó tiempo para encaminarse. Intentó con todas sus fuerzas llegar sin ser vista, pero… unas manos la agarraron antes de llegar a su destino, sujetándola por los brazos y las piernas.
-¡Como no soltéis las armas, la partimos en dos! ¡Ahora!
Todos sus compañeros se quedaron mirándola, con cara dubitativa. Méreda fue la primera en soltar su espada, y pronto todos los demás enanos la siguieron, con cara de pocos amigos. Thorin fue el último, y la miró con el mayor odio que podrían anidar sus ojos.
Poco después, los quince compañeros estaban metidos en sacos, a la espera de ser cocinados. Glóin, Óin, Bifur y Dwalin ya estaban dando vueltas en el asador, mientras que sus raptores discutían sin parar.
-¡Y yo os digo que es mejor guisarlos y comérnoslos en estofado!
Billa miraba a los enanos apilados en un montón en el suelo; en especial a Méreda… y a Thorin. Ellos eran los únicos dos que no se removían ni gritaban, sino que simplemente parecían resignarse a su destino.
-¡Pues yo opino que lo mejor es sentarnos encima y comérnoslos como puré! O despellejarlos vivos y comérnoslos así.
Y en ese momento, a Billa se le ocurrió otra perspicaz idea. - ¡No… es buena idea comérselos crudos!
Todos se quedaron en silencio, y los trolls se quedaron mirándola con curiosidad. – Veréis, no es buena idea porque… ¿los habéis olido? – se levantó, sin saber cómo, metida en su mismo saco. – Hará falta más que un poco de tomillo para condimentar eso.
-¿Qué? – oyó a Kíli quejarse detrás de ella, después de un momento de silencio. - ¡Yo no huelo mal!
Segundos más tarde, todos los enanos se estaban quejando a la vez.
-Si lo que tienen de valiente lo tuvieran de inteligentes… - pensó para sí misma Billa.
-¡Yo no me lo creo! – bramó Guille. -¡Yo me he comido decenas de enanos crudos, y no me ha pasado nada! – como dando punto y final a la discusión, cogió a Bombur de los pies y se lo llevó a la boca.
-¡No! ¡Espera! – chilló Billa. - ¡Ese no! ¡Tiene… lombrices!
-¿Qué? – preguntó Guille, poniendo cara de asco y soltando a Bombur al suelo como si nada.
-Sí, él y todos. – Billa no podía creerse que se le hubiera podido ocurrir esa excusa. - ¡Todos tienen lombrices!
-¿Qué? – esta vez fue Dori el que se quejó. - ¡Cuando te coja verás! ¡No tenemos lombrices!
De nuevo, todos los enanos se pusieron a gritar y farfullar de nuevo. Todos menos… Méreda suspiraba para sí misma con resignación, seguramente pensando lo mismo que Billa en esos instantes, y Thorin miró a la hobbit con una luz en la cara. Había entendido su plan. Con un patadón, hizo que todos los enanos de su montón callaran al momento; y después de algunos segundos, parecieron entender lo que Billa se proponía.
-¡Tengo unas lombrices más grandes que mi brazo! – exclamó Nori, y todos los demás le siguieron tras eso.
-Sí, ya – dijo Berto. -¿Y qué deberíamos hacer? ¿Soltaros?
Billa le sonrió como dándole la razón, pero el troll se puso aún más furioso. - ¿Te crees que somos tontos o qué? ¡Preparad el puchero! Los echaremos así mismo.
-¡Que el alba caiga sobre todos! – una atronadora voz los sobresaltó a todos, y de repente Gandalf estaba ahí, sobre una roca, delante de los trolls.
-¿Quién es ese?
-¿Podremos comérnoslo?
Antes de que a alguien más le diera tiempo a articular palabra, Gandalf rompió con su bastón la roca que estaba bajo sus pies, y la luz del sol cegó a Billa. Cuando volvió a abrir los ojos, los tres trolls estaban convertidos en dura piedra.
¡Hola! Este es mi segundo fanfic. ¡Espero que os guste! Y perdón si hay incoherencias con respecto al libro y la película, mi memoria está algo fallida xd XXX
